Si no puedes convencerlos, confúndelos

Esta entrada es una continuación de un apunte anterior en que nos lamentábamos de la proliferación periodística de neologismos políticos vacíos, en justa correspondencia al vacío ideológico que intentan, a duras penas, nombrar. Si allí nos deteníamos en la espectral y supuesta existencia de “errejonistas” frente a “pablistas”, además de “marianistas” o ” rajoyistas”, según el gusto del gacetillero, en estos últimos días he visto incorporados a este elenco a los “sanchistas” o seguidores de Pedro Sánchez, que, naturalmente, encarnan un movimiento que, como no podía ser de otra manera, responde al nombre de “sanchismo”. Aunque el uso más asentado entre nosotros que remite el sanchismo a los partidarios de las enseñanzas de Sancho Panza, frente al “quijotismo”, que apunta a los defensores de las de don Quijote, induce a mucha confusión y parece contradecir, además, el carácter quijotesco atribuido al joven político socialdemócrata. Veamos algunos ejemplos. El primero procede de una crónica política de Ibon Uría, publicada en infoLibre el 28 de diciembre:

Los argumentos para apostar por Sánchez y no por López son fundamentalmente de dos tipos: el primero, que es el ex secretario general quien representa el proyecto que los sanchistas defienden para el futuro PSOE; el segundo, que existen muchas dudas en torno a las intenciones finales de la tercera vía, así como en torno a cómo puede comportarse medida que avance el proceso congresual.

Donde, como vemos, según el tenor de la lectura, los sanchistas se oponen a una “tercera vía” representada, o auspiciada más bien, por Patxi López, el político vasco del PSOE. Si bien lo de la “tercera vía” tiene antecedentes ilustres en el laborismo neoliberal del británico Toni Blair, no queda claro si aquí se alude a algo parecido. En todo caso, queda por ver cuáles son las dos vías implícitas del PSOE a cuya cola poder situar esta tercera. Pero esto ya se nos antoja un juego escolástico demasiado banal.

La otra cita procede un microtexto publicado en Tuiter por  José Antonio Pérez Tapias, un veterano militante y publicista del PSOE muy activo en las redes sociales famosas y en los nuevos medios digitales:

Autofagia como patología de organización: “Gestora y Hernando hacen purga con los del “no a Rajoy” y el “sanchismo

Esta manera de escribir en castellano encoge ya, directamente, el corazón. Si bien el uso de la jerga médica tiene una tradición venerable en el slang político español, tan antigua al menos como las metáforas educativas (menos mal que aflojó un poco ese dichoso “hacer los deberes”) o futbolísticas, aporta a nuestro corpus léxico una novedad, al menos para mis oídos: “Autofagia como patología”…

Estos devaneos con la lengua malesconden lo que llamamos a menudo “la insoportable levedad” del ser político contemporáneo, de la información o debate sobre la cosa pública -ya nos gustaría a muchos que tal cosa existiera- en nuestro país. Una vez que se consumó la transformación de los partidos en un remedo del antagonismo de las viejas casas feudales y sus intrigas palaciegas por mor de adquirir preponderancia y beneficios en las cortes reales, nada más normal que el lenguaje de los cronistas se reduzca a las sutilezas de los distintos nombres propios y la necesidad de nombrar a sus seguidores. Desde un punto de vista más general, estos usos de la neolengua parecen dar la razón al viejo y siniestro consejo atribuido al presidente norteamericano Harry Truman: “Si no puedes convencerlos, confúndelos”…

Las tentaciones de San Antonio

Una niebla espesa con que ha amanecido el día aquí, convierte en irreal y onírica esta mañana de elecciones en España.. He estado a punto de ir a votar, no creas: el imprinting mental de la educación, los tópicos y la propaganda pesan lo suyo, nadie se libra. Pero, mientras tomaba café en un bar popular cerca de casa, rodeado de pensionistas, bebedores de aguardiente madrugadores, parados de esos que llaman "de larga duración", me pasaron por la cabeza las imágenes predecibles de esta noche (las aclamaciones de los fieles de cada partido, las banderas o los puños, las sonrisas prefabricadas de unos y otros, pues todos ganan siempre…) o los recuerdos evanescentes de otras elecciones (hasta aquellos remedos del franquismo dejaron su huella en mi memoria, elecciones a procuradores en cortes se llamaban, por el tercio familiar o municipal o sindical, vete a saber ya, en unos tristes tenderetes electorales solitarios, pues los españoles de entonces estaban cagados de miedo, pero no eran tontos del todo) Bastó eso, esas melancólicas imágenes, para que se me quitaran esas ganas de ir a votar.

Y en su lugar, acudieron las razones, claro, el pacto de siempre, la renuncia de siempre necesaria para poder acceder al poder, el pasaporte imprescindible, las líneas rojas, como las llaman, lo que no se puede tocar: la emergencia universal de las catástrofes que afectan a la vida humana y animal del planeta todo, el régimen nihilista del capitalismo que la sustenta; la monarquía anacrónica -en lo que respecta a España-, la propiedad privada, la falta de cuestionamiento del trabajo en este mundo agotado en que todo el trabajo necesario ya se hizo…

Todo aquello en lo que uno piensa desde que tiene luces: convertir en real la gestión autónoma de nuestras vidas, dejar que se desprenda por sí sola la propaganda por los hechos; la lucha cotidiana por el hombre nuevo -y por ende, por el mundo nuevo- allí donde la vida lo va poniendo a uno, conversando con la gente, con los alumnos con los que le ha tocado a uno vivir, denunciado mentiras, recuperando territorios, soltando nudos y lastres, ocupando, desocupando territorios y deseos, por decirlo a la manera de Guilles Deleuze, que ya he hecho mía …

#apuntes

Contra el dominio Psy

No debe ser ajeno a la frase formularia «perder la cabeza» la coincidencia histórica de que la Psiquiatría naciera al mismo tiempo que la guillotina. Como tampoco la leyenda de aquel melancólico que aseguraba, literalmente, haberla perdido y que fue curado por su terapeuta paseando por la calle con una chapa de plomo sobre su cráneo devenido invisible. La Psiquiatría, la Psicología o, por usar la expresión consagrada en los medios intelectuales, el dominio Psy, oscilando siempre desde su origen en el cuerpo a sus manifestaciones en el alma o -desde el siglo XVIII para acá- de su sede anímica a los síntomas orgánicos, conoce hoy una extensión y desarrollo realmente impresionantes. La biblia del nuevo saber es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, traducción española del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, que ya va por la quinta edición (la primera y fundacional salió a la luz en 1952) en lengua inglesa, está revisada por la American Psychiatric Association’s, la responsable, junto a la Academia de Medicina de Nueva York, del mantenimiento y puesta al día de este vademécum universal del dominio Psy contemporáneo. Su protocolo léxico (cómo llamar a las enfermedades del ánimo), de diagnóstico y tratamiento, es el que siguen los psiquiatras de todo el mundo, pese a que existe un tocho de la OMS, la Clasificación internacional de enfermedades, divergente en algunos aspectos, que ofrece, en teoría, la visión estándar y políticamente correcta de los trastornos mentales.

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El sufrimiento psíquico, en nuestro tiempo, tiene su vaga sede orgánica en la cabeza («perder la cabeza», expresión que recordábamos al principio, en sentido figurado, tal como en la guillotina ocurría en sentido literal, como la sentencia que mejor engloba las dolencias del ánimo) y el sistema nervioso central, tal como en otras épocas asentaba su origen en otras partes del cuerpo como el corazón. Aún forma parte de nuestras explicaciones sobre los desastres sentimentales las románticas «locuras del corazón», o sus razones, esas que la razón no entiende. Más lejana, sin embargo, debido a las transformaciones radicales de la lucha en las guerras, es la idea homérica que ubicaba el espíritu (asumido sobre todo como portador del valor y la fuerza en la batalla) en las rodillas. En efecto era ahí, en esos huesos fundamentales para mantener la verticalidad del héroe y, como consecuencia, la posibilidad de defender la propia vida en la pelea cuerpo a cuerpo, donde, de forma muy apropiada, debía residir la cordura, asociada a la misma posibilidad de vivir y adquirir honor y gloria.

Humores

Antes de que el saber contemporánea desmaterializara el decaimiento o la exaltación del ánimo, durante siglos enteros -desde Hipócrates hasta el siglo XVI y más allá- el trastorno conocido como melancolía (entendida, con arreglo a su etimología, como «bilis negra») se explicaba concienzudamente según la teoría de los humores. En este paradigma clásico, que respondía al pensamiento organicista y a la persistente metáfora que unía analógicamente el microcosmos humano con el macrocosmos, por nuestro cuerpo circulaban cuatro humores o fluidos de cuyo equilibrio armónico dependía la salud: la sangre, el humor amarillo, el blanco y el negro. Humores
Estos fluidos se relacionaban, a la vez, con la temperatura, los elementos de la naturaleza y la Astrología. En concreto en el diagnóstico y tratamiento de la bilis negra, había toda una casuística detallada que interpretaba en qué órganos se había derramado la sobreproducción extremosa de ese humor: en los hipocondrios (en la región situada bajo las costillas falsas), en los alrededores del estómago o -ya en forma de vapor- en la cabeza. Los tratamientos eran, en consonancia con el diagnóstico, puramente físicos. Así, por ejemplo, era habitual la receta de un preparado que tenía como base las hojas del eléboro, cuyo efecto visible era provocar vómitos a los que la mezcla de sangre y papilla daban un característico color negruzco, que parecía dar la razón a la existencia del humor, cuyo exceso provocaba la tristeza. El responsable macrocósmico de la melancolía, por su parte, era el lejano y frío planeta Saturno. No podía ser otro.

Histeria

Otro ejemplo de dolencia anímica que se sostuvo desde Hipócrates hasta los años 50 del siglo pasado es el de la histeria, que desde esa fecha ya no se considera una enfermedad psíquica, lo que no es obstáculo para que en el habla coloquial perviva en su sentido ancestral; el mismo DRAE aún la define como «enfermedad nerviosa». La histeria, del griego ὑστέρα, matriz o útero, se entendió durante siglos como una suerte de «furor uterino» padecido por ciertas mujeres, cuyo remedio más sensato y a mano era el mantenimiento de relaciones sexuales y el embarazo. En la entrada del blog que titulé como Desnudos, que dedicaba el verano pasado a las activistas de Femen y a la idea machista de la pornografía, recordaba cómo entendían los hipocráticos, y hasta los mismísimos Charcot y Freud, la histeria, con estas palabras que transcribo a continuación:

En la pornografía, la verdad del sexo no es otra -como recuerda José Carlos Bermejo en su libro La consagración de la mentira– que la dominación de la mujer por el hombre. En ese sentido, entronca con la visión del cuerpo de la mujer griega que tenían los hipocráticos, para quienes el útero tenía una vida independiente y errabunda que sólo encontraba quietud con el sexo y el embarazo. Cuando no ocurría así, lloraba lágrimas de sangre. Pero una idea parecida es la que encontramos también en las histéricas de Charcot y Freud, que recomendaban para su curación sexo y matrimonio o, en el peor de los casos, una masturbación tranquilizadora. El doctor Charcot llegó a explicar las convulsiones de estas mujeres encerradas en La Salpetriére, como movimientos orgásmicos realizados ante los atónitos estudiantes de Medicina. Hoy sabemos que esos síntomas corresponden a la epilepsia y la esclerosis múltiple.

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Aude Fauvel, en Hystérique mais pas si folle 1, publicado en la ejemplar página web, inspirada por el sociólogo Pierre Rousanvallon La Vie des Idées, resume e interpreta el caso -inédito hasta que Jan Goldstein descubrió el manuscrito- de Nanette Leroux, una histérica cuyos síntomas, tratamiento y curación fueron anotados cuidadosamente por el doctor Alexandre Bertrand durante tres años, de 1823 a 1825. Aquí descubrimos -y aprovechamos para iniciar el giro que nos interesa para terminar esta entrada- la enfermedad mental como manifestación de un desajuste social y político. En efecto, Nanette Leroux, según nos explica Aude Fauvel, padece unos síntomas de histeria manejados por ella misma para poder reconducir su vida. Esta saboyana, que había sido víctima de un acto de violencia sexual y frustradas sus expectativas de vida independiente tras la resturación piamontesa de Saboya, sufre síntomas asociados a la histeria en el paradigma decimonónico: convulsiones, catalepsia, sonambulismo, desvanecimientos… Es tratada por sus médicos con las técnicas más avanzadas de la época, tratamiento eléctrico, hipnosis. Los síntomas aumentan cuando siente violado su pudor y disminuyen con las caricias y el trato suave. Sin embargo, Nanette solo se recupera del todo cuando al fin consigue un reloj deseado y solicitado muchas veces (objeto simbólico de una posible independencia: Saboya es famosa por su tradición relojera) y cuando, por fin -pues es su deseo-, es enviada a un balneario para un tratamiento de hidroterapia. Allí, alejada de la opresiva atmósfera familiar de la sociedad saboyana, entre desconocidos, siente un día, en uno de los baños que ella misma se aplica, una excitación placentera con el agua y es a partir de entonces cuando, en nombre propio, se declara curada. A partir de ahí, según Jan Goldstein, se le pierde la pista en los manuscritos médicos que ha descubierto: sólo llegó a averiguar que se casó, tuvo hijos y a obtener la vaga referencia a una recaída en su enfermedad, que la investigadora no pudo comprobar ni confirmar.

Drugpolar disorder

El paradigma psiquiátrico norteamericano se ha impuesto también, y sobre todo, en la manera de explicar y tratar el trastorno bipolar. La bipolaridad, en efecto, ha llegado a convertirse -sin ningún tipo de ironía- en una enfermedad de moda.
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Respecto a su concepción en la psiquiatría estadounidense, nos explica Pierre-Henri Castel 2 que está en la actualidad «masivamente conceptualizada como un trastorno neurobiológico del humor (exaltado en la manía, abatido en la depresión con, en su forma canónica, alternancia psíquica de un estado después del otro) Y, es así, en efecto, como se la reduce a un diagnóstico y a un sistema de valores y símbolos “que agrandan, como una lupa, tal y tal aspecto en detrimento del otro”. Su tratamiento está totalmente medicalizado: “la medicina X para el pico de excitación o manía, la medicina Y para el periodo depresivo”. Esta medicalización doble -que podría ser la causante del carácter cíclico de este mal, según parece dejar claro su comparación con el viejo paradigma de la psicosis maníaco-depresiva- y estandarizada particularmente en su tratamiento con litio, llevó a un psiquiatra nortemaricano a proponer, en la prestigiosa Medscape, renombrar esta enfermedad como un desorden medicamentoso-polar, «drugpolar disorder».

Estoy estresado, maestro…

Esta perspectiva de las cosas ha hecho olvidar que -sin excluir una base neurobiológica- la bipolaridad es una afección social, muy ligada, además, al individualismo exacerbado de la sociedad americana, a un sistema dual de ganadores / perdedores y a una moral del trabajo fundada en la competencia y la excelencia como valores máximos. Pero el médico del ánimo de nuestro tiempo no se dirige en absoluto a las personas -como recuerda Pierre-Henri Astel- sino al cerebro de las personas; trata las respuestas a las preguntas que plantea como simples indicadores cuya única función es la encontrar la dosis justa del filtro mágico de los medicamentos que proporcionarán la cura. El mal psíquico es tratado con arreglo a una tabla de síntomas, causas y medicación de la que queda cuidadosamente excluida la humanidad concreta del enfermo. Se intenta erradicar en él la anomalía social que supone (una baja con coste económico para la empresa o el estado, una asociabilidad que puede devenir peligrosa…) un problema de adaptación o de conducta. Es en ese sentido exacto en el que podemos afirmar que en el dominio Psy no hay enfermos sino enfermedades sociales.

La enfermedad psíquica contemporánea se nos ha enseñado a vivirla de forma subjetiva exclusivamente, incluyendo en esa subjetividad un sentimiento de culpa. Eso es muy visible en la culpabilización contemporánea del parado: la causa de su fracaso social es de él mismo, no del sistema económico-político ni de las leyes laborales. La somatización interna de esa culpa llena las consultas de Salud Mental y de psiquiatras de trabajadores deprimidos y angustiados o con una bipolaridad que no había hecho acto de presencia hasta ahora. Las siniestras estadísticas de los suicidios en los centros de trabajo, particularmente en Francia,no dejan de aumentar. El estrés, por ir terminando, ha entrado a saco en el léxico general de nuestras lenguas y ha sido interiorizado tanto en el mundo laboral como en el estudiantil, como un saber común. La fatiga ante un proceso de cambio o tecnologización, ante el esfuerzo que se considera excesivo es utilizado cada vez más como auto-diagnóstico. Como muestra, un botón, una experiencia personal: un día llamé la atención a un alumno del Primer Ciclo de la ESO -de entre 10 y 11 años por tanto- en una hora de Guardia en que sustituía a un profesor ausente ese día. El chico, que andaba desquiciado por la clase, en un estado de excitación que le hacía gritar, charlar y moverse sin medida, compuso en un instante un gesto adusto y solemne al oír mi reprimenda y me dijo «Es que estoy muy estresado, maestro»…

Las locas de Mayo

Las relaciones de la política con perder la cabeza no se limitan a la guillotina. No es solo lo anecdótico de la cantidad innumerable de delirios en que gente con la cabeza perdida haya impostado la identidad de un personaje público poderoso (los casos de napoleones se contaron por cientos en los manicomios franceses, ni siquiera la broma de Freud de que Francia -a causa de sus muchas revoluciones y movilizaciones sociales a lo largo de la Historia- es el país que ha padecido más «epidemias psiquiátricas». No, sino que en la visión conservadora de los estados constituidas (un grado siempre más en los estados autocráticos, naturalmente) el rebelde opositor, el protestante callejero, el guerrillero que se ha tirado al monte, es siempre víctima de algún trastorno psíquico. Como también, en la perspectiva inversa, puede padecerlo el tirano.
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Es el caso de las dignas madres de la Plaza de Mayo argentina, que fueron tildados mucho tiempo como «las Locas de Mayo», nombre emblemático con el que he titulado esta última sección. La bilis negra, pues,anclada en sus orígenes como un mal físico relativamente fácil de curar -pero también, no se olvide, como un desorden pecaminoso que podía dar lugar a la acedia o hastío, un desastre aún mayor para el medieval y el renacentista: seguramente al que más temía- ha ido desenvolviéndose, con novedosas facetas creadas por las condiciones sociales y creencias científicas de cada época, como enfermedad social o económica y como mal político. Espero que al lector no le resulte difícil entenderlo si cae en la cuenta de la facilidad con que, a lo largo de la Historia, los mismos edificios se han ido adaptando como hospitales, cárceles o manicomios con una ductilidad encomiable -y económica- a las distintas circunstancias y premuras de los gobiernos de turno y las revoluciones.



  1. Se trata de una recensión crítica de la obra de Jan Goldstein Hysteria complicated by Ectasy. The case of Nanette Leroux, Princeton, 2009. 

  2. Pierre-Henri Castel, Folie du Vieux Monde, folie du Nouveau Monde, reseña de la obra de Emily Martin Voyage en terres bipolaires: Manie et dépression dans la culture américaine, Paris, 2007. 

La coartada de la necesidad

Breve reflexión sobre un cliché lingüístico muy generalizado, que delata -a mi entender- una característica de estos tiempos bobos: echar mano de la realidad o la necesidad como coartada. La ha publicado la revista infoLibre; aquí la re-publico para los amigos del blog.

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Los clichés lingüísticos ayudan a entender las ideas-fuerza, las inercias políticas o sociales de una época. He dedicado muchos de mis textos públicos a analizarlos. En 2010, por ejemplo, en mi antiguo blog en La Opinión de Málaga, llamaba la atención sobre la costumbre del expresidente Zapatero de responder a la pregunta -cada vez más habitual en los periodistas y cada vez más impertinente para él- sobre cuánto tiempo permanecerían aún nuestro soldados en Afganistán, así: “Mientras sea necesario”. Cuatro años después, en otra legislatura, con otro presidente de Gobierno, nuestros soldados siguen allí y aún no ha sido respondida la pregunta.

“Mientras sea necesario” elude el plazo temporal y escamotea cualquier explicación; su vigencia es incondicional y atemporal pues depende del arcano secreto de la razón de estado, que es un secreto encriptado, inaccesible al conocimiento público.

Esa respuesta, u otra muy parecida, daba también el expresidente norteamericano G. W. Bush en referencia a Irak, en tesitura semejante. Pero es que la he oído muchas veces más, repetida como un mantra. Con las medidas que los dos últimos gobiernos han tomado contra la crisis; por ejemplo, de este tenor : “Tomaremos las medidas que sean necesarias”. Pero también en muchísimas series de ficción de aventuras policiales o militares. Cosas como “utilizaremos la fuerza que sea necesaria”, o, en una encomienda del jefe a algún agente intrépido y lanzado: “haz lo que sea necesario”.

No puede ser casual ese aire de familia lingüístico que aúna a presidentes de estado o de gobierno con entes de ficción cinematográfica educativa. ¡Qué camino va desde la vieja disputa filosófica entre necesidad y libertad a este enunciado performativo tan conminatorio y provocador!

“Mientras sea necesario” remite a un mundo lingüístico en el que no hay apelación ni matiz posible, pues el grado o la secuencia de tiempo de esa situación de necesidad inexplicada queda recluida en la subjetividad del presidente o político o mando militar que la enuncia. Implica, además, el rechazo implícito a la repetición de la pregunta, es decir el rechazo a informar. Es una situación parecida a la del hermano o amigo abusón que ha ocultado algo al más pequeño o débil y que, cuando es reclamado por éste, le responde: “Te lo diré cuando me dé la gana”.

Aznar apelaba a lo que “era necesario” mediante un acto de fe: “créanme”, gustaba de decir -con su gesto adusto y agrio, mirando a la cámara- cuando ya se derrumbaban las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Irak.

Rajoy encontró, desde los primeros días al frente del gobierno, su particular reino de la necesidad en el “fatum” o destino, que le impedía cumplir en absoluto el programa electoral que le aupó al poder. “Tomaré las medidas necesarias…”.

La libertad del gobernante para intervenir la realidad mediante la voluntad política queda anulada en nombre de la realidad, la necesidad o el destino. ¿Cuántas veces no hemos oído la fatigosa excusa, en la voz engolada de unos y otros?

Una variante de estos días, que denuncia en esta misma publicación Jesús Maraña como una herencia de la cultura política de la Transición, es el cliché del sentido o razón de Estado. La escenificación de un renovado pacto social, al que acuden sumisamente los representantes sindicales, es justificado (pero no explicado), una vez más, en nombre del arcano: por sentido de Estado, porque es necesario. Del mismo modo, en fin, que parece forjarse en las sombras un gran pacto bipartidista que ponga coto a la ingobernabilidad de España.

“Con la patria, con razón o sin ella”, repetía Rafael Vera cuando era enjuiciado por el uso indebido de fondos reservados y por su implicación en la trama sombría de los GAL. Así que nos encontramos con usos lingüísticos en los que, lejos del antiguo y noble sentido filosófico de la palabra “necesidad”, se nos remite más bien al de la real gana o voluntad y, a la vez, al del rechazo del derecho a la información, que choca constantemente en el muro de lo secreto y críptico custodiado por un poder difuso.

La confluencia de estas respuestas con su ausencia total en las ruedas de prensa, tan frecuentes, en que no se concede turno de preguntas, o con las intervenciones grabadas, nos lleva una vez más a lo que es ya una certeza que, por desgracia, no termina de calar en nuestras sociedades: que en la época en la que más medios para la información y la comunicación hay, menos y más tópica y confusa, o ninguna, información tenemos.

Y otra certeza aún, la que más desasosiego debería producirnos: que el reino de la necesidad, en la filosofía política de estos tiempos bobos, es, en realidad, el de la más soberana, cínica y arbitraria voluntad del príncipe.

Este texto se publicó primero en infoLibre


Los mundos pequeños de la economía (segunda parte)

Seguimos con los mundos pequeños de la economía. En estas dos semanas que han transcurrido desde que, en la anterior entrada, dedicada a la defensa y reclamo de una renta básica universal, dejé medio comprometido seguir hablando sobre el cooperativismo…, en ese ínterin, decía, me he ido cruzando con noticias que nos contaban cómo la Corporación Mondragón -una red de cooperativas que es, por su volumen de negocios y empleo, el primer grupo empresarial vasco, el décimo de España y el noveno mayor conglomerado de cooperativas del mundo- acudía en ayuda de Fagor, la vieja empresa de electrodomésticos, madre nutricia, además, del grupo actual inmersa hoy en una crisis profunda, con un fondo de 70 millones de euros aportados por las demás cooperativas del grupo y, por tanto, por los propios trabajadores-socios.

Los mundos pequeños de la economía: cooperar Así que empecemos por aquí esta segunda parte de nuestra reflexión, aunque criticando en seguida, como verá el lector, que el cooperativismo solo consiga visibilidad en los Medios cuando, como ahora, se buscan ejemplos alternativos dentro del sistema: es decir, estructuras empresariales resistentes a la crisis, modelos de producción y negocio que sigan vendiendo sus mercancías, manteniendo puestos de trabajo, sin interés alguno por la filosofía social de que nacen estos modelos empresariales híbridos. Es el caso de esta enorme corporación, cuyas cifras realmente apabullan: 110 cooperativas relacionadas con el sector  de los componentes industriales, los electrodomésticos o los servicios, que mantiene más de ochenta y tres mil empleos. Su filosofía es común en las redes de empresas cooperativas: las rebajas de salario son consensuadas por los socios-trabajadores, guardando proporcionalidad entre los que más ganan y los que menos, reubicación de los puestos de trabajo en otras empresas del grupo, reorientación de los negocios o las sedes físicas del as empresas a otros países, mantenimiento o aumento de los fondos dedicados a investigación, etc. Una capacidad de adaptación al nuevo capitalismo, en resumen, junto a su resistencia al despido de trabajadores que las han convertido en epónimas en estos tiempos tan desdichados para la clase obrera.

Algunas, como Mol Matric -una cooperativa cuyo origen fue una quiebra tras la que, hace 30 años, quedó la empresa en manos de sus trabajadores; he conocido muchos casos así, todos en Cataluña- han ideado sistemas ingeniosos para los baches en que no hay trabajo: los bancos de horas, que suponen que los trabajadores se van a casa mientras dura la caída, pero siguen cobrando; cuando las circunstancias del negocio mejoran, a cambio, devuelven esas horas de trabajo extra a la empresa. En otros casos, como sucede por lo que sé con las cooperativas del barrio de Sants, en Barcelona, las cooperativas cumplen también una  función de vertebración social de la vida vecinal. Los mundos pequeños de la economía: cooperar mejor que competirEl trabajo cooperativo, aún sometido a las fieras leyes de la acumulación de capital, la peligrosa financiarización del actual capitalismo o a las vergonzosas leyes laborales y de retiro vigentes, tienen la vieja virtud del modelo mixto de co-gestión empresarial (el trabajador participa en la toma de decisiones y participa del reparto de beneficios) que era el de la primera, y desaparecida, socialdemocracia europea -aunque aún sobrevive, si bien a duras penas, en la denostada Alemania- y el encanto inmarchitable del asociacionismo y el apoyo mutuo.

En mis recuerdos asociados al nacimiento del SOC pervive la ilusión con que viví el nacimiento de algunas cooperativas ganaderas -una hacía unos quesos buenísimos- en la Campiña de Sevilla (ahí sigue el empeño de la pequeña y gran Marinaleda, con sus cooperativas agrícolas) o la admiración con que Fernando Álvarez Palacios -que fue presidente de la Federación de Cooperativas de Andalucía- me hablaba de un taller que había visitado en Italia donde fabricaban unas humildes tuercas de no sé qué, pero que vendían por todo el mundo; para demostrarlo, me enseñaba un tríptico a todo color con las virtudes de la dichosa tuerca traducidas a cuatro idiomas… Tengo un amigo cooperativista, en la deprimida cuenca minera del Tinto, que me contaba también, para mi admiración, que en el taller del que es socio y trabajador, todos se habían comprometido hace tiempo a hacer una comida familiar periódica, en los mismos aledaños del taller, para que esa convivencia en el mismo tajo les ayudara a superar rencillas o malos rollos y a no olvidar, así, la relación social, amistosa y familiar, más allá de la laboral, entre los miembros de la cooperativa.

La expresión “mundos pequeños” con que he titulado esta mini serie está tomada de un experimento sociológico 1 llevado a cabo por el antropólogo John Barnes que, tras dos años de convivencia en una pequeña isla noruega, descubrió que, junto a las relaciones administrativas y económicas “oficiales”, existía un tejido de relaciones informales de distintas naturalezas que encerraba en su tela de araña a todos los habitantes de la isla. Es posible, sería deseable que, mientras tanto somos capaces de zafarnos del nihilista modo de producción y vida capitalista, con un trenzado de mundos pequeños económicos y, por ende, políticos, simbólicos y sentimentales, consiguiéramos crear un tejido social alternativo -una red, como se dice en la neolengua- que, junto al desestimiento del existente, sine ira et studio, terminara por sustituirlo, en un palimpsesto revolucionario, y que, mediante la ocupación de la economía real, pudiéramos recuperar y recrear de nuevo el mundo humano habitable y compartido, cooperativo en un sentido radical, del que estamos siendo desposeídos desde hace siglos con tan ignominiosas violencias y maneras.

Los mundos pequeños de la economía, mientras tanto…

Cuesta entender cómo tópicos tan profundamente falsos como que la economía se puede separar de la política o que una política económica como la actual tiene un carácter neutro y pretende el bienestar de todos arraigan de forma tan profunda en las creencias de la gente. Pero es así, a pesar de tantas evidencias. Economistas nada revolucionarios como Galbraith ya explicaron que la economía no existe aparte de la política y “es de esperar que siga siendo así en el futuro”.

Pero no ha sido así. Daniel Raventósrenta-básica, el presidente de la Red Renta Básica, defendiendo en un inteligentísimo artículo 1 la necesidad de tal salario universal, que garantizaría las necesidades materiales de toda la población, cita un ejemplo muy claro sobre esta inseperabilidad entre política y economía: la ley Glass-Steagall, vigente de 1933 a 1999 en EE. UU., que obligaba a separar los bancos de depósitos de los bancos de inversión, configuró unos mercados financieros totalmente diferentes de los que acondicionó la ley Glamm-Leach-Bliley, que le sucedió y que anuló esa separación. Dos medidas políticas: la segunda ha hecho posible la debacle de Lehman Brothers; con la primera no habría tenido lugar.

Un política económica se diseña para beneficiar a una clase social o a otra y esta que sufrimos se ha configurado desde hace años para beneficiar a los ricos, pero haciéndose pasar por la única posible, justificándose en la necesidad (a partir de una propaganda intensa y continua en la que, por ejemplo, la contención del déficit público se ha hecho pasar por algo de sentido común, como ha denunciado muchas veces el activo Paul Krugman) y en la promesa de un futuro mejor. Como ese futuro mejor, tras el heroico austericidio, no va a llegar, más vale que, mientras tanto, vayamos observando los “mundos pequeños” de la economía que, en palimpsesto, pueden estar transformando, sin pedir permiso ni esperar al futuro, muchas más cosas de las que podríamos imaginar.

La propuesta de la renta básica es una de ellas. De ser acusada de utopía disparatado cuando nació, como idea, en pequeños reductos universitarios, ha pasado a considerarse seriamente en ámbitos mayores, tanto académicos como políticos y, va calando en la gente del común gracias a los corros asamblearios como los del 15M. En un mundo que escamotea el trabajo y que agujerea sin piedad las redes de protección social, un salario básico universal sin distinción de edad, sexo o condición social, que satisfaga las necesidades materiales de todo el mundo, empieza a ser considerada como una propuesta “razonable”. Basta recordar que su reivindicación ha sido oída muchas veces en las manifestaciones de este Primero de Mayo, es decir, ha adquirido carta de naturaleza política y sindical.

renta-basica2Y no sólo eso, sino que no es sólo una idea, sino que es real nada menos que en Alaska, donde desde 1982, todo el mundo, tenga o no trabajo y con la edad o sexo que sea, recibe una renta básica anual, de 676 euros en 2012 -en algún año, según Mariana Vilnitzky en la revista que citamos al pie, ha llegado a ser de 2.000 euros. La persona más vieja que la recibió tenía 107 años antes del 31 de diciembre de ese año; la más joven, había cumplido minutos antes de las campanadas. Una familia media, con cinco hijos, recibió 3.380 euros. A estos ingresos universales se les considera -hablamos de EE. UU., al fin y al cabo- un dividendo a cuenta de una corporación pública de Fondos, cuyo dinero proviene fundamentalmente del petróleo y de inversiones en cualquier lugar del mundo. La autora del reportaje cita el testimonio de una trabajadora de la hostelería que le aseguraba que muchísima gente guardaba esos ingresos para la universidad, gastos sanitarios (la sanidad americana es privada y cara) o a la caridad…

La versatilidad, fuerza y atractivo de esta idea (tal vez una de las últimas revoluciones posibles) que acabaría con el intrincado laberinto de pensiones, asistencias y ayudas -estatales, autonómicas o locales-, torpes puestas al día de las viejas “leyes de pobres” inglesas, tiene una gran dificultad práctica, claro está: requeriría de una reforma fiscal profunda y cabal y tendría enfrente a los aguerridos defensores del privilegio y la propiedad. Pero sus potencialidades son impresionantes. Daniel Raventós las explica con sencillez: paliar los efectos del desempleo, fomentando la autoocupación y el trabajo cooperativo; la mitigación de la pobreza;la recuperación de la identidad y capacidad de lucha y resistencia obreras. Estaría más cerca el ideal aristotélico del hombre con tiempo y dignidad para re-emparentar su vida con la filosofía o al arte, toda vez que la lucha cotidiana por el pan desaparecería.

En otra entrada seguiremos con estos mundos pequeños, otras tantas muestras de autoorganización y de la resistencia real a los desaguisados del capitalismo desembridado que padecemos. Muy en particular nos detendremos en el movimiento cooperativista que, aparte de mostrar una capacidad de resistencia y adaptabilidad muy serias frente a la bajada del consumo, la exportación y los despidos, está adquiriendo una vitalidad urbana y una capacidad de vertebración de los barrios muy notable. También hablaremos de las redes de apoyo mutuo o bancos de intercambio de tiempo, a lo que veo, también muy vivas y activas o de las sugerencias, nada disparatadas, de Attac. en torno a una posible reindustralización del país, que, al fin y al cabo, nunca llevamos a cabo como el dios de los tiempos mandaba. De modo que así quedamos y nos emplazamos, paciente lector.