Descodificando los premios Nobel de Literatura

Los estudios lingüísticos y literarios realizados con criterios cuantitativos, con la ayuda de algorritmos matemáticos y herramientas estadísticas, tienen poca tradición en el mundo hispánico. Más, en EEUU y la Europa del Este. Y sin embargo, son tremendamente útiles: aportan perspectivas novedosas, nos libran del espejismo de las opiniones y se muestran como evidencias científicas.

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Entre las excepciones, me parece especialmente meritosa la investigación que Rosa Navarro Durán (filóloga de la Universidad de Barcelona) llevó a cabo sobre la autoría del Lazarillo de Tormes, considerada tradicionalmente como obra anónima. Demostró, con ayuda de estudios de frecuencia léxica, y con todas las herramientas que el estudio directo de las fuentes le permitió, que el autor de esta obra clásica fue Alfonso de Valdés, el humanista de la corte del Emperador. Como España es así, Rosa Navarro ha tenido que luchar con el Argumento de Autoridad -en este caso, el prestigio, algo mafioso de Francisco Rico, que pasa por ser el mayor experto en este libro, que defiende con uñas y dientes su anonimato. Afortunadamente, cada vez más editoriales sacan a la luz Lazarillo de Tormes como obra de Alfonso de Valdés.

En el ámbito de la sociología, este tipo de estudios son más abundantes, como es natural dada la lex artis de esta ciencia. Recuerdo dos que me resultaron especialmente interesantes: uno sobre los usos y significados del término “populismo”, tan de moda en los últimos tiempos, a través de distintas publicaciones desde el siglo XIX, demostrando que la alternancia entre significados positivos y negativos, ayudaba a entender por qué ahora hay un consenso en diferenciar populismos de izquierdas y derechas. El otro, más exhaustivo, rastreaba estadísticamente afirmaciones, usos sintácticos y metáforas, que proliferaron en las publicaciones universitarias norteamericanas en los últimos años 70 y primeros 80 sobre economía política, que prepararon el terreno “intelectual” para el advenimiento, triunfo y extensión de la visión neoliberal del capitalismo, que tan terribles consecuencias ha tenido para nuestras sociedades.

* * *

Pero el estudio que quería traer aquí a colación es mucho más humilde y de interés más restringido, pues se trata solo de un análisis cuantitativo y cualitativo sobre lo que su autora (Jennifer Quist, NLR, ed esp. 104) llama “el movimiento del capital cultural a través de la literatura mundial”. El corpus de su estudio se limita a las declaraciones públicas de la Academia sueca, sus comentarios y sus esquemas biobibliográficos sobre los distintos escritores premiados, sin tener en cuenta los datos objetivos sobre su vida y obra, ni la visión personal de los mismos autores, o lo que los propios críticos literarios hayan escrito sobre sus obras o importancia.

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El análisis cuantitativo de ese soporte textual permite descubrir el sesgo político y cultural de los autores premiados, cómo la Academia sueca ha privilegiado siempre una serie de características vitales, ideológicas y literarias. Esas variables se pueden resumir en:

  • Historias personales de exilio.
  • Ascenso desde clases sociales humildes.
  • Inclinaciones personales hacia el individualismo y ciertas formas de revolución “tolerables”.
  • El uso casi exclusivo de referencias occidentales a la hora de establecer las influencias literarias de los escritores premiados.
  • Las referencias a contenidos o inspiración autobiográficos en sus obras.
  • El multilingüismo, salvo en los escritorios ingleses, que no presentan el dominio de otras lenguas salvo la suya (ver mi entrada reciente sobre el idioma inglés y el solipsismo estadounidense).

La secuencia temporal para el estudio se centra en el periodo que va desde 1992 (final de la Guerra Fría) hasta nuestros días.

El método seguido consistía en que cuando aparecían esas variables, el premiado era señalado como positivo en cuanto a esa variable. Los resultados se tabularon asignando valores numéricos a las variables tipificadas en esos escritores premiados, con la intención de reflejar en qué medida encajaba cada uno de los galardonados en el perfil ideal (recordemos que solo se manejaron declaraciones y encomios “oficiales” de la Academia sueca) de un Premio Nóbel de Literatura.

Los hallazgos generales, para el periodo estudiado (desde 1992 hasta nuestros días), fueron interesantes:

  • Un 78% de los premiados han sido hombres, frente a un 28% de mujeres.
  • El 68% de los premiados vivían en Europa en el momento de recibir el premio, frente a un 20% en las Américas, un 8% en Asia, un 4% en Australia y ninguno en África. Muy significativo.
  • El idioma más común era el inglés (un 36%) seguido del alemán (un 16%).

Las seis variables estaban representadas en todos los premiados, incluido el polémico Bob Dylan, que puntuaba en la zona media de la tabla. La puntuación media se puede considerar como de 4,2 sobre 6. La máxima puntuación, la de quienes cumplían todas las características del perfil ideal de un Nóbel, la obtuvieron cuatro escritores: J. M. Coetzee, Gao Xingjian, Herta Müller e Imre Kertész. El segundo lugar, con 5 de las 6 variables, lo ocuparon seis premiados: Seamus Heaney, Doris Lessing, Günter Grass, Wislawa Szimborska. Elfriede Jelinek y Jean-Marie Gustav Le Clézio. Con cuatro variables hubo cinco galardonados: Toni Morrison, V. S. Naipaul, Kenzaburo Oé, Orhan Pamuk y Bob Dylan. Mario Vargas Llosa, Mo Yan, José Saramago, Harold Pinter, Darío Fo, Derek Walcott y Tomas Tranströmer reunían 3 de las 6 características. Con solo dos de las variables, estaban Svetlana Alexievich, Patrick Modiano y Alice Munro. Estas últimas puntuaciones bajas, según señala Quist, se produjeron en premiados entre los años 2013 y 2015, lo que se puede interpretar como un cambio incipiente de cara al futuro en el perfil ideal de un Premio Nóbel de Literatura vigente hasta ahora.

El resto es más prolijo y de menor interés general (quiero decir, para alguien no muy apasionado de estas cosas), así que no me detengo en ello para no abrumar a los amigos que me han leído hasta aquí.

Concluyendo, el retrato-robot obtenido en este estudio es el siguiente:

El candidato ideal al Premio Nóbel de Literatura es un varón, que trabaja en una lengua de la familia anglo-alemana, es étnicamente europeo y vive, normalmente, en ese continente. Es un rebelde asimilable, individualista y que asume riesgos. Procede de raíces humildes, o al menos, de clase media, a pesar de lo cual ha obtenido renombre internacional. Su obra tiene influencias de la de otros escritores occidentales, de forma casi exclusiva. Su obra se inspira en su mayor parte en acontecimientos de su propia vida y, con toda probabilidad, no es un traductor.

Francisco de Aldana

Poeta soldado del Emperador, como Garcilaso pero más desconocido que él -¿injustamente?-, el capitán Francisco de Aldana (Nápoles, 1537 – Alcazarquivir, 1578) luchó en Italia y Flandes, espió en Marruecos y murió en la derrota de Alcazarquivir, donde

“…andando Aldana a pie por le haber muerto el caballo, le encontró el rey y le dijo: -Capitán, ¿por qué no tomáis caballo?- Y él dicen que le respondió: -Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie.- Y con la espada en la mano tinta en sangre se metió entre los enemigos…”

 

Único, sabio y claro Aldana.
Miguel de Cervantes

Comparto con los amigos dos de mis poemas favoritos de Francisco de Aldana: la larga y hermosa “Epístola a Montano” y el soneto que empieza “En fin en fin, tras tanto andar muriendo”.

“En fin en fin, tras tanto andar muriendo”

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;

tras tanto acá y allá yendo y viniendo,
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh, Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido,

y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.

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Epístola a Arias Montano

Montano, cuyo nombre es la primera
estrellada señal por do camina
el sol el cerco oblicuo de la esfera,

nombrado así por voluntad divina,
para mostrar que en ti comienza Apolo
la luz de su celeste diciplina:

yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo;

mi vida temporal anda precita
dentro el infierno del común trafago
que siempre añade un mal y un bien nos quita.

Oficio militar profeso y hago,
baja condenación de mi ventura
que al alma dos infiernos da por pago.

Los huesos y la sangre que natura
me dio para vivir, no poca parte
dellos y della he dado a la locura,

mientras el pecho al desenvuelto Marte
tan libre di que sin mi daño puede,
hablando la verdad, ser muda el arte.

Y el rico galardón que se concede
a mi (llámola así) ciega porfía
es que por ciego y porfiado quede.

No digo más sobre esto, que podría
cosas decir que un mármol deshiciese
en el piadoso humor que el ojo envía,

y callaré las causas de interese,
no sé si justo o injusto, que en alguno
hubo porque mi mal más largo fuese.

Menos te quiero ser ora importuno
en declarar mi vida y nacimiento,
que tiempo dará Dios más oportuno:

basta decir que cuatro veces ciento
y dos cuarenta vueltas dadas miro
del planeta seteno al firmamento

que en el aire común vivo y respiro,
sin haber hecho más que andar haciendo
yo mismo a mí, crüel, doblado tiro

y con un trasgo a brazos debatiendo
que al cabo, al cabo, ¡ay Dios!, de tan gran rato
mi costoso sudor queda riendo.

Mas ya, ¡merced del cielo!, me desato,
ya rompo a la esperanza lisonjera
el lazo en que me asió con doble trato.

Pienso torcer de la común carrera
que sigue el vulgo y caminar derecho
jornada de mi patria verdadera;

entrarme en el secreto de mi pecho
y platicar en él mi interior hombre,
dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.

Y porque vano error más no me asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre

y, como si no hubiera acá nacido,
estarme allá, cual Eco, replicando
al dulce son de Dios, del alma oído.

Y ¿qué debiera ser, bien contemplando,
el alma sino un eco resonante
a la eterna beldad que está llamando

y, desde el cavernoso y vacilante
cuerpo, volver mis réplicas de amores
al sobrecelestial Narciso amante;

rica de sus intrínsecos favores,
con un piadoso escarnio el bajo oficio
burlar de los mundanos amadores?

En tierra o en árbol hoja algún bullicio
no hace que, al moverse, ella no encuentra
en nuevo y para Dios grato ejercicio;

y como el fuego saca y desencentra
oloroso licor por alquitara
del cuerpo de la rosa que en ella entra,

así destilará, de la gran cara
del mundo, inmaterial varia belleza
con el fuego de amor que la prepara;

y pasará de vuelo a tanta alteza
que, volviéndose a ver tan sublimada,
su misma olvidará naturaleza,

cuya capacidad ya dilatada
allá verná do casi ser le toca
en su primera causa transformada.

Ojos, oídos, pies, manos y boca,
hablando, obrando, andando, oyendo y viendo,
serán del mar de Dios cubierta roca;

cual pece dentro el vaso alto, estupendo,
del oceano irá su pensamiento
desde Dios para Dios yendo y viniendo.

Serále allí quietud el movimiento,
cual círculo mental sobre el divino
centro, glorioso origen del contento,

que, pues el alto, esférico camino
del cielo causa en él vida y holganza,
sin que lugar adquiera peregrino,

llegada el alma al fin de la esperanza,
mejor se moverá para quietarse
dentro el lugar que sobre el mundo alcanza,

do llega en tanto extremo a mejorarse
(torno a decir) que en él se transfigura,
casi el velo mortal sin animarse.

No que del alma la especial natura,
dentro al divino piélago hundida,
cese en el hacedor de ser hechura,

o quede aniquilada y destrüida,
cual gota de licor, que el rostro enciende,
del altísimo mar toda absorbida,

mas como el aire, en quien en luz se extiende
el claro sol, que juntos aire y lumbre
ser una misma cosa el ojo entiende.

Es bien verdad que a tan sublime cumbre
suele impedir el venturoso vuelo
del cuerpo la terrena pesadumbre.

Pero, con todo, llega al bajo suelo
la escala de Jacob, por do podemos
al alcázar subir del alto cielo;

que, yendo allá, no dudo que encontremos
favor de más de un ángel diligente
con quien alegre tránsito llevemos.

Puede del sol pequeña fuerza ardiente
desde la tierra alzar graves vapores
a la región del aire allá eminente,

¿y tantos celestiales protectores,
para subir a Dios alma sencilla,
vernán a ejercitar fuerzas menores?

Mas pues, Montano, va mi navecilla
corriendo este gran mar con suelta vela,
hacia la infinidad buscando orilla,

quiero, para tejer tan rica tela,
muy desde atrás decir lo que podría
hacer el alma que a su causa vuela.

Paréceme, Montano, que debría
buscar lugar que al dulce pensamiento,
encaminando a Dios, abra la vía,

ado todo exterior derramamiento
cese, y en su secreto el alma entrada
comience a examinar, con modo atento,

antes que del Señor fuese criada
cómo no fue, ni pudo haber salido
de aquella privación que llaman nada;

ver aquel alto piélago de olvido,
aquel sin hacer pie luengo vacío,
tomado tan atrás del no haber sido,

y diga a Dios: «¡Oh causa del ser mío,
cuál me sacaste desa muerte escura,
rica del don de vida y de albedrío!»

Allí, gozosa en la mayor natura,
déjese el alma andar süavemente
con leda admiración de su ventura.

Húndase toda en la divina fuente
y, del vital licor humedecida,
sálgase a ver del tiempo en la corriente:

veráse como línea producida
del punto eterno, en el mortal sujeto
bajada a gobernar la humana vida

dentro la cárcel del corpóreo afeto,
hecha horizonte allí deste alterable
mundo y del otro puro y sin defeto;

donde, a su fin únicamente amable
vuelta, conozca dél ser tan dichosa
forma gentil de vida indeclinable,

y sienta que la mano dadivosa
de Dios cosas crïo tantas y tales,
hasta la más süez, mínima cosa,

sin que las calidades principales,
los cielos con su lúcida belleza,
los coros del Impíreo angelicales

consigan facultad de tanta alteza
que lo más bajo y vil que asconde el cieno
puedan criar, ni hay tal naturaleza.

Enamórese el alma en ver cuán bueno
es Dios, que un gusanillo le podría
llamar su criador de lleno en lleno,

y poco a poco le amanezca el día
de la contemplación, siempre cobrando
luz y calor que Dios de allá le envía.

Déjese descansar de cuando en cuando
sin procurar subir, porque no rompa
el hilo que el amor queda tramando,

y veráse colmar de alegre pompa,
de divino favor, tan ordenado
cuan libre de desmán que le interrompa.

Torno a decir que el pecho enamorado
la celestial, de allá, rica inflüencia
espere humilde, atento y reposado,

sin dar ni recebir propia sentencia,
que en tal lugar la lengua más despierta
es de natura error y balbucencia.

Abra de par en par la firme puerta
de su querer, pues no tan presto pasa
el sol por la región del aire abierta,

ni el agua universal con menos tasa
hinchió toda del suelo alta abertura,
bajando a la región de luz escasa,

como aquella mayor, suma natura
hinche de su divino sentimiento
el alma cuando abrir se le procura.

No que de allí le quede atrevimiento
para creer que en sí mérito encierra
con que al supremo obligue entendimiento,

pues la impotencia misma que la tierra
tiene para obligar que le dé el cielo
llovida ambrosia en valle, en llano, o en sierra,

o para producir flores el hielo
y plantas levantar de verde cima
desierto estéril y arenoso suelo,

tiene el alma mejor, de más estima,
para obligar que en ella gracia influya
el bien que a tanta alteza le sublima.

Es don de Dios, manificiencia suya,
divina autoridad que el ser abona,
de nuestra indinidad que no le arguya;

y cuando da de gloria la corona,
es último favor que los ya hechos,
como sus propios méritos, corona.

Así que el alma en los divinos pechos
beba infusión de gracia sin buscalla,
sin gana de sentir nuevos provechos,

que allí la diligencia menos halla
cuanto más busca, y suelen los favores
trocarse en interior, nueva batalla.

No tiene que buscar los resplandores
del sol quien de su luz anda cercado,
ni el rico abril pedir hierbas y flores;

pues no mejor el húmido pescado
dentro el abismo está del oceano,
cubierto del humor grave y salado,

que el alma, alzada sobre el curso humano
queda, sin ser curiosa o diligente,
de aquel gran mar cubierta ultramundano;

no, como el Pece, sólo exteriormente,
mas dentro mucho más que esté en el fuego
el íntimo calor que en él se siente.

Digo que puesta el alma en su sosiego
espere a Dios, cual ojo que cayendo
se va sabrosamente al sueño ciego,

que al que trabaja por quedar durmiendo,
esa misma inquietud destrama el hilo
del sueño, que se da no le pidiendo.

Ella verá, con desusado estilo,
toda regarse, y regalarse junto,
de un salido de Dios sagrado Nilo;

recogida su luz toda en un punto,
aquella mirará de quien es ella
indinamente imagen y trasunto

y, cual de amor la matutina estrella
dentro el abismo del eterno día,
se cubrirá toda luciente y bella.

Como la hermosísima judía
que, llena de doncel, novicio espanto,
viendo Isaac que para sí venía,

dejó cubrir el rostro con el manto,
y decendida presto del camello
recoge humilde al novio casto y santo,

disponga el alma así con Dios hacello
y de su presunción decienda altiva,
cubierto el rostro y reclinado el cuello.

y aquella sacrosanta virtud viva,
única, crïadora y redentora,
con profunda humildad en sí reciba.

Mas ¿quién dirá, mas quién decir agora
podrá los peregrinos sentimientos
que el alma en sus potencias atesora:

aquellos ricos amontonamientos
de sobrecelestiales inflüencias
dilatados de amor descubrimientos;

aquellas ilustradas advertencias
de las musas de Dios sobreesenciales,
destierro general de contingencias;

aquellos nutrimentos divinales,
de la inmortalidad fomentadores,
que exceden los posibles naturales;

aquellos (¡qué diré!) colmos favores,
privanzas nunca oídas, nunca vistas,
suma especialidad del bien de amores?

¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas
de las Indias de Dios, de aquel gran mundo
tan escondido a las mundanas vistas!

Mas ¡ay de mí!, que voy hacia el profundo
do no se entiende suelo ni ribera,
y si no vuelvo atrás, me anego y hundo.

No más allá; ni puedo, aunque lo quiera.
Do la vista alcanzó, llegó la mano;
ya se les cierra a entrambos la carrera.

¿Notaste bien, dotísimo Montano,
notaste cuál salí, más atrevido
que del cretense padre el hijo insano?

Tratar en esto es sólo a ti debido,
en quien el cielo sus noticias llueve
para dejar el mundo enriquecido;

por quien de Pindo las hermanas nueve
dejan sus montes, dejan sus amadas
aguas, donde la sed se mata y bebe,

y en el santo Sïon ya trasladadas,
al profético coro por tu boca
oyendo están, atentas y humilladas.

¡Dichosísimo aquél que estar le toca
contigo en bosque o en monte o en valle umbroso
o encima la más alta, áspera roca!

¡Oh tres y cuatro veces yo dichoso
si fuese Aldino aquél, si aquél yo fuese
que, en orden de vivir tan venturoso,

juntamente contigo estar pudiese,
lejos de error, de engaño y sobresalto,
como si el mundo en sí no me incluyese!

Un monte dicen que hay sublime y alto,
tanto que, al parecer, la excelsa cima
al cielo muestra dar glorioso asalto

y que el pastor, con su ganado, encima,
debajo de sus pies correr el trueno
ve dentro el nubiloso, helado clima,

y en el puro, vital aire sereno
va respirando allá, libre y exento,
casi nuevo lugar, del mundo ajeno,

sin que le impida el desmandado viento,
el trabado granizo, el suelto rayo,
ni el de la tierra grueso, húmido aliento.

Todo es tranquilidad de fértil mayo,
purísima del sol templada lumbre,
de hielo o de calor sin triste ensayo.

Pareces tú, Montano, a la gran cumbre
deste gran monte, pues vivir contigo
es muerte de la misma pesadumbre,

es un poner debajo a su enemigo:
de la soberbia el trueno estar mirando
cuál va descomponiendo al más amigo,

las nubes de la invidia descargando
ver, de murmuración duro granizo,
de vanagloria el viento andar soplando,

y de lujuria el rayo encontradizo,
de acidia el grueso aliento y de avaricia,
con lo demás que el padre antiguo hizo;

y desta turba vil que el mundo envicia
descargado, gozar cuanto ilustrare
el sol en ti de gloria y de justicia.

El alma que contigo se juntare
cierto reprimirá cualquier deseo
que contra el proprio bien la vida encare;

podrá luchar con el terrestre Anteo
de su rebelde cuerpo, aunque le cueste
vencer la lid por fuerza y por rodeo,

y casi vuelta un Hércules celeste,
sompesará de tierra ese imperfeto,
porque el f avor no pase della en éste,

tanto que el pie del sensitivo afeto
no la llegue a tocar y el enemigo
al hercúleo valor quede sujeto;

de sí le apartará, junto consigo
domándole, firmado en la potencia
del pecho ejecutor del gran castigo;

serán temor de Dios y penitencia
los brazos, coronada de diadema
la caridad, valor de toda esencia.

Mas para conclüir tan largo tema,
quiero el lugar pintar do, con Montano,
deseo llegar de vida al hora extrema.

No busco monte excelso y soberano,
de ventiscosa cumbre, en quien se halle
la triplicada nieve en el verano;

menos profundo, escuro, húmido valle
donde las aguas bajan despeñadas
por entre desigual, torcida calle;

las partes medias son más aprobadas
de la natura, siempre frutüosas,
siempre de nuevas flores esmaltadas.

Quiero también, Montano, entre otras cosas,
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:

dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;

ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.

Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.

Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas,

en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.

Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:

los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,

de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.

Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,

donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,

(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,

crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,

todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro),

el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.

¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;

los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!

También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.

Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;

los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Catón suelta sus remos.

Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,

la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,

y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.

En fin, Montano, el que temiendo espera
y velando ama, sólo éste prevale
en la estrecha, de Dios, cierta carrera.

Mas ya parece que mi pluma sale
del término de epístola, escribiendo
a ti, que eres de mí lo que más vale;

a mayor ocasión voy remitiendo,
de nuestra soledad contemplativa,
algún nuevo primor que della entiendo.

Tú, mi Montano, así tu Aldino viva
contigo, en paz dichosa, esto que queda
por consumir de vida fugitiva;

y el cielo, cuando pides, te conceda
que nunca de su todo se desmiembre
ésta tu parte y siempre serlo pueda.

Nuestro Señor en ti su gracia siembre
para coger la gloria que promete.
De Madrid, a los siete de setiembre,
mil y quinientos y setenta y siete.

#poesía #literatura #Francisco de Aldana

Tres poemas de José Hierro

Resume el Wikipedista, de forma apretada, la significación del poeta y pintor español José Hierro con estas palabras:

José Hierro Real (Madrid, 3 de abril de 1922 – ibídem, 21 de diciembre de 2002), conocido como José Hierro o Pepe Hierro, fue un poeta español. Pertenece a la llamada primera generación de la posguerra dentro de la llamada poesía desarraigada o existencial (publicó en las revistas Espadaña y Garcilaso).

En sus primeros libros, Hierro se mantuvo al margen de las tendencias dominantes y decidió continuar la obra de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pedro Salinas, Gerardo Diego e, incluso, Rubén Darío. Posteriormente, cuando la poesía social estaba en boga en España, hizo poesía con numerosos elementos experimentales (collage lingüístico, monólogo dramático, culturalismo…).

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Autorretrato

José Hierro fue un enorme poeta que se movió de forma muy personal entre lo popular y lo culto, entre el surrealismo y la poesía social. Sus versos, tantas veces duros al oído y demasiado discursivos o culturalistas, nunca dejan indiferente. Estos tres poemas que comparto ahora son una mínima muestra de su inmenso arte:

Luz de tarde

Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase…

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas,
guardar estas cosas. Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como esta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.

(De Alegría, 1947)

Reportaje

Desde esta cárcel podría
verse el mar, seguirse el giro
de las gaviotas, pulsar
el latir del tiempo vivo.
Esta cárcel es como una
playa: todo está dormido
en ella. Las olas rompen
casi a sus pies. El estío,
la primavera, el invierno,
el otoño, son caminos
exteriores que otros andan:
cosas sin vigencia, símbolos
mudables del tiempo. (El tiempo
aquí no tiene sentido).

Esta cárcel fue primero
cementerio. Yo era un niño
y algunas veces pasé
por este lugar. Sombríos
cipreses, mármoles rotos.
Pero ya el tiempo podrido
contaminaba la tierra.
La yerba ya no era el grito
de la vida. Una mañana
removieron con los picos
y las palas la frescura
del suelo, y todo —los nichos,
rosales, cipreses, tapias—
perdió su viejo latido.
Nuevo cementerio alzaron
para los vivos.

Desde esta cárcel podría
tocarse el mar; mas el mar,
los montes recién nacidos,
los árboles que se apagan
entre acordes amarillos,
las playas que abre al alba
grandes abanicos,
son cosas externas, cosas
sin vigencia, antiguos mitos,
caminos que otros recorren.
Son tiempo
y aquí no tiene sentido.
Por lo demás todo es
terriblemente sencillo.
El agua matinal tiene figura de fuente…
(Grifos
al amanecer. Espaldas
desnudas. Ojos heridos
por el alba fría). Todo
es aquí sencillo,
terriblemente sencillo.
Y así las horas. Y así
los años. Y acaso un tibio
atardecer del otoño
(hablan de Jesús) sentimos
parado el tiempo. (Jesús
habló a los hombres, y dijo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu»).
Pero Jesús no está aquí
(salió por la gran vidriera,
corre por un risco,
va en una barca, con Pedro,
por el mar tranquilo).
Jesús no está aquí.
Lo eterno se desvae, y es lo efímero
—una mujer rubia, un día
de niebla, un niño tendido
sobre la yerba, una alondra
que rasga el cielo—, es lo efímero
eso que pasa y que muda
lo que nos tiene prendidos.
Sed de tiempo, porque el tiempo
aquí no tiene sentido.

Un hombre pasa. (Sus ojos
llenos de tiempo). Un ser vivo.
Dice: «Cuatro, cinco años…».
Como si echara los años
al olvido.
Un muchacho de los valles
de Liébana. Un campesino.
(Parece oírse la voz
de la madre: «Hijo,
no tardes», ladrar los perros
por los verdes pinos,
nacer las flores azules
de abril…).
Dice: «Cuatro, cinco,
seis años…», sereno, como
si los echase al olvido.

El cielo, a veces, azul,
gris, morado o encendido
de lumbres. Dorado a veces.
Derramado oro divino.

De sobra sabemos quién
derrama el oro, y da al lirio
sus vestiduras, quién presta
su rojo color al vino
vuela entre nubes, ordena
las estaciones…
(Caminos
exteriores que otros andan).
Aquí está el tiempo sin símbolo
como agua errante que no
modela el río.
Y yo, entre cosas de tiempo,
ando, vengo y voy perdido.
Pero estoy aquí, y aquí
no tiene el tiempo sentido.
Deseternizado, ángel
con nostalgia de un granito
de tiempo. Piensan al verme:
«Si estará dormido…».
Porque sin una evidencia
de tiempo, yo no estoy vivo.

Desde esta cárcel podría
verse el mar —yo ya no pienso
en el mar—. Oigo los grifos
al amanecer. No pienso
que el chorro me canta un frío
cantar de fuente. Me labro
mis nuevos caminos.

Para no sentirme solo
por los siglos de los siglos.

“Réquiem”, (Cuanto sé de mí, 1957)

Lear King en los claustros

Di que me amas. Di “te amo”.
Dímelo por primera y por última vez.
Sólo: “te amo”. No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
“Más que a mi salvación”, dijo Regania.
“Más que a la primavera”, dijo Gonerila.
(No sospechaba que mentían).
Di que me amas. Di “te amo”,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.
Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo abrazado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña,
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.

La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán.

Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado. Y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté,
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces, desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío
que se desperezaba bajo un sol diferente.
Y aquí está al fin, delante de mis ojos.
Oigo cómo jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espero a que tú llegues
y me digas, “te amo”.
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.
Quiero oírte decir, Cordelia, “te amo”.
Son las mismas palabras de salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros… Regresaron
al silencio y la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
cisnes, delfines, grifos…
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

Mi reino por un “te amo”, sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras.
Susúrralas o cántalas sobre un fondo real
―agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire―
así la realidad hará que sean reales
las palabras que nunca pronunciaste
―¡por qué nunca las pronunciaste!―
y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme “te amo”;
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.

En esta paz reconstruida
―sé que es tan sólo un decorado― represento
mi papel; es decir, finjo,
porque ya he despertado.
Ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote,
contando días y horas y estaciones.
Y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro (a la que han arrancado
sus gemas la urracas ladronas),
por la escudilla de madera que me legó el bufón
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.

Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse. Y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño.
Ven a decirme “te amo” y desvanécete enseguida.

Desaparece antes de que te vea
sumergida en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado.
Antes de que te diga:
“yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres”.

(De Cuaderno de Nueva York, 1998)

Para conocer mejor a este poeta, se pueden ver con provecho las páginas que le dedican el Centro Virtual Cervantes o la Fundación Centro de Poesía José Hierro.

Tres poemas de Joan Margarit

Joan Margarit i Consarnau es uno de los grandes poetas vivos en catalán y castellano. Él mismo escribe las versiones en español de sus poemas escritos en lengua catalana. Luis García Montero, conocido escritor granadino amigo suyo, con el que ha presentado libros y recitado poemas muchas veces, le escribía en una carta pública:

Querido Joan Margarit, no sé si te he contado que mi nuevo ordenador me saluda y me despide en catalán. Lo compré estas pasadas navidades, porque el antiguo andaba mal, muy fatigado por el uso de los años, los versos, los artículos, las novelas y las navegaciones. Cuando lo puse en marcha, su sistema operativo utilizó tu lengua. Cada vez que lo enciendo, me abraza con un Benvingut. Cuando lo cierro, me da tres opciones: Atura temporalment, Tanca y Actualiza y reinicia.

No es el único caso, ni mucho menos, de amistad y admiración mutuas entre escritores en castellano y las otras lenguas de España. En los inicios de este canal, ya traíamos a colación la amistad entre Unamuno y Maragall, con su poema “La vaca cega” en las dos versiones. Ojalá su ejemplo cundiera entre tantos españoles intoxicados por la incomprensión y el desconocimiento mutuos. En su página personal, Joan Margarit, se pueden encontrar notas biográficas, sobre su poética y leer y oír muchos de sus poemas. Su obra es ya inmensa y tiene múltiples registros. Los tres poemitas que comparto aquí (en su versión en castellano) son solo una elección personal, una vía de acceso, como otras posibles, a la obra de un gran poeta apasionado y vivo.

Principios y finales

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Una vez fui una chica con futuro.
Leía en latín a Horacio y a Virgilio
y recitaba a Keats completo de memoria.
Al entrar en sus cuevas, los adultos
me capturaron: comencé a parir
hijos de un hombre necio y vanidoso.
Ahora cuando puedo lleno el vaso
y lloro al recordar algún verso de Keats.
Una mujer ignora, cuando es joven,
que no hay lugar alguno
donde poder quedarse para siempre.
Y no comprende porque nunca llega
aquel o aquella donde hallar descanso.
Las muchachas lo ignoran: los principios
no se parecen nunca a los finales.

Del libro El primer frío

CASA DE MISERICORDIA

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericòrdia.

El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.

Del libro Casa de misericordia

VENGO DE ALLÍ

Vivo en ciudades de edificios altos,
al sesgo y que se inclinan
para exhibir, suntuosos,
la fuerza del peligro y de la insensatez.
Son titanio y cristal reflejando las nubes.
Pero la vida son también andamios,
humildes esqueletos hacia arriba.
Como un traidor de Shakespeare,
la opulencia planea siempre un crimen.
Y yo soy una carta mal escrita
por la gente que abrió
paso al agua hasta el fondo de los huertos.
Vengo de allí. Lo que haya en mí de noble
sólo puede venir de la pobreza.
Ella con humildad retira el andamiaje
y deja muros rectos, verticales y clásicos.
Ella apartó la tierra con la azada.
La he conocido. Sé qué es.
No voy a confundirla con lo otro,
lo que hay de miserable en la opulencia.

Del libro Amar es dónde

Pedro Salinas, "Qué alegría, vivir"

Hoy comparto con los amigos de la poesía uno de mis poemas favoritos de entre los dedicados al amor. Es de Pedro Salinas y está incluido en su La voz a ti debida, uno de los poemarios más hermosos, sugestivo y sutil, de la lírica contemporánea española. Salinas buscó en sus versos un elixir imposible, aquel que se podría obtener por destilación lingüística, hasta dar con el olor y sabor esenciales de una experiencia real. Así, esta particular versión poética del "Doble" romántico, obtenida desde la certidumbre de que el amor nos permite no solo vivir, sino "ser vividos" en una misteriosa y reconfortante segunda vida …

Qué alegría, vivir

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Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!- ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

Pedro Salinas, "Qué alegría, vivir", La voz a ti debida

Gioconda Belli, "Amo a los hombres y les canto"

Para quien no conozca la poesía de la escritora nicaragüense Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 9 de diciembre de 1948), tumultuosa, alegre y retozona como un niño, terremoto o maremoto, pagana y cósmica, “fieramente humana”, este poema, tal vez, puede ser una sorpresa, un regalo especial que espero que disfruten amigos y lectores. Acompaño “estos poemas que escribo y lanzo al viento” de un vídeo (al final de la entrada) compuesto por Mercedes Pérez, a quien pertenece también la voz, para los enamorados de la imagen y la escucha más que de la lectura.

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Amo a los hombres
y les canto.

Amo a los jóvenes
desafiantes jinetes del aire,
pobladores de pasillos en las Universidades,
rebeldes, inconformes, planeadores de mundos diferentes.
Amo a los obreros,
esos sudorosos gigantes morenos
que salen de madrugada a construir ciudades.
Amo a los carpinteros
que reconocen a la madera como a su mujer
y saben hacerla a su modo.
Amo a los campesinos
que no tienen más tractor que su brazo
que rompen el vientre de la tierra y la poseen.
Amo, compasiva y tristemente, a los complicados
hombres de negocios
que han convertido su hombría en una sanguinaria
máquina de sumar
y han dejado los pensamientos más profundos,
los sentimientos más nobles
por cálculos y métodos de explotación.

Amo a los poetas -bellos ángeles lanzallamas-
que inventan nuevos mundos desde la palabra
y que dan a la risa y al vino su justa y proverbial importancia.
que conocen la trascendencia de una conversación
tranquila bajo los árboles,
a esos poetas vitales que sufren las lágrimas y van
y dejan todo y mueren
para que nazcan hombres con la frente alta.
Amo a los pintores -hombres colores-
que guardan su hermosura para nuestros ojos
y a los que pintan el horror y el hambre
para que no se nos olvide.
Amo a los solitarios pensadores
los que existen más allá del amor y de la comprensión sencilla
los que se hunden en titánicas averiguaciones
y se atormentan día y noche ante lo absurdo de las respuestas.

A todos amo con un amor de mujer, de madre, de hermana,
con un amor que es más grande que yo toda,
que me supera y me envuelve como un océano
donde todo el misterio se resuelve en espuma…

Amo a las mujeres desde su piel que es la mía.
A la que se rebela y forcejea con la pluma y la voz desenvainadas,
a la que se levanta de noche a ver a su hijo que llora,
a la que llora por un niño que se ha dormido para siempre,
a la que lucha enardecida en las montañas,
a la que trabaja -mal pagada- en la ciudad,
a la que gorda y contenta canta cuando echa tortillas
en la pancita caliente del comal,
a la que camina con el peso de un ser en su vientre
enorme y fecundo.
A todas las amo y me felicito por ser de su especie.
Me felicito por estar con hombres y mujeres
aquí bajo este cielo, sobre esta tierra tropical y fértil,
ondulante y cubierta de hierba.
Me felicito por ser y por haber nacido,
por mis pulmones que me llevan y me traen el aire,
porque cuando respiro siento que el mundo todo entra en mí
y sale con algo mío,
por estos poemas que escribo y lanzo al viento
para alegría de los pájaros,
por todo lo que soy y rompe el aire a mi paso,
por las flores que se mecen en los caminos
y los pensamientos que, desenfrenados, alborotan en las cabezas,
por los llantos y las rebeliones.
Me felicito porque soy parte de una nueva época
porque he comprendido la importancia que tiene mi existencia,
la importancia que tiene tu existencia, la de todos,
la vitalidad de mi mano unida a otras manos,
de mi canto unido a otros cantos.
Porque he comprendido mi misión de ser creador,
de alfarera de mi tiempo que es el tiempo nuestro,
quiero irme a la calle y a los campos,
a las mansiones y a las chozas
a sacudir a los tibios y haraganes,
a los que reniegan de la vida y de los malos negocios,
a los que dejan de ver el sol para cuadrar balances,
a los incrédulos, a los desamparados, a los que han
perdido la esperanza,
a los que ríen y cantan y hablan con optimismo;
quiero traerlos a todos hacia la madrugada,
traerlos a ver la vida que pasa
con una hermosura dolorosa y desafiante,
la vida que nos espera detrás de cada atardecer
-último testimonio de un día que se va para siempre,
que sale del tiempo y que nunca volverá a repetirse-.
Quiero atraer a todos hacia el abrazo de una alegría que comienza,
de un Universo que espera que rompamos sus puertas
con la energía de nuestra marcha incontenible.
Quiero llevaros a recorrer los caminos
por donde avanza -inexorable- la Historia.
Porque los amo quiero llevarlos de frente a la nueva mañana,
mañana lavada de pesar que habremos construido todos.

Vámonos y que nadie se quede a la zaga,
que nadie perezoso, amedrentado, tibio, habite la faz de la tierra
para que este amor tenga la fuerza de los terremotos,
de los maremotos,
de los ciclones, de los huracanes
y todo lo que nos aprisione vuele convertido en desecho
mientras hombres y mujeres nuevos
van naciendo erguidos
luminosos
como volcanes…

Vámonos
Vámonos
Vámonoooos!!!

Vídeo-Poema. Poema de Gioconda Belli en la voz de Mercedes Pérez. Composición Mercedes Pérez.

AMO A LOS HOMBRES Y LES CANTO. Gioconda Belli
by Mercedes e Isabel on YouTube

Dice el wikipedista de su obra poética:

Sus poemas aparecieron por primera vez en el semanario cultural La Prensa Literaria del diario La Prensa de su país. Su poesía, considerada revolucionaria en su manera de abordar el cuerpo y sensualidad femenina, causó gran revuelo. Su libro Sobre la grama le valió en 1972, el premio de poesía más prestigioso del país en esos años, el Mariano Fiallos Gil de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN). En 1978 junto a Claribel Alegría, obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas en el género poesía por su libro Línea de Fuego, obra que escribió mientras se encontraba viviendo exiliada en México a causa de su activismo revolucionario y que refleja su sentir sobre la situación política de Nicaragua.

Miguel Hernández: "Hijo de la luz y de la sombra"

Ayer, 30 de octubre, fue aniversario del nacimiento del poeta Miguel Hernández. Aprovechamos para recordarlo en nuestro canal Poetas, con uno de sus poemas más hermosos, “Hijo de la luz y de la sombra”. Lo escribió en 1937 y está dedicado a su primer hijo, Manuel Ramón, que nació ese mismo año y que murió a los pocos meses. El poema fue recogido en su libro Cancionero y romancero de ausencias. Volveremos más adelante sobre este verdadero “poeta del pueblo”, pero en esta hora lluviosa de sábado, os dejo a solas con la lectura de estos versos estremecedores…

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HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA

I

(HIJO DE LA SOMBRA)

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol a donde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

II

(HIJO DE LA LUZ)

Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.

Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que el fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.

La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido.

El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.

Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.

¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

Hablo y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa.  Yo soy el mediodía.

III

(HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA)

Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.

Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían qué grabada llevo allí tu figura.

Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva:
donde sienten su alma las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

No te quiero a ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias

Las cosas y las causas (a propósito de un poema de Juan Ramón Jiménez)

La cosa es que me ronda hace tiempo la sospecha de que Juan Ramón Jiménez, en un poema de Eternidades (1918), jugaba con la etimología de “cosas” (lat.: “causa”, que dio en el doblete léxico en español, con el que titulo: cosa / causa) creando, así, lo que podemos llamar un campo semántico en la sombra, ad phantasmam, que enriquece enormemente la lectura del poema. El poema es este:

¡Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
…Que mi palabra sea la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

El nombre exacto de las cosas
Si damos por buena la interpretación, Juan Ramón, con ese campo semántico fantasma, dice, en realidad: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las causas!”. Es decir, no pide al Logos precisión, sino la razón del Ser; no es nominalismo, es filosofía perenne. “Que por mí vayan todos / los que no las conocen, a las causas”: la poesía, preñada de metafísica, como camino a la verdad, como salida de la ignorancia: es decir, la poesía como Paideia. “Que por mí vayan todos / los que las olvidan, a las causas”: la anamnesis, la reminiscencia de Platón: vale decir, la poesía como memoria rescatada…

Pero es que, además, creo ver en la invocación a la Musa del Proemio de la Eneida, la misma que, como un mantra, repite Juan Ramón en este hermoso poema:

Musa, mihi causas memora (v. 8)

Si hacemos ahora la inversión contraria, en castellano, el verso de Virgilio quedaría así: “Musa, cuéntame (o recuérdame) las cosas”. Solo hay que cambiar Musa por Intelijencia, que en el mundo léxico de Juan Ramón podemos considerar, sin quebranto alguno, ceteris paribus, como equivalentes..

La invocación a la Musa, en Virgilio, o la Intelijencia (el Logos), en Juan Ramón, cabe interpretarla, pues, como la búsqueda de una verdad original a la que solo es posible acceder mediante la poesía. Dicho de otra manera: el poeta invoca el acorde secreto en que poesía y filosofía se encuentran. Del mismo modo que Virgilio invoca la Musa para encontrar el cruce de caminos entre Poesía e Historia, entre Verdad y Mito fundacional. ¿También Juan Ramón Jiménez pide ayuda a la Intelijencia, al Logos, en estos versos mágicos de Eternidades, para fundar y fundir Verdad y Mito, Historia y Eternindad? Algo de eso creemos ver y oír tras “el nombre exacto de las cosas”…

Post Scriptum

Tengo que interpretar, con más desarrollo, el verso “Que mi palabra sea la cosa misma”. Tlapil una amiga de Redmatrix, que leyó el borrador de esta entrada, comentaba, a propósito de este verso:

Este poema, y el texto que lo acompaña, ha hecho derivar mis pensamientos. Recordé un ritual wirarika, en donde la palabra transforma la realidad:

A media noche, alrededor de una fogata, un cantador hace poesía. De pronto calla, los presentes nombran palabras cuyo significado ha sido alterado. Se le dice; sol a la rana, lago a la noche o durazno a la nube. Eso, que parece un juego, logra “detener el mundo” por un instante, permitiendo entrever la esencia de la existencia.

Me pareció ver similitudes, entre lo publicado y este recuerdo.

El recuerdo de mi amiga mejicana es hermoso y lo guardo como mío. Pero, además, debo extrapolar el sentido del verso y ponerlo en relación a:

  • La función mágica del lenguaje de que habló Jakobson, que nunca se cita junto a las funciones canónicas de los libros de texto, que todo el mundo (que haya sufrido las clases de Lengua en España, al menos) recuerda.

  • Las performatives sentences de John Austin.

  • Las ideas sobre la Semántica de las lenguas de Ramón Trujillo (las palabras son cosas).

Lo anoto aquí como una revisión y ampliación pendientes.

Filántropos a la fuerza

De Los filántropos en harapos1, de Robert Tressell, dijo George Orwell que debería ser un libro de lectura obligatoria para todo el mundo. En lo personal, es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Como ha sucedido tantas veces en España con los libros verdaderamente importantes, ha permanecido inédita e ignorada en nuestra lengua hasta el 2014, desde el lejano 1914 en que se publicó la primera y póstuma edición en lengua inglesa.


Work Or Riot

Este es un libro necesario, tanto ahora como cuando fue escrito, porque, en sus setecientas y pico páginas -en la cuidada versión española de Capitán Swing- de lectura provechosa, pululan las vidas cotidianas de un grupo de trabajadores de la construcción en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, en una dificilísima alternancia y cruce -pero que el arte de Tressell consigue que sean equilibrados- con las de un buen haz de cristianos hipócritas, en tanto cínicos y crudelísimos explotadores del trabajo ajeno, que son los beneficiarios de la filantropía forzada de los obreros. Todo ello entreverado, a modo de trama y urdimbre, con la divulgación de las ideas y propuestas socialistas de la época, sin que falten magníficos ejemplos de la retórica política de aquellos años.

Demasiado lento, demasiado esmerado…

Es la novela que me hubiera gustado escribir porque en ella los protagonistas absolutos son los trabajadores: los eternos ausentes de la literatura que yo siempre eché de menos en los libros porque, en una paradoja que no entendía, formaban parte, sin embargo, del paisanaje real de mi infancia y juventud. Aquí los he encontrado por fin, en los personajes redondos de esta cuadrilla de carpinteros -mi padre lo era-, pintores y decoradores que comparten el frío de las mañanas en la obra, los periodos de paro y zozobra, las compras de los alimentos de fiado para entretener el hambre crónica y la contabilidad imposible de hoy para mañana; están hermanados por las ropas remendadas o las botas rotas con los pies mojados de los días de lluvia, tanto como por el instinto del apoyo mutuo cuando alguno de ellos cae, como sucede con el viejo Charles Linden, despedido por ser “demasiado lento” en el trabajo. Para él y su familia, sus compañeros consiguen reunir entre todos, sumando penosamente las ínfimas monedas que componen su capital, un pequeño fondo de resistencia para el primer arrechucho del paro, que será, debido a su edad -que lo pone en desventaja en el ejército de desempleados de reserva– definitivo. Solo terminará con su enajenación, pasión y muerte, pues es sabido que los dioses traman la locura de los hombres antes de su destrucción. O, más adelante, la mínima bolsa de ayuda que, a instancias de Philpot, consiguen reunir también para auxilio de la familia de Newman, otro despedido por poner “demasiado esmero en el trabajo”. Su mujer, con tres hijos pequeños -imposibilitada, por tanto, de buscar trabajos de costurera, los únicos accesibles para una mujer-, queda al borde del desahucio cuando su marido es condenado a un mes de prisión por no haber pagado “la triste Contribución”. La paródica caridad de la Junta de Beneficencia otorga a la familia desamparada una “triste” ayuda de tres chelines semanales…

Linden, por su parte, es un veterano trabajador, despedido a causa de la obsesiva búsqueda de productividad (el ajuste eterno del capital: mínimo presupuesto, mínimo tiempo de trabajo, máxima producción, sin que importe la calidad de la mercancía así creada) por parte de “Miserias” -el capataz, mano derecha del empresario, el corrupto Rushton- que ya ha pensado en un joven desempleado para sustituirle ventajosamente. ¿Le suena al lector? Pero Charles Linden es una paradoja viva, en la que el novelista va a hurgar más veces: este pintor se considera a sí mismo un conservador, de alma y voto; es un patriota (veterano de la guerra de los Boers) que defiende con vehemencia el status quo de la sociedad inglesa en la que se ha sentido integrado siempre, pese a haber perdido, en su nombre, a su único hijo, otro trabajador, también en en una hecho de armas. Su mujer, de modo complementario, es la perfecta casada, en el sentido tradicional cristiano.

Siembre ha habido ricos y pobres

Tressell fue capaz de crear, con los pobres de una pequeña ciudad sureña de la Inglaterra colonial, un epos que huye del sensacionalismo o la sordidez tanto como del panfleto o la soflama. Una trama en la que conviven sin estridencias el halo trágico de unos personajes de dignidad insobornable con la miseria moral y la degradación de muchos otros, sin aburrir ni apelar a la piedad a del lector, como ocurre tantas veces en la literatura de Galdós, Dickens o Dostoievski. Sin caer tampoco en la literaturización excesiva, en el envaramiento épico que atiesa y distancia la lectura de los relatos de Ignacio Aldeoca o Armando López Salinas, por poner ejemplos cercanos de nuestra literatura social realista. La integración en la trama narrativa de los discursos de Owen (el alter ego de Tressell, un decorador habilidoso y culto, convencido, como su mujer, de la causa socialista, en cuyo imaginario educan a su pequeño y espabilado hijo Frankie) la consigue este exquisito novelista mediante el artificio de integrarlos en las charlas del almuerzo en el tajo o, más adelante, en el ocio forzoso de los días fríos y lluviosos del invierno, cuando toca trabajar en el exterior. Se convierten, pues, en diálogos espontáneos y naturales, que están guiados más por el sentido común que por la propaganda. Así, en la primera parte de la novela -la versión reducida que se publicó en 1914 y que acababa en el capítulo 34, justamente con Owen aterido de frío, tosiendo sangre, asediado por ideas de suicidio y a punto de claudicar- la pregunta que todos le hacen obsesivamente, una y otra vez, a este trabajador ilustrado, es sobre la naturaleza y las causas de la pobreza. Owen, que tendrá que responder a ello otras veces más, en sucesivas ampliaciones de la conversación, la define, tras oír el tradicional tópico de descargo de boca de Charles Linden (“No le veo ningún sentido a toda esta cháchara. Siempre ha ha habido ricos y pobres en el mundo y siempre los habrá.”) así:

A lo que llamo pobreza es cuando las personas no pueden disfrutar de todos los beneficios de la civilización; de lo necesario, las comodidades, los placeres y las exquisiteces de la vida, del tiempo libre, los libros, los teatros, de los cuadros, de los cuadros, la música, las vacaciones, los viajes, de casas buenas y bonitas, de ropa buena, comida rica y agradable. (…)

Si un hombre solo puede cubrir las necesidades más básicas de su existencia y la de su familia, la familia de ese hombre vive en la pobreza.

Un cuento de Navidad

Tampoco se rehuyen, en esta ficción verdadera, momentos de anticlímax llenos de alegría íntima y calidez, de estirpe evangélica y dickensiana, como las navidades de la familia de Owen, temporalmente ampliada con los nietos de Linden, los tres hijos de Newman y sus compañeros Philpot, fiel amigo y discípulo, y el joven aprendiz Burt, los dos trabajadores solteros ( en el sentido etimológico de “solitarios”, también) que mantienen con Owen y su prole una relación de amistad, afinidad ideológica y admiración. He aquí esta sagrada familia obrera; Owen se mueve sigiloso en el silencio frío de la casa en la Nochebuena, tras haber preparado el árbol y los regalos para los fastos del día de Navidad:

Llevaban casados poco más de ocho años y, aunque durante todo este tiempo nunca habían vivido realmente libres de angustia por el futuro, no obstante en ninguna navidad anterior habían estado tan pobres como ahora. En los últimos años, poco a poco, los periodos de desempleo se habían ido volviendo cada vez más frecuentes y prolongados y la tentativa que él hizo a principios de año de encontrar trabajo en otra ciudad sólo había servido para sumirlos en una pobreza aún mayor. Pero, de todas formas, había muchas cosas por las que estar agradecido: por pobres que fueran, les iba mucho mejor que a muchas miles de personas. Todavía tenían comida y cobijo y se tenían el uno al otro y al chico.

Antes de marcharse a la cama, Owen llevó el árbol al dormitorio de Frankie y lo colocó de tal manera que pudiera verlo en su fabuloso esplendor en cuanto se despertara el día de Navidad.

La celebración de este día en casa de Owen, con la incorporación de la chiquillería de los compañeros caídos, Linden y Newman, y de los dos obreros solteros y solitarios, Philpot y Bert, es, quizá, la escena más luminosa de todo el libro: reparto de juguetes, dulces, juegos de cartas (“Arruina al vecino…”) intencionados y el no menos intencionado Pandorama que ha diseñado y construido el joven Bert, el aprendiz. Bert, que fue vendido por su viuda madre a Rushton y Cía mediante un semiesclavista contrato de aprendiz, deslomado y encanijado por el trabajo más degradante de toda la cuadrilla, muestra su ingenio mediante este teatrillo hecho con cartones de desecho y fotografías de semanarios ilustrados: con la ayuda de dos rodillos movidos mediante una manivela, las fotografías -coloreadas con acuarela- de diversos lugares del mundo, van desplegando, entremezclado con disparates cómicos, un “Teatro Crítico Universal” improvisado que hace las delicias de los niños…

La gran comilona o los destellos de luz en la caverna

El contrapunto lo ofrece, en otro lugar de la novela, la hipócrita “gran comilona” que la empresa ofrece anualmente a sus obreros en un restaurante de las afueras. Tressell adopta una perspectiva cinematográfica en planos y secuencias; en ocasiones, como la carrera involuntaria y absurda entre los vehículos de tiro animal en que realizan el viaje de vuelta, con una comicidad espectacular propia del cine mudo. El autor no lanza puntada sin hilo y la carrera sirve para que el miedo cambie de bando, como se dice hoy en los medios revueltos de Internet: los viajeros del carromato en que viajan Rushton y compañía se ven atenazados por el terror que les produce la persecución, llena de justicia poética:

El cochero borracho se imaginó entonces que estaban echándole una carrera y alimentó la decisión de adelantarlos. (…)

Los gestos y gritos aterrorizados del grupo de Rushton solo sirvieron para enfurecerlo, pues pensaba que estaban burlándose de él porque no era capaz de superarlos. (…)

Delante, los caballos del transporte de Rushton también galopaban al máximo y el vehículo saltaba y daba tumbos de un lado a otro del camino mientras sus aterrorizados ocupantes, cuyos rostros habían empalidecido de miedo, se aferraban a sus asientos y los unos a los otros catapultando sus ojos fuera de sus órbitas al volver la vista atrás hacia sus perseguidores (…)

Tressell introduce el capítulo dedicado a esta inusual convite como uno de los pocos momentos de ruptura que trastocan el aburrimiento cotidiano de las vidas de los obreros y la monotonía (social, pero también fisiológica en tanto que su pobrísima dieta, por una vez, se parece a la de sus explotadores, los beneficiarios de su filantropía forzada…) en que transcurren:

Ocasionalmente penetraba un efímero destello de sol en la penumbra2 en la que se desarrollaban las vidas de los filántropos. La desalentadora monotonía se veía animada de vez en cuando por algún diminuto regocijo inocente. (…)
A veces las personas en cuyas casas trabajaban los agasajaban con té, pan con mantequilla, bizcocho o algún refrigerio ligero y, de cuando en cuando, incluso con cerveza. (…)
Pero el acontecimiento del año sería la comilona, que se celebraría el último sábado del mes de agosto, después de que lo hubieran estado pagando a lo largo de cuatro meses.(…)
La comida no dejó nada que desear; era casi tan buena como las que se pegan a diario las personas que son demasiado perezosas para trabajar, pero lo bastante astutas como para conseguir que los demás trabajen para ellos.

La comida se describe como en los mejores sueños de nuestro Carpanta, el personaje protagonista del tebeo español que evocaba, de forma obsesiva, los años del hambre de la posguerra:

Hubo sopas, varios entrantes, guiso de capón, asado de pavo, ganso asado, jamón, col, guisantes, alubias y dulces en abundancia, pudin de ciruelas, crema de natillas, gelatina, tartas de frutas, pan y queso y toda la cerveza o limonada que se les antojara pagar, pues las bebidas se cobraban aparte (…)

La historia del futuro

Hemos escrito muchas veces que el capitalismo es un régimen nihilista y punk cuyo lema fundamental es no future. El futuro en nuestras sociedades no existe sino en la regla del interés compuesto, en la tasa de crecimiento suicida de capitales y beneficios. Solo eso explica la paradoja mortal del crecimiento y el progreso perpetuos que aún rige como insignia y bandera de nuestras vidas. La vida de los trabajadores de La Caverna está sometida a esta ley, mucho más inexorable en los años en que transcurre la historia, anterior al sueño consumista que aún tardaría en llegar con su nuevo paradigma y fatua promesa de felicidad y abundancia -también “trabajo en abundancia”, como reclaman Crash, el jefe de obra, y los obreros conservadores. Owen, en una noche de insomnio, hipnotizado ante la luz titubeante de un candil, piensa en ese robo del futuro, entendido como un territorio habitable y consolador:

Unos cuantos años antes, el futuro parecía una región repleta de halagüeñas posibilidades maravillosas y misteriosas, pero esta noche el pensamiento no arrojaba ninguna de esas ilusiones pues sabía que la historia del futuro iba a ser muy parecida a la historia del pasado.

La historia del pasado continuaría repitiéndose durante unos cuantos años más. Él seguiría trabajando y los tres seguirían pasando sin las cosas necesarias de la vida. Cuando no hubiera trabajo, pasarían hambre.

No se preocupaba mucho por sí mismo porque sabía que en el mejor, o el peor, de los casos solo serían muy pocos años. Aunque cuando dispusiera del alimento y la ropa adecuada y pudiera cuidar razonablemente de sí mismo, no viviría mucho más; y, cuando llegara ese momento ¿qué iba a ser de ellos?

Habría cierta esperanza para el chico si fuera más fuerte y su temperamento fuera menos amable y más egoísta. Bajo el sistema vigente era imposible que nadie triunfara en la vida sin dañar a otras personas y sin tratarlos y utilizarlos como a uno no le gustaría que lo trataran y utilizaran.

Este sistema, que Owen llama -en sus explicaciones a los compañeros en la hora del almuerzo- “la lucha por la vida”, es el que hace inviable el futuro: la división social del trabajo, el individualismo más feroz, el fatalismo con que los trabajadores asumen el mismo destino para sus hijos, cumpliendo así lo que Marx llamaba las condiciones de reproducción de la sociedad capitalista: la reproducción biológica de más trabajadores junto con la reproducción ideológica mediante el tinglado político, educativo y propagandístico.

En la tienda no venden amigos

El futuro solo es visible en las partes más discursivas e ideológicas de la novela. Especialmente en el gran discurso3 de Barrington, un falso obrero, siempre en la zona en sombras de la cuadrilla, según descubrimos al final -es, realmente, un miembro desclasado de familia acomodada pero tolerante, culto y sensible militante socialista que deseaba conocer la realidad del mundo del trabajo. Aunque habíamos conocida sus dotes oratorias en un discurso interrumpido, abrupta y voluntariamente, durante la comilona, es en un día desabrido que amenazaba lluvia, justo cuando la faena que quedaba pendiente tenían que culminarla en el exterior, cuando oímos de él la proyección verbal del único futuro que les es posible: el que deben construir con su lucha. La teatralización del discurso es ya completa, en contrapunto y palimpsesto de las retóricas huecas que ya habíamos conocido de la disputa electoral reciente entre liberales y conservadores. El púlpito del Orador4, el cartel que anuncia el mitin, los asientos del público están conformados, en festiva parodia, por tablas, andamios y cajas vacías de la obra (con arreglo al simbolismo de los nombres, están ahora en “El Refugio”, ya no en “La Caverna”) y contará con un turno de preguntas y réplicas del público.

Es así como Barrington desbroza por fin la nueva sociedad, insinuada a lo largo del relato. La utopía que despliega, con un papel estelar del estado, como era natural en las propuestas socialistas de la época, nos suenan hoy a ingenuas y como sobrepasadas por la realidad histórica. Pero no se engañe el lector con esa impresión primera: la lectura de ese discurso tiene aún potencia y garra contagiosas. La idea del apoyo mutuo, que responde en el libro al concepto de Co-operative commonwealth o Sociedad Cooperativa, reclama una mayor atención para un lector contemporáneo, porque sobrepasa en mucho las tristes expectativas del movimiento cooperativo actual y sus humildes propuestas de mejora en las condiciones laborales, en las coordenadas de lo que llamamos genéricamente economía social, pero sin ningún horizonte utópico a la vista. Terminaba Barrington con estas alzadas palabras:

Estos son los principios según los cuales se organizará la Sociedad Cooperativa del futuro. Un estado en el que nadie recibirá distinciones ni honores por encima de sus compatriotas salvo por la Virtud o el Talento. Donde ningún hombre encontrará beneficio en el perjuicio de otro y donde ya no habrá amos ni criados, sino hermanos, hombres libres y amigos…

Saint-Exupéry decía en su El Principito que los hombres ya no conocen nada, porque todo lo compran hecho en las tiendas y que, como en las tiendas no venden amigos, ya no tienen amigos. Los obreros que viven para siempre en este inmenso fresco de Los filántropos en harapos sí tienen amigos, porque apenas compran en las tiendas y porque construyen con sus manos las casas y cosas del mundo. Anteriores a la actual somatización y medicalización de las desdichas propias del trabajador posmoderno, atisbaban que la amistad y la ayuda mutua, con la estupenda medicina de unas pintas de cerveza en la taberna cuando atenaza la tristeza, en las charlas tontas o tremendamente serias con que acompañan sus sobrios almuerzos, estaban los travesaños de la única, larga y penosa escalera de Jacob -como la que tenían que aupar para la pintura de la alta torre de El Refugio– que les permitiría el asalto de los cielos… Tal vez solo por volver a sentir ese vértigo merezca la pena sumergirse en la lectura de este libro ejemplar.


  1. Tressell, Robert, Los filántropos en harapos, Madrid, Ed. Capitán Swing, 2014.
    Dice el autor de su obra, en el resto de prólogo que nos ha llegado:
    Los filántropos no es un tratado, ni un ensayo, sino una novela. Mi principal objetivo era conseguir una narración asequible, desbordante de interés humano y basada en los sucesos de la vida cotidiana en la que el tema del socialismo se abordara de manera secundaria. Esa fue la tarea que me propuse.” 
  2. No hay que olvidar que la mayor parte de la narración transcurre en una casa de campo que la cuadrilla de Rushton y Cía están restaurando que se llama, en clara alusión platónica, La Caverna
  3. Capítulo 45, páginas 583 en adelante de la edición que manejamos. 
  4. Tressell usa con profusión, a lo largo de la novela, el simbolismo nominal que incluye los genéricos: el Orador -Barrington, que desplaza a Owen ahora en esa personificación-, la Iglesia del Sepulcro Blanqueado, el Medio Borracho… 

Nada es dos veces

En el poema “Nada dos veces”, la poeta polaca Wislawa Szymborska1 juega sabiamente con el equívoco de “nada”, de tal manera que el título nos remite a la nada, que es todo, que nunca se repite, pero al mismo tiempo evoca la conocida condena de Heráclito a no nadar dos veces en el mismo río. O nos convoca a nadar sobre nuestra propia nada entre los días, pues no es el mismo ninguno…

Idilio en el mar, Sorolla

El poema de Wislawa Szymborska empieza así:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Todo está enredado en la memoria como las cerezas en un cesto: Estos versos me llevaron a una entrevista que leí hace tiempo -en la consulta del dentista, ¡en una revista de una compañía de seguros!- al periodista Iñaki Gabilondo, en la que contaba que al amanecer, antes de empezar su exitoso programa de radio “Hoy por hoy”, se iba solo a la azotea del edificio de la cadena SER en la Gran Vía y miraba el cielo y el paisaje urbano de Madrid con la intensidad y emoción de esa idea fija: no voy a volver a verlo, porque nada es dos veces… Pero también me veía y oía yo mismo, en la primera clase a las ocho de la mañana, subiendo las persianas de la gélida aula e incitando a mis alumnos dormidos a mirar las nubes y las copas de las castaños a través de la ventana, con el mismo mantra: Mirad bien esas nubes rosadas; no las volveréis a ver porque nada es dos veces…

Serían otras las palabras del periodista y otras las mías, que ahora se confunden con las de Wislawa Szymborska: porque tampoco ninguna palabra es dos veces. Nunca se repite su resonancia en el aire, ni es igual el chasquido de la lengua o la fuerza o languidez del chorro de aire que la expele al mundo, convertida en ave o piedra, para que diga y signifique, emocione o convenza, provocando risa, llanto o amor o mal decir…

Nada es dos veces, y por ello cada vida es única, porque está trenzada de momentos que son llamaradas y epifanías nunca iguales. Ser consciente de ello nos hace caer en la cuenta de que con cada muerte desaparece una especie, una especie única; con cada lengua que deja de hablarse se aniquila un mundo que ha dejado de nombrarse. Con cada regreso del día o la noche, de la canícula o la niebla, con una sola explosión de polen y semillas vuelve a la vida y la luz, desde la nada y la sombra en que estaba sumido, un universo recién nacido.

Solo en la triste ciencia de los números y la economía las cosas son las mismas dos veces. Agustín García Calvo demostraba en su Sobre los números que la cuenta de los naturales empezaba en el 2, porque la serie se basa en el principio de identidad, que cualquier cosa puede volver a aparecer como la misma: es así como del 2 nace el 1, pues cada cosa y cada cual deben ser iguales a sí mismos y retornar y repetirse una y otra vez. Solo que para ser la misma cada cosa, tiene que dejar de ser, debe morir para ser contada y achicharrada en el crisol de la ciencia y su tenebrosa alquimia incompatible con la vida. Y es así como para ser nosotros contables, y conocibles y predecibles, y poder responder, por tanto, a un nombre propio y soportar la responsabilidad de una biografía o un voto, debemos renunciar a la vida, en el tiempo plano sin tiempo en que pasado y futuro son siempre los mismos, como lo son para la Historia y las Compañías de seguros. Sin darnos mucha cuenta, pero presintiendo continuamente la mentira trágica y la fanática fe terrible en que así es la realidad, nadamos sobre el mismo mar sin agua del cuadro de Sorolla, sobre el lecho de piedras de este río sin agua, el mentido río en que podemos nadar dos veces, la cuenca seca en que nadamos sobre tan tragicómica nada…


  1. Szymborska, Wislawa, Poesía no completa, México, ed. FCE, 2014.