Opinión pública, poder privado

La expresión opinión pública encierra una contradicción insalvable: pretende aunar la opinión, que es el juicio privado que se tiene sobre algo o alguien, con lo público, que es compartido y común. Pero opinión es también la fama o estima en que nos tienen los demás, equivalente, por tanto a locuciones como estar en boca de todos o en opinión de quienes lo conocen. Jugando un poco más al límite con el sintagma, me tienta decir que nos formamos un juicio de la opinión pública demasiado positivo, que goza de excesiva buena fama entre quienes hablan de ella en sus opiniones privadas.

Opinión públicaOrtega y Gasset se preguntó por ella en varias ocasiones: si no es la opinión de todos -razonaba-, tiene que ser la opinión de la mayoría. Si en la promesa de las democracias, esa mayoría tendría que quedar reflejada en la mayoría parlamentaria, ésta debe representar a la opinión pública. Pero sólo hasta ahí se mostraba convencional nuestro pensador. Afirmaba, por ejemplo, de forma muy intencionada, en 19121: «De un lado, va la opinión parlamentaria; de otro, con una reprimida sorna, camina la opinión pública». Aunque luego desbarraba un poco al situarla en una zona entre sumergida y aérea, en un reino ideal de concordancia en que se neutralizaban las opiniones contrarias, el «yo pienso blanco» de las mayorías y el «yo pienso negro» de las minorías. El mejor gobernante, según el filósofo, es aquel capaz de detectar ese fondo común o concordancia secreta más allá de las apariencias, que representaría la verdadera opinión pública.

Esa idea, sin embargo, pero entendida en dirección contraria, sí que nos sirve para comprender las alusiones a la mayoría silenciosa de los gobernantes cuando se ven apurados por la oposición política y callejera, cuando sufren una determinada presión social. Lo hace muy frecuentemente el actual gobierno del PP en España; de forma ejemplar cuando se las ha visto con huelgas duras y duraderas como la muy reciente de los barrenderos de Madrid: la alcaldesa se escudaba en las incomodidades de la mayoría silenciosa para proponer una reforma de la Ley de Huelga. Así que tenemos una opinión pública que está siempre en silencio y que sólo habla con los votos, frente al verdadero intercambio de pareceres -por ejemplo, en una asamblea o corro de café- donde se verbalizan continuamente, en entrecruzamientos siempre creativos y enriquecedores, juicios, análisis, propuestas y sofiones.

Me queda aún por examinar un concepto complementario al de opinión pública: el de estado de opinión. Eso nos va a permitir detenernos en lo siguiente: si la opinión mayoritaria sólo se manifiesta en una elecciones con el lenguaje binario de los votos, ¿quién mueve el estado de opinión mayoritario en favor de un partido político u otro? En el pensamiento social clásico, los encargados de crear o fomentar un estado de opinión eran los grandes medios de comunicación o de educación y persuasión social -para llamarlos de una manera más precisa. Así se entendía el tópico del cuarto poder que se ha venido otorgando hasta hace poco a la prensa. Y aunque ha sido parcialmente verdad en algunos periodos históricos, no lo es hoy en absoluto. Tuvo esa capacidad de crear estado de opinión, por ejemplo, el diario El País en los años de la Restauración monárquica tras la muerte de Franco y ayudó a conseguir, con su defensa a ultranza de la reforma frente a la ruptura y con su apoyo decidido al PSOE (como, por otro lado, el diario El Mundo ayudó a crear un estado de opinión contrario, que inclinó la opinión mayoritaria hacia el voto conservador, andando el tiempo y las corrupciones), que la mayoría silenciosa española hablara con sus votos en favor del partido socialdemócrata.Números que dibujan la realidad

Hoy (más bien ayer, por lo que diré a continuación) se entiende que la opinión pública es la que reflejan las respuestas de los ciudadanos seleccionados por las empresas que se dedican a hacer encuestas a una tanda de preguntas. En un sentido más amplio, ajustado a nuestras sociedades de consumidores, la opinión público es una idea útil tanto para lo político como para lo publicitario; interesa tanto al partido político como a la empresa que quiere promocionar una mercancía o servicio. Ocurre que hoy (hoy de verdad) estas empresas son víctimas de una desconfianza social en aumento hacia la objetividad de sus métodos y lo justo e imparcial de sus intenciones. Esa desconfianza, que se traduce en el aumento progresivo de los «no sabe / no contesta», pero también en el rechazo puro y simple a contestar o en el divertimento de mentir intencionadamente a los encuestadores. La sospecha social es muy justa y va muy lejos; tiene que ver la proliferación de estos estudios u opinómetros en todos los niveles y casi por cualquier motivo. Una sospecha justa sobre la verdadera ecuación (opinión pública, poder privado; opinión privada, poder público) que nos ayuda a entender la verdadera naturaleza de la opinología, que podríamos traducir en el coloquial «¿para qué quieren saber tanto?» Pierre Bordieu nos enseñó ya hace tiempo una visión complementaria: que la opinión pública es, en realidad, la opinión de «los que cuentan» y cómo, por volver a ellas, las empresas de opinión crean con sus estudios problemas sociales donde no existían. Ya hablé, de forma prolija, de ello en la entrada que publiqué en el blog, hace casi medio año, que titulé Cosas que suben y bajan: la creación de la realidad. Allí puede el lector curioso aprender cómo una comisión de sabios, más o menos como la que convocó el gobierno del PP español para el estudio de la viabilidad de las pensiones públicas, escenificaba al mostrar sus resultados un estado de opinión que antes no existía. Desde entonces es opinión pública que no hay dinero suficiente para mantener el sistema público en su estado actual. También se lee en esa entrada de qué manera un estudio de opinión sobre las relaciones entre el consumo de alcohol y los accidentes de tráfico, que antes no se había planteado nunca, cobró carácter de realidad y se incorporó al acerbo de la opinión pública.

El activismo social contemporáneo, en la calle y en internet, el resurgimiento de las asambleas de barrio, o multitudinarias como las de la Puerta del Sol, ha llevado a muchos -quizá movidos más por el deseo que por la realidad- a plantear que la nueva opinión pública está recuperando la democracia deliberativa y participativa (muchos poderes locales, con certero instinto de supervivencia, la potencian con los presupuestos colaborativos, la discusión asamblearia de decisiones administrativas…) y se vuelve a manifestar en una inesperada y nueva esfera pública, que podría salvar la contradicción que señalábamos al principio: que la suma de opiniones privadas coincida con la opinión de los gobernantes y que el juego de las mayorías y minorías no sea más que un guiño de complicidad, una coartada del poder. La contra-democracia (término del historiador político Pierre Rousanvallon), es decir, la lucha por la creación de un espacio político que se sostenga en la democracia directa, y el abandono del viejo territorio -desvirtuado, corrompido- de la democracia formal y representativa, implica, entre otras cosas, que la opinión pública ya no va a ser más la opinión de la mayoría electoral, ni el reino platónico de la concordancia de las mayorías silenciosas, ni tampoco la opinión de los que cuentan. No, sino que, por primera vez en el mundo contemporáneo más cercano, la opinión pública puede llegar a ser, en fin, la verdad de todos, pues entre todos, con la ayuda de la razón común y el intercambio horizontal y continuo de pareceres, la habremos encontrado.

1«La opinión pública», El Imparcial, 19 de septiembre de 1912.

Democracia y populismo (y 3)

Ayer mismo, sábado 12 de mayo, volvieron a ocupar las plazas de 80 ciudades españolas esas bandadas de gente, de todas las edades y condición, que conocemos bajo la advocación, algo triste aunque muy de estos tiempos, de 15M. Volvían a ponerse bajo los focos de la información oficial con la alegría del cumpleaños, y cargados de razón. Se han reunido en asamblea permanente hasta el martes y aparecen tan sin líderes, tan apasionados del debate, y tan enamorados de las acampadas como siempre. De «pueblo» viene populismo; pero más aún hunde ahí sus raíces, en el «populum» de la lengua madre, popular, como populares son estas revueltas.

Asamblea del 15M en Motaralaz (Tomás D'Angelo)
Asamblea del 15M en Motaralaz , deTomás D’Angelo (licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.)

Con paciencia, sine ira et studio, mucha gente le ha ido cogiendo gusto a juntarse, acampar, compartir, apelotonarse y hablar y discutir, y más hablar y discutir, y reír y enfadarse. Tal vez en ellos, en esa multitud sin líderes estemos asistiendo, como parteras, a los primeros vahídos de ese nuevo sujeto político colectivo necesario, que creemos atisbar, tanto o más que en las revoluciones, en los políticos y votantes populistas.

Las bandadas (uso la palabra adrede, como Deleuze, para designar a estos grupos deliberativos frutos de la organización espontánea, nómadas del antagonismo social) asamblearias, que luchan por estirar los límites de las actuales democracias formalistas y hueras, están aún en su etapa de crisálida. Corren el riesgo, como tantas y tantas revueltas, algaradas y revoluciones que han intentado antes alumbrar un mundo nuevo, de ser absorbidos por las poderosas, experimentadas y engrasadas, glotonas máquinas estatales, y devenir mariposas secas de coleccionistas hegelianos. Ya recordarán seguramente, en este año de vida secreta del 15M, unos anuncios de teléfonos móviles de Telefónica, pasados por televisión, en que un corro de jóvenes debatía -unos levantaban la mano para intervenir, otros discrepaban apasionadamente- sobre las virtudes de un telefonito frente a otro, en un infame remedo publicitario de una asamblea… La capacidad de integración de cualquier apocalipsis que han mostrado los regímenes de las democracias mercantiles es realmente asombroso. Y empieza siempre por el lenguaje, verbal y no verbal, de los disidentes, para apropiarse después de su realidad alternativa, con el apetito bulímico con que lo devora todo el capitalismo.

Por eso, veteranos teóricos de la revolución, como Antonio Negri y Michael Hardt, llevan años itentando pergeñar un nuevo léxico que ayude a nombrar y pensar las nuevas revoluciones, unas estrategias libertarias, al gusto contemporáneo, que nos lleven a ocupar el lugar vacío del poder, desde el que la tiranía de la exclusión (la propiedad, el dinero no se tocan) gobierna el mundo globalizado. Así, en ese intento, la vieja -hoy humillada, dispersa y enferma– clase obrera es sustituida por la multitud sin número ni líderes; se reivindica el ancestral, y no desgastado nunca, apelativo de pobres y hasta el amor, sentimiento tan atropellado por la burguesía o el cristianismo, se transforma de nuevo en fuerza revolucionaria poderosa, en sustitución de tecnicismos eufemísticos tenues y quebradizaos como solidaridad.

Otros recios pensadores, como el proteico esloveno Slavoj Žižek ya mencionado, llevan años en un intento, divergente pero complementario al de Negri y Hardt, de rearmar el pensamiento crítico. En un esfuerzo desmesurado por aunar el pensamiento marxista con el psicoanálisis ecléctico de Jacques Lacan, Žižek propone una relectura crítica continua de los intentos revolucionarios fallidos, apoyándose en conceptos aún tremendamente vivos y útiles como el del fetiche; pero no sólo el fetiche marxista de la mercancía, sino el fetiche ideológico que, como el psicoanalítico, nos hace aceptar sin más la tragedia de la realidad social contemporánea.

En sus palabras: «Cuando nos encontramos con una persona que afirma no creer ya en nada, que asegura aceptar la realidad social tal como es realmente, hay que hacer frente a tales afirmaciones diciendo: De acuerdo, pero ¿dónde está tu hámster, el fetiche que te permite aceptar (fingidamente) la realidad tal como es?» El hámster a que se refiere es el de un conocido caso en el mundo del psicoanálisis que cuenta la historia de un viudo que había perdido a su mujer a causa de un cáncer terrible y que, sin embargo, parecía sobrevellarlo todo con una tranquilidad inesperada e increíble. Se vino abajo, hasta tener que ser internado, cuando murió el hámster de su mujer, que le permitió durante un tiempo soportar el dolor terrible…

Democracia y populismo (2)

Así que el populismo lo vemos aquí como una manifestación de la incomodidad que producen los límites de la democracia cuando se convierte en un régimen legalista, procedimental y mercantil. Para recordar hasta qué punto es así, nos bastaría recordar que el presidente Bush ganó sus primeras elecciones por unos doscientos votos disputados hasta el final en el estado de Florida, y que tras agrias y dudosas intervenciones judiciales, lo auparon a la presidencia de EE. UU. Sobran los comentarios sobre las tremendas consecuencias históricas que aquel puñado de votos tuvieron para los pueblos del mundo.

Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz)
Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz).

Del mismo modo es una verdad compartida que las democracias contemporáneas reducen la relación partidos / votantes a una relación fiduciaria, en la que el voto equivale a un capital que se invierte en acciones para obtener determinados servicios. Tanto como que los partidos se comportan como empresas o fondos de inversión que, mediante técnicas publicitarias, de pura mercadotecnia, ponen todos sus esfuerzos en captar inversionistas que les den la mayoría en la junta de accionistas. Por eso se producen tan ácidas y descarnadas disputas en torno a la posesión o control de los grandes medios de comunicación, o -como ocurre ahora tan a menudo- la información, la debida rendición de cuentas de los gobernantes, se sustituye por la realización y difusión de vídeos propagandísticos, o anuncios institucionales, zafios y consignatarios -ahora menudean los del PP con las bondades futuras de las reformas-recortes, y los del PSOE, en adecuada réplica especular-, pergeñados con el mismo lenguaje infame de la publicidad, con sus promesas implícitas de felicidad fetichista y sus elementales artificios retóricos.

No hay democracia deliberativa, ni en las instituciones ni en los grandes Medios. Ha sobrevivido , tal vez, en ese movimiento asambleario, que conocemos con el nombre genérico de 15M y que, pese a su alejamiento de los focos de las cámaras, parece que ha ido tejiendo, como una paciente araña, una red de de debates abiertos, de incipientes grupos de ayuda mutua -un poco al estilo de lo que hacen los Hermanos Musulmanes egipcios, slavando las distancias, naturalmente- por barrios y poblaciones de los hinterland metropolitanos, sobre todo. De esta otra manera de organización popular, no populista, hablaremos enseguida, en la tercera y última entrada de este miniserie.

Weil02 Populismo 300x252El populismo, pues, es un síntoma del malestar que producen esas características -degeneradas, perversas- de las democracias actuales en las que, eufemísticamente, se suelen llamar capas mas desfavorecidas de la sociedad. Como también lo son estas movidas populares que, en forma de marchas, protestas en vivo, inmediatas, en los lugares del descontento social: embargos, despidos, cierres; o reuniones en forma de corros en parques o plazas. Populares, hemos dicho, no populistas. Pero una y otra palabra vienen de «pueblo». Como decía al comienzo de la entrega anterior, los caudillos populistas, en su intenta de franquear los límites insatisfactorios de las democracias mercantiles, apelan en sus llamadas electores o insurreccionales, al «pueblo», es decir, invocan al sujeto político colectivo que la izquierda revolucionaria perdió u olvidó en el camino.

El «pueblo» es, en este sentido, la amalgama de los que hoy son tildados de «excluidos», las víctimas del antagonismo social, de esa lucha de clases unilateral declarada contra nosotros por los poderosos y ambiciosos del planeta, de que nos habla Noam Chomsky. El fenómeno populista, claro, ni es nuevo ni tan perverso como se nos ha querido hacer creer siempre. Ayer mismo (viernes, 11 de mayo), traía El País, en la sección de Internacional, unas declaraciones de la Secretaría General de la Presidencia de Chile con el tenor siguiente: «En Chile no existe el temor a un líder populista». Siempre es así, el populismo aparece como una descarte de póquer de quienes se sitúan con comodidad en el terreno de la realidad construida, dentro de los límites formales, legalistas y procedimentales de las democracias actuales.

El populismo supone siempre un peligro a conjurar por los políticos comme il fault, los portadores de los significantes vacíos (pero signigicantes-amo, por usar el vocabulario pisconalítico de Lacan, que dominan el espacio del debate público): como el de «crisis» como tópico explicativo que no explica nada. Ya nos explicó Marx que el modo de producción capitalista se define por sus crisis continuas. Y suponen un peligro porque, aunque sea de forma aprovechada o manipulada (o directamente peligrosa, como en el caso de los populistas de extrema derecha, o los que llegan al golpe militar), en el populismo se actualizan las referencias a los problemas reales de la gente, se habla de la vida cotidiana y sus infelicidades o incomodidades, el significante-amo de la economía es convocado, al menos, como un paisaje con figuras y no como un lugar vacío, sólo habitado por las estadísticas. Termino esta reflexión en la siguiente y última entrada.

Democracia y populismo (1)

Siempre que hay elecciones (y las tenemos fresquitas; a ellas vamos enseguida) el término populismo se multiplica en boca de periodistas o analistas políticos; sobre todo si, como en las francesas, griegas o municipales italianas, aparecen porcentajes de votos altos a partidos extremistas -en particular los de extrema derecha, que se llevan su buen trozo de la tarta electoral en Francia y Grecia- o a antipartidos, como los reunidos en el Movimiento 5 Estrellas que, bajo la irónica inspiración del cómico Beppe Grillo, va a llenar de concejales y alcaldes -esperemos que también y, al menos, de aire fresco y humor- muchas ciudades italianas.Populismo1 300x252

Y, sin embargo, hay pocos términos más imprecisos y escurridizos en el lenguaje político: compruébenlo los lectores en la misma provisionalidad con que presenta la entrada la Wikipedia, pulsando en la misma palabra «populismo» unas líneas más arriba. A mí me parece que la mejor aproximación es la que ensayó Slavoj Žižek, el provocador pensador esloveno, a partir del chiste del borracho que, tras perder el reloj camino de casa, de noche, se puso a buscarlo debajo de una farola, lejos del lugar donde lo había perdido. Al preguntarle uno que había presenciado la escena que por qué lo buscaba allí y no donde se le había caído, el borracho respondió: «es que allí no se ve nada y a la luz de la farola, sí».

Al votante seducido por el mensaje populista le pasa un poco como al borracho del chiste: le resulta más fácil de entender, se ve mejor. Y se ve mejor porque el político o partido que buscaba su voto había hecho dos cosas que son la luz de la farola: construir un enemigo, un antagonista fácil de identificar en la vida cotidiana, un culpable accesible sobre el que descargar el malestar. En el caso europeo, los emigrantes. Las fanfarronadas de los Le Pen, en Francia; los gritos y amenazas de la Aurora Dorada, en Grecia, son los ejemplos más recientes. Pero ya ocurrió hace años en la civilizada y musical Austria, en los países escandinavos. Aquí, entre nosotros, es fácil adivinar el secreto regocijo que habrán sentido muchos españoles con la medida, anunciada por el Gobierno, de negar el acceso, a los inmigrantes sin papeles, a los centros de salud. El votante así seducido es perezoso, como el borracho, para ponerse a buscar explicaciones en la calle en sombras de las ideas abstractas o de los rosarios de razones: se ve mejor a la luz de la farola.

Pero también el populismo, que tiene su caldo de cultivo en el descontento hacia la democracia, tiene el mérito -demérito de los anquilosados partidos tradicionales- de devolver estatuto público y meter en la realidad a un sujeto político colectivo: el pueblo. Al puebo, en efecto, se dirige con la complicidad persuasiva que, en coloquial, se traduciría por un «yo estoy tan harto como vosotros del turno de los partidos tradicionales, que sólo van a lo suyo; fijaos en esos emigrantes vagos que nos quitan el poco trabajo que nos queda, y que llenan los centros de salud; por eso me dirijo a vosotros, pueblo, sé que me entendéis, al pan pan y al vino vino…». A cuyo guiño, el votante seducido respondería con un «es que ya no puedo más, todos van a lo mismo, al trinque; tanta democracia y tanta palabrería…». Y, en efecto, el populismo político es una respuesta -sólo que muy sesgada, manipulada y basta-, y una manera de sacar provecho de, ese descontento que provocan los sistemas democráticos vigentes, que responden sólo a mecanismos procedimentales y formales, pero en las que la democracia deliberativa, la que encarnaría el verdadero antagonismo social, está ausente.

Cuando el populismo llega al poder -Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina-, y es lo suficientemente inteligente, da forma a ese sujeto político (el pueblo) fomentando la autoorganización o la ayuda mutua, una nueva identidad prestigiosa. Chávez supo hacerlo: economatos, centros médicos móviles, la educación musical como mecanismo de recuperación y nivelación social, los voluntarios paramilitares para crear orden… La misma inteligencia populista que muestra el recurso a las nacionalizaciones -de las que en España nos quejamos como gachupines ofendidos frente al atrevimiento criollo- que están usando los gobiernos argentino o boliviano, con la consiguiente reafirmación de sus imaginarios nacionales, hinchando su afirmación como «pueblos soberanos». Etcétera.

El populismo puede ser perezoso, pero no tonto. Ocupa el «lugar vacío» (como el de Ley, en el cuento de Kafka que comentábamos en las dos últimas entradas) que, según la teoría política, es el poder en las democracias. Como el gas, llena el espacio disponible abandonado por los partidos de la izquierda tradicional, o por los sindicatos, y su renuncia al sueño revolucionario. Aunque nos parezca algo socialmente monstruoso, el porcentaje de votantes de los Le Pen, en Francia, es proporcional al que tenía el viejo Partido Comunista Francés, hoy en el sueño de los justos. El populismo, pues, es el heredero, deforme y feo de la revolución; pero lo suficientemente hábil como para llenar su hueco. Su propia imperfección y obscelencia programada, no obstante, hace necesario seguir pensando en ese hueco social, en el irredentismo e invisibilidad del sujeto político sin nombre propio ni palabra que, mediante un nuevo antagonismo inteligente, sea capaz de torcer los inquietantes destinos a que nos aboca el capitalismo. Lo dejamos para la siguiente entrega, que esta ya se ha alargado demasiado.