Subalternos

Cuando ya se consagraba nuestra condición universal de consumidores, que venía a sustituir a las viejas categorías obsoletas de ciudadanos o trabajadores (como decía el artículo 1 de la constitución republicana de 1931: «España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia»), justo en esas albricias, llegó la crisis y nos dejó desnudos, desclasados, en la nueva clase-masa, con la cara de Pierrot, que se nos ha quedado, de consumidores que no pueden consumir.

Pensadores de las clases subalternas, en la estética de los Simpson
Pensadores de las clases subalternas, en el mundo de los Simpson

Alguna consciencia deben tener los gobiernos de ello a tenor del melodramático ataque y amenazas con que el nuestro quiere acoquinar a FACUA: «La directora del Instituto Nacional de Consumo envía una carta a la asociación de Consumidores en la que le insta a abstenerse de emprender campañas contra “la racionalización de gasto público” o será excluida del Registro de asociaciones.» (Público, 6 de agosto de 2012) Quién iba a decirnos que una inocente (políticamente hablando) organización de consumidores iba a concitar las iras del estado, con mayor virulencia que los mismísimos sindicatos.

En su calidad de representante de la clase-masa desposeída y ninguneada, FACUA responde con las ínfulas y dignidad -adecuadas a la nueva situación- de quien representa al agente social emergente, al sujeto colectivo de los consumidores atenazados por el IVA y la falta de crédito: «El ministerio de Ana Mato ha amenazado a FACUA con tomar represalias contundentes si seguimos criticando los recortes en sanidad y educación». ¿Asistiremos a huelgas y movilizaciones convocadas por las asociaciones de consumidores?, ¿conseguirá FACUA regenerar la «conciencia de clase» en nuestra sociedad?

No estamos exagerando. Recordemos cómo explicaba Marx la cuestión de las clases sociales en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte: «En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase». Comprobémoslo: El precariado (ex clase consumidora venida a menos) es el «estado general» de nuestras sociedades occidentales: incorpora a millones de familias con intereses comunes, tiene nostalgia de su antiguo modo de vivir -y siente un profundo rechazo por el actual-, se identifican con una cultura y aficiones diferentes a las de las clases de los ricos tanto como de las de las clases subalternas y está cargándose de razón y hostilidad porque se siente amenazada.

Lo que ocurre es que el precariado se disolverá, como una manifestación, como un azucarillo, en el momento en que vuelva a tener acceso al crédito fácil y se diluya su disgusto cuando, acaso, aumente de nuevo la «felicidad nacional bruta» del consumo. De la clase del 1/99, la de los ricos impenitentes qué podemos decir salvo que siguen a lo suyo con la constancia y el savoir faire de siempre, como una piña. Son mucho más aguerridos y ambiciosos que sus padres y abuelos (¡muchos echan de menos aquellos ricos con «responsabilidad social», con un punto patriarcal, del primer capitalismo industrial europeo, de la antigua banca timorata que defendía los intereses de sus clientes como una gallina clueca!), eso sí, en su inclemente declaración de lucha de clases unilateral. Ayer mismo publicaba El País un artículo de Joseph S. Nye en el que, a propósito de la nueva locura tecnológica (la extracción de gas y petróleo gracias al bombardeo con agua de las rocas de esquisto), reivindica a Nixon y su sueño de la independencia energética de EE. UU, que «podría hacer que este fuera el nuevo siglo norteamericano, al crear un ambiente económico en el que Estados Unidos goce de acceso a suministros energéticos a un coste muy inferior al de otras partes del mundo».

Sesión Extraordinaria I
El sujeto colonial

Como en la Guerra Fría, como si no hubiera ocurrido nada, como si los sueños rotos de la humanidad occidental desde el final de la II Guerra Mundial no hubieran existido siquiera. Qué decir de la clase dominante, que ejerce el poder con mano de hierro, de esta forma tan fiera y salvaje, salvo que si no surge un nuevo sujeto colectivo capaz de arrebatárselo, ella, la clase del uno por ciento, nos arrebatará, definitivamente, la vida, pues el mundo ya se lo quedó…

Queda la última esperanza, la de las «clases subalternas», como las llamó -el primero, que yo sepa- Antonio Gramsci, el lúcido pensador marxista italiano. Pero el problema de los subalternos es múltiple. Primero, conocer su extensión: cuántos son, dónde están. Y segundo y principal, que no tienen voz, que no hablan, que no sabemos escucharlos. Han crecido y se han multiplicado, son muchos más que el lumpen social tradicional, más que los prisioneros, los locos, los mendigos de los que hablaba Foucault. La nueva división internacional del trabajo forzada por la mundialización económica y las migraciones masivas que provocó, añadida y superpuesta a las dislocaciones -políticas, identitarias, sociales, sexuales, bélicas- del proceso postcolonizador han convertido a la clase de los subalternos en multimillonaria. En ella debe incluirse a las mujeres, víctimas de una «violencia epistémica» y real, transversal a todas las otras clases, en lucha secular por encontrar su propia voz y discurso, su sentimentalidad y su política. Pero no tienen voz, o no la oímos, o no pueden hablar. Gayatri Chakravorty Spivak, la más potente interrogadora del «sujeto postcolonial», lleva años indagando sobre esa mudez. Esta activa e inteligente escritora bengalí intenta explicar la distancia infranqueable entre Occidente y sus «otros» postcoloniales, en una relación equívoca basada en sus propias mentiras. No tienen voz los niños, ni los trabajadores, humillados y ofendidos, medicalizados y alienados como nunca en tan desgraciada medida como ahora. Seguiremos indagando y buscando la voz de los subalternos en otra entrada, si le parece al paciente lector, para no alargar más aún esta que aquí acaba.

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

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