Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical (y 2)

«Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es la indagación crítica de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico, no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

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Prisioneros de la escena: la visualización de lo que entendemos por una ética radical.

Pero este examen requiere de dos axiomas: la superioridad de la ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, por usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hace Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacer pasar por tal quienes quieren hacer de la moral egocéntrica el motor del mundo, con mentiras como las del neoliberalismo -el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo- lo confirma. En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparecen como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en un rosario interminable de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos, que ejemplarizan esta moral radical. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en el hecho de que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto primario de la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo, son solo una parte), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano, y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia social. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales, choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hace con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino, a la que yo había llegado por otro lado hace unos años (el lector curioso puede leer a este respecto, por ejemplo, mi penúltimo artículo en La Opinión, en mayo de 2010, «Prisioneros de la escena»). Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionada por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, como hacía yo, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno, tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

Hoy mismo veo confirmada la intuición con que empezaba esta serie de que el crecimiento de artículos en los que predominaba la reflexión ética, en concreto en diario El País, parecía llevarnos a la génesis de un cambio de perspectiva (la incorporación del pensamiento ético a la razón común) con la publicación de dos artículos más, en el mismo diario, en esa línea. Uno es de Reyes Mate, sobre un tema al que ha dedicado mucha atención siempre: la culpa política y la culpa moral, a propósito en esta ocasión de las entrevistas que están teniendo lugar entre victimarios y víctimas de crímenes terroristas de ETA en Manglares de Oca. Reyes Mate tiene una cabeza muy bien ordenada y su exposición es, en consecuencia, clara y pedagógica. Se puede leer con provecho su inquisición sobre la función o utilidad de estas entrevistas, que no es otra que propiciar el nacimiento del ámbito de la culpa individual (el sufrimiento personal consecuente, y el arrepentimiento) y del perdón («el asesino es más que su crimen»). Como conclusión de todo ello, según se nos deja adivinar en el artículo, está la presumible toma de medidas de reinserción de estos presos en un futuro cercano.

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Adelson presentando su proyecto en Madrid

El otro es un texto de Rafael Sánchez Ferlosio (Luz de neón) sobre la azarosa -vergonzante y vergonzosa- ubicación de Eurovegas, actualidad que también era objeto de crítica por parte de Francisco Rubio Llorente hace una semana, según se recordará de la referencia que a él hacíamos en la primera entrega. de esta reflexión. La comparación entre los dos enfoques nos puede servir a nosotros, también, de corolario final. Era la cosa que Rubio Llorente criticaba sobre todo el olvido de los valores morales de los políticos regionales y locales implicados, en situación de gobierno y de oposición en la definitiva ubicación del supercasino, lo que para él, además, era un error político. Ferlosio, sin mencionar en ningún momento términos relacionados con la ética o la moral, adopta, sin embargo, esta perspectiva del escenario, de ética radical que defendemos aquí. El escenario que dibuja es geográfico y político: las Vegas fue construido en un desierto del estado de Nevada, lejos de cualquier población. Una legislación muy restrictiva -en la se incluía un referéndum- obligó a hacerlo así. Nuestro Eurovegas, por el contrario, pretende erigirse a cinco kilómetros de Madrid o Barcelona. El escenario político es, por otro lado, la elección de España por nuestra voluminoso índice de paro, es decir, la escena perfecta de un chantaje. Una joya periodística escrita de forma transparente desde una ética (y estética) radical con cuya evocación acabamos, por ahora, esta serie. Tal vez aún quepa apurarla más adelante, porque, lejos de la especulación más o menos académica a que pueda sonar, como habrá comprobado el lector atento, tiene que ver más bien con nuestra misma vida cotidiana y nuestros actos, nuestros apuros, confusión y agobios.

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