Leer como rezar

Para el escritor noruego Jon Fosse, escribir es rezar. Para mí, rezar es leer; por eso
todas las mañanas lo primero que hago es abrir un libro. Me preparo, así, para desentrañar el mundo que el día prepara. La realidad es una trama de signos y los libros contienen los códigos para descifrarla. Con las primeras luces, concluyo mi rezo, iluminando el primer misterio de hoy… Como en el paródico padrenuestro de Gaston Bachelard, «el libro nuestro de cada día, dánoslo hoy».

Celacantos

La primera vez que oí hablar del celacanto, un pez abisal al que se le calculan 400 millones de años de vida en la Tierra, no fue en ningún manual o página de zoología,  fue en una novelita muy sugerente de Amélie Notomb, Los nombres epicenos, una historia de amor, celos y odio:

Hay un pez en las profundidades llamado celacanto:cuando ya no tiene medios para seguir viviendo, programa su muerte. Entra en una fase comatosa, hasta que las condiciones de su vida se restablecen. El tiempo deja de existir para él.

Supe, en ese momento, que tenía que escribir algo sobre él, aunque no sé todavía exectamente qué. Buscando información que no sea solo descriptiva y clasificatoria, he encontrado, en un programa sobre ciencias de Radio 5 (de la RTVE), Ciencia al cubo, de América Valenzuela, un episodio dedicado a este extraño pez, en un estilo narrativo que transmite muy bien una sensación de sorpresa parecida a la que sentí yo. He aquí el relato de su descubrimiento, según la locutora:

Un buen día de 1938, la bióloga Marjorie Courtenay-Latimer daba un paseo por los muelles de la ciudad sudafricana de East London cuando entre la pesca descargada por una barca descubrió un pez muy raro. Un pez que no había visto nunca.

Ella lo describió como el pez más bonito que había visto jamás. Poco después se dio cuenta de que era un animal que se creía extinguido hace decenas de millones de años. Era un celacanto. La sorpresa para ella y para el resto de la comunidad científica fue mayúscula.

¿En qué consiste su belleza? ¿Tal vez en sus características anatómicas? ¿En su intrigante capacidad de supervivencia? De su cuerpo ha llamado la atención, desde que se le conoce, los dos pares de aletas lobuladas extendidas desde el cuerpo hacia afuera, semejantes a unas patas, que se agitan sucesivamente. Asimismo, una coyuntura intercraneal que le posibilita expandir su boca de forma que traga presas de buen tamaño. Por qué aletas/patas? Surgió en una época en la que la vida no transcurría en las aguas sino en la tierra: otro misterio. Como el hecho de que posee una estrafalaria médula ósea en un canal conocido como notocordio, que está lleno de un líquido aceitoso, que realiza sus funciones. O quizá su «tecnología» de caza, que realiza con la ayuda de un  electro sensor ubicado en su hocico, que probablemente emplea para ubicar a sus presas. Al ser depredadores noctámbulos, pasan el día en cuevas recónditas.

¿Es ese carácter esquivo el que ha propiciado su supervivencia en plena Sexta Extinción que está propiciando el hombre? El descubrimiento de celacantos en Indonesia, además de los africanos, ya conocidos, parece confirmarlo, aunque quién sabe? En Internet he descubierto este anuncio: Cómo pescar al celacanto?

Pero su belleza está sobre todo en el breve apunte de Amélie Nothomb sobre su capacidad para «programar su muerte» temporalmente. En la incógnita profundidad de su cueva, reduce al mínimo su actividad vital y sus necesidades alimenticias, a la espera de que las condiciones de su ambiente hagan posible de nuevo su vida. ¿Durante cuánto tiempo es capaz de hacerlo? ¿Cómo descubre esos cambios?

En el relato de nuestra autora, la referencia al celacanto es, aparentemente, marginal y deja al lector que encuentre la relación con la trama de la novela. Esta gira en torno a la historia de una venganza por desamor absolutamente desmesurada: el personaje masculino, incapaz de olvidar una relación fracasada de su juventud, planea un engaño de tal magnitud que, a lo largo de más de 20 años, pone en juego su propia identidad y felicidad, la de la mujer con la que se casará y la de la hija que tiene con ella, a la que odia…

La habilidad para la simulación de la muerte del celacanto, nos parece decir Nothomb, ejercida para el mal y la desgracia. ¿Sería posible aprender de ese ejercicio de autoinhibición temporal de la vida del misterioso pez, traducida en una reducción radical de nuestra descabellada idea del crecimiento sin fin, para detener el reloj de las catástrofes que se avecinan?

Marce

Infolibre publica una carta (la última desde la cárcel de Carabanchel) dirigida a su familia por Marcelino Camacho, una figura (que debería ser) mítica del sindicalismo español, cuyo nombre está asociado al nacimiento y potencia de las Comisiones Obreras. Un hombre honesto, fresador de oficio, porfiado luchador desde su primer trabajo en la Perkins, que pasó 14 años en las cárceles de Franco. La carta, presentada por su hijo Marcel con unas emotivas palabras donde recuerda el significado tan distinto de la palabra «libertad», gritada en las calles entonces y hoy por la extrema derecha en el Parlamento, va acompañada de una «instancia» que Camacho dirigía al director de la cárcel solicitándole una «audiencia extraordinaria». El motivo, protestar por el endurecimiento de la vida de los presos que no cesó de aumentar en los últimos años del dictador. «Aquí me encuentro, preso, pero con la moral y el optimismo de siempre». Así encabezó muchas veces sus cartas familiares…

Pienso a menudo que necesitaríamos «santorales laicos» con figuras como las del sindicalista (y científicos y pintores y escritores, mujeres y hombres…) que se ofrecieran como ejemplos o modelos, como espejos, al modo de los medievales «speculum principum» y «speculum sanctorum que lograran traspasar los espesos muros de institutos y universidades, entrar en las bibliotecas, en las plazas y barras de las tabernas…

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El contraste entre la balumba que nos ha traído en todos los medios, conservadores y liberales, antiguos o modernos, la muerte del futbolista Maradona y el silencio y olvido de «héroes de clase obrera» como Camacho, es hiriente, un retrato vivo de la España actual que homenajea en la calle al delantero argentino y glosa su picardía marcando un gol con la mano, mientras deja huérfanas las manifestaciones sindicales. Iconos, celebraciones y olvidos que son una tesis sociológica en sí mismos.

Pongo a continuación el enlace de la noticia y la transcripción de la carta:

#^Una carta para la libertad: la última misiva de Marcelino Camacho a su familia desde la cárcel franquista

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Transcripción de la carta:

Prisión de Carabanchel 26 de Noviembre de 1975

Querida familia: Esta semana que ha transcurrido todo está dominado por la muerte del jefe del Estado y la preocupación esencial, después, de lo que va a venir.

‘Cambio 16’, en su número 206 del 17, tres días antes, escribía: “Durante la dolorosísima enfermedad del jefe de Estado, las espadas se mantienen envainadas pero ya adoptan posiciones para enfrentarse una vez más como siempre, los dos grandes partidos de la historia moderna nacional: los que no quieren cambiar absolutamente nada, y los que quieren andar aunque sea un poco.”

‘Actualidad Económica’ del 18, en un editorial titulado ‘Cambio político y economía’ señalaba “el ambiente de cambio que reina la opinión pública ante la grave enfermedad del Jefe de Estado no se ha circunscrito al cambio estrictamente político sino que, como es lógico, ha trascendido al económico”.

El ejemplo más palpable es la bolsa. No existe ninguna razón económica para explicar y justificar las subidas generalizadas que se están teniendo lugar estos días en las bolsas españolas. Tampoco existe para pensar en la Cultura Económica -una vez que el hecho sucesorio sea definido- va a cambiar para bien y rápidamente a corto plazo. Adelantamos y estamos seguros de no equivocarnos que dentro de 3 meses, la inflación y el desequilibrio del sector exterior seguirán siendo igual de amenazadores que en los momentos actuales”.

Lo más problemático y al mismo tiempo lo más esperanzador, es lo que vaya a suceder en el largo plazo en nuestra economía. Aquí si que se entra de lleno y adquiere un papel primordial el contexto politico interno o, si lo prefieren, la evolución de nuestras instituciones políticas. La necesidad de una democratización de las Cortes hasta hacerla representativas, de unos sindicatos libres e indpendientes del Gobierno, etc…. la existencia de esos sindicatos haría posible el recurso a formulas depacto social, imposibles en la politica económica de nuestros dias.”

Después, el 20, la muerte del general Franco, hace ya que se hagan juicios, que se tomen posiciones y así, según ‘Arriba’ del 22 en cronica de F Ortega desde Nueva York, Kissinger declaraba que: “La evolución política de España es inevitable” y el cronista indicaba que “la Administración Americana espera una transición a corto plazo”, en el mismo sentido se pronuncia el órgano de las finanzas ‘Wall Street Journal’”.

En su editorial del 21-11-75, ‘Pueblo’ manifiesta que: “Estamos ante una España sin vencedores ni vencidos en una España que piensa de si misma que puede ser solidaria en la libertad y solo en la libertad. Calcúlese en buena hora y con toda aproximación necesaria que el grado de prudencia en el cambio; pero ya todos sabemos que no se puede ignorar el cambio. Las cosas de nuestra política han cambiado; han cambiado para siempre”.

“Se ha finalizado un amplio ciclo histórico caracterizado por el poder personal.”

Los cambios de personas, la aparición de un “Rey” en lugar de un “Caudillo”, puede tener su importancia sin duda, pero la clave para la solución de todas las incógnitas, sociales, económicas, políticas y religiosas, se llama libertad, sin la cual no habrá participación ni compromiso de ningún tipo.

Y el primer paso para “un efectivo consenso de concordia nacional” pasa por la concesión de una inmediata Amnistía para todos los presos por motivaciones políticas y sindicales sin exclusión y para los exiliados.

Y “una sociedad libre y moderna”, solo podrá crearse restableciendo las libertades democráticas -la libertad sindical en primer lugar- y las libertades nacionales autonómicas desde ya.

Y las “instituciones” solo integrarán a todos los españoles, en la medida en que nos pronunciemos sobre ellas.

Y la “hora dinámica cambiante”, exige que después de lo anterior se pueda crear constituyentemente lo que se necesite.

Sobre la base de respetar lo señalado, poniéndolo en práctica, con hechos, nosotros nos comprometemos a buscar siempre soluciones pacíficas y por supuesto aceptar el fallo de las urnas, el juego democrático, sea o no de nuestro agrado el resultado. Protagonista el pueblo soberano.

En fin como no creo que por el momento os vaya a escribir muchas cartas un preso por motivos sindical-laborales desde la cárcel y hacerlo en persona, os abraza. Besos a Sergio.

Marce

Salir de casa

Por aquí, por el vecindario, aún veo algunas vecinas hacer la señal de la cruz, de forma recogida, al salir de su casa hacia la calle. Otros, entre los que me cuento, prefieren mirar al cielo, perfilando una panorámica de sol, nubes y viento que les permita adivinar el tiempo meteorológico que van a encontrar en su trayecto.

En realidad, unos y otros eligen aún la mirada de la experiencia, del saber heredado o las creencias mágicas en disfavor del saber encapsulado de la ciencia («he visto en la proyección meteorológica que va a llover a las 9 y 20»), aunque no se le avisará del conductor malhadado que, cinco minutos después, lo arrollará en su conducción temeraria. Nuestras vidas transcurren entre el azar, la mirada sapiencial y el fatum en mayor medida que en el engañoso sentido común del conocimiento científico y el supersticioso brillo electromagnético de las pantallas…

Quien lo probó lo sabe

Aunque los renacentistas lo consideraban una enfermedad, una especie de infección que se contagiaba a través de la mirada, no hay tal cosa exterior a nosotros como lo que llamamos amor. Sin embargo, hay enamorados, miríadas de enamorados, que a cada instante atestiguan esa realidad intangible. Es de esas verdades solo accesibles por los testimonios: no son cosas, no son conceptos, un poco a la manera de los profetas de las grandes religiones, pero de forma más universal y constante, menos interesada.

Cada vez que algún humano, a lo largo de la historia de nuestra especie, ha dicho «te quiero» a alguien, tembloroso y con los ojos húmedos, en cualquiera de las infinitas lenguas de la Tierra y en cualesquiera de las contorsiones que adopta el cuerpo poseído por la pasión, ha dado existencia al amor, ha transformado la palabra en cosa.Una cosa que muere y renace continuamente, en el más misterioso eterno retorno que nos es dado conocer.

Elogio del aburrimiento

Este texto, con algunas modificaciones en las primeras líneas, ha sido publicado en Fronterad el 3 de abril de 2020.

El aburrimiento tiene desde hace unos siglos -no muchos, a decir verdad, en tiempo histórico- y, sobre todo, en esta época hiperactiva que nos ha tocado vivir, muy mala prensa. Los frailes y monjas enclaustrados lo temían como el tiempo propicio de la tentación, o más exactamente, como la hora que frecuentaba un temido diablo, el diabolus meridianus, el demonio del mediodía que solía provocar mal humor y aburrimiento en los momentos más cálidas y pegajosas. En realidad, la disciplina horaria de los monjes o el conocido lema benedictino «ora et labora» fueron remedios ideados contra su nefasta influencia, contra ese hastío que llamaban acedia, considerado durante un tiempo un pecado capital. Podemos adivinar por qué: tiempo inerte apropiado para las tentaciones, fundamentalmente dos: el pensamiento divagador que lleva a territorios desconocidos, o el sexo, que también.

Cualquier padre o madre que lea esto, recordará entrar en pánico cuando la hija o el hijo, con gesto adusto y un punto desesperado, se acerca y dice: «Mamá, estoy aburrido». Estaríamos tentados de explicar este rechazo absoluto al aburrimiento como la manifestación humana del horror al vacío, del desvalido sentir el peso muerto de la existencia sin acción, al modo en que los físicos afirman que el universo aborrece el vacío. Otras veces preferimos entenderlo como consecuencia del trabajo contemporáneo, rutinario y sin sentido. O de su complementario, el tiempo de descanso, capturado ad nauseam por el consumo de diversión, ocio o espectáculo. El tiempo sometido y muerto del Gran Plan que sustituye a la vida.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, el aburrimiento es hermoso, etimológicamente hermoso, porque la lengua madre inyectó en la palabra la mayor belleza: «ab horrorem», la ausencia, la lejanía, el desprendimiento del horror. En este modo de pensar mío, con el auxilio de la lengua, la angustia que provoca eso que, de modo tan torcido llamamos aburrimiento, junto al ansia que nos impele a sustituirlo con cualquier actividad o cosa, no es más que su inversión: la costumbre de vivir en el horror, el deseo de cerrar ese campo abierto que, como un abismo, se nos abre en el no saber qué hacer, en el miedo cerval de la luz cegadora de lo desconocido que nos interpela y que rechazamos…

Sobre la lectura coral

Publicado en El Salto con el título Sobre la lectura coral (algunas confesiones y una tesis)

Uno es hijo de sus contradicciones. Por ejemplo, tengo que confesar una que nunca he logrado resolver del todo. Y es que, a pesar de la enorme masa de espacio y tiempo que he dedicado a leer libros en solitario, lo que me gusta de verdad es la lectura expresiva, en voz alta, en corro. De hecho, soy un lector lento en comparación con los que aprendieron con técnicas más modernas de lectura silenciosa y veloz. La mayor parte de las veces hago una lectura subpalatal, es decir, pronunciando aunque sea en un nivel inaudible para los demás. Así aprendí. Y así gocé las primeras veces de la lectura coral, alrededor de la mesa camilla, que hacía mi padre de las noticias del día, cuando disponía de un periódico. Era común en tiempos sin televisión, o con la televisión estropeada, que era casi siempre.

Mi tío abuelo Manuel es el primer lector de libros que conocí. Entiéndaseme bien: lector de novelas del Oeste, no de obras clásicas consagradas por el Canon, ni nada parecido. Eso sí, las novelas del Coyote -eran sus predilectas-, de José Mallorquí, tenían ínfulas literarias. Contaban las estupendas aventuras de don César de Echagüe, un californiano criollo y justiciero que, gracias a la doble vida que le proporcionaba su máscara (un poco al estilo del Zorro, popularizado por el cine) y a su carácter de propietario agrario, hacía frente al nuevo poder norteamericano y sus abusos.

Me fascinaba la figura de mi tío abuelo, leyendo en silencio en una dependencia de la casa a la que teníamos vedado el acceso los niños de la familia en los momentos en que lo hacía. Era magnético: inmóvil durante horas, ensimismado -yo lo espiaba cautelosamente- y silencioso, pero también me resultaba incomprensible en su opacidad. Según crecí y aprendí a leer, lo imitaba; pero me aburría, y enseguida buscaba a  alguien dispuesto a compartir mi lectura en voz alta. Siempre ha sido así desde entonces, aun al precio de gozar de la fama bien ganada de «pesado». Mucho más agrias, desde luego, han sido las recriminaciones que he recibido viendo cine con alguien, porque siento la misma necesidad incontrolable de comentar y preguntar, o hacer algún espóiler, sobre la ficción de la película.

Esta inveterada costumbre, pero ya de modo planificado, la he mantenido en mis años de profesor. Siempre he dedicado un día -el viernes, casi siempre- a la lectura coral de un libro, aunque también cualesquiera de los textos de trabajo que, por la naturaleza de mi asignatura, estudiábamos y comentábamos en clase. Han sido los momentos más placenteros en el aula: hacer que las palabras escritas sobre el papel levantaran el vuelo convertidas en mariposas de colores, devueltas a la alegría del aire…

Tras todo lo dicho, es fácil entender que he conceptualizado y razonado mi crítica a la lectura solitaria como una de las grandes rémoras del universo Gutenberg. En realidad, la llegada de la Internet social fue para mí una enorme liberación, y la razón última de que aún siga por aquí todos los días, dando cuenta de mis lecturas o pensamientos, compartiéndolos al instante con otros. Aunque con las dificultades conocidas -la tiranía contemporánea de la imagen-, estas nuevas formas de «leer» (en su significado más amplio posible: la actualidad, las razones, los poemas, el apunte cotidiano…) nos han hecho salir de la soledad del lector ensimismado al encuentro común con las lecturas de los demás…

Sentidos (Apuntes, 28)

Si la Historia tiene algún sentido, es el de una imaginaria comunidad humana universal comprometida, sin éxito, en la consecución de la paz perpetua (releer a Kant, releer…). Por ser una empresa tan difícil e infructuosa, la juventud es siempre la protagonista en cada momento histórico, porque los jóvenes son los únicos que pueden (re)construir el mundo, que siempre ha sido devastado por las guerras y rapiñas de los ancianos y ha sido levantado siempre por la siguiente generación…

Disculpen las molestias, hemos sufrido algunas incidencias…

Entre las palabras que detesto, y que procuro no usar nunca, ocupa un lugar de honor «incidencias». Se ha extendido como la mala hierba y ha conseguido servir de comodín para igualar realidades muy distintas: así llaman las compañías eléctricas a un corte de luz y las compañías de teléfono a un corte en una conversación. Se habla de incidencias cuando un grupo de descerebrados aporrea sádicamente a otro grupo del equipo contrario. Se producen incidencias cuando una manifestación corta calles o carreteras, del mismo modo que llamamos así al envenenamiento de los clientes de un restaurante a causa de unos alimentos en mal estado. Incidencias son, en fin, los gritos de los alumnos en las aulas y pasillos de un colegio, los insultos cruzados entre dos diputados o el mal tropezón de un anciano en la calle que da con él en el suelo… ¿Hay derecho? Soy tolerante y casi todo lo perdono; todo menos una cosa: la perversión del gusto público y el destructivo empobrecimiento y uniformación del habla de la gente…

Fronteras y otros apuntes (#27)

Las fronteras, los límites, las lindes, hay que imaginarlas como surgiendo de un mundo en el que aún no hacían falta muros ni ejércitos para vigilarlas, defenderlas o romperlas con un coste de vidas humanas. No, sino que hay que imaginarlas como símbolos orientativos: un árbol solitario, un río, unas piedras. En ese sentido es una delicia leer los registros y testamentos antiguos, describiendo morosamente con palabras la topografía que separaba un territorio de otro. Cuando el tiempo, el clima o el olvido volvía las fronteras imprecisas, se establecian nuevos consensos para mantener su utilidad para nuevas generaciones. Naturalmente, las cosas cambiaron con el despliegue y repliegue, a sangre y fuego, de imperios y estados. Como dice Bertho Lavenir:

No hay frontera sin cancillería y sin una oficina de registros oficiales; y no hay mapas sin una labor topográfica encargada por quienes detentan el poder. En la era de la Democracia, cuando se hace necesario tener en cuenta la opinión pública, los mapas y atlas ayudan a que la ciudadanía aprenda -si es preciso bajo la vara del profesor- los perímetros del estado que algún día puede que sean convocados a defender.

Pienso para mí que un proceso parecido, y paralelo, fue creando las cancillerías y aduanas que vigilan la institución del «yo» y sus territorios, sus defensas o agresiones y violaciones… Pero de esas otras fronteras hablaré otro día.

Estado y teología

Muchos, tal vez la mayoría, lo intuyen; algunos lo saben pero no lo dicen; solo unos pocos lo saben y lo dicen. Me refiero a la mentira constitutiva de los estados. Emmanuel Rodríguez es de esos pocos:

La palabra Estado tiene algo de teológico. Soberanía es una palabra teológica. La idea de una totalidad que incluye y representa a todos los ciudadanos (que vela por ellos al tiempo que los somete) es teológica. En todo caso, diría que la idea de soberanía, de un Estado que puede y tiene capacidad de gobierno efectivo, esto es, de dirigir y organizar una sociedad, es hoy todavía más ficcional que hace cincuenta años. Se dirá que la soberanía siempre ha sido una ficción y que realmente el campo político se corresponde, desde el origen del Estado moderno (en los siglos XV o XVI), con un sistema mundo en el que unos Estados subordinan a otros, y por lo tanto son más soberanos que el resto. Lo que respondería a estas críticas es que en los tiempos de la globalización financiera, y de la circulación monetaria a tiempo real, ni siquiera los Estados más poderosos pueden escapar a esta forma de mando sobre la que apenas tienen control. Esto implica el fin del programa de las viejas izquierdas que remiten siempre a un Estado nacional, con programas nacionales de crecimiento, mercados laborales regulados y sistemas nacionales de provisión social.

Si quieres leer la entrevista entera que le hace Guillem Martínez, está aquí

La vida ahí fuera

La idealización de la «vida salvaje» nos lleva a muchos equívocos . El pacto brutal de los perros y los hombres, ha hecho que estos lejanos descendientes del lobo haya trsnsgredido leyes naturales como atacar y matar a miembros de su especie a cambio de comida y protección. Basta, para entender la segunda naturaleza adquirida junto a nosotros, ver la placidez con que duerme un animal doméstico en su casa humana, sin ese miedo y alerta continuos a que los somete el hambre y el acecho de los depredadores. La vida ahí fuera puede ser un auténtico infierno.

La extraña pareja

Esta mañana me encontré con un antiguo -muy antiguo- alumno que, al preguntarle yo por su vida actual, me contó que vivía con su abuela. Pero no por las razones que se me ocurrieron al pronto, las que se os estarán ocurriendo a vosotros ahora mismo: una familia desestructurada, violencia doméstica, dependencia… No, era por una razón más sencilla y entrañable: la quiere mucho y no soportaba verla vivir sola cuando enviudó a los setenta y pocos años. Así que acondicionó su casa, hizo las maletas y se mudó. Hoy la abuela tiene más de 80 años y siguen viviendo juntos y felices. La sensación que me transmitió era la de ser el hombre más feliz y enamorado del mundo…

La mirada interior

La vista es el sentido humano por antonomasia: por decirlo en francés, con una palabra muy asentada y conocida, somos «voyeurs». Con la mirada nos comemos el mundo, literalmente. Los renacentistas tenían una elaborada teoría sobre el amor en la que los ojos inoculaban la enfermedad: no hay miradas inocentes…. Pero hay también una mirada interior encargada de ver lo invisible, de adivinarlo, y en ese sentido somos «voyants», videntes. Esos ojos ilocalizables marcan el destino del poeta o del artista, su señal de Caín que lo convierte en habitante del ensueño, ese mundo sonámbulo que es nuestra verdadera patria…