Quien lo probó lo sabe

Aunque los renacentistas lo consideraban una enfermedad, una especie de infección que se contagiaba a través de la mirada, no hay tal cosa exterior a nosotros como lo que llamamos amor. Sin embargo, hay enamorados, miríadas de enamorados, que a cada instante atestiguan esa realidad intangible. Es de esas verdades solo accesibles por los testimonios: no son cosas, no son conceptos, un poco a la manera de los profetas de las grandes religiones, pero de forma más universal y constante, menos interesada.

Cada vez que algún humano, a lo largo de la historia de nuestra especie, ha dicho «te quiero» a alguien, tembloroso y con los ojos húmedos, en cualquiera de las infinitas lenguas de la Tierra y en cualesquiera de las contorsiones que adopta el cuerpo poseído por la pasión, ha dado existencia al amor, ha transformado la palabra en cosa.Una cosa que muere y renace continuamente, en el más misterioso eterno retorno que nos es dado conocer.

Elogio del aburrimiento

Este texto, con algunas modificaciones en las primeras líneas, ha sido publicado en Fronterad el 3 de abril de 2020.

El aburrimiento tiene desde hace unos siglos -no muchos, a decir verdad, en tiempo histórico- y, sobre todo, en esta época hiperactiva que nos ha tocado vivir, muy mala prensa. Los frailes y monjas enclaustrados lo temían como el tiempo propicio de la tentación, o más exactamente, como la hora que frecuentaba un temido diablo, el diabolus meridianus, el demonio del mediodía que solía provocar mal humor y aburrimiento en los momentos más cálidas y pegajosas. En realidad, la disciplina horaria de los monjes o el conocido lema benedictino «ora et labora» fueron remedios ideados contra su nefasta influencia, contra ese hastío que llamaban acedia, considerado durante un tiempo un pecado capital. Podemos adivinar por qué: tiempo inerte apropiado para las tentaciones, fundamentalmente dos: el pensamiento divagador que lleva a territorios desconocidos, o el sexo, que también.

Cualquier padre o madre que lea esto, recordará entrar en pánico cuando la hija o el hijo, con gesto adusto y un punto desesperado, se acerca y dice: «Mamá, estoy aburrido». Estaríamos tentados de explicar este rechazo absoluto al aburrimiento como la manifestación humana del horror al vacío, del desvalido sentir el peso muerto de la existencia sin acción, al modo en que los físicos afirman que el universo aborrece el vacío. Otras veces preferimos entenderlo como consecuencia del trabajo contemporáneo, rutinario y sin sentido. O de su complementario, el tiempo de descanso, capturado ad nauseam por el consumo de diversión, ocio o espectáculo. El tiempo sometido y muerto del Gran Plan que sustituye a la vida.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, el aburrimiento es hermoso, etimológicamente hermoso, porque la lengua madre inyectó en la palabra la mayor belleza: «ab horrorem», la ausencia, la lejanía, el desprendimiento del horror. En este modo de pensar mío, con el auxilio de la lengua, la angustia que provoca eso que, de modo tan torcido llamamos aburrimiento, junto al ansia que nos impele a sustituirlo con cualquier actividad o cosa, no es más que su inversión: la costumbre de vivir en el horror, el deseo de cerrar ese campo abierto que, como un abismo, se nos abre en el no saber qué hacer, en el miedo cerval de la luz cegadora de lo desconocido que nos interpela y que rechazamos…

Sobre la lectura coral

Publicado en El Salto con el título Sobre la lectura coral (algunas confesiones y una tesis)

Uno es hijo de sus contradicciones. Por ejemplo, tengo que confesar una que nunca he logrado resolver del todo. Y es que, a pesar de la enorme masa de espacio y tiempo que he dedicado a leer libros en solitario, lo que me gusta de verdad es la lectura expresiva, en voz alta, en corro. De hecho, soy un lector lento en comparación con los que aprendieron con técnicas más modernas de lectura silenciosa y veloz. La mayor parte de las veces hago una lectura subpalatal, es decir, pronunciando aunque sea en un nivel inaudible para los demás. Así aprendí. Y así gocé las primeras veces de la lectura coral, alrededor de la mesa camilla, que hacía mi padre de las noticias del día, cuando disponía de un periódico. Era común en tiempos sin televisión, o con la televisión estropeada, que era casi siempre.

Mi tío abuelo Manuel es el primer lector de libros que conocí. Entiéndaseme bien: lector de novelas del Oeste, no de obras clásicas consagradas por el Canon, ni nada parecido. Eso sí, las novelas del Coyote -eran sus predilectas-, de José Mallorquí, tenían ínfulas literarias. Contaban las estupendas aventuras de don César de Echagüe, un californiano criollo y justiciero que, gracias a la doble vida que le proporcionaba su máscara (un poco al estilo del Zorro, popularizado por el cine) y a su carácter de propietario agrario, hacía frente al nuevo poder norteamericano y sus abusos.

Me fascinaba la figura de mi tío abuelo, leyendo en silencio en una dependencia de la casa a la que teníamos vedado el acceso los niños de la familia en los momentos en que lo hacía. Era magnético: inmóvil durante horas, ensimismado -yo lo espiaba cautelosamente- y silencioso, pero también me resultaba incomprensible en su opacidad. Según crecí y aprendí a leer, lo imitaba; pero me aburría, y enseguida buscaba a  alguien dispuesto a compartir mi lectura en voz alta. Siempre ha sido así desde entonces, aun al precio de gozar de la fama bien ganada de «pesado». Mucho más agrias, desde luego, han sido las recriminaciones que he recibido viendo cine con alguien, porque siento la misma necesidad incontrolable de comentar y preguntar, o hacer algún espóiler, sobre la ficción de la película.

Esta inveterada costumbre, pero ya de modo planificado, la he mantenido en mis años de profesor. Siempre he dedicado un día -el viernes, casi siempre- a la lectura coral de un libro, aunque también cualesquiera de los textos de trabajo que, por la naturaleza de mi asignatura, estudiábamos y comentábamos en clase. Han sido los momentos más placenteros en el aula: hacer que las palabras escritas sobre el papel levantaran el vuelo convertidas en mariposas de colores, devueltas a la alegría del aire…

Tras todo lo dicho, es fácil entender que he conceptualizado y razonado mi crítica a la lectura solitaria como una de las grandes rémoras del universo Gutenberg. En realidad, la llegada de la Internet social fue para mí una enorme liberación, y la razón última de que aún siga por aquí todos los días, dando cuenta de mis lecturas o pensamientos, compartiéndolos al instante con otros. Aunque con las dificultades conocidas -la tiranía contemporánea de la imagen-, estas nuevas formas de «leer» (en su significado más amplio posible: la actualidad, las razones, los poemas, el apunte cotidiano…) nos han hecho salir de la soledad del lector ensimismado al encuentro común con las lecturas de los demás…

Sentidos (Apuntes, 28)

Si la Historia tiene algún sentido, es el de una imaginaria comunidad humana universal comprometida, sin éxito, en la consecución de la paz perpetua (releer a Kant, releer…). Por ser una empresa tan difícil e infructuosa, la juventud es siempre la protagonista en cada momento histórico, porque los jóvenes son los únicos que pueden (re)construir el mundo, que siempre ha sido devastado por las guerras y rapiñas de los ancianos y ha sido levantado siempre por la siguiente generación…

Disculpen las molestias, hemos sufrido algunas incidencias…

Entre las palabras que detesto, y que procuro no usar nunca, ocupa un lugar de honor «incidencias». Se ha extendido como la mala hierba y ha conseguido servir de comodín para igualar realidades muy distintas: así llaman las compañías eléctricas a un corte de luz y las compañías de teléfono a un corte en una conversación. Se habla de incidencias cuando un grupo de descerebrados aporrea sádicamente a otro grupo del equipo contrario. Se producen incidencias cuando una manifestación corta calles o carreteras, del mismo modo que llamamos así al envenenamiento de los clientes de un restaurante a causa de unos alimentos en mal estado. Incidencias son, en fin, los gritos de los alumnos en las aulas y pasillos de un colegio, los insultos cruzados entre dos diputados o el mal tropezón de un anciano en la calle que da con él en el suelo… ¿Hay derecho? Soy tolerante y casi todo lo perdono; todo menos una cosa: la perversión del gusto público y el destructivo empobrecimiento y uniformación del habla de la gente…

Fronteras y otros apuntes (#27)

Las fronteras, los límites, las lindes, hay que imaginarlas como surgiendo de un mundo en el que aún no hacían falta muros ni ejércitos para vigilarlas, defenderlas o romperlas con un coste de vidas humanas. No, sino que hay que imaginarlas como símbolos orientativos: un árbol solitario, un río, unas piedras. En ese sentido es una delicia leer los registros y testamentos antiguos, describiendo morosamente con palabras la topografía que separaba un territorio de otro. Cuando el tiempo, el clima o el olvido volvía las fronteras imprecisas, se establecian nuevos consensos para mantener su utilidad para nuevas generaciones. Naturalmente, las cosas cambiaron con el despliegue y repliegue, a sangre y fuego, de imperios y estados. Como dice Bertho Lavenir:

No hay frontera sin cancillería y sin una oficina de registros oficiales; y no hay mapas sin una labor topográfica encargada por quienes detentan el poder. En la era de la Democracia, cuando se hace necesario tener en cuenta la opinión pública, los mapas y atlas ayudan a que la ciudadanía aprenda -si es preciso bajo la vara del profesor- los perímetros del estado que algún día puede que sean convocados a defender.

Pienso para mí que un proceso parecido, y paralelo, fue creando las cancillerías y aduanas que vigilan la institución del «yo» y sus territorios, sus defensas o agresiones y violaciones… Pero de esas otras fronteras hablaré otro día.

Estado y teología

Muchos, tal vez la mayoría, lo intuyen; algunos lo saben pero no lo dicen; solo unos pocos lo saben y lo dicen. Me refiero a la mentira constitutiva de los estados. Emmanuel Rodríguez es de esos pocos:

La palabra Estado tiene algo de teológico. Soberanía es una palabra teológica. La idea de una totalidad que incluye y representa a todos los ciudadanos (que vela por ellos al tiempo que los somete) es teológica. En todo caso, diría que la idea de soberanía, de un Estado que puede y tiene capacidad de gobierno efectivo, esto es, de dirigir y organizar una sociedad, es hoy todavía más ficcional que hace cincuenta años. Se dirá que la soberanía siempre ha sido una ficción y que realmente el campo político se corresponde, desde el origen del Estado moderno (en los siglos XV o XVI), con un sistema mundo en el que unos Estados subordinan a otros, y por lo tanto son más soberanos que el resto. Lo que respondería a estas críticas es que en los tiempos de la globalización financiera, y de la circulación monetaria a tiempo real, ni siquiera los Estados más poderosos pueden escapar a esta forma de mando sobre la que apenas tienen control. Esto implica el fin del programa de las viejas izquierdas que remiten siempre a un Estado nacional, con programas nacionales de crecimiento, mercados laborales regulados y sistemas nacionales de provisión social.

Si quieres leer la entrevista entera que le hace Guillem Martínez, está aquí

La vida ahí fuera

La idealización de la «vida salvaje» nos lleva a muchos equívocos . El pacto brutal de los perros y los hombres, ha hecho que estos lejanos descendientes del lobo haya trsnsgredido leyes naturales como atacar y matar a miembros de su especie a cambio de comida y protección. Basta, para entender la segunda naturaleza adquirida junto a nosotros, ver la placidez con que duerme un animal doméstico en su casa humana, sin ese miedo y alerta continuos a que los somete el hambre y el acecho de los depredadores. La vida ahí fuera puede ser un auténtico infierno.

La extraña pareja

Esta mañana me encontré con un antiguo -muy antiguo- alumno que, al preguntarle yo por su vida actual, me contó que vivía con su abuela. Pero no por las razones que se me ocurrieron al pronto, las que se os estarán ocurriendo a vosotros ahora mismo: una familia desestructurada, violencia doméstica, dependencia… No, era por una razón más sencilla y entrañable: la quiere mucho y no soportaba verla vivir sola cuando enviudó a los setenta y pocos años. Así que acondicionó su casa, hizo las maletas y se mudó. Hoy la abuela tiene más de 80 años y siguen viviendo juntos y felices. La sensación que me transmitió era la de ser el hombre más feliz y enamorado del mundo…

La mirada interior

La vista es el sentido humano por antonomasia: por decirlo en francés, con una palabra muy asentada y conocida, somos «voyeurs». Con la mirada nos comemos el mundo, literalmente. Los renacentistas tenían una elaborada teoría sobre el amor en la que los ojos inoculaban la enfermedad: no hay miradas inocentes…. Pero hay también una mirada interior encargada de ver lo invisible, de adivinarlo, y en ese sentido somos «voyants», videntes. Esos ojos ilocalizables marcan el destino del poeta o del artista, su señal de Caín que lo convierte en habitante del ensueño, ese mundo sonámbulo que es nuestra verdadera patria…

Cartas

La lectura de esta columna de Helena Resano dedicada a las cartas de papel me ha hecho recordar una larga etapa de mi vida en que fui un prolijo corresponsal. Me ayudó a crecer y a conocerme a mí mismo y a otros, inclyendo a algunos con los que nunca llegué a tratar em persona. También trabaje de cartero durante un verano, uno de los trabajos más bonitos de mi vida, de esos trabajos de antes que tenían un sentido. He tenido suerte con eso: no he tenido que sufrir los trabajos basura.

El género epistolar, como es sabido, ha desaparecido prácticamente de nuestras vidas, el ritual de escribirlas, leerlas y la espera impaciente y emocionada de su llegada (¡niña, correo!) ya no forman parte de la experiencia ni del recuerdo de casi nadie. A la verdad, también su primer sustituto, el correo electrónico, está en vías de extinción: vivimos bajo el reinado del microtexto y de un tiempo acelerado que quemamos como si fuera pólvora.

La carta de papel, como el libro, era un medio lento y sensual. Literalmente: muchas veces, las cartas de amor se perfumaban, se cuidaba la elección de la textura del papel y su color (aún conservo cuartillas de papel tela, las últimas: ya no se fabrican) ; era frecuente encontrar hojas secas de alguna flor entre las de papel… Un medio cálido, cercano aún a los sentidos.

Cuando las repartía (aún existía el servicio militar obligatorio), sentía, al acercarme a la casa de algunas chicas con el novio, militar a la fuerza, lejos, el frufrú de sus movimientos discretos tras la ventana y un murmurado y nervioso «¡que viene, que viene, hoy trae carta!»…

Letter from Vermeer by Dasha Riley

Cosas de los inuit y otras notas volanderas (#apuntes 26)

Los innuit, que ven peligrar su propia supervivencia por el deshielo del Ártico, se reúnen en un círculo al despertar y cuentan sus sueños. Pero no como un entretenimiento, sino como el relato de un viaje a tierras desconocidas, pero reales, de donde vuelven cargados de mensajes o advertencias. La mala costumbre occidental de entender la vida como un camino lineal que progresa salvando obstáculos hacia la nada, nos ha hecho olvidar otras maneras de estar en el mundo: el tiempo circular de los campesinos, la vida prenatal (cuyo olvido lamentaba aquí el otro día) o la reviviscencia del universo y la vida onírica. Posiblemente sean ya pérdidas irrecuperables, instalados como estamos en nuestro páramo de detritus y tiempo secuestrado. Buenos días sin sueños.

Rifeños de Melilla

Uno de nuestros tantos temas tabú: la integración de los rifeños musulmanes de Melilla (20% de la población) que reivindican la identidad amazigh y el tarifit como lengua cooficial de la ciudad pues es comunidad bilingüe. Ya les costó lucha y movilizaciones que les fuera reconocida la nacionalidad española de pleno derecho en los años 80. Nunca aprendemos, si acaso, cuando ya es tarde. Ni caso.

Idioma rifeño – Wikipedia, la enciclopedia libre

Mujeres

La escuela de mi infancia, durante la Dictadura de Franco, era unisex. Las niñas pertenecían a un universo separado y misterioso, sin comunicación con el nuestro. Pero desde que pude acceder a ellas, ya en el Bachillerato, elegí su compañía y amistad, con preferencia a la de los hombres. Ellas han sido siempre mis mejores amigas, mis compañeras y mis amores. A las mujeres debo lo mejor de lo que soy, ellas son las que me han enseñado las cosas importantes y en ellas tengo puesta la única esperanza que aún conservo de un mundo distinto y mejor.

Leyes y realidad

Los legisladores y políticos han mantenido siempre una carrera con la realidad para adaptar sus normas, sus conceptos de delitos y castigos, a los contextos de la vida. Siempre pierden porque la realidad cambia a mayor velocidad. Volverá a suceder con esta nueva reforma del Código Penal… Cuando yo empecé a trabajar, aún estaba vigente una norma franquista que prohibía dar clases a un solo alumno si era del sexo contrario: en la mentalidad del legislador era inconcebible la homosexualidad…

La justicia ve abuso y no violación en las agresiones sexuales a la infancia, ¿hay que revisarlo?

Osuna, 1956

Pienso, como Eugenio Trías, que la falta de recuerdos de nuestra vida prenatal es una carencia, filosófica y vital. A ella se unen los pocos y difusos recuerdos del nacimiento y la primera infancia. La mayor parte de ellos, además, son imágenes recreadas de lo que nos han contado los padres o los hermanos mayores: una ficción, en realidad.

Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias  de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue el menos doloroso de los cinco que tuvo y que, realmente, nací solo sin que apenas se diera cuenta. Me gusta fantasear con que ahí está el origen de mi pensamiento libertario. Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera asi o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda.

Las cosas posibles e imposibles ( y más… #apuntes, 24)

Las cosas posibles e imposibles

En una interesante entrevista de Benjamin Kunkel al economista y ecólogo del decrecimiento Herman Daly (NLR, 109), Kunkel le pregunta por su brazo amputado (por voluntad propia, como consecuencia de la polio y tras infructuosos intentos por rehabilitarlo) y las «lecciones» que había sacado de esa experiencia. Daly responde, entre otras cosas:

La otra cosa que aprendí es que hay cosas realmente imposibles. En aquel momento, la idea habitual era que si tenías la polio, se suponía que podías superarla, que si te esforzabas más nada era imposible. En determinado momento me di cuenta de que me estaba alimentando de un montón de mentiras bien intencionadas. Algunas cosas son realmente imposibles. Así que me dije a mí mismo que la mejor forma de adaptarte cuando te enfrentas a una imposibilidad es reconocerla y dirigir tus energías a cosas buenas que son posibles.. Supongo que eso es lo que hice. Ahora podrías dar un salto desde eso a mis posteriores teorías económicas: el crecimiento ilimitado es imposible, así que es mejor adaptarnos a un economía estacionaria.

Perseverancia, talento, mérito

Pienso, con Belén Gopegui, que la perseverancia y el talento existen y, de forma distinta, se consiguen cosas con ellos. Pero el mérito es «una pantalla vacía» puesta por alguien con un interés especial en clasificarnos, para conseguir cosas de nosotros…

Lo más difícil

«No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió» decía la canción de Sabina. La añoranza de lo no pasado tanto como de lo pasado. Los huecos también nos constituyen , las ausencias. Algunos sueños se cumplen, otros se difieren y transforman en humo, se olvidan. No hay vidas plenas, y menos aún la de quienes presumen de tenerlas.Somos seres del tiempo y el tiempo no da tregua, la termodinámica tampoco. Es lo más difícil, lo que más se tarda en aprender.

Paso a paso

Los campesinos caminan con pasos irregulares, adaptándose al terreno, mirando al cielo y al suelo. Los mineros se mueven mirando a la tierra, encorvados y caminan con pasos cortos y cautelosos. Sólo los habitantes de las ciudades miran siempre hacia adelante, a ninguna parte, abstraídos, con pasos iguales e indiferentes. Y así, también, sus vidas