El reino de la necesidad

Rajoy se ha instalado en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Cuando dijo, en la presentación parlamentaria de la penúltima tanda de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone», renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce el poder de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI o del mismo gobierno alemán, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa.

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El reino de la necesidad

Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando» (ya hablamos de ese estado de cosas hace un par de años en El golpe blando). Pero en tal caso, lo que debe hacer un gobernante que crea en puridad en una democracia deliberativa, a quien le impiden cumplir un programa electoral por el que fue votado, y, en el límite, fuerzas ocultas lo inhabilitan para elaborar estrategias alternativas, para poder elegir libremente la mejor opción para los ciudadanos a quienes representa, ese tal gobernante debe dimitir. Muchos, en España, nos preguntamos por qué, en estas circunstancias, Rajoy no dimite.

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga Lo que sea necesario»)el funesto abuso, por parte del ex presidente Zapatero, de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a Rajoy, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual o la Roma imperial.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, adaptar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical (y 2)

«Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es la indagación crítica de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico, no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

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Prisioneros de la escena: la visualización de lo que entendemos por una ética radical.

Pero este examen requiere de dos axiomas: la superioridad de la ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, por usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hace Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacer pasar por tal quienes quieren hacer de la moral egocéntrica el motor del mundo, con mentiras como las del neoliberalismo -el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo- lo confirma. En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparecen como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en un rosario interminable de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos, que ejemplarizan esta moral radical. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en el hecho de que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto primario de la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo, son solo una parte), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano, y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia social. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales, choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hace con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino, a la que yo había llegado por otro lado hace unos años (el lector curioso puede leer a este respecto, por ejemplo, mi penúltimo artículo en La Opinión, en mayo de 2010, «Prisioneros de la escena»). Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionada por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, como hacía yo, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno, tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

Hoy mismo veo confirmada la intuición con que empezaba esta serie de que el crecimiento de artículos en los que predominaba la reflexión ética, en concreto en diario El País, parecía llevarnos a la génesis de un cambio de perspectiva (la incorporación del pensamiento ético a la razón común) con la publicación de dos artículos más, en el mismo diario, en esa línea. Uno es de Reyes Mate, sobre un tema al que ha dedicado mucha atención siempre: la culpa política y la culpa moral, a propósito en esta ocasión de las entrevistas que están teniendo lugar entre victimarios y víctimas de crímenes terroristas de ETA en Manglares de Oca. Reyes Mate tiene una cabeza muy bien ordenada y su exposición es, en consecuencia, clara y pedagógica. Se puede leer con provecho su inquisición sobre la función o utilidad de estas entrevistas, que no es otra que propiciar el nacimiento del ámbito de la culpa individual (el sufrimiento personal consecuente, y el arrepentimiento) y del perdón («el asesino es más que su crimen»). Como conclusión de todo ello, según se nos deja adivinar en el artículo, está la presumible toma de medidas de reinserción de estos presos en un futuro cercano.

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Adelson presentando su proyecto en Madrid

El otro es un texto de Rafael Sánchez Ferlosio (Luz de neón) sobre la azarosa -vergonzante y vergonzosa- ubicación de Eurovegas, actualidad que también era objeto de crítica por parte de Francisco Rubio Llorente hace una semana, según se recordará de la referencia que a él hacíamos en la primera entrega. de esta reflexión. La comparación entre los dos enfoques nos puede servir a nosotros, también, de corolario final. Era la cosa que Rubio Llorente criticaba sobre todo el olvido de los valores morales de los políticos regionales y locales implicados, en situación de gobierno y de oposición en la definitiva ubicación del supercasino, lo que para él, además, era un error político. Ferlosio, sin mencionar en ningún momento términos relacionados con la ética o la moral, adopta, sin embargo, esta perspectiva del escenario, de ética radical que defendemos aquí. El escenario que dibuja es geográfico y político: las Vegas fue construido en un desierto del estado de Nevada, lejos de cualquier población. Una legislación muy restrictiva -en la se incluía un referéndum- obligó a hacerlo así. Nuestro Eurovegas, por el contrario, pretende erigirse a cinco kilómetros de Madrid o Barcelona. El escenario político es, por otro lado, la elección de España por nuestra voluminoso índice de paro, es decir, la escena perfecta de un chantaje. Una joya periodística escrita de forma transparente desde una ética (y estética) radical con cuya evocación acabamos, por ahora, esta serie. Tal vez aún quepa apurarla más adelante, porque, lejos de la especulación más o menos académica a que pueda sonar, como habrá comprobado el lector atento, tiene que ver más bien con nuestra misma vida cotidiana y nuestros actos, nuestros apuros, confusión y agobios.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad, de la pérdida de una ética compatible con la condición humana tal como la entendemos hoy. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del supuesto espíritu de equipo de los futbolistas españoles que acaban de ganar la Copa de Europa, Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría.

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Pangloss adaptando el mundo a su medida: una ética de diseño

Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de un grupo de futbolistas multimillonarios puede ser un ideal colectivo, un modelo ético. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Por no mencionar el grado en que el fatuo mundo del fútbol contribuyó a la burbuja financiera en Europa. Cuánto cinismo; tanto como el que delataban unas cuentas que hizo el diario Público el 8 de diciembre de 2007, que mostraban cómo, de los 133 alcaldes acusados de alguna irregularidad antes de las elecciones municipales de ese año, el 70 por 100 volvió a ser elegido para ocupar el cargo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, una cierta hartura de esta falta de ética y cara dura, aceptada tan resignadamente por todos durante estos años de plomo, empieza a notarse y a trascender, no sólo en los corros incansables del 15M, sino en los medios periodísticos y judiciales. Un leve cambio de perspectiva, si quiere el lector, una ligera brisa de aire de pensamiento fresco en el país más panglosiano de Europa. No me refiero tanto a esos desfiles de imputados en el desfalco de Bankia, que hemos visto hoy en los telediarios con Rato a la cabeza, de entre los que gozan de merecida fama. No: ese desfile acabará pronto, me temo, olvidado o difuminado entre recursos, apelaciones, legajos, polvo, olvido. Los delitos de guante blanco, ya sabemos. No, me causa más sorpresa la coincidencia en estos días de, al menos que yo haya leído, dos artículos publicados en El País que tienen en común una reivindicación del pensamiento ético como condición imprescindible para abordar la cosa. No es nada novedoso, ya lo sé, y quizá únicamente se deben al mes de julio: la canícula es adecuada para la lectura reflexiva (agosto es el mes de los relatos literarios), según reza el tópico de la prensa en verano. O tal vez es sólo la pachorra tonta y blandita que entra con la calor, o las ganas que tiene uno de ver algunas luces donde, a lo peor, sólo están las sombras de siempre.

Pero en fin, sea como sea, vamos al cuento. Uno de los artículos a que me refería es de Adela Cortina, que lo tituló como Ética en tiempos de crisis. En el tono de bonhomía habitual en ella, sintetiza de maravilla la «filosofía» neoliberal y panglosiana con un refrán que yo no conocía: «todo lo que no son cuentas son cuentos», y reivindica el enfoque ético de la economía política con argumentos sensatos pero ingenuos, pues todo queda reducido a la esperable petición de responsabilidades, transparencia y ejemplaridad en la vida pública. Es decir, la perspectiva tradicional que limita la moralidad al comportamiento individual. Más intencionado, pero con las mismas limitaciones en el fondo, es el artículo que el prestigioso constitucionalista Francisco Rubio Llorente dedicó a relacionar el «nuevo modelo productivo» (que de «nuevo», como él mismo dice, no tiene nada) con la mezquina disputa entre las autoridades de Madrid, Barcelona y Valencia -que se sepa- por atraer a sus demarcaciones esas Vegas europeas que Sheldon Adelson, el magnate de la «industria del vicio» de Nevada, está decidido, con empeño sospechoso (sospechoso por el prejuicio fundado que pueda tener respecto a nuestros gobernantes), a instalar en nuestro país.

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I+D+I según Forges

La profunda inmoralidad de esto es, en las claras palabras de Rubio Llorente: la «alborozada disposición» de nuestras autoridades a «darle cuanto pida y aún más. Y según las informaciones de la prensa, lo que pide no es poco: edificabilidad sin restricciones en los terrenos elegidos, vías de acceso, servicios de agua y energía, exención de impuestos y cuotas a la Seguridad Social, supresión de trabas en el mercado de trabajo, en la inmigración y en el mercado de capitales». Y termina con esta contundente afirmación: «Forzados a hacer todos ellos (nuestros gobernantes) la misma política económica y social, habían intentado mantener sus diferencias ideológicas en el campo de los valores morales: por ejemplo, ampliando la libertad de la mujer gestante para abortar o, por el contrario, restringiéndola para protegerla así de la presión social que induce al aborto. Si dejan de lado la moral a la hora de optar por el nuevo modelo productivo, nadie podrá nunca volver a tomarse en serio su preocupación por los valores».

En Rubio Llorente hay una mayor intuición que en Elena Cortina respecto a la correcta perspectiva que debe adoptar la ética si queremos que sea realmente valiosa y útil para ayudarnos a salir del planeta panglosiano. Esa mayor lucidez nos parece verla en que no quiere reducir la ética a las relaciones interpersonales, a un acto de la voluntad, sino imbricarla en el nuevo modelo productivo. Pero, al reducirlo todo al final a un simple error de cálculo político, tampoco aparece en su reflexión la reclamación de lo que Carlos París llama una ética radical, la única que podría salvarnos. Si el paciente lector me acompaña hasta el final en este rosario de razones, en la segunda entrega de esta larga entrada, entenderá por qué.

Contra Europa

Si Europa no es una federación como quería Jean Monnet (ni lo fue nunca, ni lo es, ni tiene pinta de llegar a serlo), ni tampoco es (ni antes, ni ahora, ni en un futuro imaginable) esa suerte de hermandad de gobiernos de naciones soberanas que le gustaba imaginar a Charles de Gaulle, ¿qué es Europa? Quizá la mejor respuesta es la del economista ultraliberal Friedrich Hayek, que la definió como una catalaxia, es decir, como un orden que nace del ajuste mutuo de muchas economías en un mercado único.

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Pintoresca, vieja Europa…

Aún hace apenas unas décadas, antes de la implantación del euro, cuando todavía la socialdemocracia de los países occidentales tenía alguna conciencia crítica respecto a la Unión, se rechazaba ese constructo antidemocrático tildándola de la «Europa de los mercaderes». Qué lejos queda ya, en esta aceleración de la estulticia universal, incluso esa mínima reserva mental ante el atropello que vivimos, en nombre, para colmo, de un supuesto ideal fríamente ideado desde su origen para que se desarrollara al margen de la voluntad, los votos y los plebiscitos o deseos de sus ciudadanos. La misma idea de ciudadanía europea fue cuidadosamente apartada de los sucesivos planes con que se ha ido forjando este engendro.

Europa es una selectiva maraña de disposiciones legales, jurídicas y administrativas diseñadas a la mayor gloria del dios de los negocios, infinitamente adaptables a las circunstancias. Piénsese en la manera en que los subterfugios del Tratado de Lisboa sortearon, como si nada, los refrendos negativos de los votantes de Francia y Holanda, o cómo del Tratado de Mastrique (así españolizó nuestro Lope de Vega el nombre de la vieja ciudad imperial de Maastrich), que, según se lea de una forma u otra, permite o no que el Banco Central financie a los estados miembros de la Unión, ha sido interpretado y sancionado según las conveniencias del gobierno y los banqueros alemanes actuales, facción dominante de la catalaxia.

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Mercader de otros tiempos.

Del mismo modo que se olvidó el interesante debate sobre la Europa Oriental, con Turquía en primer término, con las importantes cuestiones religiosas que trajo al primer plano; o cómo, después de la grande bouffe de la banca alemana en Grecia (financiación del crédito que debía ser gastado en la compra de productos alemanes, en un círculo que se consideró virtuoso mientras convino), ese país ha sido transformado en el invitado gorrón e incómodo al que se invita discretamente a abandonar la fiesta…

La Unión Europea, en efecto, es un producto de la guerra fría y de la democracia cristiana dominante en Europa al finalizar de la II Guerra Mundial. Las reformas constitucionales que se hicieron entonces (las que se ultiman ahora para el control del déficit presupuestario son su culminación) formaban parte de lo que algunos estudiosos llaman la democracia militante: un conjunto de normas que querían prevenir fenómenos como el nazismo o el comunismo, que ocuparon con tanta facilidad el territorio sin vigilar de la República de Weimar o la soñolienta Rusia de los zares; un proyecto muy meditado que, con la ayuda del Plan Marshall, pretendía amurallar las democracias débiles, excesivamente deliberativas y expuestas a revueltas y plebiscitos de la Europa de los años 30. No hay más que caer en la cuenta de que las instituciones europeas que detentan el poder -el Consejo, la Comisión, el Tribunal, el Banco- no han sido elegidas por nadie. Sí lo es el Parlamento; pero es un parlamento merovingio, de ornato, inútil, sin poder. Aún así y todo, el miedo a la URSS y a la porosidad del telón de acero trajeron como consecuencia (estratégica, no deseada) los años mitificados del welfare, del traído y llevado (en España apenas entrevisto en los años del boom financiero) estado del bienestar, hoy subastado en almoneda pública, junto a todo el procomún todavía vendible.

Europa no es en absoluto un sueño utópico, como algunos se empeñan aún en afirmar. No sé siquiera si lo ha sido alguna vez. Tal vez hubiera presentimientos de una Europa posible en la cabeza de Arias Montano, de los Valdés o de tantos humanistas como se pasearon por la Europa imperial como por su casa, con el latín como lengua viva. Quizá incluso, aun militarizado y onírico, planeara en las inteligencias malversadas de intelectuales nazis como Carl Schmitt o Martin Heidegger. A lo mejor en el medievalista E. R. Curtius o en nuestro Ortega y Gasset y sus utopías de un nuevo humanismo dirigido por las élites cultas de Europa. Seguro que también en el universalismo eurocéntrico de Karl Marx o en la hiperactividad de la revolución continua de León Trotski.

Pero la misma diversidad e inconcreción de ese sueño, su poco enraizamiento entre los ciudadanos e intelectuales de hoy mismo desprenden sólo un fútil aroma de nostalgia inútil y frustrante. Quizá la sola excepción sea (por su cantidad y duración en el tiempo) la de las conocidas becas erasmus o similares. Más que nada por las dudas que provoca, por su naturaleza de semilla, en el sentido de alguna Europa de ciudadanos que pudiera estar germinando, o convirtiéndose en crisálida, en estos miles de jóvenes estudiantes esparcidos por los estados de la Unión, aprendiendo, compartiendo, dialogando…

Bien poca cosa, como ven los amigos del blog, frente a esta bacanal inmoral del euro y su salvamento en que los impuestos se han convertido en confiscaciones, el humanismo europeo en mera palabrería, la política, en el renovado «tinglado de la antigua farsa» y la soñada universalidad europea ha devenido en este triste y asfixiante provincianismo cultural

Contra Europa, pues como decía Anna Harendt, hemos perdido el mundo. Para lo que interesa en nuestro asunto: hemos perdido Europa, entendida esta como un contorno dador de un sentido a nuestros trabajos y fatigas, un orden que eliminara la posibilidad de cualquier guerra como imaginaba Monnet, un nuevo humanismo como el soñado por Curtius… Contra Europa, pues; contra esta Europa de los mercaderes, en tanto al menos que crecen y sueñan los erasmus, por si acaso se transformaran en mariposas de un nuevo viejo mundo.

Rubalcaba, por ejemplo (la miseria de la retórica)

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político 1.
Giorgio de Chirico Misterio y Melancolía de una calles 1914
Como es válido para todos, cualquier ejemplo vale. Tomo, para el caso, el uso de un tristísimo retruécano, una lene inversión que, por todo recurso, improvisó Pérez Rubalcaba en un impotente intento de desmarcar su opción de economía política frente a la del partido gobernante. Dijo, más o menos, que el PP quería control del déficit y crecimiento económico, pero que el PSOE, que él representa, pretende crecimiento económico y control del déficit. El pobrísimo retruécano de dos conceptos (tan vacíos, por su lado, como todos los que pueblan el desierto semántico y referencial de la ciencia económica) sin presencia humana no esconde más que la sombra verbal de la inacción en que él mismo y su partido están paralizados, la traducción simbólica de su impotencia real y proporcional, complementario, en un espejo invertido -como él quiso decir, tan pobremente- de la facción que ocupa el poder en la actualidad.

Este mismo veterano político del ala derecha del PSOE usaba, días atrás, otra penosísima figura retórica, que en su vertiginoso vacío transparentaba el vacío de su oferta política. Se trataba, aquella vez, de una antonomasia: «lo que dice Hollande es lo que hay que hacer en Europa». La antonomasia contemporánea es siempre paupérrima, porque estos no son tiempos fáciles para la emulación y la eponimia; queda ya tan lejos el «como dize Arisótiles, cosa es verdadera…». En cuanto al vecino listo francés con el que Rubalcaba quiso hacer su antonomasia, coincidirá el lector conmigo en que tampoco es que el hombre esté para tirar cohetes.

Tampoco se le habrá escapado al amigo lector, entre las abundantes y mustias manifestaciones verbales de diputados, ministros o periodistas que salpican los Medios, la admonición de De Guindos, ministro del ramo, que elegía una común y fastidiosa personificación para avisarnos de que «el euro se la juega en Italia y España en las próximas semanas». De nuevo el paisaje vacío de personas, otra vez el hiriente desierto geométrico, como una ciudad de De Chirico, sólo habitada por una suerte de guerrero o futbolista solitario que «se la juega» en dos campos de batalla o fútbol, Italia, España…

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica, política de quienes «nos representan», uno -que se dedica a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a diario, tantas veces. Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los deberes», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

Democracia y populismo (y 3)

Ayer mismo, sábado 12 de mayo, volvieron a ocupar las plazas de 80 ciudades españolas esas bandadas de gente, de todas las edades y condición, que conocemos bajo la advocación, algo triste aunque muy de estos tiempos, de 15M. Volvían a ponerse bajo los focos de la información oficial con la alegría del cumpleaños, y cargados de razón. Se han reunido en asamblea permanente hasta el martes y aparecen tan sin líderes, tan apasionados del debate, y tan enamorados de las acampadas como siempre. De «pueblo» viene populismo; pero más aún hunde ahí sus raíces, en el «populum» de la lengua madre, popular, como populares son estas revueltas.

Asamblea del 15M en Motaralaz (Tomás D'Angelo)
Asamblea del 15M en Motaralaz , deTomás D’Angelo (licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.)

Con paciencia, sine ira et studio, mucha gente le ha ido cogiendo gusto a juntarse, acampar, compartir, apelotonarse y hablar y discutir, y más hablar y discutir, y reír y enfadarse. Tal vez en ellos, en esa multitud sin líderes estemos asistiendo, como parteras, a los primeros vahídos de ese nuevo sujeto político colectivo necesario, que creemos atisbar, tanto o más que en las revoluciones, en los políticos y votantes populistas.

Las bandadas (uso la palabra adrede, como Deleuze, para designar a estos grupos deliberativos frutos de la organización espontánea, nómadas del antagonismo social) asamblearias, que luchan por estirar los límites de las actuales democracias formalistas y hueras, están aún en su etapa de crisálida. Corren el riesgo, como tantas y tantas revueltas, algaradas y revoluciones que han intentado antes alumbrar un mundo nuevo, de ser absorbidos por las poderosas, experimentadas y engrasadas, glotonas máquinas estatales, y devenir mariposas secas de coleccionistas hegelianos. Ya recordarán seguramente, en este año de vida secreta del 15M, unos anuncios de teléfonos móviles de Telefónica, pasados por televisión, en que un corro de jóvenes debatía -unos levantaban la mano para intervenir, otros discrepaban apasionadamente- sobre las virtudes de un telefonito frente a otro, en un infame remedo publicitario de una asamblea… La capacidad de integración de cualquier apocalipsis que han mostrado los regímenes de las democracias mercantiles es realmente asombroso. Y empieza siempre por el lenguaje, verbal y no verbal, de los disidentes, para apropiarse después de su realidad alternativa, con el apetito bulímico con que lo devora todo el capitalismo.

Por eso, veteranos teóricos de la revolución, como Antonio Negri y Michael Hardt, llevan años itentando pergeñar un nuevo léxico que ayude a nombrar y pensar las nuevas revoluciones, unas estrategias libertarias, al gusto contemporáneo, que nos lleven a ocupar el lugar vacío del poder, desde el que la tiranía de la exclusión (la propiedad, el dinero no se tocan) gobierna el mundo globalizado. Así, en ese intento, la vieja -hoy humillada, dispersa y enferma– clase obrera es sustituida por la multitud sin número ni líderes; se reivindica el ancestral, y no desgastado nunca, apelativo de pobres y hasta el amor, sentimiento tan atropellado por la burguesía o el cristianismo, se transforma de nuevo en fuerza revolucionaria poderosa, en sustitución de tecnicismos eufemísticos tenues y quebradizaos como solidaridad.

Otros recios pensadores, como el proteico esloveno Slavoj Žižek ya mencionado, llevan años en un intento, divergente pero complementario al de Negri y Hardt, de rearmar el pensamiento crítico. En un esfuerzo desmesurado por aunar el pensamiento marxista con el psicoanálisis ecléctico de Jacques Lacan, Žižek propone una relectura crítica continua de los intentos revolucionarios fallidos, apoyándose en conceptos aún tremendamente vivos y útiles como el del fetiche; pero no sólo el fetiche marxista de la mercancía, sino el fetiche ideológico que, como el psicoanalítico, nos hace aceptar sin más la tragedia de la realidad social contemporánea.

En sus palabras: «Cuando nos encontramos con una persona que afirma no creer ya en nada, que asegura aceptar la realidad social tal como es realmente, hay que hacer frente a tales afirmaciones diciendo: De acuerdo, pero ¿dónde está tu hámster, el fetiche que te permite aceptar (fingidamente) la realidad «tal como es«?» El hámster a que se refiere es el de un conocido caso en el mundo del psicoanálisis que cuenta la historia de un viudo que había perdido a su mujer a causa de un cáncer terrible y que, sin embargo, parecía sobrevellarlo todo con una tranquilidad inesperada e increíble. Se vino abajo, hasta tener que ser internado, cuando murió el hámster de su mujer, que le permitió durante un tiempo soportar el dolor terrible…

Democracia y populismo (2)

Así que el populismo lo vemos aquí como una manifestación de la incomodidad que producen los límites de la democracia cuando se convierte en un régimen legalista, procedimental y mercantil. Para recordar hasta qué punto es así, nos bastaría recordar que el presidente Bush ganó sus primeras elecciones por unos doscientos votos disputados hasta el final en el estado de Florida, y que tras agrias y dudosas intervenciones judiciales, lo auparon a la presidencia de EE. UU. Sobran los comentarios sobre las tremendas consecuencias históricas que aquel puñado de votos tuvieron para los pueblos del mundo.

Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz)
Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz).

Del mismo modo es una verdad compartida que las democracias contemporáneas reducen la relación partidos / votantes a una relación fiduciaria, en la que el voto equivale a un capital que se invierte en acciones para obtener determinados servicios. Tanto como que los partidos se comportan como empresas o fondos de inversión que, mediante técnicas publicitarias, de pura mercadotecnia, ponen todos sus esfuerzos en captar inversionistas que les den la mayoría en la junta de accionistas. Por eso se producen tan ácidas y descarnadas disputas en torno a la posesión o control de los grandes medios de comunicación, o -como ocurre ahora tan a menudo- la información, la debida rendición de cuentas de los gobernantes, se sustituye por la realización y difusión de vídeos propagandísticos, o anuncios institucionales, zafios y consignatarios -ahora menudean los del PP con las bondades futuras de las reformas-recortes, y los del PSOE, en adecuada réplica especular-, pergeñados con el mismo lenguaje infame de la publicidad, con sus promesas implícitas de felicidad fetichista y sus elementales artificios retóricos.

No hay democracia deliberativa, ni en las instituciones ni en los grandes Medios. Ha sobrevivido , tal vez, en ese movimiento asambleario, que conocemos con el nombre genérico de 15M y que, pese a su alejamiento de los focos de las cámaras, parece que ha ido tejiendo, como una paciente araña, una red de de debates abiertos, de incipientes grupos de ayuda mutua -un poco al estilo de lo que hacen los Hermanos Musulmanes egipcios, slavando las distancias, naturalmente- por barrios y poblaciones de los hinterland metropolitanos, sobre todo. De esta otra manera de organización popular, no populista, hablaremos enseguida, en la tercera y última entrada de este miniserie.

Weil02 Populismo 300x252El populismo, pues, es un síntoma del malestar que producen esas características -degeneradas, perversas- de las democracias actuales en las que, eufemísticamente, se suelen llamar capas mas desfavorecidas de la sociedad. Como también lo son estas movidas populares que, en forma de marchas, protestas en vivo, inmediatas, en los lugares del descontento social: embargos, despidos, cierres; o reuniones en forma de corros en parques o plazas. Populares, hemos dicho, no populistas. Pero una y otra palabra vienen de «pueblo». Como decía al comienzo de la entrega anterior, los caudillos populistas, en su intenta de franquear los límites insatisfactorios de las democracias mercantiles, apelan en sus llamadas electores o insurreccionales, al «pueblo», es decir, invocan al sujeto político colectivo que la izquierda revolucionaria perdió u olvidó en el camino.

El «pueblo» es, en este sentido, la amalgama de los que hoy son tildados de «excluidos», las víctimas del antagonismo social, de esa lucha de clases unilateral declarada contra nosotros por los poderosos y ambiciosos del planeta, de que nos habla Noam Chomsky. El fenómeno populista, claro, ni es nuevo ni tan perverso como se nos ha querido hacer creer siempre. Ayer mismo (viernes, 11 de mayo), traía El País, en la sección de Internacional, unas declaraciones de la Secretaría General de la Presidencia de Chile con el tenor siguiente: «En Chile no existe el temor a un líder populista». Siempre es así, el populismo aparece como una descarte de póquer de quienes se sitúan con comodidad en el terreno de la realidad construida, dentro de los límites formales, legalistas y procedimentales de las democracias actuales.

El populismo supone siempre un peligro a conjurar por los políticos comme il fault, los portadores de los significantes vacíos (pero signigicantes-amo, por usar el vocabulario pisconalítico de Lacan, que dominan el espacio del debate público): como el de «crisis» como tópico explicativo que no explica nada. Ya nos explicó Marx que el modo de producción capitalista se define por sus crisis continuas. Y suponen un peligro porque, aunque sea de forma aprovechada o manipulada (o directamente peligrosa, como en el caso de los populistas de extrema derecha, o los que llegan al golpe militar), en el populismo se actualizan las referencias a los problemas reales de la gente, se habla de la vida cotidiana y sus infelicidades o incomodidades, el significante-amo de la economía es convocado, al menos, como un paisaje con figuras y no como un lugar vacío, sólo habitado por las estadísticas. Termino esta reflexión en la siguiente y última entrada.

Democracia y populismo (1)

Siempre que hay elecciones (y las tenemos fresquitas; a ellas vamos enseguida) el término populismo se multiplica en boca de periodistas o analistas políticos; sobre todo si, como en las francesas, griegas o municipales italianas, aparecen porcentajes de votos altos a partidos extremistas -en particular los de extrema derecha, que se llevan su buen trozo de la tarta electoral en Francia y Grecia- o a antipartidos, como los reunidos en el Movimiento 5 Estrellas que, bajo la irónica inspiración del cómico Beppe Grillo, va a llenar de concejales y alcaldes -esperemos que también y, al menos, de aire fresco y humor- muchas ciudades italianas.Populismo1 300x252

Y, sin embargo, hay pocos términos más imprecisos y escurridizos en el lenguaje político: compruébenlo los lectores en la misma provisionalidad con que presenta la entrada la Wikipedia, pulsando en la misma palabra «populismo» unas líneas más arriba. A mí me parece que la mejor aproximación es la que ensayó Slavoj Žižek, el provocador pensador esloveno, a partir del chiste del borracho que, tras perder el reloj camino de casa, de noche, se puso a buscarlo debajo de una farola, lejos del lugar donde lo había perdido. Al preguntarle uno que había presenciado la escena que por qué lo buscaba allí y no donde se le había caído, el borracho respondió: «es que allí no se ve nada y a la luz de la farola, sí».

Al votante seducido por el mensaje populista le pasa un poco como al borracho del chiste: le resulta más fácil de entender, se ve mejor. Y se ve mejor porque el político o partido que buscaba su voto había hecho dos cosas que son la luz de la farola: construir un enemigo, un antagonista fácil de identificar en la vida cotidiana, un culpable accesible sobre el que descargar el malestar. En el caso europeo, los emigrantes. Las fanfarronadas de los Le Pen, en Francia; los gritos y amenazas de la Aurora Dorada, en Grecia, son los ejemplos más recientes. Pero ya ocurrió hace años en la civilizada y musical Austria, en los países escandinavos. Aquí, entre nosotros, es fácil adivinar el secreto regocijo que habrán sentido muchos españoles con la medida, anunciada por el Gobierno, de negar el acceso, a los inmigrantes sin papeles, a los centros de salud. El votante así seducido es perezoso, como el borracho, para ponerse a buscar explicaciones en la calle en sombras de las ideas abstractas o de los rosarios de razones: se ve mejor a la luz de la farola.

Pero también el populismo, que tiene su caldo de cultivo en el descontento hacia la democracia, tiene el mérito -demérito de los anquilosados partidos tradicionales- de devolver estatuto público y meter en la realidad a un sujeto político colectivo: el pueblo. Al puebo, en efecto, se dirige con la complicidad persuasiva que, en coloquial, se traduciría por un «yo estoy tan harto como vosotros del turno de los partidos tradicionales, que sólo van a lo suyo; fijaos en esos emigrantes vagos que nos quitan el poco trabajo que nos queda, y que llenan los centros de salud; por eso me dirijo a vosotros, pueblo, sé que me entendéis, al pan pan y al vino vino…». A cuyo guiño, el votante seducido respondería con un «es que ya no puedo más, todos van a lo mismo, al trinque; tanta democracia y tanta palabrería…». Y, en efecto, el populismo político es una respuesta -sólo que muy sesgada, manipulada y basta-, y una manera de sacar provecho de, ese descontento que provocan los sistemas democráticos vigentes, que responden sólo a mecanismos procedimentales y formales, pero en las que la democracia deliberativa, la que encarnaría el verdadero antagonismo social, está ausente.

Cuando el populismo llega al poder -Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina-, y es lo suficientemente inteligente, da forma a ese sujeto político (el pueblo) fomentando la autoorganización o la ayuda mutua, una nueva identidad prestigiosa. Chávez supo hacerlo: economatos, centros médicos móviles, la educación musical como mecanismo de recuperación y nivelación social, los voluntarios paramilitares para crear orden… La misma inteligencia populista que muestra el recurso a las nacionalizaciones -de las que en España nos quejamos como gachupines ofendidos frente al atrevimiento criollo- que están usando los gobiernos argentino o boliviano, con la consiguiente reafirmación de sus imaginarios nacionales, hinchando su afirmación como «pueblos soberanos». Etcétera.

El populismo puede ser perezoso, pero no tonto. Ocupa el «lugar vacío» (como el de Ley, en el cuento de Kafka que comentábamos en las dos últimas entradas) que, según la teoría política, es el poder en las democracias. Como el gas, llena el espacio disponible abandonado por los partidos de la izquierda tradicional, o por los sindicatos, y su renuncia al sueño revolucionario. Aunque nos parezca algo socialmente monstruoso, el porcentaje de votantes de los Le Pen, en Francia, es proporcional al que tenía el viejo Partido Comunista Francés, hoy en el sueño de los justos. El populismo, pues, es el heredero, deforme y feo de la revolución; pero lo suficientemente hábil como para llenar su hueco. Su propia imperfección y obscelencia programada, no obstante, hace necesario seguir pensando en ese hueco social, en el irredentismo e invisibilidad del sujeto político sin nombre propio ni palabra que, mediante un nuevo antagonismo inteligente, sea capaz de torcer los inquietantes destinos a que nos aboca el capitalismo. Lo dejamos para la siguiente entrega, que esta ya se ha alargado demasiado.