Oíd, humanos

De todos los pueblos de la Tierra ninguno mantiene una relación tan intensa y devota con la poesía como el iraní. Desde que hace mil años Hakim Abol-Qasem Ferdousí Tusi completó el Shahnamé (El libro de los Reyes), el poema más largo jamás escrito por un solo ser humano, salvando la lengua persa del alud árabe que se había impuesto en pocos siglos como idioma dominante en Oriente Medio, y recreando en verso los imperios, mitos y héroes del pasado, la poesía se convirtió en la expresión mayor del alma y la cultura de Persia. Ferdousí recogió en su desaforada obra una tradición más antigua que su relato. El historiador Lloyd Llewellyn-Jones afirma: “En la Antigüedad persa, el pasado se abordaba mediante la transmisión oral, a través del canto, la poesía y la epopeya narrada” [Los persas. Ático de los Libros, 2024]. Para los iraníes los poetas interpretan, definen y desvelan la esencia de la persona y la experiencia colectiva: son seres trascendentes, en la hermosa polisemia de la palabra.

Es difícil encontrar a un iraní que no conozca de memoria los versos de Hafez, el poeta que en el siglo XIV coronó la época dorada de la literatura persa. Su mausoleo, rodeado de jardines, se halla en un barrio al norte de la ciudad de Shiraz. Para los hombres y mujeres que allí acuden cada día los gazales de Hafez tienen un poder adivinatorio, taumatúrgico. Sus versos, escogidos al azar, aclaran dilemas, compelen a la acción o consuelan en la congoja. El poeta medieval más que un escritor, es un oráculo.

Tal veneración no nace de su antigüedad sino de su palabra. A las afueras de Kashan, bordeando los grandes desiertos del centro del país, dentro del recinto de una mezquita, se halla la tumba de Sohrab Sepehrí, un poeta fallecido hace apenas medio siglo. Sohrab escribió poemas de un intenso misticismo exaltado de naturaleza en los cuales se entrelazan las tradiciones islámicas, budistas y occidentales. La gente, al terminar su oración en la mezquita, se acerca a la lápida negra que cubre el cuerpo del poeta y con reverencia la toca en silencio. Abrir un libro de poesía iraní no es únicamente escuchar la voz de un autor, es acodarse sobre el alma de un pueblo antiguo, luminoso y sufriente.

Nima Yushij es a un tiempo una de las más altas cumbres de la milenaria literatura persa y el umbral que une y permite el tránsito desde los grandes poetas clásicos (Ferdousí, Rumí, Saadí, Jayam, Hafez) a la extraordinaria poesía moderna (Shamlú, Ajavan-Sales, Farrojzad, Sepehrí). Diríase que su vida y su escritura estaban destinadas a habitar una falla donde poderosas placas tectónicas se enzarzan en una labor constante de creación y destrucción. La suya fue una existencia en permanente conflicto, a caballo entre sus bosques natales y el mundo urbano al que jamás se acostumbró, entre la tradición autocrática de los dirigentes de Irán y el deseo de apertura y democracia de su generación, y entre el estuario caudaloso de las formas poéticas heredadas y el manantial crecido por las aguas de distantes fuentes literarias. Cuando es tanta la tensión la hebilla salta por los aires…

¡Oíd, humanos!

¡Oíd, humanos, sentados en la orilla, riendo alborozados!
Alguien en el agua está perdiendo la vida,
alguien incesantemente bracea
en este iracundo y oscuro y pesado mar que conocéis.
Mientras embriagados estáis
con el deseo de someter al contrario,
mientras en vano imagináis
haber tendido una mano al desvalido
para amasar fortaleza,
mientras apretáis la correa
alrededor de vuestras cinturas,
¿cuándo os puedo yo hablar?
¡Alguien dentro del agua en vano está siendo sacrificado!

Oíd, humanos, reclinados gozosamente en la orilla,
pan en el mantel, ropa sobre vuestros cuerpos;
alguien desde el agua os llama.
Con sus manos cansadas golpea el pesado oleaje;
abierta la boca, con los ojos arrasados de pánico
ha visto vuestras sombras desde la lejanía,
traga agua del profundo azul cobalto y a cada momento su angustia crece.

Saca de las aguas
a veces la cabeza, a veces un pie.
¡Oíd, humanos!
Sus ojos desde la distancia aún atisban este mundo envejecido,
grita y confía en el auxilio.
¡Oíd, humanos, en contemplación sobre la plácida orilla!

Las olas golpean la orilla silenciosa,
rompen como un borracho que inconsciente se desploma,
rugiendo retroceden; y de nuevo este clamor llega desde la lejanía:
“¡Oíd, humanos!”,
y el rumor del viento resuena cada vez más descorazonado,
y su voz, en el rumor del viento, más se desvanece.
Entre las aguas distantes y cercanas
siguen resonando estas voces:
“¡Oíd, humanos!…”.

27 azar 1320 HS / 11 diciembre 1941

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