Inmortal Panglosss o la necesidad de una ética radical

Sin embargo, una cierta hartura de esta inmoralidad y cara dura, aceptada tan resignadamente por todos durante tantos años de plomo, empieza a notarse y a trascender. Un leve cambio de perspectiva, si quiere el lector, una ligera brisa de aire de pensamiento fresco en el país más panglosiano de Europa. Lo que empieza con una huelga de maquinistas o el hartazgo de guardias interminables de médicos y enfermeros, no se sabe cómo puede acabar. O las ganas que tiene uno de ver algunas luces donde, a lo peor, sólo están las sombras de siempre.

En un viejo artículo de Adela Cortina, que tituló como Ética en tiempos de crisis, en el tono de bonhomía habitual en ella, sintetizaba de maravilla la «filosofía» neoliberal y panglosiana con un refrán que yo no conocía: «todo lo que no son cuentas son cuentos», y reivindicaba el enfoque ético de la economía política con argumentos sensatos pero ingenuos, pues todo quedaba reducido a la esperable petición de responsabilidades, transparencia y ejemplaridad en la vida pública.

El añorado Carlos París reclamó siempre la necesidad de una ética radical. «Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es el discernimiento crítico de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico y no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

Pero esta indagación requiere de dos axiomas: la superioridad de una ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, poro usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hacía Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacerla pasar por tal con mentiras como las del liberalismo: el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo. Del mismo modo que la reducción de impuestos a los ricos, de la que se argumenta que hace lo mismo, a pesar de la evidencia contraria… En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparece como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en esos rosarios interminables de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto y la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo como considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hacía con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino. Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionado por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del poeta jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

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