La sabiduría de Kandiaronk

He releído este viejo artículo publicado en Sin Permiso, La sabiduría de Kandiaronk, de David Graeber y David Wengrow (antropólogo y arqueólogo respectivamente), y me parece que vale la pena dar cuenta de su contenido y las perspectivas novedosas que, a mi parecer, aporta sobre el formidable problema de la desigualdad entre los hombres, y en no menor medida, el de los prejuicios de la idea del progreso y el colonialismo.

En este texto inédito, el antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrwow muestran que la ideología del progreso fue una reacción conservadora contra la difusión de las ideas de Kandiaronk, una especie de Sócrates amerindio, para justificar las desigualdades occidentales.

El antropólogo David Graeber (DG) trabajaba desde hacía siete años con el arqueólogo David Wengrwow (DW) en una obra consagrada a la historia de las desigualdades. Un primer apunte de esta obra se publicó en 2018. En el se mostraba que el relato habitual según el cual la desigualdad de los hombres es el precio a pagar por las sociedades desarrolladas y su nivel de vida es mentira; en efecto, en un análisis de la historia larga, en torno a 50.000 años, DG y DW[1] muestran que existían tanto pequeñas sociedades de cazadores-recolectores desiguales, como grandes ciudades extremadamente igualitarias. Incluso de forma aún más sorprendente, que había sociedades que podían ser muy igualitarias en verano y desiguales en invierno, o viceversa. Esta primera entrega se ha comentado abundantemente en los cenáculos intelectuales y sobre todo en Francia por Emmanuel Todd[2]

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De pájaros y soledades

El petirrojo

(poema de José Jiménez Lozano)

Mas yo solo recuerdo 
haber sido asistido a veces
de tarde en tarde, por un ángel:
un solitario petirrojo 
que quizás tenía hambre
y añoranza, frío,
quizás miedo,
que desde el seto volaba hasta el alféizar 
de mi ventana, inquieto,
como si me trajera, clandestino,
su socorro.

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Y sin embargo

Y sin embargo … Da la impresión, por tu manera contundente y clara de decir las cosas que hay una «ideología» anarquista. Pero no existe tal y la prueba más fácil es repasar las diversas y cambiantes «familias» de esa supuesta ideología: comunismo libertario, anarcoprimitivismo, anarcosindicalismo… Las utopías anarquistas son un camino que, como en los versos de Machado, se va haciendo al andar. Al no ser una ideología unitaria, tampoco tiene un lenguaje privado en el que ponernos de acuerdo. No existen lenguajes privados: se van haciendo de capas y amalgamas…

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Cuando nos despertamos

Cuando nos despertamos, todos tenemos una mirada extraña en nuestros rostros, como si estuviéramos desquiciados o sorprendidos. A veces, como asustados. Es como si hubiéramos regresado, inesperadamente, de un largo viaje a territorios lejanos y desconocidos. Quizá peligrosos…

Es imposible enamorarse de una cara así y, si el amor existía la noche antes, ahora es sometido a la más dura prueba a la que, tal vez, no sobreviva. Lo más probable es que la inquietud y el desasosiego nos invadan ante tan inesperada metamorfosis nocturna. Un desconocido o una desconocida yace junto a nosotros en el lecho. Su angustia o amenaza nos aterrorizan. Quizá la mejor opción sea malvestirnos, abrir la puerta del piso mientras aún sea posible y salir corriendo a la calle para no volver jamás…

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Vivir sin trabajar

La verdadera educación de nuestro tiempo la llevan a cabo los creativos de las agencias publicitarias, los guionistas de los telediarios y el maestro Ciruela de Internet. Eso es una certeza que nobles intelectuales (¿tiene algún sentido ya hablar de otra nobleza que la de la inteligencia y la honestidad?) como Sánchez Ferlosio, García Calvo o Umberto Eco explicaron hace años a quienes los leíamos sin las gafas de la ideología o el prejuicio. Así, los dedos que mueven el guiñol de los telediarios de la televisión hicieron decir a la extraordinaria presentadora que era Ana Blanco “Cuba es el único país del mundo donde se puede vivir sin trabajar”, a propósito de una noticia sobre los permisos que el gobierno cubano había concedido, sólo en determinados oficios y actividades económicas, a sus ciudadanos para que se pudieran establecer como autónomos y ganarse un dinerito. La convincente actriz de la información que fue Ana Blanco lo sentenció con ese tono engolado e irónico, pero pleno de complicidad con el espectador, que tan bien manejaba.

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Las formas de las sombras

El miedo más insufrible para nosotros es el que provoca la oscuridad, la noche, con sus sombras cambiantes, el terror que se adivina tras un ruido sin causa cierta, sin origen conocido, las presencias invisibles que acechan; eso que nos pone nerviosos y a la defensiva cuando llamamos a una puerta y nos asalta la duda repentina e inquietante de quién nos abrirá y saldrá a recibirnos. Sólo la rutina, y la estadística de que lo «normal» es siempre lo que ocurre, nos da esa tonta seguridad en que vivimos, creyéndola el estado natural de nuestro mundo.

Vivimos días en que el aire, el agua y el fuego, nuestros elementos primigenios, entre y contra las previsiones de los científicos, no dejan de darnos sustos. No sé el nombre de la última borrasca de este largo invierno, pero sé que pronto habrá una conspiración de aire y fuego que nos atufará este verano. Aún así, aun con la sorpresa de su furia ignota y sorpresiva, con incendios pavorosos, tifones, terremotos o volcanes, hay una tradición defensiva, una memoria heroica de la humanidad que nos permite aún no caer en el pánico, porque remite a los mitos fundacionales del hombre y a su lucha inmemorial contra la naturaleza adversa.

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El poder de la imaginación

Esto que le pasó a Schubert lo llamaba Ortega “conocimiento fantasma”, ese que no adquirimos mediante los datos inmediatos de la realidad sino gracias a otras instancias como, en este caso, la imaginación. En realidad, la mayor parte de nuestro saber es de esa naturaleza, incluido el conocimiento científico o el divulgado por los medios de educación social. Algo nos condena -toda vez que hemos renunciado a guiarnos por nuestros propios sentidos- a entender solo por aproximaciones fantasmales que tranquilizan nuestro espíritu, siempre inquieto y preguntón, a pesar de todo…

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El héroe imposible

Ilustración de Antonio Luis Villar

Así, calladito, con ese silencioso pasar de las generaciones, se han instalado en sus calles, en sus bares, en sus músicas -porque ya no son las nuestras, de nosotros los que más o menos nos sentíamos herederos de las barricadas del 68, de los existencialismos o los Beatles- otros jóvenes con otros ritos, otras maneras, otras músicas. Y los grupos, que a su modo imitan la forma de crecer de los individuos, han crecido, se han hecho negándonos a nosotros. Y sus cabellos son ahora cortos y erizados o trasquilados y rapados -los nuestros eran más bien largos y desgreñados- y se les ve delgados y fuertes -nosotros ¿te acuerdas? teníamos hasta nuestro poco de tripita de mesa camilla donde leíamos con aquella gana a Marcuse- y ellos, en fin, son lanzados o agresivos, cuando nosotros preferíamos aquella forma tranquila de negarnos.

Pero bueno, que así es la vida, y como quiera que están ahí, tan diferentes y tan parecidos, no es mala ocasión para pensar un poquito sobre ellos. Así, de un plumazo, su indumentaria es guerrera: ropas ajustadas, hechas para el salto, la carrera o la lucha… ¿Contra qué? ¿Contra quiénes? No future, dicen algunos de ellos

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