Las formas de las sombras

Debe ser eso también lo que explica por qué las inquietantes noticias que constatan el derretimiento de los hielos del norte, la licuefacción futura de Groenlandia, no asustan ni a un niño. Me entero de que esas constataciones ni siquiera son tenidas en cuenta en las simulaciones informáticas que intentar ver en su bola mágica nuestro futuro. En el inconsciente colectivo, todavía confiamos en que el viejo Atlas siga sujetando el cielo sobre sus hombros.

Pero para pánico de verdad, como el de Hitchcock, el que provoca cualquiera de esos virus mutantes que, como heraldos negros, esperan su gran festín. Porque ahí el enemigo es invisible, no se da a conocer fácilmente y se transforma y camufla. Quintacolumnistas de un ejército cuyo poder sólo adivinamos, nos remiten al mito más temible y antiguo: la metamorfosis continua, el caos original. Y los avisos tranquilizadores de comités científicos y gobiernos nos intranquilizan aún más. Hemos visto ya muchas películas de catástrofes.

La explicación científica del mundo la hace trizas el miedo, el sentimiento más antiguo y honorable de los hombres. Se contagia, se fomenta, se crea, y se propaga con más rapidez que el más espabilado de los virus.

Ya vamos viendo cómo se fragua otra futura guerra fría o caliente entre el Bien y el Mal, que parece que ya está precocinada y lista para el horno. Otra Edad Media se dibuja con perfiles cada vez más claros en el horizonte; verla a lo Mad Max o al estilo del ojo de Sauron, es cuestión de gustos personales; más y más jinetes de nuestros particular Apocalipsis se aprestan cada día a cabalgar en sus monturas… Como dice un proverbio, chino por supuesto, de las mil maneras que hay de huir, la mejor es salir corriendo. Nos vemos en el camino, si cogemos la misma dirección.

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