Si no puedes convencerlos, confúndelos

Esta entrada es una continuación de un apunte anterior en que nos lamentábamos de la proliferación periodística de neologismos políticos vacíos, en justa correspondencia al vacío ideológico que intentan, a duras penas, nombrar. Si allí nos deteníamos en la espectral y supuesta existencia de “errejonistas” frente a “pablistas”, además de “marianistas” o ” rajoyistas”, según el gusto del gacetillero, en estos últimos días he visto incorporados a este elenco a los “sanchistas” o seguidores de Pedro Sánchez, que, naturalmente, encarnan un movimiento que, como no podía ser de otra manera, responde al nombre de “sanchismo”. Aunque el uso más asentado entre nosotros que remite el sanchismo a los partidarios de las enseñanzas de Sancho Panza, frente al “quijotismo”, que apunta a los defensores de las de don Quijote, induce a mucha confusión y parece contradecir, además, el carácter quijotesco atribuido al joven político socialdemócrata. Veamos algunos ejemplos. El primero procede de una crónica política de Ibon Uría, publicada en infoLibre el 28 de diciembre:

Los argumentos para apostar por Sánchez y no por López son fundamentalmente de dos tipos: el primero, que es el ex secretario general quien representa el proyecto que los sanchistas defienden para el futuro PSOE; el segundo, que existen muchas dudas en torno a las intenciones finales de la tercera vía, así como en torno a cómo puede comportarse medida que avance el proceso congresual.

Donde, como vemos, según el tenor de la lectura, los sanchistas se oponen a una “tercera vía” representada, o auspiciada más bien, por Patxi López, el político vasco del PSOE. Si bien lo de la “tercera vía” tiene antecedentes ilustres en el laborismo neoliberal del británico Toni Blair, no queda claro si aquí se alude a algo parecido. En todo caso, queda por ver cuáles son las dos vías implícitas del PSOE a cuya cola poder situar esta tercera. Pero esto ya se nos antoja un juego escolástico demasiado banal.

La otra cita procede un microtexto publicado en Tuiter por  José Antonio Pérez Tapias, un veterano militante y publicista del PSOE muy activo en las redes sociales famosas y en los nuevos medios digitales:

Autofagia como patología de organización: “Gestora y Hernando hacen purga con los del “no a Rajoy” y el “sanchismo

Esta manera de escribir en castellano encoge ya, directamente, el corazón. Si bien el uso de la jerga médica tiene una tradición venerable en el slang político español, tan antigua al menos como las metáforas educativas (menos mal que aflojó un poco ese dichoso “hacer los deberes”) o futbolísticas, aporta a nuestro corpus léxico una novedad, al menos para mis oídos: “Autofagia como patología”…

Estos devaneos con la lengua malesconden lo que llamamos a menudo “la insoportable levedad” del ser político contemporáneo, de la información o debate sobre la cosa pública -ya nos gustaría a muchos que tal cosa existiera- en nuestro país. Una vez que se consumó la transformación de los partidos en un remedo del antagonismo de las viejas casas feudales y sus intrigas palaciegas por mor de adquirir preponderancia y beneficios en las cortes reales, nada más normal que el lenguaje de los cronistas se reduzca a las sutilezas de los distintos nombres propios y la necesidad de nombrar a sus seguidores. Desde un punto de vista más general, estos usos de la neolengua parecen dar la razón al viejo y siniestro consejo atribuido al presidente norteamericano Harry Truman: “Si no puedes convencerlos, confúndelos”…

Sobre la risa contemporánea y otros apuntes (Apuntes, 12)

La risa contemporánea

Uno de los problemas de la cacharrería tecnológica que ha invadido nuestros espacios y nuestro vivir es que ya no provoca risa, que la tomamos demasiado en serio. A pesar de que el filósofo Henri Bergson fundamentaba lo cómico en la imitación humana de los movimientos mecánicos, nadie se ríe hoy de sí mismo, o de su vecino, encorvado sobre un ordenador, con la mirada absorta en la pantalla y tecleando como un loco. O de la imagen (¡qué partido le habría sacado Chaplin!) de los adolescentes entrando y saliendo de clase abstraídos con el móvil entre las manos y su andar robótico, con las parejas ensimismadas, dizque enamorados, uno junto a otra, contestando mensajes en el telefonito. O con los robóticos, más que eróticos (el baile sublimaba la danza libidinosa de las épocas de celo en el mundo animal) de los movimientos gimnásticos, de una simetría cuasi mecánica, de los bailes actuales.

Escenas iniciales de “Tiempos modernos”

Sin embargo, aún somos capaces de reírnos con los movimientos de autómata de Charlot tras apretar tuercas en la fábrica donde trabajaba en “Los tiempos modernos”. O con la casa “moderna” y la fábrica “Plastak” que Jacques Tati retrataba tan felizmente en su película “Mon oncle”. Nos tomamos demasiado en serio, a nosotros y a nuestros pequeños autómatas; hemos asumido de una forma acrítica la idea de que las máquinas nos aportan exclusivamente facilidades y bienestar, nos hemos creído a pies juntillas que el progreso es una cosa muy seria…

En términos teatrales, nos hemos vuelto más actores trágicos (de tragedias ridículas, tantas veces) que de comedia, hemos olvidado reírnos de nosotros mismos y  entregado nuestras vidas cotidianas a los dioses de la electrónica y la biomecánica, inertes y sin humor. La risa contemporánea se ha convertido en muchos casos en la risa terrorífica de “L’homme qui rit”. Esa risa de la que en español decimos, tan ajustadamente, que es por no llorar…

…ISTAS

Los periodistas no aprenden, es una secuela del periodismo decimonónico: me refiero a su manía de crear neologismos para los seguidores de un político. Leo, por ejemplo, en infoLibre: “Los congresos autonómicos que finalizaron la semana pasada en lugares como la Comunidad de Madrid o Andalucía reflejaron las diferencias que existen entre pablistas, errejonistas y anticapitalistas…”. Más frustrante aún es que algunos quieran hacer lo mismo con las distintas “¿escuelas?” del PP donde tenemos rajoyistas o marianistas, según el grado de cercanía, supongo, al político conservador. Con menos seguidores, imagino, podríamos seguir especulando con la existencia terrenal de loyolistas frente a cospedalistas u otros engendros semejantes, tan vacíos de significado unos como otros…

Un periodista ejemplar, como era Manuel Vázquez Montalbán (aún recuerdo artículos suyos en Mundo Obrero que firmaba, con un irónico e inofensivo disimulo, como “Manuel Vázquez Molbatán”) publicó todo un libro de crónicas políticas con el empingorotado título de La aznaridad. Es un asunto viejo y tiene que ver con la muerte o enfermedad crónica y grave de las ideas en nuestro mundo contemporáneo. Un ejemplo eximio es el de los marxistas y sus diferentes y encontradas subespecies: ¡Cuánto daño ha hecho a Marx, y cuánta antipatía ha generado en gente que no ha leído sus libros o artículos ese engendro de adjetivo!

Y en esas seguimos, cogiéndonosla con papel de fumar mientras tratamos de entender las diferencias entre pablistas y errejonistas, con matices tan importantes, lo recordarán los amigos, como que uno levanta los dedos en la tradición de Churchill, formando una V, y el otro es más fiel, a lo que parece, al viejo puño cerrado. Lo cual levantó, según recuerdo, encendidos cruces de acusaciones en la red del pajarito y agrias recriminaciones mutuas que, supongo, no han hecho sino aumentar y que habrán sido asumidas por sus respectivos seguidores, mientras deciden si asaltar los cielos o permanecer sentados en el Parlamento, como unos culiparlantes cualesquiera, según otro neologismo, este sí feliz, del recordado cronista Luis Carandell…

Tenedores y horcas

En el libro La España vacía, de Sergio del Molino -que recomiendo vivamente- entendemos por qué el español es la única lengua que llama “tenedor” al tenedor, frente a las demás lenguas románicas (y anglogermánicas): en catalán es “forquilla”, en inglés “fork”, en francés “fourche”, en italiano “forchetta”… ¿Por qué en español no se denominó a este entonces moderno y exótico utensilio -el uso campesino era la navaja para el queso y la cuchara para todo lo demás- con el nombre de la herramienta rural -“horca”, en castellano; en latín “furca”-  como hicieron las lenguas romances que nos rodeaban? Dice Sergio del Molino que porque en nuestra élite o casta renacentista no soportaban que su objeto de uso cotidiano se llamara igual que un apero de labranza. “Tenedor”, es “el que tiene”, naturalmente, como leemos en el DRAE:

1. m. y f. Persona que tiene o posee algo, especialmente la que posee legítimamente alguna letra de cambio u otro valor endosable.

horcasUn antiguo vecino que había vivido siempre en el campo solo usaba navaja para comer, incluidas las legumbres. Yo, niño, flipaba con su habilidad. Para el caldo, por ejemplo, bebía del mismo plato, sin que yo lo viera mancharse nunca en ninguna de  aquellas vertiginosas operaciones en las que el tenedor estaba siempre ausente…

La desconfianza popular hacia este utensilio, propio de “los que tienen”, explica que hasta el siglo XIX, en Barcelona, no se abriera la primera fábrica de tenedores en España. Aún entre las élites no se generalizó hasta el XVIII. Se sabe, por ejemplo, que Carlos V y algunos de sus nobles lo usaban, pero se lo traían de alguna ciudad de la parte alemana de su imperio y en su corte lo consideraban una extravagancia. Luis XIV comía aún con los dedos…

La “selección natural” de las palabras en la diacronía de una lengua delata en ocasiones, como en este caso tan llamativo, el darwinismo social paralelo y complementario. Nuestro cotidiano tenedor es consecuencia del tabú de la horca campesina, que tantas veces hemos contemplado en la iconografía de las rebeliones y revoluciones contra los señores tenedores de toda la vida…

Expectativas

El otro día me comentaba un compañero, algo escandalizado, que una alumna muy brillante de segundo de Bachillerato aspiraba a cursar estudios de Trabajo Social. Se escandalizaba porque, dejándose llevar por antiguos prejuicios, daba por supuesto que haría la carrera de Medicina, o alguna Ingeniería…, esas carreras que, de siempre, han sugerido los padres a sus hijos estudiosos o que, socialmente, consideramos prestigiosas. “Se va a casar con un ingeniero” -se decía con admiración de alguna chica en “edad de merecer”.

Trabajo Social está de moda. En el grupo de adultos al que doy clases este curso, la mayoría -de los pocos que piensan en estudios universitarios, bien es cierto- piensa en esa especialización. A mí, al contrario que a mi compañero, esa moda me parece un síntoma bonito, una muestra esperanzadora de que en la conciencia de las nuevas generaciones existe el prurito de trabajar en algo que redunda en un bien común, que sea la manifestación de sus sentimientos de solidaridad.

Se multiplican las noticias de ex alumnos que viajan a distintas partes del mundo, para trabajar con oenegés -el otro día comentábamos por aquí, también, sobre los aprovechados que lo hacían como una manera de viajar “gratis”- sin ningún afán de ganar dinero, sino de dejar su huella de enhermanamiento humano. La última -la mayoría, mujeres- tras dos largas temporadas en Centroamérica y una última temporada de trabajo temporal por aquí, se va a Idomeni para acompañar, jugar o preparar comida caliente, a niños refugiados.

A mí me admiran los jóvenes de ahora, su capacidad de adaptarse a ese presente continuo a que les condena el paradigma socioeconómico contemporáneo. Se han acostumbrado a prescindir de la vida como proyecto (escribíamos sobre ello también hace poco), incluido el de fundar familia, y han decidido entenderla como biografía. Van trenzando, así, momentos “laborales” junto a vida cotidiana compartida con la humanidad sufriente, con amores y amistades que no conocen fronteras, en una trama y urdimbre que no sabemos -no lo saben ellos tampoco- en qué acabará ni cuándo, pero que a muchos nos levanta el corazón y el ánimo….

Hacer unas risas (Apuntes, 11)

Empecé a escribir esta nota así: “Esta mañana, tomando el café en la terraza de siempre, me eché unas risas con un amigo al que hacía mucho que no veía…” Pero caí en la cuenta (al margen del nulo interés que eso pueda tener para los demás) de lo que me gusta esa construcción, que uso mucho, “echar unas risas”, como “andar unos pasos” y otras donde un verbo con su complemento directo sustituye al seco verbo intransitivo. Y esto quizá tenga más interés para los enamorados de lenguas y palabras…
Alfonso Sastre, en su Ensayo general sobre lo cómico, contaba que un vecino suyo de Ondarribia decía a menudo “hacer unas risas”. Él pensaba que era por influencia del eusquera, lengua en la que el verbo “egin” (hacer) interviene en multitud de expresiones que indican acciones. “Hacer unas risas”, qué hermosa manera de restituir a las palabras la acción creadora de los hombres…

Mirar hacia abajo

Explorando aún el paseo mañanero: me encuentro con un vecino que regenta un bistró que es un hijo de campesinos. Siempre va por la calle mirando al suelo. “¿Por qué?” -me pregunto. No es tímido, ni especialmente despistado o meditabundo… Y hoy creo haber descubierto la razón: es un gesto heredado de su padre. Los campesinos miran continuamente al suelo y al cielo. Al suelo porque la tierra es accidentada y tienen que ver por dónde pisan, y porque allí está lo que siembran y crece. Al cielo por las azarosas lluvias o el inclemente sol… Los mineros también miran al suelo, pero no al cielo. Solo los habitantes de las ciudades miran de frente, porque el suelo es plano y previsible, porque el cielo es pequeño, lejano o invisible y nada puede venir de él que altere su caminar…

La prisa contemporánea

(De una conversación en Hubzilla sobre tuiter y la nueva política…)

El medio es el mensaje (es el masaje, bromeaba McLuhan) A mí me encantaban las listas de discusión por correo electrónico: el email es más lento, daba tiempo a leer y pensar/escribir los mensajes; había reflexiones largas… El “tempo” musical. Incluso los grupos de news, que ya iniciaron la aceleración de ese tiempo, con respuestas alboratads, rápidas y mezcladas como en los chats, permitían un intercambio más reposado. El email se ha convertido en una antigualla. La aceleración acelerada del timeline en las redes sociales es ya la aceleración del consumo capitalista, del usar y tirar, la dictadura de la adicción que tienen los lóbulos frontales a la novedad continua, al estímulo rápido y su pequeño “subidón”. Las consecuencias se conocen: extensión del microtexto, generalización del olvido, falta de paciencia y concentración, nerviosismo ante lo que suponga establecer una línea de causas y consecuencias… Todo eso crea sinapsis neuronales adaptadas y relega las antiguas, desarrolladas por un entorno en el que primaba el discurso verbal (la conversación, el libro, el periódico…) Es decir, nuestro cerebro se ha reconfigurado. Cambiar las sinapsis es muy difícil. Lo sabemos muy bien quienes nos dedicamos a la enseñanza con adolescentes.

… En ese nivel cognitivo que te propongo, las diferencias entre una red privada y otra abierta son irrelevantes. En Hubzilla, el límite no son 1.000 caracteres, como en gnusocial, sino que es, a efectos prácticos -lo que somos capaces de escribir- un “n” infinito ¿Y no notas que al menos, si no más, el 50% de las entradas son telegráficas? ¿Que lo son aún más las respuestas? ¿Que lo que predomina, de forma abrumadora, es “compartir” y no crear… ¡Porque es más rápido y la sensación de novedades es mayor! Aquí existe la posibilidad de una búsqueda y lectura reposada de las cosas de tus amigos visitando su perfil, hay filtros para ver el timeline por fechas, por autor, por temas, por entradas marcadas como preferidas, por posts nuevos o por comentarios nuevos… ¿Quién lo hace? Se miran los 10 últimos posts del stream y luego la persiana arriba, a los más nuevos.

A lo mejor es que soy algo más optimista con las personas que, de entrada y sin ninguna pistola en la nuca que les obligue, optan por compartir en redes libres aun a sabiendas de que habrá menos público.

… No se trata de ser optimista o pesimista ni de redes libres o no libres. Vamos, no trataba de eso mi comentario. En el sentido en que lo hacía, es indiferente que sean de un tipo u otro. Todas comparten la acumulación de estímulos auditivos o icónicos en mucha mayor proporción que los verbales, la rapidez de su sucesión… Y es eso lo que ha reconfigurado nuestro cerebro. Respecto a que te sigan más o menos personas, como bien dices, no importa: importa la gente que siga a quien te siga, su capacidad de geminar tus cosas. Si es que la cosa va de que te lean y te conozcan mucho quod erat demonstrandum

A mí, particularmente, me cuesta reflexionar sobre la calma

A todo el mundo. Pero creo que hay que pensar por qué y adónde conduce eso y qué efectos tiene. El capitalismo, desde los primeros imperios coloniales, rompió el espacio acelerando el tiempo (medios de transporte más rápidos, más extendidos…) en su afán que no conoce fin de crear mercados y consumidores para crear más capital, etc. Esa es la raíz de la prisa contemporánea: distancias cada vez mayores en las ciudades, multiplicación de trabajos y ocupaciones “lúdicas”, multiplicación de “viajes” y “experiencias” tanto como de “amores”, “amigos” o “likes”… Es la misma prisa que tiene nuestro cerebro, que es adictivo como te decía a las novedades, en adquirir anécdotas, noticias, frases, citas… Los chicos actuales en clase interrumpen cualquier explicación o historia con un “pues yo me enteré en internet de que…” venga o no a cuento con el hilo principal de la clase en ese momento. El nerviosismo que sentimos ante el tiempo de carga de una página web está estudiado y dura fracciones de segundo. Si no se ha cargado en ese tiempo infinitesimal, nos vamos a otra y abandonamos nuestra intención inicial. ¿Se trata de una “manera de ser” como tú insinúas? NO, es general e intencionado. ¿Se pueden descubrir “verdades” a ese ritmo? NO. El girigay del PSOE de ayer, sin ninguna discusión de nada sustancial ¿es casual?, ¿es producto de la idiosincrasia española? NO. La raíz de todo este alboroto del gallinero humano es la misma…

Juegos, imaginación, pobreza

Ni sé las veces que reutilicé los palos, tablas y puntas mohosas (mi padre era carpintero y arrumbaba restos en el antiguo corral de mi casa, donde yo jugaba), los cartones de las cajas que me encontraba por ahí… Puedo testimoniar lo que aquellos tejemanejes estimulaban la imaginación y lo bien que me lo pasaba… Pero ya tenía inoculado el veneno del consumo de los primeros anuncios de la primera televisión y a veces sentía como una melancolía de no poder tener los muñecos y artefactos con que la incipiente publicidad me tentaba. Eran pocos, y veía poco esa primera tele en blanco y negro, que además estaba casi siempre averiada. Así que, afortunadamente, me dio tiempo a crear mis autodefensas frente a ella, “recreando” con mis palos y cartones el submarino de Viaje al fondo del mar y hasta el rancho de Bonanza…. En la calle era más fácil, porque nos juntábamos con los primeros que encontrábamos para jugar a la pelota, a las rayuelas cuando llovía, al “teje” con viejas suelas de zapatos o a bailar los trompos. La cosa iba por temporadas y era todo tremendamente económico, aunque la principal razón es que ninguno teníamos un duro, todo hay que decirlo.

El flautista de Hammelin (Apuntes, 10)

Ya se oye la música del flautista de Hammelin que dejará de nuevo las calles y plazas huérfanas de niños. Ya las guarderías están llenas de ellos y, pronto, lo estarán colegios e institutos… Vivimos la época de la escolarización universal y casi perpetua, que, en el periodo laboral discontinuo que vivimos se recodficará en forma de cursos de formación o en reespecializaciones y, ya en el retiro, en forma de animaciones socioculturales -como se las llama en la neolengua- o cursos de actividades manuales o de gimnasias adaptadas a la edad…
En un cierto sentido, lo que empieza ahora es una expropiación estatal de la infancia. Uno entiende, faltaba más, los deseos de vida activa y de trabajos de madres y padres, pero lo cierto es que los niños son criados y educados -hasta en sus juegos. oh dioses- por monitores y funcionarios. Por supuesto, la vida adulta ya estaba expropiada por el trabajo o su búsqueda ansiosa. Se cierra así el ciclo de nuestras vidas enajenadas, que comienza  ya en ese territorio aséptico y hermético de las ludotecas o las aulas, al son de la música del terrible flautista…

La belleza humana

No me gusta el deporte televisado, y no lo veo nunca, casi sin excepciones: una de ellas es el rugby, por el que de vez en cuando me dejo seducir. Sus jugadores, que parecen campesinos y canteros, transmiten una sensación de fuerza, nobleza y concentración que me han hecho pasar algunos buenos ratos. La otra excepción es la gimnasia rítmica. Hace unos minutos he disfrutado de esas chicas en las olimpiadas, y de la sinfonía que componen sus bellos cuerpos longilíneos. La hermosura que resulta de la sincronía y la elegancia de sus movimientos aparentemente ingrávidos, de sus encuentros y desencuentros, de pausas y estacatos me hace olvidar la tontería de las banderas y sus periodistas contadores de medallas, para disfrutar con la simple belleza del cuerpo humano, desprendida y autónoma ya, en el cuadro final, del esfuerzo y la disciplina previos, devenidos invisibles al amor de la mirada…

Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

Inquilin

La palabra inglesa inquilin está mucho más marcada que la española “inquilino”. Inquilin designa a los animales que usan para vivir las madrigueras o refugios de otras especies. Hay un matiz parasitario u okupa que no tiene el equivalente en nuestra lengua. En el ámbito humano, pues, desde el punto de vista de la xenofobia, el emigrante es visto como un inquilin, una especie invasora que ocupa nuestras viviendas, calles y ciudades para vivir en ellas, como unos inquilinos gorrones. Me parece sugerente abordar lingüísticamente el problema de refugiados y emigrantes como un caso de inquilinato, sujeto, como se entiende en inglés, a miedos y competencias zoológicas por el territorio muy arraigadas en nuestro cerebro antiguo.

Derecho moderno y animismo

Una de las paradojas del derecho moderno es, ¿cómo llamarlo?… su “animismo”. Por ejemplo, la Iglesia Católica, otorga de facto naturaleza de persona jurídica1 al feto humano (hubo un tiempo, como contraste y lección, en que negaba que las mujeres tuvieran alma, y aquello se discutió en un concilio). La cada vez más fuerte influencia de los partidos animalistas y organizaciones adyacentes nos están acostumbrando a otorgar a los animales (¿sólo vertebrados?) una subjetividad consciente y sufriente. Los movimientos en pro de una Declaración Universal de los derechos de los animales son ya antiguos: más pronto que tarde, la veremos y nos habituaremos a ella. ¿Pero dónde estará el límite a este nuevo animismo? ¿Incluiremos el mundo vegetal y microscópico? La teoría de Gaia establece una especie de intersubjetividad al planeta, una suerte de “inconsciente colectivo” de todas las especies vivas, si queremos imaginarlo así. Una “supersubjetividad” que la convierte en persona jurídica también: los derechos del planeta…

La paradoja es que, en paralelo a esta extensión universal de las personas jurídicas, portadoras de derechos, los derechos humanos, los más antiguos y consagrados en el tiempo histórico, sufren retrocesos temibles día tras día. De forma complementaria a su fragmentación y a su exclusiones: los derechos “sociales”, que siguen sin entrar en la gran Declaración, y las nuevas inclusiones, el derecho a nuevas identidades y su reconocimiento público… Pienso que se trata de un corrimiento de perspectivas a la que no se presta la debida atención.

¿Qué hace uno aquí? (Apuntes, 9)

Introspección sobre mi porfiada participación en las redes libres…

¿Qué hace uno aquí?

Algunos vivimos una posición paradójica en el seno de esta sociedad, sin poder integrarnos de lleno en el estruendo que la ocupa y sin atrevernos tampoco a romper con ella, aunque con frecuencia nos hastíe. Vivimos en cierta forma infiltrados, intentado ser agentes dobles.

Hago mías estas palabras de Ignacio Castro, para el comienzo de esta introspección. Porque, en efecto, es un buen momento para preguntarme qué hago aquí, tras todos estos años de porfiada participación en la red libre…

Lo primero es que no estoy para criticar ni combatir los peligros de las grandes plataformas empresariales F & T. Cualquier persona medianamente bien informada debe saber de sus peligros y que, integrándose en ellas, vende su alma al diablo. F & T existen, están ahí porque ganaron esta supuesta “guerra” entre redes sociales que algunos ingenuos creen todavía que está teniendo lugar.

A mí mismo, durante los cortos periodos en los que compartí en ellas, me resultaron útiles: estuve en contacto con alumnos y conocí, e hice amistad, con periodistas y escritores a los que admiro y respeto.

Así que si emigré pronto al viejo joindiaspora, a identi.ca -después pump.io- y finalmente a redmatrix /hubzilla, donde he terminado poniendo el huevo, lo hice por una elección personal, ética y estética (en el sentido en que un código, su concepción y desarrollo tienen también una “poética” y una belleza) y por ninguna otra razón de las que se estilan. Nunca me he dejado engañar por la ilusión de que en estas redes uno es inespiable o anónimo. En todo caso, Pepe Gotera y Otilio lo tienen un poco más difícil, pero soy consciente de que desde que se sale a internet, uno está siendo ya rastreado, y localizado e identificado con un poquito más de tiempo…

Tampoco tuve nunca la ambición de tener un millón de amigos o me gusta. El poquito de vanidad que uno pueda tener, ya lo tengo cubierto con creces con el cariño o admiración que he recibido de alumnos, amigos y unos pocos lectores…

Tampoco creo que esté aquí para dar a conocer “mi obra” -que bien escasa y discreta que es, valga lo que valga, por otro lado- o algo parecido.

Y si tampoco estoy aquí porque crea en el “activismo” (que a mí me recuerda más la manía de las “actividades” que tienen muchos compas de profesión) ni en su efectos reales, a no ser Tuiter para las convocatorias puntuales de gente en protestas y asambleas. Pero eso no tiene sentido en la España rural en la que vivo… Ni por ninguna clase de proselitismo, porque no tengo ninguna bandera para convocar a nadie. Tal vez, mi viejo prurito de enseñar, ese me lo reconozco a veces…

Y si no es nada de eso ¿qué hace uno aquí? Creo que es, sobre todo, por departir con algunos pocos amigos que he ido haciendo, en un ambiente tranquilo y discreto, por dejar una huella, como la baba del caracol, de lo que uno va leyendo y pensando a propósito de esto o lo otro, por disponer de una plataforma de publicación en línea tan potente como esta de Hubzilla (que más que un producto, como dice su creador, es un evolutionary art) y, finalmente, por aprender de otros y otras, a veces de lugares tan remotos como Noruega o México y poder sentirme un poco nómada, ya que mis circunstancias personales me han hecho tener una vida sedentaria…

Por algo de todo esto, sigo por aquí, con estos años y estos pelos :-)

Es el aburrimiento, amigo

Creo que fue Casiano, en el siglo V, el primero que escribió sobre el aburrimiento. Más en concreto, sobre el aburrimiento de los monjes, la acedía, una mezcla de hastío del espacio cerrado de la celda y del vacío mental de la repetición ritual de la vida cotidiana: horror loci y horror vacui. La acedía, ocasión siempre para la tentación y el pecado, se combatía con la ocupación total del tiempo entre los rituales religiosos y el trabajo manual, el ora et labora de los benedictinos…

El aburrimiento contemporáneo es de otro tipo y tiene que ver más con la ocupación de la vida, programada en tramos de tiempo regulares (horas, semanas, años) que los señores del tiempo y las plusvalías han ido disponiendo con la escolarización perpetua y con las jornadas laborales. Pero sobre todo, tiene que ver con la ocupación del futuro entendido como un tiempo plano y muerto, el tiempo del interés bancario, de los seguros o de las pensiones y vacaciones. Es un futuro cuyo señuelo es una promesa de felicidad o descanso, siempre postergado y nunca cumplido, pero que siempre funciona por eso mismo. El aburrimiento es más ostensible justo allí donde se supone que acaba: en las tristes fiestas, diversiones y borracheras previsibles…

Parecido a la acedía medieval, es el aburrimiento escolar -que puede ser creativo, siempre lo he defendido, en la ensoñación adolescente, mientras se le dibujan bigotes al retrato de Machado- conscientemente provocado, pues la ruptura continua del tiempo en tramos horarios fijos está pensada para la domesticación y el desaprendizaje, en que el hastío provocado por el cambio continuo es parte fundamental…

La cultura del proyecto

Leo Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga., un libro de Martí Peran. Es una lúcida crítica a la hiperactividad (capitalista, nietzcheana) y la “autoproducción” (hazlo tú mismo, hazte y rehazte, emprende…) contemporáneas. Leo cosas tan interesantes como esta:

La idea de proyecto es la fórmula retórica que engloba mejor la hiperactividad autoproductiva. La propia vida es concebida como proyecto en lugar de como biografía. Una vida como devenir biográfico conlleva una sucesión de experiencias con solución de continuidad. En una vida biográfica se cruzan por igual ilusiones cumplidas y desengaños sobre el filo de un tiempo único. La vida bio-gráfica se dibuja de forma paulatina en un trazo continuo. La vida como proyecto, por el contrario, es una vida sometida a la flexibilidad y la atomización. Cada uno de los modos de ser del sujeto de la autoproducción lleva inscrita una fecha de caducidad. Para que se mantenga operativa nuestra inquietud productiva, no podemos detenernos en ningún modo de aparecer. La visibilidad que nos constituye ha de ser permanentemente reconfigurada.

Lo que sabía y no sabía hacer

He terminado Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Imagen/foto

Bajo los epígrafes “lo que sabía hacer” y “lo que no sabía hacer”, que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo a través de la especialización -que estos campesinos aún no conocen- que nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

 

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa de un escaparate luminoso.

Mighty Man
by Wesley Kaizer on YouTube

I COULD READ THE SKY
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Adultescencia (Apuntes, 8)

Lo de la “adultescencia” es un neologismo que se ha hecho popular a partir del libro de Eduardo Verdú Adultescentes: autorretrato de una juventud invisible. Intenta reflejar un fenómeno muy contemporáneo y propio de las sociedades capitalistas occidentales: Hombres -mayoritariamente- de una franja de edad que ya abarca de los 20 a los 40 años, que no abandonan la casa de los padres (el antiguo síndrome del “nido vacío” se ha convertido en el del “nido lleno”), que han renunciado a montar familia propia, e incluso a compartir piso, con trabajos esporádicos e ingresos irregulares (solo un 35% dice tener una cierta autonomía económica, pues no pagan hipoteca ni alquiler) que, sin embargo, dedican a gastos relacionados con el consumo personal y las satisfacciones hedonistas: salir de copas, relaciones esporádicas… La publicidad y el Mercado ya se fijaron en ellos hace tiempo, en su búsqueda perpetua de nuevos consumidores.

Las explicaciones económicas son evidentes: trabajos precarios (los contratos predominantes actualmente son de una semana), miedo a tener hijos (la media de edad española anda en torno a los 30 años para el primer hijo), incertidumbre general sobre el futuro que los hace refugiarse en una juventud sin límites que pretenden aproblemática. Y ahí entran las explicaciones psicológicas que a mí me convencen menos pero me preocupan más: el síndrome de Peter Pan, el narcisismo, la dependencia de otros, o de las ayudas del mismo estado, la queja continua…

Hace tiempo que saltó por los aires el tradicional relevo generacional, cuyo dictum era, en pocas palabras: uno debe superar las dificultades e intentar vivir mejor que los padres. Un “adultescente” citado en un artículo de Alberto G. Palomo, publicado en el número de junio de Tinta Libre, que ha motivado esta reflexión, lo explicaba así: mis padres lucharon contra las privaciones y lo consiguieron, nosotros luchamos contra nuestros deseos frustrados y fracasamos.

Ya vivimos, en general, al margen de la edad biológica y la “madurez”, entendida como aceptación del principio de realidad y la asunción de las riendas de la propia vida entendida como una toma de decisiones, empieza a llegar, en muchos casos, a los 30 años. Posiblemente en unas décadas, llegue a los 40. Esa adultescencia, pues de alguna manera debe seguir produciéndose el relevo generacional en tanto existan nuestras sociedades “organizadas”, va a terminar girando alrededor de un eje cronológico impreciso en que se alternarán periodos de paro, de formación y de minijobs que, de forma sucesiva e irresoluble nos llevará a la edad tardía. La dictadura de la escolarización cuasi permanente nos sujetará a ese principio de indeterminación y dependencia de otros o de las instituciones “protectoras”, pese a todo, de los estados, que parece marcar la pauta de estos tiempos bobos….

A propósito del pacifismo y la violencia (Apuntes, 7)

Comparto con los amigos del blog mis intervenciones en un debate que estamos teniendo algunos miembros en el foro Anarquismo(es) en Hubzilla, a propósito del libro de Peter Gelderloos, Cómo la no-violencia protege al Estado, Santiago, 2012.

… Terminé de leer el libro de Peter Genderloos, aunque he de reconocer que ha sido una lectura rápida en la que me he saltado muchas páginas, particularmente los prolijos ejemplos que va aportando para reforzar su tesis. Demasiados, porque un crítica contra el pacifismo o la no-violencia no necesita tal cúmulo de “casos” de la realidad. Al contrario, la necesidad de tanta “documentación” histórica más bien muestra la debilidad o la dificultad de su argumentación, que de hecho termina trabajosamente en las páginas finales con desahogos y afirmaciones arbitrarias como esta:

Por toda esta falsa fanfarria, la no violencia resulta decrépita. La teoría no violenta se reduce a un extenso número de manipulaciones, falsificaciones y engaños. La práctica no violenta es inefectiva y no merece ser considerada. En un  sentido revolucionario, la no violencia no sólo no ha funcionado nunca, sino que nunca ha existido.

¿Tantas páginas y esfuerzo para acabar con clichés valorativos, tan poco racionales como “falsa fanfarria”, “decrépita”, “manipulaciones, falsificaciones y engaños”, “inefectiva”, “no merece ser considerada”, “no ha funcionado nunca”, para terminar negando a las teorías de la no violencia su misma existencia “nunca ha existido”?

Otra dificultad que he tenido en la lectura -que a veces se me ha hecho insufrible por lo tópica- es que, si bien para nombrar al pacifismo o la no violencia no tiene problemas nunca -siempre aparecen llamados así, acaso con añadidos del tipo “pacifismo liberal” o pacifismo blanco- duda continuamente sobre cómo llamar a la idea o ideas que sitúa enfrente. Unas veces son los “militantes”, otras “pacifistas activos”, otras con los términos clásicos de “lucha armada”, otros como “activistas” o el clásico de “acción directa”…. Esa oscilación continua es también la oscilación de su propio razonar.

Las ideas se definen por sus contrarios y en ese sentido son complementarias. Si pacifismo viene de paz, su contrario solo puede ser guerrismo, que viene de guerra; o violentismo si elegimos violencia. Como son complementarios, se neutralizan y eso explica el laberinto en que se mete Genderloos: intentar una síntesis por absorción, algo así como un pacifismo militante, activista, aguerrido y violento si hace falta. La ecuanimidad que a veces dice intentar es solo aparente.

Las dos “cosas”, llamémoslas teorías o movimientos, las compara a lo largo de tantos casos históricos en base a -toda comparación tiene que tener una base en torno a la que poder hacerla- su “eficacia”. ¿Eficacia para qué? Pues para el cambio social, político o revolucionario, como solemos llamarlos (¿pero alguien cree que una lucha callejera contra los antidisturbios a pedradas o con molotovs puede provocar alguna revolución, en las ciudades de nuestro mundo, cuando al día siguiente hay que levantarse a las 5 para el trabajo y que no nos corten la luz?). Eficacia que unas veces identifica con “rapidez”, otras con “radicalidad” y otras con algo como “poner nerviosos a los estados” y otras, finalmente con la capacidad de unos y otros para “movilizar” masas de descontentos que, tras pequeñas pero continuas victorias parciales, lleven a cabo la revolución anarquista final que acabe con los estados, el racismo, el machismo y el ecocidio en una tacada universal, que, visto lo visto, tendría que ser una guerra del fin del mundo…

Nada de esto me lo invento, está en un capítulo que dedica a tácticas y estrategias. Para comprobar la “eficacia”, de pacifistas y de violentos, para disfrutar de sus victorias, solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y leer las noticias. Respecto a las “revoluciones” -violentas o pacíficas-, solo hay que echar un vistazo a cualquier manual de Historia o historias para ver en qué acabaron todas. Para comprobar la radicalidad, de ir a la raíz, solo hay que hablar con mujeres y niños a lo largo y ancho del mundo, o leer a las -pocas- mujeres que han escrito y dejarnos empapar de sus vidas, siempre apuntaladas sobre las de los hombres; o preguntar a los cerditos o pájaros, o ver qué escapa al discurso filosófico, científico, moral, monolítico y exclusivo hasta la fatiga de los hombres desde… ¿desde cuándo? ¿El hombre nuevo? ¿El mundo nuevo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

Los apartados que más me han interesado, por los enfoques -que suenan a mis oídos a algo más novedoso o refrescante que el resto- son los que dedica al pacifismo “racista” (el hombre blanco buena gente que aconseja ser pacífico al hombre negro o colonial o postcolonial) y al que afianza el patriarcado. Una vez lo hace con razones muy evidentes pero que la mayoría de los hombres pacifistas “no ven”: ¿no hay que enseñar a una mujer a pelear con un hombre y, si no a noquearlo, a aturdirlo lo suficiente para ponerse a su salvo de una agresión? No mucho más.

Si no nos zafamos de estos tópicos, en el fondo tan estériles y enervantes -aunque comprensibles por la hartura de este mundo una vez que hemos sido capaces de verlo como es-: todos quieren las 4 verdades del barquero, fáciles de digerir y entender, y que la revolución sea rapidita-, no creo que hagamos gran cosa sino seguir dando vueltas al bombo. Yo aprendí que todo el tinglado se base en nuestra fe en que esto es la realidad, y que mientras no nos zafemos de esa fe y del lenguaje que la instituye, no hay cambios posibles. Los dioses -de la violencia o de la no violencia, los que se alimentan de las grandes palabras y de nuestras vidas, de las ideas contrarias y complementarias por tanto, que se neutralizan y es así que ya no sirven: del estado y el individuo, de la justicia y la injusticia…- seguirán presidiendo desde su altar invisible nuestro sinvivir y nuestras muertes, y mientras esos dioses que nos obligan a pensar como ellos no cambien -como decía Rafael Sánchez Ferlosio-, nada habrá cambiado.

***

… Pero es que, además, aun aceptando la necesidad de una “lucha armada”, la desproporción de fuerzas (medios, armas, capacidad de espionaje, complicidad social) es de tal calibre que creer en eso a estas alturas es de una ingenuidad dolorosa. Howard Zin, en el prólogo a un libro de Jack London, El talón de hierro -que planteaba una distopía que acababa a tiro limpio en una revolución armada en USA- lo dejaba meridianamente claro. Aún en tiempos de London era imaginable una lucha así con posibilidades de victoria. Hoy es candoroso pensar así, salvo que se piense en autoinmolaciones criminales como las de algunos islamistas o en bombas que siembren terror entre la gente que pasaba por allí.

La violencia, incluso en una resistencia “pasiva” sí que es inevitable, como cuando uno quiere desplazar a alguien para quitarle el balón o para evitar que te muela a palos. Pero no la lucha armada. La lucha que queda es de inteligencia contra inteligencia, de discurso contra discurso, de ideología, de convencimientos… Zin ya hablaba de ocupaciones: ocupaciones de espacios urbanos o rurales, de instituciones, de creencias, de prácticas cotidianas, como redibujar una plantilla, no hacer lo previsto, hacer oídos sordos, dejar de ser reproducibles y previsibles. La lucha armada es totalmente previsible, hay vacunas preparadas contra ella, es acción-reacción, en un mecanismo mil veces ensayado y perdido. Un armado en una guerrilla será un soldado uniformado si triunfa. Esa es una historia que hemos visto ya demasiadas veces, y está llena de ruido y furia.