Un mundo desquiciado

El fragmento que se puede leer a continuación pertenece al prólogo del libro de Fabián Scheidler El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz cuya lectura recomiendo vivamente. Es un excelente cayado para el peregrinaje por esta época tan incierta como peligrosa. Dicho queda.

“El mundo está desquiciado”, escribió William Shakespeare hace 400 años, en una época en la que empezaba a formarse el sistema-mundo capitalista. Hoy em día presenciamos no solo cómo se desvencijan los pilares y anclajes de nuestro mundo, sino también cómo se están deformando cada vez más las referencias de nuestro actuar y pensar. Es como si el andamio que apuntala nuestro mundo continuara retorciéndose bajo la influencia de una inusitada fuerza de gravitación o de un calor extremo, hasta que una línea deja de ser línea y un ángulo recto deja de ser recto. Igual que los relojes del famoso cuadro de Dalí, nuestros compases y nuestras normas de orientación se están fundiendo bajo el sol abrasador de los proclamados “cambios de época”. Lo que antes era aceptado como lógico ya no lo es; donde antes existía un límite ético, avanzan hoy los tanques.

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Del castillo y la iglesia a los centros de datos: los nuevos paisajes del poder

Olivia Carballar

Publicado en La Marea

Del castillo y la iglesia a los centros de datos: los nuevos paisajes del poder

«Al visitar un pueblo, es fácil distinguir cuáles eran los centros del poder tan sólo viendo cómo el castillo y la iglesia se distinguen y alzan sobre el resto de edificios. En una ciudad, sucede algo similar con los rascacielos, los palacios y las torres televisivas. Sin embargo, el nuevo poder tecnológico, condensado en centros de datos de hiperescala, pretende pasar desapercibido, como ha denunciado Niklas Maak en su Data Center Manifesto«, explica a La Marea el investigador predoctoral en el CSIC y la UC3M Manuel García Domínguez, un sábado de junio en medio de un ciclo de charlas sobre estas infraestructuras en Extremadura.

«La industria de los centros de datos pretende construir el imaginario social de estas instalaciones a partir de un bombardeo de imágenes pulcras, futuristas, a menudo creadas con IA, de sus salas de servidores. Al mismo tiempo, despliega una arquitectura externa austera, de edificios bajos sin ventanas ni logotipos, que pretende camuflarse entre unas naves logísticas ya habituales en el paisaje español», prosigue. Sin embargo –dice– no es tan sencillo ocultar los impactos de «industrias tan extractivas».

«Los centros de datos emiten ruido a través de sus refrigeradores, gases contaminantes a través de sus generadores y, entre ambos, grandes cantidades de calor que pueden elevar la temperatura a un par de kilómetros entre dos y nueve grados. Esto reconfigura, radicalmente, la biodiversidad y, con ella, el paisaje en los que se instala», analiza.

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Amenaza para la humanidad por parte de inventos y descubrimientos

Bertolt Brecht

Me complace compartir aquí estas luminosas anotaciones de Bertolt Brecht para la versión danesa de su Vida de Galileo, 1940, que, en traducción de Manuel Monleón Pradas, ha publicado el magacín digital espai-marx.net

El conocimiento de la naturaleza de las cosas, por muy ingeniosamente que se amplíe y profundice, no es capaz, sin el conocimiento de la naturaleza del ser humano y de la sociedad humana en su conjunto, de convertir el dominio de la naturaleza en una fuente de felicidad para la humanidad. Más bien se convierte en una fuente de desgracia. Es así cómo los grandes inventos y descubrimientos no han hecho más que tornarse una amenaza cada vez más terrible para la humanidad, de modo que hoy casi todo nuevo invento es recibido con un grito de triunfo que pronto se vuelve un grito de angustia.

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Un niño mirando un escaparate

En uno de los pecios de Campo de retamas, de Rafael Sánchez Ferlosio, Ferlosio se recuerda mirando el escaparate de una ferretería, con la frente apoyada en el cristal, embelesado pensando cuántas de las herramientas y materiales que veía allí se compraría.

Yo me recuerdo así en el escaparate de una cuchillería a la que algunos habíamos puesto el escabroso nombre de “Sindicato del crimen”. Me veo mirando con fijación morbosa las enormes navajas albaceteñas, los finos estiletes de despliegue automático o los inquietantes cuchillos jamoneros. Aunque la persistencia fija de ese escaparate y ese nombre me obligó a preguntar a algunos coetáneos por tal tienda y nadie la recordaba. Así que su fijeza onírica y la falta de otros testimonios me ha hecho pensar en una imagen desprendida de un sueño, pues ¿qué es la vida, al decir de Anne Carson, sino una cadena de sueños?

Los otros escaparates anclados en mi memoria son más comunes y previsibles: los de las jugueterías en Navidad. El niño que miraba obsesivamente pegado al frío cristal era un niño pobre cuya casa visitaban, como por compromiso, en las madrugadas heladas de enero, Reyes Magos también pobres. De la fascinación de esos escaparates, al contrario del que describía al principio, me libré pronto, con cierto alivio, todo hay que decirlo, cuando fui padre: a mi querida hija nunca le gustaron los juguetes. Ella me pedía otra clase de magia…

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Besos escritos

Los besos escritos nunca llegan a su destino, pues en el camino son bebidos por fantasmas, decía Franz Kafka, más o menos, en una de sus incontables cartas. Y es que la literatura es un mal sustituto de la vida. Un viejo amigo aseveraba que la literatura era para nosotros -los que dedicábamos mucho tiempo y vida a escribir- una manera particular de enfrentamos al mundo. Hoy creo que es más bien una forma de rehuirlo.

Fui un gran escribidor de cartas, a corresponsales conocidos y desconocidos en el mundo real, así que aunque no las he contado (como sí lo hacía mi admirado Ricardo Bada, léase, si tercia, la reseña que dediqué a su último libro) debieron pasar largamente del millar. Contando a beso por carta, como en el conocido verso de Catulo, más de un millar de besos que no llegaron a su destino, bebidas por fantasmas, como quería Kafka…

Las cartas y el amor… Recuerdo ahora al protagonista del Diario de un seductor de Søren Kierkegaard, que quiso convertir sus cartas en medio estratégico de seducción, para lo cual guardaba copias de las (calculadas) cartas a su amada, para no cometer errores, olvidos ni repeticiones…

Volviendo al principio, no sé si la literatura es una manera de enfrentar o rehuir la vida, pero es, desde luego, la única que tenemos a mano los que nacimos, más o menos, con la marca de Caín de la escritura grabada en la frente…

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El síndrome de Frigoli

Los síndromes de son engañosos porque aparentemente explican muchas cosas, pero de una forma tan superficial que, en realidad, no explican nada. Se parecen, en ese sentido, a los refranes y las frases hechas, solo que su uso tiene el prestigio de la cultura.

Por ejemplo, este síndrome de Fregoli -que debe su nombre a un célebre transformista italiano- alude a gente que tiene la convicción de que quienes les rodean son, en realidad, una única persona que se camufla o cambia de apariencia hasta parecer muchos. Los que lo padecen se han persuadido de que se enfrentan a un impostor que usa el cuerpo de otros para engañarnos. (Leído en Delphine de Vigan, Les figurants)

Es poderosamente extraño y me resulta difícil imaginar a quiénes -salvo que sean actores- se podría aplicar. Aunque bien mirado, es una manera de entender el desafecto general de la gente común por los políticos. Veamos.

“Todos los políticos son iguales” ¿es una variante del síndrome o la sospecha que lo confirma? ¿El parecido o igualdad responde al aire de familia que el impostor les da a todos?

La AI quizá sea el caso más claro de manifestación del síndrome, su verdadera epifanía… ¿Cómo se combate, en ese caso? ¿Cómo librarnos de las fantasmagóricas manifestaciones de la máquina?

A mí me recuerda a mi propia teoría de las sustituciones… ¿El impostor es el cocinero que hace el cambiazo?

CONTINUARÁ

¿El gato y la liebre? Aviso para caminantes

Manuel Jiménez Friaza

21 de marzo de 2025

Los tres apuntes que, con este título, podrás encontrar tras este, necesitan una pequeña explicación, que empieza ahora.

Lee la historia completa

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Las dos cosas

El otro día hablaba con una amiga de otra amiga común, que, según ella, se quejaba continuamente de todo: un malestar físico, un disconfort anímico, una pena sin nombre… Me contaba que un médico le había detectado niveles de cortisol muy altos y que iba a realizarle unos tests -carísimos- para profundizar en la cosa y, supongo, medicalizarla.

Es un destino muy común en nuestro mundo, este de pretender resolver médicamente las múltiples tristezas que nos pueden asaltar, como una pantera silenciosa, en el camino ajetreado de los días. Yo le recordaba, por contrastar, los viejos versos del Buen amor del Arcipreste de Hita:

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera
por aver mantenençia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fenbra plazentera.

Y apostillada que mostraban un saber común milenario: que los padecimientos de los hombres siempre se pueden reducir a estas dos causas, la comida, el medio de subsistencia (aver mantenençia) y el amor ( aver juntamiento). Y que seguramente esto valía para nuestra amiga común, sin medir el cortisol que Dios confunda.

Pero estamos perdidos en el falso saber científico que ya llena nuestras cabezas y nuestras palabras de la mano de la neolengua. Aún recuerdo el pasmo que sentí cuando, ante una encomienda de tarea escolar, un jovencísimo alumno, un niño, me soltó muy ufano: “no me presiones, maestro, que estoy muy estresado…”.

Pues eso.

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Sufrimiento

“El sufrimiento es un malentendido”(Sally Rooney, Gente normal)

Lakoff contaba que, buscando preguntas realmente importantes con un amigo, consensuaron esta: ¿qué harías con un niño que llora porque no puede dormir? Bien pensado, de la respuesta que demos, depende el sentido de nuestra vida. ¿Qué hacer ante el sufrimiento de los demás? De esa respuesta depende también que podamos dormir sin llorar, a nuestra vez, por no poder hacerlo…

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Tranquilo en una habitación

Uno de los pasajes más citados de Pascal es aquel en que asegura que la mayor parte de las querellas y padecimientos de los hombres se debe a su incapacidad para permanecer tranquilo y en reposo en una habitación.

Lo he recordado en mi paseo de esta mañana, sorteando esos coches enormes que han puesto de moda los fabricantes y que los mansos consumidores de estatus y sensaciones en que nos hemos convertido ponen en circulación como corderos: precisamente ahora, en la fase final del pico del petróleo y en el paroxismo catastrófico de las crisis del clima de la mano del Niño.

La ciudad, pronto invivible, expropiada a la gente, me aturdía, inhóspita, con el ruido ya habitual y creciente de obras, pinturas de fachadas, descargas de camiones o gente enfadada hablando a voces, apresurada en un trajín sin sentido.

Definitivamente, Pascal tenía razón.

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