
Las palabras se las lleva el viento, pero el viento también lleva hojas, semillas y recuerdos… Algo queda.
Una amiga mía me enseñó una vez la relación tan estrecha -y oculta a ojos de la gente- que hay entre estas dos palabras, etimológica y conceptual al mismo tiempo.
“Patrimonio” viene de pater y “matrimonio”, de mater, lo que viene a decir que el matrimonio es cosa de las madres y el patrimonio, de los padres. O, dicho de otra manera: la misión de las mujeres es casarse y ser madres -tener hijos para el padre- en tanto que la del padre es gestionar el patrimonio y cuidar de que sus herederos son, realmente, sus hijos; esto es, los nacidos del matrimonio.
A mí me parece una evidencia desde que ella me lo enseñó así, pues explica a las claras el reparto histórico de papeles entre los dos sexos y las dos instituciones que los encarnan. El hecho de que hoy se acepte, a regañadientes, eso del amor líquido o trans o esas siglas impronunciables de LGTBIQ+ no anula lo dicho, pues los problemas de los testamentos y herencias o custodia de los hijos, sean biológicos o adoptados, siguen existiendo, y aun imagino que habrá abogados especializados en la cosa. Matrimonios y patrimonios, pues, continúan bailando esa danza secular -aunque estamos tentados de llamarla macabra- que parece no tener fin.
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