¿Sí o no? (Apuntes, 15)

En el nombre del padre

En un nivel simbólico, el Estado es el padre mientras que la tierra y el cuerpo corresponden a la madre. El padre y el estado apelan, en la estructura bicameral del cerebro, a la cámara de la norma y la represión. Por eso la mayoría no se rebela de veras contra él: se queja, reclama. No hay Edipo, frente a él somos niños.

¿Sí o no?

El matemático Claude Shannon demostró que la cantidad de información de un mensaje se podía medir, poniéndolo en relación con la novedad o sorpresa que provoca. La cantidad más pequeña es el bit que equivale a un sí/no como respuestas a una pregunta. Las charlas sobre el tiempo están en ese nivel de mensajes cercanos al bit: son tan consabidas y esperables que es muy frecuente que la gene desconecte y no oiga siquiera lo que dice el otro, como en diálogos del tipo:

– Pues hoy hace más calor que ayer.
– Qué va, ayer corría un poco de aire…

Si en un informativo sacan a gente de la calle para que “opinen” es, justamente, en casos así, en verano, en la playa, en una nevada… Literalmente, ni esa gente dice nada ni el espectador “oye” nada. Son mensajes con una cantidad despreciable de información. Como pasa en las clases cuando el alumno se aburre, también con la información del mainstream: mensajes esperables, como el balido de las ovejas, que, por tanto, no “informan” de nada. De eso se trata.

Al decir de Macluhan, “hablan y hablan sin cesar, pero no dicen nada.” Así de sencillo es explicar la ignorancia social consentida…

 

La culpa y el poder simbólico

Apenas pasados unos días de los fastos retóricos que tuvieron lugar con la forzada comparecencia parlamentaria del presidente del Gobierno, en plena canícula de julio, ya empezaron a leerse en los Medios sondeos y encuestas sobre la opinión de los españoles, particularmente -como es natural- sobre intenciones de voto y puntuaciones escolares de los principales partidos políticos y de sus cabezas de cartel. Lo que allí se leía era bastante previsible, como siempre lo es: los dos grandes partidos de la Restauración, PP y PSOE bajaban aún más en la estima pública, aunque sin exagerar; los dos más pequeños, pero que andaban sacando más nota desde hacía tiempo y gozando de una mayor confianza y favor social, IU y UpyD, seguían haciéndolo, aunque sin que fuera la cosa escandalosa ni muy llamativa; los grupos nacionalistas históricos de Cataluña y el País Vasco seguían más o menos contando con la vieja fidelidad de sus electores y los partidos pequeñitos, como EQUO, seguían siendo muy pequeñitos aun con la esperanza de un lugar al sol en el Parlamento, a regañadientes del dictum severo y bismarquiano de nuestra ley electoral y el impío cálculo de los restos ideado por Victor d’Hondt, adoptado por los cautelosos patres conscripti1 de nuestra Constitución.work-buy-consume-die-graficanera-NO-COPYRIGHT

Decía antes que eran previsibles esas declaraciones, en mayor o menor medida mentirosas, del mismo modo que son previsibles las preguntas de los encuestadores. Y es que la previsibilidad es la condición fundamental que las ciencias sociales y los estados esperan del comportamiento y organización de las sociedades humanas bajo su cuestodia. Desarrollemos esa idea: en estos mismos meses estivales apareció en el diario El País un artículo de Javier Solana escrito a la vuelta de su estancia en Irán, adonde había asistido, junto a otros ex ministros de Exteriores, como invitado a la jura del nuevo presidente iraní de Hasan Rohani ante el Parlamento de su país. En su reflexión, llena de buenas sensaciones políticas ante el devenir de Irán con su nuevo líder (un clérigo moderado, por decirlo, según es uso y costumbre, con ese enojoso, repetido y malintencionado epíteto de la neolengua), Javier Solana confirmaba su esperanza en que Irán se convirtiera, de la mano de Rohani, en un estado con un comportamiento predictible.

La predictibilidad, como opuesto complementario que es de la incertidumbre, es, pues, la condición más preciada de la vida de los estados que pretende, por su naturaleza, reducir a mínimos los riesgos del azar y del futuro inaugurando así el tiempo plano, el eterno retorno de lo mismo, a que ha quedado reducida la vida humana bajo el imperio de las democracias mercantiles. Predictibilidad que garantiza la paz mentida de los estados occidentales, el correcto funcionamiento de créditos y seguros -que necesitan la previsibilidad en el comportamiento de los pagadores- o la ausencia de sustos o trastornos azarosos en los fastos electorales y en la reglada vida en común de las ciudades. Es esto, realmente, lo más sorprendente: cómo la gente, incluso en periodos de guerra o agitación social, sigue las pautas y rutinas habituales y predecibles, levantarse a la hora del trabajo, hacer un stop en un cruce, comprar el pan, abrir el grifo o ir a votar cuando Dios manda. En contra de la propaganda y persuasión estatales, que insiste continuamente en el desorden, el caos y la violencia de todos contra todos -lo que es natural: justifican la existencia de los estados-, lo que sucede es justamente lo contrario: que prácticamente todo el tiempo la vida social transcurre por sus predecibles pasos contados.

Por todo ello, una de las preguntas más inquietantes que debemos hacernos es la que se hacía el filósofo -que tanto tiene aún que decir a nuestro mundo- David Hume: «Nada hay más sorprendente, para quien observa los asuntos humanos con una mirada filosófica, que ver la facilidad con la que la mayoría es gobernada por tan pocos, observar la sumisión implícita con la que los hombres abdican de sus propios sentimientos y pasiones en favor de los de sus gobernantes»2. Sorpresa que podemos actualizar en la mansedumbre con que la mayoría social de las sociedades europeas sobrellevan el proceso acumulativo de expropiación de bienes y riqueza común que sufrimos desde hace ya casi una década. Aunque está por ver el resultado de la implosión social y política de nuestro mundo, lo que sí es constatable y chocante es la ausencia de una explosión abierta, al menos urbana, y una rebelión comunitaria de las clases subalternas frente a tal proceso.

me-siento-observado1La respuesta no puede estar más que, como vio de forma tan clara Pierre Bordieu, en que las relaciones que establecen los estados con sus ciudadanos no son solo relaciones de fuerza sino, y fundamentalmente, relaciones simbólicas. Es el poder simbólico sobre las conciencias individuales (el filósofo francés habla incluso de un «proceso histórico de acumulación simbólica» paralelo al de la acumulación de capital, que pasó desapercibido a Marx) lo que nos ayuda a entender el increíble poder anestésico de los estados contemporáneos, la llamativa mansedumbre social que reina en nuestras sociedades. Es ese poder simbólico el que queda delatado en el lenguaje performativo dominante en la clase política actual («España es un gran país y saldrá de la crisis», «Gibraltar español», «Ya estamos saliendo de la recesión…», «Debemos sacrificarnos por un futuro mejor», «No se pueden subir impuestos a las empresas porque, si no, no crearán puestos de trabajo», etc.) tanto como en la sublimación fetichista de los éxitos deportivos o en el sentimiento de culpa colectiva (fuimos derrochones) que sólo tiene cumplimiento en la expiación correspondientes (tenemos que ser austeros). Es con esto que acabamos:

la-culpabilidad-1Contaba Slavoj Zizeck en una entrevista: «Aquí en Zurich, compré un paquete de golosinas caras, empaquetadas herméticamente, hay que comerlas muy frescas, y me reí mucho al abrir el paquete, pues decía: “Sofort Geniessen!” (“Disfrútelas en seguida!”) Eso es ideología hoy. Literalmente, lo escucho una y otra vez de psicoanalistas: las personas tienen sentimientos de culpa, no porque tengan deseos prohibidos, como antes, cuando los homosexuales sentían culpa, no: las personas se sienten culpables porque no son capaces de disfrutar» Ese es el pecado original -literalmente, la ideología de hoy, como decía Zizeck- de la clase-masa predominante, la de los consumidores frustrados. Y para ese previsible pecado, como para todos los pecados originales -bien lo sabemos- no hay bautizo que lo expíe para siempre sino, en todo caso lo único que hay, para aliviar y hace más llevadera la culpa, lo que nos queda solo es el cumplimiento de la penitencia diaria en este infierno anticipado en que se ha convertido nuestra vida.

1 Los patres conscripti eran los 100 patricios elegidos sin alternativa, de ahí el nombre con que se les conocía, en el primitivo Senado romano.

2 La cita, traducida por mí, proviene del libro Sur l’État, de Pierre Bordieu, París, 2012, pág. 257.

El estado: ¿lugar neutro? (segunda parte)

Si el estado es, como quería Pierre Bourdieu, una ilusión bien fundada y sólo lo mantiene entre los sujetos del mundo real nuestra creencia en él, sujetos de oraciones de uso común como “Europa está entrando en recesión” o, por metonimia, “Bruselas ha decidido esto o lo otro”, y no digamos, en el plano local, afirmaciones del tipo “España camina de la recesión a la depresión”, son todos sujetos de naturaleza religiosa. En este sentido, el último Eurobarómetro muestra bien a las claras la crisis de fe, que amenaza con su disolución y, en último extremo su expulsión del mundo real, de ese entrevisto estado supernumerario que responde al nombre de Europa. En efecto, en ese estudio estadístico se lee que han dejado de creer en la Unión.Europea el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles.

princesa-europaEn unas conferencias que dio en EE. UU. en 1991 -esto es, cuando ya era ex primera ministra de Gran Bretaña-, Margaret Tatcher, que ha sido recordada estos días en olor de santidad, se refirió a ese posible estado continental, al sueño de una unión política, federal o confederal, europea como curious folly, dangerous illusion. En perfecta sintonía con los designios de EE. UU. la catalaxia económica europea sigue siendo lo que, en la división tripartita de Eurasia (Europa. Rusia y China) prevista por el amigo americano, no ha dejado de ser nunca: un enorme mercado único -militarizado aún hasta los dientes, eso sí, bajo los auspicios de la nueva OTAN- y coordinado económicamente por la severa disciplina de la Alemania unida y el Banco Central hecho a su imagen y semejanza. Un mercado, aunque sea de tales dimensiones, no necesita de ninguna fe porque no supone ningún espacio neutro, real ni simbólico, en el que se resuelvan todos los antagonismos de las naciones europeas. Aunque sí es un centro secreto de poder, un crisol de intereses de las clases dominantes del continente: he ahí la paradoja que vivimos.

estadoEn lo que se refiere a España, sería revelador que en esos estudios sociológicos que tanto menudean (el estado existe, tal como lo conocemos, desde que se empezaron a hacer censos y filiaciones de identidad: cuántos son los súbditos o ciudadanos, dónde viven, cómo se llaman y qué es lo que vale cada uno) preguntaran a los paisanos por su fe en el sujeto religioso  que llamamos “España”. La crisis de fe, desde luego, superaría el 50 %. España es en muchos sentidos, lo hemos escrito ya muchas veces, un estado fallido en lo político, lo social, lo simbólico y lo cotidiano. Lo muestran las querencias independentistas de las naciones del norte -que no han cesado, al menos, desde el siglo XVIII-, que aspiran aún en porcentajes muy altos a estados propios, o el malestar social, cada vez más extendido, con un relato histórico amañado, y por tanto no compartido, junto al imaginario de país impuesto a duras penas (guerras civiles, dictaduras militares, exilios y represiones), en amalgama imposible de monarquía, símbolos religiosos, toros, latifundios y bases americanas. El lugar neutro del estado es más, por usar los términos de la tradición marxista que prefiere Joaquim Hirsch, el campo abierto de la lucha de clases.

Esa lucha de clases secular, cuya manifestación última es el expolio o rapiña de bienes comunes y privados a que asistimos hechizados, lo que hace imposible el lugar neutro del estado español: un lugar ocupado o usurpado, el resultado de una “antigua aspiración de esas doscientas familias que provienen de la casta cristiana de la Reconquista y que todavía se consideran dueñas del país y sus habitantes.”, como afirmaba con tono destemplado Antonio Orejudo en un artículo reciente. El estereotipado discurso sobre la crisis económica, como cualquier discurso, no se puede entender sin las condiciones sociales y simbólicas en que ese discurso se produce. La ocupación del espacio público (ese que no es ni mi casa ni el palacio), la usurpación del lugar vacío y de naturaleza religiosa del estado, esa ilusión fundada, ha hecho caer bajo sospecha cualquiera de sus manifestaciones: desde la visita de un inspector de educación a un colegio a la insidiosa multa de un policía de tráfico, pasando por la hipócrita media sonrisa con que nos acoge el funcionario de Hacienda  al revisar el borrador del IRPF (que-no-va-a-subir) Cuando el estado pierde su halo de misterio y de creencia religiosa, lo único que queda es la coacción descarnada, el disimulo de la propaganda y la mentira. Y la desobediencia o la rebelión.

El estado: ¿lugar neutro?

El concepto de estado es impensable en muchos sentidos, pues se sitúa en los márgenes mismos de nuestros fundamentos morales y lógicos, por ello necesita constantemente adjetivos: estado del bienestar, estado democrático, autocrático… Pero por eso mismo, porque en nuestros presupuestos sobre el pensamiento y la vida social la idea de estado funciona como el andamiaje invisible de nuestras creencias y razones, quizá sea necesario, hoy más que nunca, repensarlo. Aunque aquí creemos más bien, en la tradición marxista, que el estado se manifiesta en sus funciones (legislar, reprimir, cobrar impuestos…) y que lo más cómodo, por lo tanto, es definirlo como una estructura de poder aliada con las clases dominantes (y que, por tanto, un cambio en la correlación de fuerzas de la cadena del dominio lo transformaría automáticamente), tal vez después de todo sea útil volver a pensarlo de una forma crítica.

estado-del-binestarPodemos arrancar, para ello, de la entrada anterior y de la que dedicábamos a hacer un elogio de la lentitud. Allí abordábamos la naturaleza del estado como la del señor del tiempo. En ese sentido nos recordaba su existencia con los cambios de hora, renombrando los días o los meses (tal como ocurría en la Revolución Francesa y como pretendía  Saparmourad Niazov, el dictador de Turkmenistán) o repartiendo las fechas de los retiros laborales y la duración de nuestros descansos y vacaciones.

No es baladí. Hoy, por ejemplo, 28 de abril, es el día que el Estado declara “Día Internacional de la Salud y Seguridad en el Trabajo”. El cercano 1 de Mayo, dedicado al Trabajo y los Trabajadores, ya forma parte de la memoria de las sociedades occidentales, y nos puede servir como hito temporal en nuestros recuerdos en una frase del tipo “un Primero de mayo conocí en la manifestación a la que luego sería mi esposa…” o cosas así. La interiorización privada del tiempo público es una de las pruebas más fáciles para entender que la idea de los estados sólo cobra realidad en la medida en que nosotros la encarnamos, en nuestra vida cotidiana. “El estado soy yo”, la soberbia afirmación del Rey Sol, es una verdad mucho más insidiosa y democrática de lo que, ingenuamente, pudiéramos pensar.

Esto no pasó desapercibido a Pierre Bourdieu, que intentó, en sus cursos en el Collège de France, 1pensar la idea del estado desde un punto de vista antropológico, como un “lugar neutro”, un escenario real y simbólico del conflicto social, el lugar vacío de la confrontación por el poder, a la manera en que Leibnitz concebía a Dios, como el lugar geométrico de todas las perspectivas contrarias. Por lo mismo, el estado no puede existir sin un consentimiento social, sin que los ciudadanos que le dan realidad y cuerpo compartan los fundamentos simbólicos, morales y lógicos de ese lugar vacío. En ese sentido, también, la naturaleza del estado es religiosa, pues su misma existencia depende de algo tan precario como un sistema de creencias compartido.

rol del estado en la economiaBourdieu, retomando la idea del tiempo como prerrogativa estatal, bromeaba con que en Bruselas deberían dedicarse con tesón a confeccionar calendarios comunes a toda Europa si, de verdad, tienen la intención de construir algún tipo de soberanía compartida para la Unión. Aprovechemos, pues esa carencia europea, para discutir la idea del estado como el lugar neutro que nos traemos hoy entre manos: ¿es posible ese espacio compartido aquí y ahora?

Si pensamos, por ejemplo, en Bruselas -en tanto no hagan caso a Pierre Bourdieu y se dediquen a hacer un calendario común europeo como primera tarea fundacional-, está claro que ese lugar neutro no existe. La sede del poder en la Unión Europa es un verdadero locus absconditus y las decisiones que condicionan nuestras vidas se toman en el rincón más hermético de ese lugar oscuro, el Eurogrupo. Se trata de un cónclave que se reúne informalmente cada mes, formado por los ministros de Economía y Finanzas de los Estados de la Unión cuya moneda es el euro, el presidente del Banco Central Europeo, el Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, y su propio presidente, elegido por mayoría de Estados para un período de dos años y medio.  De sus deliberaciones ni siquiera se levanta acta, forman parte para siempre del secreto arcano político que rige nuestras vidas.

Dado que los estados nacionales soberanos, que han cedido su soberanía a la catalaxia europea, gobiernan al dictado de las decisiones que emanan de lugares escondidos y totalitarios como el Eurogrupo, bajo el pretexto de la necesidad, podemos afirmar, sin demasiados problemas, que en los viejos estados-nación europeos vivimos en un estado de excepción permanente,  al albur de los vaivenes de una moneda extranjera y sin capacidad para influir en la toma de decisiones que modifican la vida social, sea directamente en forma de elecciones comunes o indirectamente a través de elecciones locales. El lugar neutro del estado no existe ni ha sido sustituido por otro, llamémosle federal. Ni en el plano real ni en el simbólico, ni en el moral ni el de las creencias, hay un campo en el que, como en el Dios de Leibnitz, podamos ver el lugar geométrico de todos los antagonismos. Seguiremos, en una próxima entrada, preguntándonos por ese lugar invisible, teóricamente neutral y compartido al decir de Pierre Bourdieu, en lo que se refiere a España.