La no-gente

No-gente no solo son las víctimas del pasado que se quieren borrar de nuestro recuerdo, en un siniestro intento de darles muerte por segunda vez, son también los ejércitos de parados, las nuevas órdenes mendicantes formadas por desplazados, desclasados, arruinados (y las renovadas, potenciadas y complementarias asociaciones de caridad), las mujeres acosadas o golpeadas y asesinadas, los niños desaparecidos. Pueblos enteros como el de los palestinos (pero también los sudaneses, los congoleños, los tibetanos, las masas de desposeídos de México, los indios del Amazonas o de las tierras altas del Perú…). La enumeración sería interminable y angustiosa. Pero solo es posible la verdad si asumimos su existencia y su sufrimiento, sólo de esa empatía movilizadora puede surgir una humanidad reconciliada, únicamente de nuestra negación de la segunda muerte del olvido.

Pero como tampoco hay verdad sin su contrario, debemos terminar recordando que también los victimarios se esconden entre las sombras del anonimato y el camuflaje, entre las muchedumbres contemporáneas que angustiaban a Baudelaire, entre la no-gente. También con ellos es necesario ejercitar el esfuerzo de la memoria, para que sean identificados, acusados, juzgados. Porque ya ocurrió tras la Guerra Mundial, con las masas de cómplices anónimos de los regímenes totalitarios (en Alemania, en Italia, en España, en Portugal…) que han podido tener una larga y buena vida, durmiendo a pierna suelta a pesar de las enormidades y crueldades en que participaron, como confesó una vez que le había pasado a él el responsable del bombardeo de Hiroshima.

Iniciativas -humildes por ahora, pero que podrían llegar a ser clamores como los de las trompetas de Jericó- como el renovado «no a la guerra» o la reclamación de los nombres propios de las víctimas, sean mujeres, niños, malenterrados en fosas comunes o viajeros de tren, la restitución de la humanidad de la no-gente, se ha convertido en el «tema de nuestro tiempo», en la «cuestión palpitante», en la «guerra del fin del mundo», por decirlo así, de esta forma ciertamente tan melodramática y pedante (¿pero cómo nombrarlo si no es con énfasis pedante y literario, si queremos que la herida de la injusticia, de la humanidad sufriente no nos sea ajena y se nos pierda entre tecnicismos bienpensantes?), en el final de estas inquietudes que quería compartir hoy con los amigos lectores.

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