
Las palabras se las lleva el viento, pero el viento también lleva hojas, semillas y recuerdos… Algo queda.
Una vieja tradición española, de su gente más pobre y desesperada, fue siempre el recurso de la sierra, la huida a la montaña. Suponía una salida digna y orgullosa ante la limosna o la cárcel. Un grito de vencido frente a la rendición ominosa. Un gesto de halcones contra la miseria. Tras el recorrido intelectual de estos catorce asaltos, tal vez alguno haya llegado a este final con alguna luz que antes no tenía o más impotente que antes de leerlos o más escépticos aún en lo que respecta al funcionamiento ideológico de nuestro mundo. Quizá alguien, con una sonrisa irónica, pregunte: «Bueno, todo esto está muy bien, pero ¿ahora qué?»
Para los que pidan alguna solución, alguna forma de lucha que no sea hablar y hablar; para los que se no se crean que la opresión parte de ideas y de sistemas de significación, o, por si de verdad, no es así, propongo una salida altanera y radical: tirémonos al monte. Así, también, este combate fantasmagórico no conocerá veredicto ni juez. La última campanada será la señal para abandonar el rito, el libro y las ciudades. Si nos tiramos al monte, dejaremos solos a los gobernantes que, así, ya no tendrán a quien avasallar, golpear, vencer. Se quedarán solos, y así descubriremos, más allá del símil del boxeo, que ellos y nosotros somos dos cosas diferentes y que, si bien ellos nos necesitan para ejercer su autoridad -¿sobre qué, si no?-, nosotros no los necesitamos para nada. Que se queden ellos; nosotros, de aquí, nos vamos.
Tirarse al monte, sí, pero de verdad. Y todos. Aunque sé que la tierra ya no es lo que era, ni los medios de represión son lo que eran. Y que se ven, como diminutos dados, los chalet de madera o piedra, los suyos, que algunos de nosotros también imitamos, donde descansan de sus infinitas reuniones y cenas y negocios, y aunque sabemos que con caras descompuestas, a pesar del moreno de Marbella, hacen fiestas de güisqui, coca y canapés. A las sierras, sí, que, como dijera el tonto del pueblo, tan sabio, son más grandes que la ciudad: allí nos vamos. Al monte, al monte todos. Si esa intención, como un impulso colectivo, se trasladara de unos a otros y a otros, y en comitivas pequeñas al principio, pero más grandes cada vez, se nos viera -desde algún castillo, desde una atalaya- en procesiones de hormigas, abandonar las ciudades, los pueblos, las carreteras, los autos y las aulas, los aviones, los trenes…
Cada cual -muchos, muchos- con su hato a cuestas, grandes, pequeños, numerosos, sin fin…: ¡Qué hermoso espectáculo! De piel amarilla, tostada, negra. Morenos de sol o de trabajo, pálidos del Atlántico y de las oficinas, rubios, niños, albinos, viejecitas y mujeres gordas. Pequeños saltando de alegría, liberados por fin de las escuelas -y varios desde un balcón, desde el último helicóptero -mirándonos sobre la hierba. Adolescentes y medianos y viejos otra vez y más jóvenes, revolcándonos sobre los prados, en las laderas. Aquel albañil cansado -¡qué alivio!-, el jubilado amargo, la ama de casa dueña por fin del aire y de su vientre. Y contemplarlos, desde la cima de los cerros, como en una feria, desenjaulados: ¡qué alegría!
Tirarse al monte, de verdad, a pesar de los policías que, alucinados, divertidos luego, más tarde serios y preocupados y, al fin alegres también ellos, nos amenazarán y gritaran y dispersarán a algunos y encarcelarán a más, hasta caer en la cuenta de lo ridículas que han quedado tantas cárceles para tantos miles, tantos millones, tantos y tantos que ya somos. Cuando se den cuenta de que nadie ya les va a construir nuevos presidios ni más balas ni uniformes ni autos con sirena. Que se les acabará la gasolina porque nadie ya la va a extraer de las castigadas entrañas de la tierra…
Y qué harán cuando -no los policías sino los dueños de la policía- caigan en el absurdo de una Administración sin administrados y hasta sin administradores. Que, en las ciudades, donde nació la civilización, ya no queda del viejo gran edificio sino papeles, montañas de papeles con nombres escritos, y unos cientos de computadoras archivando inútilmente sus barajas de datos, sus toneladas de datos, repitiendo torpemente sus señales magnéticas hasta que se corte definitiva, secamente, la electricidad y mueran con la muerte triste y anónima de las máquinas. ¿A quién van a fichar los inspectores, a quién van a computar los antecedentes? Pobres ministros que se quedarán solos, humillados, impotentes cuando recojan del transmisor las últimas, entrecortadas, jadeantes noticias de su subalterno inmediato que, en las faldas del Himalaya, de los Apeninos, de los Montes de Aitana, se han quedado sin pilas, sin baterías y sin ganas.
Pobres generales que dejarán de saber de sus soldados, perdidos entre las multitudes, despojados de los uniformes, de los subfusiles, de las órdenes. ¿A quién podrán mandar, a quién explicar, a grandes voces, los eternos valores del orden, de la disciplina, de la obediencia, de…? Las iglesias sin feligreses, los templos vacíos, los brujos sin almas que salvar. Los bancos con sus seguras cajas de seguridad lacradas, selladas para siempre con su dinero -papeles, papeles- pudriéndose en sus entrañas. Tirarse al monte, y en el monte, la alegría, la bulla, los empujones, los amores, las miles y miles de hogueras que poblarían los campos de la tierra aquella noche -dos noches después, o diez o mil- y el rastro de aquel último cohete con destino al desierto estelar del otro borde de la galaxia más lejana donde reventará nunca con su arsenal -de bombas H o bombas D- con todas las fórmulas de muerte de todos los estados. Y quedarnos, por fin, tranquilos.
La tristeza de las ciudades y las ratas, que consumarán al fin su venganza, mientras un vendaval justiciero purificará los aires, después de tanto tiempo, de las negras semillas de la destrucción. El viento poético que barrerá las ideas, grilletes de los poderosos, ataduras de palabras que acabarán en la tierra de nadie del desierto del olvido… Y los humanos, mientras tanto, iríamos cayendo en el dulce olvido del que nunca deberíamos haber salido. Ignorados, cordiales en esta tierra de ensueño, azul y ocre, perduraríamos con una sola superstición, con una idea sola en las entrañas: al mar con aquél -¡ay de aquél!- que quisiera organizarnos de nuevo: porque el caos, porque el progreso y el futuro… Al mar con él, a las ciudades ruinosas de los administradores. Paz para las miles, infinitas, repartidas, pequeñas, diminutas hordas de animales erguidos que un día poblarán la tierra.
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