La no-gente

George Orwell llamaba «no-gente» a los habitantes de su distopía 1984 que no eran aptos para entrar en la Historia, y eran borrados, en consecuencia, de los anales y de la memoria de los tiempos venideros.
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Así ocurre, también, en nuestras sociedades de ficción verdadera y, muy en particular, en esta «España nuestra», como la llamaba Cecilia en la vieja y melancólica canción: El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha rechazado una demanda de Fausto Canales, hijo de Valerico Canales -desaparecido el 20 de agosto de 1936 en Pajares de Adaja (Ávila)- contra el estado español por negarse a investigar la desaparición de su padre. A pesar de haber cumplido el requisito de agotar la vía judicial en España, El TEDH no ha admitido la demanda -que contaba con informes de la fiscalía del Supremo y la asesoría de Right International Spain (RIS)- y niega, además, a Fausto Canales cualquier posibilidad de plantear ninguna clase de recurso. Valeriano Canales, pues, forma parte, junto a los cientos de miles de desaparecidos del franquismo, de la «no-gente». También el juez Garzón, el único condenado en España en relación a la Dictadura (justamente por querer investigar el paradero y culpables de esas desapariciones ignominiosas), cuyo destierro y olvido empieza a desdibujar su figura neblinosa, ya junto a otro fantasma del bosque del olvido (Julián Assange) o con su nuevo DNI argentino, forma parte ya de las sombras de los innombrables.

El país de Jauja Brueghel el viejo 300x195 La no genteNo hay verdad posible sin la asunción del dolor, como quería T. W. Adorno. Y es el presentimiento de ello, la inquietud por el escamoteo de la verdad, por la condición de no-gente a que se está condenando a sectores enteros de la sociedad, escandalosamente grandes, lo que provoca esta sensación de inquietud y ansiedad, como la desazón de esas manadas que veíamos en las películas del Oeste cuando presentían el fuego o la cabalgada de un grupo de facinerosos con malas intenciones. Los lectores de corazón aún sensitivo y con la herida abierta de la mala vida lo percibirán. Si la humanidad es ese fondo insobornable que nos hace ser hombres, y no su conjunto cerrado (eso solo ocurrirá cuando acabe nuestra historia, y ya no habría nadie para contarla), la no-gente está siendo privada de su humanidad.

No-gente no solo son las víctimas del pasado que se quieren borrar de nuestro recuerdo, en un siniestro intento de darles muerte por segunda vez, son también los ejércitos de parados, las nuevas órdenes mendicantes formadas por desplazados, desclasados, arruinados (y las renovadas, potenciadas y complementarias asociaciones de caridad), las mujeres acosadas o golpeadas y asesinadas, los niños desaparecidos. Pueblos enteros como el de los palestinos (pero también los sudaneses, los congoleños, los tibetanos, las masas de desposeídos de México, los indios del Amazonas o de las tierras altas del Perú…). La enumeración sería interminable y angustiosa. Pero solo es posible la verdad si asumimos su existencia y su sufrimiento, sólo de esa empatía movilizadora puede surgir una humanidad reconciliada, únicamente de nuestra negación de la segunda muerte del olvido.

Pero como tampoco hay verdad sin su contrario, debemos terminar recordando que también los victimarios se esconden entre las sombras del anonimato y el camuflaje, entre las muchedumbres contemporáneas que angustiaban a Baudelaire, entre lano-gente. También con ellos es necesario ejercitar el esfuerzo de la memoria, para que sean identificados, acusados, juzgados. Porque ya ocurrió tras la Guerra Mundial, con las masas de cómplices anónimos de los regímenes totalitarios (en Alemania, en Italia, en España, en Portugal…) que han podido tener una larga y buena vida, durmiendo a pierna suelta a pesar de las enormidades y crueldades en que participaron, como confesó una vez que le había pasado a él el responsable del bombardeo de Hiroshima.

Por eso, iniciativas -humildes por ahora, pero que podrían llegar a ser clamores como los de las trompetas de Jericó- como las del diario Público en su carta abierta a los ministros del gobierno español pidiendo los nombres y apellidos de los titulares de las cuentas suizas en las que los evasores, corruptos o ladrones guardan sus sucios e indignos dineros negros, es tan importante; porque, como ocurre con el juez Garzón, sólo conocemos el nombre propio del empleado que dio a conocer la lista hoy secuestrada en manos del gobierno. De esta forma, la reclamación de los nombres propios, la restitución de la humanidad de la no-gente, se ha convertido en el «tema de nuestro tiempo», en la «cuestión palpitante», en la «guerra del fin del mundo», por decirlo así, de esta forma ciertamente tan melodramática y pedante (¿pero cómo nombrarlo si no es con énfasis pedante y literario, si queremos que la herida de la injusticia, de la humanidad sufriente no nos sea ajena y se nos pierda entre tecnicismos bienpensantes?), en el final de estas inquietudes que quería compartir hoy con los amigos del blog.

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