Democracia y populismo (1)

Siempre que hay elecciones (y las tenemos fresquitas; a ellas vamos enseguida) el término populismo se multiplica en boca de periodistas o analistas políticos; sobre todo si, como en las francesas, griegas o municipales italianas, aparecen porcentajes de votos altos a partidos extremistas -en particular los de extrema derecha, que se llevan su buen trozo de la tarta electoral en Francia y Grecia- o a antipartidos, como los reunidos en el Movimiento 5 Estrellas que, bajo la irónica inspiración del cómico Beppe Grillo, va a llenar de concejales y alcaldes -esperemos que también y, al menos, de aire fresco y humor- muchas ciudades italianas.Populismo1 300x252

Y, sin embargo, hay pocos términos más imprecisos y escurridizos en el lenguaje político: compruébenlo los lectores en la misma provisionalidad con que presenta la entrada la Wikipedia, pulsando en la misma palabra «populismo» unas líneas más arriba. A mí me parece que la mejor aproximación es la que ensayó Slavoj Žižek, el provocador pensador esloveno, a partir del chiste del borracho que, tras perder el reloj camino de casa, de noche, se puso a buscarlo debajo de una farola, lejos del lugar donde lo había perdido. Al preguntarle uno que había presenciado la escena que por qué lo buscaba allí y no donde se le había caído, el borracho respondió: «es que allí no se ve nada y a la luz de la farola, sí».

Al votante seducido por el mensaje populista le pasa un poco como al borracho del chiste: le resulta más fácil de entender, se ve mejor. Y se ve mejor porque el político o partido que buscaba su voto había hecho dos cosas que son la luz de la farola: construir un enemigo, un antagonista fácil de identificar en la vida cotidiana, un culpable accesible sobre el que descargar el malestar. En el caso europeo, los emigrantes. Las fanfarronadas de los Le Pen, en Francia; los gritos y amenazas de la Aurora Dorada, en Grecia, son los ejemplos más recientes. Pero ya ocurrió hace años en la civilizada y musical Austria, en los países escandinavos. Aquí, entre nosotros, es fácil adivinar el secreto regocijo que habrán sentido muchos españoles con la medida, anunciada por el Gobierno, de negar el acceso, a los inmigrantes sin papeles, a los centros de salud. El votante así seducido es perezoso, como el borracho, para ponerse a buscar explicaciones en la calle en sombras de las ideas abstractas o de los rosarios de razones: se ve mejor a la luz de la farola.

Pero también el populismo, que tiene su caldo de cultivo en el descontento hacia la democracia, tiene el mérito -demérito de los anquilosados partidos tradicionales- de devolver estatuto público y meter en la realidad a un sujeto político colectivo: el pueblo. Al puebo, en efecto, se dirige con la complicidad persuasiva que, en coloquial, se traduciría por un «yo estoy tan harto como vosotros del turno de los partidos tradicionales, que sólo van a lo suyo; fijaos en esos emigrantes vagos que nos quitan el poco trabajo que nos queda, y que llenan los centros de salud; por eso me dirijo a vosotros, pueblo, sé que me entendéis, al pan pan y al vino vino…». A cuyo guiño, el votante seducido respondería con un «es que ya no puedo más, todos van a lo mismo, al trinque; tanta democracia y tanta palabrería…». Y, en efecto, el populismo político es una respuesta -sólo que muy sesgada, manipulada y basta-, y una manera de sacar provecho de, ese descontento que provocan los sistemas democráticos vigentes, que responden sólo a mecanismos procedimentales y formales, pero en las que la democracia deliberativa, la que encarnaría el verdadero antagonismo social, está ausente.

Cuando el populismo llega al poder -Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina-, y es lo suficientemente inteligente, da forma a ese sujeto político (el pueblo) fomentando la autoorganización o la ayuda mutua, una nueva identidad prestigiosa. Chávez supo hacerlo: economatos, centros médicos móviles, la educación musical como mecanismo de recuperación y nivelación social, los voluntarios paramilitares para crear orden… La misma inteligencia populista que muestra el recurso a las nacionalizaciones -de las que en España nos quejamos como gachupines ofendidos frente al atrevimiento criollo- que están usando los gobiernos argentino o boliviano, con la consiguiente reafirmación de sus imaginarios nacionales, hinchando su afirmación como «pueblos soberanos». Etcétera.

El populismo puede ser perezoso, pero no tonto. Ocupa el «lugar vacío» (como el de Ley, en el cuento de Kafka que comentábamos en las dos últimas entradas) que, según la teoría política, es el poder en las democracias. Como el gas, llena el espacio disponible abandonado por los partidos de la izquierda tradicional, o por los sindicatos, y su renuncia al sueño revolucionario. Aunque nos parezca algo socialmente monstruoso, el porcentaje de votantes de los Le Pen, en Francia, es proporcional al que tenía el viejo Partido Comunista Francés, hoy en el sueño de los justos. El populismo, pues, es el heredero, deforme y feo de la revolución; pero lo suficientemente hábil como para llenar su hueco. Su propia imperfección y obscelencia programada, no obstante, hace necesario seguir pensando en ese hueco social, en el irredentismo e invisibilidad del sujeto político sin nombre propio ni palabra que, mediante un nuevo antagonismo inteligente, sea capaz de torcer los inquietantes destinos a que nos aboca el capitalismo. Lo dejamos para la siguiente entrega, que esta ya se ha alargado demasiado.

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

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