
La razón de que los automóviles sigan construyéndose, vendiéndose y comprándose como lo hacen, y de que sigan desbrozando y hendiendo campos para hacer sitio y ampliar o remozar continuamente carreteras y circunvalaciones es, como en la copla, la razón de una sinrazón. Es una dramática evidencia cotidiana que las millonarias campañas de prevención de accidentes, que los miles de policías que custodian e intentan encauzar el río interminable de coches, camiones, motocicletas no sirven para nada. No detienen la sangría interminable de muertes (más que el SIDA, que los cánceres, que la tristeza) que acarrea en su trajín el transporte automovido con energía fósil de hidrocarburos.
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