Ojos que miran pero no ven…

(Leyendo Viaje al Congo,  de André Gide)

La mirada de André Gide sobre África en Viaje al Congo es una mirada colonial y turística, nada que ver con la crítica desencantada de su viaje a la URSS (una de sus caídas del caballo, según Constantinto Bértolo). Los negros nunca son individualizados ni tienen un nombre propio: son negros o indígenas y sólo se nos habla del brillo de su piel o de la fuerza de su cuerpo,

Cada vez que el barco atraca, cuatro negros enormes, dos delante y dos detrás saltan al agua y van hasta la orilla para fijar las amrras…
Tres negros soberbios llegan a nado a la orilla…
A las diez nos detenemos frente a Betu. Los indígenas, de raza mojembo, están más sanos, son más robustos y más bellos, parecen más francos y más libres…

Es inútil seguir citando: siempre nos quedamos ahí, en la superficie, no hay nada más allá ni más adentro. Por el contrario, las mariposas, los árboles y las flores, se describen en detalle.

El 11 [de septiembre], visita al jardín experimental de Eala, el auténtico objetivo de este rodeo por el Congo Belga. El señor Gossens, el director de este jardín, nos presenta, con gran alegría por nuestra parte a sus alumnos más interesantes: cacaos, cafetos, árboles del pan, árboles de la leche, árboles bujía, árboles taparrabo y este extraño banano de Madagascar, el “árbol del viajero”, de cuyas anchas hojas brota, en la base de su peciolo cortado de un navajazo, un vaso de agua pura para el viajero cansado…

El resto son sus quejas occidentales sobre insectos e incomodidades que el buen burgués siente especialmente

En Coquillatville nos devoraron los mosquitos. Por la noche, nos asfixiábamos de calor bajo las mosquiteras, empapados de sudor. Unas enormes cucarachas se dejaban caer sobre nuestros objetos de aseo…

Hay incluso discretas alabanzas, trufadas de consejos reformistas (hacen falta más médicos, mejores salarios…), dirigidos a la administración colonial francesa. A las veces, se aburre (“me esperaba otro clase de selva”, se lamenta en una ocasión) ¿Y qué lee nuestro autor en la bochornosa noche africana?

He releído la oración fúnebre de María Teresa de Austria. Hay unos pasajes admirables. Me parece que la prefiero a la de las dos Enriquetas…

No hay nada que nos recuerde en este libro a El corazón de las tinieblas de Conrad.  No parece, sin embargo, que Gide intente ocultar nada (si acaso, el encargo recibido por la Administración colonial, entes de partir  -pues ya es un escritor famoso con más de 40 años-, de recabar información sobre los problemas o deficiencias que encontrara en el viaje), sino que el velo del racismo inconsciente del europeo le impide reconocer al otro, que ve siempre como un cuerpo opaco e intercambiable. Lo que ocurre, en realidad, es que sus ojos miran, pero no ven….

Las edades del hombre (2): los niños salvajes

Este cuento, que ahora comienza, es el de viajes no deseados, sino que fueron provocados por accidentes o catástrofes. Las pruebas a que se vieron sometidos sus protagonistas tuvieron lugar en espacios aislados y, en ese sentido, los podríamos considerar «viajes estáticos» de los que tenemos constancias escritas. Me interesan especialmente dos: los casos de los niños salvajes y la ficción literaria, de larga trascendencia y vocación «pedagógica», de Robinson Crusoe, cuyo protagonista , frente a los anteriores y en contraste con lo que venimos diciendo, es, sin embargo, un adulto. Una obra que, sintomáticamente, es la primera que J. J. Rousseau hace leer al Emilio en su programa de autoeducación por la lectura.

Fotograma de la película de Truffaut sobre Victor de l' Aveyron
Fotograma de la película de Truffaut sobre Victor de l’ Aveyron

Hay muchos casos documentados de niños abandonados en lugares ariscos, en plena naturaleza, como se dice, que lograron sobrevivir por sus propios medios y, seguramente, con la ayuda de algunos animales y del azar. De forma muy significativa, se concentran entre el siglo XVIII y comienzos del XIX, la época de la Ilustración y la Revolución Francesa. Debemos suponer, pues, una carga ideológica (la renovada fe en la humanidad y los postulados de Rousseau sobre la educación) de la que nos da idea el hecho de que el viejo centro para sordomudos de París alcanzó la categoría de Instituto Nacional en tiempos revolucionarios.

De todos ellos, los más conocidos -seguramente por su adaptación al cine- son los de Victor de l’ Aveyron y el de Gaspar Hauser. Este último posee un interés «narrativo» por los misterios que aún hoy rodean su nacimiento (se especula incluso con que fuera un hijo ilegítimo de Napoleón Bonaparte) y su muerte, posiblemente asesinado, tanto como la «sombra» que lo seguía y espiaba tras su reintegración a la sociedad. En palabras del Wikipedista:

Kaspar Hauser fue un adolescente alemán famoso en Europa por el misterio en torno a su origen y a su muerte. Su carácter era el de un niño salvaje, por lo que se sabe que creció en cautiverio en completo aislamiento. Desde su aparición se especuló sobre su posible pertenencia a una casa real, en particular a la familia gobernante en Baden.

Apareció el 26 de mayo de 1828, en la ciudad de Núremberg (Baviera, Alemania) con 16 años, aspecto descuidado y una carta que llevaba consigo, dirigida a un militar y gracias a la cual conocemos su nombre y fecha de nacimiento. Su estado mental y su falta de lenguaje motivó la curiosidad de juristas, teólogos y pedagogos que le enseñaron a hablar, leer y escribir con cierto éxito. Un éxito que no obtuvo, salvo en la adaptación a las costumbres urbanas y a un grado inicial de socialización, Jean Itard, el mentor ilustrado de Victor de l’Aveyron, el niño encontrado por unos cazadores en los bosques de La Caune, en el Languedoc francés, cerca de los Pirineos.

Jean Itard documentó con detalle y método «científico» el proceso educativo que siguió con el niño, una vez obtenida la custodia que, a tal fin, le concedió el gobierno revolucionario francés. Gracias a su Informe, conocemos el estado en que se le encontró, y los éxitos y fracasos de su reintegración en la sociedad humana. No sabremos nunca, sin embargo (Victor no llegó a hablar) cómo fue su vida en los bosques ni cómo logró sobrevivir sin compañía ni ayuda humana. Tampoco se conocen bien sus últimos años en una residencia para huérfanos, donde fue abandonado tras la euforia inicial y la curiosidad social que despertó la apuesta «pedagógica» de Jean Itard. La causa de su muerte fue, posiblemente, el suicidio.

De modo que las durísimas pruebas que superó en su forzado viaje de iniciación a la vida adulta en los bosques, no le sirvieron de nada en su ingreso en la sociedad «civilizada», en plena euforia de la Ilustración. De la mano de su mentor y maestro tuvo que someterse de nuevo a rituales sin fin en otro proceso torturante de aprendizaje: desde acostumbrarse a andar con zapatos a seguir las tediosas lecciones sobre el francés escrito (uno de los grandes errores de Jean Itard, pues no es posible aprender a hablar a partir de la escritura, según señalaba Rafael Sánchez Ferlosio en sus prolijas anotaciones a la versión en español del Informe que él mismo realizó), cuando lo más probable es que la lengua materna del niño fuera la langue d’ oc y no el francés. O los durísimos ensayos de su maestro para que adquiriera «sensibilidad» en la piel: meterlo y sacarlo sucesivamente de baños de agua helada e hirviente. O la estéril y cruel ocurrencia, sobre la que he escrito en otras ocasiones, de pretender inculcarle la idea de la injusticia / justicia encerrándolo sin venir a cuenta en un «cuarto oscuro», que había dispuesto para los castigos…

De modo que este doble viaje iniciático del niño abandonado, lejos de ser la demostración de la utopía educativa rousoniana, que es como fue recibida en la optimista Francia revolucionaria, se mostró a la postre como la más triste y desesperanzadora distopía…

Las edades del hombre (1): los viajes iniciáticos

Publicado con modificaciones y el título Ritos iniciáticos en El Salto

La homogeneización de las edades y la estandarización a que ha sido sometido intensivamente nuestro mundo ha arrasado también los ritos iniciáticos, particularmente los viajes, que marcaron durante siglos el abandono de la infancia y el ingreso público en la edad adulta. Esa estandarización tiene causas bien conocidas que se pueden resumir en el afán de constituir una sociedad de consumidores lo más extensa y longeva posible: desde los niños falsos adultos hasta los adultos indefinidamente infantilizados.

Aunque sobreviven remedos de aquellos ritos de iniciación, lo hacen en la forma trivializada y floja propias de estos tiempos bobos. Me refiero a cosas como las fiestas de graduación, viajes de fin de carrera o las estancias internacionales proporcionadas por las becas Erasmus u otras parecidas. Antiguos rituales de la burguesía, como el servicio militar obligatorio para los hombres (cualquier día vuelve) o las fiestas de puesta de largo (no sé si aún se celebran entre las clases ociosas) para las mujeres no son ya sino vagos recuerdos o reproducciones intrascendentes, como las turistificadas peregrinaciones actuales del Camino de Santiago o las múltiples romerías de las primaveras, tan usuales y masivas en países de tradición católica.

Los viajes iniciáticos llevaban implícitas pruebas y dificultades cuya superación suponía un proceso de autoformación con un alto valor pedagógico y su destino eran lugares paradisíacos o espacios alejados, peligrosos y desérticos. Como los viajes de exploración o las colonizaciones ya acabaron, sus sustitutos contemporáneos, las masificadas rutas turísticas, también han perdido ese valor «educativo», de transición al mundo de los mayores, de adquisición de un sentido. La excepción, forzada por circunstancias terribles, son las huidas y migraciones motivadas por la necesidad o las guerras. Pero ese es otro cuento.