HeART of Gaza es una exposición itinerante de arte creado por niños de 3 a 17 años que viven en la Franja. Sobreviven, más bien. Fue fundada en junio de 2024 por Mohammed Timraz (Deir al Balah, Gaza) y Feile Butler (Sligo, Irlanda).
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Blog de Manuel Jiménez Friaza
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Solo de lo negado canta el hombre,
solo de lo perdido,
solo de la añoranza,
siempre de lo mismo.
Cuando cerró para siempre el huerto
la cancela de espinos,
entonces inventó la queja de la lira,
la flauta del suspiro.
Y desde entonces solo canta
en su torre el cautivo,
a su rueca la esclava,
el desterrado en el navío.

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede,
su jaula es él mismo.
Y por eso el minero canta,
por un sol de oro limpio.
Canta el pobre, la pena canta,
no canta el rico.
Entre las piernas de la amiga,
vida busca el amigo,
y se encuentra con un tesoro,
de verdes ojos fríos.
Y así es como canta el hombre,
por su niño antiguo,
y la boca, sin pan y sin besos
y el cielo vacío.
Siempre de la añoranza,
de lo negado, de lo perdido.
Siempre de lo de otro,
nunca de lo mío.
Agustín García Calvo. Canciones y soliloquios 1976
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Y sin embargo … Da la impresión, por tu manera contundente y clara de decir las cosas que hay una «ideología» anarquista. Pero no existe tal y la prueba más fácil es repasar las diversas y cambiantes «familias» de esa supuesta ideología: comunismo libertario, anarcoprimitivismo, anarcosindicalismo… Las utopías anarquistas son un camino que, como en los versos de Machado, se va haciendo al andar. Al no ser una ideología unitaria, tampoco tiene un lenguaje privado en el que ponernos de acuerdo. No existen lenguajes privados: se van haciendo de capas y amalgamas…
Hay anarquistas que votan, otros se concentran en la liberación de las mujeres, otros siguen queriendo retomar a la clase obrera como su sujeto social. Etcétera, etcétera. Y está bien que así sea: las utopías (en eso sí tienes razón) libertarias coinciden todas en eso que tú llamas la «nocividad del poder». Pero ojo, sin oponerle la libertad individual (al fin y al cabo, eso hacen los liberales también), porque los individuos estamos construidos, como en un espejo, también de una estructura de poder (el consciente, la cámara del cerebro que interioriza las normas, el orden) y de un sinfín de yoes reprimidos, que no pudieron ser, que pugnan por ser, a veces verdaderas fieras enjauladas…
Del anarquismo yo me quedo más con la fértil idea del apoyo mutuo del gran Kropotkin, con la creatividad de la organización espontánea (me da igual que eso acabe en unos concejales que atinan a organizar un ayuntamiento de forma autónoma y asamblearia, o que se traduzca en una feliz convivencia de un clan trabado en el amor, como en una melaza..)
No hay estación término, no hay paraíso final: el tiempo se encarga de ello. Solo apeaderos, y, con suerte, espacios liberados por un tiempo y para una gente que ojalá sea largo y ojalá sean muchas. Pienso, pues, que es un error reducir el anarquismo a una sola idea, como en una cáscara de nuez. Lejos de aclararlo, lo achica y vuelve huraño y antipático, siendo, por el contrario, la ensoñación más dulce de los seres humanos…
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Cuando nos despertamos, todos tenemos una mirada extraña en nuestros rostros, como si estuviéramos desquiciados o sorprendidos. A veces, como asustados. Es como si hubiéramos regresado, inesperadamente, de un largo viaje a territorios lejanos y desconocidos. Quizá peligrosos…

Es imposible enamorarse de una cara así y, si el amor existía la noche antes, ahora es sometido a la más dura prueba a la que, tal vez, no sobreviva. Lo más probable es que la inquietud y el desasosiego nos invadan ante tan inesperada metamorfosis nocturna. Un desconocido o una desconocida yace junto a nosotros en el lecho. Su angustia o amenaza nos aterrorizan. Quizá la mejor opción sea malvestirnos, abrir la puerta del piso mientras aún sea posible y salir corriendo a la calle para no volver jamás…
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La verdadera educación de nuestro tiempo la llevan a cabo los creativos de las agencias publicitarias, los guionistas de los telediarios y el maestro Ciruela de Internet. Eso es una certeza que nobles intelectuales (¿tiene algún sentido ya hablar de otra nobleza que la de la inteligencia y la honestidad?) como Sánchez Ferlosio, García Calvo o Umberto Eco explicaron hace años a quienes los leíamos sin las gafas de la ideología o el prejuicio. Así, los dedos que mueven el guiñol de los telediarios de la televisión hicieron decir a la extraordinaria presentadora que era Ana Blanco “Cuba es el único país del mundo donde se puede vivir sin trabajar”, a propósito de una noticia sobre los permisos que el gobierno cubano había concedido, sólo en determinados oficios y actividades económicas, a sus ciudadanos para que se pudieran establecer como autónomos y ganarse un dinerito. La convincente actriz de la información que fue Ana Blanco lo sentenció con ese tono engolado e irónico, pero pleno de complicidad con el espectador, que tan bien manejaba.
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El miedo más insufrible para nosotros es el que provoca la oscuridad, la noche, con sus sombras cambiantes, el terror que se adivina tras un ruido sin causa cierta, sin origen conocido, las presencias invisibles que acechan; eso que nos pone nerviosos y a la defensiva cuando llamamos a una puerta y nos asalta la duda repentina e inquietante de quién nos abrirá y saldrá a recibirnos. Sólo la rutina, y la estadística de que lo «normal» es siempre lo que ocurre, nos da esa tonta seguridad en que vivimos, creyéndola el estado natural de nuestro mundo.
Vivimos días en que el aire, el agua y el fuego, nuestros elementos primigenios, entre y contra las previsiones de los científicos, no dejan de darnos sustos. No sé el nombre de la última borrasca de este largo invierno, pero sé que pronto habrá una conspiración de aire y fuego que nos atufará este verano. Aún así, aun con la sorpresa de su furia ignota y sorpresiva, con incendios pavorosos, tifones, terremotos o volcanes, hay una tradición defensiva, una memoria heroica de la humanidad que nos permite aún no caer en el pánico, porque remite a los mitos fundacionales del hombre y a su lucha inmemorial contra la naturaleza adversa.
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Esto que le pasó a Schubert lo llamaba Ortega “conocimiento fantasma”, ese que no adquirimos mediante los datos inmediatos de la realidad sino gracias a otras instancias como, en este caso, la imaginación. En realidad, la mayor parte de nuestro saber es de esa naturaleza, incluido el conocimiento científico o el divulgado por los medios de educación social. Algo nos condena -toda vez que hemos renunciado a guiarnos por nuestros propios sentidos- a entender solo por aproximaciones fantasmales que tranquilizan nuestro espíritu, siempre inquieto y preguntón, a pesar de todo…
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Así, calladito, con ese silencioso pasar de las generaciones, se han instalado en sus calles, en sus bares, en sus músicas -porque ya no son las nuestras, de nosotros los que más o menos nos sentíamos herederos de las barricadas del 68, de los existencialismos o los Beatles- otros jóvenes con otros ritos, otras maneras, otras músicas. Y los grupos, que a su modo imitan la forma de crecer de los individuos, han crecido, se han hecho negándonos a nosotros. Y sus cabellos son ahora cortos y erizados o trasquilados y rapados -los nuestros eran más bien largos y desgreñados- y se les ve delgados y fuertes -nosotros ¿te acuerdas? teníamos hasta nuestro poco de tripita de mesa camilla donde leíamos con aquella gana a Marcuse- y ellos, en fin, son lanzados o agresivos, cuando nosotros preferíamos aquella forma tranquila de negarnos.
Pero bueno, que así es la vida, y como quiera que están ahí, tan diferentes y tan parecidos, no es mala ocasión para pensar un poquito sobre ellos. Así, de un plumazo, su indumentaria es guerrera: ropas ajustadas, hechas para el salto, la carrera o la lucha… ¿Contra qué? ¿Contra quiénes? No future, dicen algunos de ellos
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En Madrid, para hacer referencia al resto de España, es decir, a todo lo que no es Madrid, se utiliza (o utilizaba, que hace mucho tiempo que no voy por allí) el término “provincias”. Así aparece (o aparecía) en los buzones del edificio central de Correos. En el ambiente teatral se dice (o decía) “hacer una gira por provincias”. Por otra parte, las palabras “paleto” o “cateto” y “pueblerino”, con el matiz despreciativo que todos conocemos, nació en las grandes ciudades para aludir a la gente de procedencia rural. Su significado es connotativo y hace referencia a una cierta torpeza, brusquedad de trato, anacronismo en el vestir. Aún hoy, con la globalización de tópicos, modas y músicas ya muy generalizada.
Ser de pueblo, en las ciudades grandes, ha sido siempre como viajar en un tren de mercancías: una ciudadanía de segundo orden. El hecho no es ni siquiera contemporáneo: arranca de los primeros imperios. En la Roma imperial, poseer la ciudadanía romana era un privilegio negado a los oriundos de las provincias que hacía exclamar a los que la poseían: “civis romanus sum!”, “’¡soy ciudadano romano!”.
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Y aquí mi humilde contribución a la celebración gozosa del 8M. Aunque hablar de las mujeres, en favor de su lucha interminable y necesaria, hace tristemente necesario hablar, al mismo tiempo, de la violencia ejercida contra ellas desde la noche de los tiempos, por hombres, ay. Yo soy de los que prefieren llamar a esta violencia oscura “terrorismo machista”.
Me baso en un luminoso artículo de Irene Yúfera publicado por la revista Tinta Libre, titulado como “Unos cuantos piquetitos”. En seguida entenderéis por qué. En adelante, lo resumo y parafraseo lo mejor que puedo.
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