Desaparición del primer plano

 

Publicado antes en infoLibre . El artículo es un desarrollo de un apunte que saqué en mi canal de Hubzilla y aquí, en una entrada reciente. Trata sobre el trastocamiento del tiempo y el espacio en nuestro mundo. Internet es para mí, sobre todo, un espacio para la creación viva, que nace, se desarrolla o rectifica en la intertextualidad crecida al calor de lecturas y diálogos, en el salto y metamorfosis de un medio a otro…

Pienso a menudo en la dislocación del espacio y el tiempo en nuestro mundo. No es solo -o no es lo más preocupante- el encogimiento del tiempo que trajo a nuestras vidas el afán de productividad y consumo de la economía-mundo capitalista y su efecto más letal: la prisa contemporánea, el contagio de la velocidad instantánea a que se mueve el dinero, en su bulimia insaciable de acumulación y cambio, que no deja de aumentar.

Un trastueque parecido ya ocurrió con el espacio cuando la revolución de los transportes plegó la Tierra y la convirtió, según el dicho, en un pañuelo. El precio de ese ensanchamiento de tierras y poblaciones que conocemos como colonialismo, y hoy como globalización, se conoce en líneas generales: los genocidios y migraciones masivas, las corrupciones políticas, las guerras y dictaduras sin fin. En un resumen muy apretado: la mercantilización universal del mundo natural y el mundo humano, la destruccción – solo a veces creativa- de lugares y modos de vida que aún no ha terminado.

Ni siquiera se trata del afán continuo de novedades, de la intranquilidad y desasosiego general, de la exasperada hiperactividad estática que han traído a las nuevas generaciones las tecnologías instantáneas de la telecomunicación y, particularmente, la del teléfono móvil y los gadgets que incorpora. Al fin y al cabo, era previsible, incluso la transformación de su uso compulsivo en trastornos de adicción, con sus correspondientes terapias conductistas o hasta medicamentosas, pues ese es el destino final de los males sociales en la realidad contemporánea, sean el paro, los insomnios o la soledad: su conversión en enfermedades privadas.

Lo que sucede es más bien, según lo entiendo hoy, lo que Marco d’Eramo llama «la desaparición del primer plano». Según cita este pensador, asiduo colaborador de la New Left Review, Wolfgang Schivelbusch (The industrialization of Time and Space in the Nineteenth Century) distinguía entre “paisaje” y “panorama”. «El panorama lo asociaba al viaje en tren, porque tal como se ve desde la ventanilla, el primer plano pasa tan rápido que debe ser omitido de la escena. El panorama es un paisaje cuyo primer plano, la parte más cercana al observador, ha sido suprimido. Hoy en día, para nosotros, el mundo entero se ve como un panorama. Estamos ahora ciegos ante todo lo que se mueve en el primer plano, justo delante nuestro, y no sabemos cómo reconstruir el paisaje.»

El autor de esta observación, Marco d’Eramo, comienza su reflexión (NLR, 107) sobre el espacio-tiempo contemporáneo con una confesión llena de perplejidad: “Al cumplir mi hijo los 16 años, me percaté de un hecho extraño. Unas veces con su madre y otras conmigo había viajado por cuatro continentes y visitado ciudades lejanas como Yakarta, Los Ángeles, Nairobi o Moscú, pero nunca había estado en Lucca, Pisa o Florencia.”

Esta paradoja (comprobable también en nuestras relaciones sociales en Internet) tienen que ver con la revolución de los transportes, que mencionaba al principio, que ya llamó la atención a Marx, quien se dio cuenta de que, gracias a ellos, el capitalismo estaba trastocando la percepción del tiempo y el espacio, pese a no haber conocido la posterior revolución de las comunicaciones. Esta revolución supuso el nacimiento del primer gran mercado global y, con él, del consumismo occidental.

Este trastorno de la perspectiva del cerca y el lejos explica también por qué la caridad o el apoyo solidario -una vez desaparecido el sueño de la revolución universal- se dirige tan elocuentemente a los necesitados lejanos: nuestro pobre ideal está en otras latitudes, nunca a la vuelta de la esquina: porque no lo vemos, ya no forma parte del paisaje…

Como tampoco hay ya ni paisaje ni biografía en nuestras amistades en la Red, como decía más arriba, ni identidad frente a la que perfilarnos en un primer plano, en un diálogo real, pues a su omisión se suma la inexistencia del lenguaje corporal, que solo en la distancia corta cobra sentido; la ausencia de las miradas o de la voz atribulada en temblor de ternura o ira, que ayude a concebir un marco humano, capaz de sacarnos del ensimismamiento, del carnaval perpetuo de nuestras sociedades virtualizadas. O de librarnos de ese rumor de fondo adormecedor, de esa cháchara universal desemantizada en su mayor parte, que el gran MacLuhan, que solo conoció los Medios de Masas en sus primeras fases, supo, con tal lucidez, adivinar: «hablan y hablan sin cesar, pero no dicen nada»…

 

Paro “natural”

Lo que se lee en este titular: El ‘think tank’ de la CEOE cree que solo es posible una bajada masiva del paro si se crea “empleo de baja calidad”, no es ninguna ocurrencia original de nuestra CEOE, ni mucho menos. Es la última cantinela de los economistas oficiales y de los ministros del ramo: lo llaman “paro natural” o con la expresión más tradicional en la neolengua, “paro estructural”; es decir, que tenemos que acostumbrarnos a convivir (o a vivir nosotros mismos) con legiones de personas condenadas a la desocupación resignada, culpabilizadas, además, por su falta de formación o por su edad y sexo.

Es la penúltima renuncia a regenerarse de este capitalismo catastrófico que ni siquiera se molesta ya, desde sus propias condiciones, en imaginar o implantar medidas “sensatas”, sin salir de su tinglado, como el empleo garantizado o cualquiera de las versiones de rentas básicas que circulan por ahí. Es un síntoma más de de lo que da de sí un paradigma podrido, que se ha vuelto claudicante y cínico, y, por ende, peligroso y asesino; que ha olvidado también sus legendarias capacidades históricas para regenerarse a sí mismo, haciendo más llevadera, al menos, sin renunciar a su codicia proverbial, las vidas de millones de personas.

Un sistema que que ya solo invita a la resignación de una vida ínfima entre una sucesión interminable de trabajos basura, de mala salud y tristezas, de tiempo muerto en calles, bares, plazas y mercadillos de ocasión, como único “no futuro” posible…