Hermano consumidor …

La sustitución de la condición de ciudadano, o trabajador, por la de consumidor o cliente es ya antigua y sucede (es un presente continuo, se quiere decir: no ha dejado de suceder y sigue ocurriendo), al menos desde la ominosa derrota del movimiento obrero occidental que tuvo lugar desde los finales de los años 60 y que no ha terminado aún..CodigoBarrasPrisionero Nos detendremos en ello otro día, porque nos interesan ahora las consecuencias cataclísmicas , el tremendo cambio social, psicológico y económico  que provocó la publicidad desde esos mismos años, gracias a sus lamentables descubrimientos en torno a las debilidades humanas y la implementación de técnicas que se pusieron en práctica para su fácil explotación

Al final del sistema de producción masiva de mercancías (lo que se conoce comofordismo) duraderas y bien hechas, previsibles y mantenidas en su ritmo de confección y consumo, sucedió -apretándolo todo mucho- el diseño personalizado y la obsolescencia programada, a medida que los conocimientos psicológicos de las agencias publicitarias aprendían a crear, en quienes hasta ahora habían sido simples compradores,  la adicción al fetichismo del consumo y la ilusión de ser, como los ángeles, seres únicos con la aureola visible, de naturaleza casi ectoplasmática, de la marca y su efecto de halo.

La terrible efectividad de esa persuasión perversa la pueden observar y estudiar los lectores mismos en la pasión universal por los aparatitos de comunicación móvil y el hipnotismo que sus marcas y habilidades.provocan en sus poseedores. No ha habido desengaño en esto, parece mentira, aunque sí frustración desde que nos metieron en el embolado de falta de trabajo y crédito en que vivimos. No han decaído las ganas de consumir, sólo las posibilidades de hacerlo.

fetichismo Hermano consumidor ...Pero mucho peor, por su calado más hondo, ha sido la consecuencia, también de raíz publicitaria, de que los ciudadanos de Occidente se persuadieran de que la gestión pública o estatal de servicios era peor que la privada: por la razón de que funcionarios indiferentes (y a veces desabridos y antipáticos) proporcionaban ese servicio de forma indiscriminada y universal (y a veces, por tanto, masiva e incómoda). Ese convencimiento se llevó a cabo de la misma manera que el cambio en el consumo: por la ilusión de la personalización que la publicidad lleva a cabo (ahora mismo puede observar el lector cómo proliferan en la tele los anuncios de mutuas médicas privadas que juegan con ese hechizo: la soledad y el silencio de sus clínicas, la sonrisa-profidén de sus enfermeras y médicos, los tratamientos preventivos, el trato humano e individual…)

Ya lo impregna todo. Por ejemplo, en el mundo de la enseñanza, en el que me gano la vida, hace tiempo -pero aún recuerdo el escalofrío al oírlo por primera vez- que se adoptan términos y conceptos de la empresa privada y del comercio, tales como considerar a los alumnos (y a sus padres) como clientes.en los que, como consecuencia hay que medir su grado de satisfacción con el centro o la productividad o rendimiento de sus profesores junto al trato individualizado de los tutores. En ese sentido van las ideas (perversas muy a menudo) del ministro Wert de publicar periódicamente un ranquin de centros de enseñanza públicos. En el mundo de la medicina la cosa es mucho más antigua y de resonancias más amplias (el posible negocio es mayor y de ahí todo ese tristísimo folletín al que estamos asistiendo en España).

La persecución política que sufre FACUA, la rebelde organización de consumidores, nos permite hacernos una idea del cambio brutal, de las penosas renuncias que protagonizamos, de la pérdida del mundo por desposesión, hermano consumidor, hermana cliente… Terminemos  por si aún queda algún lector incrédulo o dubitativo, con el entendimiento clientelar de la política vigente en nuestros días. La desaparecida esfera pública (disputa y debate, razón común) ha sido sustituida por una política publicitaria en la que el ciudadano-cliente es tratado de forma individual para ser convencido de la necesidad de la mercancía que se le vende a cambio del voto. El cliente contemporáneo ya no necesita nada, desea cosas. Este, por su parte, reclama mejoras con las mismas pautas con que se reclama una mercancía averiada o caducada. Al desaparecer las ideas de fondo, los marcos interpretativos desaparecen también. ¿Qué queda, pues, sino reclamar el desperfecto en el producto? Han quitado mi centro de salud, el colegio de mi hijo está lleno de emigrantes, este bache no lo tapan…

Como dice, con tanta razón Wolfgang Streeck: «La incoherencia de la política contemporánea,  sorprendentemente semejante a la aleatoriedad e irresponsabilidad colectiva del consumo privado, tiene como correlato el hecho de que los jóvenes, en particular, se sienten menos inclinados que nunca a incorporarse a un partido político identificándose con todo su programa. (…) La puerta con la señal de salida debe estar siempre visible y abierta. (…) Los compromisos individuales limitados y fáciles de cancelar propios de la política de cuestiones aisladas no son tan distintos -estructuralmente distintos- de la compra de un automóvil o teléfono móvil» (NLR, nº 76). Una suerte de compromiso-basura, tan precario y volátil como los contratos de trabajo actuales. En ese mismo sentido deben entenderse los presupuestos municipales participativos o las figuras de los simpatizantes con que los viejos partidos quieren atraer a los jóvenes.

La esperanza que muchos tenemos en el desestimiento social, el decrecimiento, o como se le quiera llamar (preferiría no comprar, por jugar con la respuesta de Bartleby, el escribiente de Melville) se antojan a veces ilusorias cuando contemplamos las cosas desde esta perspectiva. Igual, para nuestra desdicha, una vez aprendida a palos la lección de la pérdida necesaria de protección social, tal como sostienen los ideólogos del neoliberalismo, se volverán a abrir los bancos con sus increíbles créditos personalizados y, como los Siete Enanitos, volveremos a ir cantando a trabajar y comprar otra vez al súper, al híper, a la sensual página de internet o la mesa electoral, tan felices como solíamos, aio, aio, laralalalalá…

 

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¿De qué se ríen? (La risa de los políticos)

La risa de los políticos, la máscara de su personaje en la representación de la tragedia ridícula, o farsa, de nuestro tiempo, dio pie a Mario Benedetti a la creación del poema que reproduzco al final de esta entrada, que, a su vez, convirtió en una popular canción Quintín Cabrera, el olvidado y excelente cantautor uruguayo.

Risa en la Cumbre Europea La risa del político, en contraste con el drama cotidiano de la gente, con su tristeza o llanto, funciona siempre como un oxímoron hiriente. Benedetti no deja de subrayar ese punto de desesperación que provoca esa risa en el exasperado estribillo, en esa pregunta retórica que el ministro nunca va a responder: ¿de qué se ríe?, ¿de qué se ríe?

¿De qué se ríen los políticos de estas fotos (escogidas al azar de entre cientos disponibles)? ¿De los «sujetos imponentes» -por usar uno de los lúcidos y enfilados juegos lingüísticos de Manuel Alcántara- que cigarrillo a cigarrillo, IVA A IVA, IBI a IBI, IRPF A IRPF, recorte a recorte, asalto a asalto, suicidio a sucidio, vamos pagando las púas bancarias, los tanques obsoletos del ejército, el blanqueo o fuga de los capitales, los onerosos retiros de los especuladores sin alma?

¿De qué se ríen? ¿De la resignación melancólica con que sobrevivimos los europeos a una moneda paradójicamente extranjera y a este régimen de ocupación (económica, política) en que se ha convertido Europa? ¿De su parlamento inútil y suntuario?,  ¿de cómo, por arte de trileros, deciden nuestra infelicidad cotidiana instituciones que nadie ha elegido como el Bancol Central, el Consejo, la Comisión y sus bandas de técnicos y oficinistas? ¿De los consejos cínicos de la OCDE -incendiarios haciendose pasar por bomberos- para que permanezcamos dóciles y sumisos en nuestro ergástulo de deudas, paro e hipotecas?

¿De qué se ríen? ¿Del naufragio infinito de la tasa Tobin? ¿Del ninguneo al 0% de las tasas constitucionales sobre depósitos bancarios con que Andalucía o Extremadura pretendían sacar algún dinerito exrra? ¿De la congelación de las pensiones, de las injustas tasas judiciales? ¿De la entrada a saco del capital en los sistemas educativo y sanitario europeos, la apetecible tarta que les quedaba por comer a los bulímicos «mercados»? ¿De los televisores de plasma que se compran los parados que aún cobran los 400 euros, o el vino en que se los gastan, según es fama?

¿O se reirán tal vez de la ruina de los griegos, de los campamentos de miseria en que duermen al raso los emigrantes («…que otro sabio iba comiendo las hierbas que él arrojó») en las plazas de sus ciudades?

¿De qué se ríen? ¿De qué se ríen?

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¿De qué se ríe (señor ministro)?

(canción de Quintín Cabrera sobre letra de Mario Benedetti)

En una exacta foto del diario,
señor ministro del imposible,
Vi en plena risa y en plena euforia
y en pleno gozo su rostro simple.
Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

De su ventana se ve la plaza
Villamiseria no está visible.
Tienen sus hijos ojos de mando
pero otros tienen mirada triste.
Aquí en la calle suceden cosas
que ni siquiera pueden decirse
Los estudiantes y los obreros
ponen los puntos sobre las íes
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Usted conoce mejor que nadie
la ley amarga de estos países.
Ustedes, duros con nuestra gente,
por qué con otros son tan serviles.
Cómo traicionan el patrimonio
mientras el gringo nos cobra el triple.
Cómo traicionan, usted y los otros,
los adulones y los serviles.
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Aquí en la calle sus guardias matan
y los que mueren son gente humilde.
Y los que mueren son gente humilde
y los que quedan, llorando rabia,
seguro piensan en el desquite.
Allá en la selva sus hombres hacen
sufrir al hombre y eso no sirve.
Después de todo usted es el palo mayor
de un barco que se va a pique.
Por eso digo, señor ministo,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?

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Beben y beben y vuelven a beber: la crisis del PSOE

El estribillo del conocido villancico es tan extraño y surrealista (tan inquietante también, tan obsesivo) como el enrocamiento y empecinamiento u ofuscación o despiste de los dirigentes del PSOE (pero también de sus cuadros regionales o locales, de sus desmoralizados militantes de barrio) en el empeño de convertir al veterano partido en una organización política irrelevante, transparente de pura falta de sustancia cuando está lejos del poder.
La crisis del PSOE Apuntémonos, pues, al tema de estos días, ya que Rubalcaba (que lleva camino de acumular tantas derrotas en su haber como las que, en un reto difícil de superar, acaparó Javier Arenas en tantas elecciones en Andalucía) y sus fieles beben y beben y vuelven a beber en las aguas de la afasia, el autismo político y la irrelevancia pública.

Se repite con insistencia que el problema fundamental de este PSOE es la falta de ideas y propuestas, pero el vaciamiento ideológico ocurrió hace mucho tiempo, desde que Felipe González consiguió que se eliminara la referencia al marxismo en sus estatutos y borró del alma socialdemócrata cualquier recuerdo de su pasado revolucionario. El poder, una vez que lo consiguió, llenó el vacío ideológico, la insoportable levedad del ser del partido que se fue llenando de arribistas y sinsustancias. Vinieron los largos años de sueños megalómanos como el de convertir la Cartuja sevillana en un Sylicon Valley andaluz o llenar España de trenes de alta velocidad y autopistas radiales en la tradición trasnochada y obsesivamente centrípeta y mesetaria de la monarquía española: de Madrid a la periferia y viceversa, la Puerta del Sol como el kilómetro cero ruinoso de una red de caminos carísimos hacia ninguna parte.

Socialdemocracia Genuflexa 300x260Pero aún así, el PSOE encarnaba para muchos, al menos, la utopía de Ortega y Gasset de la vertebración de España: tenía representación importante en todos los territorios del país y era un poderoso freno de sensatez frente a las tentaciones secesionistas de los nacioanlismos históricos y las reacciones histéricas complementarias del nacionalismo neofranquista español. Es en ese sentido en el que las últimas derrotas electorales, y la previsible en Cataluña (donde Félix de Azúa vaticina que pronto habrá de presentarse con sus siglas nacionales, tras la problable reconversión catalanista del PSC), han dejado al descubierto su naturaleza prescindible de mero conglomerado electoral, su carencia de un proyecto socialista de rostro humano.

De modo que, sin ideas y con dirigentes ofuscados con la recuperación del poder que pueda suplir de nuevo el vacío ideológico, y escorados a ese centro ideal e imposible donde siguen pensando que están sus votantes, muchos piensan que sólo un relevo generacional puede hacer menos catastrófica su caída. Como recordaba el mencionado Félix de Azúa, en un artículo reciente en el El País, «De manera que son las nuevas generaciones socialistas las que deben imponer su criterio. Si este es el de una radicalización que les aproxime a los comunistas, bienvenida sea. Y si por un milagro se plantean una política menos ideológica y más pragmática, menos reaccionaria y más técnica, una política que tenga menos que ver con la imagen y más con la realidad, a lo mejor es posible volver a votarles algún día.»

Mi hermano, un veterano y desengañado ugetista, me lo explicaba un día en el estilo lúcido y refrescante de la razón popular: «Mira, Manolo -me decía muy serio-, esto se arregla yendo a los institutos y preguntando: ‘a ver, ¿dónde están los alumnos con más nota?’ y persuadirlos para que se que se hagan militantes del PSOE» Es decir, lo contrario de la selección social inversa (la que se produce en los clubes de solteros: los más guapos y listos no se apuntan por el qué dirán, pero los feos y tontos sí porque no les importa; estos se casan, aquellos se quedan mozos) que ha llenado ese partido de bobos y vivales que se estudiaron el catecismo del capitalismo financiero en unas cuantas tardes, como es fama que hizo Zapatero, en las clases particulares de Jordi Sevilla, en los comienzos de su gira triunfal al frente del «gobierno de España», como dicen tan enfáticamente aún los anuncios de la tele que parece que él mismo diseñó.

 

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Cataluña y el derecho a decidir

Creo que es buena cosa que se incorpore a la razón pública española, tras las declaraciones de Mas sobre la secesión de Cataluña, al calor y arrimo de la muchedumbre independentista que se manifestó en la Diada catalana, el debate racional sobre la independencia. También lo es, pese a que seguramente llega tarde (con la sospecha, que pesa sobre el PSOE como una losa en todas las iniciativas que toma ahora en su oposición política, de por qué no lo hizo antes), la reivindicación del federalismo como solución histórica para el viejo problema territorial de España. En realidad, el destiempo y el anacronismo arrancan de aquella flor de un día de la revolución de 1868 que fue la I República, la federal, tan fugaz que ni siquiera se hizo su hueco en nuestra literatura salvo en el cálido y melancólico episodio nacional que dedicó Galdós al cantón de Cartagena y a su resistencia numantina y romántica.

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Artur Mas en la Generalitat de Cataluña
Lo que sucede es que, con toda probabilidad, ésta será otra ocasión perdida: ya lo anuncian las baladronadas de la derecha política, social y mediática española a las que se unirán pronto, a no dudar, las declaraciones espontáneas y compulsivas de algún militar o de algún clérigo perteneciente al staff de la militante iglesia nacional-católica española. No sé si, en realidad, el delicado concepto de razón pública -tal como lo entiende John Rawls en la sofisticada construcción abstracta, que ha ido elaborando a lo largo de los años, sobre la legitimidad de los regímenes democráticos, por ejemplo en su conocido libro La justicia como equidad– se puede aplicar en nuestro país. En España falta el equilibrio reflexivo, la tranquilidad de ánimo necesaria para poder hablar y discutir, en una confrontación ecuánime, con la ayuda sola del sentido común, sin que enseguida nos asalten los malos modos, los agravios históricos, las amenazas de las líneas rojas. Siempre ha sido así, por decirlo con la fórmula feliz hallada por Andrés Trapiello, los límites de nuestro debate público son «las armas y las letras».

En la noble tradición intelectual del contrato social, ninguna institución, incluyendo entre las instituciones humanas, por supuesto, la del estado-nación, se diseña para ser eterna sino para cumplir con los deseos y satisfacciones de los ciudadanos que las crean y aceptan. Con más razón las nuestras, porque son producto de unos pactos provisionales que se hicieron a la salida de la Dictadura, en unas circunstancias de amedrentamiento social, de amnesia histórica y de miedo político, cristalizadas en una constitución de medias palabras que, concretamente en lo que se refiere a la estructura territorial, fijó el estado autonómico como paradigma intocable, simbolizado en la Monarquía heredada como forma de estado y en la salvaguarda y custodia extrema de la fuerza militar.

Mani Independencia 218x300Los que, como yo, defendemos la necesidad actual de un proceso constituyente lo hacemos para devolver la palabra a los ciudadanos españoles, únicos fideicomisarios de la soberanía. Si en ese proceso constituyente los nuevos representantes políticos deciden la secesión catalana, o vasca, o gallega, o andaluza, será así sin el artificioso sentimiento de pérdida que está en la raíz de la melancolía. Tanto como si la solución preferida por los nuevos constituyentes fuera un federalismo de nuevo cuño, como el que leía en un análisis de prensa reciente, inusualmente sosegado, que argumentaba sobre una federación de territorios basada en las lenguas peninsulares: una zona castellanoparlante, otra catalana, otra gallega y otra vasca. Salidas tan aceptables como la de seguir perteneciendo a un estado unitario con autonomías regionales.

En la tradición de los contratos sociales lo único que es inaceptable es la imposición por la fuerza. La aceptación de un contrato social tiene, además, una naturaleza simbólica (¿qué otra cosa es lo que, a nivel sentimental, forma la argamasa de un estado-nación sino un imaginario simbólico?) cuya existencia pertenece a la realidad imaginada de la que habla Lacan en su perspectiva psicoanalítica. Esa naturaleza imaginada incorpora al debate sobre la forma de estado la necesidad de la persuasión. Y la falta de persuasión es una de las razones del fracaso histórico de una «España vertebrada». Por eso, la palabra «fatiga» utilizada por Artur Mas para definir la relación de Cataluña con España -con las connotaciones que, sobre todo en andaluz, tiene de hartazgo y reiteración- me parece acertada. Persuadir a Cataluña, en esa realidad imaginaria que es España, en el plano simbólico y sentimental y no sólo en el económico, es una tarea pendiente que no sé si alguna vez tendrá realidad política.

En cuanto a lo económico y posibilista -que es lo que predomina en el debate tal como está planteado- parece claro que tanto unos como otros, independentistas, federalistas y autonomistas son conscientes de que no nos hemos movido de las declaraciones de intenciones. La pérdida tremenda de soberanía nacional que está suponiendo para todos los viejos estados-nación europeos la crisis financiera y política actual no hace presagiar, en ninguna de las hipótesis razonables, el visto bueno necesario de la Unión a un nuevo y minúsculo estado en su convulso seno.

Incluso, por último, una variante de las teorías de juegos (citada por John Rawls en el libro que mencionábamos antes) dejaría fuera del escenario de lo probable o real la reivindicación independentista de los nacionalistas catalanes. Se trata de imaginar el juego de los estados como un juego de lotería tal que ninguna coalición de jugadores lo abandonaría a menos que pueda garantizar a cada uno de sus miembros un mejor pago en una nueva lotería. La imposibilidad presente de encontrar ese nuevo juego de lotería que diera a los catalanes mejor pago no niega, en absoluto, su capacidad (pues es derecho de gentes) para especular, debatir, fundamentar, elegir y decidir a qué lotería les gustaría jugar.

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El consentimiento social

Uno de los fenómenos más desconcertantes del actual estado de las cosas es la mansedumbre general con que las sociedades occidentales han dado su consentimiento al proceso de acumulación capitalista y de expropiación continuada de riqueza y bienes comunes que llevan a cabo, a cara de perro, estos think tank oscurantistas en que se han convertido nuestros gobiernos. El consentimiento socialLlama la atención el grado de aceptación o resignación con que en España se toma, por ejemplo, el hecho alarmante de que Rajoy y sus ministros (y asesores desconocidos, sus técnicos en la sombra) lleven 9 meses gobernando a golpe de decretos leyes en un estado de excepción parlamentaria, ocultando o tergiversando la información y justificación de sus decisiones que, unilateralmente, rompen el traspaso generacional y su lógica (dejar a los hijos un mundo con más riqueza y más justo y habitable), sin que la ilegitimidad que eso supone haya generado mayor inquietud o rebelión social.

Parece que los movimientos que han llamado al cerco del Congreso el 25 de septiembre llevarán como consignas peticiones de dimisión del gobierno y convocatorias de un proceso constituyente (aquí al lado he puesto una entrevista a Roberto Viciano, de attact tv, en la que el lúcido profesor de Derecho Constitucional explica las razones para ello); esas solicitudes o exigencias de que se devuelva el poder y la soberanía a los ciudadanos (y dónde mejor que en la elaboración de una nueva constitución), en efecto, empiezan a dejarse oír por entre el ruido informativo de fondo, pero en sordina. Es evidente que no va a ser fácil que ideas así se hagan sitio y acaben colándose en el sentir común, con enemigos tan formidables como el think tank gubernamental, sus fundaciones amigas -con los ingenieros sociales que tienen a su servicio-, asociaciones, grupos empresariales, editoras de Medios con un enorme poder de persuasión, y, sobre todo, el asentimiento social mayoritariamente conseguido: será muy difícil, pero más difícil es el silencio, la aquiescencia, la miedosa y falsa sindéresis que nos amordaza.

Conseguir el consentimiento social es a un gobierno lo que para la publicidad de un producto es conseguir el efecto halo, la incorporación de una marca al léxico común. Cuando Coca-Cola se convirtió de verdad en «la chispa de la vida» y la gente llamó con ese nombre a cualquier refresco espumoso de color oscuro, ya pudo echarse a dormir, porque había dejado de ser una simple marca para formar parte de la vida cotidiana, de la lengua común, de las sensaciones que están más cerca de la naturaleza que del artificio humano. Un presentimiento anticipatorio de esto, en el plano político, lo tuvo Fraga cuando hablaba en los años 70 de la «mayoría natural» (una colusión de clases medias y altas, con nostálgicos del franquismo) que representaba la derecha española en nuestras elecciones generales. Algún analista político ha recordado en la prensa que, de hecho, el PSOE sólo ha ganado -a excepción de las «prórrogas», pero esas victorias de un partido que gobierna y repite son la norma sociológica- después de alguna catástrofe: la conspiración militar de 1981 o los atentados de Madrid. Está reciente en la memoria de todos esta mayoría absoluta (mayoría-mordaza) obtenida por el PP que ha dejado al PSOE, literalmente, sin palabras.Consentimiento 150x150

El consentimiento social se consigue cuando unas ideas sobre economía o filosofía políticas particulares pasan a formar parte de la realidad interpretada de una mayoría, haciéndose pasar por cosa de sentido común (como lo entendía Gramsci, que lo equiparaba al folclore o la religión y que oponía a la filosofía de la praxis: «nel senso comune si puó trovare tutto»), que no admiten, por tanto, discusión ni crítica y se asumen como propias, como si fueran razón y ética naturales. Ese trance se produce de forma oscura a veces, pero sus huellas, cuando ha sucedido, son muy visibles.

David Harvey las señala muy bien al rastrear las razones de esta complicidad colectiva de que goza el neoliberalismo económico, una economía y filosofía política tan devastadora que, sin embargo, arrasó al liberalismo embridado que, desde el final de la Guerra Mundial hasta los años 60, hizo concebir tantas esperanzas en Europa, junto al neoconservadurismo político complementario, que corrigió algunas de sus debilidades. En el fondo, el éxito de ese apoyo social está soportado por ideas triviales y sobreexplotadas pero que, una vez incrustadas en el «sentido común», tienen una tremenda potencia: la libertad personal, la identificación de las empresas con personas y con el derecho a esa misma libertad (con consecuencias tan letales como las donaciones libres de las grandes corporaciones a los candidatos electorales en EE. UU., acogidas a la enmienda constitucional de la libertad de expresión), la aceptación de las desigualdades como un arcano histórico, la creencia general en la corrupción intrínseca de las democracias (con la necesidad consiguiente de un orden coercitivo que garantice la propiedad, la libertad de negocio y las costumbres), las tradiciones culturales (en España, sería un ejemplo el retorno de las corridas de toros a la televisión pública o las subvenciones millonarias, sin recortes, a esta «fiesta nacional»), el nacionalismo (la presencia artificiosamente mantenida como actualidad en los Medios de ETA: millares en una manifestación contra la libertad de Bolinaga) y las rivalidades consiguientes…

En cada país, en cada circunstancia histórica, la construcción del consentimiento, su ingeniería, difiere en los detalles (en España está adobado con la sal del nacional-catolicismo y la pimienta del irredentismo nacional; en Francia está salpimentado con la grandeur republicana; en Alemania, con el miedo a la debilidad de la república de Weimar…) pero coinciden en las ideas-fuerza: la conversión de un pensamiento particular en razones comunes y la transmutación de la defensa de la identidad y libertad individuales en la opresión de todos. Así se cierra el candado de la indefensión acrítica. Como diría un castizo: natural, como la vida misma. Como una cocacola, añadiríamos nosotros.

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El órgano obstáculo

Cojo para el título de esta entrada la expresión descarnada, pero muy clara, que el politólogo Pierre Manent creó para designar a una institución que fue diseñada en principio para solucionar problemas y que, sin embargo, ha devenido en un impedimento, un obstáculo para esa misma solución, como la clase política, según indican machaconamente, desde hace tiempo, todas los trabajos sociológicos de campo.

El oxímoron
El oxímoron político: los extremos ficticios
La cita la traía a colación Fernando Vallespín, en un artículo, En guerra contra los políticos, que publicaba El País en su edición de ayer, a propósito de la cada vez mayor separación y desamor entre los ciudadanos y la clase política, algo que se ha convertido ya en un lugar común y que, siguiendo el consejo de Unamuno de repensar una y otra vez los lugares comunes, tomo como percha para esta reflexión.

Lo que ocurre ––y no sólo sucede en esta columna, pues no en vano su autor fue presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas durante varios años y eso imprime carácter, sino que es habitual en todos los análisis periodísticos que menudean sobre este tema— es que se limitan a constatar el hecho y, en el mejor de los casos, a lamentarlo o a dar una suerte de consejo bienpensante a los políticos para que se enmienden y reduzcan esa distancia o cesura que los separa de sus representados. Todo en la línea de lo que Gustavo Bueno llamó el «pensamiento Alicia» en su conocido enfado con aquella idea de la Alianza de Civilizaciones del ex presidente Zapatero.

Vallespín nos da un ejemplo eximio de este «pensamiento Alicia» en el ramplón y huero final de su artículo, en el que manifiesta un deseo subjetivo, que hace pasar por necesidad compartida por todos, en relación a nuestros políticos: «Y que ahora les necesitamos unidos, eficaces y empáticos con una ciudadanía que oscila entre la rabia y la desolación». La rabia y la desolación tienen aquí un mero carácter retórico, el de servir de segundo término del oxímoron, para marcar un contraste algo más hiriente frente a esa idílica unidad de los políticos deseada por el autor.

El órgano obstáculo
El político intercambiable es el verdadero «órgano obstáculo»

Sobre esa supuesta necesidad de una unión deseable, que se nos presenta como una necesidad histórica, como un dato inmediato de la realidad, hablaré enseguida, criticando la monstruosidad política y moral que representa. Pero antes quiero detenerme en otra de las antítesis tramposas que leemos en este texto. Se trata de oponer extremos para que, entre ellos, reluzca el equilibrio, la luz cenital, el centro 1, la clave de bóveda del razonamiento; en palabras del Vallespín: (se trata de que) «no se desembarque en el populismo fácil de los Mario Conde o Sánchez Gordillo, por ir a los dos extremos».

Sobre el populismo ya hemos hablado largo y tendido en las tres partes de una extensa entrada de este blog (Una, dos y tres) y remito a ellas al lector interesado en saber cómo entendemos la razón última del político y del votante populistas. Me importa ahora subrayar la naturaleza tramposa de la contraposición -e igualdad en último término: los extremos se tocan- que establece el conocido sociólogo entre dos figuras como las de Mario Conde y el alcalde de Marinaleda. Conde, condenado por estafa y apropiación indebida en 2001 y 2002, es un personaje huero, ambiguo y peligroso que no dudó en acudir al chantaje al gobierno y del que el psquiatra Castilla del Pino dijo que «uno de los problemas de Conde es la prisa, el ritmo con que quiere el poder y la obsesión enfermiza por la imagen». Ligado a un partido hecho a su medida (Sociedad Civil y Democracia, qué hartura de palabras vacías) parece que se va presentar a las elecciones gallegas. Sánchez Gordillo es un político revolucionario y apasionado de una coherencia moral e ideológica, de un tesón y eficacia (Marinaleda tiene pleno empleo y sus habitantes forman una comunidad de propietarios de su tierra, aunque siempre se ha negado a tener su titularidad como quiso la Junta, una comunidad social, simbólica, sentimental) que en estos tiempos de plomo debería dar envidia y admiración. Pero ya se ve la arremetida del PP contra él, o el tópico de idealista trasnochado con que lo despachan los medios liberales o los políticos socialdemócratas. Pensándolo bien, lo único que tienen en común los dos extremos imaginados por Vallespín es el hecho de poner en cuestión la propiedad: uno para robar, el otro para devolverla al bien común.

Y ahora, por acabar, digamos algo de esa desdichada idea de la unidad feliz de los políticos. Lo primero, lo que diría Juan Panadero, es que es lo que nos faltaba, verlos a todos juntos pidiéndonos patriotismo en esta farsa y esperpento del «sangre, sudor y lágrimas» en versión hispánica: ¿unidad en torno a qué y para qué? ¿Para hacer lo mismo pero todos juntos? ¡Qué pesadilla! Debe ser una boba inercia de los famosos Pactos de la Moncloa, una más de las que forman el «tapón de la Transición» o la perversa idea, la mala inteligencia de que, una vez muertas las ideologías, qué sentido tiene la discrepancia, el enfrentamiento. Josep Ramoneda es de las pocas voces públicas que, dentro de la monotonía de la ortodoxia neoliberal que copa los Medios, lleva tiempo recordando que es justo al revés lo que necesitamos: ideología, deliberación, lucha, confrontación. Sólo de ahí puede surgir alguna luz y esperanza, un oxímoron verdadero, y no de esta atonía y agonía del juicio y la razón pública, de esta conjuración de almas muertas y silencio o pensamiento malherido.

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El rey y los doce sátrapas

Los lectores recordarán, acaso, el chiste del borracho y la farola que traía a colación en la entrada Democracia y populismo (1) como clave simbólica del populismo, tal como lo hacía Slavoj Žižek, aunque con una intencionalidad diferente, En tal chiste, un borracho que volvía a su casa de noche perdió su reloj y se puso a buscarlo.Mass Media 300x225 Pero, como no veía nada por la oscuridad, se puso a buscarlo bajo una farola, muy lejos del lugar en que lo había perdido. Uno que había presenciado la escena, le preguntó por qué lo buscaba allí y no en el sitio adecuado, a lo cual respondió el borracho que en la farola había luz. La historieta facilita mucho la comprensión de por qué tanta gente prefiere las explicaciones sencillas, en blanco y negro, en términos amigo / enemigo o los míos / los tuyos y da de lado los matices, las razones laboriosas, las sutilezas, los relativismos: están en la zona oscura, aunque sea justamente ahí donde hay que buscar. La anécdota real del rey y los doce sátrapas habla de eso.

Pues bien, el otro día me vi metido en una conversación de bar, de esas que acaban con nuestro castizo «esto lo arreglaba yo…», que me hizo recordar de nuevo el chiste de marras. Decía mi paisano, tras despotricar sobre cómo está la cosa, en su variante exitosa de hay que ver lo que gastan los políticos: «Esto lo arreglaba yo dándole todo el poder al rey, quien, a continuación, nombraría un número limitado de gobernadores regionales o provinciales -esto no lo tenía claro, ni su cantidad, aunque para sus cuentas no pasarían de 12 o 15- y un número limitado de alcaldes para las ciudades más grandes. Las pequeñas se tendrían que federar para tener alcaldías» Y así, a la luz cegadora de la farola de un cómic o de un drama barroco, o de un videojuego -vaya usted a saber- recortó mi amigo de tal manera el gasto político. Si traigo la anécdota aquí como motivo de reflexión no es para quejarme de la incultura política o el desconocimiento histórico de que hacía gala mi interlocutor.Satrapias 273x300

No, sería demasiado fácil. Este régimen de satrapías ucrónicas que mi amigo arbitrista ofrecía como solución política no es tan excepcional ni risible como a primera vista puede parecer. Con las variantes adecuadas, era la solución política ideal para millones de súbditos en las sociedades con regímenes totalitarios, antiguas o modernas. Me parece ver ejemplificada en la anécdota, en primer lugar, la diferencia que estableció Ortega y Gasset entre creencias e ideas. Creencia es aquello con lo que contamos (por ejemplo, que el sol va salir mañana, que hace falta un jefe para que un grupo humano funcione sin matarse) mientras que las ideas resultan de pensar en algo, sobre algo. Mi amigo no pensaba, sino que extrapolaba una consigna gubernamental, un lugar común (los políticos derrochan, así que disminuyamos su cantidad) y recurría a una creencia muy arraigada (mucho poder en pocas manos facilita el gobierno). Las creencias están justo debajo de la farola, las ideas están en la zona en penumbra de la calle.

Mi amigo, además, está solo, como lo estamos todos, desde que desapareció lo que Hannah Arendt llamaba «la esfera pública». Como ella afirma también: «La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que sólo brota en la relación con los otros, con los demás». El totalitarismo quiere organizar a las masas (no a las clases ni a los ciudadanos) y la «masa» está formada por individuos aislados y gregarios, sin capacidad de organizarse en nada que tenga como fin el bien común. Sólo en torno a símbolos y consignas. Una cosa es complementaria de la otra.

No hay esfera pública, ni debate público: hay individuos aislados y gregarios, que se embotan en cuanto pueden en el hedonismo triste y clónico de las masas de nuestro tiempo, que viven encerrados y protegidos en sus creencias y huyen de la oscuridad de las ideas, que sólo les provocan angustia y aturdimiento. A la utopía administrativa del rey y sus doce sátrapas de mi paisano sólo le falta un enemigo identificable y capaz de suscitar odio, de encarnar en si toda la infelicidad, todo el agobio. El mejor candidato hasta ahora ha sido el emigrante. Si cuajara éste o si surgiera otro, estarían dadas las condiciones objetivas para la epifanía de una renovada y pujante era totalitaria.

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Los futuros del hambre (y 2)

Sigamos ahora de la mano de Jean Ziegler, veterano relator de la ONU, experto, además en política alimentaria, y fiable pensador y escritor (recomiendo a los amigos del blog su El odio a Occidente, de Ediciones Península, recorrido radical y honesto por los excesos del colonialismo y los olvidos culpables del postcolonialismo y sus consecuencias, por ejemplo en la misma ONU). Cuenta Ziegler en un texto de Le Monde Diplomatique de febrero de este año, traducido al castellano en el blog Noticias de abajo con el título «Especulando con el hambre»:

«Me dirigía hacia el norte, hacia las grandes plantaciones de Senegal, con Adama Faye, un ingeniero agrónomo que asesora en cuestiones de desarrollo a la embajada de Suiza, y con el conductor Ibrahima Sar. Queríamos comprobar el impacto que está produciendo la especulación financiera en torno a los alimentos, aunque ya disponíamos de la última estadística del Banco Africano de Desarrollo. Pero Faye ya sabía que algo muy distinto nos estaba esperando. En el pueblo de Louga, a 100 kilómetros de San Luis, el coche se paró de forma repentina. “Venga a ver a mi hermana pequeña”, dijo Faye, “ ella no necesita su estadística para explicarle lo que está pasando”.
Hambre Mundo
Había algunos puestos al lado de la carretera, un mercado muy escaso: montones de caupí y yuca, unos pocos pollos cacareando en las jaulas, cacahuetes, tomates, patatas y naranjas y mandarinas españolas. No había mangos, aunque Senegal es conocido por ellos. Detrás de un puesto, una mujer joven con un pañuelo amarillo en la cabeza conversaba con sus vecinos. Era la hermana de Faye, Aisha. Estaba dispuesta a responder a nuestras preguntas, pero se enfadó mientras hablaba. En poco tiempo, una ruidosa multitud de niños, jóvenes y ancianas se reunieron a nuestro alrededor.

Un saco de arroz importado de 50 kilos había subido a un precio de 14000 francos ( 27 dólares), por lo que la comida había que hacerla más acuosa, con sólo unos pocos granos de arroz flotando en el plato. Las mujeres compraban arroz en los tenderetes en pequeñas cantidades. El precio de una botella de agua ha subido de 1300 a 1600 francos; un kilo de zanahorias, de 175 a 245 y una barra de pan de 140 a 175, mientras que un cartón con 30 huevos ha aumentado en un año de 1600 a 2500 francos. Igual ocurría con el pescado. Aisha regañaba a sus vecinos por ser demasiado tímidos en sus apreciaciones: “Dile al toubab (hombre blanco) lo que tenemos que pagar por un kilo de arroz. ¡Díselo! No tengas miedo. Los precios están subiendo casi todos los días.”»

MaizCreo que valía la pena la larga cita. Y ahora, de nuevo, los mercados agrícolas. Nos advierte Jean Ziegler de que estos son unos mercados muy especiales porque se consume más de lo que se vende. Es por ello por lo que a comienzos del siglo XX se inventaron en Chicago los derivados, es decir, que el precio «deriva» de otros productos subyacentes como bonos o acciones. Se creía que esto era beneficioso en un principio para los agricultores del Medio Oeste norteamericano: si el precio de las acciones caía en el momento de la cosecha, el agricultor estaba protegido; si subía, ganaba el inversor. Pero, sigue explicando Ziegler:

«En la década de 1990 estos activos comenzaron a utilizarse para especular en lugar de cumplir el objetivo de medida preventiva. Heiner Flassbeck, economista jefe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), estableció que entre 2003 y 2008, la especulación en torno a las materias primas que utilizan los fondos índice (Los fondos índice son fondos de inversión de renta variable que tratan de replicar el comportamiento de un índice bursátil. ), aumentó en un 2300%. Al finalizar este período, el repentino aumento del precio de los alimentos básicos provocó disturbios por los alimentos en 37 países. La televisión mostró imágenes de las mujeres haitianas en los tugurios de Cité-Soleil haciendo tortitas de barro para alimentar a su hijos. Se produjeron disturbios en las ciudades, saqueos y protestas de cientos de miles de personas en la calles del El Cairo, Dakar, Bombay, Puerto Príncipe y en Túnez, pidiendo pan para sobrevivir, algo que acaparó las portadas de los medios de comunicación.»

A mí me parece que esto no ha hecho más que empezar: la especulación con las deudas soberanas ya debe haberles dado suficientes beneficios y es un negocio que puede devenir incierto. Las puertas de la educación y la sanidad, que los capitales pugnaban por abrir desde hace décadas, ya están abiertas a sus «inversiones». Pero la tierra y su propiedad (el tabú más intocable de los estados, de la república contemporánea), la necesidad fundamental del alimento es un negocio tan rotundo que, pese a la conseja popular de que con las cosas de comer no se juega, van (quienes sean, cualesquiera que sean sus rostros y nombres propios, ellos, los mercados como se les llama ahora; los de siempre, ese 1 por ciento que nos ha declarado la lucha de clases unilateral, los amos del mundo) a persistir en esta sucia especulación. Mercados de futuros equivale, pues, a hambres futuras. Espero haber ayudado al lector a comprender la urgencia e importancia de saberlo, de incorporarlo a nuestros centros de atención tan aturdidos en el ruido informativo de este tiempo atroz.

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Los futuros del hambre

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ella, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelve sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra, a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso.

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Lourdes Benavides, responsable de Justicia Económica de Intermón Oxfam (Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Según cuentan (por ejemplo, BBC Mundo aquí), la reducción a la mitad el número de personas que pueden acceder a agua corriente tratada es el primer Objetivo del Milenio que se ha conseguido. Un alivio; aunque pasajero: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, con derivados financieros: enseguida intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

El protagonista de esta novela menor de Bellow se llama Wilhelm, es un actor fracasado, divorciado y arruinado que acaba invirtiendo 700 dólares -el único dinero que le queda- en acciones de mantecas de cerdo (y no en cereales, que era su primera intención) por consejo de un lunático psiquiatra, el doctor Tomkin, que presume de la naturaleza científica de la inversión en bolsa. Yo me quedé sorprendido al leer, por ejemplo, la respuesta de Tomkin a la nerviosa petición de Wilhelm de acudir a la bolsa a primeras horas de la mañana: «Pero hombre, si ni siquiera son las nueve (…). En cualquier caso le digo que la manteca va a subir, y subirá. Se lo prometo. He hecho un estudio del ciclo culpabilidad-agresividad que hay detrás de todo esto. (…) Pero entre tanto esta semana nos han dado una buena tunda -observó Wilhelm- ¿Se fía usted completamente de su corazonada?» Y le responde Tomkin: «A mí la tunda me la han dado en pieles y café. Pero tenga confianza. Estoy seguro de que acabaré acertando». En esta novela entendí yo, traducido a un contexto cotidiano, lo que se llamó «capitalismo popular» desde la era Tatcher y que se nos presentaba a los europeos como el nuevo paradigma de la sociedad neoliberal que se inauguraba. Muchos de los lectores recordarán más tarde, en esta España de los frutos tardíos, la invitación que se nos hacía a los españoles, en los años neoliberales de Aznar, a invertir en bolsa nuestros ahorros, sin ningún complejo.

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¿Qué impacto tuvieron los precios globales de los alimentos en la grave crisis en Somalia, Kenia o Etiopía? Decenas de miles de personas han fallecido en Somalia como consecuencia del hambre, cuatro millones están aún en situación de riesgo y necesidad de asistencia a lo largo y ancho de toda la región.(Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Después descubrí que no sólo existe ese mercado de derivados agrícolas en el Chicago de Bellow, sino que, en Europa, hay tres grandes bolsas donde se especula con «futuros» de materias primas cuyas cotizaciones dan lugar a grandes beneficios: las de Londres, París y Fráncfort. Antes de que la financiarización galopante del capitalismo que padecemos lo pervirtiera, los contratos de futuros eran una práctica común y beneficiosa para los agricultores, que podían asegurar de este modo el precio de sus cosechas con antelación, frente a las contrariedades imprevisibles del azar. La especulación con el futuro, por otro lado, es intrínseca a la economía capitalista: recuerde el lector la «t» de las reglas del interés que aprendíamos en el colegio (también los estados, naturalmente, manejan el futuro como un dato inmediato de la realidad que nos construye: hoy mismo se puede leer en la prensa que el Tribunal Supremo ruso ha dictado una sentencia en la que prohíbe las convocatorias del «Día del Orgullo Gay» ¡durante 100 años!)

Como quiera que últimamente aumenta la frecuencia de noticias sobre la subida alarmante de precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales o el mismo maíz norteamericano, hasta el punto de que -aunque discretamente, como siempre- obligó al Grupo de los 20 a convocar un reunión extraordinaria hace poco para examinar la situación, voy a intentar explicarle al lector, en la medida en que pueda saber hacerlo, qué siniestra relación hay entre estas bolsas de futuros, el precio de los alimentos y el hambre creciente en el mundo.

En primer lugar, lo más llamativo y gordo: según el Instituto Internacional de Política Alimentaria, desde 2006 a 2009, entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras agrícolas en los países pobres han sido objeto de transacciones o adquisiciones por países extanjeros (el caso de China ha sido el más citado, pero hay muchos más, entre ellos, países europeos), lo que es equivalente a la quinta parte de todas las actuales tierras agrícolas de la Unión Euorpea. Según Vicente Verdú (La hoguera del capital, p. 129), «esto coincide, de acuerdo con L’Economist (23-5-2009), con el aumento del índice de precios de los alimentos en un 78 por ciento, y con que algunos productos como la soja y el maíz subieran en un 130 por ciento». La relación parece clara.

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