Lennon, MacCartney y el amor

Oía hace un rato una canción de Paul McCartney y Wings, tan agradable como suelen ser las composiciones del ex Beatle. La cosa es que he recordado una discusión que tuve hace muchos años con una amiga queridísima sobre las virtudes y defectos de este músico frente a la otra alma del grupo británico, John Lennon. Lo que empezó siendo un intercambio de gustos y opiniones terminó en un un desagradable intercambio de sofiones enojados. Entonces descubrí que mi amiga era una fan (es decir, fanática) de McCartney, Su amor por el cantante de Liverpool era incondicional -como lo son, generalmente, las devociones musicales – y, según descubrí con tristeza, superior al que sentía por mí. Después de afirmar yo que Lennon era la verdadera alma de los Beatles, se encerró en un mutismo enfadado que duró varios días. Lo peor de todo, en aquel diálogo de besugos, es que a mí los que me gustaban de verdad eran los Rolling…

Quien lo probó lo sabe

Aunque los renacentistas lo consideraban una enfermedad, una especie de infección que se contagiaba a través de la mirada, no hay tal cosa exterior a nosotros como lo que llamamos amor. Sin embargo, hay enamorados, miríadas de enamorados, que a cada instante atestiguan esa realidad intangible. Es de esas verdades solo accesibles por los testimonios: no son cosas, no son conceptos, un poco a la manera de los profetas de las grandes religiones, pero de forma más universal y constante, menos interesada.

Cada vez que algún humano, a lo largo de la historia de nuestra especie, ha dicho «te quiero» a alguien, tembloroso y con los ojos húmedos, en cualquiera de las infinitas lenguas de la Tierra y en cualesquiera de las contorsiones que adopta el cuerpo poseído por la pasión, ha dado existencia al amor, ha transformado la palabra en cosa.Una cosa que muere y renace continuamente, en el más misterioso eterno retorno que nos es dado conocer.

Mundos paralelos

Para Milica

En una cafetería, con unos amigos a los que no veía hacía tiempo, notó que uno, más joven y al que no conocía de nada, lo miraba insistentemente, con una sonrisa tierna que le hizo sentir incómodo. Por fin, le preguntó si habían coincidido en algún tiempo o lugar, si se conocían de algo. El chico sonrió aún más y le dijo: «Tú a mí no me conoces, pero yo llegué a saber de ti, a lo largo de todo un curso, cómo vestías, con quienes te juntabas y por qué camino ibas al Instituto… »

A estas alturas de la conversación, no solo Juan -que así se llama nuestro protagonista- estaba atento y en silencio, sino que todos los amigos habían dejado de hablar y escuchaban el relato del misterioso desconocido, del que nadie recordaba ni cómo ni cuándo había llegado y se había sentado con ellos… Este, tras un breve silencio, continuó: «Si quieres, te cuento cómo ocurrió todo.» Por supuesto que sí» -respondió Juan, impaciente.

«Pues resulta que una chica a la que tú no conoces porque era, como yo, de un curso inferior al tuyo, solitaria y que iba y venía al Instituto desde un pueblo cercano al nuestro, me hizo el más extraño encargo que me han hecho nunca: que te siguiera durante toda la mañana, que te observara con atención y disimulo y que, al final de la jornada le diera cuenta del resultado de mi espionaje. Estaba enamorada de ti, pero también convencida de que tú nunca lo estarías de ella.

Se detuvo y continuó, como pensando en voz alta: «Yo no supe ni pude negarme, porque ejercía un extraño poder sobre mí y -y esto es lo más triste para mí- yo estaba secretamente enamorado. Imagina mi sufrimiento al tener que contarle, al final del día, toda la información acumulada sobre ti… Y así fueron pasando los días y meses de aquel curso, hablando sobre los vaqueros que llevabas puestos o si estabas serio o contento… Hasta que las clases acabaron y la vida nos separó, hasta hoy,..»

Unas lágrimas furtivas acompañaron sus últimas palabras. Para relajar la tensión, unos se levantaron a pedir consumiciones y otros, como Juan, fueron al baño… Para cuando el grupo se volvió a reunir en torno a la mesa, el misterioso desconocido había desaparecido.

Así me contó Juan, años después, el descubrimiento de aquel amor secreto. Nunca llegó a saber quién era y, para, su desesperación, no logró recordar ningún rostro ni ninguna mirada con los que poder poner cara a su enamorada invisible. Sí recordaba lo solo que se sintió aquel último año del Bachillerato y cavilaba sobre cómo podría haber cambiado su vida si la chica misteriosa se hubiera acercado alguna vez a él, rompiendo aquel cerco de silencio que el destino alzó entre los dos.