El reino de la necesidad

Rajoy se ha instalado en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Cuando dijo, en la presentación parlamentaria de la penúltima tanda de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone», renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce el poder de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI o del mismo gobierno alemán, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa.

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El reino de la necesidad

Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando» (ya hablamos de ese estado de cosas hace un par de años en El golpe blando). Pero en tal caso, lo que debe hacer un gobernante que crea en puridad en una democracia deliberativa, a quien le impiden cumplir un programa electoral por el que fue votado, y, en el límite, fuerzas ocultas lo inhabilitan para elaborar estrategias alternativas, para poder elegir libremente la mejor opción para los ciudadanos a quienes representa, ese tal gobernante debe dimitir. Muchos, en España, nos preguntamos por qué, en estas circunstancias, Rajoy no dimite.

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga Lo que sea necesario»)el funesto abuso, por parte del ex presidente Zapatero, de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a Rajoy, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual o la Roma imperial.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, adaptar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

3 comentarios sobre “El reino de la necesidad”

  1. La desfachatez con que la hija de su padre –D. Carlos Fabra ‘el presidente’- ha pisoteado la cámara de representantes o Parlamento Español es toda una declaración de principios. Principios que durante años tuvimos que oír y que creíamos que habían terminado. Nuestra sociedad había conseguido algunas cosas –poquitas, como dice Maruja Torres, pero algo es algo-. Enseñanza, sanidad, transportes públicos decentes, prestaciones sociales importantes, leyes igualitarias…Todo esto hacía pensar que ya, después de años de penurias y complejos de inferioridad, nos podríamos asemejar a otros países europeos. Pero, mira tú qué dolor, los de Rajoy y los del padre de la hija dijeron de pronto que para qué quieren tanto, que si autonomías, que si ayuntamientos, qué gasto tan grande, cuando ellos previamente se lo habían llevado todo, y la pija esa hizo patente el sentir y el decir de los suyos con una frase: ‘que se jodan’. Y esto no es una anécdota, una salida de tono a reseñar en el libro de los olvidos. Ni hablar. Porque el BCE estará ahí, la señora Merkel también, los países mediterráneos y sus tristes historias también; pero en España, además, lo que nos ocurre hay que entenderlo como una venganza de las fuerzas más reaccionarias hacia la gente común, un ajuste de cuentas para aniquilar el poco estado del bienestar que habíamos conseguido, para responder a aquella pregunta que se hacían los señoritos de antaño (y de ahora):‘¿Para qué quieren los jornaleros un cuarto de baño si no saben utilizarlo?’
    Lo veo y lo siento así. El mitin de Wyoming lo explica mucho mejor.

    http://www.youtube.com/watch?v=im3iEIM622Q&feature=player_embedded

  2. Tal vez, Manuel, les fuera más fácil darse cuenta de la necesidad de su renuncia al poder si lo viesen como un método de reducción al absurdo.
    No se trata de que hago lo que la necesidad me impone, sino que no puedo hacer lo que prometí, lo que planificamos en mi partido, lo que entiendo que es lo necesario para mi país, porque no me dejan hacerlo, porque me impiden llevar a cabo mi propuesta electoral. Por eso, porque no puedo hacer lo que os dije, es más porque estoy teniendo que hacer lo contrario de lo que os dije, me veo en la tesitura de renunciar.
    Pero no, amigo Manuel, el poder, como decía un amigo mío, es una enfermedad de transmisión anal, es decir, que se transmite por el culo, a través de los sillones que acogen a quienes llegan a él.
    Volvemos a la lucha, con argumentos, pero sin poderes que nos faciliten derrocar al dictador.

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