Lo que ven los otros

En un libro de John Banville (¡Ay los libros!) Nocturno de Venecia, se lee esta conjetura del protagonista: “Quienes me conocían tal vez me calificaran de altivo, incluso un poquito arrogante…”. Como siempre pasa con las lecturas, relacioné la frase con mi propia vida, con mi propio pasado, por mejor decir. Pero para contarlo bien voy a necesitar, al menos, un párrafo más.

Yo era un adolescente muy tímido sobre todo con las mujeres, a pesar de lo que me gustaban y de que era muy enamoradizo. Raras veces fui capaz de romper aquel cerco de incomunicación, aunque era, al decir de algunas, un chico atractivo y eso que siempre se ha llamado, a falta de una palabra mejor, un “tío interesante”…

Ya adulto, hablando y recordando cosas con una antigua compañera del instituto, descubrí la razón verdadera: “es que tú eras muy orgulloso” -me dijo. Casi las mismas palabras de Banville. Cuántas desdichas puede traer la distancia abismal que a veces separa lo que uno piensa de sí mismo y la mirada de los otros…

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Una vida buena

Las preguntas sobre en qué consiste una vida digna para los seres humanos son siempre insidiosas y están enmarañadas con los prejuicios ideológicos, filosóficos o religiosos de quien las hace o de quien las responde. Eso propicia que, por ejemplo, la lucha por la vida, por la subsistencia mediante el trabajo, su búsqueda, el miedo a su pérdida nos distrae, a veces de forma definitiva, de eso que podemos llamar, para entendernos, tener una vida digna, una vida buena.

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El pozo de Jas-Meiffren

A partir de una escena imaginada por Émile Zola -dos jóvenes enamorados que se comunican a través de sus reflejos en el agua de un pozo medianero-, se plantea aquí, a modo de metáfora, una relación parecida entre el autor y el lector. De esa lectura enamorada, más que crítica, han ido surgiendo estos textos que ahora ofrezco engavillados en este libro, que sale en busca del lector posible en las aguas, siempre turbias e indecisas del pozo del Jas-Meiffren…

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Juegos de niños

Brueghel el Viejo, «Juegos de niños», 1560

Este es un cuadro inquietante de un pintor inquietante siempre. La inquietud tiene su origen en algo muy singular: en contradicción con el título, no hay ningún niño en esa abigarrada multitud que puebla la pintura. Aunque, en efecto, todos juegan, ¡pero son adultos!

No lo he descubierto yo, sino que lo he leído en el último libro de Santiago Alba Rico (Gaza y el destino del mundo). Oigamos al maestro:

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El ojo de Dios

No sé si ha sido casualidad o porque inconscientemente lo he buscado, pero siempre he vivido en ciudades en las que un castillo o una iglesia presiden la población o son visibles en un cerro cercano. Aunque lo más probable es que haya una razón estadística: son muchas. Bien conservadas o en ruinas, estas edificaciones, antiguos símbolos de poder, civil o religioso, en torno a los cuales se amontonaron las casas medievales, siguen ahí, protectores o amenazantes, como infaustos recordatorios del ojo vigilante de Dios o del Señor…

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15A

Legado

15 Asaltos es mi primer y más querido libro. En el aviso para navegantes que reproduzco a continuación cuento su extraña peripecia. A ella tengo que añadir que, desaparecida la asociación cultural que lo editó por fin 27 años después de haber sido escrito, ha terminado autoeditado en Amazon. Por si alguien lo quiere comprar, que en realidad es como invitarme a un café, recuerdo otra vez el enlace:

15 Asaltos (ensayos)

Pero lo comparto también gratis desde mi nube, aquí

Epub de 15A compartido desde mi nextcloud

El epub es mío, así que es probable que tenga errores: las reclamaciones al maestro armero.

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