Amenaza para la humanidad por parte de inventos y descubrimientos

Bertolt Brecht

Me complace compartir aquí estas luminosas anotaciones de Bertolt Brecht para la versión danesa de su Vida de Galileo, 1940, que, en traducción de Manuel Monleón Pradas, ha publicado el magacín digital espai-marx.net

El conocimiento de la naturaleza de las cosas, por muy ingeniosamente que se amplíe y profundice, no es capaz, sin el conocimiento de la naturaleza del ser humano y de la sociedad humana en su conjunto, de convertir el dominio de la naturaleza en una fuente de felicidad para la humanidad. Más bien se convierte en una fuente de desgracia. Es así cómo los grandes inventos y descubrimientos no han hecho más que tornarse una amenaza cada vez más terrible para la humanidad, de modo que hoy casi todo nuevo invento es recibido con un grito de triunfo que pronto se vuelve un grito de angustia.

El hombre actual sabe poco sobre las leyes [Gesetzlichkeiten] que rigen su vida. Es un ser social que suele reaccionar de forma emocional, pero esa reacción emocional es difusa, imprecisa e ineficaz. Las fuentes de sus sentimientos y pasiones están tan embarradas y contaminadas como las fuentes de su conocimiento. El hombre de hoy, que vive en un mundo que cambia rápidamente y cambiando él mismo rápidamente, no tiene una imagen del mundo correcta y sobre la base de la cual pueda actuar con perspectivas de éxito. Sus ideas sobre la convivencia entre las personas son sesgadas, imprecisas y contradictorias; su imagen podría decirse impracticable, es decir, con esa imagen del mundo, del mundo humano, el ser humano no puede dominar ese mundo. No sabe de qué depende, no sabe por dónde asir la maquinaria social que es necesaria para producir un efecto deseado. El conocimiento de la naturaleza de las cosas, por muy ingeniosamente que se amplíe y profundice, no es capaz, sin el conocimiento de la naturaleza del ser humano y de la sociedad humana en su conjunto, de convertir el dominio de la naturaleza en una fuente de felicidad para la humanidad. Más bien se convierte en una fuente de desgracia. Es así cómo los grandes inventos y descubrimientos no han hecho más que tornarse una amenaza cada vez más terrible para la humanidad, de modo que hoy casi todo nuevo invento es recibido con un grito de triunfo que pronto se vuelve un grito de angustia.

Antes de la guerra viví por la radio una escena verdaderamente histórica: el instituto del físico Niels Bohr en Copenhague fue entrevistado acerca de un descubrimiento revolucionario en el campo de la fisión atómica. Los físicos informaron que se había descubierto una nueva y formidable fuente de energía. Cuando el entrevistador preguntó si ya era posible el aprovechamiento práctico de los experimentos, recibió por respuesta: «No, todavía no». Con tono de gran alivio, el entrevistador dijo: «¡Gracias a Dios! ¡Creo sinceramente que la humanidad aún no está en absoluto preparada para asimilar una fuente de energía semejante!». Estaba claro que inmediatamente había pensado sólo en la industria bélica. El físico Albert Einstein no llega tan lejos, pero sí lo suficiente cuando escribe lo siguiente, en unas pocas frases que se enterrarán en una cápsula en la Exposición Universal de Nueva York como noticia de nuestra época para las generaciones futuras: «Nuestra época es rica en mentes inventivas, cuyos inventos podrían facilitar considerablemente nuestra vida. Cruzamos los mares gracias a la fuerza mecánica y también utilizamos la fuerza mecánica para liberar a la humanidad de todo trabajo muscular agotador. Hemos aprendido a volar y somos capaces de difundir comunicaciones y noticias por todo el mundo mediante ondas eléctricas. Sin embargo, la producción y la distribución de los bienes no están en absoluto organizadas, de modo que todo el mundo debe vivir con el temor de quedar expulsado del ciclo económico. Además, las personas que viven en distintos países se matan entre sí a intervalos irregulares, de modo que cualquiera que piense en el futuro debe vivir con temor. Esto se debe al hecho de que la inteligencia y el carácter de las masas son incomparablemente inferiores a la inteligencia y el carácter de los pocos que producen algo valioso para la comunidad».

Einstein fundamenta, pues, el hecho de que el dominio de la naturaleza—en el que hemos avanzado tanto—contribuya tan poco a la felicidad de las personas, en el hecho de que, en general, éstas carecen de la formación necesaria para saber cómo aprovechar de forma útil los descubrimientos y los inventos.* Saben muy poco acerca de su propia naturaleza. El hecho de que los seres humanos sepan tan poco sobre sí mismos es la causa de que su conocimiento de la naturaleza les sirva de tan poca ayuda. De hecho, la tremenda opresión y explotación de los seres humanos por parte de otros seres humanos, las matanzas bélicas y las humillaciones pacíficas de todo tipo en todo el planeta, han adquirido ya casi un carácter de necesidad natural; pero, frente a estos fenómenos, el ser humano, por desgracia, no es en absoluto tan ingenioso y competente como lo es frente a otros fenómenos naturales. Las grandes guerras, por ejemplo, parecen para muchos como terremotos, es decir, como fuerzas de la naturaleza, pero mientras que ya saben cómo hacer frente a los terremotos, no saben aún cómo hacer frente a sí mismos. Es evidente cuánto se ganaría si, por ejemplo, el teatro, o el arte en general, fuera capaz de ofrecer una visión del mundo practicable. Un arte que pudiera hacerlo sería capaz de intervenir en profundidad en el desarrollo social; no sólo suscitaría impulsos más o menos vagos, sino que proporcionaría al ser humano sensible y pensante un mundo, el mundo humano, para su práctica.

* No es necesario que entremos aquí en una crítica detallada del punto de vista tecnocrático del gran sabio. Es evidente que lo que resulta útil para la comunidad proviene, por supuesto, de las masas, y que los espíritus inventivos aislados son muy impotentes frente al ciclo económico de las mercancías. Nos basta que Einstein reconoce, directa e indirectamente, el papel de la ignorancia acerca de las cuestiones sociales.

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Un niño mirando un escaparate

En uno de los pecios de Campo de retamas, de Rafael Sánchez Ferlosio, Ferlosio se recuerda mirando el escaparate de una ferretería, con la frente apoyada en el cristal, embelesado pensando cuántas de las herramientas y materiales que veía allí se compraría.

Yo me recuerdo así en el escaparate de una cuchillería a la que algunos habíamos puesto el escabroso nombre de “Sindicato del crimen”. Me veo mirando con fijación morbosa las enormes navajas albaceteñas, los finos estiletes de despliegue automático o los inquietantes cuchillos jamoneros. Aunque la persistencia fija de ese escaparate y ese nombre me obligó a preguntar a algunos coetáneos por tal tienda y nadie la recordaba. Así que su fijeza onírica y la falta de otros testimonios me ha hecho pensar en una imagen desprendida de un sueño, pues ¿qué es la vida, al decir de Anne Carson, sino una cadena de sueños?

Los otros escaparates anclados en mi memoria son más comunes y previsibles: los de las jugueterías en Navidad. El niño que miraba obsesivamente pegado al frío cristal era un niño pobre cuya casa visitaban, como por compromiso, en las madrugadas heladas de enero, Reyes Magos también pobres. De la fascinación de esos escaparates, al contrario del que describía al principio, me libré pronto, con cierto alivio, todo hay que decirlo, cuando fui padre: a mi querida hija nunca le gustaron los juguetes. Ella me pedía otra clase de magia…

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Besos escritos

Los besos escritos nunca llegan a su destino, pues en el camino son bebidos por fantasmas, decía Franz Kafka, más o menos, en una de sus incontables cartas. Y es que la literatura es un mal sustituto de la vida. Un viejo amigo aseveraba que la literatura era para nosotros -los que dedicábamos mucho tiempo y vida a escribir- una manera particular de enfrentamos al mundo. Hoy creo que es más bien una forma de rehuirlo.

Fui un gran escribidor de cartas, a corresponsales conocidos y desconocidos en el mundo real, así que aunque no las he contado (como sí lo hacía mi admirado Ricardo Bada, léase, si tercia, la reseña que dediqué a su último libro) debieron pasar largamente del millar. Contando a beso por carta, como en el conocido verso de Catulo, más de un millar de besos que no llegaron a su destino, bebidas por fantasmas, como quería Kafka…

Las cartas y el amor… Recuerdo ahora al protagonista del Diario de un seductor de Søren Kierkegaard, que quiso convertir sus cartas en medio estratégico de seducción, para lo cual guardaba copias de las (calculadas) cartas a su amada, para no cometer errores, olvidos ni repeticiones…

Volviendo al principio, no sé si la literatura es una manera de enfrentar o rehuir la vida, pero es, desde luego, la única que tenemos a mano los que nacimos, más o menos, con la marca de Caín de la escritura grabada en la frente…

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El síndrome de Frigoli

Los síndromes de son engañosos porque aparentemente explican muchas cosas, pero de una forma tan superficial que, en realidad, no explican nada. Se parecen, en ese sentido, a los refranes y las frases hechas, solo que su uso tiene el prestigio de la cultura.

Por ejemplo, este síndrome de Fregoli -que debe su nombre a un célebre transformista italiano- alude a gente que tiene la convicción de que quienes les rodean son, en realidad, una única persona que se camufla o cambia de apariencia hasta parecer muchos. Los que lo padecen se han persuadido de que se enfrentan a un impostor que usa el cuerpo de otros para engañarnos. (Leído en Delphine de Vigan, Les figurants)

Es poderosamente extraño y me resulta difícil imaginar a quiénes -salvo que sean actores- se podría aplicar. Aunque bien mirado, es una manera de entender el desafecto general de la gente común por los políticos. Veamos.

“Todos los políticos son iguales” ¿es una variante del síndrome o la sospecha que lo confirma? ¿El parecido o igualdad responde al aire de familia que el impostor les da a todos?

La AI quizá sea el caso más claro de manifestación del síndrome, su verdadera epifanía… ¿Cómo se combate, en ese caso? ¿Cómo librarnos de las fantasmagóricas manifestaciones de la máquina?

A mí me recuerda a mi propia teoría de las sustituciones… ¿El impostor es el cocinero que hace el cambiazo?

CONTINUARÁ

¿El gato y la liebre? Aviso para caminantes

Manuel Jiménez Friaza

21 de marzo de 2025

Los tres apuntes que, con este título, podrás encontrar tras este, necesitan una pequeña explicación, que empieza ahora.

Lee la historia completa

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Las dos cosas

El otro día hablaba con una amiga de otra amiga común, que, según ella, se quejaba continuamente de todo: un malestar físico, un disconfort anímico, una pena sin nombre… Me contaba que un médico le había detectado niveles de cortisol muy altos y que iba a realizarle unos tests -carísimos- para profundizar en la cosa y, supongo, medicalizarla.

Es un destino muy común en nuestro mundo, este de pretender resolver médicamente las múltiples tristezas que nos pueden asaltar, como una pantera silenciosa, en el camino ajetreado de los días. Yo le recordaba, por contrastar, los viejos versos del Buen amor del Arcipreste de Hita:

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera
por aver mantenençia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fenbra plazentera.

Y apostillada que mostraban un saber común milenario: que los padecimientos de los hombres siempre se pueden reducir a estas dos causas, la comida, el medio de subsistencia (aver mantenençia) y el amor ( aver juntamiento). Y que seguramente esto valía para nuestra amiga común, sin medir el cortisol que Dios confunda.

Pero estamos perdidos en el falso saber científico que ya llena nuestras cabezas y nuestras palabras de la mano de la neolengua. Aún recuerdo el pasmo que sentí cuando, ante una encomienda de tarea escolar, un jovencísimo alumno, un niño, me soltó muy ufano: “no me presiones, maestro, que estoy muy estresado…”.

Pues eso.

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Sufrimiento

“El sufrimiento es un malentendido”(Sally Rooney, Gente normal)

Lakoff contaba que, buscando preguntas realmente importantes con un amigo, consensuaron esta: ¿qué harías con un niño que llora porque no puede dormir? Bien pensado, de la respuesta que demos, depende el sentido de nuestra vida. ¿Qué hacer ante el sufrimiento de los demás? De esa respuesta depende también que podamos dormir sin llorar, a nuestra vez, por no poder hacerlo…

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Tranquilo en una habitación

Uno de los pasajes más citados de Pascal es aquel en que asegura que la mayor parte de las querellas y padecimientos de los hombres se debe a su incapacidad para permanecer tranquilo y en reposo en una habitación.

Lo he recordado en mi paseo de esta mañana, sorteando esos coches enormes que han puesto de moda los fabricantes y que los mansos consumidores de estatus y sensaciones en que nos hemos convertido ponen en circulación como corderos: precisamente ahora, en la fase final del pico del petróleo y en el paroxismo catastrófico de las crisis del clima de la mano del Niño.

La ciudad, pronto invivible, expropiada a la gente, me aturdía, inhóspita, con el ruido ya habitual y creciente de obras, pinturas de fachadas, descargas de camiones o gente enfadada hablando a voces, apresurada en un trajín sin sentido.

Definitivamente, Pascal tenía razón.

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El plumilla impenitente y la curiosidad infinita: Ricardo Bada

Publicado en Frontera Digital

He terminado de leer la generosa antología de textos de Ricardo Bada, realizada por Carlos García Santa Cecilia y Paloma Torres a partir de la selección de textos que realizó el propio autor, publicada en forma de libro por Los libros de fronterad, con el desenfadado título de ¡Échate un pulso, Proust! Estas palabras que ahora empiezan son, sin embargo, más que una reseña, el resultado de mi lectura –emocionada, disfrutona, curiosa– y el elogio y la admiración que me han provocado. Es, también, una invitación a compartir esa lectura.

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