Apuntes, 4

El coronel ya no tiene quien le escriba

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Edward Hopper, “Estafeta de correos”.

A mí me da mucha pena esta noticia que enlazo más abajo. He sido un desmesurado escritor de cartas y, además trabajé un verano de cartero. Eran tiempos de servicio militar obligatorio en España, y aún recuerdo emocionado la espera impaciente de mi paso de chicas que, tras la celosía o las cortinas, me vigilaban por si les dejaba  carta de sus novios, que estaban haciendo “la mili”. Me han dado mucha felicidad, me han quitado mucha soledad. Me carteé con conocidos y con desconocidos. Gracias a una corresponsal a la que nunca conocí en persona, leí Sinuhé el egipcio, porque ella me lo envió en un paquete de regalo…

Las cartas ya no forman parte del presente sino como una sombra del pasado. Pertenecen a un mundo antiguo, más lento y demorado, más enamorado de las palabras… Pero, aun así, la aceleración del tiempo histórico es tan vertiginosa que el email, que fue el sustituto natural de las cartas en papel, es ya, también, una antigualla, una rémora lenta y pesada de otra época, que las nuevas generaciones han dejado a un lado. Vivimos el tiempo del microrrelato y el mensaje telegráfico, del chiste encapsulado, del toque de atención o el emoticono, de la imagen consigna, de la tiranía del anuncio y el eslogan, del desprecio, por fin, de la escritura, entendida como una pesadez innecesaria, un lastre para un tiempo vacío y muerto que solo se llena con los gases inodoros del aburrimiento, con la flatulencia del gran bostezo universal que engulle al mundo contemporáneo …

Dos de cada tres españoles ya no reciben ni envían cartas

Dos de cada tres españoles (el 63,1% de la población) ya no reciben ni envían cartas postales a otros particulares, según la encuesta que realiza la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia (CNMC) para elaborar su panel sobre los hogares, informó Europa Press.

De igual forma, más de la mitad (el 53,9%) de los ciudadanos no visitó nunca una oficina postal en los últimos seis meses, y quien lo hizo fue para recoger envíos y paquetes.

El ‘superregulador’ del mercado considera que estos datos ratifican que los servicios postales se usan cada vez en menor medida, como consecuencia del “efecto sustitutivo” de las comunicaciones electrónicas.

La tendencia a la desaparición de las comunicaciones postales también se aprecia en los envíos administrativos y de empresas de servicios.

Contar el tiempo

El otro día hablaba con una compañera de la dificultad que tienen los alumnos para recordar periodos de la Historia. Los siglos bailan como bailan las eras civilizatorias o los periodos artísticos y literarios. Yo le explicaba que esa dificultad la recordaba en mí mismo hasta los 20 años al menos, que tiene que ver con el desarrollo cognitivo y la capacidad de abstraer y convertir en real el conocimiento fantasma del pasado.carrera-contra-el-tiempo-en-los-relojes

Más allá de los Beatles, le decía, ellos ven, en una curvatura del espacio-tiempo, un cielo estrellado en que años y siglos se pegan y apelmazan unos con otros en una gran pelota o madeja. Todo eso que va más allá de nuestros recuerdos, o de los recuerdos que oímos de nuestros mayores, no tiene medida, ni comienzo, ni fin.

A todos nos pasa, también a los adultos. ¿Cómo “recordar” momentos del pasado en que la gente hablaba, vestía o cantaba de maneras que no forman parte de nuestra experiencia de lo real, que es lo cercano, lo que se puede medir con el metro de una vida?

El conocimiento de la Historia es solo un ejercicio de imaginación, la Historia misma, un centón de relatos de ficción. La paradoja -que hizo nacer esta charla con mi amiga- es que nuestras enseñanzas están basadas en ese malentendido. Desde que vi esto claro soy extremadamente benévolo con los errores de mis alumnos a la hora de contar el tiempo histórico…

Habla y escritura: de lo vivo a lo pintado

La nueva oralidad

Aunque es un tópico contemporáneo considerar que las nuevas tecnologías comunicativas suponen una nueva explosión de la oralidad, se trata de una euforia falaz y engañosa, tanto como los complementarios avisos pesimistas, bastante común cuando se menciona la cultura digital. La euforia o la melancolía (la distinción entre apocalípticos e integrados, de Umberto Eco, sigue siendo útil) se alternan de forma igualmente desatenta porque se mezclan ideas como lengua, escritura, oralidad, informacion o comunicación en un batiburrillo que no ayuda mucho a la comprensión. Carles Freixa, por ejemplo escribía en 2011 en La Vanguardia, bajo el exultante título De Homero a Jobs (pasando por Gutenmberg)1 :

Homero vuelve a estar muy vivo: son los jóvenes hiperconectados quienes se cuentan historias con su móvil, convierten frases en texto con programas de transcripción natural, hibridan en el ciberespacio oralidad, visualidad y escritura, inventan la cultura digital a partir de culturas orales transmitidas por personajes como Ishi2 y los muchachos de la vida3, son quienes crean una nueva cultura oral que ya no es tradicional sino futurista.

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La periodística y superficial hipérbole de Freixas sobre el nuevo Homero digital futurista olvida que Homero fue la punta visible escrita de un iceberg milenario de literatura oral, oriental e indoeuropea, que -siguiendo la metáfora del río de la literatura que debemos al último y meritorio libro de Francisco Rodríguez Adrados- ha ido aflorando en épocas y lenguas diferentes a lo largo del mundo de la literatura escrita. En ese poso verbal común de la Humanidad, por lo que podemos saber -más que saber, adivinar- había historias épicas, cantos a la amistad y a la aventura sexual, seres monstruosos o dioses que se mezclaban con los humanos en una relación difícil que dejó en muchos casos una descendencia común y compartida. Había también homenajes a los muertos y cábalas sobre el origen del mundo… Y todo en torno a fiestas y rituales colectivos, en fructífero hermanamiento con los corros musicales y las danzas…

No sabemos qué nos traerá la nueva cultura oral, correspondiente al carácter de clan o banda que presentan las nuevas relaciones y comunicaciones mediadas tecnológicamente por las redes de Internet y los artefactos digitales conectados a ella continuamente, pero no será Homero ni el inmemorial relato oral del que surge. En este sentido, Josep Lluis Gómez Llopart4 , que acompañaba y hacía de contrapunto a Carles Freixas en aquel tema de debate que planteaba el diario catalán hace casi justamente dos años, mostraba una mayor lucidez y mesura a la hora de insinuar la nueva oralidad -tal como hacía Walter J. Ong en un libro clásico5 – como una oralidad terciaria. En esta visión de las cosas, la oralidad primaria es la comunicación verbal interpersonal, espontánea, directa e interactiva. La oralidad secundaria es la ya mediada por la tecnología telefónica (sin la presencia indirecta de la imagen) y por los Medios de Comunicación de Masas tradicionales (ya con la imagen electromagnética y la fuerte impronta de los estereotipos verbales y no verbales transmitidos como modelos). De la tercera oralidad, la de la era digital contemporánea, que Gómez Llopart veía -otro tópico de nuestro tiempo- como un ecosistema comunicativo, afirmaba:

Con los nuevos dispositivos y las redes sociales digitales asistimos a una multiplicación de oralidades junto con la oralidad presencial, que parece ir reconfigurándose. Pensemos, por ejemplo, en las escrituras y emoticonos de los SMS, de Twitter o WahtsApp; en las conversaciones vía chat; en la construcción de identidades en Tuenti o Facebook, o en la gestualidad aprehendida de los videoclips o de ciertas series audiovisuales.

Para matizar, con bastante tino, que los jóvenes que hacen gala de una nueva espontaneidad y creatividad verbal (pero también de la uniformidad de los estereotipos, que comprobamos en ese aire de familia que tienen hoy los chicos del cualquier rincón del mundo en su gestualización y memes verbales) prefieren, sin embargo, la comunicación oral presencial y directa cuando se trata de hablar de cosas que consideran importantes, en un retorno inevitable a la cuestión de la verdad y la autenticidad que sólo permite dilucidar el testimonio directo de la voz humana y sus infinitas modulaciones, la mirada o el lenguaje corporal en vivo.

Esta vuelta a los orígenes, cuando surge el problema de dirimir entre mentira y verdad en cuestiones de verdadera importancia, nos recuerda que lengua solo hay una: la hablada; la escritura es únicamente un sistema de representación gráfica: trazos o dibujos. Lo que sucede es que, desde su mismo nacimiento se asocia a los diversos sistemas semiológicos, a los que da pie, que conforman eso que llamamos Cultura o Historia. Primero como técnica asombrosamente útil para los poderosos en su lucha contra el olvido -según muestra la cantidad ingente de documentos burocráticos y legislativos legados por las antiguas monarquías e imperios orientales-, y posteriormente, en otro intento igualmente desesperado por contrarrestar la mala memoria, ya patrimonio humano, los pálidos y escasos reflejos escritos de la inmemorial literatura cantada, contada o recitada en interminables melopeas perdidas.

La amalgama entre habla y escritura es ya inextricable y su confusión se palpa en todos los ámbitos, particularmente en el de la enseñanza, en el que me detendré enseguida. En la nueva oralidad, la oralidad terciaria cuya explosión vivimos, interactúan en ese continuum, en el que se mezclan a menudo el ruido y la furia, y que es tan específicamente contemporáneo. Pero no es nada novedoso, pues en la misma Atenas se sabe que en los contratos, verbales en su forma clásica y donde, por tanto, se exigía la presencia de testigos, se leían documentos escritos. Del mismo modo que la lectura de un texto dramático se sustituye tan a menudo por su representación escénica, que es su intención primera. En palabras de Rosalind Thomas6 : «La escritura no es necesariamente el espejo-imagen de la oralidad, a la que sustituye, sino que se relaciona o interactúa con la comunicación oral de muchas maneras. Muchas veces la línea entre lo escrito y lo oral, incluso en una sola actividad, en realidad no puede percibirse muy claramente.» Es totalmente cierto en lo que se refiere al nacimiento de esta tercera oralidad de la que hablamos.

L & L

Del mismo modo que el prestigio del español en el siglo XVI hizo que algunos sabios de la época afirmaran que nuestra lengua era más antigua que el latín, el relumbrón de la lengua escrita, objeto casi único de la enseñanza desde hace siglos, convenció a Jean Itard7 , el maestro ilustrado que asumió la misión (quod demonstrandum erat) de reintegrar al niño salvaje de los bosques de L’Aveyron a la sociedad civilizada, de devolverle la facultad de hablar, pero invirtiendo el orden natural: primero hablar, mucho después, escribir. Su gran despiste -el prestigio de la escritura, de nuevo- fue pretender enseñar a Victor en primer lugar el alfabeto y, después, a componer palabras escritas con él. Una de ellas, «lait», se la obligaba a pronunciar para pedir el vaso de leche que tanto le gustaba, en un ejercicio que hoy llamaríamos conductista. No obtuvo resultado alguno con el condicionamiento. Tan sólo una vez el niño dijo lé, pero fue tras haber obtenido la leche mediante el llanto y el pataleo. Fue Victor quien condicionó a su maestro, premiándolo con aquella palabra que tanto parecía interesarle. Esto convenció a Itard de su error: el habla surge de la misma zona no consciente en donde nace el deseo.

Magister docet pueros grammaticam, se leía como ejemplo de doble acusativo en mi viejo manual de Latín del, viejo también, bachillerato que sufrí y disfruté. El maestro enseña gramática a los niños ¿pues qué otra cosa se puede enseñar bajo esa invocación al conocimiento, esa rúbrica de dimensiones monstruosas y límites indeterminados, que responde al nombre de Lengua Castellana y Literatura? No hay más lengua que la que se habla, y esa, la lengua materna, se aprende en seis meses al año y medio de edad. Lo que sucede después, con la socialización del niño, es una puesta a punto, que mediante ensayo y error -y eso en las capas más superficiales de una lengua, que son las del léxico y la norma- constituye muy pronto un sistema comunicativo refinado y útil según su propia lex artis. No se enseña, pues, lengua castellana: y si es así ¿qué cosas se enseñan con el pretencioso nombre de tal asignatua?

Norma ortográfica, norma gramatical; rudimentos de pseudo teoría lingüística: fonética y fonología -poco o nada ya-, gramática -poca, descriptiva, en la vieja tradición estructural y funcionalista (¡años 70!) y léxico, mucho léxico abstracto (¡tecnicismos, no los nombres de los árboles y frutas, de los artefactos y trabajos humanos!) ¿Y qué más? Un canon histórico -tópico, apresurado- de obras y autores de la literatura escrita en esta lengua desde sus orígenes («¡lo de los autores» -dicen los alumnos para orientarse sobre qué puede caer en un examen; «lo de las frases», también!) La argamasa de la confusión es muy espesa.

En los orígenes de tal confusión está, no sólo el prestigio de la escritura y los sistemas semiológicos derivados: la cultura, sino que se da por supuesto que una lengua pertenece a los hablantes de un país, que es el patrimonio colectivo de una nación: esa antigua y dañina idea de los idealistas alemanes (Herder y compañía) de que los pueblos tienen un alma cuya forma más sensitiva y noble es su lengua y su literatura (¡suyas! Incluso en su lengua madre, presentida como un destino, antes de haber nada como España ni «lengua española»; así leemos en el disparate sentimental de Unamuno, que adivinaba el español en el latín de Séneca: «ya Séneca la preludió aún no nacida / y en su austero latín ella se encierra»); el genio de la raza…: esas rancias ideas. Se sigue dando por supuesto que la literatura hay que aprenderla en su historia, cuando eso es sólo así desde el Romanticismo decimonónico: una idea nacionalista -competitiva, ya se sabe: una nación forja su identidad frente a la de otras, como el hijo frente al padre…-; sus huellas están en la memoria de todos: el «realismo de nuestra épica», el tópico de Menéndez Pidal, frente a los relatos fantasiosos de los franceses; la impronta de nuestra Celestina en el Romeo y Julieta, faltaba más; nuestras exportaciones más rentables: el Quijote, don Juan…; hoy, también, las rentas económicas de las industrias de la lengua.

Esta perversa tradición contemporánea es como los gases: ocupa todo el espacio disponible en el aula. Los desesperados intentos actuales -que, con la expresión «competencia lingüística» pretende imponer y extender la neolengua pedagógica- por recuperar las actividades orales y escritas elementales de escuchar, hablar, leer y escribir -la misma confusión siempre entre habla y escritura- pero como una capa superpuesta a la decimonónica construcción histórica nacionalista, delatan su ineficacia e insinceridad, su naturaleza de barniz: ¿es imaginable la práctica de ejercicios retóricos o de diálogo en una tradición práctica que premia a los alumnos y cursos silenciosos y sumisos?, ¿puede imaginar el lector una mejora del discurso hablado en silencio; o su contrario: en un aula poblada de pared a pared por más de 30 alumnos que hablan simultáneamente, se gritan, vociferan…? Y aun sucediendo eso con éxito, un rato, ¿cómo se pasa, sin transición, al siguiente rato en que toca repasar las reglas de la tilde, y a otra hora una explicación de los géneros periodísticos del pasado, que ya no existen en unos periódicos, que casi tampoco, que desaparecen, a unos jovenes que nunca han leído ninguno? Podrá imaginar el lector, sin demasiado esfuerzo, la inutilidad e intrascendencia de semejantes cabalgadas pedagógicas.

Cuando se trabajan en las clases de bachillerato, en fin, los distintos registros del habla y se intenta diferenciar el habla culta de la vulgar, los alumnos dicen muy a menudo que el hablante vulgar comete «faltas de ortografía» (también que es basto, no fino como sí lo es el culto) mezclando la valoración y el prestigio social a las apreciaciones lingüísticas) al hablar. Pero no sólo ellos -su confusión es justificable, pues hijos nuestros son-, sino que el mismo desliz se encuentra en el manual de L & L de segundo vigente en el instituto en que trabajo, que les sirve de guía, donde se lee, literalmente, que un hablante culto debe saber expresarse sin faltas ortográficas…

En el principio era la pintura

Se me ocurre corregir un viejo texto muy difundido hace unos años en Internet, como manifiesto de una campaña encaminada a mejorar la redacción escrita en la Red, que llevaba como título Eres lo que escribes8 (el meme tiene, como bien sabe el lector, variantes gastronómicas como «eres lo que comes», y otras más) por *eres lo que hablas, pues eso me da pie a intentar arrojar algo de luz y poner un poco de orden, con la ayuda de las etimologías, de las raíces o palabras primeras con que los pueblos indoeuropeos quisieron nombrar los actos protagonistas (escuhar y hablar, leer y escribir), en ese salto mortal que dio la humanidad entre el habla y el canto o melopea hacia el abismo de los trazos escritos (la escritura, los números y la danza) y su selva oscura…

Hace 500.000 años que hablamos y sólo 6.000 que escribimos. Es decir, que desde los sumerios, por ejemplo, no ha pasado prácticamente nada: la Historia es mínima comparada con la profundidad lingüística. Nos explicaba Émile Benveniste9, el gran comparatista francés, uno de los lingüistas más inteligentes y sabios de los que se nos ha dado conocer:

Hay un orden impuesto por la experiencia y la pedagogía: primero leer, después escribir. Pero no es este el orden de la invención. Es escribir el acto fundador. Se constata en seguida una línea de separación entre dos mundos de lengua y civilización: de Norte a Sur (Mesopotamia, Egipto) y de Este a Oeste. Al Este, en la realidad de las designaciones lingüísticas (y también en otras manifestaciones) encontramos civilizaciones de lo escrito, craracterizadas por la primacía intelectual y social de la cosa escrita. La escritura ha sido el principio organizador de lo social: es la sociedad del escriba. Al Oeste, en el mundo indoeuropeo, fue al contrario. El mundo allí se forjó sin escritura, e incluso en el desprecio de la escritura.10

La escritura no sólo ha sido el principal organizador de lo social, como bien decía el admirado maestro, sino que es el hecho primordial que permitió concebir la lengua y su estudio, debido al salto cualitativo que supuso, a la transferencia del sentido del oído al de la vista, del reino del tiempo al del espacio.

Oriente es diferente en esto al mundo indoeuropeo. En Egipto y en Sumeria hay estatuas, monumentos que nos dan testimonio de la importancia que tenía el escriba. La escritura es un don divino. En las mitologías indoeuropeas no hay nada parecido. Sin embargo, en pleno periodo de desarrollo y prestigio de la literatura ya escrita en Grecia, en el s. V a.C, Esquilo, en su Prometeo encadenado, atribuye a Prometeo, como la última y mayor de sus invenciones, la de la escritura: «combinación de letras» (grammaton synthesis) En ninguna otra parte se encuentra nada parecido. Al contrario, lo importante para los pueblos indoeuropeos es el fuego, los números, los nombres de los astros… Nos cuenta Bénveniste, en su rastreo etimológico del acto de escribir, en tanto acto u operación física, material:

En el mundo sumerio tenemos un término mayor, dup, tabililla, lo escrito; dup-sar, escriba.\ En acadio, tuppu, con todo lo que concierne a la escritura: el material, la posición social del escriba, las bibliotecas… Todo esto es una herencia sumeria.

En el viejo persa, y sólo en el viejo persa (civilización aqueménida, sometido durante mucho tiempo a la civilización acadia), el término utilizado es dipi, inscripción. Proliferaron derivados y compuestos: el que escribe, los archivos.

Al Oeste, no hay un término único para el acto de escribir; cada lengua inventa el suyo. En Homero no se encuentra grapho con el sentido de escribir, no hay término para la escritura.

Sabemos que no hay una escritura silábica, a mediados del segundo milenio, en parte de Grecia. Los lineales A y B creto-micénicos habían desaparecido de la memoria misma de sus contemporáneos. Hay que esperar a la invención de la escritura por los fenicios: grapho, en Homero, tiene el sentido de rascar, arañar, cortar la carne; posteriormente, romper la piedra para inscribir trazos en ella.

Una parte del mundo helénico conocía la escritura, pero los aqueos y troyanos no sabían leer ni escribir. En latín mismo, scribo significa rascar, arañar. En alemán reciente, schreiben, pero en gótico, meljan (ver el alemán mahlen, pintar): ennegrecer, ensuciar; griego melas: ensuciar el color.

Se trata, pues, de trazos pintados, no de grabados. Del mismo modo, los elementos de la escritura, las letras, se ponen en cuestión. Hay metonimias mediante las que el soporte material remite al acto y concepto de escribir; escribir es pintar:

En griego, gramma deriva de grapho, pero littera es de origen aún desconocido. El término concurrente de gramma es biblos, y para cualquier documento escrito, biblion. Biblos es el nombre de la materia, el papiro y Bublos es el nombre de una ciudad fenicia gran centro exportador de papiro. Pero ninguno de estos términos nos lleva al acto de escribir. El gótico boka (alemán buch) son nombres del haya. Parecido es el caso del latín fagus, griego phagos, nombres del haya o el roble, según la zona. Su significación primera es una tablilla de corteza.

Bénveniste comparte con nosotros la misma perplejidad:

Lo que hay de terrible en la escritura es que remite al dibujo, a la pintura. Todo lo que resulta del dibujo se presenta ante nosotros como seres vivos; pero, si los interrogamos, guardan un silencio majestuoso. Hay incluso palabras escritas (logoi) que no pueden hacer nada en su paso de un estado (el habla viva) a otro (el dibujo). Se conforman con «significar», pero han salido del mundo de las relaciones vivas.

Es la escritura, decíamos, la que permite el nacimiento de la idea «lengua» y las distintas maneras de nombrarla, pero Bénveniste nos enseñaba que, al mismo tiempo, es responsable de las homologías -para nosotros tan naturales- entre escuchar / hablar y leer / escribir; pero con sorpresas. La operación de leer es complementaria, en su origen, a la de escuchar, no a la de escribir, y la lectura aparece siempre, en sus primeras huellas, como un acto realizado en voz alta; o emparentada con una familia léxica cuyo significado común es el de recoger cosas dispersas, letras esparcidas, con los ojos. Los ojos desplazan al oído: la lectura nos vuelve sordos. En las palabras de sabia lección del filólogo francés:

En acadio, amaru es ver, observar y también leer (que admite como régimen el nombre de la tablilla); sesu es llamar a alguien por su nombre, gritar, y también leer. En chino, también dos términos: tou, para leer con los ojos, y nien, para leer en voz alta. En griego, no hay verbo específico para el acto de leer; ana-gignosko no significa más que reconocer (reconocer los signos gráficos como significantes dentro del sistema). De forma simétrica, «leer» y «escribir» no existen como tales. Después de Homero, «leer» significa hacerlo en voz alta en las asambleas judiciales y políticas. «Leer» es complementario de «escuchar>>.

Las cosas son distintas, sin embargo, en lo que se refiere al latín legere. No hay base común a todos estos términos: se produce un reajuste en el léxico de todas las lenguas. Legere significa primariamente recoger cosas dispersas, como en ossa legere. «Leer» significa, pues, recoger signos escritos con la ayuda de los ojos. En gótico, en la traducción de los Evangelios, anagignosko o legere resulta de maneras diferentes:

En relación al canto o recitado: saggws boko, *cantar el evangelio; siggwan, cantar, como el alemán singen. En relación a los ojos que recorren algo, un trazo dibujado: annakunan, transposición de anagignosko. El alemán lessen, no tiene nada que ver, significa reunir.

En eslavo, citati, leer como contar, calcular.

En viejo persa, pati-prs, interrogar, cuestionar el texto escrito («el texto es mudo», se lee en el Filebo).

El inglés to read está aislado: remite a explicar, aclarar, interpretar.

La lección de los orígenes: otra manera de «leer», sea por la enunciación pública, sea por el lenguaje interior, algo parecido a lo que Steven Pinker, tiempo después, llamará el mentalés, esa suerte de dialecto o idiolecto propio de nuestra geografía interna, que nos ayuda, también, a escribir, como al dictado; leer, reunir e interpretar signos escritos como quien recoge huesos, ossa legere para, después de reunidos, re-montarlos y descodificarlos. Leer, una operación forense.

En el mismo crisol donde se fraguan los sueños

Desde hace 500.000 años hablamos, sólo desde hace 6.000 escribimos: un suspiro en términos históricos. La adquisición y uso de una lengua forma parte de la dotación genética de los humanos, como siempre sostuvo Chomsky en su polémica con Steven Pinker, y es gracias a esa predisposición heredada, a que venimos al mundo con esa especie de gramática universal (a cuya búsqueda y formulación ha dedicado el genial lingüista norteamericano toda su vida, en el minimalismo sintáctico a que ha dedicado sus últimos años) que un recién nacido trae, junto al pan, puede, de hecho, aprender cualquier lengua humana, en ese periodo inverosímil de seis meses, desde el año y medio aproximadamente, a condición, claro está, de que a su alrededor haya gente que la hable. Esa gramática universal es lo que hace, como explicaba Agustín García Calvo, que el niño quiera hablar una lengua perfecta, sin excepciones ni pedanterías: esas que les inculcan sus mayores.

Nuestro sabio filólogo, filósofo y poeta relacionaba siempre las teorías de Freud sobre el subconsciente y la represión con el habla humana. Particularmente en una de sus charlas, recogida más tarde, junta a otras, en forma de libro 11, nos enseñaba que hay tres momentos en la vida humana en que nos la vemos con una lengua: uno primero, en torno al año y medio de vida, en que de forma consciente encajamos nuestra gramática universal con la lengua que oímos a nuestro alrededor y la ponemos a punto. Después, reprimimos y olvidamos en esa región misteriosa del subconsciente, junto a los deseos insatisfechos y culpas, esas reglas y depósitos o redes léxicas aprendidas para que, como los movimientos de un baile, o del mismo andar, puedan ponerse en práctica de forma automática y fluida. Y es así como el niño, una vez que aprende a hablar, lo hace sin parar ni equivocarse.

Luego hay un tercer momento problemático, el de la escuela con su escritura en que el niño es obligado a recuperar en lo que puede esa gramática interiorizada en la región del olvido para hacerla de nuevo consciente y completarle con reglas y normas. Aquí se produce el conflicto que explica los atranques, titubeos y monotonías que caracterizan el habla culta de nuestro tiempo: que lo que necesita estar olvidado para que fluya intentamos manejarlo con la conciencia. Eso, ya lo sabemos, sale siempre mal: intente el lector, si no, andar o bailar calculando a la vez los movimientos de las piernas, o provocar el deseo sexual conscientemente o sonreír y llorar como un acto voluntario.

Con la escritura, no lo olvidemos, transferimos el sentido del oído al de la vista, nos trasladamos del reino del tiempo al del espacio: pero la distancia de ese salto es infinita, infranqueable si no es a cuenta de violentar la naturaleza de la lengua. En palabras de García Calvo: «La separación entre escritura y lenguaje es radical, pero eso no se contradice con sus profundas relaciones. Habíamos dicho que la escritura es la primera toma de consciencia de lenguaje y aún podemos agregar que hay en el aparato de la lengua una parte que ya casi no es lengua, gramática, sino que ya es prácticamente cultura. Es la parte que en el esquema queda abierta y que corresponde al vocabulario; allí llega la conciencia de cualquiera, aunque no sea gramático. La gente, cuando la obligan a hablar del lenguaje, ¿de qué se acuerda?: del vocabulario; quizá también del tono regional o del tono de la clase social; pero a tener conciencia de la sintaxis, de que los fonemas son veintitrés y tienen sus reglas, o de que hay una colección de cuantificadores, demostrativos, eso que es lo fundamental de la lengua, la gente no suele llegar».

Ese quebranto que provocan los sistemas semiológicos que conocemos como «cultura», esa violencia que ejercemos sobre lo que debería ser natural y espontáneo («hablar sin faltas de ortografía», «hablar fino»…) es lo que explica la fatigosa dificultad para contar historias, para explicar cualquier cosa y dar cuenta de la más mínima razón; es esa presión del consciente social la que llena nuestro discurso de anacolutos, retrocesos, redundancias y jadeos: recoger signos esparcidos en la hoja papel o en la pantalla, recomponer trabajosamente este pálido reflejo de la lengua perdida.

El narrador perdido

Como decía Christian Salmon, estamos en un mundo sin historias. Los Medios hablan de hechos que suceden en cualquier lugar del planeta mediante irrelevantes relatos informativos, más o menos bien hilvanados, pero llenos de explicaciones no pedidas, a pesar de que, como nos enseñó Walter Benjamin (en un ensayo memorable12 sobre el que volveré más veces), la mejor historia es aquella que no se enturbia con explicaciones. La desaparición del relato oral es vieja y paulatina, pero general, sólo que ha sucedido a un ritmo más rápido en las ciudades y más lentamente en el medio rural; pero es un proceso sin retorno. La nueva oralidad terciaria, la tecnológica, genera su propia narrativa, pero en códigos híbridos (habla / escritura / imagen / criptograma) en los que la parte verbal queda reducida al microrrelato o al chiste. Sobre la reducción imposible de la narración oral al microrrelato hablaremos enseguida; pero una idea debe quedar clara desde ahora: forma parte de una tendencia universal hacia el resumen y la fragmentación: la empresa con problemas se fragmenta y se venden los trozos; se rompen las relaciones y se inician otras que, a veces se superponen en el tiempo. Se envían millones de micromensajes cercanos al bit de contenido como «voy a comer», al que sigue otro que dice «he comido». Se comparten estas mínimas verbalizaciones sobre actos mínimos a falta de otra cosa. En el tiempo roto y cansado que es el nuestro, el de los minijobs, no hay tiempo para contar historias ni para escucharlas. «El aburrimiento es ese ave que incuba el huevo de nuestra experiencia», nos dice el pensador alemán.

Benjamin lo había diagnosticado ya con claridad en 1936: «Es cada vez más raro encontrar a personas que sean capaces de contar algo bien. Es cada vez más frecuente que la propuesta de contar historias cause embarazo entre los presentes. Es como si nos huberan arrancado la facultad que nos parecía inalienable, casi lo más seguro: la facultad concreta de intercambiar experiencias». Benjamin dejaba caer al final, con la sencillez aparente de sus descubrimientos, la desaparición pareja a la de las historias: la muerte de las experiencias que contar. El tiempo plano, previsible y vacío se llena en la era del capital con actos igualmente planificados y hueros, sin verbalización posible. De ahí el hambre de experiencias (y de historias) del hombre contemporáneo; lo común de su deseo e invocación frecuentes en frases comunes como estas: «es que tienes muy poca experiencia de la vida, ya verás cuando hayas vivido más…»; «necesito salir de mi pueblo para conocer gente y tener experiencias»; «voy a hacer un viaje a ver si tengo experiencias nuevas…»; «¿qué me cuentas?», «Poquitas cosas, mi vida es siempre tan igual…».

Paul Valéry también relacionó las narraciones orales con las ideas del tiempo lento, la estratificación y la perfección propias del artesanado, el sentido de la paciencia: fue su principal aportación a la historia humana. «El hombre imitó hace tiempo esta paciencia. Miniaturas; marfiles profundamente tallados; piedras perfectamente pulimentadas y limpiamente grabadas; lacas y pinturas obtendias mediante la superposición de una serie de capas finas y traslúcidas… Todas estas producciones de un esfuerzo tenaz y virtuoso están desapareciendo, y hoy ya ha pasado el tiempo en que el tiempo no contaba. El hombre hoy no cultiva aquello que nunca se deja abreviar»13 .

Ha pasado el tiempo en que el tiempo no contaba, en efecto; pero no su nostalgia. Aunque el más antiguo indicio de este proceso es el surgimiento de la novela, en los comienzos de la Edad Moderna, que ya nace directamente escrita y con historias que quieren dignficar la vida cotidiana como materia narrativa, en la resignación ante la desaparición irremediable de la épica y los héroes, sigue siendo cierto que los grandes referentes de la novela son las narraciones orales. Y eso es verdad tanto para Guerra y Paz de Tolstoi,como para Libertad de Jonathan Frazen.

Parece que el capitán Alonso de Contreras, ya anciano y sin blanca, pasó ocho meses a mesa y mantel en la casa de Lope de Vega, ya también entrado en años. Ortega y Gasset fantaseaba, en el estudio que dedicó a la autobiografía inverosímil de este soldado y aventurero español del XVII, con cuántas historias no le contaría el viejo miles gloriosus al escritor más enamorado de ellas de nuestra literatura, a solas los dos en la casa madrileña: «una vez la olla sobre lo blanco, fronteros en los sillones, tira de la lengua al bronco soldado, ya un poco triste y declinante, entreverada de hebras canas la indócil pelambre, que no se hace rogar para irle contando mil lances de amor y fortuna, en un crudo vocabulario de tasca, timba y lupanar». Parece que debemos a Lope este libro de historias increíbles donde las palabras, mariposas mágicas de todo el Mediterráneo -castellano, italiano, francés, catalán, árabe y lenguas francas se mezclan en este libro imposible-, levantan el vuelo en rebeldía, pidiendo ser pronunciadas y leídas o gritadas en voz alta. Es la rebelión contra la mudez y el silencio, la nostalgia del habla que encontramos aquí y allí en el hondón del caudaloso y milenario río de la literatura.

La mariposa que levanta el vuelo: la incurable nostalgia de sonidos de la literatura

Un príncipe africano, recientemente alfabetizado, lloraba una vez ante la página de un libro que leía en voz alta. Cuando le preguntaron la razón de ese llanto, respondió que era por la tristeza que le provocaban las palabras impresas en el libro, como mariposas muertas. Y que, por ello, sentía la necesidad de leerlas de viva voz para devolverlas a la vida y al vuelo del aire y de los sonidos.

La literatura sufre de esa misma incurable nostalgia melancólica: muchísimos textos lo muestran. Marcel Proust, por ejemplo, dedicó una parte considerable de su En busca del tiempo perdido a rescatar de su memoria las huellas sinestésicas que los nombres de las ciudades habían dejado en el poso de sus recuerdos, como en las inolvidables páginas en que recrea el proyecto de su viaje a Venecia o en esta evocación de los nombres de las estaciones que precedían a la playa de Balbec:

El trenecito se detenía constantemente en alguna de las estaciones que precedían a Balbec-playa y cuyos nombres mismos (Incarville, Marcouville, Douville, Pont-á-Couleuvre, Arambouville, Saint-Mars-le Vieux. Hermonville, Maineville) me parecían extraños, mientras que leídos en un libro habrían tenido cierta relación con los nombres de ciertas localidades vecinas de Combray. Pero para los oídos de un músico dos motivos, materialmente compuestos de las mismas notas, si difieren en el color de la armonía y la orquestación, pueden no presentar ninguna semejanza. De igual forma, nada me hacía pensar menos que aquellos tristes nombres hechos de arena, espacio demasiado aireado y vacío y sal, por encima de los cuales la palabra ville se escapaba como vuelo en al vuelo en aquellos otros nombres de Roussainville o Martinville que -por habérselos oído pronunciar tan a menudo por mi tía-abuela en la mesa, en la sala– habían adquirido cierto encanto melancólico, en el que tal vez se hubieran mezclado extractos de sabor a mermelada, del olor a fuego de leña y del papel de un libro de Bergotte, del color de la arenisca de la casa de enfrente y que aún hoy, cuando remontan como una burbuja gaseosa del fondo de mi memoria, conservan su virtud específica a través de las capas superpuestas de medios diferentes que han debido franquear antes de alcanzar la superficie.14

En la Marcha Radetzky, Joseph Roth, recreaba el habla nasal del Jefe de Distrito en esta minuciosa, casi angustiosa descripción de los tonos y sonidos de su voz, con la ayuda de evocaciones musicales (campanas, instrumentos de viento) y la contemplación pasmada del rostro del personaje en el inaudito esfuerzo articulatorio:

Hablaba el alemán nasal de los altos funcionarios y de la nobleza austriaca. Su acento recordaba en algo guitarras lejanas en la noche, las últimas suaves vibraciones de las campanas que cesan de tañer; era una lengua dulce y precisa, tierna y malévola a la vez. Hacía juego con la cara delgada y huesuda del barón, con su nariz estrecha y arqueada, donde parecían hallarse aquellas consonantes sonoras, un poco nostálgicas. Cuando el jefe de distrito hablaba, su nariz y su boca, más que partes de la cara, parecían ser instrumentos de viento. Nada se movía en su rostro a excepción de los labios.15

Nabokov, en el conocido y explosivo arranque de Lolita, describe el viaje de la lengua desde el paladar a los dientes en una sinestesia que nos lleva del nombre -que acaba como un chasquido de la lengua- a la evocación del beso y el deseo arrebujados en la más primaria evocación de la palabra: su nacimiento y despliegue desde el hondón del diafragma al amoroso despiece sonoro de las sílabas:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.16

Y es así que en todas estas citas, y en tantas más que podríamos traer aquí, se pueden rastrear las huellas escritas de ese momento mágico en que las palabras, las imágenes y los sonidos se aúnan para provocar un solo y secreto escalofrío…


Esta entrada se publicó primero en fronteraD, el 16 de enero de 2014, con el título Habla y escritura: de lo vivo a lo pintado



  1. Freixa, Carles, [De Homero a Jobs (pasando por Gutenberg)] (http://www.lavanguardia.com/opinion/temas-de-debate/20111106/54237853942/la-explosion-de-la-cultura-oral.html?page=2), La Vanguardia (edición digital) ,19 de noviembre 2013 
  2. «En 1916 un indio moría de tuberculosis en el hospital de la Escuela de Medicina de la Universidad de California, en San Francisco. Le llamaban Ishi (nombre que en su lengua significa hombre)y lo habían encontrado en 1911, muerto de hambre, frío y agotamiento. No hablaba ni una palabra de inglés ni de castellano, ni ninguna de las lenguas indígenas conocidas. Tras pasar unos días en la cárcel (oficialmente para protegerle de los blancos), el Departamento de Asuntos Indios aceptó que el Museo de Antropología se hiciera cargo de él: sus últimos años los pasó en el museo, como una pieza viva extraordinariamente valiosa. Antes de morir tuvo ocasión de transmitir su vigorosa cultura oral, que T. Kroeber convirtió en la que llegaría a ser la biografía más popular de los indios americanos: Ishi in two worlds». 
  3. «En 1955 P. P. Pasolini publicaba Ragazzi di vita,una crónica de la vida de los muchachos subproletarios. Adaptando elementos de la novela picaresca y del cine neorrealista, logra crear un documento vivido tanto más perturbador por presentarse en forma narrativa: personajes, ambientes, usos, costumbres, lenguaje, reviven con la fuerza de lo real. Son precisamente los adolescentes, crecidos en este nuevo ambiente y que desconocen los pueblos de origen de sus padres, los que en su convivencia cotidiana crean colectivamente las formas culturales que reflejan los inicios de la cultura de masas. Las subculturas juveniles de los sesenta narrarán el paso de la cultura escrita a la cultura visual.» 
  4. Gómez Mompart, Josep Lluís , La oralidad en la era digital , La Vanguardia (edición digital), 19 de noviembre 2013 
  5. J. Ong, Walter, Orality and Literacy, London, Taylor & Francis e-Library, 2005. 
  6. Thomas, Rosalind, Literacy and Orality in Ancient Greece, Cambridge Univ. Press, 1992 
  7. Itard, Jean, Victor de l’Aveyron, Madrid, Alianza Editorial, 1995. 
  8. Como curiosidad, la búsqueda de este lema en el buscador Google arroja 625.000 resultados
  9. Benveniste, Émile, Dernières leçons. Collège de France, 1968 et 1969, Paris, Ed. Seuil / Gallimard, 2012. 
  10. Para esta cita y las que siguen: op..cit., 17 de marzo, 1969, Leçon 14: «Lécriture en tant quopération et dans ses dénominations», pp. 121-137. La traducción al español es mía. 
  11. García Calvo, Agustín, Acerca de la escritura (conferencia incluida en el libro de Mónica Gorenberg, de título homónimo, editado en las Librerías Universitarias de Zaragoza, en 1991) 
  12. Benjamin, W., O.C., Libro II, Vol. 2, El Narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolas Leskov (pp. 41-68)\ (Publicado originalmente en Orient und Occident, nº 3, 1936) 
  13. Cita de Benjamin, op. cit. 
  14. Proust, M., En busca del tiempo perdido II, A la sombra de las muchachas en flor, Barcelona, Ed. Círculo de Lectores, 2009 
  15. Roth, J., La marcha Radetzky, Barcelona, Ed. EDHASA, 2011 
  16. Nabokov, V., Lolita, Barcelona, Ed. Anagrama, 1995 

El relato oral como fuente primaria de la Historia

Empecé a interesarme por el relato oral como fuente primaria de la Historia, paradójicamente, a partir de la lectura de tres grandes novelas: La Cartuja de Parma, de Sthendal, en primer lugar; Guerra y Paz, de Tolstoi, después, y Vida y Destino, de Vassili Grossman, la última. Las tres están habitadas por personajes que se ven envueltos en batallas en las que deambulan sin rumbo con la única intención clara de escapar de la muerte. Los límites entre frente y retaguardia, soldados de un color o de otro, territorio amigo o enemigo se pierden entre los vapores malignos de la pólvora de los cañonazos y en la niebla angustiosa de la sangre, del miedo y de las banderas rotas que lo impregnan todo. Más tarde, cumplido el deber fundamental de salvar la vida, leen y oyen, de bocas de oficiales o en papel de prensa, las glosas y valoraciones del episodio bélico del que acaban de escapar y «descubren», entonces, que habían participado sin saberlo en un hecho histórico excepcional y que eso les otorgaba la ambigua condición de héroes.

Belleza y dolor de la batalla
Belleza y dolor de la batalla

La contradicción entre los dos relatos: el directo y presencial del héroe a la fuerza, frente al postergado y ficticio de la Historia oficial, lo volví a encontrar en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. En ese impresionante fresco de la España decimonónica, la historia se hace presente sin previo aviso en la vida cotidiana de los protaganistas, abriendo de golpe las puertas y ventanas de sus casas y su afán diario, como un vendaval cargado de violencia y muerte tras el que ya nunca llegará la calma sino, en todo caso, el incompleto consuelo del encaje de sentido entre las pérdidas y sufrimientos que sobreviven en sus recuerdos personales y la justificación moral pretendida por la narración ficticia de la Historia.

La Historia siempre fue un relato marco que, intencionadamente, da coherencia a una multitud de historias y testimonios individuales que, por separado, no la tienen. Eso fue así hasta Herodoto, que quiso ensanchar el horizonte de la ecumene griega con la construcción de un «gran relato», como lo llamaríamos hoy. Acuciado ya por el afán del testimonio como fuente de verdad (presintiendo, pues, la necesidad de dignificar la Historia como ciencia), se desplazaba a los lugares de su interés y preguntaba a los testigos de los hechos cuyo verosimilitud perseguía. En Tucídides, padre de la manera de hacer Historia vigente durante siglos en Occidente, sin embargo, los relatos individuales son sustituidos por los discursos retóricos de los protagonistas y los episodios de su Guerra del Peloponeso entreveran ya, de forma irremediable, historias con explicaciones. Este largo proceso en que el relato oral como fuente primaria de la Historia es sustituido por las fuentes escritas y arqueológicas interpretadas tuvo su consumación en el protagonismo que en ella tomaron la economía y las ciencias sociales, auspiciadas por la historiografía de tradición marxista.

Conjeturas, figuraciones, esperanzas, temores…

Guerra y Paz
Guerra y Paz

Peter Englund, en su magnífico libro sobre la Gran Guerra La belleza y el dolor de la batalla 1, (un fresco histórico elaborado a partir de los testimonios personales de 20 personas de distinta nacionalidad, edad, sexo y condición que participaron en ella) refleja muy bien el desconcierto y confusión informativa con que los protagonistas viven la guerra que todavía no es Historia. Cito un fragmento en el que el lector puede comprobarlo. En él encontrará la glosa iluminadora de Englund y el testimonio de una niña de 12 años, Elfreide Kuhr, que asiste en Schneidemhül, un pueblo de la Pomerania, al desfile del Regimiento 149 de la infantería alemana, el 14 de agosto de 1914. Comenta Peter Englund, el historiador atento al relato individual, primero:

De los habitantes de Schneidemhül puede decirse más o menos lo mismo que de los políticos y generales que, a tientas, vacilantes y dando traspiés, han conducido Europa a la guerra. La información existe, pero es casi siempre insuficiente u obsoleta, haciendo que para compensar la escasez de datos haya que recurrir a conjeturas, figuraciones, esperanzas, temores, ideas fijas, supuestas conspiraciones, sueños, pesadillas, rumores. Aquí en Schneidemhül, al igual que en decenas de millares de ciudades y aldeas de todo el continente, estos días se construye una imagen del mundo hecha de una materia efímera y fraudulenta: las habladurías. Elfriede Khur tiene doce años. Es una niña inteligente e inquieta de trenjas rojizas y ojos azules. Ha oído decir que unos aeroplanes franceses han bombardeado Núremberg, que un puente ferroviario ha sido atacado en Eichenried, que tropas rusas avanzan hacia Johannesburgo, que agentes rusos han intentado asesinar al príncipe heredero en Berlín, que un espía ruso ha intentado hacer volar la fábrica de aeroplanos de las afueras de la ciudad, que un agente ruso ha intentado propagar el cólera a través de las aguas municipales y que un agente francés ha intentado volar los puentes sobre el Kudrow.

Por su parte, la niña pomeriana, que ha escalado la alta verja de hierro forjado que separa el edificio de la estación de la plaza abarrotada de gente para ver mejor el desfile del regimiento, anota en su diario:

Llegó finalmente el 149º, marchando hombro con hombro, e inundó los andenes como una marea gris. Todos los soldados llevaban largas guirnaldas de flores colgando del cuello o atadas al pecho. De la boca de sus rifles salían ásteres, alhelíes y rosas, como si pensaran disparar con flores al enemigo. Los rostros de los soldados eran graves. Yo me había imaginado que reirían y gritarían de alegría

Qué bien se ve en esta escena, gracias al perspectivismo narrativo del historiador, el contraste, la anomalía de la mirada individual entrando en contradicción con la propaganda del relato oficial: «los rostros de los soldados eran graves»…

La mala memoria española

Milicianos
Milicianos

En España, sin embargo, la memoria de la II República y de la Guerra Civil, y la custodia y reproducción de los recuerdos y relatos personales de sus víctimas, ha sido y es una memoria culpable y reprimida, contada en voz baja, en el exilio, en el juzgado de Garzón en Madrid, en 2008, o la sala donde ejerce la jueza de Buenos Aires María Servini de Cubria, en la actualidad. Los testigos, diezmados y ya ancianos, luchan por preservar sus recuerdos del olvido político intencionado, que forma parte de la versión políticamente correcta de la Restauración monárquica tras la muerte de Franco. En ese pacto entre caballeros se acordó fomentar la amnesia culpable del periodo republicano, la falsa equidistancia en la explosión y desarrollo de la Guerra Civil y la visión edulcorada de la Dictadura. A cambio, el pueblo español -que no recuperó su soberanía, como producto del pacto entre las potencias vencedoras de la Guerra Fría- se decidió, como única solución posible, una monarquía parlamentaria -cuya cabeza visible fue designada por Franco- refrendada en una nueva constitución que redactaron políticos cooptados por las potencias que custodiaron la transición del régimen, cuya crisis y derrumbe estamos viviendo ahora.

El origen ideológico de esa intencionalidad que privilegiaba el olvido colectivo del reciente pasado español, lo podemos leer, claramente formulado, en un artículo epónimo que publicó Javier Pradera el 12 de abril de 1990, en el diario El País -intelectual orgánico que contó con él como uno de sus muñidores intelectuales-, con el sintomático título de «Vísperas republicanas». Afirmaba Pradera entonces, ufano del éxito de la Transición española y propugnando la memoria de la República como una memoria negativa o modelo fracasado:

No es fácil resistirse a la tentación de preguntarse sobre la influencia que pudieran haber ejercido esas modalidades de transición (ruptura frente a reforma) sobre el distinto final de ambos procesos democratizadores: la quiebra de la II República y la consolidación de la monarquía parlamentaria. ¿Cuáles son las razones de que dos procesos de modernización política que respondían a una parecida necesidad de ajustar las estructuras del Estado a la modernización social y económica del país, llegasen a paraderos tan opuestos? La cuestión parece tanto más pertinente cuanto que Ben-Ami 2 rechaza la hipótesis fatalista según la cual los orígenes de la II República contenían las semillas de su destrucción.

Es evidente que el núcleo de la respuesta debería estar ocupado por los cambios políticos, sociales, económicos y culturales que separaban a la España de 1975 de la España de 1931, incluidos sus diferentes contextos internacionales. Sin embargo, tampoco cabría desdeñar, a la hora de explicar el éxito de la transición posfranquista, la memoria histórica de la derrota republicana. Si los demócratas de los años treinta no hubiesen fracasado en su empeño, los demócratas de los años setenta no hubiesen dispuesto de la experiencia necesaria para evitar algunas de las trampas y sortear algunos de los obstáculos que amenazaron la conquista de las libertades tras la muerte de Franco. No parece exagerado concluir que la transición republicana sirvió de modelo negativo a los actores de la transición posfranquista, de forma que el desarrollo de los acontecimientos producidos entre 1975 y 1982 quedó condicionado para bien y para mal por la percepción de los errores, de las omisiones y de los excesos del periodo transcurrido entre 1931 y 1936.

Víctimas del franquismo
Víctimas del franquismo

Reprimidos los relatos y silenciada su voz, los relatos de los supervivientes o de los herederos de las víctimas desaparecidas (física y moralmente) no están en nuestros recuerdos u homenajes compartidos como pueblo, sino en los archivos de los juzgados. Los autos 3 de Garzón (castigado convenientemente por ello con su expulsión de la carrera judicial) contra el franquismo están llenos de estos testimonios escamoteados, y proporcionan la satisfacción lingüística tardía de leer los crímenes de la Dictadura apostrofados como «crímenes contra la humanidad» y «genocidio». En este sentido, en los razonamientos jurídicos del auto del 16 de octubre del 2008, se leen estas declaraciones del general Franco al periodista Jay Allen del Chicago Daily Tribune en Tánger, el 27 de julio de 1936, en las que quedan meridianamente claras las intenciones genocidas del militar sublevado:

-Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Estamos resueltos a seguir adelante a cualquier precio.

Allen: «Tendrán que matar a media España», dije.

Entonces giró la cabeza, sonrió y mirándome firmemente dijo:

-He dicho que al precio que sea.

La historia oral de la Guerra

El testimonio hablado, con toda su carga de subjetividad, como fuente primaria de la Historia es una senda poco transitada por los historiadores. Pierre Vilar lo reivindicaba con estas palabras: «El aspecto subjetivo, el “ambiente” de los acontecimientos, es también una condición de la realización de la Historia. ¿Dejaremos el monopolio a los novelistas? Esto sería, por parte del historiador, una manera de renunciar». Que yo conozca, sólo hay una historia de la Guerra Civil española elaborada desde esta perspectiva, Recuérdalo tú y recuérdaselo a otros 4, del historiador inglés Ronald Fraser.

Fraser elaboró esta libro en base a más de 300 entrevistas, realizadas entre junio de 1973 y mayo de 1975, el 95% de ellas en España y el resto en Francia. Confesaba haber usado sólo el 10% de ese material. Las cintas con las grabaciones las depositó en el Archivo Histórico de Barcelona. Los testimonios seleccionadas de todo ese material sonoro van acompañados de explicaciones (nunca excesivamente extensas ni eruditas) que sirven sólo de marco objetivo a las recuerdos de los protagonistas. Es un libro de Historia ejemplar y único, que recomiendo vivamente a mis lectores. Aquí leemos / oímos, por ejemplo, a Juana Alier, mujer del dueño de un molino, diagnosticando la catástrofe que se avecinaba a partir del aspecto de unos guardias civiles en Barcelona. Es agosto de 1936:

Cuando en la Plaza de Cataluña vi a un civil sentado en coche, con la guerrera desabrochada, el tricornio echado hacia atrás y fumándose un puro, comprendí que la ley y el orden se habían terminado; comprendí que a la Guardia Civil la había infectado el populacho.

En ese mismo año podemos sentir una extraña emoción y admiración con los recuerdos de Andrés Capdevilla, militante de CNT, sobre la gestión anarquista de una empresa textil colectivizada en medio de la guerra; se había abolido el trabajo a destajo y la producción había bajado un 40%:

Adiós a las armas
Adiós a las armas

Habíamos calculado que si no bajaba en más de un 25%, sería posible fijar un salario justo para todos. Pero con un descenso del 40% era imposible. Anunciaba el derrumbamiento de la colectivización. Convocamos asamblea general, pedimos a los obreros que no defraudasen los intentos colectivos que el proletariado español estaba realizando para alcanzar la justicia social. Durante varias semenas no hubo ningún incremento de la producción. Teníamos que reconocer que recorrer la fábrica arengando a los obreros. Al final, cosiguieron aumentar la producción hasta un 70% de su nivel anterior… (…) Era asombroso. Todo el mundo se convirtió en un loro, todo el mundo quería decir lo que pensaba y sentía. Evidentemente, ahora eran conscientes de estar a cargo de las cosas y de que tenían derecho a hablar por sí mismos.

El relato, quizá, más hermoso de todo el libro es el que trenza los recuerdos de Julio Crespo, un estudiante monárquico que se pasa estos años de plomo corriendo y combatiendo y que, cuando acaba, en un acto de admirable dignidad moral, renuncia a la pensión que le correspondía como mutilado de guerra al descubrir que un limpiabotas republicano, mutilado también, no cobraría nada. Estamos entre los meses de julio y septiembre de 1936. Julio Crespo tira el fusil y echa a correr:

Del Alto del León («estoy harto»), fue a Salamanca, donde continuó combatiendo. «Una vez más íbamos a tomar café en Madrid. Cuando llegamos a Navalperal, en la carretera de Ávila, sufrimos una emboscada. Nos disparaban desde todos los lados. Nos echamos al suelo y desde aquel momento fue el sálvese el que pueda. Tiré mi fusil y eché a correr. Sólo los guardias civiles opusieron cierta resistencia con dos ametralladoras.. Empecé a correr a las 11 de la mañana y llegué a Ávila, a 40 kilómetros, sin dejar de correr, a las 6 de la tarde. ¡Qué maratón!» Regresó a Salamanca.

Limpiabotas de la posguerra
Limpiabotas de la posguerra

Herido tres veces en nueve meses, a pesar de sus carreras, lo podemos ver ahora, entre la primavera de 1938 y el otoño de 1939, en un hospital militar al acabar la guerra. Al ver que enfermeras y ordenanzas salían a la calle a celebrar la victoria, comprendió que los combatientes ya no contaban. Primavera de 1938-Otoño de 1939. Un año más tarde, en Madrid para pasar el último reconocimiento médico antes de ingresar en el Cuerpo de Mutilados del Ejército que, con sus escalafones de ascenso y paga le habrían asegurado un porvenir confortable, se encontró en un café con un limpiabotas de una sola pierna. El limpiabotas le estaba lustrando los zapatos:

“Bien, teniente, veo que fue herido en la pierna. Yo perdí la mía en una batalla de tanques en esta zona». «¿Y qué compensación recibe por la herida?» -preguntó Crespo. «Ninguna» -respondió el republicano». Crespo, asqueado, no se presentó al examen médico y nunca ingresó en el Cuerpo de Mutilados. Pasó el resto de su vida en la pobreza.

Los números que se confunden en el recuerdo y dicen, sin embargo, la verdad

Cindy Coignard 5, en un estudio muy interesante sobre la memoria de la guerra en las mujeres militantes del POUM, reflexiona sobre lo vagas que son, a veces, las respuestas de los entrevistados:

Sin embargo, no podemos descartar ciertas respuestas que nos resultarían vagas. En ello interviene el trabajo del historiador para prestar atención a la veracidad de las declaraciones, parezcan o no verosímiles. He aquí un ejemplo concreto sacado de la entrevista realizada con Júlia Serra, militante del POUM en Gerona y maestra. El fragmento de la conversación entre Júlia Serra y su hijo Michel trata del número de militantes que había en una célula y del número de células que había en Gerona:

Júlia: 5 personas [en cada célula].

Michel: me habías dicho 6.

Júlia: o 6.

Michel: pero es verdad que parece poco.

Júlia: éramos pocos en el POUM

Michel: ¿cuántos?

Júlia: pocos porque… el número de militantes del POUM durante la guerra aumentó un poco pero no era… digo en Cataluña…

Michel: yo te pregunto en Gerona. ¿Cuántos militantes había aproximadamente?

Júlia: pues mira, no sé cuántos éramos. Pero si éramos 200, ya estaba bien.

Michel: ¿te acuerdas de la cantidad de células ?

Júlia: creo que en una célula había 6 personas.

Michel: sí, pero ¿cuántas células?

Júlia: pues tienes que dividir por el número… no sé. Pero la guerra trajo muchos militantes.

Michel: porque si erais 6 por célula y había unos 200 militantes, significaría que había más de 30 células!

Júlia: ah no, no había 30 células. Yo no cuento esto. Además, éramos pocos en una célula. Creo que 6 o 7.

Michel: Vale 6 o 7, de acuerdo. Pero si no había 30 células, ¿cuántas había en Gerona?

Júlia: pocas. Era un partido nuevo.

Michel: Pero ¿cuántas había ? ¿diez?

Las palabras de Michel parecen confundir a Júlia Serra. Cuando afirmaba espontáneamente un número más o menos preciso (6 o 7 militantes por célula), se desdice de lo dicho para concluir finalmente la pregunta con un «no sé», sin duda sinónimo de una confusión en sus recuerdos. Ahora bien, al leer numerosos artículos y obras sobre el tema, así como a través de la entrevista a Wilebaldo Solano – dirigente de las juventudes del POUM, la J.C.I. (Juventud Comunista Ibérica) – pudimos comprobar que el número de militantes por célula era efectivamente de 6 personas. Además, encontramos para la ciudad de Gerona un total de unos 150 militantes. Así llegaríamos a un número de células no muy alejado de lo que decía la militante gerundense más de 70 años después del comienzo de la Guerra civil española, es decir 25 células.

Las estrategias del hambre

Hambre y memoria
Hambre y memoria

Pero de todos los estudios e investigaciones que he podido leer, que toman la perspectiva del testimonio hablado como fuente de la Historia, el que más me emocionado es el que realizó Alicia Guidonet Riera 6 sobre la memoria oral del hambre y las estrategias de supervivencia en nuestra Guerra Civil. En particular, esta discusión, entre moral y filosófica, entre dos hermanas hambrientas que dirimen la legitimidad de llevarse comida de un almacén en el que han entrado a saco mucha gente también con hambre:

Lo veremos muy claramente siguiendo el caso de dos hermanas, que en el momento de la acción son adolescentes. La primera relata el conflicto personal que vive cuando tiene la posibilidad de apropiarse de la comida almacenada en un vagón de tren. Esta situación se agrava ante la insistencia de su hermana, la cual muestra una opinión totalmente contraria. La primera mujer se siente incapaz de entrar en un almacén de comida y apropiarse de los víveres disponibles. Su hermana la increpa y discute con ella mientras aprovecha la ocasión para aprovisionarse de algunos alimentos,

«Va venir un veí a casa i ens va dir, ‘aneu al carrer que tothom està assaltant els magatzems…’. Com que estàvem tan afamats, la meva germana va dir, ‘jo vaig a veure…’ i jo la vaig seguir. Quan vaig veure tot allò,¡ em va agafar una plorera!, em vaig posar a plorar quan vaig veure els magatzems plens de gent agafant sacs. No vaig ser ni capaç d’anar-hi. La meva germana, sí. Deia, ‘perquè s’ho quedi un altre, jo m’ho quedo’, i va agafar llenties o mongetes…i jo, amb uns plors…’¡això és robar!, ¡això és robar!’…la meva germana em deia, ‘¿què no veus que estem afamats?’, ‘¿què no has patit prou gana?’, ‘¿què no veus que si no ho agafes tu, s’ho quedarà un altre?’»

[Vino un vecino a casa y nos dijo: «Id a la calle, que todo el mundo está asaltando los almacenes…». Como estábamos tan hambrientas, mi hermana dijo «yo voy a ver…» y yo la seguí. Cuando vi todo aquello, ¡me cogió una llantina! Me puse a llorar cuando vi los almacenes llenos de gente cogiendo sacos. No fui ni capaz de ir. Mi hermana, sí. Decía «para que se lo quede otro, me lo quedo yo», y tomó lentejas y judías… Y yo venga llorar…: «¡Esto es robar», «¡esto es robar!…». Mi hermana me decía «¿es que no ves que estamos hambrientas?, ¿qué, es que no has pasado bastante hambre?, ¿es que no ves que si lo lo coges tú, se lo llevará otro?]

Internet y la nueva oralidad: Memoria y relatos

Hay quienes creen que Internet y las nuevas tecnologías de comunicación a distancia están creando en sus usuarios una nueva oralidad. Tengo mis dudas sobre eso, pero en todo caso, he escrito sobre el particular un ensayo que publicará la revista digital FronteraD el 9 de enero. Aún así, quiero terminar esta larga reivindicación del relato oral como fuente histórica con una narración de Belén Naya, una amiga que conocí en Facebook, que publicó este emotivo relato sobre su abuelo republicano en su muro. Lo tituló: «A la memoria del hombre que me ayudó a recuperar el recuerdo de mi abuelo” y apareció en su página el miércoles, 11 de enero de 2012 7. Lo publico aquí con su autorización:

divino-tesoro2Hace años, mi madre paseaba por las calles de Vitoria cuando, al pasar por la que había sido la casa de mis abuelos paternos, la dependienta del comercio contiguo salió de la tienda y le llamó. “Hace dos años que conservo esta carta dirigida a tu suegro -le dijo- esperando veros y podérosla entregar”.

Mi abuelo, el padre de mi padre, verdadero destinatario de aquella misteriosa misiva, había fallecido mucho tiempo atrás, razón por la cual la dueña del comercio, vecina durante años, había decidido no deshacerse de ella con la esperanza de entregársela a mis padres algún día.

De regreso a casa, por fin se desveló el misterio: el remitente era un hombre ya mayor, que emigró a Argentina tras la guerra, y que desde entonces había intentado sin éxito localizar a mi abuelo.

Pero si sorprendente fue descubrir la autoría de la carta, mucho más resultó serlo su contenido. Aquel hombre desconocido le escribía a mi abuelo desde “la lejana Patagonia”, seis décadas después de abandonar España, para darle las gracias por haberle salvado la vida.

Ante semejante revelación, mis padres me telefonearon rápidamente y me contaron lo sucedido. Días más tarde, ya en mi casa, releímos juntos la carta, y yo sentí la necesidad de responder a aquel hombre que había mantenido vivo el recuerdo de mi abuelo durante tantos años. Me sentí en deuda con él, a pesar de no haber tenido jamás noticia alguna de su existencia.

Decidí entonces contestarle, recogiendo el testigo de mi abuelo. Aquel hombre merecía, cuando menos, conocer la razón por la que su carta no había recibido respuesta.

Me presenté como la nieta de su amigo, y con absoluta sinceridad le confesé no reconocer al abuelo que yo recordaba en la descripción que hacía de él. No es que mi abuelo hubiera sido una mala persona (de hecho, de niña lo adoraba) pero en sus últimos años de vida se había comportado muy mal con mis padres, y se había roto todo tipo de relación entre nosotros.

Le pregunté cómo lo había conocido, pero sobre todo, quería saber cuándo le había salvado mi abuelo la vida y por qué se sentía tan enormemente agradecido hacia él. Me costaba creer que mi abuelo hubiera salvado la vida a alguien, y no lo hubiera contado jamás, ni siquiera a su familia. No parecíamos estar hablando de la misma persona.

Poco tiempo después, recibí una nueva carta, esta vez a mi nombre, o mejor dicho, al de Ana Belén Naya (durante todos estos años he sido incapaz de convencerle de que me llamo Belén, y no Ana Belén, y no será por falta de insistencia) con la respuesta a todos mis interrogantes.

Descubrí que mi abuelo, durante el tiempo que estuvo preso en un campo de concentración, había hecho las funciones de médico sin serlo. Realmente sólo era lo que en aquel entonces se conocía como practicante, pero los presos no contaban con ninguna ayuda, y en las terribles condiciones en las que vivían, muchos caían enfermos, por lo que mi abuelo, con sus escasos conocimientos, se convirtió de facto en el médico de la prisión.

OlvidoDe entre todos aquellos prisioneros uno, el más joven, un chavalillo de 17 años, cayó muy enfermo de neumonía, y mi abuelo, sin otra medicina que las alpargatas que llevaba puestas, fabricó una especie de emplaste calentándolas. Emplaste que colocó y cambió durante días en el pecho de su compañero, hasta conseguir que, milagrosamente, se librara de una muerte casi segura.

Sesenta años después, aquel joven convertido en anciano me relataba, casi sintiendo el calor hirviente de las alpargatas sobre su piel, los detalles de su salvación, y la eterna gratitud que profesaba hacia su artífice.

Así fue como comenzó mi amistad con el que fuera amigo de mi abuelo. Amistad que seguimos manteniendo primero a través de las cartas, y luego a través del e-mail, porque aquel increíble anciano de más de 90 años aprendió a utilizarlo para poderse comunicar conmigo más rápidamente.

Y me llamaba por teléfono cada dos o tres meses, para preguntar cómo me iba la vida, y me mandaba fotos de su hija y de sus nietos, y hasta me hizo llegar el relato de recuerdos de la guerra y de aquel campo de concentración que compartió con mi abuelo que él mismo había escrito …

Y un día cruzó el océano para conocernos, a mí y a mi familia. Fue un encuentro mágico.
Estas Navidades eché en falta su llamada telefónica. Había pasado tiempo desde la última vez que recibía noticias de él. Aprovechando que era diciembre, escribí un mensaje a su hija para felicitarles las fiestas vía Facebook.

Entonces supe que mi amigo, el amigo que mi abuelo me dejó en herencia, había muerto hacía menos de una semana.

En su memoria comparto hoy esta experiencia irrepetible.

A él, al hombre que me ayudó a recuperar el recuerdo de mi abuelo, le dedico estas palabras.

Hasta siempre, Gabino. No olvides saludar a mi abuelo de parte de su nieta.

Gabino, el amigo que mi abuelo me dejó en herencia.

 


Esta entrada ha sido publicada en fronteraD, el 31 de julio de 2014, con el título El relato oral como fuente primaria de la Historia. Recuerdos de guerras


  1. Englund, Peter, La belleza y el dolor de la batalla, Barcelona, 2011, Roca Editorial, pp.: 22-24. 
  2. Ben-Ami, Shlomo, Los orígenes de la Segunda República española, Madrid, ed. Alianza, 1990. 
  3. Garzón contra el franquismo. Los autos íntegros del juez sobre los crímenes de la dictadura, Madrid, ed. Diario Público, 2010. 
  4. Fraser, Ronald, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historial oral de la guerra civil española, Barcelona, Ed. Crítica, 2007 
  5. Cindy Coignard, Memoria(s) de la Guerra Civil: el ejemplo de las militantes del POUM, Amnis [En ligne], 2 | 2011, mis en ligne le 27 octobre 2011, consulté le 09 novembre 2013. URL : http://amnis.revues.org/1518. 
  6. Guidonet Riera, Alícia. Memoria oral y alimentación: estrategias de supervivencia durante la Guerra Civil española (1936-1939) y la posguerra (1939-1955). En: Arxius de ciències socials, 2011, 24: 47-58. URL: http://roderic.uv.es/handle/10550/19893 
  7. URL: https://www.facebook.com/notes/bel%C3%A9n-naya/a-la-memoria-del-hombre-que-me-ayud%C3%B3-a-recuperar-el-recuerdo-de-mi-abuelo/2450516266870