Ritos iniciáticos

Publicado primero en El Salto

Fotografía de Álvaro Minguito

Una de las principales preocupaciones de los alumnos del último curso de Bachillerato era (hablo en pasado ¡qué remedio!) la ausencia -o dificultad o postergación- de alguna ceremonia -entrega de diplomas, discursos, cena y fiesta- que escenifique de alguna forma el final de una larga y difícil etapa de estudios. En realidad, pues hay una coincidencia con su mayoría de edad, se trata de la celebración de su puesta de largo como adultos, el abandono de la infancia y adolescencia: un ritual iniciático, roto por el estado de alarma y la devastación de la pandemia.

En general, prescindiendo de los efectos del virus y la enfermedad, la homogeneización de las edades y la estandarización a que ha sido sometido intensivamente nuestro mundo ha arrasado hace tiempo con los ritos de iniciación, particularmente los viajes, que marcaron durante siglos el abandono de la infancia y el ingreso público en la edad adulta. Esa estandarización tiene causas bien conocidas que se pueden resumir en el afán de constituir una sociedad de consumidores lo más extensa y longeva posible: desde los niños falsos adultos hasta los adultos indefinidamente infantilizados.

Aunque sobreviven remedos de aquellos ritos, lo hacen en la forma trivializada y floja propias de estos tiempos bobos. Me refiero a cosas como las que mencionábamos al principio: las fiestas de graduación, los viajes de fin de carrera o las estancias internacionales proporcionadas por las becas Erasmus u otras parecidas. Antiguos rituales de la burguesía, como el servicio militar obligatorio para los hombres (cualquier día vuelve) o las fiestas de puesta de largo (no sé si aún se celebran entre las clases ociosas) para las mujeres no son ya sino vagos recuerdos o reproducciones intrascendentes, como las turistificadas peregrinaciones actuales del Camino de Santiago o las múltiples romerías de las primaveras, tan usuales y masivas en países de tradición católica.

Los viajes iniciáticos llevaban implícitas pruebas y dificultades cuya superación suponía un proceso de autoformación con un alto valor pedagógico y su destino eran lugares paradisíacos o espacios alejados, peligrosos y desérticos. Como los viajes de exploración o las colonizaciones ya acabaron, sus sustitutos contemporáneos, las masificadas rutas turísticas, también han perdido ese valor «educativo», de transición al mundo de los mayores, de adquisición de un sentido. La excepción, forzada por circunstancias terribles, son las huidas y migraciones motivadas por la necesidad o las guerras. Y, quizá, la circunstancia más terrible de todas: los niños abandonados. Pero ese es otro cuento, que seguiremos contando en otra oportunidad.

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Oveja negra

Se llamaba August Landmesser y el 13 de junio de 1936 trabajaba en un astillero en Hamburgo. Aquel día Adolf Hitler visitó las instalaciones, todos los obreros cumplieron con lo esperado: levantaron el brazo. Lo hicieron por convencimiento o para no significarse. Landmesser, no. Sus brazos cruzados se han convertido en un icono de la decencia. Puede comprobarse en esta fotografía mítica, ese gesto callado de resistencia lo resalta nuestro montaje.

La valentía de decir no: cultura y periodismo para resistir al autoritarismo

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Lluvia de oro

Acabo de descubrir, leyendo la última novela de Salman Rushdie, que existe un árbol llamado lluvia de oro (laburnum anagyroides) Bien bonito es.. ¿Lo tendrán los banqueros en sus jardines? 🤔

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La sabiduría de Kandiaronk

He releído este viejo artículo publicado en Sin Permiso, La sabiduría de Kandiaronk, de David Graeber y David Wengrow (antropólogo y arqueólogo respectivamente), y me parece que vale la pena dar cuenta de su contenido y las perspectivas novedosas que, a mi parecer, aporta sobre el formidable problema de la desigualdad entre los hombres, y en no menor medida, el de los prejuicios de la idea del progreso y el colonialismo.

En este texto inédito, el antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrwow muestran que la ideología del progreso fue una reacción conservadora contra la difusión de las ideas de Kandiaronk, una especie de Sócrates amerindio, para justificar las desigualdades occidentales.

El antropólogo David Graeber (DG) trabajaba desde hacía siete años con el arqueólogo David Wengrwow (DW) en una obra consagrada a la historia de las desigualdades. Un primer apunte de esta obra se publicó en 2018. En el se mostraba que el relato habitual según el cual la desigualdad de los hombres es el precio a pagar por las sociedades desarrolladas y su nivel de vida es mentira; en efecto, en un análisis de la historia larga, en torno a 50.000 años, DG y DW[1] muestran que existían tanto pequeñas sociedades de cazadores-recolectores desiguales, como grandes ciudades extremadamente igualitarias. Incluso de forma aún más sorprendente, que había sociedades que podían ser muy igualitarias en verano y desiguales en invierno, o viceversa. Esta primera entrega se ha comentado abundantemente en los cenáculos intelectuales y sobre todo en Francia por Emmanuel Todd[2]

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De pájaros y soledades

El petirrojo

(poema de José Jiménez Lozano)

Mas yo solo recuerdo 
haber sido asistido a veces
de tarde en tarde, por un ángel:
un solitario petirrojo 
que quizás tenía hambre
y añoranza, frío,
quizás miedo,
que desde el seto volaba hasta el alféizar 
de mi ventana, inquieto,
como si me trajera, clandestino,
su socorro.

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Y sin embargo

Y sin embargo … Da la impresión, por tu manera contundente y clara de decir las cosas que hay una «ideología» anarquista. Pero no existe tal y la prueba más fácil es repasar las diversas y cambiantes «familias» de esa supuesta ideología: comunismo libertario, anarcoprimitivismo, anarcosindicalismo… Las utopías anarquistas son un camino que, como en los versos de Machado, se va haciendo al andar. Al no ser una ideología unitaria, tampoco tiene un lenguaje privado en el que ponernos de acuerdo. No existen lenguajes privados: se van haciendo de capas y amalgamas…

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Cuando nos despertamos

Cuando nos despertamos, todos tenemos una mirada extraña en nuestros rostros, como si estuviéramos desquiciados o sorprendidos. A veces, como asustados. Es como si hubiéramos regresado, inesperadamente, de un largo viaje a territorios lejanos y desconocidos. Quizá peligrosos…

Es imposible enamorarse de una cara así y, si el amor existía la noche antes, ahora es sometido a la más dura prueba a la que, tal vez, no sobreviva. Lo más probable es que la inquietud y el desasosiego nos invadan ante tan inesperada metamorfosis nocturna. Un desconocido o una desconocida yace junto a nosotros en el lecho. Su angustia o amenaza nos aterrorizan. Quizá la mejor opción sea malvestirnos, abrir la puerta del piso mientras aún sea posible y salir corriendo a la calle para no volver jamás…

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Vivir sin trabajar

La verdadera educación de nuestro tiempo la llevan a cabo los creativos de las agencias publicitarias, los guionistas de los telediarios y el maestro Ciruela de Internet. Eso es una certeza que nobles intelectuales (¿tiene algún sentido ya hablar de otra nobleza que la de la inteligencia y la honestidad?) como Sánchez Ferlosio, García Calvo o Umberto Eco explicaron hace años a quienes los leíamos sin las gafas de la ideología o el prejuicio. Así, los dedos que mueven el guiñol de los telediarios de la televisión hicieron decir a la extraordinaria presentadora que era Ana Blanco “Cuba es el único país del mundo donde se puede vivir sin trabajar”, a propósito de una noticia sobre los permisos que el gobierno cubano había concedido, sólo en determinados oficios y actividades económicas, a sus ciudadanos para que se pudieran establecer como autónomos y ganarse un dinerito. La convincente actriz de la información que fue Ana Blanco lo sentenció con ese tono engolado e irónico, pero pleno de complicidad con el espectador, que tan bien manejaba.

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