
Amo, con el pueblo, el folletín, la novela por entregas, la radionovela, la telenovela rosa y las páginas de sucesos de los periódicos. Adoro las historias en las que los protagonistas se enamoran hasta las lágrimas o hasta el crimen; ese mundo en el que existen la desdicha y la felicidad en estado puro y donde, corrigiendo a la vida, todo acaba bien. Crecí, como tantos de mi calle y de mi pueblo, devorando las novelas del Coyote, de Lafuente Estefanía, junto a los tebeos de Pantera Negra. Aprendí lo que era la inteligencia viviendo la rebeldía de don César de Echagüe contra los usurpadores yanquis de California, torpes como todos los malvados. Valoré la lealtad del amigo junto a su cuñado Ricardo Yesares y soñé con la belleza criolla de la altiva Guadalupe de Acevedo, su mujer para mi envidia y desgracia…
Ni siquiera me privé de las fotonovelas de Corín Tellado, que mi hermana, en su educación sentimental, traía a casa: en ellas aprendí el gesto preciso y disfruté de unos besos que no terminaban nunca. Conocí también, a hurtadillas, porque me estaba prohibido, el folletín de mis mayores: una pila enorme de entregas amarillentas de un novelón que conservaba mi tío abuelo, primorosamente encuadernado con trama y lerna de zapatero. No olvidaré nunca el nombre de aquel héroe misterioso y lejano: Juan Manuel Luján, el famoso bandido jerezano…
Defiendo también estas telenovelas venezolanas, con su moralina y todo (¿pero es que nadie ve la burla que hay detrás del señorito ecologista y bebedor de güisqui, o del poli zafio y tonto?) porque hacen más por la riqueza y variedad del castellano que la Real Academia de la Lengua. Porque el pueblo trabajador, como Kasandra, es inocente de las acusaciones que se levantan contra él.
La historia de la literatura es la historia de un expolio hecho al pueblo: coplas, villancicos, epopeyas, leyendas…, solo cobran prestigio cuando entran por la puerta falsa de los libros en la «Historia». Cuando un escritor intenta devolver parte de lo usurpado, con más o menos acierto, se le condena al olvido de la letra pequeña o las etiquetas infamantes: literatura marginal, subliteratura… Carne para las fieras.
¿Quién se molesta en saber que el autor de La Dama de Rosa es Juan Ignacio Cabrujas, un magnífico autor teatral venezolano? Imposible ya ver con ojos limpios la labor de recuperación del habla popular en sus diálogos de telenovela, hondo homenaje a la vida y habla de la calle. ¿Alguien me tomaría en serio si estableciera un paralelo entre muchos de estos guiones y obras de Pirandello o Kafka, con personajes perdidos en sus identidades como en ellos? ¿Dónde están estudiados, prestigiados, los Cabruja, o nuestro Barea, Trigo y Zamacois, o nuestra Corín Tellado que hizo un best-seller de cada una de las miles de obras que creó?
De las pocas cosas que le quedan al pueblo trabajador, el discurso del sentimentalismo es el que más se resiste a perder. Porque ¿qué sería de la mujer parada, de marido parado, madre de tres hijos, esclava de la lavadora y la olla del puchero, si no puede soñar con huir de noche, junto a Kasandra, a lo alto de la montaña para reunirse con el amante imposible?
Aunque Manrique y yo nos quedamos compuestos y sin novia, después de todo, siempre nos queda el ejemplo de de dignidad de Randú, el gitano, tan rey como Agamenón, el de los griegos. Así que, «Chachipé, hermanos».
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