Subalternos (y 2)

Decir de las clases subalternas, como yo hacía en la anterior entrada, que son la esperanza, es una manera de apelar a la sorpresa, de invocar la suerte de que la ampliación de la conciencia necesaria para que algo cambie (en el sentido en que lo explicaba y defendía en Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical, 1 y 2) provoque  el levantamiento social que necesitamos, la rebelión necesaria, que podrían encabezar los subalternos. Y que esa rebelión no fuera una repetición más de lo mismo, que no trajera otra reencarnación más de la democracia mercantil, que no consistiera en la reivindicación de un capitalismo más llevadero. Y es que parece que el discurso unilateral y  claustrofóbico de Occidente nos lleva a eso una y otra vez: la repetición de lo mismo.

Asamblea en Moratalaz
Asamblea en Moratalaz

Pero chocamos, como decíamos, con el silencio de los subalternos (o nuestra incapacidad de escuchar, nuestro miedo paralizante a otorgar una subjetividad al otro, sea ese otro mujer, inmigrante o nómada, prisionero o loco, aunque ya nos lo advertía la soleá de Machado: «el ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve»).

Agustín García Calvo -he puesto aquí al lado un vídeo de youtube con su intervención en la asamblea del 15M en Puerta del Sol en mayo del 2011- ha basado siempre su particular esperanza justamente en ese silencio de los excluidos del discurso oficial, en su indefinición y en su no cuantificación, pues muchos no son todos, o como decía en su libro de conjuros «mientras se está sumando no se puede saber el resultado de la suma». Con la intención de salvar ese «no saber», siempre se ha referido a los subalternos con nombres genéricos no excesivamente marcados: «la gente», «el pueblo», «los de abajo»; por la sorpresa que pudieran darnos esos de los que nadie sabe nada. En la charla en la Puerta del Sol habla precisamente de la «alegría inesperada» que aquella asamblea, que llevaba esperando 45 años (fue destacado protagonista de las rebeliones estudiantiles del 65), le había proporcionado.

El peligro, que ya preveníamos en Democracia y populismo (1, 2 y 3), es que el silencio es interpretable, el lugar del sujeto social, como el del poder, es un lugar vacío que cualquiera puede ocupar. De manera que, de pretender oír la voz de los subalternos, podemos pasar a hablar nosotros en su lugar. Es la advertencia que Luce Irigaray hacía respecto a las mujeres: está el hablar-mujer (el posible lenguaje, la escondida sintaxis que la mujer pueda rescatar de su silencio reprimido) pero está también el hablar-de-la-mujer, que no es más que una reproducción del discurso masculino sobre el mundo, el deseo o el amor, la política y el poder, más de lo mismo aunque sea otra mujer la que hable. Yo he denunciado en otros sitios cómo sucede del mismo modo en el dominio de la enseñanza y los adolescentes: hablamos todo el tiempo de ellos, pero no hablamos con ellos, no oímos su voz. Algo nos condena a eso.

Clases socialesFijémonos en algunos textos periodísticos de estos días en los que el subalterno emigrante, por ejemplo, es protagonista. María Antonia Sánchez-Vallejo, en un análisis en El País: «En la misma plaza Syntagma, epicentro del orden institucional, los neonazis de Aurora Dorada organizaron el miércoles un masivo reparto de comida solo para griegos. La beneficencia no tendría por qué resultar extraña (…) si los ciudadanos que guardaron fila para llevarse unos paquetes de pasta o arroz no hubieran tenido que rellenar un cuestionario con datos de su filiación personal, incluido el tipo de grupo sanguíneo». O un titular del mismo diario del martes: «Grecia se lanza a la caza del emigrante con la detención de 6000 sin papeles». Hoy mismo, cuenta Público en una noticia (habla Amadou Balde, senegalés de 27 años que vive del top-manta en Lavapiés, a propósito de la póliza estatal de 710 euros que van a necesitar los extranjeros que quieran asistencia médica y no coticen a la Seguridad Social): «Sabíamos que los gobiernos no se preocupaban por nosotros. Ahora sabemos que nuestra vida es un estorbo para ellos». Esa es la voz del subalterno, la pulsión de muerte de la exclusión social, la voz del sujeto postcolonial, del emigrante llegado hace 4 años a España por mor de la nueva división internacional del trabajo, que tiene otro color, otra mirada que no miramos. Deleuze explicaba el racismo de una forma aún más cerrada y siniestra en sus Mil mesetas: «El racismo europeo como pretensión del hombre blanco nunca ha procedido por exclusión ni asignación de alguien designado como «otro» (…). Desde el punto de vista del racismo, no hay exterior, no hay personas de fuera, sino únicamente personas que deberían ser como nosotros, y cuyo crimen es no serlo».

El colmo de la mudez del subalterno, como ironizaba Gayatri Chakravorty Spivak, es ser mujer, pobre y emigrante, todo junto. En ese caso, su voz no habría llegado siquiera al periodista de Público, o habría musitado tan bajo que el reportero no la habría escuchado, o habría sido tan invisible que no habría reparado en ella. Tanto Spivak como otras mujeres de una potente voz, que sí se dejan oír, como la feminista y psicoanalista Luce Irigaray, defienden lo que se conoce como «cultura de la diferencia» que haga más visible a la mujer (la subalterna más antigua de nuestra historia de hombres), ahondando en el «no por lo que sois sino por lo que no sois» con que García Calvo se ha dirigido a ellas tantas veces.

La voz de las mujeres
La voz de las mujeres

Luce Irigaray, que somete las teorías psicoanalíticas, sobre todo el Edipo y el pre Edipo, a una profunda revisión crítica, llega a demostrar que, incluso en una reflexión tan radical como la de Freud, que hizo temblar los paradigmas del pensamiento ilustrado, el lenguaje único del hombre anuló, en realidad, la diferencia entre sexos, condenando a la mujer, con su envidia del pene y el complejo de castración, desatendiendo la relación hija-madre, a ser otra versión del hombre sin voz propia, el único sexo: «¿cómo recobrar o inventar su lenguaje? ¿Cómo articular, para las mujeres, la cuestión de su explotación sexual con la de su explotación social? ¿Cómo puede ser hoy la posición de las mujeres respecto a la política? ¿Deben o no intervenir en o sobre las instituciones? ¿Cómo pueden desprenderse del dominio que soportan en la cultura patriarcal? ¿Qué cuestiones deben plantear a sus discursos? ¿A sus teorías? ¿A sus ciencias?» (Luce Irigaray, Ese sexo que no es uno)

Cuántas preguntas: pero, en las tierras del silencio de los subalternos, es lo único que tenemos, preguntas. No hay prisa por responderlas, la tarea es tan ardua y tan incierta como recuperar el mundo y la vida. Piense el lector si hay tiempo y paciencia. Mientras tanto, pues ir «reconduciendo los deseos de la gente» -como dice tan tiernamente Spivak, que ha enseñado a leer en aldeas remotas de la India-, ir combatiendo la fe en la realidad construida, como hace Agustín. Por mi parte, acabo mostrando mi hermandad con Carlos París, el viejo profesor rojo, que dedicó su último libro «a mi maestra y mentora Lydia Falcón». A mí me emocionó que un hombre público reconociera a Lydia Falcón -tan ofendida, detestada y odiada por tantos otros en España, mientras vivió, pero tan firme en sus convicciones y en su ética radical feminista- como su maestra.

Si los que tenemos voz la alzamos para hablar, más que de los subalternos, en su nombre, igual los animamos a hablar a ellos, a buscar su lenguaje, sus intereses, su clave de bóveda en el mundo. Igualmente evitamos que otro Amadou Balde vuelva a decir que ahora sabe que su vida es un estorbo para ellos.

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

Un comentario sobre “Subalternos (y 2)”

  1. Cada vez este blog aparece más como la casa de uno. Empezaré por agradecer los hermosos textos que nos llevan, sin necesidad de buscarlos, a una prensa más asequible a nuestra manera de estar en el mundo y a unos autores para muchos de nosotros desconocidos. Y sobre todo, los propios textos del autor, acordes siempre con el modo de sentir y pensar de mucha gente que anda aburrida y desesperada de enfrentarse cada día a medios de comunicación que ya no tienen casi nada que comunicarnos.
    Cierto es que se habla mucho de los “subalternos”, pero como dice Manuel nunca hablamos “con ellos”. La verdad es que no sabemos o no queremos, a mí me pasa, enfrentarnos a esos otros. Y la sola fórmula que empleo ahora para referirme a este problema ya me parece vejatoria. La comprensión, el paternalismo, el interés por lo exótico, la caridad, el saber estar “con todos”: es con esa impedimenta con la que llegamos hasta ellos. Un sentimiento de suficiencia y falsa camaradería manejamos siempre con los desiguales, una condescendencia social que sin querer o queriendo nos aleja de los ajenos. Y para los laicos ya no existe la posibilidad de alcanzar el Reino de los Cielos, pues éste queda circunscrito al breve territorio de la conciencia personal.
    Plantearnos el cómo actuar, o entender, o compartir con los que no son como nosotros es ya de por sí una evidencia de nuestra incapacidad . Y sólo en el caso de la ascensión a un nivel superior –que marcamos los supuestamente establecidos- nos facilitará una relación casi igualatoria. La cual podrá quebrarse fácilmente en el momento que se les pueda recordar su situación anterior. Pero el hombre es soberbio por naturaleza e historia, que es lo mismo. Y el “mal trato” se manifiesta tanto en paralelo como en vertical. Sin embargo, como el protagonista de Viridiana, de Luis Buñuel, puedo comprar el perro para evitar que lo lleven atado a un carro, tranquilizando mi conciencia, pero por breve tiempo, porque enseguida desfilarán ante mí otros muchos perros atados a carros.
    Felicidades por el blog.

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