Solano

Se acerca un temporal de Levante, un viento que me es familiar porque en mi ciudad natal sopla mucho. Allí lo llamamos solano y afecta a los ánimos y nervios, hasta el punto de que tenemos una palabra para designarlo: asolanado. Estar asolanado allí es ser víctima de un estado alterado que, sin transición, lleva de la tristeza a la euforia o el ma! humor. Los gatos lo anuncian con anticipación, dando saltos y corriendo sin sentido de acá para allá. Cuando dura -siempre días impares -, aumentan los suicidios truculentos y muchos se cuelgan o tiran a pozos (como ya no los hay, habrán buscado otras maneras). Es un viento eléctrico que, como otros de su estirpe, afecta a todas las poblaciones donde su presencia es constante, en el norte o en el sur. Cuando decae o se echa, en verano, es casi peor, porque toca sufrir un calor  aplanado y exasperante. Por suerte, donde vivo ahora apenas llega y su afán vengativo y furioso ya sa ha saciado en otras latitudes…

Idlers

He compartido hace unos instantes un cuadro de Maurice Pendergast, compartido en primer lugar por @Aline. Lleva por título «The Idlers», «Las ociosas», y me ha hecho recordar lo negativo que era ese nombre cuando se aplicaba a la gente que no trabaja, que no hace nada «productivo», que no da ni golpe, por decirlo a la manera coloquial española.

En Sociología política se habla, con menosprecio, de las clases ociosas, pero, sin ir más lejos, yo, desde que me he jubilado, pertenezco a un grupo administrativo de nombre ciertamente humillante, se mire como se mire: clases pasivas del estado.

Aún más, en ese paso delicado de la infancia a la adolescencia y, más en particular, de esta a la edad adulta, hay palabras que consideramos ofensivas o degradantes como «perezoso» o » flojo», que compiten en mala intención con otras de la misma familia: «inútil» , por ejemplo, que esparcen su desdoro en otros campos léxicos aledaños al trabajo, tales como la habilidad o el sentido del orden, la limpieza y la disciplina.

Hay, sobre  todo en los últimos tiempos, una abundante literatura crítica sobre el trabajo,, así que no me detengo en ello. No, sino más bien en lo que llamaba, en un artículo que publiqué durante el confinamiento, «Elogio del aburrimiento» , que aquí podríamos llamar elogio de la pereza -más que del ocio, muy contaminado ya por la sociedad del espectáculo y el consumo: esa desgana de hacer cosas útiles, de tirarnos a la bartola, tan olvidadas por la ideología de la Ilustración y el progreso, que a tan mal traer nos traen…

Lennon, MacCartney y el amor

Oía hace un rato una canción de Paul McCartney y Wings, tan agradable como suelen ser las composiciones del ex Beatle. La cosa es que he recordado una discusión que tuve hace muchos años con una amiga queridísima sobre las virtudes y defectos de este músico frente a la otra alma del grupo británico, John Lennon. Lo que empezó siendo un intercambio de gustos y opiniones terminó en un un desagradable intercambio de sofiones enojados. Entonces descubrí que mi amiga era una fan (es decir, fanática) de McCartney, Su amor por el cantante de Liverpool era incondicional -como lo son, generalmente, las devociones musicales – y, según descubrí con tristeza, superior al que sentía por mí. Después de afirmar yo que Lennon era la verdadera alma de los Beatles, se encerró en un mutismo enfadado que duró varios días. Lo peor de todo, en aquel diálogo de besugos, es que a mí los que me gustaban de verdad eran los Rolling…

Panza de burra

Me quejo a menudo de la tiranía de los mapas meteorológicos, a los que la gente otorga la categoría religiosa de profecía. Eso ha hecho que olvidemos los viejos saberes de la observación de las nubes y el viento, de la humedad o el vuelo de los pájaros. Esta mañana llueve por aquí: era fácil de pronosticar por el color panza de burra del cielo. Huele a tierra mojada y el aire húmedo refresca y estimula la nariz, aunque es posible que la pérdida progresiva del olfato en nuestra especie, seguramente irreversible, impida la percepción de estos olores en la gran mayoría. Otra pérdida más, otro paso más que nos aleja del mundo natural, de la vida dañada.

Acurrucado

No hay palabra que me emocione más, que me dé más calor y tiritera que acurrucar, acurrucarse, que me acurruquen o acurrucarte. Cuando hace frío dentro o fuera, cuando se ama o se desea, al proteger o ser protegido: acurrucados. Como los niños y las mujeres, como los gatos. No saben lo que se pierden los tipos duros, los hombres huraños, aquellos para los que amar es como hacer deporte o luchar. ¡Ay de aquellos que han olvidado la naturaleza íntima de los mamíferos, condenados a vivir en el páramo donde todo está lejos, ateridos de frío! Ellos no heredarán la Tierra…

Pasiones tristes. ‘Rojo y negro’, ‘Middlemarch’, o si los políticos españoles leyeran a los clásicos

Publicado en Frontera Digital el 4 de junio de 2021

Cuentan que Napoleón dijo una vez que la mano que da está siempre por encima de la mano que recibe. Cuando esa mano deja de dar, o da menos, la mano que recibe reclama la carencia, que siempre provoca melancolía: y es por ello que las luchas sociales son siempre melancólicas, “victimistas”, como se suele decir en la neolengua. El estado sustentado en la ideología liberal, escudándose en la libertad concedida a cada ciudadano, culpabiliza a la mano que recibe con el castigo recibido en nombre de la razón colectiva (la crisis, por ejemplo; o el reparto equitativo, o la recuperación de la economía…). La mano que da siempre se salva e inocula el sentimiento de culpa, como un veneno junto a la dádiva, en la melancólica mano que recibe.

En el plano familiar o privado, se reproduce la situación (los abuelos –la mano que da– que, con su pensión, ayudan a los hijos en paro –la mano que recibe–, en subcontrata, diríamos, pues los abuelos también reciben su ayuda del Estado que da. Todas las huelgas y luchas obreras (con sus excepciones, naturalmente) representan, por seguir con la metonimia, las manos que reciben y reclaman más, colectivamente, a la mano que da, que siempre queda por encima. Da igual que la reivindicación se dirija al patrón o al Estado: en la sinécdoque de Napoleón, son lo mismo.

En las democracias representativas (elecciones y farsa electoral: programas, mítines, propaganda…) encontramos de nuevo el mismo paradigma: “te voto a ti, partido X (la mano que da), para que, una vez en el poder, suplas mi carencia, cures mi melancolía y alivies mi culpa por ser la mano que recibe”. Es un mecanismo conductista perverso en su suposición de que la justicia es “dar a cada uno lo suyo” olvidando lo que de forma tan clara vio ya el Emperador.

Entre la mano que da y la que recibe surge una tercera: la mano que toma. Esta es la mano que no se conforma con recibir ni puede dar, porque no tiene, pero aspira a ello. En esta tercera sinécdoque –en la que entraría la toma violenta del poder o la propiedad, que excluimos ahora– aparecen dos impulsos que se desarrollan y normalizan con las sociedades burguesas, con la ideología liberal: la ambición y el deber. Pascal consideraba la ambición como una “pasión de viejos”; el deber, convertido por gracia de la vocación en una pasión subjetiva, es su reverso en el espejo: otra para ser la misma. De ellas, de estas pasiones tristes –reactivadas por las derechas políticas actuales con los eufemismos de “emprendedores”, “empoderamiento” o “hacer lo que sea necesario”– nos ocupamos ahora.

Lo hacemos a partir de dos novelas, Rojo y negro[1], de Stendhal (que afirmó que la literatura era un espejo en el camino) y Middlemarchde George Eliot, con ayuda de dos ensayos estimulantes sobre una y otra obra[2]. Adoptamos un enfoque comparativo, en lo posible y, como es nuestra costumbre, con las contemporaneidades, un término que Manuel Azaña opuso al de y que, como saben los amigos, nos gusta y adoptamos como nuestro hace tiempo.

La ambición

La ambición era censurada como motivo de vergüenza en el mundo antiguo. Francesco Fiorentino recoge la definición del diccionario de Antoine Furetière en 1690: “desmedida pasión por la gloria y la fortuna”, y añade que “la ambición era concebida como una forma de concupiscencia, no por los bienes materiales (como la avaricia), ni por los placeres sensuales (como la lujuria) sino por el poder y lo que se habría denominado éxito”. La cuidadosa distinción de la sociedad del Antiguo Régimen entre ambición y codicia, hoy perdida, nos permitiría, sin embargo, entender la desagradable sensación –repugnancia, desasosiego– que nos producen los políticos y empresarios corruptos de la España actual: personajes como Rodrigo Rato, o cualquier otro de cualesquiera de las muchas tramas mafiosas investigadas por los jueces o denunciadas por la prensa libre, son simples codiciosos; no hay en ellos pasión alguna salvo la codicia, la pasión más triste.

Sigue Fiorentino explicando que “en el Antiguo Régimen, en el que la identidad estaba determinada por el rango, que a su vez estaba determinado por el nacimiento (…), la ambición era tabú, porque alimentaba un impulso contrario al orden natural y a la voluntad divina. Quienes la deploraban, clérigos o seglares, coincidían en que su principal síntoma era una especie de fiebre ávida, una agitada tensión nerviosa que consumía la vida”. ¿Cómo no recordar al Abel Sánchez de Miguel de Unamuno sufriendo de una parecida fiebre ávida que lo consumía? El Joaquín Monegro de Abel Sánchez, ya en la sociedad burguesa contemporánea, que acepta y estimula la ambición, sufría de otra concupiscencia del alma, de otra pasión triste, o “sombría”, como la llama Unamuno: la envidia.

La ambición y la envidia solo se diferencian en el modelo: el ambicioso lo emula; el envidioso lo quiere suplantar y anular. La ambición es una pasión fría en cuyo curso se cruzan el pasado y el futuro, la estrategia, la maquinación y el engaño; la envidia es una pasión destructiva y autodestructiva cuyo modelo y meta son inasequibles salvo en el asesinato o el suicidio. Si Julien Sorel trama de forma calculada y manipuladora su ascenso social, borrando las huellas de su pasado humilde e impostando una nueva identidad social morganática (a través de la seducción de Matilde, la hija del marqués de La Mole), que le permita ser admitido en el grupo de los privilegiados, Joaquín Monegro sufre su pasión sombría, que nace de los celos por el amor entre Helena y Abel, de forma destructiva. Los síntomas de la enfermedad social las describe Unamuno en términos naturalistas como los que se pueden leer en estas líneas:

“Pasé una noche horrible –dejó escrito en su confesión Joaquín– volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia”.

La ambición no se ennoblece hasta después de la Revolución Francesa con su santificación del individuo. La distinción del ambicioso frente al simple avaro y sus cálculos cicateros se vuelve ya canónica. Benjamin Constant lo dejaba claro a comienzos del siglo XIX, en sus Principes de politique: “No podemos excluir a los hombres ambiciosos de los cargos públicos, pero mantengamos a distancia a los avariciosos”. Si la clase política española leyera más a los clásicos, nos habríamos ahorrado muchos disgustos… Todo esto es así porque la ambición se contempla ya como compatibles con las virtudes positivas: el valor, la honradez, la imparcialidad, la generosidad… Adam Smith hará popular, verdad común, que el egoísmo de unos pocos redunda siempre en el bien común. La inercia de los gobiernos actuales que, como muñequitos diabólicos, elaboran reformas fiscales y laborales que favorecen siempre a los más ricos, con la justificación de que así se creará más empleo y riqueza para todos, es hija de este ennoblecimiento de la ambición, que ya había entrado tiempo atrás en el Panteón de las virtudes cristianas, de la mano inteligente y terrenal de Santo Tomás.

Fiorentino elige Rojo y negro como base de su reflexión porque entiende que es la novela inaugural de un ciclo narrativo de onda larga caracterizado por el triunfo de la ambición en el nuevo universo burgués. La ambición, según él, es una pasión “antilírica, que requiere cambios y giros repentinos: produce relatos”. Julien Sorel tiene un modelo, Napoleón, y un plan para emularlo. A pesar de la lejanía del modelo, se siente acuciado por el tiempo: el Emperador, con solo 28 años, ya había llevado a cabo sus más grandes hazañas. Pero la vida de Napoleón está dominada por una pasión heroica y sus hechos trascienden a toda Europa. La ambición de Julien es modesta, aunque le impone durísimas disciplinas, disimulos y manipulaciones: moverse hacia arriba en una sociedad de clases. Su principal obstáculo es su propio pasado. Como afirma Francesco Fiotentino, “el pasado del parvenu debe ser enmascarado o mistificado por constituir una amenaza para el presente.». El pasado siempre pasa factura al arribista y ese riesgo lo convierte en un anti héroe perdido en un juego de suplantaciones y falsas identidades… Que llega a nuestros días. El tristemente famoso Luis Roldán –primero de una larga serie– se autotitulaba como licenciado en Empresariales e ingeniero cuando su titulación más alta era de la Bachiller. Carmen Chacó se inventó un inexistente doctorado en Derecho. Leyre Pajín, que llegó a inventarse una cargo en una Facultad de la Universidad de Alicante que no existía siquiera. Tomás de Burgos, falso médico. El afamado Alfonso Guerra, perito industrial, que hacía referencias a sus imaginarias licenciaturas en Ingeniería y Filosofía… La serie continúa en nuestros días. Pasiones tristes, de pícaros de nuestra época perdidos en esa lucha del ambicioso contra su propio pasado. Su modelo lejano no es Napoleón, sino Lázaro de Tormes quien, al final de su relación autobiográfica, de esta no explícita declaración sobre el caso por el que ha sido citado, presume del éxito social que debe a su ambición: la obtención del oficio real de pregonero (y cornudo consentido, según los rumores) en la ciudad de Toledo:

“Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”.

Julien Sorel, sin embargo, no llega a la “cumbre de toda buena fortuna”. El “todo está perdido” de la carta de Mathilde, el absurdo intento de acabar con madame de Rênal, su estancia en la cárcel abre una inesperada puerta de salida a la necesidad continua de maquinaciones que le ha impuesto su ambición, lo que Fiorentino llama una “ligereza de corazón”; esa que recupera cuando se libera del peso del futuro y del cálculo y disimulo continuos a que le obligaba la ambición, con su tenso arco hacia la nada…

El deber

El deber es la ambición en el espejo. Donde en los personajes ambiciosos encontramos el deseo de obtener un estatus propio de los privilegiados –desmintiendo el destino previsto en su pasado humilde–, en una sociedad dividida en clases sociales, en el personaje dominado por esta otra pasión fría hallamos, por el contrario, el impulso de entregar sus vidas a un deber, una vocación o una causa. Pero en el siglo XIX, como afirma Enrica Villari, “La fascinación por el deber no era un amor a la ley por sí misma, sino una preocupación por la higiene del yo”. Los modernos quieren hacer del deber heroico una pasión personal y subjetiva y es en esa contradicción imposible de salvar donde la entrega a una vocación o causa naufraga. Es lo que les ocurre a los protagonistas principales de Middlemarch.

En una carta de George Eliot a John Brackvood, mientras escribía Middelmarch: su objetivo era mostrar “la acción gradual de las causas ordinarias, no de las excepcionales”. La novelista era consciente de que esas causas ordinarias –las limitaciones que el pueblo y su presión social tanto como la búsqueda de la felicidad personal imponen– limitan y condenan a la postre el proceso de emulación heroica de los protagonistas. Lydgate, admirador de los grandes médicos de la Antigüedad, que pretendía investigar el tejido humano original hasta encontrar una panacea médica universal, termina escribiendo, como mayor logro, un humilde librito sobre el tratamiento de la gota. Admirado, rico, arruinado, preso en las redes de un amor fou con una mujer frívola y superficial, termina cumpliendo un destino convencional que desmiente su inicial entrega a la causa de la filantropía médica.

Dorothea, por su parte, una “mente teórica” admiradora de Locke y Pascal, decide casarse –como un acto, también, de entrega– con Casaubon, un hombre culto y tolerante mucho mayor que ella. Las “causas ordinarias” acaban convirtiendo ese matrimonio en un fracaso, que, sin embargo, devuelve la humana piedad a la protagonista en su fase final, cuando conoce la enfermedad de su marido y de la empatía del sufrimiento surge el perdón. Son también las causas ordinarias de la pobreza que ve en su viaje nupcial a Roma las que provocan su desprecio por el Arte: “¿Son necesarios tantos cuadros?”.

La lección de Georges Eliot en Middlemarch es una desengañada y venenosa, cuyos ecos resuenan aún en nuestro mundo. En sus palabras: “todos nosotros nacemos en la misma estupidez moral, tomando el mundo como una ubre con que alimentar nuestros yoes supremos”. Queda la sensación de que la raíz de la renuncia a sus privilegios aristocráticos de Lydgate o el matrimonio intelectual de Dorothea es, simplemente, el aburrimiento, el deseo de superar una vida banal y provinciana, prefijada de antemano. Como señala Villari, a Dorothea le mueve, en el plano moral, la misma rebelión contra la aburrida vida burguesa que a Emma Bovary (y añadimos nosotros: a Ana Karenina, a Ana Ozores, a Effi Briest…, otras tantas protagonistas entregadas a pasiones inútiles, de otras tantas novelas decimonónicas) en el ámbito del placer o del amor…

La mano que toma, que no se conforma con recibir, se ve abocada siempre a un parecido fracaso –en cierto sentido, son protagonistas de tragedias ridículas–, en las sociedades burguesas de después de la Revolución. Da igual que el impulso original sea la ambición, el deber o una causa. La contradicción imposible que termina transformando en cenizas sus motivaciones primeras es la de difícil o imposible compatibilidad entre una causa abstracta (vocación, revolución, deber, poder) y la búsqueda, al mismo tiempo, de las dosis de felicidad necesarias para la vida cotidiana. La paradoja de entregarse a una vida heroica o ejemplarizante en un mundo que ya no tiene –ni quiere– héroes. Que aborrece incluso la magnanimidad, en cualquiera de sus manifestaciones, en el afán de uniformidad mesetaria que es el verdadero espíritu de la colmena contemporánea.

[1]. Fiorentino, Francesco, ‘La ambición: Rojo y negro’ (‘L’ambiziones: Il rosso e il nero’, incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, enero-febrero, 2015.

[2]. Villari, Enrica, ‘El deber: Middelmarch’ (‘Il dovere: Middelmarch’, incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, enero-febrero, 2015.

Salado

El arroyo de mi infancia se llamaba Salado y ya no existe. Siempre fue de muy escaso caudal, aunque los mayores recordaban desbordamientos en años de lluvia. También recordaban remansos que hacían las veces de baños populares en el mundo anterior a las piscinas. Era de agua agria y helada, saltarín y de fondo pedregoso. Según avanzaba y se alejaba del pueblo, el agua se volvia negra por los vertidos de alpechín de los molinos de aceite…

A mí me encantaba andar descalzo por el agua fría, sobre los cantos rodados de su cauce. Un día famoso en mis recuerdos, intenté recorrerlo a contracorriente hasta su nacimiento, pero aunque llegamos cerca,  los pies, doloridos, nos lo impidieron. Charlando, dormitando en alguna umbría de sus orillas, ni sé las veces en que acudí a él para agasajar mis sueños. Mi vida no habría sido igual sin aquel humilde río…

Leer como rezar

Para el escritor noruego Jon Fosse, escribir es rezar. Para mí, rezar es leer; por eso todas las mañanas lo primero que hago es abrir un libro. Me preparo, así, para desentrañar el mundo que el día prepara. La realidad es una trama de signos y los libros contienen los códigos para descifrarla. Con las primeras luces, concluyo mi rezo, iluminando el primer misterio de hoy… Como en el paródico padrenuestro de Gaston Bachelard, «el libro nuestro de cada día, dánoslo hoy».

Celacantos

La primera vez que oí hablar del celacanto, un pez abisal al que se le calculan 400 millones de años de vida en la Tierra, no fue en ningún manual o página de zoología,  fue en una novelita muy sugerente de Amélie Notomb, Los nombres epicenos, una historia de amor, celos y odio:

Hay un pez en las profundidades llamado celacanto:cuando ya no tiene medios para seguir viviendo, programa su muerte. Entra en una fase comatosa, hasta que las condiciones de su vida se restablecen. El tiempo deja de existir para él.

Supe, en ese momento, que tenía que escribir algo sobre él, aunque no sé todavía exectamente qué. Buscando información que no sea solo descriptiva y clasificatoria, he encontrado, en un programa sobre ciencias de Radio 5 (de la RTVE), Ciencia al cubo, de América Valenzuela, un episodio dedicado a este extraño pez, en un estilo narrativo que transmite muy bien una sensación de sorpresa parecida a la que sentí yo. He aquí el relato de su descubrimiento, según la locutora:

Un buen día de 1938, la bióloga Marjorie Courtenay-Latimer daba un paseo por los muelles de la ciudad sudafricana de East London cuando entre la pesca descargada por una barca descubrió un pez muy raro. Un pez que no había visto nunca.

Ella lo describió como el pez más bonito que había visto jamás. Poco después se dio cuenta de que era un animal que se creía extinguido hace decenas de millones de años. Era un celacanto. La sorpresa para ella y para el resto de la comunidad científica fue mayúscula.

¿En qué consiste su belleza? ¿Tal vez en sus características anatómicas? ¿En su intrigante capacidad de supervivencia? De su cuerpo ha llamado la atención, desde que se le conoce, los dos pares de aletas lobuladas extendidas desde el cuerpo hacia afuera, semejantes a unas patas, que se agitan sucesivamente. Asimismo, una coyuntura intercraneal que le posibilita expandir su boca de forma que traga presas de buen tamaño. Por qué aletas/patas? Surgió en una época en la que la vida no transcurría en las aguas sino en la tierra: otro misterio. Como el hecho de que posee una estrafalaria médula ósea en un canal conocido como notocordio, que está lleno de un líquido aceitoso, que realiza sus funciones. O quizá su «tecnología» de caza, que realiza con la ayuda de un  electro sensor ubicado en su hocico, que probablemente emplea para ubicar a sus presas. Al ser depredadores noctámbulos, pasan el día en cuevas recónditas.

¿Es ese carácter esquivo el que ha propiciado su supervivencia en plena Sexta Extinción que está propiciando el hombre? El descubrimiento de celacantos en Indonesia, además de los africanos, ya conocidos, parece confirmarlo, aunque quién sabe? En Internet he descubierto este anuncio: Cómo pescar al celacanto?

Pero su belleza está sobre todo en el breve apunte de Amélie Nothomb sobre su capacidad para «programar su muerte» temporalmente. En la incógnita profundidad de su cueva, reduce al mínimo su actividad vital y sus necesidades alimenticias, a la espera de que las condiciones de su ambiente hagan posible de nuevo su vida. ¿Durante cuánto tiempo es capaz de hacerlo? ¿Cómo descubre esos cambios?

En el relato de nuestra autora, la referencia al celacanto es, aparentemente, marginal y deja al lector que encuentre la relación con la trama de la novela. Esta gira en torno a la historia de una venganza por desamor absolutamente desmesurada: el personaje masculino, incapaz de olvidar una relación fracasada de su juventud, planea un engaño de tal magnitud que, a lo largo de más de 20 años, pone en juego su propia identidad y felicidad, la de la mujer con la que se casará y la de la hija que tiene con ella, a la que odia…

La habilidad para la simulación de la muerte del celacanto, nos parece decir Nothomb, ejercida para el mal y la desgracia. ¿Sería posible aprender de ese ejercicio de autoinhibición temporal de la vida del misterioso pez, traducida en una reducción radical de nuestra descabellada idea del crecimiento sin fin, para detener el reloj de las catástrofes que se avecinan?

Marce

Infolibre publica una carta (la última desde la cárcel de Carabanchel) dirigida a su familia por Marcelino Camacho, una figura (que debería ser) mítica del sindicalismo español, cuyo nombre está asociado al nacimiento y potencia de las Comisiones Obreras. Un hombre honesto, fresador de oficio, porfiado luchador desde su primer trabajo en la Perkins, que pasó 14 años en las cárceles de Franco. La carta, presentada por su hijo Marcel con unas emotivas palabras donde recuerda el significado tan distinto de la palabra «libertad», gritada en las calles entonces y hoy por la extrema derecha en el Parlamento, va acompañada de una «instancia» que Camacho dirigía al director de la cárcel solicitándole una «audiencia extraordinaria». El motivo, protestar por el endurecimiento de la vida de los presos que no cesó de aumentar en los últimos años del dictador. «Aquí me encuentro, preso, pero con la moral y el optimismo de siempre». Así encabezó muchas veces sus cartas familiares…

Pienso a menudo que necesitaríamos «santorales laicos» con figuras como las del sindicalista (y científicos y pintores y escritores, mujeres y hombres…) que se ofrecieran como ejemplos o modelos, como espejos, al modo de los medievales «speculum principum» y «speculum sanctorum que lograran traspasar los espesos muros de institutos y universidades, entrar en las bibliotecas, en las plazas y barras de las tabernas…

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El contraste entre la balumba que nos ha traído en todos los medios, conservadores y liberales, antiguos o modernos, la muerte del futbolista Maradona y el silencio y olvido de «héroes de clase obrera» como Camacho, es hiriente, un retrato vivo de la España actual que homenajea en la calle al delantero argentino y glosa su picardía marcando un gol con la mano, mientras deja huérfanas las manifestaciones sindicales. Iconos, celebraciones y olvidos que son una tesis sociológica en sí mismos.

Pongo a continuación el enlace de la noticia y la transcripción de la carta:

#^Una carta para la libertad: la última misiva de Marcelino Camacho a su familia desde la cárcel franquista

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Transcripción de la carta:

Prisión de Carabanchel 26 de Noviembre de 1975

Querida familia: Esta semana que ha transcurrido todo está dominado por la muerte del jefe del Estado y la preocupación esencial, después, de lo que va a venir.

‘Cambio 16’, en su número 206 del 17, tres días antes, escribía: “Durante la dolorosísima enfermedad del jefe de Estado, las espadas se mantienen envainadas pero ya adoptan posiciones para enfrentarse una vez más como siempre, los dos grandes partidos de la historia moderna nacional: los que no quieren cambiar absolutamente nada, y los que quieren andar aunque sea un poco.”

‘Actualidad Económica’ del 18, en un editorial titulado ‘Cambio político y economía’ señalaba “el ambiente de cambio que reina la opinión pública ante la grave enfermedad del Jefe de Estado no se ha circunscrito al cambio estrictamente político sino que, como es lógico, ha trascendido al económico”.

El ejemplo más palpable es la bolsa. No existe ninguna razón económica para explicar y justificar las subidas generalizadas que se están teniendo lugar estos días en las bolsas españolas. Tampoco existe para pensar en la Cultura Económica -una vez que el hecho sucesorio sea definido- va a cambiar para bien y rápidamente a corto plazo. Adelantamos y estamos seguros de no equivocarnos que dentro de 3 meses, la inflación y el desequilibrio del sector exterior seguirán siendo igual de amenazadores que en los momentos actuales”.

Lo más problemático y al mismo tiempo lo más esperanzador, es lo que vaya a suceder en el largo plazo en nuestra economía. Aquí si que se entra de lleno y adquiere un papel primordial el contexto politico interno o, si lo prefieren, la evolución de nuestras instituciones políticas. La necesidad de una democratización de las Cortes hasta hacerla representativas, de unos sindicatos libres e indpendientes del Gobierno, etc…. la existencia de esos sindicatos haría posible el recurso a formulas depacto social, imposibles en la politica económica de nuestros dias.”

Después, el 20, la muerte del general Franco, hace ya que se hagan juicios, que se tomen posiciones y así, según ‘Arriba’ del 22 en cronica de F Ortega desde Nueva York, Kissinger declaraba que: “La evolución política de España es inevitable” y el cronista indicaba que “la Administración Americana espera una transición a corto plazo”, en el mismo sentido se pronuncia el órgano de las finanzas ‘Wall Street Journal’”.

En su editorial del 21-11-75, ‘Pueblo’ manifiesta que: “Estamos ante una España sin vencedores ni vencidos en una España que piensa de si misma que puede ser solidaria en la libertad y solo en la libertad. Calcúlese en buena hora y con toda aproximación necesaria que el grado de prudencia en el cambio; pero ya todos sabemos que no se puede ignorar el cambio. Las cosas de nuestra política han cambiado; han cambiado para siempre”.

“Se ha finalizado un amplio ciclo histórico caracterizado por el poder personal.”

Los cambios de personas, la aparición de un “Rey” en lugar de un “Caudillo”, puede tener su importancia sin duda, pero la clave para la solución de todas las incógnitas, sociales, económicas, políticas y religiosas, se llama libertad, sin la cual no habrá participación ni compromiso de ningún tipo.

Y el primer paso para “un efectivo consenso de concordia nacional” pasa por la concesión de una inmediata Amnistía para todos los presos por motivaciones políticas y sindicales sin exclusión y para los exiliados.

Y “una sociedad libre y moderna”, solo podrá crearse restableciendo las libertades democráticas -la libertad sindical en primer lugar- y las libertades nacionales autonómicas desde ya.

Y las “instituciones” solo integrarán a todos los españoles, en la medida en que nos pronunciemos sobre ellas.

Y la “hora dinámica cambiante”, exige que después de lo anterior se pueda crear constituyentemente lo que se necesite.

Sobre la base de respetar lo señalado, poniéndolo en práctica, con hechos, nosotros nos comprometemos a buscar siempre soluciones pacíficas y por supuesto aceptar el fallo de las urnas, el juego democrático, sea o no de nuestro agrado el resultado. Protagonista el pueblo soberano.

En fin como no creo que por el momento os vaya a escribir muchas cartas un preso por motivos sindical-laborales desde la cárcel y hacerlo en persona, os abraza. Besos a Sergio.

Marce