La protesta pacífica contra las cuerdas en Europa (informe de AI)

No hay mejor guía de lo que nos conviene que el empeño de gobiernos e instituciones del orden por lo contrario. AI toca la campana de alarma con este informe.

La protesta pacífica, contra las cuerdas en Europa

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España destaca por los nueve años de vigencia de las leyes mordaza (Ley de Seguridad Ciudadana y doble Reforma del Código Penal), impunidad tras los abusos policiales, demonización de la protesta, persecución de activistas y, especialmente, por las infiltraciones de policías en los movimientos sociales.

En la red

Una sola vez maté un zorzal con una escopeta. Era joven y acompañaba a mi cuñado él sí cazador irredimible, al amanecer, discretamente embozados junto a un arroyo, a la espera de que alguno de estos pájaros madrugadores bajara a beber al río. Como otras veces, me invitó a disparar a alguno: esta vez no lo rechacé. Tuve la mala fortuna de descubrir  en aquel momento fatídico del amanecer que tengo buena puntería . Nunca olvidaré cómo aquel zorzal se detuvo en seco y cayó a plomo a pocos metros de mí. En mis ya luengos años no he vuelto a tomar un arma entre mis manos.

Caza de codornices con red en Mesina

Mi otra experiencia de hombre cazador fue de acompañante, en realidad. Acompañaba a mi padre a cazar codornices con red y reclamo. Estaba prohibida, porque se atraía al macho en época de celo, pero mucha gente la practicaba. Mi padre, que era manitas, diseñaba y construía el instrumento para imitar el canto de la codorniz hembra y la red, muy tupida y de color verde, no sé dónde la conseguía.

El proceso en sí, aparte de la caminata, era largo, tedioso y de infructuosos resultados. Iba probando distintos sembrados, sobre los que echaba y extendía la red insidiosa, nos situábamos en cuclillas en algún extremo discreto, él imitaba con su reclamo a la codorniz, y a esperar. Nunca tuvimos mucho éxito, no sé si por algún defecto de su instrumento musical o porque ya entonces empezaban a escasear estas aves.

He recordado estas mínimas escenas cinegéticas leyendo la Historia de  de San Michele de Axel Munthe, el famoso médico sueco que se retiró a Anacapri, en los mismos parajes paradisiacos donde lo hizo el emperador Tiberio. Menciona la caza de codornices con red, aunque en plan, digamos, industrial. Munthe era un apasionado de los pájaros, que poblaban el cielo en mucha mayor proporción que ahora. En sus palabras:

Llegaban justo antes del amanecer. Lo único que querían era descansar un poco tras su largo vuelo a través del Mediterráneo, pues el destino de su viaje, la tierra donde habían nacido y donde iban a criar a su prole, aún estaba muy lejos. Llegaban por miles: palomas torcaces, tordos, tórtolas, toda clase de aves acuáticas, codornices, oropéndolas, alondras, ruiseñores, lavanderas, pinzones, golondrinas, currucas, petirrojos y muchos otros pequeños artistas, de camino a sus conciertos primaverales en los silenciosos bosques y praderas del norte. Dos horas más tarde aleteaban enloquecidos e impotentes atrapados en las redes que los astutos humanos habían extendido por toda la isla desde los altos acantilados del monte Solaro y el monte Barbarossa. Al anochecer eran encerrados en cajitas de madera sin agua ni alimento y enviados en barco a Marsella para ser degustados más tarde en los restaurantes más elegantes de París. Era un negocio muy lucrativo. Capri había sido durante siglos la sede de un obispado enteramente financiado con la venta de aves cazadas con red.

Consiguió, comprar aquel monte a su malvado dueño, mediante un chantaje médico (lo operó de una pleura) y convirtió el monte Barbarossa en un santuario de aves. Yo también, como el médico humanista, “estoy seguro de que Dios todopoderoso ama a los pájaros o de lo contrario no les habría dado un par de alas como a sus ángeles.”

Ergástula de oro

Publicado en Infolibre el 23 de junio de 2024

A Chesterton no le gustaba el capitalismo porque es feo, injusto y necio, pero seguramente nunca pensó en la necedad, la fealdad y la injusticia del neoesclavismo que late tras nuestros admirados, multimillonarios y desprevenidos deportistas, tan inconscientemente encerrados en su ergástula de oro

Ergástula de oro

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No puedo evitar sentir sonrojo y escándalo interior cuando sigo de lejos, a través de los medios, ese tráfico obsceno de los fichajes que ya empieza y que llena sus secciones deportivas a lo largo y ancho del verano. Uso la palabra “tráfico” de forma intencionada, porque a excepción de la palabra maldita, todas las demás, que acompañaron durante siglos al comercio de hombres, se usan con total desparpajo en este renovado mercado. Con tanto descaro e inconsciencia, que si no se otorga a la ingenuidad y al desconocimiento, habría que pensar en el cinismo. Por eso lo llamo obsceno. Tal vez el deslumbramiento del dinero, la obscenidad también de esas rabelesianas cantidades de dinero de que hablan, nos vuelve ciegos para ver nada más.

Belafán

La historia de un niño que no podía llorar

Belafán

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“Belafán” es la historia de un niño que no podía llorar contada por otro que sí lloraba. Está inspirada en un cuento africano que leí una vez en “El Espectador”, de Ortega y Gasset. He intentado encontrarlo de nuevo en la selva textual de esa sugerente serie de nuestro pensador, pero no lo he conseguido. En mi memoria están ya definitivamente mezcladas las dos historias. La escribí y publiqué en los días aledaños a la muerte de mi padre, en mayo de 1996.

La jaula del soneto

¡Ay los sonetos!

La jaula del soneto

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¡Ay los sonetos! Primero, las anécdotas, después un poquito de teoría:

Los sonetos, se decía, son el reto del verdadero poeta, la “puerta grande” por la que salir triunfante, por decirlo en el lenguaje de la tauromaquia. Es una forma métrica muy cerrada que siempre acaba como uno nunca esperaría, como una transacción obligada entre lo que se quiere decir y aquello a lo que obliga la férrea fórmula rítmica: el resultado de una lucha, un verdadero tormento…

He contado muchas veces que una mañana me desperté con un endecasílabo rondando mi cabeza. Aturdido aún por el sueño, cogí un lápiz, empecé a encadenar versos y escribí así mi primer soneto. Como soy de naturaleza adictiva – y tengo buen oído – seguí creando sonetos en los días y semanas posteriores, hasta decir basta, que para sueño aquello duraba ya demasiado…

No acaba ahí mi rara relación con los sonetos. Cuando empecé a dar clases, como colofón a los días dedicados al estudio de la Métrica, en un arranque de chulería que a punto estuvo de costarme un disgusto, reté a mis estudiantes a escribir un soneto. Tan sobrado estaba entonces que, en el colmo, prometí que aprobaría el curso aquel que creara un soneto perfecto. Creí cubrirme las espaldas advirtiendo que, por supuesto, descubriría cualquier intento de plagio. Triste de mí, tuve que comerme mis palabras al leer un soneto perfecto, que no conocía, entre los penosos intentos de la mayoría. Y me tuve que desdecir de la promesa inicial, sustituyéndola con un miserable punto arriba en la nota trimestral de aquel sospechoso poeta adolescente…

¡Ay los sonetos! El descubrimiento del “Soneto estadounidense para mi asesino del pasado y del futuro”, de Terrance Hayes me ha hecho recordar todo esto, para hacer como dijo Hayes: “Te encierro en un soneto estadounidense que es mitad cárcel, mitad armario antipánico” y más adelante “Te encierro en una forma que es mitad caja de música, mitad picadora de carne, para separar el canto del pájaro de los huesos”. Como ve el lector, una especie de conjuro… “Te fabrico una caja de oscuridad con un pájaro en el corazón”.

Se considera habitualmente que el soneto, esa jaula donde el poeta norteamericano quiere encerrar a su futuro asesino (el poema es de 2017 ¿el asesino es un policía?, ¿su violencia es la violencia racista tan actual?) se considera una forma literaria “fría”, que no deja escapar el pájaro del sentimiento o el grito y la proclama. Es, salvando los siglos de distancia, lo mismo que ocurría con la poesía del amor cortés, aquel artificio que, mediante una medida inversión, aplanaba el sentimiento amoroso del caballero hacia su dama considerándose su vasallo y a ella su señora. La jaula de la relación feudal servía al poeta para encerrar un sentimiento que, de otra forma, se desbordaría.

Así lo piensa Anahid Nersessian, en un ensayo sobre el tono literario que, como el musical, tiñe la composición toda. Este tono frío, mediante el distanciamiento que provoca, no le parece a este autor, sin embargo, el embotargamiento emocional que en psiquiatría se asocia a la esquizofrenia, la depresión profunda o el shock postraumático. No, sino que, como ocurre también en muchas obras de las vanguardias, aparentemente privadas de empatía, al refrenar el grito -de amor, desesperación o denuncia- y embridarlo en formas literarias férreas, evita el rechazo del lector u oyente, ganando su atención por el contrario, como el siseo suave consigue el silencio del niño, el susurro el de los enamorados o el bajo continuo el del oyente musical.

El soneto soñado del que hablaba al principio estaba dedicado a Leonor, la joven enamorada de Antonio Machado. Planteaba un rescate imposible de una adolescente que yo soñé como prisionera de un amor cautivo. ¿Cómo hablar de un amor tan imposible y literario, de tal sentimiento desmedido sino enjaulándolo en un soneto?

La primera palabra

¿Cuál fue la primera palabra:
Hambre, mamá, miedo?
¿O, quizá no una palabra, sino el grito
o el murmullo
de sorpresa ante el trueno o el agua?
¿O más bien eran preguntas
como estas o tal vez otras primordiales:
qué habrá allí,
tras el horizonte, qué velan las nubes?
O, tal vez, en el principio
no fue la palabra, sino el gesto
fatal de alzar la mirada
y erguirnos para echar a andar
para buscar respuestas
antes de hablar y nombrar,
antes de preguntar nada...