La ciruela

Por Ilka Oliva Corado | 20/07/2022 | EE.UU.

Crónica de una inmigrante indígena indocumentada en EE.UU. Guillermina deja las bolsas del supermercado sobre la mesa y con urgencia saca una ciruela, la lava y le da una mordida, el jugo se le escurre por la comisura de los labios. Cierra los ojos y saborea lentamente su dulzura mientras agradece a las manos que la cuidaron desde que la semilla del árbol fue plantada…

La ciruela – Rebelion

Desde niña sus abuelos campesinos le enseñaron a agradecer el trabajo que realizan quienes cultivan la tierra.

Originaria de Parramos, Chimaltenango, Guatemala, cuando llegó a Estados Unidos no hablaba más que su idioma materno, el cakchiquel. Palabras de español, una por aquí y otra por allá, del inglés jamás había escuchado. Lleva veinte años trabajando como empleada doméstica en Nueva York, ahí aprendió a viajar en tren. La primera vez que se subió a uno y vio los mundos de gente en la estación se sorprendió, de la tecnología y de la cantidad de personas que viajan en ese medio de transporte. En Guatemala nunca vio uno, sólo conoce la melodía El ferrocarril de los altos, que le gustaba a sus abuelos cuando la escuchaban en la radio, recuerda que le contaban que en Guatemala un día existió un tren que fue el más famoso de Centroamérica.

Guillermina dejó Guatemala junto a su hermano Jacobo para ayudar a sus padres en la crianza de sus hermanos pequeños, su historia no varía de la de miles de guatemaltecos que se ven forzados a emigrar de forma indocumentada. Estaba en las vísperas de los quince años cuando dejó su indumentaria indígena y metió en una mochila dos pantalones y dos playeras que compró en las ventas de ropa usada del mercado, para zapatos no le alcanzó y se fue con sus caites de diario. El único suéter de su mamá fue todo su abrigo para el trayecto.

No sabe cómo le hizo su memoria, pero logró bloquear todos los recuerdos del trayecto desde que llegaron a Tapachula, pero su hermano Jacobo los recuerda patente, pero la quiere tanto que sería incapaz de llevar a su memoria nuevamente el abuso sexual que vivieron los dos durante veinte días en manos de los coyotes que después los fueron a dejar tirados a Tijuana. Desde esos días Jacobo nunca ha logrado dormir una sola noche de corrido, lo despiertan en la madrugada las pesadillas.

Tiene tres trabajos. Cada viernes juntan dinero con Guillermina para enviar la remesa, ninguno de los dos autoriza a que emigren sus hermanos pequeños que en Parramos trabajan la tierra de sus abuelos, pero Miguel el menor, no les hizo caso y emigró con otro grupo de amigos, quería ir a ayudarles a sus hermanos mayores en la carga económica de la casa, lleva tres años desaparecido.

Guillermina, muerde la ciruela que la lleva a las remembranzas de los campos de cultivo de frijol, a la sombra de los palos de aguacate, naranja y a los surcos de los milpales por donde vio a sus hermanos pequeños empezar a caminar mientras sus padres trabajaban.

El jugo de la ciruela se le escurre por la comisura de los labios, Guillermina agradece a las manos que la cuidaron desde que la semilla del árbol fue plantada, el sabor de la fruta que tanto le gustaba a Miguel le desata un dolor que ha tenido anudado en la garganta durante tres años y comienza a llorar desconsoladamente. Cuando estaba en el supermercado recibió la llamada de Jacobo, por fin tienen noticias de Miguel, el equipo forense que hizo las pruebas les confirmó su identidad. Un equipo de rescate humanitario que buscaba a una migrante desaparecida meses atrás encontró sus huesos en un río seco en Sonora. Por fin, sus padres podrán enterrar a su hijo pequeño en el cementerio del pueblo.

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El sueño del tiempo

No es solo una dimensión

ni sus secuelas:

es materia, que a veces borbotea

como agua hirviente.

Otras veces sueña

y sus pesadillas son terribles.

O se transforma en muro

contra el que chocamos estrepitosamente

(aún me recupero a duras penas

del último trompazo).

Tal río invisible, en fin,

nos arrastra o empuja,

desvelando su verdadero rostro

de rufián que todos conocemos…

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Inmortal Panglosss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del espíritu solidario y sacrificado de los «servidores públicos», en la expresión engolada del presidente del gobierno hoy mismo. Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría. Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de los funcionarios, ya sean los que apagan fuegos o los que rescatan ciudadanos en las actuales ciudades encharcadas, puede ser un ideal colectivo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

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Bolsas de futuros, hambres futuras

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ellos, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelven sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra (desgraciadamente inconsultable porque desapareció la sección de La Opinión de Málaga donde fue publicado originalmente y también desapareció de mis escritos privados) a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, en derivados financieros: más adelante intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

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La melancolía de la ONU

Quiero dedicar la reflexión de hoy a una no-noticia: la vegetativa y funcionarial, melancólica e invisible vida de la ONU. Me mueve a ello un estimulante (y antiguo, pero ya he advertido que esto no iba a ser una noticia) reportaje de Antonio Lafuente publicado por la revista digital «Fronterad» (”Para qué servía la ONU”) sobre la decadencia y casi desaparición pública de la organización de las Naciones Unidas, en el momento histórico en que, seguramente, más falta nos hacen su vigor y potencia. Pendiente desde hace muchos años de una reforma, aprobada por sus miembros (pero refrenada por los más poderosos de ellos que no quieren ver desaparecer el derecho de veto, que es el cascabel del gato), para hacer su organigrama y protocolos de funcionamiento realmente eficaces y útiles, la heredera de la vieja Sociedad de Naciones languidece resignada en su invisibilidad e impotencia actuales.

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Caute!

No comparto la afición por los cementerios de muchos escritores, no solo románticos o góticos, pero sí me gusta la literatura que los describe o reseña. Es lo que me ocurre con unos artículos que Ricardo Bada -un periodista onubense que, sin embargo, pasó la mitad de su vida en la ciudad alemana de Colonia- dedicó a los muchos cementerios que había visitado y conocía. De ahí saco el título de esta entrada, y que, según él, aparece en el medallón con su efigie que se puede ver en la tumba de Spinoza en el cementerio de La Haya.

Me inquieta tanto como el ¡Cuidaos! con el que se despidió Jorge Verstrynge de nosotros, cuando era el secretario general de Alianza Popula (nombre al que entonces respondía el partido de la derecha española). Había pasado por Osuna, para no sé qué, y charló un rato con los que hacíamos allí una revista, en aquellos procelosos años de la restauración monárquica tras la muerte de Franco, en los que eran cotidianos los rumores de golpes de estado ¿De qué tenemos que tener cuidado? nos preguntamos cuando se fue.

En realidad, es una fórmula de despedida desafortunada y antipática. O eso le parece a uno. Pero retomando el hilo de las necrológica, he recordado la leyenda de una lápida romana, dedicada a una mujer, que Ortega y Gasset -en algún lugar de su insondable serie “El Espectador”- aseguraba haber visto y que rezaba a modo de elogio “Domiseda, lanifica”, que viene a significar en la lengua madre: “Se pasó la vida en casa tejiendo lana”.

Así que si eres aficionado, lector amigo, a las necrológicas y a las frases solemnes, ten cuidado con la que eliges, sobre todo si eres mujer . O por decirlo a la manera misteriosa e inquietante de Spinoza, más contundente, Caute!

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Despistar

Creo que la razón por la que escribo, o por la que tú pintas y el otro hace fotos es simple: pretendemos despistar a la muerte haciéndole creer que estamos muy ocupados haciendo cosas importantes y sería de mal gusto que nos interrumpiera. Hay otras más simples aún, como que no sabemos hacer otra cosa. Sin oficio ni beneficio y negados para los negocios o el robo, ¿qué otra cosa haríamos?

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De la mano

De pequeña iba siempre sobre mis hombros a todos lados. Desde allí oteaba el horizonte y se hacía sus primeras ideas sobre el mundo, que debían ser optimistas porque, en su perspectiva, la gente era más pequeña que ella, alzada sobre aquel gigante que era su padre. Le daba seguridad y, pronto, aprendió a guiarme y a cambiar de dirección según su capricho o conveniencia. Lo hacía con sus piernas o tirándome del pelo, a modo de riendas. Era un método doloroso a veces, pero que asumía gustosamente: yo era un caballo manso y lleno de amor por su jinete…

Cuando mi caballero echó por fin pie a tierra, llegó el turno de las manos: una para el padre y otra para la madre. En ocasiones, la segunda, de refuerzo, bajo el sobaco. Una época de contorsionismo por las calles de Aracena en la que ella, con toda la dignidad posible y su mirada al frente, nos acompaña en nuestros paseos, sorteando, como puede, los inestables empedrados de tantas calles de la ciudad o sus aceras rotas. Muchas veces tropieza con el aire.

Una carrera de obstáculos que, sin embargo, ha preferido de todos modos a cualquier carrito, cochecito o vehículo adaptado, incluido el automóvil. Cuando no hay más remedio y la subimos a uno, incorpora la costumbre de tomarnos de la mano, como si un vértigo imperceptible para nosotros amenazara su precario equilibrio. Siempre de la mano.

Cuando llegamos a alguna plaza, se tira, literalmente, al primer banco que ve libre, agotada, pero con una sonrisa de satisfacción que parece decir “Misión cumplida”, papá. Es entonces cuando sus ojos traslúcidos, recostada sobre los dos, se extasian mirando el cielo o entrecerrándolos cuando hay sol. Si hay un paraíso recobrado, es ese.

Por eso, nada me enternece más que ver a un niño de la mano de sus padres, o de sus compañeros del colegio, cuando salen a la calle en parejas, liberados de las aulas por un rato. O un anciano o anciana, del brazo de su nieta o cuidadora, héroes imposibles del fatigoso caminar urbano. ¿O es que, acaso, porque ya no somos niños no necesitamos de manos que nos guíen y apoyen?

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