Lex Artis: una portada ejemplar de “Nueva España”

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: “Rescate de la banca en España”. Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo (“Rescate a España”). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: “la soledad de los mineros del suroccidente”.

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas “de parasitismo” (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.

Un naufragio de hoy en día

Disfruté mucho leyendo un reportaje de Florence Aubenas, Quai de la galère, en el ejemplar de Le Monde del jueves. Soy lector sin remedio de periódicos y, como todos los de mi hermandad, estoy preocupado, no por la crisis publicitaria que viven, sino por el hastío que provoca la naturaleza clónica y previsible de sus contenidos y la escritura chata, y aburrida, tan común en los  textos periodísticos contemporáneos, a menudo también plagados de errores, muletillas y eufemismos bienpensantes.

No es el caso de este ejemplar reportaje, en el que su autora -una periodista de raza, sin duda- cautiva al lector desde la elección de la percha inicial hasta el melancólico final. No me resisto a citar algunos fragmentos, a glosarlo y a interpretarlo, a compartirlo con los amigos del blog. Florence Aubenas nos mete desde la primera línea en el comedor de oficales de un barco varado:barco-atracado

«El camarero entra ceremonioso en el comedor de oficiales y sirve un plato de lentejas con carne de cordero. Bajo el retrato de la familia real marroquí, un reloj marca el mediodía, la hora inexcusable de la comida a bordo del Bni N’Sar. Cerca de la piscina vacía, unos marineros enlustran un pontón, el oficial mecánico cacharrea con los motores, cada cual en su tarea, todos los cordajes en su sitio, como si no pasara nada.»

Pero sí que pasa, y la autora, con gran maestría, nos va a ir desvelando el qué. El Bni N’Sar, junto a dos ferris marroquíes más, está a punto de zozobrar en un muelle de Sètes, en el Languedoc francés, frente a Marsella. Pero es un naufragio digno de estos tiempos nada heroicos. En palabras de Florence Aubenas:

«No es, ciertamente, una de esas catástrofes de antaño, brutal y heroica, en el tumulto de una tempestad, a causa de un icebert o en la caza de una ballena. La epopeya del Bni N’Sar es un naufragio contemporáneo, interminable y silencioso, en la inmovilidad de un puerto.»
Ferrie Amarrado
Doscientos marineros marroquíes, junto a sus oficiales, malviven desde hace cinco meses en este y en los otros dos ferries que son propiedad de una naviera de Tánger, a la que un juzgado de Montpellier se los ha embargado por deudas impagadas. Estos hombres melancólicos, a los que les va escaseando todo -el agua, el fuel y la luz, la comida…- y que no cobran sus sueldos desde hace meses, son, sin embargo, metódicos y orgullosos. Repiten sus rutinas diarias como si estuvieran en alta mar y rechazan los alimentos que algunos vecinos del lugar, en un amago solidario, han dejado alguna vez en la rampa de acceso al barco. Cuando las cosas se ponen verdaderamente mal, los armadores les envían 1000 y 2000 euros, con los que se atiborran de bocadillos de atún…

Otro de los barcos, el Marrakech, tiene su propia leyenda que lo hace brillar incluso en la decadencia de su naufragio inmóvil: es el barco del rey. En sus buenos tiempos lo requisó para su uso particular el rey Hassan, que no estaba muy inclinado a viajar en avión desde un intento fallido de atentado. Lo usaba para sus viajes particulares a Argelia o Trípoli y siempre tenía que estar a punto, como si la partida fuera inminente en cualquier momento. Tras su muerte, la compañía fue privatizada y, con ella el mítico ferri que hoy languidece amarrado. De su viejo esplendor real sólo queda ya la pintura desportillada y el moho… Pero dejemos que termine de entonar este naufragio posmoderno la ejemplar periodista francesa:

«Algo más lejos, sobre un brazo de mar, un atracadero ha sido bautizado como el muelle del olvido. Allí van a morir los navíos abandonados: los técnicos ya están tomando las medidas para el amarre del barco del rey.»

Un naufragio triste de estos «tiempos bobos» tan faltos de grandeza. Como tantas tragedias ridículas, tal la de Palinuro, el piloto de Eneas que, muerto de sueño, se cayó al agua y murió ahogado. Naufragios tituló nuestro cronista Cabeza de Vaca el relato inverosímil de su travesía asombrosa: recorrió a pie todo lo que hoy es la frontera sur de EE. UU., pateando su hambre durante miles de kilómetros y salvando su vida con una tonta fama de milagrero entre los indios hostiles con quienes se fue cruzando… Tragedias ridículas, naufragios inmóviles: como los de los millones de trabajadores despedidos en estos años plomizos, como los 20000 que anunciaba hace unos días HP, o los cientos o miles que ya anuncia el nuevo banco que va a nacer de Banca Cívica y la Caixa… Naufragios desconocidos y anónimos, afrontados con el mismo orgullo pundonoroso de los marinos marroquíes. Como sin creérselo, cacharreando mientras tanto y siguiendo con los madrugones de cada día, la rutina y los bocatas de atún, como si no fuera verdad tanta desdicha, tanto naufragio sin tempestad, sin ballena, sin iceberg alguno.