Menosprecio de corte y alabanza de aldea

Ilustración de Antonio Luis Villar

En Madrid, para hacer referencia al resto de España, es decir, a todo lo que no es Madrid, se utiliza (o utilizaba, que hace mucho tiempo que no voy por allí) el término “provincias”. Así aparece (o aparecía) en los buzones del edificio central de Correos. En el ambiente teatral se dice (o decía) “hacer una gira por provincias”. Por otra parte, las palabras “paleto” o “cateto” y “pueblerino”, con el matiz despreciativo que todos conocemos, nació en las grandes ciudades para aludir a la gente de procedencia rural. Su significado es connotativo y hace referencia a una cierta torpeza, brusquedad de trato, anacronismo en el vestir. Aún hoy, con la globalización de tópicos, modas y músicas ya muy generalizada.

Ser de pueblo, en las ciudades grandes, ha sido siempre como viajar en un tren de mercancías: una ciudadanía de segundo orden. El hecho no es ni siquiera contemporáneo: arranca de los primeros imperios. En la Roma imperial, poseer la ciudadanía romana era un privilegio negado a los oriundos de las provincias que hacía exclamar a los que la poseían: “civis romanus sum!”, “’¡soy ciudadano romano!”.

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