Solano

Se acerca un temporal de Levante, un viento que me es familiar porque en mi ciudad natal sopla mucho. Allí lo llamamos solano y afecta a los ánimos y nervios, hasta el punto de que tenemos una palabra para designarlo: asolanado. Estar asolanado allí es ser víctima de un estado alterado que, sin transición, lleva de la tristeza a la euforia o el ma! humor. Los gatos lo anuncian con anticipación, dando saltos y corriendo sin sentido de acá para allá. Cuando dura -siempre días impares -, aumentan los suicidios truculentos y muchos se cuelgan o tiran a pozos (como ya no los hay, habrán buscado otras maneras). Es un viento eléctrico que, como otros de su estirpe, afecta a todas las poblaciones donde su presencia es constante, en el norte o en el sur. Cuando decae o se echa, en verano, es casi peor, porque toca sufrir un calor  aplanado y exasperante. Por suerte, donde vivo ahora apenas llega y su afán vengativo y furioso ya sa ha saciado en otras latitudes…

Idlers

He compartido hace unos instantes un cuadro de Maurice Pendergast, compartido en primer lugar por @Aline. Lleva por título «The Idlers», «Las ociosas», y me ha hecho recordar lo negativo que era ese nombre cuando se aplicaba a la gente que no trabaja, que no hace nada «productivo», que no da ni golpe, por decirlo a la manera coloquial española.

En Sociología política se habla, con menosprecio, de las clases ociosas, pero, sin ir más lejos, yo, desde que me he jubilado, pertenezco a un grupo administrativo de nombre ciertamente humillante, se mire como se mire: clases pasivas del estado.

Aún más, en ese paso delicado de la infancia a la adolescencia y, más en particular, de esta a la edad adulta, hay palabras que consideramos ofensivas o degradantes como «perezoso» o » flojo», que compiten en mala intención con otras de la misma familia: «inútil» , por ejemplo, que esparcen su desdoro en otros campos léxicos aledaños al trabajo, tales como la habilidad o el sentido del orden, la limpieza y la disciplina.

Hay, sobre  todo en los últimos tiempos, una abundante literatura crítica sobre el trabajo,, así que no me detengo en ello. No, sino más bien en lo que llamaba, en un artículo que publiqué durante el confinamiento, «Elogio del aburrimiento» , que aquí podríamos llamar elogio de la pereza -más que del ocio, muy contaminado ya por la sociedad del espectáculo y el consumo: esa desgana de hacer cosas útiles, de tirarnos a la bartola, tan olvidadas por la ideología de la Ilustración y el progreso, que a tan mal traer nos traen…

Halloween

Definitivamente no me acostumbro a esto del Halloween, no logro incorporarlo a mi experiencia del mundo. Anoche -llovía: supongo que es un tiempo propicio para estas celebraciones – llamaron a mi puerta, abro y se produce una escena que, con variantes, revivo todos los años.

Dos niñas, sin disfraz ni objeto que me ayudara a situarme, me miran como dos gatos, sin decir nada. Yo las miro a mi vez, encerrado en el mismo mutismo interrogante, hasta que, de repente, caigo en la cuenta:

-¡Ah, esto es por lo de Halloween!
-Sí…
-Y ahora se supone que tengo que daros caramelos…
-Sí.
-Pues la cosa es que no tengo. ¿Qué ocurre si no os doy?

La pregunta era totalmente inocente, con un punto de culpabilidad al que soy muy propenso.

-Nada, no te preocupes…

Se dan media vuelta para seguir su ronda, pero una de ellas regresa, apresurada, y me avisa:

-Pues el domingo van a venir muchos más. ¡Acuérdate!

Y en efecto, hoy he comprado una bolsa de caramelos. Benditos niños…

De techos y neurosis de clase

Antonio Maestre escribe en La Marea sobre la existencia de un techo de clase entre los trabajadores, reformulando, así, el "techo de cristal" de las mujeres, que limitan para ellas los puestos o cargos de alta responsabilidad, institucional o empresarial, o preeminencia y prestigio social. No es nada nuevo: hace unos días, el presidente del Gobierno aludía a su aspiración de poner en marcha de nuevo el "ascensor social", lo que, en el fondo, nos más que otra manera de manifestar el deseo nostálgico de las clases medias, depauperadas, según es fama, durante las últimas crisis financieras.

Este mismo límite o techo afectaría, según el autor, a los miembros de la clase obrera. Tras constatar, con tino, que la clase social no existe como concepto en el espacio público, nos recuerda que la conciencia de clase no opera cuando se está rodeado de gente del mismo entorno: "Se sale de casa sin pensar en ella, pero se le recuerda en cada proceso de la vida cotidiana al compartir espacio con quienes tienen una posición más privilegiada. " Maestre termina su comentario con una especulación, mucho menos interesante para mi gusto sobre lo que llama "tránsfugas  de clase", una especie de traidores a su origen social que intentan ocupar los espacios vacíos de la sociedad burguesa, comportándose política y lingüísticamente como las clases pudientes. Piénsese, por ejemplo, en el caso tópico y muy manoseado, de los barrios y ciudades de población obrera que votan mayoritariamente a los partidos de derecha.

Hay una perspectiva, de naturaleza psicológica, que Vincent de Gaulejac llamó "neurosis de clase". La hipótesis de base es que cualquier cambio de clase social, elegido o padecido, crea conflictos en quien la sufre, aunque solo algunos de esos trastornos son neuróticos. En realidad, son conflictos existenciales en torno a comportamientos y maneras de ser, relaciones con la adaptación o choque entre la clase de origen y la de destino. Él pone como ejemplo el adjetivo francés "élevé", que significa tanto "muy educado" como "de clase social alta". En muchos momentos de mi vida he experimentado/padecido esta neurosis.

En fin, para acabar con vuelos más altos, quiero recordar la paradoja de Sartre, que decía más o menos, que los hombres -y nuestra clase social- son productos de la Historia, pero también lo es nuestra continua lucha para modificar esa misma Historia. Más que cualesquiera techos o ascensores, es eso lo que nos mantiene en pie.

El miedo del delantero

Cuando jugaba al fútbol, casi siempre me ponían de portero, seguramente porque soy grande -antes más que ahora- y hacia titubear a los delanteros. A mí, en realidad, me gustaba jugar entre líneas: ir a mi aire entre la defensa, el medio campo y el área trasera rival. Algunas veces, gloriosas en mi recuerdo, conseguía robar un balón inesperado, sorprender a la adelantada defensa contraria y marcar gol.

Sin embargo, no era lo habitual porque tenía un problema: el miedo a rematar en esos segundos.irrepetibles en los que se ve, fulgurante, el hueco sin cubrir por el que la pelota entraría, sin duda, en la red. El miedo hacia que me detuviera unos instantes fatales, esperando a algún compañero para pasarle el balón y la oportunidad del gol.

He reconocido ese miedo en muchos momentos de mi vida, en la encrucijada de muchas decisiones. Es la soledad ante el fracaso de no acertar con la patada certera y decisiva, no la soledad del portero ante el penalti, no el miedo a defender y detener el golpe…

Lennon, MacCartney y el amor

Oía hace un rato una canción de Paul McCartney y Wings, tan agradable como suelen ser las composiciones del ex Beatle. La cosa es que he recordado una discusión que tuve hace muchos años con una amiga queridísima sobre las virtudes y defectos de este músico frente a la otra alma del grupo británico, John Lennon. Lo que empezó siendo un intercambio de gustos y opiniones terminó en un un desagradable intercambio de sofiones enojados. Entonces descubrí que mi amiga era una fan (es decir, fanática) de McCartney, Su amor por el cantante de Liverpool era incondicional -como lo son, generalmente, las devociones musicales – y, según descubrí con tristeza, superior al que sentía por mí. Después de afirmar yo que Lennon era la verdadera alma de los Beatles, se encerró en un mutismo enfadado que duró varios días. Lo peor de todo, en aquel diálogo de besugos, es que a mí los que me gustaban de verdad eran los Rolling…

Sexualización infantil en Internet: percepciones de las menores sobre imágenes digitales

Comparto con los amigos del blog un interesante y novedoso artículo de investigación sobre un tema cada vez más omnipresente e inquietante: la sexualización de la infancia en Internet. Sus autores son Carmen LLovet Rodriguez, Sonia Carcelén García y Mónica Díaz-Bustamante Ventisca. El archivo en PDF se puede descargar desde esta misma entrada.

Los niños están presentes cada vez más en determinados medios digitales, donde los mensajes comerciales apelan directamente a su participación, facilitando expresar su identidad y establecer relaciones con sus iguales, que se convierten en líderes de opinión. El objetivo de este estudio exploratorio inicial y pionero en el formato digital en España es conocer la percepción que tienen las niñas sobre otras niñas sexualizadas en la publicidad de moda y en Internet, y los valores que asocian a ellas.

La metodología empleada ha sido un estudio exploratorio cualitativo a una muestra de niñas españolas entre 8 y 11 años que corresponde al público objetivo de marcas de moda cuya publicidad ha sido categorizada en distintos grados como sexualizante. Los resultados señalan que las niñas rechazan aquellas imágenes de  las modelos cuando son representadas  de una forma más sexualizada porque no se corresponde con la vida real y no parece un estilo elegido sino impuesto. Además, las entrevistadas asocian la combinación de escenarios, posturas y gestos sexualizantes con rasgos de la personalidad que entienden como negativos –egoísta, desafiante, rebelde, aislada, triste-y, exponen el temor de que se normalice el uso de un tipo de ropa, maquillaje y comportamientos no acordes con su edad. A la luz de los resultados, se recomienda la reflexión ética de publicitarios que usan el estilo transgresor adulto en moda infantil y el estudio de imágenes de niños.

Carmen LLovet Rodriguez, Sonia Carcelén García y Mónica Díaz-Bustamante Ventisca

La fotografía como herramienta de emancipación proletaria

Traduzco esta interesante entrada del blog de Vingtras, en Mediapart en la que, a raíz de su investigación sobre la correspondencia privadas entre miembros de la Comuna de París, el autor descubre la importancia de la fotografía en la naciente conciencia de las clases trabajadoras, pues el viejo privilegio de ser protagonistas y propietarios de las imágenes artísticas se democratiza con el nuevo invento…

Por Vingtras.

Para ampliar el artículo de Monique Sicard sobre «las invenciones de la fotografía», publicado en el número 57 de la revista «Médium», vengo a compartir uno de los «descubrimientos» revelados en el volumen 2 de mi libro «Les 72 Immortelles» cuyo subtítulo es «el esbozo de un orden libertario».

«La inesperada e impresionante irrupción, hace dos siglos, de un proceso de grabación, representación y conocimiento, de un nuevo medio, marca un hito cultural importante», escribió Monique Sicard, investigadora del Instituto de Textos y Manuscritos Modernos del CNRS/ENS.  Y añade: «Fue el verdadero punto de partida, si no de una nueva civilización, al menos de nuevas perspectivas sobre nuestro entorno humano, natural, cultural y técnico.

Esto es exactamente lo que pude observar al revisar sistemáticamente toda la correspondencia privada de la Comuna a lo largo de mi trabajo heurístico sobre «Los 72 Inmortales «*.  Y este análisis de la intrusión de imágenes personales en la vida cotidiana de las clases trabajadoras de París en 1871, transformó mi punto de vista de que cambió hacia una mejor comprensión del problema revolucionario que es tanto actuar porque sabemos como saber porque actuamos.

En efecto, mientras que los retratos pintados o dibujados eran hasta entonces un privilegio reservado a las familias reales, a los aristócratas o a los burgueses ricos, por primera vez en la historia de la humanidad, un nuevo medio permitía a otros acceder a su imagen, a su representación.

Así, la clase obrera, los artesanos, los empleados y los sirvientes tuvieron ahora la oportunidad de inmortalizar la imagen del antepasado, la esposa, el niño o incluso las celebraciones familiares o los encuentros amistosos en el barrio…. sobre fotografías que estaban modestamente enmarcadas y que adornaban la parte superior de las chimeneas o las paredes de la sala de estar: ¡existían!

La gente ya no era sólo una palabra que se podía leer en un cartel o folleto, sino que se había convertido en una imagen.  El trabajador anónimo se convirtió en alguien.

Esta conciencia colectiva aparece en muchas cartas, algunas de las cuales fueron llevadas en estos globos que escaparon de la ciudad sitiada para dar noticias en las provincias…..

En contraste con las malas tradiciones individualistas, la fotografía ha desempeñado paradójicamente el papel de catalizador del deseo colectivo.

De ahí el nacimiento de un (tímido) tropismo libertario.

Panza de burra

Me quejo a menudo de la tiranía de los mapas meteorológicos, a los que la gente otorga la categoría religiosa de profecía. Eso ha hecho que olvidemos los viejos saberes de la observación de las nubes y el viento, de la humedad o el vuelo de los pájaros. Esta mañana llueve por aquí: era fácil de pronosticar por el color panza de burra del cielo. Huele a tierra mojada y el aire húmedo refresca y estimula la nariz, aunque es posible que la pérdida progresiva del olfato en nuestra especie, seguramente irreversible, impida la percepción de estos olores en la gran mayoría. Otra pérdida más, otro paso más que nos aleja del mundo natural, de la vida dañada.

Acurrucado

No hay palabra que me emocione más, que me dé más calor y tiritera que acurrucar, acurrucarse, que me acurruquen o acurrucarte. Cuando hace frío dentro o fuera, cuando se ama o se desea, al proteger o ser protegido: acurrucados. Como los niños y las mujeres, como los gatos. No saben lo que se pierden los tipos duros, los hombres huraños, aquellos para los que amar es como hacer deporte o luchar. ¡Ay de aquellos que han olvidado la naturaleza íntima de los mamíferos, condenados a vivir en el páramo donde todo está lejos, ateridos de frío! Ellos no heredarán la Tierra…