Apuntes, 4

El coronel ya no tiene quien le escriba

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Edward Hopper, “Estafeta de correos”.

A mí me da mucha pena esta noticia que enlazo más abajo. He sido un desmesurado escritor de cartas y, además trabajé un verano de cartero. Eran tiempos de servicio militar obligatorio en España, y aún recuerdo emocionado la espera impaciente de mi paso de chicas que, tras la celosía o las cortinas, me vigilaban por si les dejaba  carta de sus novios, que estaban haciendo “la mili”. Me han dado mucha felicidad, me han quitado mucha soledad. Me carteé con conocidos y con desconocidos. Gracias a una corresponsal a la que nunca conocí en persona, leí Sinuhé el egipcio, porque ella me lo envió en un paquete de regalo…

Las cartas ya no forman parte del presente sino como una sombra del pasado. Pertenecen a un mundo antiguo, más lento y demorado, más enamorado de las palabras… Pero, aun así, la aceleración del tiempo histórico es tan vertiginosa que el email, que fue el sustituto natural de las cartas en papel, es ya, también, una antigualla, una rémora lenta y pesada de otra época, que las nuevas generaciones han dejado a un lado. Vivimos el tiempo del microrrelato y el mensaje telegráfico, del chiste encapsulado, del toque de atención o el emoticono, de la imagen consigna, de la tiranía del anuncio y el eslogan, del desprecio, por fin, de la escritura, entendida como una pesadez innecesaria, un lastre para un tiempo vacío y muerto que solo se llena con los gases inodoros del aburrimiento, con la flatulencia del gran bostezo universal que engulle al mundo contemporáneo …

Dos de cada tres españoles ya no reciben ni envían cartas

Dos de cada tres españoles (el 63,1% de la población) ya no reciben ni envían cartas postales a otros particulares, según la encuesta que realiza la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia (CNMC) para elaborar su panel sobre los hogares, informó Europa Press.

De igual forma, más de la mitad (el 53,9%) de los ciudadanos no visitó nunca una oficina postal en los últimos seis meses, y quien lo hizo fue para recoger envíos y paquetes.

El ‘superregulador’ del mercado considera que estos datos ratifican que los servicios postales se usan cada vez en menor medida, como consecuencia del “efecto sustitutivo” de las comunicaciones electrónicas.

La tendencia a la desaparición de las comunicaciones postales también se aprecia en los envíos administrativos y de empresas de servicios.

Contar el tiempo

El otro día hablaba con una compañera de la dificultad que tienen los alumnos para recordar periodos de la Historia. Los siglos bailan como bailan las eras civilizatorias o los periodos artísticos y literarios. Yo le explicaba que esa dificultad la recordaba en mí mismo hasta los 20 años al menos, que tiene que ver con el desarrollo cognitivo y la capacidad de abstraer y convertir en real el conocimiento fantasma del pasado.carrera-contra-el-tiempo-en-los-relojes

Más allá de los Beatles, le decía, ellos ven, en una curvatura del espacio-tiempo, un cielo estrellado en que años y siglos se pegan y apelmazan unos con otros en una gran pelota o madeja. Todo eso que va más allá de nuestros recuerdos, o de los recuerdos que oímos de nuestros mayores, no tiene medida, ni comienzo, ni fin.

A todos nos pasa, también a los adultos. ¿Cómo “recordar” momentos del pasado en que la gente hablaba, vestía o cantaba de maneras que no forman parte de nuestra experiencia de lo real, que es lo cercano, lo que se puede medir con el metro de una vida?

El conocimiento de la Historia es solo un ejercicio de imaginación, la Historia misma, un centón de relatos de ficción. La paradoja -que hizo nacer esta charla con mi amiga- es que nuestras enseñanzas están basadas en ese malentendido. Desde que vi esto claro soy extremadamente benévolo con los errores de mis alumnos a la hora de contar el tiempo histórico…

El tiempo pone que va a llover hoy

Aunque no es ninguna sorpresa comprobar a diario que los científicos constituyen la nueva casta sacerdotal, pues son sus sustitutos históricos, no deja de llamar la atención la fe con que la gente atiende y extiende los pronósticos de los hombres del tiempo. «El tiempo pone que va a llover hoy, llévate el paraguas» -dice uno. Y con energía redoblada, replica al incauto que le intenta objetar, aunque sin mucho convencimiento, que él ha mirado al cielo y no ha visto una sola nube, y que, además, no nota la sensación de frío o el aire húmedo, todas esas cosas, en fin, que siempre hemos sabido por experiencia y porque lo veíamos hacer a nuestros mayores, «el tiempo no se equivoca ya nunca, de modo que llévate el paraguas. O tú mismo». Es digna de admiración y asombro esa fe, más incólume según pasan los días y tornados, capaz de desmentir la observación, la experiencia y el recuerdo de una tacada, de eliminar de nuestros usos un gesto humano tan ancestral como mirar al cielo y sus nubes (por aquí dicen algunos aún: «si las nubes tienen el color y el aspecto de la panza de una burra, es que va a llover»), respirar hondo para olisquear la humedad o sequedad del aire.

El hombre del tiempoNo quiere uno desdorar con esto el saber de los meteorólogos, líbrenos Dios, que ya ha oído o leído uno que manejan en sus cálculos las matemáticas del caos y los números complejos, y le han contado que, entre la chatarra infame que ya rodea la atmósfera terrestre, allá lejos, hay satélites -de los pequeños, seguramente, trabajadores y observadores infatigables y honestos de las nubes y los vientos, desde arriba, en inverosímil perspectiva, contraria a la nuestra- que ven e interpretan para sus diseñadores o usuarios el tiempo que va a hacer. No, cómo se van a discutir esas cosas, sólo mostrar su asombro pretende uno.

Porque es que se parece también eso que pasa con el tiempo a lo que, a veces, ocurre ahora con los alumnos: «maestro, pues yo he visto un documental que decía que…», que, en contagio muy de estos tiempos, hace saltar a otro con «eso no es así, porque yo leí en una página de internet que la cosa es así o asá…» A eso es a lo que se llamaba argumento de autoridad, más o menos como lo que hacía el protagonista del Libro de Buen Amor cuando afirmaba ufano «Aristóteles dijo, y es cosa verdadera /que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera.» por escribirlo así, en la triste prosa del castellano contemporáneo. Sólo que el Aristóteles posmoderno es el Profesor Google o el Hombre del Tiempo.

Científico de otro tiempoNo es nada sorprendente, decíamos al principio, aunque sí llamativo, a todas luces, la extensión de esa fe y el dogmatismo con que se mantiene. De siempre -pensemos en la Edad Media, por situarnos en un momento temporal más conocido y concreto- el poder político ha necesitado de otro poder -un poco al estilo de las dos fundaciones que imaginó Asimov en su conocido ciclo novelístico-, digamos más «espiritual» que cuidara de la elaboración, enseñanza y mantenimiento de una norma o canon que sirviera de marco a las creencias de los súbditos o ciudadanos. Durante siglos, esa segunda fundación fue la Iglesia, las iglesias mejor dicho. Tras su caída en descrédito, y al par que crecían los descubrimientos y prestigio de los científicos, la Ciencia heredó el viejo encargo de explicarlo todo y de crear, mantener y extender el marco conceptual para la comprensión del mundo. Lo ha hecho muy bien, y a la vista de todos está.

Como toda fe, la explicación o norma científica ha sustituido la observación directa y la remisión a la memoria o a la experiencia, como dejaba clara la anécdota inicial del hombre del tiempo, justo al contrario de lo que la propaganda del método científico presume de expandir a través de la educación social: la observación, la hipótesis y la experimentación. Para ello están los expertos, los técnicos y sus máquinas y laboratorios, tal como la Iglesia de la Contrarreforma aliviaba del peligro de la lectura e interpretación personal de la Biblia a sus desprevenidos e ingenuos feligreses: dándosela ya interpretada por sus sacerdotes, custodios del saber. Exactamente igual que los Intérpretes y Guardianes del Tiempo.