En torno a ‘El caballero encantado’, de Benito Pérez Galdós, 3

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No hay abstracción mayor que el Estado o la Nación o la Patria. Por esa razón está siempre a punto de diluirse en la vida de los hombres y el mundo concreto de sus preocupaciones. No es otra la causa de la importancia de los símbolos, lo que hay se llaman «relatos o -en lo que lo que nos va a ocupar en adelante- su personificación. La más importante, en el mundo contemporáneo, es su representación como mujer.

De Marianne a la Madre

David Harvey1 nos explica que hubo una fascinante lucha de iconos a lo largo del siglo XIX, el siglo de las revoluciones:

El motivo de la mujer como representación de la República y la Revolución reapareció con fuerza en la Revolución de 1830, y quedó convincentemente simbolizado en el cuadro de Delacroix La libertad guiando al pueblo. Por toda Francia se produjo un auténtico aluvión de imágenes paralelas en el periodo siguiente a 1848. No obstante, el modo en que se representaba a la mujer es importante.

Esa última afirmación es, precisamente, la que nos va a dar pie a la caracterización diferenciada de la Marianne de la Revolución francesa, y la mujer que, en El caballero encantado, simboliza a España. Pero sigamos un poco más el relato de Harvey:

Los burgueses respetables de ideas republicanas preferían figuras estáticas, con ropas y comportamientos clásicos, acompañadas de los símbolos requeridos de la justicia, la igualdad y la libertad, una iconografía que desemboca en la donación francesa que preside el puerto de Nueva York. Los revolucionarios querían un poco más de ardor en la figura. Balzac recogía esto en Los campesinos, en la figura de Catherine que recordaba los modelos seleccionados por pintores y escultores para representar a la Libertad y al ideal de la República. Su belleza, que se reflejaba en los ojos de los jóvenes del valle, florecía de la misma manera, tenía la misma figura fuerte y flexible, las mismas extremidades musculosas, los brazos rellenos, los que brillaban con la chispa del fuego, la expresión orgullosa, el pelo trenzado y retorcido en manojos gruesos, la frente masculina, los labios rojos, donde se dibujaba una sonrisa en la que había algo feroz, esa sonrisa que plasmaron Delacroix y David (de Angers) y que produjo tanta admiración. Una morena resplandeciente, la imagen del pueblo; las llamas de la insurrección parecían saltar de sus claros y leonados ojos.

Flaubert, en La educación sentimental, lo ve de otra manera: «En el hall de la entrada, de pie sobre una pila de ropas, estaba posando una prostituta como una estatua de La Libertad, inmóvil y aterradora, con los ojos como platos.»

Hubo, como se ve, una pugna entre las representaciones preferidas para el nuevo estado. En el concurso que convocó el gobierno republicano para la figura de mujer que representaría a la República, en 1848, Daumier, respondía con una de impronta maternal, en coherencia con la idea de una república social protectora y en oposición tanto a la simbología de los derechos burgueses como a la imagen polémica de la mujer revolucionaria en las barricadas. Según Harvey, «Daumier se hace eco de la revolucionaria declaración de Danton ‘Después del pan, la educación es la principal necesidad del pueblo’.

Esta es la posición de Galdós a lo largo de esta novela y lo que explica, en último término, su elección del icono femenino que representa España, su Doble en la ficción. Si, según David Harvey, «Empezó a parecer como si los bandos de aquellos vestidos con ropas de trabajadores tuvieran una República con un gorro rojo y un corpiño abierto, mientras que el campo de los caballeros, adecuadamente vestidos de oscuro, tuviera otra, una República representada por una dama, coronada con ramajes y cubierta con una toga de la cabeza a los pies.», La España que sueña y «ve» Galdós, es una mujer prudente y digna, que -salvo en los momentos de apoteosis- viste de una manera discreta y que, aunque se apasione, al final, en su defensa de los pobres hambrientos y presos (los ladrones que acompañan a Jesús en su crucifixión), que forman su último cortejo, animándolos, incluso a la rebelión, su comportamiento es siempre empático y protector. No es una mujer joven ni revolucionaria, porque España es un país antiguo y Galdós es un hombre mayor y, al fin y al cabo, un reformista, como decíamos en la anterior entrega.

Señora, dama, madre, diosa…

Señalo a continuación, para no alargar aún más esta ya extensa serie, las distintas apariciones de la Señora-Madre / España a lo largo de la novela. Me parece preferible que el lector conozca las palabras literales de Galdós a mi propio parafraseo. Todas las citas están localizadas en el capítulo y página de la edición que manejo (en nota a pie de página de la primera entrega) Acompaño, sin embargo, las citas con mis propias anotaciones, telegráficas e impresionistas, tomadas al azar de la lectura, en relación con la simbología evolutiva en el plano real y en el de la realidad encantada, sensaciones evocadas, espacio y tiempo. Estas van en letra cursiva, mientras que las citas se presentan en letra redonda y en formato de cita:

(Cap. V, p. 173) Primera aparición de la Madre. Anochecer. Incorporación al mundo del Doble. Matrona. Tránsito. Lo real maravilloso. Encantamiento. Reminiscencia: Los salones de la duquesa de Saldaña y de los condes de Fontibre, al principio y al final.

Tiene lugar tras el aparatoso paso al mundo paralelo, en una escena mitológica en la que el doble personificado de España aparece como «matrona» de un corro de ninfas en un locus amoenus muy español, pues no es otro que un encinar.

No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de muchachas. (…) Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles, los rostros hermosísimos y atezados. Trazas tenían de mujeronas de raza, y edad primitiva, heroicas (…) Ni con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso. (…) Y conforme gritaban se partieron en dos alas, dejando en medio un ancho camino, para que por él pasara, con porte de reina, una esbelta matrona, que salió de la espesura de las encinas. (…)

Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora no le eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad de Madrid. Tal vez.

(Cap. VII, p. 195) Segunda aparición. Oficio de pastor. Reina. Ensueño, el mundo onírico. Amanecer.

Pasando bajo aquel pórtico vio una rampa en la cual aglomeraciones musgosas parecían vestigios de una escalera. Subió el pastor hasta llegar a un túmulo que también podría ser trono, y en éste… ¡Ay!, si no le engañaban los ojos, si no era un durmiente que se paseaba por los territorios del ensueño, lo que vio era una mujer, una señora sentada en aquel escabel (…) Del estupor y sobresalto que embargaron el ánimo del pobre Gil, cayó este de rodillas, casi tocando la orla del vestido de la dama, y próximo a ella pudo advertir que se hallaba en presencia de la matrona que vio en la noche de su encantamiento, escoltada por las ninfas o amazonas galanas (…) Reconoció la faz de augusta nobleza, los cabellos blancos, la severa vestimenta, la mirada benigna, el sonreír afable…

La dama, entonces, sin énfasis de teatro, sin tonillo de aparición fantástica, antes bien, con el llano y gentil lenguaje que emplear podría cualquier señora viva de la más ilustre clase social, le dijo:

-Yo soy quien soy; mi reino no es el cielo sino la tierra, y mis hijos no son ángeles sino hombres.

(Cap. XVII, P. 287) Retirada de Calatañazor. Amanecer, luz. Diosa, Madre protectora. Señales celestes, apoteosis.

¿Subiría protegido de la noche a violentar solo la casa de Cintia y arrebatar a esta de grado o por la fuerza? ¿Esperaría nuevos avisos de la dama? (…)

El rosado fulgor se manifestó en algo que parecía nube, confundiéndose con la cima del monte, y la nube refulgente tomaba forma, y en esta se marcaron las facciones, el rostro de la Madre. (…)

… vio la figura completa, de estatura no inferior a la del monte mismo, cual si este, conservando su talla ingente, se personificara por arte mitológico en la más gallarda y majestuosa mujer que vieron los siglos. La Madre descendía… (…) Retrocedió Gil aterrado, pensando que, si la Señora ponía sobre él uno de sus pies, aplastado había de quedar como una hormiga. Pero huyendo hacia atrás advirtió el caballero que la grande y terrible imagen iba perdiendo su colosal tamaño a medida que avanzaba. (…) La figura venía un tanto encorvada, apoyándose en un palo… (…) Menguaba poco a poco, y no solo menguaba, sino que acercándose al caballero, le decía con afable acento:

-No te asustes, hijo, voy hacia ti, no huyas. Como sé crecer, sé achicarme cuando quiero ponerme al habla con los pequeños y humildes.

… notó el caballero que la Señora, mil veces augusta, presentaba en su faz hermosa y en su actitud señales de envjecimiento. Palidez y algo de demacración eran bien claras en su rostro, y andaba un poquito encorvada…

-El abatimiento que has advertido en mí no es vejez, yo no envejezco. No es tampoco enfermedad. Yo no padezco más enfermedades que los enojos y padecimientos que me dan mis hijos… (…) Me verás triste y caduca se desmanda y quiere precipitarme por senderos abruptos.

(…) Algo sabrás por ti mismo, sin necesidad de que traiga yo a tu conocimiento la realidad del mundo que dejaste por tus culpas, viniendo a esta ejemplaridad (…) pues en tu destierro miro por ti, deseosa de tu regeneración…

(Cap. XVIII, p. 296 en adelante) Llegada a Boñices. Comitiva. Madre nutricia. Niños, maestros.

Creciente importancia de niños, maestros y educación. La Madre, aquí protectora de los pobres, es interpelada por Fabiana, una mujer de negro, antigua conocida, como «señá María, consuelo y protección de estos probes», aunque, en contraste, más tarde la llamará «doña María» y la tratará como «Vuecencia» el maestro Alquiborontifosio. Dar de comer al hambriento…

Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para que cenemos en tu compañía, pero no vengo desprevenida, y por vosotros, más que por mí, os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y monda como la vuestra.

Diciéndolo, metió mano al pecho, por debajo del manto que holgadamente la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de la reciente cochura… (…)

(Cap. XXII, p. 347) Patio de Pitarque. Noticias de la Señora. Huida/persecución, pasión, pobreza, caminos…

(Habla don Quiboro) Por mi fe, que no lo entiendo. Habla usted como un demente, o esa Madre que nombra no es nuestra doña María [alusión a la imagen idealizada de Señora de alta alcurnia que le transmite Gil]. Yo le aseguro, porque lo he visto, que la Señora que cenó con nosotros en Boñices anda hoy errante por caminos y atajos, como usted y como yo. (…) La Señora, compungido el rostro y encorvadita de cuerpo por la carga de sus penas, me contó lo que ha días viene padeciendo por las ingratiudes de sus desatinados hijos, que a la cuenta son un sinfín de hijos, y por la porquería dominante en lo que ella denomina sus reinos o estados, que eso no lo entendí, ni sé lo que puede significar, así me maten…

(p. 350, en diálogo con don José Augusto)

-Déjeme usted de madres. Para mí la única madre es la Historia, y esa huye con repugnancia de los hechos y personas del día.

-No es precisamente la Historia, sino la… no śe cómo decirlo… Es el alma de la raza, triunfadora del tiempo y de las calamidades públicas; la que al mismo tiempo es tradición inmutable y revolución continua…

(p .351. Comienza la Pasión: ¿camino del Gólgota?, ¿junto al Mal Ladrón?

… En dicha cuerda, venía una pobre vieja atraillada con un facineroso, Lobato por mal nombre, muy conocido en la comarca por audaz cuatrero y asaltador de caminantes, sin respetar haciendas ni vidas. La anciana, maniatada con el bandido, parecía reproducción de la Gil llamaba Madre, solo que su mayor grado de ancianidad hacíala pasar por madre de la Madre. Encorvada y jadeante, se dejó caer al suelo apenas entró, abatiendo consigo al ladrón Lobato. En sus facciones amarillas y rugosas se traslucían los rasgos de su bellaza como perlas caídas en el fondo de un charco; su mirar se apagaba en una letal resignación de heroína vencida; de su excelsitud y majestad solo quedaban rezagos en el gesto airoso. Dudando de lo que veía, acercóse Gil a la postrada vieja y le dijo:

-¿Eres tú, Madre querida?

Y ella, mirándole cariñosa, le respondió:

-Yo soy, yo fui, porque en esta injuriosa degradación a que me han traído tus hermanos, más bien soy tu abuela que tu madre

(Cap. XXIII, p. 357-358. Cuerdas de presos, el automóvil. Muerte y Resurrección.)

Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de las nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta [en nota: durísimo y realista contraste entre las dos Españas, esto es, la de los pobres, representada en esas tres cuerdas de presos y los civiles, que les conducen, que de improviso irrumpen en la carretera general (la de Madrid-Zaragoza-Barcelona), y la de los ricos, la de los automóviles a toda velocidad.

La Madre, agobiada y envejecida, se dignó manifestarse con susurro, que el caballero interpretó de este modo: Hemos llegado a las horas de prueba… La tremenda adversidad oblígame a sumergirme en la resignación dolorosa… Yo, eterna, sé morir… He muerto, he revivido, a fuer de creyente en la grandeza de mi destino. Calla y sufre tú, como yo sufro y callo… (…) No podré ser redentora si no soy mártir….»

… Como en aquel instante iniciara la Madre un movimiento para seguir cuesta arriba, los Guardias les dieron el alto.

¡Quietos! -gritó el del feo rostro-. Quietos, o disparamos. Güela, ten el juicio que a ese loco le falta. Bajad, os lo mando por tercera y última vez.

No hicieron caso el hijo ni la Madre. Los uardias no podían eludir el cumplimiento de su deber… Los mortíferos fusiles subieron a la altura de los ojos. ¡Brrum! Dos, tres disparos rasgaron el aire con formidable estampido. La vieja y el caballero se desplomaron… Su caída en tierra fue súbita y blanda, como la de dos cuerpos colgados del cielo por invisibles hilos… que las balas rompieron.

(Cap. 24, p. 365 en adelante. Resurrección, Palingenesia)

… Ya pestañeaban en el cielo, queriendo lanzar su brillo las tímidas estrellas de Casiopea (…) cuando la vieja estrella terrestre, a quienes unos llamaban Madre, otros doña María, y los menos avisados, doña Sancha o doña Berenguela, empezó a pestañear también como las del cielo, queriendo esparcir su soberano brillo sobre el mundo. Dicen historias fidedignas que se incorporó sin desperezarse (…) Sin dar importancia a este detalle, el narrador afirma que la Madre tocó el cuerpo exánime de su encantado hijo, diciéndole:

– Gil, ¿estás muerto?

Y añade que el caballero Tarsis, sin moverse, respondió:

-En verdad, no sé si soy difunto, o si de mi defunción quiere salir una nueva vida. Te aseguro que, roto mi cráneo como una hucha de barro, las monedas, digo, los sesos salieron a tomar el aire (…) … Son los cirios de los frailes recoletos que vienen a enterrame a mí… y a ti, como es consiguiente. No hagas caso de esto, dejemos que nos entierren…

-¿Vivos? Ellos nos entierran, y nosotros nos vamos.

(Cap. XXIV, p. 368) La inmortalidad de la nación, que es, sobre todo, lenguaje.

[Tarsis a la Madre:] «Eres inmortal porque no eres una vida, sino millones de vidas»; no eres solo un lenguaje, sino millones de lenguas que espiritualmente te vivifican.»

(p. 371) «Bautizo» en el Tajo. Tránsito al ultramundo:

… llegaron al lomo de una ribera que, como dique, encauzaba la corriente del dorado Tajo. (…) La Madre se detuvo en el lomo del dique, y extendiendo sus brazos hacia el río, con elocuente ademán de mujer apasionada que se arroja en brazos de su amante, dijo así:

Al fin llego a ti, mi Tajo potente, mi Tajo impetuoso y varonil… En ti me limpio de esta mi pegadiza roña de mi vejez; en ti recobro mi hermosura y majestad.

Y ordenando al caballero con breve mandato que la siguiese sin miedo al refuelle de las ondas turbulentas, en ellas se arrojó de cabeza, vestida como ansiosa nereida que se introduce en el lecho de su amadoo.

(Cap. XXV, p. 375) Ultramundo. Los hombres de rojo y la cura de silencio. Otra transformación de la Madre. Transfiguración.

Hallábase, pues, el asendereado caballero en una nueva esfera de la vida de encantamiento que de las anteriores se distinguía por la mudanza de las formas de rusticidad y pobreza en formas de elegante pulcritud.

Llegaron a un ancho comedor con mesa dispuesta para magnífica cena de veinte o más cubiertos. En la cabecera estaba sentada la Madre, ya restituida en su soberana belleza y majestad. (…) Vestía túnica blanca, de finísima tela con pliegues estatuarios; adornadaba su seno con frescas rosas coloradas y amarillas; sus cabellos, recogidos con suprema elegancia, conservaban la nítida blancura, y su rostro, de infinita belleza y gracia, era la imagen de la dignidad concertada con dulce y afable alegría.

(Cap. XXVII, p. 390) De vuelta en Madrid y los salones aristocráticos. La duquesa de Mío Cid. Los ríos.

Camino de la casa de su tía (donde la duquesa de Mío Cid, vieja conocida nuestra)…

Hemos resucitado en el punto en que fenecimos. En casa de tu tía estuve la noche anterior a mi encantamiento. Esto es despertar en la misma postura en que nos dormimos… Pues no me disgusta esta manera de anudar el hilo roto de la existencia normal. De la casa de tu tía conservo dulces remembranzas. Allí conocí a personas que se me metieron en el corazón y en él moran todavía. Allí, si mal no recuerdo, tuve el gusto de conocer a una distinguidísima persona, de cabellos blancos, tan seductora por su talento como por su exquisito trato.

(A la pregunta del caballero) Viaja de continuo, y las ruedas de su automóvil se saben de memoria todo el mapa de España. Su chauffer es un espíritu genial, engendrado por el tiempo en las entrañas de la Historia… (Tarsis se está durmiendo) Me figuro que está en tierras de la Coronilla, a la parte de allá del Moncayo. Ayer dormía en aguas del Tajo, hoy se solaza en aguas del Ebro. Son sus maridos… Son sus amantes predilectos… Cada día le nacen mil hijos… los cría en los dorados trigales… a una y otra banda del Mulhacén, de Gredos, de Peñalara, de Montesdeoca, y en el sinfín de pueblos ricos o miserables; aquí mismo, en este Madrid picaresco, los cría y los mata.

(Ya con Cintia, que le cuenta del hijo de ambos que tuvo en Sigüenza) al que ha puesto de nombre Héspero «en honor de nuestra Madre» -Hesperia, uno de los nombres míticos de España)

Mariclío, un antecedente hegeliano de la Señora/Madre

No es esta la primera vez en que Galdós personificó una realidad abstracta. La Madre tiene un antecedente muy interesante: la Historia y su doble, Mariclío. Se le hizo tan familiar en sus últimos Episodios Nacionales, que, a veces, aludía a ella, coloquialmente, como la Macriclío. Naturalmente, la naturaleza de este otro Doble es muy distinta. La representación humana de la Historia sirve de pretexto a Galdós como un artefacto narrativo de distanciamiento, necesario para narrar hechos ya muy cercanos al presente de su escritura.

En La Primera República, podemos leer una invocación a Mariclío, ciertamente airada y extremadamente crítica, de un Galdós narrador-testigo desengañado de la Historia de España:

Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal. Con Obdulia presencié yo el imbécil conato de regicidio. Al día siguiente del suceso, se me apareció Mariclío en la puerta de aquella tienda, y hablando familiarmente con ella tuve el gusto de acompañarla hasta la Academia de la Historia. ¿Dónde estaba la santa y buena Madre? ¿En qué rincones o burladeros escondía su clásica persona? Imposible que dejara de conocer y calificar las turbulencias del terrible año que corríamos, pues para tal oficio y menesteres habíanla dado el ser los altos Dioses. Si andaba por acá, infatigable en su fisgoneo sublime, ¿por qué a su lado no me llamaba, por qué no requería los servicios de su leal muñeco?

El gusto por estas mujeres del gran hegeliano de la Historia que fue Galdós no se detienen en Mariclío, pues también «… entraron en mi estancia Mariclío y Doña Caligrafía…»

En Cánovas, el más desconsolador, y el último, de sus Episodios, la compañía del Doble femenino es ya habitual:

Entre aquellas señoras creí ver a la dama de Mula, y seguramente vi a Mariclío, fastuosa, calzada con el alto coturno. Pasó a mi lado inundándome con su fragancia helénica. (…)

En las paǵinas de este Episodio encontramos al Galdós más filosófico, y también más premonitorio, por ejemplo en estas líneas, en las que parece adivinar lo que en la neolengua contemporánea hemos dado en llamar «posverdad».

En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que encontré siempre en la verdad de la mentira. Lo que aquí llaman política es corteza deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones humanas. Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas.

También los vicios de nuestra «casta» política, que inundan la actualidad española «ad nauseam», los vemos anunciados aquí: «Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria.»

El magnífico sarcasmo de Galdós sobre aquellos que «fomentarán antes la artillería que las escuelas» nos da pie para enlazar con el último acercamiento que propongo a la historia «real e inverosímil» del Caballero Encantado: la educación como única utopía posible…

*Vuelve a las reseñas anteriores, en torno a El caballero encantado, de Benito Pérez Galdós: 1 y 2.

1. Harvey, David, París, capital de la modernidad, Madrid, 2008.

En torno a ‘El caballero encantado’, de Galdós, 2. España y su doble

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“La ciudad de los hombres tiene un doble de sombras”
Alfonso Sastre,  Los hombres y sus sombras (Bilbao, 1991)

De lo familiar a lo extraordinario

“Unheimlich” es un polisémico adjetivo alemán de difícil traducción al español. El diccionario Linguee, por ejemplo, da para el término las siguientes acepciones: “increíble”, “raro”, “aterrador”, “extraordinario”, “misterioso”, “terrorífico”, “espeluznante”, “escalofriante”. Una escala semántia que va, como se ve, de lo que se sale de lo ordinario o normal a lo que provoca miedo y espanto. Los resultados que da el Collins para el inglés son muy parecidos: “frightening”, “eerie”, “sinister”, “tremendous”.

Teorizado por Freud, que toma como punto de partida el cuento de E. T. A. Hoffman El hombre de arena, ha sido muy usado como explicación de un mecanismo literario, como hacemos aquí. Alfonso Sastre, nuestro gran dramaturgo, lo consideraba como el artificio retórico de toda ficción narrativa o dramática: el efecto producido por el choque entre lo cotidiano y lo inesperado, el reconocimiento de la realidad con lo extraordinario que late siempre en ella, y que explota en la literatura de imaginación. Sastre lo traduce como la Ex(trañeza)Fa(miliaridad) que surge de la realidad en cualquiera de sus situaciones o acontecimientos y lo relaciona con el Doble: “Cualquier situación puede, pues, ser presentada como Ex-Fa, aunque de terminadas situaciones lo son ya de por sí, como la persona que se refleja en un espejo, el autómata o el Doble. Lo Ex se produce porque son simulacros de lo que hay, y lo Fa porque en esos simulacros nos reconocemos, sin lugar a dudas, a nosotros mismos –reales y fantásticos– en aquellos fantasmas”.

Pues bien, eso es lo que ocurre en El caballero encantado, ese es el plano de la arquitectura de esta novela escurridiza: el paso, sin apenas transición, de la vida familiar y cotidiana de un joven aristócrata de la Restauración, al que conocemos ya por la breve información proporcionada por Galdós sobre su familia, (mala) educación y vida disipada, a un mundo, extraordinario y desconocido para él (la España rural y obrera) y que, convertido en su Doble gracias a un “encantamiento”, podrá conocer la realidad de su país, vivir una apasionada historia de amor y “regenerarse” para volver, una vez acabado el largo proceso, a su primera realidad. La particularidad es que vuelve con un “propósito” y un hijo. Paso ahora a detallar el encantamiento/desdoblamiento, y la ajetreada vida que transcurre al otro lado del espejo.

El encantamiento

Tras haber acompañado al caballero Tarsis en su vida ociosa y disipada, paralela a la de sus rentas, lo encontramos en una situación de crisis existencial y de ruina inminente. La boda planeada, con la intermediación de su padrino, con la chica de Mestanza –de aspecto poco atractivo pero heredera de una gran fortuna familiar–, que podría haber solucionado sus problemas económicos, se rompe, porque la familia de la heredera ha elegido comprometerla con un joven más conveniente para sus intereses. El carácter de Carlos de Tarsis se agria tras los sucesivos nuevos intentos fracasados de casamiento salvador. En los renovados devaneos de su “vida de clubes” conoce a Cintia, una hermosa mujer colombiana que va a tener un papel protagonista en la novela y que deja al caballero profundamente impresionado. Sus amigos de siempre (el marqués de Torralba y Ramirito Núñez) y hasta el fiel Becerro, un extravagante medievalista, experto en las complicadas geneologías de la vieja aristocracia, todos ellos “sablistas” habituales del caballero, lo abandonan y dejan de visitarlo en vista de su creciente ruina. Carlos, aquejado de una suerte de depresión en su soledad reciente, decide ir a la vieja casona de Becerro. Ese va a ser el espacio demiúrgico donde se producirá el tránsito, ciertamente muy aparatoso, de lo normal a lo sorprendente, la epifanía del Doble.

Galdós describe la casa, en consonancia con la presunta condición de nigromante de Becerro, como un espacio ruinoso y “mágico” (entiéndase: propio de una magia cutre y pobretona) donde va a tener lugar el encantamiento: “Aunque en aquella caverna papirácea de inclinado techo, no había esqueleto ni lechuza, ni retortas sobre hornillo, ni lagartos rellenos de paja, Tarsis creyó encontrarse en la oficina del nigromante o alquimista que nos dan a conocer las obras de entretenimiento y las comedias de magia”. En su deambular exploratorio por la vieja mansión, Tarsis descubre el principal “objeto mágico” de la obra, un espejo que propiciará el desdoblamiento:

“dio con sus miradas en un hermoso espejo con negro marco… Allí fue su estupor, allí su pasmo y sobrecogimiento.

Por un rato, no dio el caballero crédito a sus ojos, se acercaba, retrocedía. Mas el cristal, que era de una limpidez asombrosa, no copiaba la imagen frente a él colocada. En vez de verse a sí mismo, Tarsis vio en el cristal, como asomándose a él, la propia y exacta imagen de la damita sudamericana de quien estaba ciegamente enamorado. Mirole ella, gozosa y risueña, mostrándose en la faceta más sugestiva y brillante de su hermosura, que era la dulce alegría”.

Tarsis rompe el silencio sobrecogido de los primeros momentos y empieza a hablar con su enamorada bogotana:

“—Cintia ¿eres tú de verdad, o eres pintura y artificio de la luz en el vidrio, por obra del discípulo de Lucifer que vive en esta casa? (…)

—Cintia, sácame de esta horrible duda, ¿es esta una casa encantada?

—Encantada no. Yo estoy en mi casa, acabo de levantarme.

—¿En tu casa de Madrid?

—No, tonto. Estoy en París; ayer compré este espejo en casa de un anticuario. Hoy, verás…, me dan ganas de mirarme en él y…, ¡qué sorpresa, qué gracia, qué chiste tan modernista[1]! Cuando creía ver mi cara en el espejo, veo la tuya.

—Esto me aterra, Cintia”.

Desde esta primera aparición del Doble “a través del espejo”, Galdós abre un abanico simbólico que obliga al lector, en lo sucesivo, a una lectura personal y polisémica, en la que la perspectiva abstracta se superpone a la trama y los personajes concretos. Como pensaba De Chirico, un maestro de lo ExFa en pintura, “cada cosa tiene dos aspectos, uno banal, que es el que vemos con mayor frecuencia, y que la gente, en general, ve, y otro espectral y metafísico, que solo pueden ver algunos raros individuos, en momentos de clarividencia y abstracción metafísica”. Así, en esta perspectiva, Cintia representa y personifica la América Hispana. Frente al entristecido y arruinado caballero castellano, ella representa la España joven que es América, joven, hermosa, alegre, rica, educada. De la unión de estas dos “Españas” nacerá Hésperos, el hijo/síntesis, la personificación de una utopía posible para el mundo hispánico. Pero no nos adelantemos. Nos detendremos, con más detalle, en la dama colombiana en su aparición en el mundo del Doble, donde adoptará el nombre pastoril de Pascuala, y donde ejercerá el oficio de maestra. Allí se verá, en la doble lectura que proponemos, la importancia de la educación para Galdós. A la educación como factor de cambio social, una idea tan querida por la generación de la República, de la que Galdós es un precursor, dedicaremos la última entrega de esta serie.

El Doble de España: campesinos, obreros, rebeliones, quema de conventos y una misteriosa madre

La realidad alternativa, que no conoce el caballero ocioso de la Restauración, ocupará a partir de ahora la mayor parte de la narración. Como todas estas peripecias y viajes formarán parte de la “regeneración” o “re-educación” del aristócrata, el devenir de la trama –la parte más extensa de la novela– sigue un orden bastante lineal, una lógica interna que obliga a Carlos de Tarsis, bajo el nombre de Gil, a conocer, en sus propias carnes, la naturaleza agotadora de las labores campesinas, el esfuerzo tremendo del trabajo en unas canteras, el hambre y la pobreza de la sociedad rural española, los conatos de rebelión, la persecución y la huida, el encarcelamiento y, en una atrevida alegoría cristiana, su propia pasión, muerte  y resurrección, junto a una misteriosa y todopoderosa Madre, que no es otra, en el mundo del Doble, que la personificación de España.

A ella, a sus sucesivas apariciones y evolución iconográfica, y en comparación con las otras representaciones femeninas del Estado, que se suceden a partir de las revoluciones francesa y norteamericana, más jóvenes y apasionadas, dedicaremos la siguiente entrega. Permítame el lector que termine esta, para abrir boca, con una mínima selección de fragmentos de esta España de la Restauración metida ya en su crisis final.

Galdós se adelanta a su tiempo y entiende con clarividencia que la explotación del campesino no es solo la explotación semiesclavista de su trabajo, sino el sojuzgamiento por la deuda. Don Gaytán (el protocacique; los demás, pertenecientes todos al mismo clan y a los que se le hace referencia indiferenciada como tal, los “Gaitines”), por ejemplo, tras aplazar la deuda de un aparcero suyo, pone en boca de nuestro autor las siguientes palabras:

“Tanto José como Eusebia tuvieron que mostrarse agradecidos porque si bien el viejo zorro les hipoteca el mañana con el aumento de una deuda ya muy crecida, habíales quitado del pescuezo la cuerda que les ahogaba”.

Otras veces, como en uno de los capítulos en forma de diálogo dramático que, con su desparpajo habitual (técnica en que se anticipa al Ulises de Joyce), alterna con los narrativos, Galdós se deja llevar por la evocación de un paraíso bucólico en un ambiente rural utópico en el que se sobreentiende la propiedad colectiva de la tierra. ¿La utopía de un comunitarismo anarquista? No se olvide que, en la recepción crítica de esta novela, tildada de radical, se le acusó de padecer un “anarquismo senil”:

“(Habla el caballero a la Madre) ¡Qué dulce paz! He dormido en tu regazo como un niño, y he soñado que vivimos en un mundo patriarcal, habitado por seres inocentes que no viven más que para compartir con amorosa equidad los frutos de la tierra”.

En su siguiente etapa, pasa del campo a las ciudades y, en estas, al trabajo asalariado como cantero. De campesino a picapedrero:

“A Gil [el caballero desdoblado] se le llevaron a Torrecilla por expreso encargo del nuevo dueño, que ofrecía darle ocupación más activa y más lucido jornal.

Entraba, pues, Gil, en otra etapa villanesca”.

Es admirable el siguiente pasaje “cinematográfico”, de una técnica descriptiva cercana al “realismo socialista”, en el que vemos, en plano largo y corto, la cantera cercana a Ágreda, la naturaleza del trabajo obrero, su cansancio y sufrimiento, pero también su fuerza y su poder de transformación de la naturaleza. Galdós ya sabía que la clase trabajadora era el nuevo sujeto social llamado a transformar el mundo:

“Desde lejos se veía la inmensa herida, se condolía del desdichado monte, imaginándolo víctima de una bárbara intervención quirúrgica, levantada en gran parte su hermosísima piel verde, deshecha por el hierro su carne, y todo en pedazos mil, y todo cayendo y rodando en piltrafas sanguinolentas como los despojos de un anfiteatro. Pero cuando el espectador se acercaba, ya no sentía lástima del monte sino de los que en él trabajaban, bajo un sol ardiente, galeando en el áspero declive. Los unos taladraban la peña con poderosas barras, los otros recogían los pedazos dispersos por la explosión, despeñándolos por la pendiente, hasta que los peones los partían y cargaban las carretas. Era un trabajo de gigantes: algunos, desnudos de medio cuerpo arriba, mostraban admirables torsos y brazos de atletas formidables; otros, agobiados de fatiga, se doblaban por la cintura, contenían el gemido para poner toda su alma en el esfuerzo…”.

Entre otras muchas aventuras, asistimos al premonitorio incendio de un convento, aunque este tenga lugar por un irónico y poético motivo, que lo atempera: la búsqueda y rescate de una ardilla perdida. Es fascinante asistir, ya en el desenlace, a la Madre –el doble de España, recordémoslo– llamando a los parias a la rebelión. Estamos en Boñices, donde al hambre se une la insalubridad de la tierra:

“—Yo he pedido a los pudientes –indicó la Madre– que sean desecadas estas lagunas para que acabe el maleficio, y no me han hecho caso.

—Ni lo harán –declaró el maestro sentencioso–, mientras en el agua corrompida no vean los Gaitines peces, quiero decir, negocio.

Y no una, sino seis y más voces gritaron.

—¡Pues duro a los pudientes ensalzaos, y a los Gaitines que nos roban la vida! ¡Si quieren guerra, guerra!”.

En la próxima entrega, nos ocuparemos de esta misteriosa Madre, que en el mundo galdosiano es España, a la que veremos en apariciones paradójicas, en contraste con esta, ya como austera y digna dama con un punto melancólico, o como inflamada revolucionaria, y aún como reina o diosa. Galdós, como todos, era hijo de sus contradicciones.

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*Vuelve a leer la primera parte de esta reseña aquí.

[1]    El Galdós “realista” no se resigna a la ironía y distanciamiento de lo mágico y feérico. “Modernista” en el sentido de “moderno” o –aclara Rodríguez Puértolas–, una alusión a la fascinación de los poetas modernistas por París.

«El caballero encantado». Una reivindicación del último Galdós, 1

Publicado primero en Frontera Digital

La literatura nace y se despliega frente a un fondo de silencio que, como un mar, está siempre a punto de engullirla. Este mar de silencio, en forma de crítica miope y politica cicatera, ha escamoteado para los lectores del siglo XXI al Galdós del siglo XX y, en particular, ha hecho naufragar su última novela, El caballero encantado. El propósito de este artículo, entre la interpretación y el elogio, es rescatar a uno y a otra para el desatento lector español contemporáneo.

El silencio (y la maledicencia) sobre el «Galdós del siglo XX»

Esta novela se publicó en 1909 y su autor murió en 1920. Esta simple secuencia cronológica justifican que, como hace Julio Rodríguez Puértolas en el estudio preliminar que precede a su ejemplar edición de esta novela (Ediciones Akal, 2006; no ha habido reedición, que yo sepa)1, podamos hablar de un «Galdós del siglo XX». Un Galdós radicalmente «moderno», en un sentido ideológico tanto como estético, en cuyos últimos libros podemos encontrar críticas precoces a lo que hoy llamamos consumismo, o a los automóviles en los que, a toda velocidad, ya circulaban los españoles ricos por nuestras decimonónicas carreteras, esas sí. Una cuerda de presos tiene que apartarse de la carretera por la que van para evitar ser atropellados por los coches: «Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de la nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta. Pasaba el auto como exhalación, levantando polvo y exhalando fetidez de gasolina.»

Abunda Rodríguez Puértolas sobre sobre la modernidad formal de Galdós:

Moderno también en su estética, en las innovaciones que incorporó a la novela realista decimonónica. Con un sentido de la anticipación, poco común en nuestra literatura, Galdós crea la «novela total», en la que, junto a la trama narrativa, encontramos diálogos teatrales o fragmentos más propios del ensayo o el discurso político. Algo que nos resulta común a los lectores del siglo XXI, tras el reconocimiento universal de obras como las de Proust o Joyce, pero que, en 1909, suponía una primicia en nuestra literatura.

La recepción crítica de Galdós ha sido siempre cicatera y despreciativa. No tuvo suerte el gran novelista con las élites intelectuales, ni, por supuesto, con la todopoderosa Iglesia Católica, ni con los círculos cortesanos, ni con los viejos clanes del incipiente y corrupto poder financiero, ni con el caciquismo rural; instancias que evitaron con su influencia varias iniciativas de homenaje público, entre ellas, dos propuestas fracasadas para el Premio Nobel. Afortunadamente, compensó el menosprecio con el inmenso apoyo popular del que gozó siempre, que lo hizo ser el candidato más votado en Madrid de la Conjunción republicano-socialista, en las primeras elecciones a las que concurrió por esta formación, que presidió de la mano de Pablo Iglesias, de quien fue devoto admirador y amigo:

Ha habido día en que pensé en meterme en casa y no ocuparme de política. Pero lo he pensado mejor. Voy a irme con Pablo Iglesias. Él y su partido son lo único serio, disciplinado, admirable que hay en la España política. (El bachiller Corchuelo, 1910)

Para 1908, su actividad civil y política fue superior a la literaria. Su entierro convocó a miles de madrileños que lo acompañaron en su despedida. El sambenito, nunca mejor dicho, de «don Benito el garbancero», que popularizó, entre otros, Francisco Umbral, como contrapunto de su dudoso dandismo literario, sigue pesando aún, como un losa sobre su estimativa. El último ejemplo, que he leído hace poco en la revista digital CTXT, pertenece a Gonzalo Torné que, al plantear la tesis de cómo la lectura de un libro condiciona la del siguiente, dice:

Cada uno tendrá sus ejemplos favoritos de distorsión. Leí Fortunata y Jacinta justo después de La Regenta, y ni un desfile de admiradores sensatos me convencerá de que Pérez Galdós no era una antigualla ya en su tiempo: moroso, folletinesco, impreciso en la dirección narrativa y plano hasta las lágrimas cuando se trata de abordar la psicología (por decir algo) de sus personajes femeninos. La lectura de otras novelas de Galdós que me han gustado mucho e incluso muchísimo (Miau) no ha alterado este juicio tan injusto como inapelable: Clarín me ha echado a perder a Galdós.

La novela tuvo una recepción crítica lamentable, con alusiones de tan mal gusto como «el estilo de vejez» en que estaba escrita o «la senilidad prematura» como explicación de su radicalismo, ese sí plenamente entendido. En fin, sea como sea, el prejuicio, ideológico o formal, sobre la obra de este novelista parece ya muy petrificado en la crítica literaria española. Sucede algo parecido a lo que Edward Said (Orientalismo, cap. IV) llamaba «actitud textual»:

El sentido común enseña que es un error suponer que los libros y los textos pueden ayudar a entender el desorden impredecible y problemático en el que los seres humanos viven.

Michel Foucault lo llamaba «discurso», un conjunto de ideas preexistentes que obvia la realidad: y es que Galdós (con la excepción de sus Episodios Nacionales, y solo por razones simbólicas e identitarias) es un escritor incómodo y resistente a los incesantes intentos de filtrado. En realidad, los casos como el suyo abundan: constituyen toda una literatura heterodoxa paralela al canon de la España oficial.

El silencio (y la maledicencia) sobre El caballero encantado

A pesar de que la publicación de esta novela (primero, por entregas en el diario El Liberal, y después en forma de libro, en 1919), fue un éxito: con cinco reimpresiones sucesivas, alcanzá los 10.000 ejemplares vendidos, un verdadero éxito para aquellos años y aquella España. Tuvo una pronta secuela cubana en 1910, con el florido título de El caballero encantado y la moza esquiva. Versión libre y americana de una novela española de D. Benito Pérez Galdós, de Fernando Ortiz, que hace una personal extrapolación del «tema americano» (Tarsis-Gil / Cintia-Pascuala y Héspero, el hijo de ambos: ya hablaremos de ello en una próxima entrega a propósito de El Doble) en la que la intención de Galdós habría sido asimilar la América hispana a la «Madre Patria». Esta crítica implícita al libro de Galdós es el motivo de las principales divergencias argumentales entre las dos novelas.

En 1923, y con una espectacular tirada de 150.000 ejemplares, se publicó la versión rusa de El caballero encantado. Unos años después, en 1927, apareció una segunda traducción en esa lengua. Su olvido posterior ha sido clamoroso.

En Internet, por ejemplo, solo hay una página donde se hace referencia, y se reivindica con inteligencia y humor, a esta novela: se trata del blog de Javier Avilés, El lamento de Portnoy, en un post de julio de 2007, hoy abandonado por su autor. Tomamos prestado el resumen que hace de la novela de Galdós:

Es preciso tener en cuenta el ‘argumento’ de El caballero encantado. Don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, marqués de Mudarra y conde de Zorita de los Canes, terrateniente y oligarca, mantiene su tren de vida y ocios gracias a la explotación de los campesinos. Un extraño personaje, La Madre (Clío, España), lo transforma, precisamente, en jornalero miserable, y le hace peregrinar por Castilla la Vieja, en busca de su propia purificación y de su enamorada, la maestra Cintia. Desencantado y regenerado, Carlos-Gil, unido a su amante, luchará por desencantar y regenerar el país todo. Dentro de este esquema, Galdós va a pasar revista a las diversas clases que constituyen la sociedad española, clases que aparecen claramente delimitadas y caracterizadas.

Baste como primera noticia. Intentaré convencer al lector del valor de esta novela única en la literatura contemporánea española, ayudándolo a traspasar el espejo a través del cual el caballero encantado entrevé a su amada perdida. Es aún un espejo límpido y piadoso, que devuelve la belleza de su enamorada con una promesa de redención. No es aún el espejo de feria del Callejón del Gato, que refleja monigotes sin remedio en el esperpento de Valle-Inclán.

1. Este estudio preliminar lo tomo como fuente de toda la información sobre Galdós, su actitud y su obra en el siglo XX y sobre las circunstancias externas de la novela. También del mismo autor, Galdós y «El caballero encantando», en Anales galdosianos, Año VII, 1972.

Verdad y mentira en la literatura

Publicado, con algunas modificaciones, en El Salto, con el título Verdad y mentira en la ficción literaria

Me ha interesado el texto «Literatura y verdad en la época de la posverdad», de Mario Campaña, que enlazo al final de este artículo. En él plantea el tema de la verdad y la mentira en una ficción narrativa, relacionándolo con el concepto de «posverdad», tan de moda en el análisis de la información política y la tergiversación de la Historia con intención manipuladora y propagandística. Por supuesto, la verdad y la mentira en literatura no son de la misma naturaleza que en la Historia, aunque esta pertenezca, de un modo bastante literal, a los géneros narrativos. El propio autor es consciente de ello, desde el momento en que descarta el concepto de verdad como fidelidad a los hechos, lugares y personajes reales que intenta reflejar; algo que sería aplicable solo a las narraciones históricas. Y si esto es así, ¿qué sentido puede tener hablar de verdad o mentira respecto a una ficción literaria?

Si descartamos, por paradójico, que la ficción «imite» la realidad, solo nos queda -y es lo que hace Mario Campaña-, volver de nuevo a la mímesis de Aristóteles, pero no entendida como copia o retrato al natural, sino como lo posible o verosímil: no como es o fue, sino como podría ser. La verosimilitud supone, a la vez, la coherencia: que un suceso sea consecuente con otro, en la relación de trama y urdimbre que es el relato, de lo que el autor de este ensayo llama su «lógica interna». Del mismo modo que los actos de los personajes deben ser consecuentes con los anteriores o con su mismo carácter (carácter es destino). Se está en contra, pues, del deus ex machina, de la arbitrariedad, del truco o trampantojo. A esto aluden los narradores -muchos- que testimonian el momento creador en que los personajes parecen adquirir vida propia, reclamándola al autor, como en Pirandello o en la rebelión de Augusto Sánchez, el protagonista de Niebla, en su famosa y airada discusión con Unamuno, su dios creador.

Campaña aporta ejemplos muy pertinentes de lectores descontentos con el destino de algunos personajes de obras clásicas. En el primero, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, Wilhem se queja  de la falta de «verdad» en Hamlet, en estos términos:

Serlo. ¿Sigue usted reclamando, tan inexorablemente como siempre, que muera Hamlet al final de la obra?

Wilhem. Pero ¿cómo podría perdonarle la vida, cuando toda la obra lo empuja hacia la muerte?

Serlo. Pero el público quiere que quede vivo.

Wilhem. En otras cosas trataré de complacer al público; pero en ésta, imposible. Quisiéramos que viviese más un buen hombre honrado y útil que muere de un mal crónico. Llora la familia y execra al médico que no puede alargarle la vida. […] Como aquel no puede oponerse a una fatalidad de la naturaleza, tampoco nosotros podemos imponernos a una notoria fatalidad del arte.

Serlo. Pero el que paga tiene derecho a que le den lo que él desea.

donde resuenan los viejos versos de Lope de Vega: «Porque como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto»…

En la trayectoria de los principales protagonistas de Los Miserables , de Victor Hugo (Jean Valjean, el inspector Javert y el obispo Myriel), Baudelaire opinaba que

El abandono de la riqueza y el poder por parte de Valjean y su entrega a una desdichada vida de convicto perseguido a causa del remordimiento y su buen corazón le parecía una repugnante falsedad; los poderosos, aunque sean canallas, y sea cual sea su pasado, no renuncian a nada y mueren venerados, rodeados de sus familias, amigos y sirvientes.

Elias Canetti, por fin, se queja en sus Memorias del destino del rey Lear en la tragedia de Shakespeare:

después de haber soportado la tragedia de la sucesión, de haber sobrevivido a una sangrienta época de venganzas y ambiciones, Lear debía seguir viviendo, “siempre debía estar vivo”. Lear “merece vivir”, porque con él “mueren muchos años”.

En los tres casos podemos hablar de falta de verdad, por incapacidad del autor (¿obras fallidas?) o, lo que es peor, por la intencionalidad del novelista (¿insinceridad?, ¿manipulación subliminal del lector?, ¿lecciones no éticas de ideas políticas, sociales o religiosas?) como se ve claramente en la propaganda monárquica implícita de la práctica totalidad del teatro barroco español. Podríamos afirmar, desde la perspectiva del lector, que este es la parte débil en el encuentro mágico con la creación literaria. Para este, se trata más de una cuestión de «injusticia» que de verdad: no es justo que Hamlet o Lear mueran. También para Augusto Sánchez, en tanto lector de su propio destino. La lógica interna del relato puede llevar, sin remisión, a un destino trágico, que siempre es injusto: ¿es injusto sin dejar de ser verdadero, de tener un sentido? En la vida hay una injusticia primordial, extensa y ajena, la de la salud, la catástrofe, el accidente. ¿Eso es verdad también para una novela, al margen de la intencionalidad del autor?

En Mímesis, una apasionante colección de ensayos sobre clásicos de Erich Auerbach, este estudioso de la literatura, nos aporta un punto de vista complementario al analizar la verdad y la mentira en los poemas homéricos. En ellos, tras el deslumbramiento verbal, descubrimos una imagen del los hombres y de sus vidas tremendamente simples, hasta el punto de que los podemos considerar como «personajes planos», pero con la capacidad de hacernos sentir como si fueran reales. Aunque la realidad de su ficción, la verdad de su mentira, no tenga nada que ver -ni Homero lo pretendía- con la realidad histórica que, de forma fantasmal, realidad-sombra, nos explican los lectores eruditos.

Lo que más les importa es la alegría por la existencia sensible y por eso tratan de hacérnosla presente. En medio de los combates y las pasiones, las aventuras y los riesgos, nos muestran cacerías y banquetes, palacios y chozas pastoriles, contiendas atléticas y lavatorios, a fin de que observemos a los héroes en su ordinario vivir y de que disfrutemos viéndolos gozar de su sabroso presente, bien arraigado en costumbres, paisajes y quehaceres. Y de tal manera nos encantan y se captan nuestra voluntad, que compartimos la realidad de su vida, y mientras estamos oyendo o leyendo nos es totalmente indiferente saber que todo ello es tan sólo ficción. El reproche que a menudo se ha hecho a Homero, de ser mentiroso, no rebaja en nada su eficiencia; no tiene necesidad de copiar la verdad histórica, pues su realidad es lo bastante fuerte para envolvernos y captarnos por entero. Este mundo “real”, que existe por sí mismo, dentro del cual somos mágicamente introducidos, no contiene nada que no sea él; los poemas homéricos no ocultan nada, no albergan ninguna doctrina ni ningún sentido oculto.

Como broche, Belén Gopgui, gran narradora y narratóloga, nos puede ayudar a rescatar una clave imprecindible de la verdad mentirosa y la mentira verdadera de las novelas: el vector, como ella lo llama, del sentido (La conquista del aire, Prólogo). Como una luz, ese haz que lo impregna todo impide que la narración caiga en el abismo de la inanidad del entretenimiento y la «cultura del ocio», del aburrimiento burgués de donde en realidad nació.

Ahora la novela no se enfrenta a un problema de ámbitos ni de públicos sino, me parece, a un problema de configuración. Así como una línea describe una trayectoria pero sólo el vector del sentido introduce un hacia dónde, así el trazo de la experiencia contiene los sucesos, pero sin el sentido no es más que una vía muerta. La novela que no nombre el significado, que no ilumine el sentido, la novela que sólo quiera ser emoción y no ser emoción que se sabe a sí misma, terminará por confundirse con cualquier otro medio de entretenimiento.

Literatura y verdad en la época de la posverdad

Imagen/foto

Una reflexión urgente sobre la verdad y la mentira, en sentido artístico y ético, en las obras de ficción narrativa

Ojos que miran pero no ven…

(Leyendo Viaje al Congo,  de André Gide)

La mirada de André Gide sobre África en Viaje al Congo es una mirada colonial y turística, nada que ver con la crítica desencantada de su viaje a la URSS (una de sus caídas del caballo, según Constantinto Bértolo). Los negros nunca son individualizados ni tienen un nombre propio: son negros o indígenas y sólo se nos habla del brillo de su piel o de la fuerza de su cuerpo,

Cada vez que el barco atraca, cuatro negros enormes, dos delante y dos detrás saltan al agua y van hasta la orilla para fijar las amrras…
Tres negros soberbios llegan a nado a la orilla…
A las diez nos detenemos frente a Betu. Los indígenas, de raza mojembo, están más sanos, son más robustos y más bellos, parecen más francos y más libres…

Es inútil seguir citando: siempre nos quedamos ahí, en la superficie, no hay nada más allá ni más adentro. Por el contrario, las mariposas, los árboles y las flores, se describen en detalle.

El 11 [de septiembre], visita al jardín experimental de Eala, el auténtico objetivo de este rodeo por el Congo Belga. El señor Gossens, el director de este jardín, nos presenta, con gran alegría por nuestra parte a sus alumnos más interesantes: cacaos, cafetos, árboles del pan, árboles de la leche, árboles bujía, árboles taparrabo y este extraño banano de Madagascar, el “árbol del viajero”, de cuyas anchas hojas brota, en la base de su peciolo cortado de un navajazo, un vaso de agua pura para el viajero cansado…

El resto son sus quejas occidentales sobre insectos e incomodidades que el buen burgués siente especialmente

En Coquillatville nos devoraron los mosquitos. Por la noche, nos asfixiábamos de calor bajo las mosquiteras, empapados de sudor. Unas enormes cucarachas se dejaban caer sobre nuestros objetos de aseo…

Hay incluso discretas alabanzas, trufadas de consejos reformistas (hacen falta más médicos, mejores salarios…), dirigidos a la administración colonial francesa. A las veces, se aburre (“me esperaba otro clase de selva”, se lamenta en una ocasión) ¿Y qué lee nuestro autor en la bochornosa noche africana?

He releído la oración fúnebre de María Teresa de Austria. Hay unos pasajes admirables. Me parece que la prefiero a la de las dos Enriquetas…

No hay nada que nos recuerde en este libro a El corazón de las tinieblas de Conrad.  No parece, sin embargo, que Gide intente ocultar nada (si acaso, el encargo recibido por la Administración colonial, entes de partir  -pues ya es un escritor famoso con más de 40 años-, de recabar información sobre los problemas o deficiencias que encontrara en el viaje), sino que el velo del racismo inconsciente del europeo le impide reconocer al otro, que ve siempre como un cuerpo opaco e intercambiable. Lo que ocurre, en realidad, es que sus ojos miran, pero no ven….

Íngrimos

[A vueltas con el español radiactivo. A propósito de los que quedan solos en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias]

En este libro de Miguel Ángel Asturias -que es la fundación mítica de un mundo, que es verbal, épico y feérico al mismo tiempo- los íngrimos son los hombres que quedan solos tras el abandono de sus mujeres, las tecunas. «Tecunas» es la antonomasia por María Tecún, la primera -fundadora, diríamos- en abandonar de la noche a la mañana a su marido ciego. Se especula en adelante, a propósito de las sucesoras, si es que están afectadas por el roce de unas arañas, enloquecidas a su vez por el polvo de unas semillas, hechizado por los brujos. Nunca son encontradas y sus íngrimos, incapaces ya de vivir solos, las buscan sin cesar, víctimas, más que de una obsesión, de una locura. que solo acaba con la muerte. El lugar simbólico de esa muerte inevitable es un barranco en el monte Tecún, envuelto en nieblas y aire insano, donde la Primera se apareció al ciego, con la vista recobrada para quedar otra vez, definitivamente, ciego, bajo el aspecto de una mujer de piedra…

También las casas dejadas por las tecunas sufren las consecuencias del abandono. Así lo describe Asturias, al detenerse en la casa de la Segunda, la mujer del cartero:

El rancho no parecía deshabitado. El viento jugaba con la puerta sin atrancar. La abría, la cerraba. Las casas de las «tecunas», que son las mujeres que se fugan del hogar, quedan llenas de misteriosos ruidos. Ruidos y presencias. Los malos ojos de la duda, en el chingaste ingrato del café, con las pupilas aguosas de llanto negro. El cofre de la ropa buena, la ropa interior olorosa a calor de plancha, sacude sus aldabas como orejas metálicas sobre la madera hueca, al soplo del viento que entra desde el patio, donde el lazo de tender trapos ahorca el cielo. En un apaxte de agua sucia, amarillenta, un ratón náufrago. Y las hormigas negras, guerreras, rodeando los comestibles. Rosarios del mal ladrón entran y salen, afanosamente, a los graneros, a la cocina, fuera de las taltuzas mazorqueras, instaladas de una pieza en la casa de las «tecunas», y los pajarracos que graznan de alegría, y los fantasmas de perros que olfatean, invisibles -solo sus pisadas se oyen-, el tufo a meado de la eternidad en la vejez de las cosas, abandonadas, polvo y telaraña ….

En el mundo mítico de los indíos, protagonistas de la mayor parte de la novela, los hombres tienen un alma, más un doble que un alma, en el reino animal, los nahuales. Así, Nicho Aquino, el cartero preterido por la segunda tecuna, es fama que es también un coyote: esa es la razón natural de que transporte con tanta rapidez la saca del correo desde la capital hasta el pueblo, perdido en las montañas, de San Miguel de Acatán, y al revés.

Español radiactivo es la expresión que uso, tomada de Lázaro Carreter quien la utilizó para calificar le prosa de Fray Luis de León, como ya he referido por aquí en otras ocasiones. Pues ¿cómo, si no, llamarlo, sino así, con la melancolía -que es el sentimiento de la pérdida, como la que sienten los íngrimos- que provoca esta lengua desmayada de ahora, sin  la potencia explosiva que tuvo para crear, nombrándolo, un mundo que, hasta ese momento, estaba virgen y sin nombres, reinstaurando el privilegio de Adán en el origen del tiempo? Son pocos los que gozaron de este don, desde luego. Por fortuna para los contemporáneos, los libros han guardado las huellas, aunque ya sordas y desvaídas, de esas palabras primordiales  …

Paradójico silencio en torno al descubrimiento de una carta de Rimbaud

Comparto, con esa «inmensa minoría» a la que me dirijo siempre, la versión en español de  un interesante (ponga el lector amigo el adjetivo «interesante» entre comillas) artículo publicado en Mediapart, el 6 enero de 2019 , concretamente, en el blog  Les invités de Mediapart , con el título Paradoxal silence autour de la découverte d’une lettre de Rimbaud. El autor del artículo es suficientemente claro en todo lo que respecta al descubrimiento de la carta, su tratamiento informativo en los medios franceses y el interés intrínseco de su contenido, que nos revela a un Rimbaud muy distinto al del tópico recibido, que lo encasilla perezosamente como «poeta maldito» . Mi papel, por tanto, queda reducido al de simple intermediario.

Paradójico silencio en torno al descubrimiento de una carta de Rimbaud

Doctor en ciencias políticas y apasionado por los estudios rimbaudianos, Frédéric Thomas encontró una carta del poeta, de 1874, sorprendentemente inédita, que lo muestra en relación con la red de comuneros en el exilio.  Se preguntaba por el silencio de la prensa en torno a este reciente descubrimiento.

Pocos periódicos han informado del descubrimiento excepcional de una carta desconocida de Arthur Rimbaud.  ¿Cómo se explica esta situación paradójica?

El 9 de octubre, Sotheby’s vendió la última carta de Arthur Rimbaud a su hermana por 405.000 euros.  Es imposible ignorarlo; ha estado en las noticias.  Muchos eran, de hecho, artículos, despachos y otros comunicados.  Era una oportunidad para recordar el trágico destino del poeta, para dispersar algunas anécdotas y citas, y para ceder a la magia complaciente del premio.  Y para tranquilizarse a un precio razonable sobre el supuesto destino del arte; para mantener la poesía a raya.

Al día siguiente, la revista rimbaudiana Parade sauvage publicó una carta desconocida de Arthur Rimbaud.  Sin embargo, esta «primicia» fue ignorada por la mayoría de los periódicos, a pesar de que estaban informados (con la excepción de Mediapart, que la mencionó en un artículo fechado el 24 de octubre de 2018).

La carta, que expone el sorprendente proyecto de Rimbaud de escribir «L’Histoire splendide», estaba en los archivos de Jules Andrieu.  Uno de sus descendientes, bisnieto del comunero, le dedicó una biografía: Era Jules.  Jules Louis Andrieu (1838-1884).  Un hombre de su tiempo, que la puso en línea.  Reproduce, en la página 109, una copia de esta carta.  Ahí fue donde la encontré.

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Carta inédita de Arthur Rimbaud, 16 abril de 1874 ©DR

He contactado con el descendiente (que desea permanecer en el anonimato).  Después de haber solicitado la experiencia y el asesoramiento de uno de los mejores expertos de Rimbaud, Steve Murphy, y de haberme beneficiado de la revisión y los comentarios de otros dos eminentes investigadores, Denis Saint-Amand y Robert St.Clair, he hecho pública esta carta, proponiendo un análisis detallado que intenta arrojar luz sobre su contexto, desafíos e implicaciones.

La edición del 4 de enero de 2019 del Frankfurter Allgemeine Zeitung dedicó una página entera al descubrimiento de esta carta.  ¿Cómo explicar tal diferencia de tratamiento de la información, de un país a otro -y mientras que Rimbaud sigue siendo, junto con Hugo y Baudelaire, uno de los poetas más famosos de Francia- entre una carta vendida y una carta descubierta?

¿Es el miedo a las «fake news»?  Ciertamente, es importante ser cauteloso.  Sin embargo, todo indica que la carta en cuestión es auténtica.  Además, hasta la fecha, todos los investigadores están de acuerdo en su autenticidad.  Sobre todo, esta precaución requiere más investigación, en lugar de ignorarla o silenciarla.  Sin embargo, parece que el miedo a las «noticias falsas» sirve como una excusa conveniente para la pasividad.  Tampoco debe ser visto como una conspiración de ningún tipo, ni como una disfunción, sino como una revelación de una situación.

Falta de tiempo y recursos -¿y curiosidad?-. Los periodistas tienen pocas oportunidades de verificar y cotejar la información.  Y menos aún para realizar trabajos de investigación.  Necesitan hechos en bruto, cuantificables, fácilmente asimilables y directamente explotables.  Incluso si eso significa perderse un descubrimiento, darle la espalda a la sorpresa.

De hecho, esta carta desconocida de Rimbaud avergüenza.  Su descubrimiento desestabiliza.  Porque esta carta no era conocida, por supuesto.  Pero también por su contenido -que nos invita a relanzar la investigación en torno al poeta- y su destinatario; socavando la imagen del genio solitario, del «poeta maldito», consagra la inscripción del autor de las Iluminaciones en una microrred política y cultural de los comuneros en el exilio.  Quiero decir, no tiene precio.  Definitivamente no hemos terminado; ni con Rimbaud ni con la poesía.  «A los vendedores no les falta dinero!  «(Soldes, Iluminations).

Tal vez tengamos que ponernos de su lado; Rimbaud sigue molestándonos.  La llamada que había hecho a la poesía para «cambiar la vida» resonaba a través de nosotros.  Tanto en la saturación de los medios como en nuestros silencios.  Es obvio que el descubrimiento de una de sus cartas es infinitamente más valioso para nosotros que su venta.

> Frédéric Thomas es doctor en ciencias políticas, investigador en Cetri, miembro del consejo editorial de Dissidences, autor de Rimbaud révolutionaire, Paris, L’échappée, 2019.

> He aquí el texto de la carta inédita de Arthur Rimbaud exhumada con la biografía del comunero Jules Louis Andrieu:

Arthur Rimbaud a Jules Andrieu – Londres, 16 de abril de 1874 – Carta autógrafa de los archivos de la familia de Londres, 16 de abril de 74

Señor,

– Con disculpas por la forma de lo siguiente.

Me gustaría emprender un trabajo por entregsa, con el título:  L’Histoire splendide.(Espléndida historia).  Me reservo: el formato, la traducción, (primero al inglés) el estilo debe ser negativo y la extrañeza de los detalles y la (magnífica) perversión del conjunto no debe afectar a ninguna otra fraseología que no sea la posible para la traducción inmediata – Como resultado de este resumen: entiendo que el editor sólo puede encontrarse en la presentación de dos o tres piezas muy elegidas.  ¿Necesitamos preparativos en el mundo bibliográfico, o en el mundo, para esta empresa, no lo sé?  – Finalmente, puede ser una especulación sobre la ignorancia en la que estamos ahora en la historia, (el único bazar moral que no explotamos ahora) – y aquí principalmente (me dijeron (?)) no saben nada de historia – y esta forma de especulación me parece suficiente en sus gustos literarios – Para concluir: sé cómo hacerme pasar por una persona de doble vista para la multitud, que nunca se molesta en ver, que puede que no necesite ver.

En pocas palabras (!) una serie indefinida de piezas de valentía histórica, comenzando con anales o fábulas o recuerdos muy antiguos.  El verdadero principio de esta noble obra es una reivindicación llamativa; la continuación pedagógica de estas piezas también puede ser creada por reivindicaciones al inicio de la entrega, o desprendidas – Como descripción, recordemos los procesos de Salammbô, como conexiones y exploraciones místicas, Quinet y Michelet: mejor.  Luego una arqueología ultra romántica siguiendo el drama de la historia; misticismo chic, rodando todo lo polémico; desde el poema en prosa hasta la moda local; desde la escritura de cuentos cortos hasta los puntos oscuros.

– Les advierto que no tengo más panoramas o curiosidades históricas en mente que un bachiller de hace unos años – quiero hacer un trato aquí.

Señor, sé lo que usted sabe y cómo lo sabe: pero estoy abriendo un cuestionario para usted, (esto parece una ecuación imposible), qué trabajo, de quién, puede ser tomado como el más antiguo (último) de los comienzos?

En una fecha determinada (debe ser en el futuro) ¿qué cronología universal?

– Creo que sólo debo prever la parte antigua; la Edad Media y los tiempos modernos reservados; aparte de eso, no me atrevo a prever – ¿Ves lo que los más antiguos anales científicos o fabulosos que puedo comparar?  Entonces, ¿qué obra arqueológica o crónica general o parcial?  Termino preguntando qué fecha de paz me da usted sobre el conjunto greco-romano africano.  Veamos: habrá: ilustrado en prosa a la Doré, la decoración de las religiones, los rasgos de la ley, la vergüenza de las fatalidades populares exhibidas con trajes y paisajes, – todo tomado y desenrollado en fechas más o menos atroces: batallas, migraciones, escenas revolucionarias: a menudo un poco exóticas ; sin forma hasta ahora en los tribunales o en la fantasía.  Además, una vez que el asunto esté resuelto, seré libre de ir místicamente, o vulgarmente, o hábilmente.  Pero un plan es esencial.

Aunque es completamente industrial y las horas dedicadas a la producción de esta obra me parecen despreciables, la composición no sólo me parece muy difícil.  Así que no escribo mis peticiones de información, una respuesta te molestaría más; te pido media hora de conversación, la hora y el lugar por favor, seguro de que has entendido el plan y que lo explicaremos rápidamente – para una forma increíble y en inglés.

¡Contesta, por favor!

Mis respetuosos saludos

Rimbaud – 30 Argyle square, Euston R. WC

Poemas de Ida Vitale

Cumplimos hoy con el debido homenaje a la poeta uruguaya Ida Vitale que, a sus 95 años, ha recibido el Premio Cervantes 2018. Lo hacemos de la mejor manera posible: convocando a los amigos de este blog a la le lectura de una mínima selección de sus poemas.

Ida Vitale

Leíamos en el diario El País (15-11-2018), con motivo de la concesión del Cervantes, esta apretada síntesis de los principales hitos de su biografía literaria:

Es miembro de la llamada Generación del 45, junto con Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, estudió Humanidades y se dedicó a la enseñanza. Fue profesora de Literatura hasta 1973, cuando la dictadura la obligó a exiliarse en México durante una década (1974-1984).

En México, formó parte del consejo asesor de la revista Vuelta, impulsada por Octavio Paz, y fue una de los cofundadores del semanario Uno-Más-Uno, en 1982. En 1984 regresó a Uruguay, donde dirigió la página cultural del semanario Jaque, y en 1989 trasladó su residencia a Austin (Texas, EE UU), desde donde ha vuelto recientemente a su país.

Y, sin más tardanza, los versos vivos de Ida Vitale:

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti mmismootro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Gotas

¿Se hieren y se funden?
Acaban de dejar de ser la lluvia.
Traviesas en recreo,
gatitos de un reino transparente,
corren libres por vidrios y barandas,
umbrales de su limbo,
se siguen, se persiguen,
quizá van, de soledad a bodas,
a fundirse y amarse.
Trasueñan otra muerte.

Exilios

…tras tanto acá y allá yendo y viniendo.

Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.
Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.
La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.
Se disuelve, tan solo.

Estar solo

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina.

Justicia

Duerme el aldeano en un colchón de heno.
El pescador de esponjas descansa
sobre su mullidísima cosecha.
¿dormirás tú, en lenta flotación, sobre pael escrito?

Descodificando los premios Nobel de Literatura

Los estudios lingüísticos y literarios realizados con criterios cuantitativos, con la ayuda de algorritmos matemáticos y herramientas estadísticas, tienen poca tradición en el mundo hispánico. Más, en EEUU y la Europa del Este. Y sin embargo, son tremendamente útiles: aportan perspectivas novedosas, nos libran del espejismo de las opiniones y se muestran como evidencias científicas.

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Entre las excepciones, me parece especialmente meritosa la investigación que Rosa Navarro Durán (filóloga de la Universidad de Barcelona) llevó a cabo sobre la autoría del Lazarillo de Tormes, considerada tradicionalmente como obra anónima. Demostró, con ayuda de estudios de frecuencia léxica, y con todas las herramientas que el estudio directo de las fuentes le permitió, que el autor de esta obra clásica fue Alfonso de Valdés, el humanista de la corte del Emperador. Como España es así, Rosa Navarro ha tenido que luchar con el Argumento de Autoridad -en este caso, el prestigio, algo mafioso de Francisco Rico, que pasa por ser el mayor experto en este libro, que defiende con uñas y dientes su anonimato. Afortunadamente, cada vez más editoriales sacan a la luz Lazarillo de Tormes como obra de Alfonso de Valdés.

En el ámbito de la sociología, este tipo de estudios son más abundantes, como es natural dada la lex artis de esta ciencia. Recuerdo dos que me resultaron especialmente interesantes: uno sobre los usos y significados del término «populismo», tan de moda en los últimos tiempos, a través de distintas publicaciones desde el siglo XIX, demostrando que la alternancia entre significados positivos y negativos, ayudaba a entender por qué ahora hay un consenso en diferenciar populismos de izquierdas y derechas. El otro, más exhaustivo, rastreaba estadísticamente afirmaciones, usos sintácticos y metáforas, que proliferaron en las publicaciones universitarias norteamericanas en los últimos años 70 y primeros 80 sobre economía política, que prepararon el terreno «intelectual» para el advenimiento, triunfo y extensión de la visión neoliberal del capitalismo, que tan terribles consecuencias ha tenido para nuestras sociedades.

* * *

Pero el estudio que quería traer aquí a colación es mucho más humilde y de interés más restringido, pues se trata solo de un análisis cuantitativo y cualitativo sobre lo que su autora (Jennifer Quist, NLR, ed esp. 104) llama «el movimiento del capital cultural a través de la literatura mundial». El corpus de su estudio se limita a las declaraciones públicas de la Academia sueca, sus comentarios y sus esquemas biobibliográficos sobre los distintos escritores premiados, sin tener en cuenta los datos objetivos sobre su vida y obra, ni la visión personal de los mismos autores, o lo que los propios críticos literarios hayan escrito sobre sus obras o importancia.

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El análisis cuantitativo de ese soporte textual permite descubrir el sesgo político y cultural de los autores premiados, cómo la Academia sueca ha privilegiado siempre una serie de características vitales, ideológicas y literarias. Esas variables se pueden resumir en:

  • Historias personales de exilio.
  • Ascenso desde clases sociales humildes.
  • Inclinaciones personales hacia el individualismo y ciertas formas de revolución «tolerables».
  • El uso casi exclusivo de referencias occidentales a la hora de establecer las influencias literarias de los escritores premiados.
  • Las referencias a contenidos o inspiración autobiográficos en sus obras.
  • El multilingüismo, salvo en los escritorios ingleses, que no presentan el dominio de otras lenguas salvo la suya (ver mi entrada reciente sobre el idioma inglés y el solipsismo estadounidense).

La secuencia temporal para el estudio se centra en el periodo que va desde 1992 (final de la Guerra Fría) hasta nuestros días.

El método seguido consistía en que cuando aparecían esas variables, el premiado era señalado como positivo en cuanto a esa variable. Los resultados se tabularon asignando valores numéricos a las variables tipificadas en esos escritores premiados, con la intención de reflejar en qué medida encajaba cada uno de los galardonados en el perfil ideal (recordemos que solo se manejaron declaraciones y encomios «oficiales» de la Academia sueca) de un Premio Nóbel de Literatura.

Los hallazgos generales, para el periodo estudiado (desde 1992 hasta nuestros días), fueron interesantes:

  • Un 78% de los premiados han sido hombres, frente a un 28% de mujeres.
  • El 68% de los premiados vivían en Europa en el momento de recibir el premio, frente a un 20% en las Américas, un 8% en Asia, un 4% en Australia y ninguno en África. Muy significativo.
  • El idioma más común era el inglés (un 36%) seguido del alemán (un 16%).

Las seis variables estaban representadas en todos los premiados, incluido el polémico Bob Dylan, que puntuaba en la zona media de la tabla. La puntuación media se puede considerar como de 4,2 sobre 6. La máxima puntuación, la de quienes cumplían todas las características del perfil ideal de un Nóbel, la obtuvieron cuatro escritores: J. M. Coetzee, Gao Xingjian, Herta Müller e Imre Kertész. El segundo lugar, con 5 de las 6 variables, lo ocuparon seis premiados: Seamus Heaney, Doris Lessing, Günter Grass, Wislawa Szimborska. Elfriede Jelinek y Jean-Marie Gustav Le Clézio. Con cuatro variables hubo cinco galardonados: Toni Morrison, V. S. Naipaul, Kenzaburo Oé, Orhan Pamuk y Bob Dylan. Mario Vargas Llosa, Mo Yan, José Saramago, Harold Pinter, Darío Fo, Derek Walcott y Tomas Tranströmer reunían 3 de las 6 características. Con solo dos de las variables, estaban Svetlana Alexievich, Patrick Modiano y Alice Munro. Estas últimas puntuaciones bajas, según señala Quist, se produjeron en premiados entre los años 2013 y 2015, lo que se puede interpretar como un cambio incipiente de cara al futuro en el perfil ideal de un Premio Nóbel de Literatura vigente hasta ahora.

El resto es más prolijo y de menor interés general (quiero decir, para alguien no muy apasionado de estas cosas), así que no me detengo en ello para no abrumar a los amigos que me han leído hasta aquí.

Concluyendo, el retrato-robot obtenido en este estudio es el siguiente:

El candidato ideal al Premio Nóbel de Literatura es un varón, que trabaja en una lengua de la familia anglo-alemana, es étnicamente europeo y vive, normalmente, en ese continente. Es un rebelde asimilable, individualista y que asume riesgos. Procede de raíces humildes, o al menos, de clase media, a pesar de lo cual ha obtenido renombre internacional. Su obra tiene influencias de la de otros escritores occidentales, de forma casi exclusiva. Su obra se inspira en su mayor parte en acontecimientos de su propia vida y, con toda probabilidad, no es un traductor.

Tres poemas de Joan Margarit

Joan Margarit i Consarnau es uno de los grandes poetas vivos en catalán y castellano. Él mismo escribe las versiones en español de sus poemas escritos en lengua catalana. Luis García Montero, conocido escritor granadino amigo suyo, con el que ha presentado libros y recitado poemas muchas veces, le escribía en una carta pública:

Querido Joan Margarit, no sé si te he contado que mi nuevo ordenador me saluda y me despide en catalán. Lo compré estas pasadas navidades, porque el antiguo andaba mal, muy fatigado por el uso de los años, los versos, los artículos, las novelas y las navegaciones. Cuando lo puse en marcha, su sistema operativo utilizó tu lengua. Cada vez que lo enciendo, me abraza con un Benvingut. Cuando lo cierro, me da tres opciones: Atura temporalment, Tanca y Actualiza y reinicia.

No es el único caso, ni mucho menos, de amistad y admiración mutuas entre escritores en castellano y las otras lenguas de España. En los inicios de este canal, ya traíamos a colación la amistad entre Unamuno y Maragall, con su poema «La vaca cega» en las dos versiones. Ojalá su ejemplo cundiera entre tantos españoles intoxicados por la incomprensión y el desconocimiento mutuos. En su página personal, Joan Margarit, se pueden encontrar notas biográficas, sobre su poética y leer y oír muchos de sus poemas. Su obra es ya inmensa y tiene múltiples registros. Los tres poemitas que comparto aquí (en su versión en castellano) son solo una elección personal, una vía de acceso, como otras posibles, a la obra de un gran poeta apasionado y vivo.

Principios y finales

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Una vez fui una chica con futuro.
Leía en latín a Horacio y a Virgilio
y recitaba a Keats completo de memoria.
Al entrar en sus cuevas, los adultos
me capturaron: comencé a parir
hijos de un hombre necio y vanidoso.
Ahora cuando puedo lleno el vaso
y lloro al recordar algún verso de Keats.
Una mujer ignora, cuando es joven,
que no hay lugar alguno
donde poder quedarse para siempre.
Y no comprende porque nunca llega
aquel o aquella donde hallar descanso.
Las muchachas lo ignoran: los principios
no se parecen nunca a los finales.

Del libro El primer frío

CASA DE MISERICORDIA

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericòrdia.

El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.

Del libro Casa de misericordia

VENGO DE ALLÍ

Vivo en ciudades de edificios altos,
al sesgo y que se inclinan
para exhibir, suntuosos,
la fuerza del peligro y de la insensatez.
Son titanio y cristal reflejando las nubes.
Pero la vida son también andamios,
humildes esqueletos hacia arriba.
Como un traidor de Shakespeare,
la opulencia planea siempre un crimen.
Y yo soy una carta mal escrita
por la gente que abrió
paso al agua hasta el fondo de los huertos.
Vengo de allí. Lo que haya en mí de noble
sólo puede venir de la pobreza.
Ella con humildad retira el andamiaje
y deja muros rectos, verticales y clásicos.
Ella apartó la tierra con la azada.
La he conocido. Sé qué es.
No voy a confundirla con lo otro,
lo que hay de miserable en la opulencia.

Del libro Amar es dónde