Retórica política y otras flores de mi jardín

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político.

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica y política de quienes «nos representan», uno -que ha dedicado gran parte de su vida a a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a dario, tantas veces.

Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los debares», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

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El reino de la necesidad y la boca del león

La política se ha instalado, hace mucho tiempo si no siempre, en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Lo dijo una vez Rajoy, en la presentación parlamentaria de una de sus múltiples tandas de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone»; renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa. Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando».

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga («Lo que sea necesario») el funesto abuso de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a los gobernantes de ahora, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, interpetar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

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X, Y

Si al lector le pasó alguna vez que tuvo que resolver un problema matemático con datos equivocados en el enunciado, recordará que no salía nunca, aunque aplicáramos la fórmula adecuada, aunque el razonamiento seguido fuera impecable. ¿Cómo podríamos definir la sensación sentida: frustración, impotencia, perplejidad? Algo de las tres cosas, seguramente, y, al final, renuncia, rendición…

Algo así creo que nos pasa cuando nos ponemos a comprender nuestro mundo, éste, el occidental en que vivimos, el Primero, y aquellos otros (Países Emergentes, los llaman aún, y el viejo e irredimible Tercero, o esos sin remedio, condenados, que la nombradía políticamente correcta, sin embargo con qué descaro, etiqueta como Países Inviables, sin más) cada vez más cercanos y más adentro, en el nuestro, en nuestras calles, en la vecindad. Que como los enunciados con que queremos entender el problema son erróneos -porque se han sustituido datos, escamoteado otros, o porque la sintaxis utilizada es ambigua, o deliberadamente confusa, o porque el repertorio de palabras-comodín, que como cantos rodados, ya no dicen nada y arrojan sólo sombras sobre sombras- el problema, es decir, el entendimiento de lo que nos pasa, se nos antoja irresoluble.

Y es así como acabamos encogiéndonos de hombros, renunciando, dejándonos llevar por el fatalismo, achacando a nuestra propia ignorancia o incapacidad, o a la maldad intrínseca de los conductores de estados -cuando lo más seguro es que a ellos tampoco les salgan las cuentas nunca, y hasta con buena fe actuarán la mayoría: quién lo duda con nuestro presidente, o hasta con las extremistas matronas francesa e italiana- lo irremediable de nuestros males, la inexcrutable y siempre postergada resolución de los problemas…

¿Pero cómo será posible un razonamiento honesto que no ponga en el enunciado al rey Midas, al Dinero, de la mano inseparable del poder, y su devastador efecto de convertirlo todo en mercancía? ¿Cómo puede extrañarse nadie de que se vendan niños como esclavos, que miles o millones se rompan las espaldas o las manos trabajando la tierra o las minas? ¿Quién puede explicar la devastación de Irak, de Líbano, de Palestina, de Ucrania, en elegantes términos de política internacional, de equilibrios de poder, de economías emergentes, sumergidas, invisibles…? ¿Quién, con un razonamiento honrado, puede sustituir, hasta que no se entiende nada, eso que nombraba tan bien, claro y rotundo, un libro anónimo que circuló durante el siglo XVII por nuestra España y en español: «la desordenada codicia de los bienes ajenos»?

Nadie puede explicarse la ecuación de las tragedias de nuestro mundo sin establecer el verdadero valor de «x», el dinero, y de «y», su hermano el poder. Todos lo sabemos al madrugar para ir a vender nuestra fuerza de trabajo por un puñado de euros, pero como en esas amnesias del corto plazo que recrean algunas películas, lo olvidamos al caer el día. Oímos hechizados las compras y ventas muchimillonarias con que cada día nos obsequian, admirando la habilidad de malabares con que el capitalismo malversa hasta el último rincón de la tierra, la energía del último y más esondido hombre o mujer del planeta. Y culpamos a la mala suerte.

Y por fin, las sustituciones de la realidad acaecidas en esta última y largamente planeada jugada maestra: el vaciamiento del lenguaje y su hermano el pensamiento ocioso. Esta lengua inerme que transforma nuestra rabia en un suspiro, la de otros en una tea, la de todos en la misma sensación de impotencia, de confusión, de mal sueño. Es ese malestar insidioso que traslada poco a poco nuestros enseres a realidades a medida y comprensibles, sean éstas las dichosas redes sociales o la más humilde y obrera de la teleserie en que transitamos, con toda naturalidad, del cansancio hasta la cama. Sin entender ni jota.

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Disgustos y desengaños

Publicado primero en Infolibre el 2 de octubre de 2019.

¿He oído «gobierno progresista»? Pues sí, una vez más, de boca, esta vez, de Errejón, la nueva esperanza blanca de… ¿la izquierda?, ¿los «progres», por mejor decir? Eso, tras leerlo o escucharlo a diario, antes, por parte de la gente del PSOE, de Pablo Iglesias o hasta del mismísimo Abascal matizado, a su conveniencia, como «la dictadura progre», y de cualesquiera medios de formación de masas, sean de la crema de los grandes o de la variada gama de los pequeños y digitales: «Programa progresista», «proyecto progresista», «partido progresista», «voto progresista»…

Es, en primer lugar, imagino, por los ascos que se le hacen ya, en las democracias progresadas y autoritarias europeas, al término «izquierdas»; no hablo ya del desprecio o sonrojo pudoroso que reprime viejas palabras que intentaban nombrar a partidos y gobiernos de afán transformador. ¿Desde cuándo no hieren nuestros oídos, con un aleteo inquieto, el inocente apelativo de «reformista», «socialista» incluso, por supuesto, «comunista», o «utópico» o «revolucionario»?

¿Quién lo iba a decir, tras los disgustos y desengaños que la idea del «progreso» lineal nos ha ocasionado? Un progreso que, tiene el mismo afán de crecimiento continuo de nuestra economía/mundo, de sus capitales y réditos, del trajín continuo de mercancías de uno a otro confín del mundo. Ese concepto reciente, reclamado y definido por Condorcet o Comte en el siglo XVIII, con el optimismo, hoy planchado, de la Ilustración. Con estas ingenuas palabras, por ejemplo:

Nuestra esperanza en el porvenir de la especie humana puede reducirse a tres puntos importantes: la destrucción de la desigualdad entre las naciones, los progresos de la igualdad dentro de un mismo pueblo, y, en fin, el perfeccionamiento real del hombre

Aparece en nuestro imaginario el progreso se nos aparece como un tren colonizador, civilizando las tierras salvajes del futuro, siempre aplazado, de los «progresos de la igualdad» entre las naciones y dentro de un mismo pueblo. De modo complementario, en nuestro tiempo de líneas rectas, el pasado que queda atrás almacena como en una vitrina los proyectos y atrasos fracasados irremediablamente. Ese sería el dominio de los conservadores, de los tradicionalistas, de los «carcas», según el uso léxico antiguo…

En esta nebulosa del progresismo adjudicado de siempre a las izquierdas políticas, más o menos, se deja de ver que las verdaderas derechas, la de los «partidos del orden global» son, desde hace décadas, las más revolucionarias, las que con más porfía nos emplazan al futuro progresado: la cuarta revolución industrial, el advenimiento de la robótica, el uso provechoso de los «big data», la epifanía del nuevo trabajador/emprendedor infinitamente adaptable y reciclable, el desafío paradójico del crecimiento continuo adaptado a las energías verdes… Al revés lo digo, para que se me entienda.

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Las tentaciones de San Antonio

Una niebla espesa con que ha amanecido el día aquí, convierte en irreal y onírica esta mañana de elecciones en España.. He estado a punto de ir a votar, no creas: el imprinting mental de la educación, los tópicos y la propaganda pesan lo suyo, nadie se libra. Pero, mientras tomaba café en un bar popular cerca de casa, rodeado de pensionistas, bebedores de aguardiente madrugadores, parados de esos que llaman "de larga duración", me pasaron por la cabeza las imágenes predecibles de esta noche (las aclamaciones de los fieles de cada partido, las banderas o los puños, las sonrisas prefabricadas de unos y otros, pues todos ganan siempre…) o los recuerdos evanescentes de otras elecciones (hasta aquellos remedos del franquismo dejaron su huella en mi memoria, elecciones a procuradores en cortes se llamaban, por el tercio familiar o municipal o sindical, vete a saber ya, en unos tristes tenderetes electorales solitarios, pues los españoles de entonces estaban cagados de miedo, pero no eran tontos del todo) Bastó eso, esas melancólicas imágenes, para que se me quitaran esas ganas de ir a votar.

Y en su lugar, acudieron las razones, claro, el pacto de siempre, la renuncia de siempre necesaria para poder acceder al poder, el pasaporte imprescindible, las líneas rojas, como las llaman, lo que no se puede tocar: la emergencia universal de las catástrofes que afectan a la vida humana y animal del planeta todo, el régimen nihilista del capitalismo que la sustenta; la monarquía anacrónica -en lo que respecta a España-, la propiedad privada, la falta de cuestionamiento del trabajo en este mundo agotado en que todo el trabajo necesario ya se hizo…

Todo aquello en lo que uno piensa desde que tiene luces: convertir en real la gestión autónoma de nuestras vidas, dejar que se desprenda por sí sola la propaganda por los hechos; la lucha cotidiana por el hombre nuevo -y por ende, por el mundo nuevo- allí donde la vida lo va poniendo a uno, conversando con la gente, con los alumnos con los que le ha tocado a uno vivir, denunciado mentiras, recuperando territorios, soltando nudos y lastres, ocupando, desocupando territorios y deseos, por decirlo a la manera de Guilles Deleuze, que ya he hecho mía …

#apuntes

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Contra el dominio Psy

No debe ser ajeno a la frase formularia «perder la cabeza» la coincidencia histórica de que la Psiquiatría naciera al mismo tiempo que la guillotina. Como tampoco la leyenda de aquel melancólico que aseguraba, literalmente, haberla perdido y que fue curado por su terapeuta paseando por la calle con una chapa de plomo sobre su cráneo devenido invisible. La Psiquiatría, la Psicología o, por usar la expresión consagrada en los medios intelectuales, el dominio Psy, oscilando siempre desde su origen en el cuerpo a sus manifestaciones en el alma o -desde el siglo XVIII para acá- de su sede anímica a los síntomas orgánicos, conoce hoy una extensión y desarrollo realmente impresionantes. La biblia del nuevo saber es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, traducción española del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, que ya va por la quinta edición (la primera y fundacional salió a la luz en 1952) en lengua inglesa, está revisada por la American Psychiatric Association’s, la responsable, junto a la Academia de Medicina de Nueva York, del mantenimiento y puesta al día de este vademécum universal del dominio Psy contemporáneo. Su protocolo léxico (cómo llamar a las enfermedades del ánimo), de diagnóstico y tratamiento, es el que siguen los psiquiatras de todo el mundo, pese a que existe un tocho de la OMS, la Clasificación internacional de enfermedades, divergente en algunos aspectos, que ofrece, en teoría, la visión estándar y políticamente correcta de los trastornos mentales.

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El sufrimiento psíquico, en nuestro tiempo, tiene su vaga sede orgánica en la cabeza («perder la cabeza», expresión que recordábamos al principio, en sentido figurado, tal como en la guillotina ocurría en sentido literal, como la sentencia que mejor engloba las dolencias del ánimo) y el sistema nervioso central, tal como en otras épocas asentaba su origen en otras partes del cuerpo como el corazón. Aún forma parte de nuestras explicaciones sobre los desastres sentimentales las románticas «locuras del corazón», o sus razones, esas que la razón no entiende. Más lejana, sin embargo, debido a las transformaciones radicales de la lucha en las guerras, es la idea homérica que ubicaba el espíritu (asumido sobre todo como portador del valor y la fuerza en la batalla) en las rodillas. En efecto era ahí, en esos huesos fundamentales para mantener la verticalidad del héroe y, como consecuencia, la posibilidad de defender la propia vida en la pelea cuerpo a cuerpo, donde, de forma muy apropiada, debía residir la cordura, asociada a la misma posibilidad de vivir y adquirir honor y gloria.

Humores

Antes de que el saber contemporánea desmaterializara el decaimiento o la exaltación del ánimo, durante siglos enteros -desde Hipócrates hasta el siglo XVI y más allá- el trastorno conocido como melancolía (entendida, con arreglo a su etimología, como «bilis negra») se explicaba concienzudamente según la teoría de los humores. En este paradigma clásico, que respondía al pensamiento organicista y a la persistente metáfora que unía analógicamente el microcosmos humano con el macrocosmos, por nuestro cuerpo circulaban cuatro humores o fluidos de cuyo equilibrio armónico dependía la salud: la sangre, el humor amarillo, el blanco y el negro. Humores
Estos fluidos se relacionaban, a la vez, con la temperatura, los elementos de la naturaleza y la Astrología. En concreto en el diagnóstico y tratamiento de la bilis negra, había toda una casuística detallada que interpretaba en qué órganos se había derramado la sobreproducción extremosa de ese humor: en los hipocondrios (en la región situada bajo las costillas falsas), en los alrededores del estómago o -ya en forma de vapor- en la cabeza. Los tratamientos eran, en consonancia con el diagnóstico, puramente físicos. Así, por ejemplo, era habitual la receta de un preparado que tenía como base las hojas del eléboro, cuyo efecto visible era provocar vómitos a los que la mezcla de sangre y papilla daban un característico color negruzco, que parecía dar la razón a la existencia del humor, cuyo exceso provocaba la tristeza. El responsable macrocósmico de la melancolía, por su parte, era el lejano y frío planeta Saturno. No podía ser otro.

Histeria

Otro ejemplo de dolencia anímica que se sostuvo desde Hipócrates hasta los años 50 del siglo pasado es el de la histeria, que desde esa fecha ya no se considera una enfermedad psíquica, lo que no es obstáculo para que en el habla coloquial perviva en su sentido ancestral; el mismo DRAE aún la define como «enfermedad nerviosa». La histeria, del griego ὑστέρα, matriz o útero, se entendió durante siglos como una suerte de «furor uterino» padecido por ciertas mujeres, cuyo remedio más sensato y a mano era el mantenimiento de relaciones sexuales y el embarazo. En la entrada del blog que titulé como Desnudos, que dedicaba el verano pasado a las activistas de Femen y a la idea machista de la pornografía, recordaba cómo entendían los hipocráticos, y hasta los mismísimos Charcot y Freud, la histeria, con estas palabras que transcribo a continuación:

En la pornografía, la verdad del sexo no es otra -como recuerda José Carlos Bermejo en su libro La consagración de la mentira– que la dominación de la mujer por el hombre. En ese sentido, entronca con la visión del cuerpo de la mujer griega que tenían los hipocráticos, para quienes el útero tenía una vida independiente y errabunda que sólo encontraba quietud con el sexo y el embarazo. Cuando no ocurría así, lloraba lágrimas de sangre. Pero una idea parecida es la que encontramos también en las histéricas de Charcot y Freud, que recomendaban para su curación sexo y matrimonio o, en el peor de los casos, una masturbación tranquilizadora. El doctor Charcot llegó a explicar las convulsiones de estas mujeres encerradas en La Salpetriére, como movimientos orgásmicos realizados ante los atónitos estudiantes de Medicina. Hoy sabemos que esos síntomas corresponden a la epilepsia y la esclerosis múltiple.

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Aude Fauvel, en Hystérique mais pas si folle 1, publicado en la ejemplar página web, inspirada por el sociólogo Pierre Rousanvallon La Vie des Idées, resume e interpreta el caso -inédito hasta que Jan Goldstein descubrió el manuscrito- de Nanette Leroux, una histérica cuyos síntomas, tratamiento y curación fueron anotados cuidadosamente por el doctor Alexandre Bertrand durante tres años, de 1823 a 1825. Aquí descubrimos -y aprovechamos para iniciar el giro que nos interesa para terminar esta entrada- la enfermedad mental como manifestación de un desajuste social y político. En efecto, Nanette Leroux, según nos explica Aude Fauvel, padece unos síntomas de histeria manejados por ella misma para poder reconducir su vida. Esta saboyana, que había sido víctima de un acto de violencia sexual y frustradas sus expectativas de vida independiente tras la resturación piamontesa de Saboya, sufre síntomas asociados a la histeria en el paradigma decimonónico: convulsiones, catalepsia, sonambulismo, desvanecimientos… Es tratada por sus médicos con las técnicas más avanzadas de la época, tratamiento eléctrico, hipnosis. Los síntomas aumentan cuando siente violado su pudor y disminuyen con las caricias y el trato suave. Sin embargo, Nanette solo se recupera del todo cuando al fin consigue un reloj deseado y solicitado muchas veces (objeto simbólico de una posible independencia: Saboya es famosa por su tradición relojera) y cuando, por fin -pues es su deseo-, es enviada a un balneario para un tratamiento de hidroterapia. Allí, alejada de la opresiva atmósfera familiar de la sociedad saboyana, entre desconocidos, siente un día, en uno de los baños que ella misma se aplica, una excitación placentera con el agua y es a partir de entonces cuando, en nombre propio, se declara curada. A partir de ahí, según Jan Goldstein, se le pierde la pista en los manuscritos médicos que ha descubierto: sólo llegó a averiguar que se casó, tuvo hijos y a obtener la vaga referencia a una recaída en su enfermedad, que la investigadora no pudo comprobar ni confirmar.

Drugpolar disorder

El paradigma psiquiátrico norteamericano se ha impuesto también, y sobre todo, en la manera de explicar y tratar el trastorno bipolar. La bipolaridad, en efecto, ha llegado a convertirse -sin ningún tipo de ironía- en una enfermedad de moda.
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Respecto a su concepción en la psiquiatría estadounidense, nos explica Pierre-Henri Castel 2 que está en la actualidad «masivamente conceptualizada como un trastorno neurobiológico del humor (exaltado en la manía, abatido en la depresión con, en su forma canónica, alternancia psíquica de un estado después del otro) Y, es así, en efecto, como se la reduce a un diagnóstico y a un sistema de valores y símbolos «que agrandan, como una lupa, tal y tal aspecto en detrimento del otro». Su tratamiento está totalmente medicalizado: «la medicina X para el pico de excitación o manía, la medicina Y para el periodo depresivo». Esta medicalización doble -que podría ser la causante del carácter cíclico de este mal, según parece dejar claro su comparación con el viejo paradigma de la psicosis maníaco-depresiva- y estandarizada particularmente en su tratamiento con litio, llevó a un psiquiatra nortemaricano a proponer, en la prestigiosa Medscape, renombrar esta enfermedad como un desorden medicamentoso-polar, «drugpolar disorder».

Estoy estresado, maestro…

Esta perspectiva de las cosas ha hecho olvidar que -sin excluir una base neurobiológica- la bipolaridad es una afección social, muy ligada, además, al individualismo exacerbado de la sociedad americana, a un sistema dual de ganadores / perdedores y a una moral del trabajo fundada en la competencia y la excelencia como valores máximos. Pero el médico del ánimo de nuestro tiempo no se dirige en absoluto a las personas -como recuerda Pierre-Henri Astel- sino al cerebro de las personas; trata las respuestas a las preguntas que plantea como simples indicadores cuya única función es la encontrar la dosis justa del filtro mágico de los medicamentos que proporcionarán la cura. El mal psíquico es tratado con arreglo a una tabla de síntomas, causas y medicación de la que queda cuidadosamente excluida la humanidad concreta del enfermo. Se intenta erradicar en él la anomalía social que supone (una baja con coste económico para la empresa o el estado, una asociabilidad que puede devenir peligrosa…) un problema de adaptación o de conducta. Es en ese sentido exacto en el que podemos afirmar que en el dominio Psy no hay enfermos sino enfermedades sociales.

La enfermedad psíquica contemporánea se nos ha enseñado a vivirla de forma subjetiva exclusivamente, incluyendo en esa subjetividad un sentimiento de culpa. Eso es muy visible en la culpabilización contemporánea del parado: la causa de su fracaso social es de él mismo, no del sistema económico-político ni de las leyes laborales. La somatización interna de esa culpa llena las consultas de Salud Mental y de psiquiatras de trabajadores deprimidos y angustiados o con una bipolaridad que no había hecho acto de presencia hasta ahora. Las siniestras estadísticas de los suicidios en los centros de trabajo, particularmente en Francia,no dejan de aumentar. El estrés, por ir terminando, ha entrado a saco en el léxico general de nuestras lenguas y ha sido interiorizado tanto en el mundo laboral como en el estudiantil, como un saber común. La fatiga ante un proceso de cambio o tecnologización, ante el esfuerzo que se considera excesivo es utilizado cada vez más como auto-diagnóstico. Como muestra, un botón, una experiencia personal: un día llamé la atención a un alumno del Primer Ciclo de la ESO -de entre 10 y 11 años por tanto- en una hora de Guardia en que sustituía a un profesor ausente ese día. El chico, que andaba desquiciado por la clase, en un estado de excitación que le hacía gritar, charlar y moverse sin medida, compuso en un instante un gesto adusto y solemne al oír mi reprimenda y me dijo «Es que estoy muy estresado, maestro»…

Las locas de Mayo

Las relaciones de la política con perder la cabeza no se limitan a la guillotina. No es solo lo anecdótico de la cantidad innumerable de delirios en que gente con la cabeza perdida haya impostado la identidad de un personaje público poderoso (los casos de napoleones se contaron por cientos en los manicomios franceses, ni siquiera la broma de Freud de que Francia -a causa de sus muchas revoluciones y movilizaciones sociales a lo largo de la Historia- es el país que ha padecido más «epidemias psiquiátricas». No, sino que en la visión conservadora de los estados constituidas (un grado siempre más en los estados autocráticos, naturalmente) el rebelde opositor, el protestante callejero, el guerrillero que se ha tirado al monte, es siempre víctima de algún trastorno psíquico. Como también, en la perspectiva inversa, puede padecerlo el tirano.
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Es el caso de las dignas madres de la Plaza de Mayo argentina, que fueron tildados mucho tiempo como «las Locas de Mayo», nombre emblemático con el que he titulado esta última sección. La bilis negra, pues,anclada en sus orígenes como un mal físico relativamente fácil de curar -pero también, no se olvide, como un desorden pecaminoso que podía dar lugar a la acedia o hastío, un desastre aún mayor para el medieval y el renacentista: seguramente al que más temía- ha ido desenvolviéndose, con novedosas facetas creadas por las condiciones sociales y creencias científicas de cada época, como enfermedad social o económica y como mal político. Espero que al lector no le resulte difícil entenderlo si cae en la cuenta de la facilidad con que, a lo largo de la Historia, los mismos edificios se han ido adaptando como hospitales, cárceles o manicomios con una ductilidad encomiable -y económica- a las distintas circunstancias y premuras de los gobiernos de turno y las revoluciones.



  1. Se trata de una recensión crítica de la obra de Jan Goldstein Hysteria complicated by Ectasy. The case of Nanette Leroux, Princeton, 2009. 

  2. Pierre-Henri Castel, Folie du Vieux Monde, folie du Nouveau Monde, reseña de la obra de Emily Martin Voyage en terres bipolaires: Manie et dépression dans la culture américaine, Paris, 2007. 

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La coartada de la necesidad

Breve reflexión sobre un cliché lingüístico muy generalizado, que delata -a mi entender- una característica de estos tiempos bobos: echar mano de la realidad o la necesidad como coartada. La ha publicado la revista infoLibre; aquí la re-publico para los amigos del blog.

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Los clichés lingüísticos ayudan a entender las ideas-fuerza, las inercias políticas o sociales de una época. He dedicado muchos de mis textos públicos a analizarlos. En 2010, por ejemplo, en mi antiguo blog en La Opinión de Málaga, llamaba la atención sobre la costumbre del expresidente Zapatero de responder a la pregunta -cada vez más habitual en los periodistas y cada vez más impertinente para él- sobre cuánto tiempo permanecerían aún nuestro soldados en Afganistán, así: «Mientras sea necesario». Cuatro años después, en otra legislatura, con otro presidente de Gobierno, nuestros soldados siguen allí y aún no ha sido respondida la pregunta.

«Mientras sea necesario» elude el plazo temporal y escamotea cualquier explicación; su vigencia es incondicional y atemporal pues depende del arcano secreto de la razón de estado, que es un secreto encriptado, inaccesible al conocimiento público.

Esa respuesta, u otra muy parecida, daba también el expresidente norteamericano G. W. Bush en referencia a Irak, en tesitura semejante. Pero es que la he oído muchas veces más, repetida como un mantra. Con las medidas que los dos últimos gobiernos han tomado contra la crisis; por ejemplo, de este tenor : «Tomaremos las medidas que sean necesarias». Pero también en muchísimas series de ficción de aventuras policiales o militares. Cosas como «utilizaremos la fuerza que sea necesaria», o, en una encomienda del jefe a algún agente intrépido y lanzado: «haz lo que sea necesario».

No puede ser casual ese aire de familia lingüístico que aúna a presidentes de estado o de gobierno con entes de ficción cinematográfica educativa. ¡Qué camino va desde la vieja disputa filosófica entre necesidad y libertad a este enunciado performativo tan conminatorio y provocador!

«Mientras sea necesario» remite a un mundo lingüístico en el que no hay apelación ni matiz posible, pues el grado o la secuencia de tiempo de esa situación de necesidad inexplicada queda recluida en la subjetividad del presidente o político o mando militar que la enuncia. Implica, además, el rechazo implícito a la repetición de la pregunta, es decir el rechazo a informar. Es una situación parecida a la del hermano o amigo abusón que ha ocultado algo al más pequeño o débil y que, cuando es reclamado por éste, le responde: «Te lo diré cuando me dé la gana».

Aznar apelaba a lo que «era necesario» mediante un acto de fe: «créanme», gustaba de decir -con su gesto adusto y agrio, mirando a la cámara- cuando ya se derrumbaban las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Irak.

Rajoy encontró, desde los primeros días al frente del gobierno, su particular reino de la necesidad en el «fatum» o destino, que le impedía cumplir en absoluto el programa electoral que le aupó al poder. «Tomaré las medidas necesarias…».

La libertad del gobernante para intervenir la realidad mediante la voluntad política queda anulada en nombre de la realidad, la necesidad o el destino. ¿Cuántas veces no hemos oído la fatigosa excusa, en la voz engolada de unos y otros?

Una variante de estos días, que denuncia en esta misma publicación Jesús Maraña como una herencia de la cultura política de la Transición, es el cliché del sentido o razón de Estado. La escenificación de un renovado pacto social, al que acuden sumisamente los representantes sindicales, es justificado (pero no explicado), una vez más, en nombre del arcano: por sentido de Estado, porque es necesario. Del mismo modo, en fin, que parece forjarse en las sombras un gran pacto bipartidista que ponga coto a la ingobernabilidad de España.

«Con la patria, con razón o sin ella», repetía Rafael Vera cuando era enjuiciado por el uso indebido de fondos reservados y por su implicación en la trama sombría de los GAL. Así que nos encontramos con usos lingüísticos en los que, lejos del antiguo y noble sentido filosófico de la palabra «necesidad», se nos remite más bien al de la real gana o voluntad y, a la vez, al del rechazo del derecho a la información, que choca constantemente en el muro de lo secreto y críptico custodiado por un poder difuso.

La confluencia de estas respuestas con su ausencia total en las ruedas de prensa, tan frecuentes, en que no se concede turno de preguntas, o con las intervenciones grabadas, nos lleva una vez más a lo que es ya una certeza que, por desgracia, no termina de calar en nuestras sociedades: que en la época en la que más medios para la información y la comunicación hay, menos y más tópica y confusa, o ninguna, información tenemos.

Y otra certeza aún, la que más desasosiego debería producirnos: que el reino de la necesidad, en la filosofía política de estos tiempos bobos, es, en realidad, el de la más soberana, cínica y arbitraria voluntad del príncipe.

Este texto se publicó primero en infoLibre


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Opinión pública, poder privado

La expresión opinión pública encierra una contradicción insalvable: pretende aunar la opinión, que es el juicio privado que se tiene sobre algo o alguien, con lo público, que es compartido y común. Pero opinión es también la fama o estima en que nos tienen los demás, equivalente, por tanto a locuciones como estar en boca de todos o en opinión de quienes lo conocen. Jugando un poco más al límite con el sintagma, me tienta decir que nos formamos un juicio de la opinión pública demasiado positivo, que goza de excesiva buena fama entre quienes hablan de ella en sus opiniones privadas.

Opinión públicaOrtega y Gasset se preguntó por ella en varias ocasiones: si no es la opinión de todos -razonaba-, tiene que ser la opinión de la mayoría. Si en la promesa de las democracias, esa mayoría tendría que quedar reflejada en la mayoría parlamentaria, ésta debe representar a la opinión pública. Pero sólo hasta ahí se mostraba convencional nuestro pensador. Afirmaba, por ejemplo, de forma muy intencionada, en 19121: «De un lado, va la opinión parlamentaria; de otro, con una reprimida sorna, camina la opinión pública». Aunque luego desbarraba un poco al situarla en una zona entre sumergida y aérea, en un reino ideal de concordancia en que se neutralizaban las opiniones contrarias, el «yo pienso blanco» de las mayorías y el «yo pienso negro» de las minorías. El mejor gobernante, según el filósofo, es aquel capaz de detectar ese fondo común o concordancia secreta más allá de las apariencias, que representaría la verdadera opinión pública.

Esa idea, sin embargo, pero entendida en dirección contraria, sí que nos sirve para comprender las alusiones a la mayoría silenciosa de los gobernantes cuando se ven apurados por la oposición política y callejera, cuando sufren una determinada presión social. Lo hace muy frecuentemente el actual gobierno del PP en España; de forma ejemplar cuando se las ha visto con huelgas duras y duraderas como la muy reciente de los barrenderos de Madrid: la alcaldesa se escudaba en las incomodidades de la mayoría silenciosa para proponer una reforma de la Ley de Huelga. Así que tenemos una opinión pública que está siempre en silencio y que sólo habla con los votos, frente al verdadero intercambio de pareceres -por ejemplo, en una asamblea o corro de café- donde se verbalizan continuamente, en entrecruzamientos siempre creativos y enriquecedores, juicios, análisis, propuestas y sofiones.

Me queda aún por examinar un concepto complementario al de opinión pública: el de estado de opinión. Eso nos va a permitir detenernos en lo siguiente: si la opinión mayoritaria sólo se manifiesta en una elecciones con el lenguaje binario de los votos, ¿quién mueve el estado de opinión mayoritario en favor de un partido político u otro? En el pensamiento social clásico, los encargados de crear o fomentar un estado de opinión eran los grandes medios de comunicación o de educación y persuasión social -para llamarlos de una manera más precisa. Así se entendía el tópico del cuarto poder que se ha venido otorgando hasta hace poco a la prensa. Y aunque ha sido parcialmente verdad en algunos periodos históricos, no lo es hoy en absoluto. Tuvo esa capacidad de crear estado de opinión, por ejemplo, el diario El País en los años de la Restauración monárquica tras la muerte de Franco y ayudó a conseguir, con su defensa a ultranza de la reforma frente a la ruptura y con su apoyo decidido al PSOE (como, por otro lado, el diario El Mundo ayudó a crear un estado de opinión contrario, que inclinó la opinión mayoritaria hacia el voto conservador, andando el tiempo y las corrupciones), que la mayoría silenciosa española hablara con sus votos en favor del partido socialdemócrata.Números que dibujan la realidad

Hoy (más bien ayer, por lo que diré a continuación) se entiende que la opinión pública es la que reflejan las respuestas de los ciudadanos seleccionados por las empresas que se dedican a hacer encuestas a una tanda de preguntas. En un sentido más amplio, ajustado a nuestras sociedades de consumidores, la opinión público es una idea útil tanto para lo político como para lo publicitario; interesa tanto al partido político como a la empresa que quiere promocionar una mercancía o servicio. Ocurre que hoy (hoy de verdad) estas empresas son víctimas de una desconfianza social en aumento hacia la objetividad de sus métodos y lo justo e imparcial de sus intenciones. Esa desconfianza, que se traduce en el aumento progresivo de los «no sabe / no contesta», pero también en el rechazo puro y simple a contestar o en el divertimento de mentir intencionadamente a los encuestadores. La sospecha social es muy justa y va muy lejos; tiene que ver la proliferación de estos estudios u opinómetros en todos los niveles y casi por cualquier motivo. Una sospecha justa sobre la verdadera ecuación (opinión pública, poder privado; opinión privada, poder público) que nos ayuda a entender la verdadera naturaleza de la opinología, que podríamos traducir en el coloquial «¿para qué quieren saber tanto?» Pierre Bordieu nos enseñó ya hace tiempo una visión complementaria: que la opinión pública es, en realidad, la opinión de «los que cuentan» y cómo, por volver a ellas, las empresas de opinión crean con sus estudios problemas sociales donde no existían. Ya hablé, de forma prolija, de ello en la entrada que publiqué en el blog, hace casi medio año, que titulé Cosas que suben y bajan: la creación de la realidad. Allí puede el lector curioso aprender cómo una comisión de sabios, más o menos como la que convocó el gobierno del PP español para el estudio de la viabilidad de las pensiones públicas, escenificaba al mostrar sus resultados un estado de opinión que antes no existía. Desde entonces es opinión pública que no hay dinero suficiente para mantener el sistema público en su estado actual. También se lee en esa entrada de qué manera un estudio de opinión sobre las relaciones entre el consumo de alcohol y los accidentes de tráfico, que antes no se había planteado nunca, cobró carácter de realidad y se incorporó al acerbo de la opinión pública.

El activismo social contemporáneo, en la calle y en internet, el resurgimiento de las asambleas de barrio, o multitudinarias como las de la Puerta del Sol, ha llevado a muchos -quizá movidos más por el deseo que por la realidad- a plantear que la nueva opinión pública está recuperando la democracia deliberativa y participativa (muchos poderes locales, con certero instinto de supervivencia, la potencian con los presupuestos colaborativos, la discusión asamblearia de decisiones administrativas…) y se vuelve a manifestar en una inesperada y nueva esfera pública, que podría salvar la contradicción que señalábamos al principio: que la suma de opiniones privadas coincida con la opinión de los gobernantes y que el juego de las mayorías y minorías no sea más que un guiño de complicidad, una coartada del poder. La contra-democracia (término del historiador político Pierre Rousanvallon), es decir, la lucha por la creación de un espacio político que se sostenga en la democracia directa, y el abandono del viejo territorio -desvirtuado, corrompido- de la democracia formal y representativa, implica, entre otras cosas, que la opinión pública ya no va a ser más la opinión de la mayoría electoral, ni el reino platónico de la concordancia de las mayorías silenciosas, ni tampoco la opinión de los que cuentan. No, sino que, por primera vez en el mundo contemporáneo más cercano, la opinión pública puede llegar a ser, en fin, la verdad de todos, pues entre todos, con la ayuda de la razón común y el intercambio horizontal y continuo de pareceres, la habremos encontrado.

1«La opinión pública», El Imparcial, 19 de septiembre de 1912.

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Cosas que suben y bajan: la creación de la realidad

Un extraño bolero

El sociólogo Zygmunt Bauman explicaba hace poco1 que «una habilidad crucial en la sociedad de la información es sabernos proteger del 99,9% de la información que nos bombardea y no nos interesa» pues «con tantos medios que llaman nuestra atención, es difícil filtrar la información, decidir qué creer y entender quién nos dice la verdad y quién nos está engañando». Aunque Bauman tenía razón desde el punto de vista de las teorías cibernéticas -que demostraron hace tiempo que una mayor complejidad social genera un aumento proporcional de información para luchar contra la entropía social generada-, pensamos aquí más bien que el verdadero problema está en la propia naturaleza misma de esa información. Esta, en su mayor parte -el resto son relatos-, está confeccionada con datos estadísticos acompañados de las correspondientes declaraciones e interpretaciones, cuya referencia recurrente son los mismos datos y su oscilación (aumento o merma, progreso y retroceso, visualizados en gráficos o ejes cartesianos) y no el mundo real al que pretendidamente se refieren y apuntan.

Números que dibujan la realidadEs en ese sentido en el que podemos afirmar que la información crea la realidad y moldea sus sujetos, conformando el paradigma semántico al que debe sujetarse para nombrarla y entenderla. Veámoslo en un ejemplo cualquiera: este mismo que tengo aquí más a mano, un artículo de José Ignacio Torreblanca, bienintencionado como todos los suyos, en el que glosa e interpreta unas encuestas de Metroscopia sobre el europeísmo de los españoles y otros integrantes de la catalaxia europea. El periodista maneja como fuente un sondeo que señala que el 69% de los españoles se sienten europeos, en palabras del autor: «los españoles siguen sintiéndose europeos en alguna medida, un porcentaje bastante elevado, que demuestra que demuestra que en España la identidad nacional y la identidad europea siguen siendo dos caras de la misma moneda». Como la columna está diseñada en torno a un retruécano, más adelante, Torreblanca entresaca de ese estudio sociológico que un porcentaje aún mayor de españoles, un 86%, quiere que la UE emprenda políticas orientadas hacia el crecimiento, lo que le da pie al retruécano final del que avisa desde el propio título: «Dicen que los ciudadanos han abandonado el proyecto de integración, pero lo que aquí vemos es más bien la UE quien les ha abandonado». El mensaje de este artículo, como se ve, es simplicísimo: es la UE quien ha abandonado a los españoles, y no al revés: el tema de un bolero.

Eso sí, al mostrarse como la conclusión evidente de unos datos estadísticos, nos parece que habla de la realidad misma, pero es una realidad interpretada, literalmente creada por esos mismos números. La mayor parte de la información contemporánea está formada por números y porcentajes y por un puñado de metáforas tópicas y cansinas de carácter performativo, procedentes de otros tantos campos semánticos igualmente tópicos: la medicina (la economía está enferma o se recupera, incluso en ocasiones sufre recaídas), la educación (los políticos que hacen o no hacen los deberes), la meteorología (la crisis considerada como una tormenta perfecta o pasajera), el fútbol (marcar un gol, tener espíritu de equipo) o las lecciones sobre el movimiento y la velocidad que todos recordamos de las primeras lecciones de los manuales escolares. Agustín García Calvo bromeaba siempre con las veces que había oído a lo largo de su vida la oración «la economía crece» que no significa nada aparte de su simple enunciación. Estas frases son, en realidad, parientes pobres del «yo juro» o «yo prometo» las performatives sentences, que estudió hace décadas el lingüista inglés John Austin, frases cuyo significado es decir «yo juro» o decir «yo prometo» en unas circunstancias rituales. ¿Qué significa que un 69% de españoles se sienten europeos? Significa que un 69% de españoles, más de la mitad -como se suele decir- o más que antes, o más que los italianos, se siente europeo. Es una tautología, pero al tener el halo y prestigio de los números, crea una parcela de realidad que antes no existía, puesto que la cuenta y la nombra. Una vez que ha cobrado existencia, al hacerse pública, es susceptible de comparación, glosa y opinión, como cualquier relato de sucesos; o de valoración moral y política, como un acto público más.

comision-sabiosAsí, toda la información que crea la realidad interpretada se puede ver, more geométrico, como un conjunto de cosas que unas veces suben y otras bajan, como una atracción de feria, en el plano vertical, o que avanzan y progresan, o retroceden, en el plano horizontal, como una carrera de coches.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza estamos habituados a un rito trimestral sobre cosas que suben y que bajan: las notas. En claustros y departamentos nos engolfamos en una tarea que llamamos en la neolengua «análisis de los resultados de la evaluación». En este ceremonial, todos observamos, en una especie de trance hipnótico, unos gráficos de porcentajes con sus correspondientes barritas de colores (proyectados, según los nuevos usos y costumbres, en una gran pantalla luminosa) que así estatuyen la realidad de unos adolescentes engavillados en cursos -esas agrupaciones azarosas que responden a nombres opacos del tipo 3º A o 2º B…- en que los chicos, como mariposas muertas en coloreados y vistosos ramilletes, se invisibilizan y diluyen en unos tantos por ciento de suspensos y aprobados que han subido o han bajado desde la evaluación anterior. El maestro de ceremonias, que suele ser el Jefe de Estudios, va recodificando verbalmente esas cosas que han subido y bajado, dejando constancia y dando fe de la realidad, que se remite de nuevo, pero ahora en palabras, a su mera enunciación: que, en efecto, en unos cursos han subido los suspensos y en otros han bajado los aprobados, aunque a veces sucede lo contrario. Nada más.

Las comisiones

 El sociólogo Pierre Bourdieu2 explicaba mejor que yo, en sus cursos sobre el estado en el Collège de France, el carácter simbólico y autorreferente de las estadísticas, los datos o consignas estatales, y su paradójica eficacia, sin embargo, a propósito del devenir histórico de las comisiones públicas «de sabios» entendidas al modo teatral que está en su propia naturaleza, como una puesta en escena. Mientras le resumo al lector el inteligente punto de vista del pensador e investigador francés, piénsese entretanto, en palimpsesto esclarecedor, en la Comisión de Sabios que tenemos más cercana y a mano en la actualidad española: esta que acaba de dictaminar que la cuantía de las pensiones debe disminuir para que resulte hacedero, o «sostenible» como se suele decir, nuestro sistema de retiro laboral. Pues bien, Bourdieu, a propósito de un estudio realizado en los años 80 por Joseph Gusfield sobre el debate que hubo entonces en torno a la relación entre el consumo de alcohol y los accidentes de tráfico (debate largo en que, como recordará el lector, participó el ex presidente Aznar, a su agria manera), recuerda que los agentes sociales no toman la realidad como un dato dado, sino que lo construyen. De esa construcción forma parte principalísima la estadística, que «es, ella misma, una retórica social mediante la que los estadísticos participan en la creación de un problema social. Son ellos los que, por ejemplo, establecen como evidente la relación entre beber y sufrir accidentes». Los estadísticos, pero tras ellos, el Legislador y el Poder Judicial, refuerzan simbólicamente la nueva realidad que puede, o no, tener una base científica en su origen, pero que modifica la vida de la gente en su final. La realidad que acaba de instituir la comisión de sabios, a cuya encomienda dejó el gobierno del PP el estudio sobre la viabilidad de las pensiones públicas, es que, puesto que hay una necesidad histórica, tal la crisis económica, que las hace inviables, deben bajarse sus cuantías y cálculos para que sea posible atender a su derecho a la existencia en la vida real. La puesta en escena teatral del dictamen público de la comisión, que rubrica así su realidad simbólica, nos lo presenta ya como un problema social dado, no construido, legítimamente ubicado, por tanto, junto al resto de las cosas que suben y bajan que constituyen la información en nuestro mundo, y en las que, en hiriente y risible paradoja, como sobre los caballitos de las ferias, bajan y suben a la vez nuestras invisibles, insignificantes y zarandeadas vidas reales.

1. En su ponencia «Educar en la Modernidad Líquida», en un ciclo de conferencias organizada por la Universidad Europea, «Educar para transformar», el pasado 1 de mayo.

2Sur l’État, París, Editions du Seuil, 2013

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Los mundos pequeños de la economía, mientras tanto…

Cuesta entender cómo tópicos tan profundamente falsos como que la economía se puede separar de la política o que una política económica como la actual tiene un carácter neutro y pretende el bienestar de todos arraigan de forma tan profunda en las creencias de la gente. Pero es así, a pesar de tantas evidencias. Economistas nada revolucionarios como Galbraith ya explicaron que la economía no existe aparte de la política y «es de esperar que siga siendo así en el futuro».

Pero no ha sido así. Daniel Raventósrenta-básica, el presidente de la Red Renta Básica, defendiendo en un inteligentísimo artículo 1 la necesidad de tal salario universal, que garantizaría las necesidades materiales de toda la población, cita un ejemplo muy claro sobre esta inseperabilidad entre política y economía: la ley Glass-Steagall, vigente de 1933 a 1999 en EE. UU., que obligaba a separar los bancos de depósitos de los bancos de inversión, configuró unos mercados financieros totalmente diferentes de los que acondicionó la ley Glamm-Leach-Bliley, que le sucedió y que anuló esa separación. Dos medidas políticas: la segunda ha hecho posible la debacle de Lehman Brothers; con la primera no habría tenido lugar.

Un política económica se diseña para beneficiar a una clase social o a otra y esta que sufrimos se ha configurado desde hace años para beneficiar a los ricos, pero haciéndose pasar por la única posible, justificándose en la necesidad (a partir de una propaganda intensa y continua en la que, por ejemplo, la contención del déficit público se ha hecho pasar por algo de sentido común, como ha denunciado muchas veces el activo Paul Krugman) y en la promesa de un futuro mejor. Como ese futuro mejor, tras el heroico austericidio, no va a llegar, más vale que, mientras tanto, vayamos observando los «mundos pequeños» de la economía que, en palimpsesto, pueden estar transformando, sin pedir permiso ni esperar al futuro, muchas más cosas de las que podríamos imaginar.

La propuesta de la renta básica es una de ellas. De ser acusada de utopía disparatado cuando nació, como idea, en pequeños reductos universitarios, ha pasado a considerarse seriamente en ámbitos mayores, tanto académicos como políticos y, va calando en la gente del común gracias a los corros asamblearios como los del 15M. En un mundo que escamotea el trabajo y que agujerea sin piedad las redes de protección social, un salario básico universal sin distinción de edad, sexo o condición social, que satisfaga las necesidades materiales de todo el mundo, empieza a ser considerada como una propuesta «razonable». Basta recordar que su reivindicación ha sido oída muchas veces en las manifestaciones de este Primero de Mayo, es decir, ha adquirido carta de naturaleza política y sindical.

renta-basica2Y no sólo eso, sino que no es sólo una idea, sino que es real nada menos que en Alaska, donde desde 1982, todo el mundo, tenga o no trabajo y con la edad o sexo que sea, recibe una renta básica anual, de 676 euros en 2012 -en algún año, según Mariana Vilnitzky en la revista que citamos al pie, ha llegado a ser de 2.000 euros. La persona más vieja que la recibió tenía 107 años antes del 31 de diciembre de ese año; la más joven, había cumplido minutos antes de las campanadas. Una familia media, con cinco hijos, recibió 3.380 euros. A estos ingresos universales se les considera -hablamos de EE. UU., al fin y al cabo- un dividendo a cuenta de una corporación pública de Fondos, cuyo dinero proviene fundamentalmente del petróleo y de inversiones en cualquier lugar del mundo. La autora del reportaje cita el testimonio de una trabajadora de la hostelería que le aseguraba que muchísima gente guardaba esos ingresos para la universidad, gastos sanitarios (la sanidad americana es privada y cara) o a la caridad…

La versatilidad, fuerza y atractivo de esta idea (tal vez una de las últimas revoluciones posibles) que acabaría con el intrincado laberinto de pensiones, asistencias y ayudas -estatales, autonómicas o locales-, torpes puestas al día de las viejas «leyes de pobres» inglesas, tiene una gran dificultad práctica, claro está: requeriría de una reforma fiscal profunda y cabal y tendría enfrente a los aguerridos defensores del privilegio y la propiedad. Pero sus potencialidades son impresionantes. Daniel Raventós las explica con sencillez: paliar los efectos del desempleo, fomentando la autoocupación y el trabajo cooperativo; la mitigación de la pobreza;la recuperación de la identidad y capacidad de lucha y resistencia obreras. Estaría más cerca el ideal aristotélico del hombre con tiempo y dignidad para re-emparentar su vida con la filosofía o al arte, toda vez que la lucha cotidiana por el pan desaparecería.

En otra entrada seguiremos con estos mundos pequeños, otras tantas muestras de autoorganización y de la resistencia real a los desaguisados del capitalismo desembridado que padecemos. Muy en particular nos detendremos en el movimiento cooperativista que, aparte de mostrar una capacidad de resistencia y adaptabilidad muy serias frente a la bajada del consumo, la exportación y los despidos, está adquiriendo una vitalidad urbana y una capacidad de vertebración de los barrios muy notable. También hablaremos de las redes de apoyo mutuo o bancos de intercambio de tiempo, a lo que veo, también muy vivas y activas o de las sugerencias, nada disparatadas, de Attac. en torno a una posible reindustralización del país, que, al fin y al cabo, nunca llevamos a cabo como el dios de los tiempos mandaba. De modo que así quedamos y nos emplazamos, paciente lector.

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