La subjetividad cultural (Apuntes, 13 y 14)

La subjetividad cultural es algo obvio que, sin embargo, olvidamos continuamente. Cuando leemos a un autor, buscamos nuestros propios puntos de interés, no los suyos. Y esto vale para la literatura tanto como para las redes sociales. Luego están los límites lingüísticos de cada uno, las acotaciones personales de los campos semánticos con que la experiencia y el conocimiento de la realidad nos configuran. Ludwig Wittgenstein lo dejó escrito de forma ejemplar: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Una de las cosas más difíciles en las clases de literatura es consensuar el sentido de una metáfora. Los alumnos defienden sus interpretaciones con uñas y dientes. A veces, la ofuscación que causa el sentido arcano que quiso transmitir el autor lleva a desahogos como el de una alumna que en una clase, tras mis intentos por interpretar qué quería decir Juan Ramón Jiménez en un poema al afirmar que los pinos cantaban, explotó de pronto, entre ruborizada y enfadada: “Manuel ¿pero cómo van a cantar los pinos?”…

En redes y foros de Internet es muy fácil observar que lo que todo el mundo comparte son las noticias o artículos que coinciden con su visión del mundo o su ideología, con su propio manejo del lenguaje, con sus connotaciones subjetivas.

El que, a pesar de todo, consigamos a duras penas, ampliar nuestras perspectivas con las de otros, aprender o cambiar nuestros puntos de vista es, bien mirado, una auténtica hazaña o un auténtico milagro.

Hacer desaparecer un elefante

La “magia” mediante la cual la economía-mundo capitalista es capaz de ocultar su destrucción del planeta, de sus seres vivos, y el daño causado a nuestras vidas vaciadas de sentido es tan admirable como la desaparición de un elefante ante el público que dicen que realizó el gran Houdini.

Como si, como si no…

Esta entrada ha sido publicada en infoLibre con el título Como si…

Carmen Martín Gaite contaba una vez que ella seguía el «como si» como una regla de vida. Su pequeña teoría del «como si» consistía en hacer un uso de la imaginación parecido al de los niños en los juegos que hoy llamamos, en la neolengua, «juegos de rol». Eran esos que empezaban con «¿vale que yo soy el médico y tú el enfermo?» y, en el momento en que el otro aceptaba la propuesta, se producía la demiurgia que es tan natural en la infancia: la transformación de la ficción en realidad mediante un simple acto lingüístico. En aquel punto en que lo dejamos, el niño devenido médico mediante su pregunta performativa, enarbolaba ya, con gesto adusto y adulto, la jeringuilla de ilusión para pinchar en el culo al que, en el desigual reparto -como en la vida misma, pues en su simulación consistía el juego-, le había tocado el deslucido papel de enfermo…

La novelista sabía bien que la realidad es fea y sórdida, por lo común, y, a veces, difícilmente soportable. Sabía también, como creadora de mundos de ficción, que la mejor manera de sobrellevarla y sobrevivir a ella es reescrbirla, como en un palimpsesto, con la imaginación, y actuar en consecuencia, como si fuera de otra manera distinta. Alfonso Sastre, otro gran creador de historias, también ha sido siempre consciente de ese papel poderoso de la imaginación en la creación literaria y en el mundo humano, hasta el punto de haber elaborado, en sus estudios sobre lo que llama la «imaginación dialéctica», una sofisticada y extensa reflexión teórica, un verdadero tratado de Estética. Para Sastre, la imaginación es transformadora desde el momento en que plantea un camino de ida y vuelta a y desde la realidad, en el que ésta queda «tocada» o como herida, y puede convertirse así en una realidad alternativa. El niño que actuaba como si fuera un médico puede llegar a serlo realmente un día. Lo imaginado de forma especular en las utopías puede encarnarse en un lugar y tiempo concretos, traspasando el espejo platónico.

Por aludir de pasada a lo biográfico, yo no habría sido capaz de trabajar tantos años como profesor sin el auxilio del «como si». Uno debe actuar en el aula como si sus alumnos fueran todos inteligentes, capaces y constantes. La educación exige, en ese sentido, un optimismo histórico, un optimismo de la imaginación, más que de la voluntad como quería Gramsci. En el fondo, así lo ve uno al menos, es algo así como las profecías autocumplidas: la dama boba de Lope de Vega se vuelve inteligente gracias al efecto emulador del amor; el niño torpe al que tratamos como si fuera listo, lo acaba siendo por contagio; la fea realidad puede acabar transformándose en otra más habitable y hermosa.. Parafraseando el saber popular que nos avisa del peligro de que lo que deseamos puede cumplirse, podríamos decir nosotros: ten cuidado con lo que imaginas porque puede convertirse en real.

Todo puede empezar de nuevo preguntándonos, como explicaba Sastre que preguntaban todas las fábulas: ¿qué pasaría si…? O, en su versión negativa, la más pura y limpia de la contaminación de la fea realidad: ¿qué pasaría si no…? ¿Hay otra manera -y así acabamos- de afrontar el fracaso resignado de nuestras sociedades o de nuestra vida cotidiana? ¿Cómo soportar, por ejemplo, la gris actualidad política o económica con su carga de mentiras, injusticias o corrupciones a no ser con un «¿qué pasaría si no…?» Que el lector -que en la escritura pública siempre se imagina uno como un lector activo, dialéctico, inteligente, el socio ideal del propio pensamiento- complete los puntos suspensivos con todo lo que pueda imaginar…

La soledad es un concepto anglosajón

Una de las cosas que más me gusta de las nuevas generaciones es su desinhibición para acercarse o tocarse, su facilidad, espontánea y sincera, para el abrazo o para tomarse de la mano. Me gusta, sobre todo, porque soy de una generación en la que eso era mucho más raro de ver y en la que era aún más insólito que le pasara a uno. En mi caso, además, pues era un adolescente tímido y cortado, pero de natural cálido, dicharachero y cariñoso, como buen sureño, esa carencia se transformó en un sentimiento de soledad que me hizo sufrir mucho.

Aún tengo que añadir, para que se me entienda bien, que crecí en un pueblo clasista de la Andalucía nacional-católica del franquismo y que fui educado en una estricta separación de sexos, un ambiente en el que el sentimiento de culpa estaba enhermanado con el del miedo. La puerta de acceso al otro estaba muy a menudo cerrada o vigilada y, en justa correspondencia, también sucedía lo mismo con la propia. Por decirlo en términos informáticos, estábamos cifrados con un doble clave, una pública y otra privada. En ese círculo hermético, el conocimiento y el diálogo con los otros eran aproximativos y difusos, una hipótesis muy mediatizada por el estereotipo y el rol. Por decirlo de una forma que, tras la lectura de los cuentos de Lucia Berlin, ha adquirido para mí un sentido muy especial, la soledad la viví, en contradicción con mi condición meridional y con mi carácter natural, de una manera anglosajona.

De esa soledad anglosajona habla un cuento llamado “Triste destino” que está incluido en el libro, de reciente y exitosa publicación en España, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, al que aludía un poco antes. Empieza así:

La soledad es un concepto anglosajón. En Ciudad de México, si eres el único pasajero en un autobús y alguien sube, no sólo se sentará a tu lado sino que se recostará en ti.

Y continúa un poco más adelante, con estas palabras:

En México, en cambio, las hijas de mi hermana subirán tres pisos de escalera y cruzarán tres puertas solo porque estoy ahí. Para recostarse a mi lado o decir “¿Qué onda”?

Pero, en contradicción, de nuevo, con mi afirmación inicial sobre la facilidad de las nuevas generaciones para el acercamiento de los cuerpos, me temo que la soledad anglosajona, entre cuyas manifestaciones más perversas está la soledad laboral, de la que hablaré más adelante, también se ha instalado en ellas, en estas nuevas muchedumbres de solitudinarios.

De forma complementaria, llegó a nuestra lengua hace tiempo la también anglosajona privacy, cuyo calco en español, “privacidad”, tanto éxito ha tenido que parece que va a quedarse con nosotros para mucho tiempo, en competencia o sustitución de nuestra vieja “intimidad” (como esta, a su vez ya había sustituido a la “poridat” del castellano antiguo), aunque convertida ahora, me parece, en una privacidad retórica más que real, enarbolada, más bien, como una engañosa bandera burguesa un poco trasnochada, ya en precario desde que la humanidad empezó el traslado masivo al nuevo domicilio digital, en el panóptico o populosa casa de vecinos que nos vigilan y a los que vigilamos, en medio de esta insólita promiscuidad de solitarios, tan cerca y tan lejos, tan contemporánea…

Más allá del Divide et impera, más allá de ese falso culpable que es el cambio económico y tecnológico, hay una razón ideológica que explica la extensión universal de esto que hemos dado en llamar la soledad anglosajona. Como dice muy certeramente George Monbiot1 “las plagas de la ansiedad, el estrés, la depresión, la fobia social, los trastornos de alimentación, las auto-lesiones y la soledad están actualmente golpeando como una plaga a ciudadanos de todo el mundo. Las últimas cifras de la salud mental de los niños en Inglaterra son catastróficas y reflejan una crisis global.”

Es la ideología neoliberal la que niega la condición social del ser humano, su dependencia del apoyo que proporciona la trama comunitaria y la interacción continua con los otros, apoyándose en una idea sesgada de la libertad individual que todo lo deja a expensas del interés personal, la competitividad y el individualismo. Es esa la razón ideológica de que los familiares de la protagonista enferma del cuento de Lucia Berlin no suban a estar con ella por el simple placer de juntar los cuerpos y el afecto, sino que avisen simplemente, desde abajo de las escaleras que han llegado o que se van a ir, porque están siempre ocupados con su propio devenir cotidiano…

David Foster Wallace -un brillante profesor, conferenciante y escritor norteamericano- dejó escritas algunas reflexiones sobre el daño de esta soledad y algunos consejos sobre cómo protegernos de sus acechanzas. Por ejemplo, en su conocido texto This is water decía: “Si adoras el dinero y las cosas [materiales] –si en esto es en donde buscas el significado real de la vida– entonces nunca tendrás suficiente. Nunca sentirás que tienes suficiente. Adora tu propio cuerpo y la belleza y la atracción sexual y siempre te sentirás feo, y cuando la edad y el tiempo se empiecen a mostrar, morirás mil muertes antes de que finalmente te planten. En cierto nivel todos ya sabemos esto –ha sido codificado en mitos, proverbios, clichés, bromas, epigramas, parábolas: el esqueleto de toda gran historia. Pero el truco es mantener la verdad enfrente de nosotros en la conciencia diaria”.

Pero esa “verdad” la buscó donde, para nuestro gusto, no estaba, en la soledad del hombre frente al espejo. Así, sus consejos “prácticos” para enfrentarse y sublimar los efectos del aislamiento sobre el solitario eran hacer cosas como escribir y crear ficciones, leer y oír poesía y música, practicar el sexo “profundo y serio” o el viejo consuelo de la religión. Wallace, que terminó su vida suicidándose, no logró salir del círculo hermético.

Esta soledad de todos contra todos ha invadido ya los sistemas educativos tanto como la lucha feroz por conseguir o mantener un miserable puesto de trabajo. El trabajador, que ha olvidado el viejo gregarismo que lo juntaba con sus compañeros en el sindicato, el ateneo, la plaza o la taberna, ha devenido un enfermo crónico de ansiedad, de tristeza, de desazón. Los suicidios en el centro de trabajo como última y desesperada protesta y rebelión son solo el límite extremo de esta soledad.

El consumismo, efectivo o frustrado no hace sino aumentar ese aislamiento, que fragmenta y distorsiona la idea de belleza, que también rehuye al canon compartido de los otros para situarse sola frente al espejo. Así, la pregunta que se hace Monbiot es totalmente pertinente: “¿Es de extrañar que en la soledad de estos mundos interiores, en los que el tacto ha sido reemplazado por el retoque, las mujeres jóvenes se estén ahogando en la angustia mental?”. El mismo autor también nos informa de una encuesta reciente en Inglaterra que “sugiere que una de cada cuatro mujeres de entre 16 y 24 años se ha lesionado a sí mismas, y que una de cada ocho sufre actualmente trastorno de estrés post-traumático. La ansiedad, la depresión, las fobias o los trastorno obsesivo compulsivo afectan al 26% de las mujeres en este grupo de edad. Esto es lo que más se parece a una crisis de salud pública.”

Enfermedades y trastornos sociales como estos, han devenido en males individuales que se han medicalizado en las consultas y que se han convertido en la principal razón de las bajas laborales contemporáneas. La consulta del médico ha sustituido a la asamblea del sindicato. Pero si la enfermedad es social, de naturaleza ideológica, la curación solo puede ser política y social. Pero no una política de elecciones en las que un partido nos sanaría con algunas medidas de protección o bienestar social. No, sino una política tal que afectara a nuestra visión del mundo: una reacción contra la soledad y el aislamiento que nos lleve de nuevo a salir al encuentro de los otros. A seguir el consejo del poeta Vicente Aleixandre en su maravilloso poema “En la plaza”:

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

O eso o perecer en esta mentirosa y terrible idea adquirida que nos hace creer aún que podemos vivir libres y solos y felices, displicentes y desconfiados,  enamorados de nuestra propia imagen como enajenados Narcisos de este fin del mundo…

Paro “natural”

Lo que se lee en este titular: El ‘think tank’ de la CEOE cree que solo es posible una bajada masiva del paro si se crea “empleo de baja calidad”, no es ninguna ocurrencia original de nuestra CEOE, ni mucho menos. Es la última cantinela de los economistas oficiales y de los ministros del ramo: lo llaman “paro natural” o con la expresión más tradicional en la neolengua, “paro estructural”; es decir, que tenemos que acostumbrarnos a convivir (o a vivir nosotros mismos) con legiones de personas condenadas a la desocupación resignada, culpabilizadas, además, por su falta de formación o por su edad y sexo.

Es la penúltima renuncia a regenerarse de este capitalismo catastrófico que ni siquiera se molesta ya, desde sus propias condiciones, en imaginar o implantar medidas “sensatas”, sin salir de su tinglado, como el empleo garantizado o cualquiera de las versiones de rentas básicas que circulan por ahí. Es un síntoma más de de lo que da de sí un paradigma podrido, que se ha vuelto claudicante y cínico, y, por ende, peligroso y asesino; que ha olvidado también sus legendarias capacidades históricas para regenerarse a sí mismo, haciendo más llevadera, al menos, sin renunciar a su codicia proverbial, las vidas de millones de personas.

Un sistema que que ya solo invita a la resignación de una vida ínfima entre una sucesión interminable de trabajos basura, de mala salud y tristezas, de tiempo muerto en calles, bares, plazas y mercadillos de ocasión, como único “no futuro” posible…

Limpiadoras

Son las primeras que van al tajo, o las últimas, las más olvidadas, casi invisibles. Las que dejan preparadas las oficinas, las aulas, los consultorios. Nuestras hadas madrinas, las herederas de la clase obrera, resignadas, dignas, silenciosas… Las que nos quitan la mierda y el polvo, heroínas sin nombre, guardianas del resto de orden que aún reina en el mundo. Todos los días las recuerdo y homenajeo al ir a trabajar y encontrar las sillas volcadas sobre las mesas en el aula, la papelera vacía, la pizarra limpia…

Si no puedes convencerlos, confúndelos

Esta entrada es una continuación de un apunte anterior en que nos lamentábamos de la proliferación periodística de neologismos políticos vacíos, en justa correspondencia al vacío ideológico que intentan, a duras penas, nombrar. Si allí nos deteníamos en la espectral y supuesta existencia de “errejonistas” frente a “pablistas”, además de “marianistas” o ” rajoyistas”, según el gusto del gacetillero, en estos últimos días he visto incorporados a este elenco a los “sanchistas” o seguidores de Pedro Sánchez, que, naturalmente, encarnan un movimiento que, como no podía ser de otra manera, responde al nombre de “sanchismo”. Aunque el uso más asentado entre nosotros que remite el sanchismo a los partidarios de las enseñanzas de Sancho Panza, frente al “quijotismo”, que apunta a los defensores de las de don Quijote, induce a mucha confusión y parece contradecir, además, el carácter quijotesco atribuido al joven político socialdemócrata. Veamos algunos ejemplos. El primero procede de una crónica política de Ibon Uría, publicada en infoLibre el 28 de diciembre:

Los argumentos para apostar por Sánchez y no por López son fundamentalmente de dos tipos: el primero, que es el ex secretario general quien representa el proyecto que los sanchistas defienden para el futuro PSOE; el segundo, que existen muchas dudas en torno a las intenciones finales de la tercera vía, así como en torno a cómo puede comportarse medida que avance el proceso congresual.

Donde, como vemos, según el tenor de la lectura, los sanchistas se oponen a una “tercera vía” representada, o auspiciada más bien, por Patxi López, el político vasco del PSOE. Si bien lo de la “tercera vía” tiene antecedentes ilustres en el laborismo neoliberal del británico Toni Blair, no queda claro si aquí se alude a algo parecido. En todo caso, queda por ver cuáles son las dos vías implícitas del PSOE a cuya cola poder situar esta tercera. Pero esto ya se nos antoja un juego escolástico demasiado banal.

La otra cita procede un microtexto publicado en Tuiter por  José Antonio Pérez Tapias, un veterano militante y publicista del PSOE muy activo en las redes sociales famosas y en los nuevos medios digitales:

Autofagia como patología de organización: “Gestora y Hernando hacen purga con los del “no a Rajoy” y el “sanchismo

Esta manera de escribir en castellano encoge ya, directamente, el corazón. Si bien el uso de la jerga médica tiene una tradición venerable en el slang político español, tan antigua al menos como las metáforas educativas (menos mal que aflojó un poco ese dichoso “hacer los deberes”) o futbolísticas, aporta a nuestro corpus léxico una novedad, al menos para mis oídos: “Autofagia como patología”…

Estos devaneos con la lengua malesconden lo que llamamos a menudo “la insoportable levedad” del ser político contemporáneo, de la información o debate sobre la cosa pública -ya nos gustaría a muchos que tal cosa existiera- en nuestro país. Una vez que se consumó la transformación de los partidos en un remedo del antagonismo de las viejas casas feudales y sus intrigas palaciegas por mor de adquirir preponderancia y beneficios en las cortes reales, nada más normal que el lenguaje de los cronistas se reduzca a las sutilezas de los distintos nombres propios y la necesidad de nombrar a sus seguidores. Desde un punto de vista más general, estos usos de la neolengua parecen dar la razón al viejo y siniestro consejo atribuido al presidente norteamericano Harry Truman: “Si no puedes convencerlos, confúndelos”…

Sobre la risa contemporánea y otros apuntes (Apuntes, 12)

La risa contemporánea

Uno de los problemas de la cacharrería tecnológica que ha invadido nuestros espacios y nuestro vivir es que ya no provoca risa, que la tomamos demasiado en serio. A pesar de que el filósofo Henri Bergson fundamentaba lo cómico en la imitación humana de los movimientos mecánicos, nadie se ríe hoy de sí mismo, o de su vecino, encorvado sobre un ordenador, con la mirada absorta en la pantalla y tecleando como un loco. O de la imagen (¡qué partido le habría sacado Chaplin!) de los adolescentes entrando y saliendo de clase abstraídos con el móvil entre las manos y su andar robótico, con las parejas ensimismadas, dizque enamorados, uno junto a otra, contestando mensajes en el telefonito. O con los robóticos, más que eróticos (el baile sublimaba la danza libidinosa de las épocas de celo en el mundo animal) de los movimientos gimnásticos, de una simetría cuasi mecánica, de los bailes actuales.

Escenas iniciales de “Tiempos modernos”

Sin embargo, aún somos capaces de reírnos con los movimientos de autómata de Charlot tras apretar tuercas en la fábrica donde trabajaba en “Los tiempos modernos”. O con la casa “moderna” y la fábrica “Plastak” que Jacques Tati retrataba tan felizmente en su película “Mon oncle”. Nos tomamos demasiado en serio, a nosotros y a nuestros pequeños autómatas; hemos asumido de una forma acrítica la idea de que las máquinas nos aportan exclusivamente facilidades y bienestar, nos hemos creído a pies juntillas que el progreso es una cosa muy seria…

En términos teatrales, nos hemos vuelto más actores trágicos (de tragedias ridículas, tantas veces) que de comedia, hemos olvidado reírnos de nosotros mismos y  entregado nuestras vidas cotidianas a los dioses de la electrónica y la biomecánica, inertes y sin humor. La risa contemporánea se ha convertido en muchos casos en la risa terrorífica de “L’homme qui rit”. Esa risa de la que en español decimos, tan ajustadamente, que es por no llorar…

…ISTAS

Los periodistas no aprenden, es una secuela del periodismo decimonónico: me refiero a su manía de crear neologismos para los seguidores de un político. Leo, por ejemplo, en infoLibre: “Los congresos autonómicos que finalizaron la semana pasada en lugares como la Comunidad de Madrid o Andalucía reflejaron las diferencias que existen entre pablistas, errejonistas y anticapitalistas…”. Más frustrante aún es que algunos quieran hacer lo mismo con las distintas “¿escuelas?” del PP donde tenemos rajoyistas o marianistas, según el grado de cercanía, supongo, al político conservador. Con menos seguidores, imagino, podríamos seguir especulando con la existencia terrenal de loyolistas frente a cospedalistas u otros engendros semejantes, tan vacíos de significado unos como otros…

Un periodista ejemplar, como era Manuel Vázquez Montalbán (aún recuerdo artículos suyos en Mundo Obrero que firmaba, con un irónico e inofensivo disimulo, como “Manuel Vázquez Molbatán”) publicó todo un libro de crónicas políticas con el empingorotado título de La aznaridad. Es un asunto viejo y tiene que ver con la muerte o enfermedad crónica y grave de las ideas en nuestro mundo contemporáneo. Un ejemplo eximio es el de los marxistas y sus diferentes y encontradas subespecies: ¡Cuánto daño ha hecho a Marx, y cuánta antipatía ha generado en gente que no ha leído sus libros o artículos ese engendro de adjetivo!

Y en esas seguimos, cogiéndonosla con papel de fumar mientras tratamos de entender las diferencias entre pablistas y errejonistas, con matices tan importantes, lo recordarán los amigos, como que uno levanta los dedos en la tradición de Churchill, formando una V, y el otro es más fiel, a lo que parece, al viejo puño cerrado. Lo cual levantó, según recuerdo, encendidos cruces de acusaciones en la red del pajarito y agrias recriminaciones mutuas que, supongo, no han hecho sino aumentar y que habrán sido asumidas por sus respectivos seguidores, mientras deciden si asaltar los cielos o permanecer sentados en el Parlamento, como unos culiparlantes cualesquiera, según otro neologismo, este sí feliz, del recordado cronista Luis Carandell…

Tenedores y horcas

En el libro La España vacía, de Sergio del Molino -que recomiendo vivamente- entendemos por qué el español es la única lengua que llama “tenedor” al tenedor, frente a las demás lenguas románicas (y anglogermánicas): en catalán es “forquilla”, en inglés “fork”, en francés “fourche”, en italiano “forchetta”… ¿Por qué en español no se denominó a este entonces moderno y exótico utensilio -el uso campesino era la navaja para el queso y la cuchara para todo lo demás- con el nombre de la herramienta rural -“horca”, en castellano; en latín “furca”-  como hicieron las lenguas romances que nos rodeaban? Dice Sergio del Molino que porque en nuestra élite o casta renacentista no soportaban que su objeto de uso cotidiano se llamara igual que un apero de labranza. “Tenedor”, es “el que tiene”, naturalmente, como leemos en el DRAE:

1. m. y f. Persona que tiene o posee algo, especialmente la que posee legítimamente alguna letra de cambio u otro valor endosable.

horcasUn antiguo vecino que había vivido siempre en el campo solo usaba navaja para comer, incluidas las legumbres. Yo, niño, flipaba con su habilidad. Para el caldo, por ejemplo, bebía del mismo plato, sin que yo lo viera mancharse nunca en ninguna de  aquellas vertiginosas operaciones en las que el tenedor estaba siempre ausente…

La desconfianza popular hacia este utensilio, propio de “los que tienen”, explica que hasta el siglo XIX, en Barcelona, no se abriera la primera fábrica de tenedores en España. Aún entre las élites no se generalizó hasta el XVIII. Se sabe, por ejemplo, que Carlos V y algunos de sus nobles lo usaban, pero se lo traían de alguna ciudad de la parte alemana de su imperio y en su corte lo consideraban una extravagancia. Luis XIV comía aún con los dedos…

La “selección natural” de las palabras en la diacronía de una lengua delata en ocasiones, como en este caso tan llamativo, el darwinismo social paralelo y complementario. Nuestro cotidiano tenedor es consecuencia del tabú de la horca campesina, que tantas veces hemos contemplado en la iconografía de las rebeliones y revoluciones contra los señores tenedores de toda la vida…

Expectativas

El otro día me comentaba un compañero, algo escandalizado, que una alumna muy brillante de segundo de Bachillerato aspiraba a cursar estudios de Trabajo Social. Se escandalizaba porque, dejándose llevar por antiguos prejuicios, daba por supuesto que haría la carrera de Medicina, o alguna Ingeniería…, esas carreras que, de siempre, han sugerido los padres a sus hijos estudiosos o que, socialmente, consideramos prestigiosas. “Se va a casar con un ingeniero” -se decía con admiración de alguna chica en “edad de merecer”.

Trabajo Social está de moda. En el grupo de adultos al que doy clases este curso, la mayoría -de los pocos que piensan en estudios universitarios, bien es cierto- piensa en esa especialización. A mí, al contrario que a mi compañero, esa moda me parece un síntoma bonito, una muestra esperanzadora de que en la conciencia de las nuevas generaciones existe el prurito de trabajar en algo que redunda en un bien común, que sea la manifestación de sus sentimientos de solidaridad.

Se multiplican las noticias de ex alumnos que viajan a distintas partes del mundo, para trabajar con oenegés -el otro día comentábamos por aquí, también, sobre los aprovechados que lo hacían como una manera de viajar “gratis”- sin ningún afán de ganar dinero, sino de dejar su huella de enhermanamiento humano. La última -la mayoría, mujeres- tras dos largas temporadas en Centroamérica y una última temporada de trabajo temporal por aquí, se va a Idomeni para acompañar, jugar o preparar comida caliente, a niños refugiados.

A mí me admiran los jóvenes de ahora, su capacidad de adaptarse a ese presente continuo a que les condena el paradigma socioeconómico contemporáneo. Se han acostumbrado a prescindir de la vida como proyecto (escribíamos sobre ello también hace poco), incluido el de fundar familia, y han decidido entenderla como biografía. Van trenzando, así, momentos “laborales” junto a vida cotidiana compartida con la humanidad sufriente, con amores y amistades que no conocen fronteras, en una trama y urdimbre que no sabemos -no lo saben ellos tampoco- en qué acabará ni cuándo, pero que a muchos nos levanta el corazón y el ánimo….

Hacer unas risas (Apuntes, 11)

Empecé a escribir esta nota así: “Esta mañana, tomando el café en la terraza de siempre, me eché unas risas con un amigo al que hacía mucho que no veía…” Pero caí en la cuenta (al margen del nulo interés que eso pueda tener para los demás) de lo que me gusta esa construcción, que uso mucho, “echar unas risas”, como “andar unos pasos” y otras donde un verbo con su complemento directo sustituye al seco verbo intransitivo. Y esto quizá tenga más interés para los enamorados de lenguas y palabras…
Alfonso Sastre, en su Ensayo general sobre lo cómico, contaba que un vecino suyo de Ondarribia decía a menudo “hacer unas risas”. Él pensaba que era por influencia del eusquera, lengua en la que el verbo “egin” (hacer) interviene en multitud de expresiones que indican acciones. “Hacer unas risas”, qué hermosa manera de restituir a las palabras la acción creadora de los hombres…

Mirar hacia abajo

Explorando aún el paseo mañanero: me encuentro con un vecino que regenta un bistró que es un hijo de campesinos. Siempre va por la calle mirando al suelo. “¿Por qué?” -me pregunto. No es tímido, ni especialmente despistado o meditabundo… Y hoy creo haber descubierto la razón: es un gesto heredado de su padre. Los campesinos miran continuamente al suelo y al cielo. Al suelo porque la tierra es accidentada y tienen que ver por dónde pisan, y porque allí está lo que siembran y crece. Al cielo por las azarosas lluvias o el inclemente sol… Los mineros también miran al suelo, pero no al cielo. Solo los habitantes de las ciudades miran de frente, porque el suelo es plano y previsible, porque el cielo es pequeño, lejano o invisible y nada puede venir de él que altere su caminar…

La prisa contemporánea

(De una conversación en Hubzilla sobre tuiter y la nueva política…)

El medio es el mensaje (es el masaje, bromeaba McLuhan) A mí me encantaban las listas de discusión por correo electrónico: el email es más lento, daba tiempo a leer y pensar/escribir los mensajes; había reflexiones largas… El “tempo” musical. Incluso los grupos de news, que ya iniciaron la aceleración de ese tiempo, con respuestas alboratads, rápidas y mezcladas como en los chats, permitían un intercambio más reposado. El email se ha convertido en una antigualla. La aceleración acelerada del timeline en las redes sociales es ya la aceleración del consumo capitalista, del usar y tirar, la dictadura de la adicción que tienen los lóbulos frontales a la novedad continua, al estímulo rápido y su pequeño “subidón”. Las consecuencias se conocen: extensión del microtexto, generalización del olvido, falta de paciencia y concentración, nerviosismo ante lo que suponga establecer una línea de causas y consecuencias… Todo eso crea sinapsis neuronales adaptadas y relega las antiguas, desarrolladas por un entorno en el que primaba el discurso verbal (la conversación, el libro, el periódico…) Es decir, nuestro cerebro se ha reconfigurado. Cambiar las sinapsis es muy difícil. Lo sabemos muy bien quienes nos dedicamos a la enseñanza con adolescentes.

… En ese nivel cognitivo que te propongo, las diferencias entre una red privada y otra abierta son irrelevantes. En Hubzilla, el límite no son 1.000 caracteres, como en gnusocial, sino que es, a efectos prácticos -lo que somos capaces de escribir- un “n” infinito ¿Y no notas que al menos, si no más, el 50% de las entradas son telegráficas? ¿Que lo son aún más las respuestas? ¿Que lo que predomina, de forma abrumadora, es “compartir” y no crear… ¡Porque es más rápido y la sensación de novedades es mayor! Aquí existe la posibilidad de una búsqueda y lectura reposada de las cosas de tus amigos visitando su perfil, hay filtros para ver el timeline por fechas, por autor, por temas, por entradas marcadas como preferidas, por posts nuevos o por comentarios nuevos… ¿Quién lo hace? Se miran los 10 últimos posts del stream y luego la persiana arriba, a los más nuevos.

A lo mejor es que soy algo más optimista con las personas que, de entrada y sin ninguna pistola en la nuca que les obligue, optan por compartir en redes libres aun a sabiendas de que habrá menos público.

… No se trata de ser optimista o pesimista ni de redes libres o no libres. Vamos, no trataba de eso mi comentario. En el sentido en que lo hacía, es indiferente que sean de un tipo u otro. Todas comparten la acumulación de estímulos auditivos o icónicos en mucha mayor proporción que los verbales, la rapidez de su sucesión… Y es eso lo que ha reconfigurado nuestro cerebro. Respecto a que te sigan más o menos personas, como bien dices, no importa: importa la gente que siga a quien te siga, su capacidad de geminar tus cosas. Si es que la cosa va de que te lean y te conozcan mucho quod erat demonstrandum

A mí, particularmente, me cuesta reflexionar sobre la calma

A todo el mundo. Pero creo que hay que pensar por qué y adónde conduce eso y qué efectos tiene. El capitalismo, desde los primeros imperios coloniales, rompió el espacio acelerando el tiempo (medios de transporte más rápidos, más extendidos…) en su afán que no conoce fin de crear mercados y consumidores para crear más capital, etc. Esa es la raíz de la prisa contemporánea: distancias cada vez mayores en las ciudades, multiplicación de trabajos y ocupaciones “lúdicas”, multiplicación de “viajes” y “experiencias” tanto como de “amores”, “amigos” o “likes”… Es la misma prisa que tiene nuestro cerebro, que es adictivo como te decía a las novedades, en adquirir anécdotas, noticias, frases, citas… Los chicos actuales en clase interrumpen cualquier explicación o historia con un “pues yo me enteré en internet de que…” venga o no a cuento con el hilo principal de la clase en ese momento. El nerviosismo que sentimos ante el tiempo de carga de una página web está estudiado y dura fracciones de segundo. Si no se ha cargado en ese tiempo infinitesimal, nos vamos a otra y abandonamos nuestra intención inicial. ¿Se trata de una “manera de ser” como tú insinúas? NO, es general e intencionado. ¿Se pueden descubrir “verdades” a ese ritmo? NO. El girigay del PSOE de ayer, sin ninguna discusión de nada sustancial ¿es casual?, ¿es producto de la idiosincrasia española? NO. La raíz de todo este alboroto del gallinero humano es la misma…

Juegos, imaginación, pobreza

Ni sé las veces que reutilicé los palos, tablas y puntas mohosas (mi padre era carpintero y arrumbaba restos en el antiguo corral de mi casa, donde yo jugaba), los cartones de las cajas que me encontraba por ahí… Puedo testimoniar lo que aquellos tejemanejes estimulaban la imaginación y lo bien que me lo pasaba… Pero ya tenía inoculado el veneno del consumo de los primeros anuncios de la primera televisión y a veces sentía como una melancolía de no poder tener los muñecos y artefactos con que la incipiente publicidad me tentaba. Eran pocos, y veía poco esa primera tele en blanco y negro, que además estaba casi siempre averiada. Así que, afortunadamente, me dio tiempo a crear mis autodefensas frente a ella, “recreando” con mis palos y cartones el submarino de Viaje al fondo del mar y hasta el rancho de Bonanza…. En la calle era más fácil, porque nos juntábamos con los primeros que encontrábamos para jugar a la pelota, a las rayuelas cuando llovía, al “teje” con viejas suelas de zapatos o a bailar los trompos. La cosa iba por temporadas y era todo tremendamente económico, aunque la principal razón es que ninguno teníamos un duro, todo hay que decirlo.