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Blog de Manuel Jiménez Friaza
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(poema de José Jiménez Lozano)
Mas yo solo recuerdo haber sido asistido a veces de tarde en tarde, por un ángel: un solitario petirrojo que quizás tenía hambre y añoranza, frío, quizás miedo, que desde el seto volaba hasta el alféizar de mi ventana, inquieto, como si me trajera, clandestino, su socorro.
(de Stuart Park)
El poema me unió espiritualmente con don José no solo por la maestría de sus versos. En alguna otra ocasión he hablado del valor terapéutico de las aves donde, no siendo poeta, he compartido sin reservas las circunstancias que produjeron mis propios encuentros con el petirrojo. En 1970 caí en una severa depresión y un solo rayo de luz iluminaba, de cuando en cuando, los meses de intenso sufrimiento: la presencia del pequeño petirrojo que Verna y yo encontrábamos en cada recodo del camino en nuestros paseos por el campo. Un médico amigo nos invitó a verle en Londres, y recuerdo el viaje en tren como una negra pesadilla.

Nos alojamos en la casa de un amigo de la universidad. Su madre me dijo, a la hora de la merienda: “Un petirrojo viene al jardín todos los días a comer las migajas después del té, y las tomará de tu mano si le dejas”. Y así fue. El petirrojo subía de un brinco hasta la mesa y pisoteada las migajas de bizcocho sobre la palma de mi mano. Unas semanas después de aquella visita, volvimos a Londres. Allí estaba el petirrojo, como si nos estuviera esperando. “No ha vuelto desde que te fuiste, hasta hoy”, me dijo nuestra anfitriona con una sonrisa. Supe más tarde que después de ese día no volvió nunca más.
Yo también experimenté los “valores terapéuticos de las aves, ruiseñores, en mi caso. Fue en una época en la que tenía problemas con el sueño: me despertaba de madrugada, muy agitado, y pasaba las horas interminables de la alta noche, dando vueltas por la casa o leyendo, si podía. Hasta que oí el canto de un ruiseñor -cantan de noche. Su resonancia formidable en la bóveda nocturna me tranquilizó de inmediato y quedé dormido sobre la mesa de la cocina. El insomnio y el ruiseñor desaparecieron al mismo tiempo. Nunca más volví a oírlo. Muchas veces su recuerdo me arrulla en las horas inquietas.
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Solo de lo negado canta el hombre,
solo de lo perdido,
solo de la añoranza,
siempre de lo mismo.
Cuando cerró para siempre el huerto
la cancela de espinos,
entonces inventó la queja de la lira,
la flauta del suspiro.
Y desde entonces solo canta
en su torre el cautivo,
a su rueca la esclava,
el desterrado en el navío.

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede,
su jaula es él mismo.
Y por eso el minero canta,
por un sol de oro limpio.
Canta el pobre, la pena canta,
no canta el rico.
Entre las piernas de la amiga,
vida busca el amigo,
y se encuentra con un tesoro,
de verdes ojos fríos.
Y así es como canta el hombre,
por su niño antiguo,
y la boca, sin pan y sin besos
y el cielo vacío.
Siempre de la añoranza,
de lo negado, de lo perdido.
Siempre de lo de otro,
nunca de lo mío.
Agustín García Calvo. Canciones y soliloquios 1976
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Y sin embargo … Da la impresión, por tu manera contundente y clara de decir las cosas que hay una «ideología» anarquista. Pero no existe tal y la prueba más fácil es repasar las diversas y cambiantes «familias» de esa supuesta ideología: comunismo libertario, anarcoprimitivismo, anarcosindicalismo… Las utopías anarquistas son un camino que, como en los versos de Machado, se va haciendo al andar. Al no ser una ideología unitaria, tampoco tiene un lenguaje privado en el que ponernos de acuerdo. No existen lenguajes privados: se van haciendo de capas y amalgamas…
Hay anarquistas que votan, otros se concentran en la liberación de las mujeres, otros siguen queriendo retomar a la clase obrera como su sujeto social. Etcétera, etcétera. Y está bien que así sea: las utopías (en eso sí tienes razón) libertarias coinciden todas en eso que tú llamas la «nocividad del poder». Pero ojo, sin oponerle la libertad individual (al fin y al cabo, eso hacen los liberales también), porque los individuos estamos construidos, como en un espejo, también de una estructura de poder (el consciente, la cámara del cerebro que interioriza las normas, el orden) y de un sinfín de yoes reprimidos, que no pudieron ser, que pugnan por ser, a veces verdaderas fieras enjauladas…
Del anarquismo yo me quedo más con la fértil idea del apoyo mutuo del gran Kropotkin, con la creatividad de la organización espontánea (me da igual que eso acabe en unos concejales que atinan a organizar un ayuntamiento de forma autónoma y asamblearia, o que se traduzca en una feliz convivencia de un clan trabado en el amor, como en una melaza..)
No hay estación término, no hay paraíso final: el tiempo se encarga de ello. Solo apeaderos, y, con suerte, espacios liberados por un tiempo y para una gente que ojalá sea largo y ojalá sean muchas. Pienso, pues, que es un error reducir el anarquismo a una sola idea, como en una cáscara de nuez. Lejos de aclararlo, lo achica y vuelve huraño y antipático, siendo, por el contrario, la ensoñación más dulce de los seres humanos…
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Cuando nos despertamos, todos tenemos una mirada extraña en nuestros rostros, como si estuviéramos desquiciados o sorprendidos. A veces, como asustados. Es como si hubiéramos regresado, inesperadamente, de un largo viaje a territorios lejanos y desconocidos. Quizá peligrosos…

Es imposible enamorarse de una cara así y, si el amor existía la noche antes, ahora es sometido a la más dura prueba a la que, tal vez, no sobreviva. Lo más probable es que la inquietud y el desasosiego nos invadan ante tan inesperada metamorfosis nocturna. Un desconocido o una desconocida yace junto a nosotros en el lecho. Su angustia o amenaza nos aterrorizan. Quizá la mejor opción sea malvestirnos, abrir la puerta del piso mientras aún sea posible y salir corriendo a la calle para no volver jamás…
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La verdadera educación de nuestro tiempo la llevan a cabo los creativos de las agencias publicitarias, los guionistas de los telediarios y el maestro Ciruela de Internet. Eso es una certeza que nobles intelectuales (¿tiene algún sentido ya hablar de otra nobleza que la de la inteligencia y la honestidad?) como Sánchez Ferlosio, García Calvo o Umberto Eco explicaron hace años a quienes los leíamos sin las gafas de la ideología o el prejuicio. Así, los dedos que mueven el guiñol de los telediarios de la televisión hicieron decir a la extraordinaria presentadora que era Ana Blanco “Cuba es el único país del mundo donde se puede vivir sin trabajar”, a propósito de una noticia sobre los permisos que el gobierno cubano había concedido, sólo en determinados oficios y actividades económicas, a sus ciudadanos para que se pudieran establecer como autónomos y ganarse un dinerito. La convincente actriz de la información que fue Ana Blanco lo sentenció con ese tono engolado e irónico, pero pleno de complicidad con el espectador, que tan bien manejaba.
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El miedo más insufrible para nosotros es el que provoca la oscuridad, la noche, con sus sombras cambiantes, el terror que se adivina tras un ruido sin causa cierta, sin origen conocido, las presencias invisibles que acechan; eso que nos pone nerviosos y a la defensiva cuando llamamos a una puerta y nos asalta la duda repentina e inquietante de quién nos abrirá y saldrá a recibirnos. Sólo la rutina, y la estadística de que lo «normal» es siempre lo que ocurre, nos da esa tonta seguridad en que vivimos, creyéndola el estado natural de nuestro mundo.
Vivimos días en que el aire, el agua y el fuego, nuestros elementos primigenios, entre y contra las previsiones de los científicos, no dejan de darnos sustos. No sé el nombre de la última borrasca de este largo invierno, pero sé que pronto habrá una conspiración de aire y fuego que nos atufará este verano. Aún así, aun con la sorpresa de su furia ignota y sorpresiva, con incendios pavorosos, tifones, terremotos o volcanes, hay una tradición defensiva, una memoria heroica de la humanidad que nos permite aún no caer en el pánico, porque remite a los mitos fundacionales del hombre y a su lucha inmemorial contra la naturaleza adversa.
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Esto que le pasó a Schubert lo llamaba Ortega “conocimiento fantasma”, ese que no adquirimos mediante los datos inmediatos de la realidad sino gracias a otras instancias como, en este caso, la imaginación. En realidad, la mayor parte de nuestro saber es de esa naturaleza, incluido el conocimiento científico o el divulgado por los medios de educación social. Algo nos condena -toda vez que hemos renunciado a guiarnos por nuestros propios sentidos- a entender solo por aproximaciones fantasmales que tranquilizan nuestro espíritu, siempre inquieto y preguntón, a pesar de todo…
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Así, calladito, con ese silencioso pasar de las generaciones, se han instalado en sus calles, en sus bares, en sus músicas -porque ya no son las nuestras, de nosotros los que más o menos nos sentíamos herederos de las barricadas del 68, de los existencialismos o los Beatles- otros jóvenes con otros ritos, otras maneras, otras músicas. Y los grupos, que a su modo imitan la forma de crecer de los individuos, han crecido, se han hecho negándonos a nosotros. Y sus cabellos son ahora cortos y erizados o trasquilados y rapados -los nuestros eran más bien largos y desgreñados- y se les ve delgados y fuertes -nosotros ¿te acuerdas? teníamos hasta nuestro poco de tripita de mesa camilla donde leíamos con aquella gana a Marcuse- y ellos, en fin, son lanzados o agresivos, cuando nosotros preferíamos aquella forma tranquila de negarnos.
Pero bueno, que así es la vida, y como quiera que están ahí, tan diferentes y tan parecidos, no es mala ocasión para pensar un poquito sobre ellos. Así, de un plumazo, su indumentaria es guerrera: ropas ajustadas, hechas para el salto, la carrera o la lucha… ¿Contra qué? ¿Contra quiénes? No future, dicen algunos de ellos
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En Madrid, para hacer referencia al resto de España, es decir, a todo lo que no es Madrid, se utiliza (o utilizaba, que hace mucho tiempo que no voy por allí) el término “provincias”. Así aparece (o aparecía) en los buzones del edificio central de Correos. En el ambiente teatral se dice (o decía) “hacer una gira por provincias”. Por otra parte, las palabras “paleto” o “cateto” y “pueblerino”, con el matiz despreciativo que todos conocemos, nació en las grandes ciudades para aludir a la gente de procedencia rural. Su significado es connotativo y hace referencia a una cierta torpeza, brusquedad de trato, anacronismo en el vestir. Aún hoy, con la globalización de tópicos, modas y músicas ya muy generalizada.
Ser de pueblo, en las ciudades grandes, ha sido siempre como viajar en un tren de mercancías: una ciudadanía de segundo orden. El hecho no es ni siquiera contemporáneo: arranca de los primeros imperios. En la Roma imperial, poseer la ciudadanía romana era un privilegio negado a los oriundos de las provincias que hacía exclamar a los que la poseían: “civis romanus sum!”, “’¡soy ciudadano romano!”.
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