Contra el humanismo

Esta reflexión va acompañada del artículo que el suizo Jakob Burkhardt (prestigioso historiador, profesor, conferenciante y polígrafo de quien tuvo siempre un cariñoso y admirativo recuerdo uno de sus alumnos más conocidos, Friedrich Nietzche) dedicó a un humanista italiano, prototipo de este renacer de la cultura antigua y del nuevo paradigma que está en las raíces mismas de nuestro mundo: Leon Battista Alberti. El texto de Burkhardt, como podrá comprobar el amigo del blog a continuación, está impregnado de apasionada admiración por este sabio italiano. Yo mismo he utilizado esta lectura en mis clases como introducción al Renacimiento y siempre ha provocado en los alumnos una actitud de sorpresa y familiaridad a la vez, leyéndola y entendiéndola desde un punto de vista contemporáneo. Pero…

Pero este artículo lo he titulado “Contra el humanismo” (sé que hay un libro de Félix Duque llamado así, pero no lo he leído: la coincidencia se debe considerar como lo que es, una coincidencia) y lo escribo desde otra perspectiva, más alejada, la de mi tiempo (“somos el tiempo que nos queda”, como dice José Caballero Bonald en un verso magistral), es decir: el tiempo en que estamos sufriendo las consecuencias últimas y nefastas del humanismo. Pues ¿qué nos enseñan nuevos conceptos científicos como Antropoceno, sino que las acciones catastróficas del Hombre sobre la Tierra, son de tales dimensiones que damos nombre a toda una era del planeta?, ¿no es fácil ver que la economía-mundo capitalista hunde sus raíces en el viejo antropocentrismo que se empezó a remover desde los finales de la Edad Media, preconfigurando las coordenadas del agónico mundo actual?

Entre las muchas cosas que debemos agradecer a los movimientos ecologistas y a sus herederos actuales (animalistas, veganos, decrecentistas, practicantes de la vuelta al campo y la permacultura…) es que nos han enseñado a relativizar la condición humana, resituándonos en pie de igualdad entre las otras especies vivas. Algo que parecía impensable hace solo unos años, como considerar a un animal sujeto portador de derechos jurídicos (ya hay al menos una sentencia judicial que lo establece así) empieza a formar parte del saber y la ética comunes entre las generaciones más jóvenes. Es fácil adivinar las líneas de un nuevo paradigma que emerge en nuestro tiempo apocalíptico, que está llamado a sustituir a la agotada perspectiva humanista, si la aceleración del tiempo y las catástrofes provocadas por nuestra especie lo permiten todavía…

Las curas de humildad de esa soberbia prometeica, que podemos encontrar en la semblanza de Alberti que escribió Burkhardt, han sido múltiples y entre ellas aún resuena con mucha fuerza las advertencias que en su teoría de a evolución nos hizo Darwin. Esta misma mañana -y seguramente es lo que me ha impulsado a escribir esta entrada- comentaba con unos amigos en una red social de la Internet libre la noticia de que en Turquía se van a prohibir, en un par de años, las enseñanzas sobre el evolucionismo darwiniano en los niveles medios del sistema educativo de ese país, aspirante aún a integrarse en la Unión Europea. Comentaba yo -y con esta autocita acabo- que lo que sucede, más allá de la cuestión de los tópicos esperables sobre el creacionismo o la enseñanza de las religiones, es que Darwin da miedo porque destronó al hombre de su condición excepcional, “a imagen y semejanza”…

Y sin más, la lectura que hoy les propongo en este claro del bosque, en contrapunto y contradicción con lo dicho hasta ahora, en este tiempo en que me siento más alejado del entusiasmo pedagógico con que la abordé durante años en el aula…

 

LEON BATTISTA ALBERTI

León Battista sobresalió desde su infancia en cuanto es digno de elogio. Así se habla de sus proezas increíbles en lo que se refiere a diversos ejercicios físicos y habilidades gimnásticas: cómo saltaba con los pies juntos por encima del hombro de una persona, cómo lanzó en la catedral una moneda que se oyó caer en la bóveda más distante; cómo los caballos más indómitos se estremecían y temblaban bajo su peso, pues en tres cosas pretendía aparecer sin tacha ante los demás: en el hablar, el caminar y el cabalgar.

Además aprendió música sin maestros, y sus composiciones cosecharon la admiración de los profesionales. Obligado por la necesidad, estudió durante muchos años derecho civil y canónico, hasta que cayó enfermo de agotamiento, cuando a la edad de veinticuatro años se debilitó su memoria, manteniéndose, sin embargo, intacta su capacidad de comprensión, se entregó de lleno a la física y las matemáticas, y aprendió al mismo tiempo las más diversas técnicas y habilidades, preguntando a artistas, eruditos y obreros de todas clases, incluso a los zapateros, sobre sus secretos y experiencias.

También se dedicó a pintar y modelar, mostrando en ello gran dominio técnico y especial aptitud para reproducir de memoria, sin modelo. Su misteriosa camera obscura despertó igualmente una especial sensación: en ella hacía aparecer ya las estrellas y la luna surgiendo tras las rocosas montañas, ya amplios paisajes con montes y bahías, reduciendo su tamaño hasta perderse en la vaporosa lejanía, donde se veían grandes flotas surcando ágiles las aguas, tanto bajo la luz del sol como bajo el cielo nublado.

Pero también celebraba con entusiasmo lo que otros descubrían, así como toda creación humana que tuviera de alguna forma en consideración las leyes de la belleza, considerándola como algo cercano a lo divino. A todo esto hay que añadir su producción literaria, que al principio se limitó a tratados sobre el arte en general, hoy considerados como definiciones básicas y testigos fundamentales del Renacimimento en el terreno de la estética, y en particular de la arquitectura.
Más tarde también produjo, esta vez en latín, abundantes poemas en prosa y novelas cortas, así como cierto tipo de escritos que luego se confundieron con las obras antiguas, amén de ingeniosos discursos, églogas y elegías. Añadamos a ello su tratado Sobre economía doméstica, obra en cuatro volúmenes y escrita en italiano, o la oración fúnebre dedicada a su propio perro. Por lo demás, todos sus dichos se consideraban dignos de ser coleccionados, tanto los serios como los humorísticos: así, en la biografía arriba mencionada, nos transmite ciertos ejemplos de los mismos, a lo largo de columnas enteras. Sin la menor reserva Alberti nos hace allí partícipes de todas sus propiedades y conocimientos, pues, como es habitual en las naturalezas verdaderamente ricas, regaló sus descubrimientos más notables sin recibir nada a cambio.

Y finalmente, se nos descubre allí también el más profundo manantial de su naturaleza, su intensa identificación con cada objeto del mundo circundante, de cuya existencia participaba al observarlo. Así, derramaba lágrimas a la vista de los árboles más soberbios y de los campos colmados; honraba la hermosura y dignidad de los ancianos como una «delicia de la naturaleza» y no se cansaba de contemplarlos; y también los animales bien formados merecían su aprecio, por cuanto la naturaleza los había favorecido especialmente; más de una vez, estando enfermo, sanó solo ante la vista de un hermoso paisaje, y no es de sorprender que aquellos que lo conocieron en tan misteriosa e íntima comunicación con el mundo exterior le adjudicaran el don de la profecía. Así se dice que predijo con varios años de antelación una sangrienta crisis que tuvo lugar en la casa de Este, así como el destino de Florencia y el de los Papas, y también se asegura que en cualquier momento podía leer en el interior de las personas, así como en los rasgos de sus rostros.

Ni que decir tiene que lo que llenaba y sostenía aquella gran personalidad era una férrea e intensa fuerza de voluntad; y también decía, junto con los más grandes del Renacimiento: «Los hombres pueden lograr cualquier cosa, a condición de desearla verdaderamente».

(Burkhardt, Jakob, La cultura del Renacimiento en Italia, Barcelona, 2005)

La subjetividad cultural (Apuntes, 13 y 14)

La subjetividad cultural es algo obvio que, sin embargo, olvidamos continuamente. Cuando leemos a un autor, buscamos nuestros propios puntos de interés, no los suyos. Y esto vale para la literatura tanto como para las redes sociales. Luego están los límites lingüísticos de cada uno, las acotaciones personales de los campos semánticos con que la experiencia y el conocimiento de la realidad nos configuran. Ludwig Wittgenstein lo dejó escrito de forma ejemplar: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Una de las cosas más difíciles en las clases de literatura es consensuar el sentido de una metáfora. Los alumnos defienden sus interpretaciones con uñas y dientes. A veces, la ofuscación que causa el sentido arcano que quiso transmitir el autor lleva a desahogos como el de una alumna que en una clase, tras mis intentos por interpretar qué quería decir Juan Ramón Jiménez en un poema al afirmar que los pinos cantaban, explotó de pronto, entre ruborizada y enfadada: “Manuel ¿pero cómo van a cantar los pinos?”…

En redes y foros de Internet es muy fácil observar que lo que todo el mundo comparte son las noticias o artículos que coinciden con su visión del mundo o su ideología, con su propio manejo del lenguaje, con sus connotaciones subjetivas.

El que, a pesar de todo, consigamos a duras penas, ampliar nuestras perspectivas con las de otros, aprender o cambiar nuestros puntos de vista es, bien mirado, una auténtica hazaña o un auténtico milagro.

Hacer desaparecer un elefante

La “magia” mediante la cual la economía-mundo capitalista es capaz de ocultar su destrucción del planeta, de sus seres vivos, y el daño causado a nuestras vidas vaciadas de sentido es tan admirable como la desaparición de un elefante ante el público que dicen que realizó el gran Houdini.

Como si, como si no…

Esta entrada ha sido publicada en infoLibre con el título Como si…

Carmen Martín Gaite contaba una vez que ella seguía el «como si» como una regla de vida. Su pequeña teoría del «como si» consistía en hacer un uso de la imaginación parecido al de los niños en los juegos que hoy llamamos, en la neolengua, «juegos de rol». Eran esos que empezaban con «¿vale que yo soy el médico y tú el enfermo?» y, en el momento en que el otro aceptaba la propuesta, se producía la demiurgia que es tan natural en la infancia: la transformación de la ficción en realidad mediante un simple acto lingüístico. En aquel punto en que lo dejamos, el niño devenido médico mediante su pregunta performativa, enarbolaba ya, con gesto adusto y adulto, la jeringuilla de ilusión para pinchar en el culo al que, en el desigual reparto -como en la vida misma, pues en su simulación consistía el juego-, le había tocado el deslucido papel de enfermo…

La novelista sabía bien que la realidad es fea y sórdida, por lo común, y, a veces, difícilmente soportable. Sabía también, como creadora de mundos de ficción, que la mejor manera de sobrellevarla y sobrevivir a ella es reescrbirla, como en un palimpsesto, con la imaginación, y actuar en consecuencia, como si fuera de otra manera distinta. Alfonso Sastre, otro gran creador de historias, también ha sido siempre consciente de ese papel poderoso de la imaginación en la creación literaria y en el mundo humano, hasta el punto de haber elaborado, en sus estudios sobre lo que llama la «imaginación dialéctica», una sofisticada y extensa reflexión teórica, un verdadero tratado de Estética. Para Sastre, la imaginación es transformadora desde el momento en que plantea un camino de ida y vuelta a y desde la realidad, en el que ésta queda «tocada» o como herida, y puede convertirse así en una realidad alternativa. El niño que actuaba como si fuera un médico puede llegar a serlo realmente un día. Lo imaginado de forma especular en las utopías puede encarnarse en un lugar y tiempo concretos, traspasando el espejo platónico.

Por aludir de pasada a lo biográfico, yo no habría sido capaz de trabajar tantos años como profesor sin el auxilio del «como si». Uno debe actuar en el aula como si sus alumnos fueran todos inteligentes, capaces y constantes. La educación exige, en ese sentido, un optimismo histórico, un optimismo de la imaginación, más que de la voluntad como quería Gramsci. En el fondo, así lo ve uno al menos, es algo así como las profecías autocumplidas: la dama boba de Lope de Vega se vuelve inteligente gracias al efecto emulador del amor; el niño torpe al que tratamos como si fuera listo, lo acaba siendo por contagio; la fea realidad puede acabar transformándose en otra más habitable y hermosa.. Parafraseando el saber popular que nos avisa del peligro de que lo que deseamos puede cumplirse, podríamos decir nosotros: ten cuidado con lo que imaginas porque puede convertirse en real.

Todo puede empezar de nuevo preguntándonos, como explicaba Sastre que preguntaban todas las fábulas: ¿qué pasaría si…? O, en su versión negativa, la más pura y limpia de la contaminación de la fea realidad: ¿qué pasaría si no…? ¿Hay otra manera -y así acabamos- de afrontar el fracaso resignado de nuestras sociedades o de nuestra vida cotidiana? ¿Cómo soportar, por ejemplo, la gris actualidad política o económica con su carga de mentiras, injusticias o corrupciones a no ser con un «¿qué pasaría si no…?» Que el lector -que en la escritura pública siempre se imagina uno como un lector activo, dialéctico, inteligente, el socio ideal del propio pensamiento- complete los puntos suspensivos con todo lo que pueda imaginar…

La soledad es un concepto anglosajón

Una de las cosas que más me gusta de las nuevas generaciones es su desinhibición para acercarse o tocarse, su facilidad, espontánea y sincera, para el abrazo o para tomarse de la mano. Me gusta, sobre todo, porque soy de una generación en la que eso era mucho más raro de ver y en la que era aún más insólito que le pasara a uno. En mi caso, además, pues era un adolescente tímido y cortado, pero de natural cálido, dicharachero y cariñoso, como buen sureño, esa carencia se transformó en un sentimiento de soledad que me hizo sufrir mucho.

Aún tengo que añadir, para que se me entienda bien, que crecí en un pueblo clasista de la Andalucía nacional-católica del franquismo y que fui educado en una estricta separación de sexos, un ambiente en el que el sentimiento de culpa estaba enhermanado con el del miedo. La puerta de acceso al otro estaba muy a menudo cerrada o vigilada y, en justa correspondencia, también sucedía lo mismo con la propia. Por decirlo en términos informáticos, estábamos cifrados con un doble clave, una pública y otra privada. En ese círculo hermético, el conocimiento y el diálogo con los otros eran aproximativos y difusos, una hipótesis muy mediatizada por el estereotipo y el rol. Por decirlo de una forma que, tras la lectura de los cuentos de Lucia Berlin, ha adquirido para mí un sentido muy especial, la soledad la viví, en contradicción con mi condición meridional y con mi carácter natural, de una manera anglosajona.

De esa soledad anglosajona habla un cuento llamado “Triste destino” que está incluido en el libro, de reciente y exitosa publicación en España, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, al que aludía un poco antes. Empieza así:

La soledad es un concepto anglosajón. En Ciudad de México, si eres el único pasajero en un autobús y alguien sube, no sólo se sentará a tu lado sino que se recostará en ti.

Y continúa un poco más adelante, con estas palabras:

En México, en cambio, las hijas de mi hermana subirán tres pisos de escalera y cruzarán tres puertas solo porque estoy ahí. Para recostarse a mi lado o decir “¿Qué onda”?

Pero, en contradicción, de nuevo, con mi afirmación inicial sobre la facilidad de las nuevas generaciones para el acercamiento de los cuerpos, me temo que la soledad anglosajona, entre cuyas manifestaciones más perversas está la soledad laboral, de la que hablaré más adelante, también se ha instalado en ellas, en estas nuevas muchedumbres de solitudinarios.

De forma complementaria, llegó a nuestra lengua hace tiempo la también anglosajona privacy, cuyo calco en español, “privacidad”, tanto éxito ha tenido que parece que va a quedarse con nosotros para mucho tiempo, en competencia o sustitución de nuestra vieja “intimidad” (como esta, a su vez ya había sustituido a la “poridat” del castellano antiguo), aunque convertida ahora, me parece, en una privacidad retórica más que real, enarbolada, más bien, como una engañosa bandera burguesa un poco trasnochada, ya en precario desde que la humanidad empezó el traslado masivo al nuevo domicilio digital, en el panóptico o populosa casa de vecinos que nos vigilan y a los que vigilamos, en medio de esta insólita promiscuidad de solitarios, tan cerca y tan lejos, tan contemporánea…

Más allá del Divide et impera, más allá de ese falso culpable que es el cambio económico y tecnológico, hay una razón ideológica que explica la extensión universal de esto que hemos dado en llamar la soledad anglosajona. Como dice muy certeramente George Monbiot1 “las plagas de la ansiedad, el estrés, la depresión, la fobia social, los trastornos de alimentación, las auto-lesiones y la soledad están actualmente golpeando como una plaga a ciudadanos de todo el mundo. Las últimas cifras de la salud mental de los niños en Inglaterra son catastróficas y reflejan una crisis global.”

Es la ideología neoliberal la que niega la condición social del ser humano, su dependencia del apoyo que proporciona la trama comunitaria y la interacción continua con los otros, apoyándose en una idea sesgada de la libertad individual que todo lo deja a expensas del interés personal, la competitividad y el individualismo. Es esa la razón ideológica de que los familiares de la protagonista enferma del cuento de Lucia Berlin no suban a estar con ella por el simple placer de juntar los cuerpos y el afecto, sino que avisen simplemente, desde abajo de las escaleras que han llegado o que se van a ir, porque están siempre ocupados con su propio devenir cotidiano…

David Foster Wallace -un brillante profesor, conferenciante y escritor norteamericano- dejó escritas algunas reflexiones sobre el daño de esta soledad y algunos consejos sobre cómo protegernos de sus acechanzas. Por ejemplo, en su conocido texto This is water decía: “Si adoras el dinero y las cosas [materiales] –si en esto es en donde buscas el significado real de la vida– entonces nunca tendrás suficiente. Nunca sentirás que tienes suficiente. Adora tu propio cuerpo y la belleza y la atracción sexual y siempre te sentirás feo, y cuando la edad y el tiempo se empiecen a mostrar, morirás mil muertes antes de que finalmente te planten. En cierto nivel todos ya sabemos esto –ha sido codificado en mitos, proverbios, clichés, bromas, epigramas, parábolas: el esqueleto de toda gran historia. Pero el truco es mantener la verdad enfrente de nosotros en la conciencia diaria”.

Pero esa “verdad” la buscó donde, para nuestro gusto, no estaba, en la soledad del hombre frente al espejo. Así, sus consejos “prácticos” para enfrentarse y sublimar los efectos del aislamiento sobre el solitario eran hacer cosas como escribir y crear ficciones, leer y oír poesía y música, practicar el sexo “profundo y serio” o el viejo consuelo de la religión. Wallace, que terminó su vida suicidándose, no logró salir del círculo hermético.

Esta soledad de todos contra todos ha invadido ya los sistemas educativos tanto como la lucha feroz por conseguir o mantener un miserable puesto de trabajo. El trabajador, que ha olvidado el viejo gregarismo que lo juntaba con sus compañeros en el sindicato, el ateneo, la plaza o la taberna, ha devenido un enfermo crónico de ansiedad, de tristeza, de desazón. Los suicidios en el centro de trabajo como última y desesperada protesta y rebelión son solo el límite extremo de esta soledad.

El consumismo, efectivo o frustrado no hace sino aumentar ese aislamiento, que fragmenta y distorsiona la idea de belleza, que también rehuye al canon compartido de los otros para situarse sola frente al espejo. Así, la pregunta que se hace Monbiot es totalmente pertinente: “¿Es de extrañar que en la soledad de estos mundos interiores, en los que el tacto ha sido reemplazado por el retoque, las mujeres jóvenes se estén ahogando en la angustia mental?”. El mismo autor también nos informa de una encuesta reciente en Inglaterra que “sugiere que una de cada cuatro mujeres de entre 16 y 24 años se ha lesionado a sí mismas, y que una de cada ocho sufre actualmente trastorno de estrés post-traumático. La ansiedad, la depresión, las fobias o los trastorno obsesivo compulsivo afectan al 26% de las mujeres en este grupo de edad. Esto es lo que más se parece a una crisis de salud pública.”

Enfermedades y trastornos sociales como estos, han devenido en males individuales que se han medicalizado en las consultas y que se han convertido en la principal razón de las bajas laborales contemporáneas. La consulta del médico ha sustituido a la asamblea del sindicato. Pero si la enfermedad es social, de naturaleza ideológica, la curación solo puede ser política y social. Pero no una política de elecciones en las que un partido nos sanaría con algunas medidas de protección o bienestar social. No, sino una política tal que afectara a nuestra visión del mundo: una reacción contra la soledad y el aislamiento que nos lleve de nuevo a salir al encuentro de los otros. A seguir el consejo del poeta Vicente Aleixandre en su maravilloso poema “En la plaza”:

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

O eso o perecer en esta mentirosa y terrible idea adquirida que nos hace creer aún que podemos vivir libres y solos y felices, displicentes y desconfiados,  enamorados de nuestra propia imagen como enajenados Narcisos de este fin del mundo…

Paro “natural”

Lo que se lee en este titular: El ‘think tank’ de la CEOE cree que solo es posible una bajada masiva del paro si se crea “empleo de baja calidad”, no es ninguna ocurrencia original de nuestra CEOE, ni mucho menos. Es la última cantinela de los economistas oficiales y de los ministros del ramo: lo llaman “paro natural” o con la expresión más tradicional en la neolengua, “paro estructural”; es decir, que tenemos que acostumbrarnos a convivir (o a vivir nosotros mismos) con legiones de personas condenadas a la desocupación resignada, culpabilizadas, además, por su falta de formación o por su edad y sexo.

Es la penúltima renuncia a regenerarse de este capitalismo catastrófico que ni siquiera se molesta ya, desde sus propias condiciones, en imaginar o implantar medidas “sensatas”, sin salir de su tinglado, como el empleo garantizado o cualquiera de las versiones de rentas básicas que circulan por ahí. Es un síntoma más de de lo que da de sí un paradigma podrido, que se ha vuelto claudicante y cínico, y, por ende, peligroso y asesino; que ha olvidado también sus legendarias capacidades históricas para regenerarse a sí mismo, haciendo más llevadera, al menos, sin renunciar a su codicia proverbial, las vidas de millones de personas.

Un sistema que que ya solo invita a la resignación de una vida ínfima entre una sucesión interminable de trabajos basura, de mala salud y tristezas, de tiempo muerto en calles, bares, plazas y mercadillos de ocasión, como único “no futuro” posible…

Limpiadoras

Son las primeras que van al tajo, o las últimas, las más olvidadas, casi invisibles. Las que dejan preparadas las oficinas, las aulas, los consultorios. Nuestras hadas madrinas, las herederas de la clase obrera, resignadas, dignas, silenciosas… Las que nos quitan la mierda y el polvo, heroínas sin nombre, guardianas del resto de orden que aún reina en el mundo. Todos los días las recuerdo y homenajeo al ir a trabajar y encontrar las sillas volcadas sobre las mesas en el aula, la papelera vacía, la pizarra limpia…

Si no puedes convencerlos, confúndelos

Esta entrada es una continuación de un apunte anterior en que nos lamentábamos de la proliferación periodística de neologismos políticos vacíos, en justa correspondencia al vacío ideológico que intentan, a duras penas, nombrar. Si allí nos deteníamos en la espectral y supuesta existencia de “errejonistas” frente a “pablistas”, además de “marianistas” o ” rajoyistas”, según el gusto del gacetillero, en estos últimos días he visto incorporados a este elenco a los “sanchistas” o seguidores de Pedro Sánchez, que, naturalmente, encarnan un movimiento que, como no podía ser de otra manera, responde al nombre de “sanchismo”. Aunque el uso más asentado entre nosotros que remite el sanchismo a los partidarios de las enseñanzas de Sancho Panza, frente al “quijotismo”, que apunta a los defensores de las de don Quijote, induce a mucha confusión y parece contradecir, además, el carácter quijotesco atribuido al joven político socialdemócrata. Veamos algunos ejemplos. El primero procede de una crónica política de Ibon Uría, publicada en infoLibre el 28 de diciembre:

Los argumentos para apostar por Sánchez y no por López son fundamentalmente de dos tipos: el primero, que es el ex secretario general quien representa el proyecto que los sanchistas defienden para el futuro PSOE; el segundo, que existen muchas dudas en torno a las intenciones finales de la tercera vía, así como en torno a cómo puede comportarse medida que avance el proceso congresual.

Donde, como vemos, según el tenor de la lectura, los sanchistas se oponen a una “tercera vía” representada, o auspiciada más bien, por Patxi López, el político vasco del PSOE. Si bien lo de la “tercera vía” tiene antecedentes ilustres en el laborismo neoliberal del británico Toni Blair, no queda claro si aquí se alude a algo parecido. En todo caso, queda por ver cuáles son las dos vías implícitas del PSOE a cuya cola poder situar esta tercera. Pero esto ya se nos antoja un juego escolástico demasiado banal.

La otra cita procede un microtexto publicado en Tuiter por  José Antonio Pérez Tapias, un veterano militante y publicista del PSOE muy activo en las redes sociales famosas y en los nuevos medios digitales:

Autofagia como patología de organización: “Gestora y Hernando hacen purga con los del “no a Rajoy” y el “sanchismo

Esta manera de escribir en castellano encoge ya, directamente, el corazón. Si bien el uso de la jerga médica tiene una tradición venerable en el slang político español, tan antigua al menos como las metáforas educativas (menos mal que aflojó un poco ese dichoso “hacer los deberes”) o futbolísticas, aporta a nuestro corpus léxico una novedad, al menos para mis oídos: “Autofagia como patología”…

Estos devaneos con la lengua malesconden lo que llamamos a menudo “la insoportable levedad” del ser político contemporáneo, de la información o debate sobre la cosa pública -ya nos gustaría a muchos que tal cosa existiera- en nuestro país. Una vez que se consumó la transformación de los partidos en un remedo del antagonismo de las viejas casas feudales y sus intrigas palaciegas por mor de adquirir preponderancia y beneficios en las cortes reales, nada más normal que el lenguaje de los cronistas se reduzca a las sutilezas de los distintos nombres propios y la necesidad de nombrar a sus seguidores. Desde un punto de vista más general, estos usos de la neolengua parecen dar la razón al viejo y siniestro consejo atribuido al presidente norteamericano Harry Truman: “Si no puedes convencerlos, confúndelos”…

Sobre la risa contemporánea y otros apuntes (Apuntes, 12)

La risa contemporánea

Uno de los problemas de la cacharrería tecnológica que ha invadido nuestros espacios y nuestro vivir es que ya no provoca risa, que la tomamos demasiado en serio. A pesar de que el filósofo Henri Bergson fundamentaba lo cómico en la imitación humana de los movimientos mecánicos, nadie se ríe hoy de sí mismo, o de su vecino, encorvado sobre un ordenador, con la mirada absorta en la pantalla y tecleando como un loco. O de la imagen (¡qué partido le habría sacado Chaplin!) de los adolescentes entrando y saliendo de clase abstraídos con el móvil entre las manos y su andar robótico, con las parejas ensimismadas, dizque enamorados, uno junto a otra, contestando mensajes en el telefonito. O con los robóticos, más que eróticos (el baile sublimaba la danza libidinosa de las épocas de celo en el mundo animal) de los movimientos gimnásticos, de una simetría cuasi mecánica, de los bailes actuales.

Escenas iniciales de “Tiempos modernos”

Sin embargo, aún somos capaces de reírnos con los movimientos de autómata de Charlot tras apretar tuercas en la fábrica donde trabajaba en “Los tiempos modernos”. O con la casa “moderna” y la fábrica “Plastak” que Jacques Tati retrataba tan felizmente en su película “Mon oncle”. Nos tomamos demasiado en serio, a nosotros y a nuestros pequeños autómatas; hemos asumido de una forma acrítica la idea de que las máquinas nos aportan exclusivamente facilidades y bienestar, nos hemos creído a pies juntillas que el progreso es una cosa muy seria…

En términos teatrales, nos hemos vuelto más actores trágicos (de tragedias ridículas, tantas veces) que de comedia, hemos olvidado reírnos de nosotros mismos y  entregado nuestras vidas cotidianas a los dioses de la electrónica y la biomecánica, inertes y sin humor. La risa contemporánea se ha convertido en muchos casos en la risa terrorífica de “L’homme qui rit”. Esa risa de la que en español decimos, tan ajustadamente, que es por no llorar…

…ISTAS

Los periodistas no aprenden, es una secuela del periodismo decimonónico: me refiero a su manía de crear neologismos para los seguidores de un político. Leo, por ejemplo, en infoLibre: “Los congresos autonómicos que finalizaron la semana pasada en lugares como la Comunidad de Madrid o Andalucía reflejaron las diferencias que existen entre pablistas, errejonistas y anticapitalistas…”. Más frustrante aún es que algunos quieran hacer lo mismo con las distintas “¿escuelas?” del PP donde tenemos rajoyistas o marianistas, según el grado de cercanía, supongo, al político conservador. Con menos seguidores, imagino, podríamos seguir especulando con la existencia terrenal de loyolistas frente a cospedalistas u otros engendros semejantes, tan vacíos de significado unos como otros…

Un periodista ejemplar, como era Manuel Vázquez Montalbán (aún recuerdo artículos suyos en Mundo Obrero que firmaba, con un irónico e inofensivo disimulo, como “Manuel Vázquez Molbatán”) publicó todo un libro de crónicas políticas con el empingorotado título de La aznaridad. Es un asunto viejo y tiene que ver con la muerte o enfermedad crónica y grave de las ideas en nuestro mundo contemporáneo. Un ejemplo eximio es el de los marxistas y sus diferentes y encontradas subespecies: ¡Cuánto daño ha hecho a Marx, y cuánta antipatía ha generado en gente que no ha leído sus libros o artículos ese engendro de adjetivo!

Y en esas seguimos, cogiéndonosla con papel de fumar mientras tratamos de entender las diferencias entre pablistas y errejonistas, con matices tan importantes, lo recordarán los amigos, como que uno levanta los dedos en la tradición de Churchill, formando una V, y el otro es más fiel, a lo que parece, al viejo puño cerrado. Lo cual levantó, según recuerdo, encendidos cruces de acusaciones en la red del pajarito y agrias recriminaciones mutuas que, supongo, no han hecho sino aumentar y que habrán sido asumidas por sus respectivos seguidores, mientras deciden si asaltar los cielos o permanecer sentados en el Parlamento, como unos culiparlantes cualesquiera, según otro neologismo, este sí feliz, del recordado cronista Luis Carandell…

El flautista de Hammelin (Apuntes, 10)

Ya se oye la música del flautista de Hammelin que dejará de nuevo las calles y plazas huérfanas de niños. Ya las guarderías están llenas de ellos y, pronto, lo estarán colegios e institutos… Vivimos la época de la escolarización universal y casi perpetua, que, en el periodo laboral discontinuo que vivimos se recodficará en forma de cursos de formación o en reespecializaciones y, ya en el retiro, en forma de animaciones socioculturales -como se las llama en la neolengua- o cursos de actividades manuales o de gimnasias adaptadas a la edad…
En un cierto sentido, lo que empieza ahora es una expropiación estatal de la infancia. Uno entiende, faltaba más, los deseos de vida activa y de trabajos de madres y padres, pero lo cierto es que los niños son criados y educados -hasta en sus juegos. oh dioses- por monitores y funcionarios. Por supuesto, la vida adulta ya estaba expropiada por el trabajo o su búsqueda ansiosa. Se cierra así el ciclo de nuestras vidas enajenadas, que comienza  ya en ese territorio aséptico y hermético de las ludotecas o las aulas, al son de la música del terrible flautista…

La belleza humana

No me gusta el deporte televisado, y no lo veo nunca, casi sin excepciones: una de ellas es el rugby, por el que de vez en cuando me dejo seducir. Sus jugadores, que parecen campesinos y canteros, transmiten una sensación de fuerza, nobleza y concentración que me han hecho pasar algunos buenos ratos. La otra excepción es la gimnasia rítmica. Hace unos minutos he disfrutado de esas chicas en las olimpiadas, y de la sinfonía que componen sus bellos cuerpos longilíneos. La hermosura que resulta de la sincronía y la elegancia de sus movimientos aparentemente ingrávidos, de sus encuentros y desencuentros, de pausas y estacatos me hace olvidar la tontería de las banderas y sus periodistas contadores de medallas, para disfrutar con la simple belleza del cuerpo humano, desprendida y autónoma ya, en el cuadro final, del esfuerzo y la disciplina previos, devenidos invisibles al amor de la mirada…

Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

Inquilin

La palabra inglesa inquilin está mucho más marcada que la española “inquilino”. Inquilin designa a los animales que usan para vivir las madrigueras o refugios de otras especies. Hay un matiz parasitario u okupa que no tiene el equivalente en nuestra lengua. En el ámbito humano, pues, desde el punto de vista de la xenofobia, el emigrante es visto como un inquilin, una especie invasora que ocupa nuestras viviendas, calles y ciudades para vivir en ellas, como unos inquilinos gorrones. Me parece sugerente abordar lingüísticamente el problema de refugiados y emigrantes como un caso de inquilinato, sujeto, como se entiende en inglés, a miedos y competencias zoológicas por el territorio muy arraigadas en nuestro cerebro antiguo.

Derecho moderno y animismo

Una de las paradojas del derecho moderno es, ¿cómo llamarlo?… su “animismo”. Por ejemplo, la Iglesia Católica, otorga de facto naturaleza de persona jurídica1 al feto humano (hubo un tiempo, como contraste y lección, en que negaba que las mujeres tuvieran alma, y aquello se discutió en un concilio). La cada vez más fuerte influencia de los partidos animalistas y organizaciones adyacentes nos están acostumbrando a otorgar a los animales (¿sólo vertebrados?) una subjetividad consciente y sufriente. Los movimientos en pro de una Declaración Universal de los derechos de los animales son ya antiguos: más pronto que tarde, la veremos y nos habituaremos a ella. ¿Pero dónde estará el límite a este nuevo animismo? ¿Incluiremos el mundo vegetal y microscópico? La teoría de Gaia establece una especie de intersubjetividad al planeta, una suerte de “inconsciente colectivo” de todas las especies vivas, si queremos imaginarlo así. Una “supersubjetividad” que la convierte en persona jurídica también: los derechos del planeta…

La paradoja es que, en paralelo a esta extensión universal de las personas jurídicas, portadoras de derechos, los derechos humanos, los más antiguos y consagrados en el tiempo histórico, sufren retrocesos temibles día tras día. De forma complementaria a su fragmentación y a su exclusiones: los derechos “sociales”, que siguen sin entrar en la gran Declaración, y las nuevas inclusiones, el derecho a nuevas identidades y su reconocimiento público… Pienso que se trata de un corrimiento de perspectivas a la que no se presta la debida atención.

Lo que sabía y no sabía hacer

He terminado Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Imagen/foto

Bajo los epígrafes “lo que sabía hacer” y “lo que no sabía hacer”, que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo a través de la especialización -que estos campesinos aún no conocen- que nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

 

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa de un escaparate luminoso.

Mighty Man
by Wesley Kaizer on YouTube

I COULD READ THE SKY
by Nichola Bruce on Vimeo