Inmortal Panglosss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del espíritu solidario y sacrificado de los «servidores públicos», en la expresión engolada del presidente del gobierno hoy mismo. Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría. Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de los funcionarios, ya sean los que apagan fuegos o los que rescatan ciudadanos en las actuales ciudades encharcadas, puede ser un ideal colectivo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

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Bolsas de futuros, hambres futuras

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ellos, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelven sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra (desgraciadamente inconsultable porque desapareció la sección de La Opinión de Málaga donde fue publicado originalmente y también desapareció de mis escritos privados) a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, en derivados financieros: más adelante intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

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La melancolía de la ONU

Quiero dedicar la reflexión de hoy a una no-noticia: la vegetativa y funcionarial, melancólica e invisible vida de la ONU. Me mueve a ello un estimulante (y antiguo, pero ya he advertido que esto no iba a ser una noticia) reportaje de Antonio Lafuente publicado por la revista digital «Fronterad» (”Para qué servía la ONU”) sobre la decadencia y casi desaparición pública de la organización de las Naciones Unidas, en el momento histórico en que, seguramente, más falta nos hacen su vigor y potencia. Pendiente desde hace muchos años de una reforma, aprobada por sus miembros (pero refrenada por los más poderosos de ellos que no quieren ver desaparecer el derecho de veto, que es el cascabel del gato), para hacer su organigrama y protocolos de funcionamiento realmente eficaces y útiles, la heredera de la vieja Sociedad de Naciones languidece resignada en su invisibilidad e impotencia actuales.

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Caute!

No comparto la afición por los cementerios de muchos escritores, no solo románticos o góticos, pero sí me gusta la literatura que los describe o reseña. Es lo que me ocurre con unos artículos que Ricardo Bada -un periodista onubense que, sin embargo, pasó la mitad de su vida en la ciudad alemana de Colonia- dedicó a los muchos cementerios que había visitado y conocía. De ahí saco el título de esta entrada, y que, según él, aparece en el medallón con su efigie que se puede ver en la tumba de Spinoza en el cementerio de La Haya.

Me inquieta tanto como el ¡Cuidaos! con el que se despidió Jorge Verstrynge de nosotros, cuando era el secretario general de Alianza Popula (nombre al que entonces respondía el partido de la derecha española). Había pasado por Osuna, para no sé qué, y charló un rato con los que hacíamos allí una revista, en aquellos procelosos años de la restauración monárquica tras la muerte de Franco, en los que eran cotidianos los rumores de golpes de estado ¿De qué tenemos que tener cuidado? nos preguntamos cuando se fue.

En realidad, es una fórmula de despedida desafortunada y antipática. O eso le parece a uno. Pero retomando el hilo de las necrológica, he recordado la leyenda de una lápida romana, dedicada a una mujer, que Ortega y Gasset -en algún lugar de su insondable serie “El Espectador”- aseguraba haber visto y que rezaba a modo de elogio “Domiseda, lanifica”, que viene a significar en la lengua madre: “Se pasó la vida en casa tejiendo lana”.

Así que si eres aficionado, lector amigo, a las necrológicas y a las frases solemnes, ten cuidado con la que eliges, sobre todo si eres mujer . O por decirlo a la manera misteriosa e inquietante de Spinoza, más contundente, Caute!

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Despistar

Creo que la razón por la que escribo, o por la que tú pintas y el otro hace fotos es simple: pretendemos despistar a la muerte haciéndole creer que estamos muy ocupados haciendo cosas importantes y sería de mal gusto que nos interrumpiera. Hay otras más simples aún, como que no sabemos hacer otra cosa. Sin oficio ni beneficio y negados para los negocios o el robo, ¿qué otra cosa haríamos?

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De la mano

De pequeña iba siempre sobre mis hombros a todos lados. Desde allí oteaba el horizonte y se hacía sus primeras ideas sobre el mundo, que debían ser optimistas porque, en su perspectiva, la gente era más pequeña que ella, alzada sobre aquel gigante que era su padre. Le daba seguridad y, pronto, aprendió a guiarme y a cambiar de dirección según su capricho o conveniencia. Lo hacía con sus piernas o tirándome del pelo, a modo de riendas. Era un método doloroso a veces, pero que asumía gustosamente: yo era un caballo manso y lleno de amor por su jinete…

Cuando mi caballero echó por fin pie a tierra, llegó el turno de las manos: una para el padre y otra para la madre. En ocasiones, la segunda, de refuerzo, bajo el sobaco. Una época de contorsionismo por las calles de Aracena en la que ella, con toda la dignidad posible y su mirada al frente, nos acompaña en nuestros paseos, sorteando, como puede, los inestables empedrados de tantas calles de la ciudad o sus aceras rotas. Muchas veces tropieza con el aire.

Una carrera de obstáculos que, sin embargo, ha preferido de todos modos a cualquier carrito, cochecito o vehículo adaptado, incluido el automóvil. Cuando no hay más remedio y la subimos a uno, incorpora la costumbre de tomarnos de la mano, como si un vértigo imperceptible para nosotros amenazara su precario equilibrio. Siempre de la mano.

Cuando llegamos a alguna plaza, se tira, literalmente, al primer banco que ve libre, agotada, pero con una sonrisa de satisfacción que parece decir “Misión cumplida”, papá. Es entonces cuando sus ojos traslúcidos, recostada sobre los dos, se extasian mirando el cielo o entrecerrándolos cuando hay sol. Si hay un paraíso recobrado, es ese.

Por eso, nada me enternece más que ver a un niño de la mano de sus padres, o de sus compañeros del colegio, cuando salen a la calle en parejas, liberados de las aulas por un rato. O un anciano o anciana, del brazo de su nieta o cuidadora, héroes imposibles del fatigoso caminar urbano. ¿O es que, acaso, porque ya no somos niños no necesitamos de manos que nos guíen y apoyen?

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A propósito del año nuevo. Contra la idea de proyecto (de viaje, de negocio, de vida)

En Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga, un libro de Martí Peran, una lúcida crítica a la hiperactividad, capitalista, nietzcheana y la “autoproducción” (hazlo tú mismo, hazte y rehazte, emprende…) contemporáneas, se leen cosas como esta:

La idea de proyecto es la fórmula retórica que engloba mejor la hiperactividad autoproductiva. La propia vida es concebida como proyecto en lugar de como biografía. Una vida como devenir biográfico conlleva una sucesión de experiencias con solución de continuidad. En una vida biográfica se cruzan por igual ilusiones cumplidas y desengaños sobre el filo de un tiempo único. La vida bio-gráfica se dibuja de forma paulatina en un trazo continuo. La vida como proyecto, por el contrario, es una vida sometida a la flexibilidad y la atomización. Cada uno de los modos de ser del sujeto de la autoproducción lleva inscrita una fecha de caducidad. Para que se mantenga operativa nuestra inquietud productiva, no podemos detenernos en ningún modo de aparecer. La visibilidad que nos constituye ha de ser permanentemente reconfigurada.

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