Menosprecio de corte y alabanza de aldea

En el proceso de formación de los imperios, y tras ellos los estados, la ciudad era fundamental, ¿cómo, si no, iba a hacerse presente el poder? Era su encarnadura: allí se encarnaban los órganos burocráticos, judiciales o policiales. En el medio rural, disperso y con malas comunicaciones era sumamente difícil desarrollar una sociedad estructurada. El primer empeño de los romanos en los territorios que conquistaban era construir una red de vías que propiciara el desplazamiento de los ejércitos y el comercio. El segundo, la creación de escuelas para la enseñanza de su lengua y cultura. Uno y otro necesitaban de ciudades grandes y pobladas. Eso tan simple es lo que conocemos como civilización: la ciudadanización del mundo.

Es esto, la cercanía de las instituciones del poder, lo que crea en los habitantes de las ciudades la sensación de privilegio e importancia, esa neblinosa presunción de ser una sinécdoque del país todo. El error se multiplica en las capitales (de “capitis”, cabeza) administrativas. Los canales de propagación de ideas de los estados lo amplifican en sus cámaras de eco.

Para la población rural, el Poder -con mayúsculas- ha sido siempre lejano, remoto, casi irreal. Leí una vez que los habitantes de algunas aldeas de la China continental quedaron consternados cuando se enteraron de que había muerto la emperatriz, ¡cuando Mao Zedong llevaba ya una década en el poder!

Es otro lugar común considerar que las ciudades son un intento consumado de crear una naturaleza a escala humana. Basta dar una vuelta por cualquier gran ciudad para ver que todo lo que abarca la mirada corresponde a un mundo geométrico de líneas rectas y prismas creado por los hombres. En él se oculta cuidadosamente la tierra y el mundo vegetal (salvo el domesticado de los jardines y parques): una corrección a la selva y al bosque.

Se crea por tanto en las ciudades una realidad superpuesta, cerebral, por decirlo de forma contradictoria, una “realidad imaginaria”. Mientras que en el campo -y no hago un canto bucólico de la vida campesina- se mantiene un trato cotidiano con la “realidad real”.

Paso por alto, con intención, las clásicas advertencias de que el anonimato (y la libertad que proporciona, y la soledad) de las grandes ciudades no se da en los pueblos y que la vida de relación en estos es más personal y cordial, porque me tengo bien sabido que la presión social -murmuraciones, limitación de movimientos- avinagran esa posible cordialidad. Y como se dice en casos parecidos, vaya lo uno por lo otro.

Ya los griegos advirtieron que la ciudad ideal es aquella que se puede recorrer en menos de media jornada, donde el campo esté cerca de todos sus puntos, pero la felicidad no solo consiste en las dimensiones. Gran parte de la infelicidad que se manifiesta de la vida en los pueblos tiene su origen en una propaganda secular: el abanico de espectáculos y diversiones de la gran ciudad frente al aburrimiento y monotonía de la vida en la provincia. No sería mala cosa generar una corriente opuesta: si los profesionales (médicos, profesores) y funcionarios ejercen en los pueblos como un trámite paso al destino deseado en la capital, es porque entre todos mantenemos la mitología.

Podríamos decir, por ejemplo, “pobres capitalinos que no ven las estrellas del cielo ni las cigüeñas llegando por febrero en busca del viejo campanario”, “pobres urbanitas que no ven florecer los almendros y han olvidado los atardeceres amarillos o los amaneceres rojos”, “pobres, que ya no saben de los largos paseos y las charlas tranquilas con los amigos”…

Los mejores de nuestro mundo han salido siempre de los pueblos. En los horizontes anchos, en las altas montañas o en los misteriosos bosques es donde se aprende a hablar y comprender el mundo, el valor de las preguntas y la precariedad de las respuestas. Aunque también a hacer guerras y a conspirar para el daño de otros, a hacerse el sueco con las injusticias, y a olvidar, después de abandonarlos, los pueblos en los que nacimos…

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