Sueño con multitudes y una luz

Esta noche he estado soñando con multitudes. Era, en la primera parte del tiempo onírico, una especie de mercado, con algo de ágora antigua, abigarrado, alegre y bullicioso. Nos rozábamos unos con otros, y, a las veces, era imposible avanzar. Mi subconsciente me situó, como era esperable, en el zagizamí donde se compraban y vendían libros y fue allí donde tuve un encuentro sorprendente: Agustín García Calvo, con su barba bávara y el pelo enzarzado de siempre, quizá un poco más gordo de lo que era habitual en él, se me acercó con una sonrisa luminosa y nos fundimos en un largo abrazo…

En la segunda parte de esta poblada noche, volvía a dar clases, pero no en el instituto, sino en la extensión del pueblo todo: las aulas eran las casas y alumnos y profesores nos mezclábamos con cualesquiera vecinos, agrupándonos en una suerte de seminarios improvisados…

A pesar de transcurrir todo bajo la luz crepuscular o lunar propia de los sueños, reinaba en las dos escenas una alegría contagiosa, una actividad animada y llena de sentido. Ya por la mañana, con la engañosa racionalidad de la luz del día, me preguntaba por el mensaje cifrado de estos sueños, consecuencia clara de los extraños días de aislamiento y temores fantasmales que estamos viviendo..

#apuntes

Darwinismo social rampante

Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del «capitalismo popular», del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la «Tercera vía» para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como «capitalismo ético» o «capitalismo de rostro humano», lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.

El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tiene hoy en día la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivina tras las eufemísticas políticas económicas actuales.

La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del «estado del bienestar» en que creyeron reconocerse un día. Sin la retórica del «Wellfare», y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de «normalidad» social. Pero las cuentas que ahora se airean de nuevo, dedicadas al pago de los intereses de la deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.

Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que «puntúan» la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva «medicalización» (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su «productividad», propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…

El coleccionista

Publicado, con algunas modificaciones en El Salto

Recuerdo, a menudo, aquella película, El coleccionista -así titulada,  al menos, en la versión española-, en que un inquietante Terence Stamp daba vida a un joven empleado de cuello blanco, gris, aburrido y misántropo que, tras tocarle en suerte un premio de lotería o una quiniela, se convirtió en un siniestro «coleccionista» de mujeres. A mí me dejó secuelas emocionales aquella ficción cinematográfica, y me hizo pensar mucho. Hoy la he recordado al enterarme, por casualidad, de que las verdiales malagueñas, una fiesta tradicional del solsticio de invierno, tenían de tiempo atrás el estatus de Bien de Interés Cultural.

La sensación de extrañeza, y alarma, que me invadió se suma a la que ya sentí con que «cosas» tan dispares como el flamenco, el canto de la Sibila, los «castells» o la mismísima dieta mediterránea -vive Dios-, y muchísimas otras «manifestaciones» (¿pero cómo llamar, con un solo nombre a tantas singularidades?) en años anteriores, habían sido acogidas también en un «super BIC» universal de la UNESCO: el -a ver si me sale de un tirón- Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad… Siento ante todo ello sensaciones de extrañeza, alarma, desasosiego -decía- como las que uno puede sufrir ante una colección de mariposas, o ante la visión de animales disecados, o hasta ante un álbum de fotografías.

Lo malo de las colecciones (¡y hay colecciones de cosas inverosímiles!) es que, si son de animales o plantas, están muertas; y si son de cualesquiera otros objetos, están fuera de su contexto natural, así que están muertos también a su manera. Tienen todas las colecciones o catálogos, y hasta los museos si lo piensan, un aire de cementerio. En una deliciosa novela de Iris Murdoch (léanla, si no la conocen: es maravillosa), «La negra noche», una niña que coleccionaba piedras sufría en secreto porque sentía la melancolía de sus minerales por la nostalgia del lugar del que fueron arrancados. ¡Y se movían cada día, de forma imperceptible, en un lento pero decidido movimiento de regreso a su tierra natal! Pues algo así me pasa.

Se supone que esos catálogos -los BIC, el Patrimonio de la UNESCO, habrá cientos- protegen y difunden esas cosas «inmateriales» del pueblo que acogen en su seno. Pero ¡es porque consideran que están medio muertas o amortizadas, o en vías de extinción y olvido! Y ese es el mal que oculta en la sombra la buena nueva de su incorporación al rescate institucional. El otro día leía también, con asombro y pusilanimidad, que había gente (se citaba una organización gallega, creo recordar) que andaba por esos campos y mares grabando sonidos de la naturaleza como locos; alguno, que citaba el periodista, es de una belleza en verdad impresionante y estremecedora: el coro de las aves en el «crescendo» musical que ejecutan cada amanecer, en su milenaria y gozosa bienvenida al alba, que en las ciudades no se oye. ¡Y es porque ya sólo unos pocos tenemos el privilegio de oírlo; multitudes de humanos ni siquiera saben de esa sinfonía divina!

Museos, monumentos, colecciones, patrimonios de, bienes culturales de, bases de datos de esto y aquello y lo de más allá: todas estrategias, no contra el olvido, sino contra la desaparición y la muerte. Es, para acabar, también y de otro lado, como si hubiera algo profundamente perverso en la razón humana, en la inteligencia del mundo del «homo sapiens» que, para conocer, debe reducirlo todo antes a abstracción, número o ceniza, y que eso hubiera condicionado desde el principio nuestro destino y mala vida. No debe ser ajeno a ello la búsqueda acuciante de respuestas de los paleontólogos a la misteriosa desaparición de los neanderthales. Ni el interés y simpatía «románticos» (el buen salvaje) que esa rama cortada del árbol suscita en tantos de nosotros; que nos mete a tantos en esta nostalgia compulsiva y nerviosa de la vida buena; que nos inquieta con la pregunta ciega de qué se torció en el comienzo; de cuál fue el pecado original, o lotería o quiniela, que nos convirtió en coleccionistas de mariposas muertas, de tantas cosas que antes matamos, quemamos, grabamos, convertimos en número, idea o pieza de museo. Tanto y tanto catálogo de cosas, especies, paisajes protegidas no son, en realidad, sino las exequias generales con que lamentamos impávidos el final de todas las mariposas vivas en la locura de poderlas comtemplar, al fin, quietas, hermosas y salvadas.

Verdad y mentira en la literatura

Publicado, con algunas modificaciones, en El Salto, con el título Verdad y mentira en la ficción literaria

Me ha interesado el texto «Literatura y verdad en la época de la posverdad», de Mario Campaña, que enlazo al final de este artículo. En él plantea el tema de la verdad y la mentira en una ficción narrativa, relacionándolo con el concepto de «posverdad», tan de moda en el análisis de la información política y la tergiversación de la Historia con intención manipuladora y propagandística. Por supuesto, la verdad y la mentira en literatura no son de la misma naturaleza que en la Historia, aunque esta pertenezca, de un modo bastante literal, a los géneros narrativos. El propio autor es consciente de ello, desde el momento en que descarta el concepto de verdad como fidelidad a los hechos, lugares y personajes reales que intenta reflejar; algo que sería aplicable solo a las narraciones históricas. Y si esto es así, ¿qué sentido puede tener hablar de verdad o mentira respecto a una ficción literaria?

Si descartamos, por paradójico, que la ficción «imite» la realidad, solo nos queda -y es lo que hace Mario Campaña-, volver de nuevo a la mímesis de Aristóteles, pero no entendida como copia o retrato al natural, sino como lo posible o verosímil: no como es o fue, sino como podría ser. La verosimilitud supone, a la vez, la coherencia: que un suceso sea consecuente con otro, en la relación de trama y urdimbre que es el relato, de lo que el autor de este ensayo llama su «lógica interna». Del mismo modo que los actos de los personajes deben ser consecuentes con los anteriores o con su mismo carácter (carácter es destino). Se está en contra, pues, del deus ex machina, de la arbitrariedad, del truco o trampantojo. A esto aluden los narradores -muchos- que testimonian el momento creador en que los personajes parecen adquirir vida propia, reclamándola al autor, como en Pirandello o en la rebelión de Augusto Sánchez, el protagonista de Niebla, en su famosa y airada discusión con Unamuno, su dios creador.

Campaña aporta ejemplos muy pertinentes de lectores descontentos con el destino de algunos personajes de obras clásicas. En el primero, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, Wilhem se queja  de la falta de «verdad» en Hamlet, en estos términos:

Serlo. ¿Sigue usted reclamando, tan inexorablemente como siempre, que muera Hamlet al final de la obra?

Wilhem. Pero ¿cómo podría perdonarle la vida, cuando toda la obra lo empuja hacia la muerte?

Serlo. Pero el público quiere que quede vivo.

Wilhem. En otras cosas trataré de complacer al público; pero en ésta, imposible. Quisiéramos que viviese más un buen hombre honrado y útil que muere de un mal crónico. Llora la familia y execra al médico que no puede alargarle la vida. […] Como aquel no puede oponerse a una fatalidad de la naturaleza, tampoco nosotros podemos imponernos a una notoria fatalidad del arte.

Serlo. Pero el que paga tiene derecho a que le den lo que él desea.

donde resuenan los viejos versos de Lope de Vega: «Porque como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto»…

En la trayectoria de los principales protagonistas de Los Miserables , de Victor Hugo (Jean Valjean, el inspector Javert y el obispo Myriel), Baudelaire opinaba que

El abandono de la riqueza y el poder por parte de Valjean y su entrega a una desdichada vida de convicto perseguido a causa del remordimiento y su buen corazón le parecía una repugnante falsedad; los poderosos, aunque sean canallas, y sea cual sea su pasado, no renuncian a nada y mueren venerados, rodeados de sus familias, amigos y sirvientes.

Elias Canetti, por fin, se queja en sus Memorias del destino del rey Lear en la tragedia de Shakespeare:

después de haber soportado la tragedia de la sucesión, de haber sobrevivido a una sangrienta época de venganzas y ambiciones, Lear debía seguir viviendo, “siempre debía estar vivo”. Lear “merece vivir”, porque con él “mueren muchos años”.

En los tres casos podemos hablar de falta de verdad, por incapacidad del autor (¿obras fallidas?) o, lo que es peor, por la intencionalidad del novelista (¿insinceridad?, ¿manipulación subliminal del lector?, ¿lecciones no éticas de ideas políticas, sociales o religiosas?) como se ve claramente en la propaganda monárquica implícita de la práctica totalidad del teatro barroco español. Podríamos afirmar, desde la perspectiva del lector, que este es la parte débil en el encuentro mágico con la creación literaria. Para este, se trata más de una cuestión de «injusticia» que de verdad: no es justo que Hamlet o Lear mueran. También para Augusto Sánchez, en tanto lector de su propio destino. La lógica interna del relato puede llevar, sin remisión, a un destino trágico, que siempre es injusto: ¿es injusto sin dejar de ser verdadero, de tener un sentido? En la vida hay una injusticia primordial, extensa y ajena, la de la salud, la catástrofe, el accidente. ¿Eso es verdad también para una novela, al margen de la intencionalidad del autor?

En Mímesis, una apasionante colección de ensayos sobre clásicos de Erich Auerbach, este estudioso de la literatura, nos aporta un punto de vista complementario al analizar la verdad y la mentira en los poemas homéricos. En ellos, tras el deslumbramiento verbal, descubrimos una imagen del los hombres y de sus vidas tremendamente simples, hasta el punto de que los podemos considerar como «personajes planos», pero con la capacidad de hacernos sentir como si fueran reales. Aunque la realidad de su ficción, la verdad de su mentira, no tenga nada que ver -ni Homero lo pretendía- con la realidad histórica que, de forma fantasmal, realidad-sombra, nos explican los lectores eruditos.

Lo que más les importa es la alegría por la existencia sensible y por eso tratan de hacérnosla presente. En medio de los combates y las pasiones, las aventuras y los riesgos, nos muestran cacerías y banquetes, palacios y chozas pastoriles, contiendas atléticas y lavatorios, a fin de que observemos a los héroes en su ordinario vivir y de que disfrutemos viéndolos gozar de su sabroso presente, bien arraigado en costumbres, paisajes y quehaceres. Y de tal manera nos encantan y se captan nuestra voluntad, que compartimos la realidad de su vida, y mientras estamos oyendo o leyendo nos es totalmente indiferente saber que todo ello es tan sólo ficción. El reproche que a menudo se ha hecho a Homero, de ser mentiroso, no rebaja en nada su eficiencia; no tiene necesidad de copiar la verdad histórica, pues su realidad es lo bastante fuerte para envolvernos y captarnos por entero. Este mundo “real”, que existe por sí mismo, dentro del cual somos mágicamente introducidos, no contiene nada que no sea él; los poemas homéricos no ocultan nada, no albergan ninguna doctrina ni ningún sentido oculto.

Como broche, Belén Gopgui, gran narradora y narratóloga, nos puede ayudar a rescatar una clave imprecindible de la verdad mentirosa y la mentira verdadera de las novelas: el vector, como ella lo llama, del sentido (La conquista del aire, Prólogo). Como una luz, ese haz que lo impregna todo impide que la narración caiga en el abismo de la inanidad del entretenimiento y la «cultura del ocio», del aburrimiento burgués de donde en realidad nació.

Ahora la novela no se enfrenta a un problema de ámbitos ni de públicos sino, me parece, a un problema de configuración. Así como una línea describe una trayectoria pero sólo el vector del sentido introduce un hacia dónde, así el trazo de la experiencia contiene los sucesos, pero sin el sentido no es más que una vía muerta. La novela que no nombre el significado, que no ilumine el sentido, la novela que sólo quiera ser emoción y no ser emoción que se sabe a sí misma, terminará por confundirse con cualquier otro medio de entretenimiento.

Literatura y verdad en la época de la posverdad

Imagen/foto

Una reflexión urgente sobre la verdad y la mentira, en sentido artístico y ético, en las obras de ficción narrativa

Elogio del aburrimiento

Este texto, con algunas modificaciones en las primeras líneas, ha sido publicado en Fronterad el 3 de abril de 2020.

El aburrimiento tiene desde hace unos siglos -no muchos, a decir verdad, en tiempo histórico- y, sobre todo, en esta época hiperactiva que nos ha tocado vivir, muy mala prensa. Los frailes y monjas enclaustrados lo temían como el tiempo propicio de la tentación, o más exactamente, como la hora que frecuentaba un temido diablo, el diabolus meridianus, el demonio del mediodía que solía provocar mal humor y aburrimiento en los momentos más cálidas y pegajosas. En realidad, la disciplina horaria de los monjes o el conocido lema benedictino «ora et labora» fueron remedios ideados contra su nefasta influencia, contra ese hastío que llamaban acedia, considerado durante un tiempo un pecado capital. Podemos adivinar por qué: tiempo inerte apropiado para las tentaciones, fundamentalmente dos: el pensamiento divagador que lleva a territorios desconocidos, o el sexo, que también.

Cualquier padre o madre que lea esto, recordará entrar en pánico cuando la hija o el hijo, con gesto adusto y un punto desesperado, se acerca y dice: «Mamá, estoy aburrido». Estaríamos tentados de explicar este rechazo absoluto al aburrimiento como la manifestación humana del horror al vacío, del desvalido sentir el peso muerto de la existencia sin acción, al modo en que los físicos afirman que el universo aborrece el vacío. Otras veces preferimos entenderlo como consecuencia del trabajo contemporáneo, rutinario y sin sentido. O de su complementario, el tiempo de descanso, capturado ad nauseam por el consumo de diversión, ocio o espectáculo. El tiempo sometido y muerto del Gran Plan que sustituye a la vida.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, el aburrimiento es hermoso, etimológicamente hermoso, porque la lengua madre inyectó en la palabra la mayor belleza: «ab horrorem», la ausencia, la lejanía, el desprendimiento del horror. En este modo de pensar mío, con el auxilio de la lengua, la angustia que provoca eso que, de modo tan torcido llamamos aburrimiento, junto al ansia que nos impele a sustituirlo con cualquier actividad o cosa, no es más que su inversión: la costumbre de vivir en el horror, el deseo de cerrar ese campo abierto que, como un abismo, se nos abre en el no saber qué hacer, en el miedo cerval de la luz cegadora de lo desconocido que nos interpela y que rechazamos…

Sobre la lectura coral

Publicado en El Salto con el título Sobre la lectura coral (algunas confesiones y una tesis)

Uno es hijo de sus contradicciones. Por ejemplo, tengo que confesar una que nunca he logrado resolver del todo. Y es que, a pesar de la enorme masa de espacio y tiempo que he dedicado a leer libros en solitario, lo que me gusta de verdad es la lectura expresiva, en voz alta, en corro. De hecho, soy un lector lento en comparación con los que aprendieron con técnicas más modernas de lectura silenciosa y veloz. La mayor parte de las veces hago una lectura subpalatal, es decir, pronunciando aunque sea en un nivel inaudible para los demás. Así aprendí. Y así gocé las primeras veces de la lectura coral, alrededor de la mesa camilla, que hacía mi padre de las noticias del día, cuando disponía de un periódico. Era común en tiempos sin televisión, o con la televisión estropeada, que era casi siempre.

Mi tío abuelo Manuel es el primer lector de libros que conocí. Entiéndaseme bien: lector de novelas del Oeste, no de obras clásicas consagradas por el Canon, ni nada parecido. Eso sí, las novelas del Coyote -eran sus predilectas-, de José Mallorquí, tenían ínfulas literarias. Contaban las estupendas aventuras de don César de Echagüe, un californiano criollo y justiciero que, gracias a la doble vida que le proporcionaba su máscara (un poco al estilo del Zorro, popularizado por el cine) y a su carácter de propietario agrario, hacía frente al nuevo poder norteamericano y sus abusos.

Me fascinaba la figura de mi tío abuelo, leyendo en silencio en una dependencia de la casa a la que teníamos vedado el acceso los niños de la familia en los momentos en que lo hacía. Era magnético: inmóvil durante horas, ensimismado -yo lo espiaba cautelosamente- y silencioso, pero también me resultaba incomprensible en su opacidad. Según crecí y aprendí a leer, lo imitaba; pero me aburría, y enseguida buscaba a  alguien dispuesto a compartir mi lectura en voz alta. Siempre ha sido así desde entonces, aun al precio de gozar de la fama bien ganada de «pesado». Mucho más agrias, desde luego, han sido las recriminaciones que he recibido viendo cine con alguien, porque siento la misma necesidad incontrolable de comentar y preguntar, o hacer algún espóiler, sobre la ficción de la película.

Esta inveterada costumbre, pero ya de modo planificado, la he mantenido en mis años de profesor. Siempre he dedicado un día -el viernes, casi siempre- a la lectura coral de un libro, aunque también cualesquiera de los textos de trabajo que, por la naturaleza de mi asignatura, estudiábamos y comentábamos en clase. Han sido los momentos más placenteros en el aula: hacer que las palabras escritas sobre el papel levantaran el vuelo convertidas en mariposas de colores, devueltas a la alegría del aire…

Tras todo lo dicho, es fácil entender que he conceptualizado y razonado mi crítica a la lectura solitaria como una de las grandes rémoras del universo Gutenberg. En realidad, la llegada de la Internet social fue para mí una enorme liberación, y la razón última de que aún siga por aquí todos los días, dando cuenta de mis lecturas o pensamientos, compartiéndolos al instante con otros. Aunque con las dificultades conocidas -la tiranía contemporánea de la imagen-, estas nuevas formas de «leer» (en su significado más amplio posible: la actualidad, las razones, los poemas, el apunte cotidiano…) nos han hecho salir de la soledad del lector ensimismado al encuentro común con las lecturas de los demás…

Contra los Señores del Tiempo

Pues seguimos en las mismas. Los amos de Todo juegan a su juego favorito: el de mangonear con nuestro sueño y nuestro despertador. Los portugueses, que han sufrido todos los experimentos, lo saben bien. La UE, desde 1996, cuando el último cambio de sistema, quiso hacerlo uniformemente en todo el continente para tener contentos a los británicos (ahora que se van, sería un buen momento para ajustarnos algo más al amanecer, al menos…) Aunque uno sigue esperando la única solución razonable: la vuelta al tiempo impreciso de la luz y los dictados del cuerpo…

 

De clanes diversos hiciste una patria…

Publicado en El Salto, con el mismo título

Propongo al amigo lector la lectura de unos versos conocidos de Rutilius Namantianus, perteneciente a los restos del único poema que nos ha llegado de él, De reditu suo, y que me acompañe en las breves reflexiones que les siguen.

Rutilius Namantianus fue un galo de origen celta, cuya familia y él mismo formó parte del círculo del poder imperial (llegó a ser prefecto de Roma en el año 414), si bien en la época convulsa del emperador Honorio  (más pendiente de sus amadas gallinas que de la política imperial) y los saqueos de Roma por parte de Alarico I. A pesar de que el imperio había adoptado la religión cristiana como religión oficial, desde el Edicto de Tesalónica, Namantianus fue toda su vida un pagano convencido, muy crítico con la nueva religión.

«Los favoritos del emperador Honorio» de John William Waterhouse

Herido por la nostalgia del viejo y primer Imperio y la mítica labor civilizatoria de Roma, escribió este poema, y estos versos que me parece tan significativos de lo que podríamos llamar, sin forzarlo, la fundación de un estado (la «ciudad», según el modelo romano). Los versos, dirigidos a una Roma personificada, dicen así:

Fecisti patriam diversis gentibus unam;

profuit iniustis te dominante capi;

dumque offers victis proprii consortia iuris,               65  

Urbem fecisti, quod prius orbis erat.

En español, más o menos, vienen a decir:

De clanes diversos hiciste una patria.

Te fue muy útil que, siendo tú el señor, te abstuvieras de hacer injusticias.

así, mientras ofrecías a los vencidos compartir tu propia ley,

convertiste en ciudad lo que antes era mundo.

Si estos versos nostálgicos se leen con atención (como hizo Aimé Césaire, cuyos discursos estamos releyendo últimamente con provecho), tenemos aquí, desde las primeras palabras, de modo admirablemente resumidos, los postulados justificatorios de cualquier proceso de conquista y colonización a lo largo de la Historia. «Fecisti patriam diversis gentibus unam», es decir, creaste unidad y orden mediante lengua, instituciones, religión y símbolos de lo que antes era caos e indeterminación: «diversis gentibus». Esa unidad superior, que ya entonces adquiría el nefasto nombre de «patria», viene impuesta por la superioridad de la cultura conquistadora («unam»), impuesta por ley natural histórica, al mismo tiempo que asumida, a la cultura inferior de los clanes. No hay hibridación ni mestizaje, como reclamaba Leopold Sedar Shengor para las culturas negras poscoloniales, sino sustitución y re-culturalización.

Los siguientes versos alaban, de forma trivial y tópica, la «bondad» del conquistador y fundador de la nueva patria, su inteligencia práctica (como la que se otorga típicamente a César en su colonización de las Galias), la «generosidad» que supone, por parte de la cultura superior, compartir las propias leyes («dumque offers victis proprii consortia iuris») y la prudencia (la sophrosyne griega) de un comportamiento justo, lejos de la hybris manifiesta de otros pueblos conquistadores. sí, pero no «civilizadores».

Es actuando así como, según el último verso, «urbem fecisti quod prius orbis erat»: hiciste una ciudad (otra Roma para ser la misma) donde antes solo había «mundo», siendo «orbis» la indeterminación, inorgánica, diríamos, propia de los clanes o gente sin organizar, en mezcla estéril e improductiva, primitiva o salvaje, inferior, sin civilizar…. ¿Le suena esto al lector amigo?

El migrante considerado como «sujeto indeseable»

Así como es común oír interpelaciones de los políticos a los pensionistas, las mujeres o los trabajadores autónomos, nunca he oído ninguna dirigida a los migrantes; aunque si, cada vez más a menudo, hablar garrulamente sobre ellos, contra ellos; ni siquiera en las campañas electorales, cuando más se les calienta la boca con sus promiscuas peticiones de voto. Ni en las izquierdas ni en las derechas son concebidos como un sujeto social – el amigo lector curioso puede leer el ensayo que escribí para Frontera Digital sobre la dificultad de encontrar los nuevos sujetos sociales.

Sí, por el contrario, es percibido como «sujeto indeseable» , tal como lo llama Eduardo Doménech, que considera esta visibilidad negativa o conflictiva como un obstáculo insalvable para la construcción de lo común. Doménech es también creador del concepto de «régimen migratorio», que desarrolla así en una entrevista publicada en la chilena Revista Rosa:

El régimen de migración y fronteras es concebido como un espacio de conflicto, negociación y contestación en el que interviene una multiplicidad de actores de diversa naturaleza. Además, es un espacio en el que se despliegan prácticas de control de distinta índole, coexistiendo prácticas represivas, punitivas, asistenciales, humanitarias, etc.

Este régimen solo se concibe, pues, en el espacio de conflicto y contestación, real y simbólico al mismo tiempo, de la frontera, un espacio inhabitable sometido al estado de excepción permanente, fuera, por tanto,  de la república de los derechos y del común.

Contra la línea recta

Siempre me ha impresionado ver a un niño paseando a un perro. Los dos luchan contra su tendencia natural, que es la de corretear, con ritmos discontinuos, movidos por el azar de su simple curiosidad o capricho. Caminar de forma lineal, al mismo ritmo que los pasos medidos es un aprendizaje muy duro, tanto para el hombre como para el perro, y sólo tiene sentido en las ciudades construidas para los coches. Para el niño es tan difícil como el aprendizaje de la lengua escrita, porque, si se mira bien, el desfile sintáctico de letras, sílabas y palabras es tan atormentador como caminar con los pasos contados…. Es irónico que demos tanta importancia en nuestra educación a las dos cosas, como parte de un proceso civilizatorio.

Es útil extrapolar esto a las líneas rectas imaginarias con que forzamos nuestras vidas a seguir los surcos de los planes o el desfile de siglos de la Historia en una inexorable marcha de progreso y mejora. Pero de eso nos ocupábamos con más detalle en una entrada reciente.