¿Qué hacer? (El radicalismo de la realidad, y 2)

Así que quedábamos hace unos días en la incomodidad y el aturdimiento que provoca la inquietante pregunta de Lenin, que viene rebotando desde entonces en tantas y tantas conciencias, aún empáticas o intelectualmente honradas, ante el insoportable radicalismo de la realidad: (que señalábamos, a modo de ejemplo, en el suicidio por hambre de un gorrilla malagueño) ¿qué hacer?saber-que-hacer Reformulada en el rosario de razones que traemos entre manos, la pregunta viene a parar en la dificultad de traducir la percepción de la injusticia en actos que sirvan para remediarla, en la necesidad de acomodar nuestra conciencia social con una vida cotidiana o pública -a ser posible en los dos ámbitos o cercos- que nos justifique, que certifica nuestra dignidad humana. Ronal Fraser, en un ensayo sobre la política como vida diaria incluido en su libro sobre la historia oral de la Guerra Civil 1, diferenciaba tres clases de objetivos transformadores en la vida de los hombres: los personales o privados (practicar una habilidad, técnica o artística, cultivar una huerta o tener hijos), los proyectos individuales o colectivos enfilados a objetivos públicos (creaciones culturales, compromisos y lucha políticos, movimientos religiosos) cuyas consecuencias sociales, de naturaleza local o grupal, aceptan, de todas formas, el orden establecido de las cosas, y, por fin, los objetivos colectivos, que, en un programa consciente de transformación del orden global, implica de forma mayoritaria a sociedades enteras (las revoluciones francesa, americana o rusa).

Unos se imbrican con otros y, como las ondas expansivas de una piedra arrojada al agua, actos cotidianos, pequeños compromisos en pareja o grupo, pueden tener consecuencias colectivas, transformarse en mínimos actos revolucionarios. En el fondo se trata del viejo dilema sin resolver: ¿qué debemos hacer antes: luchar por un hombre nuevo o por un nuevo mundo? La respuesta parece clara a estas alturas de una historia llena de derrotas y errores: las dos cosas simultáneamente de la mano. Así recuerdo que se hacía, en las postrimerías del franquismo, en los movimientos asamblearios de la Sierra Sur de Sevilla, cuyos planteamientos -quién lo hubiera dicho entonces- han cobrado renovada vida en las asambleas fundacionales de la Puerta del Sol y de tantas plazas, parques y barrios españoles, o en los cercos al Congreso, en los comités de vecinos de guardia frente a los desahucios, o en los grupos autogestionados de ocupaciones de casas vacías, de ayuda mutua, o en asociaciones de practicantes de la economía salvavidas del trueque de mercancías y favores.

La práctica que allí y aquí se preconizaban, ayer y ahora, de una democracia popular y directa, de una organización espontánea y autónoma, iba y va cogida del brazo de compromisos personales mínimos actos morales de ayuda mutua, de cambios en el sesgo de la vida diaria, del comportamiento cotidiano. Sólo así se puede evitar el peligro de que la ansiedad ante la ingente e improbable tarea nos lleva a la frustración, la resignación del «no se puede hacer nada» como penosa y única respuesta posible a la pregunta primera: ¿qué hacer?

Mi admirado David Harvey, al intentar responder a esta pregunta, en la última parte de su libro El enigma del capital (un refrescante relato de la naturaleza verdadera de las crisis del capitalismo, de lectura totalmente recomendable) lo hacía desde esta perspectiva compleja que incluye en un abanico necesario el compromiso personal, junto al ideológico y político; la perspectiva de la ecología, el enfoque de una ética radical que se expanda desde nuestra condición animal a la de seres de de juicio, de mujeres, ancianos y niños; la búsqueda alternativa de vida social al margen de las megaciudades, continuas productoras de ruinas, infelicidad, postales turísticas y miseria…

Este «pensamiento complejo», como lo llama Edgar Morin, el único posible según nos parece, no debe producir la ansiedad que lleva al abandono: el punto de partida y de llegada es nuestra vida diaria, el ámbito familiar de nuestros actos. Nadie elige donde termina buscándose la vida, de modo que, allá donde nos haya tocado hacerlo, la fábrica, la tienda, el aula o los mercados ambulantes, es donde está la posibilidad del hombre nuevo, del nuevo mundo. En cualquier lugar donde trabajemos o nos entretengamos, en nuestro quehacer cotidiano, podemos crear una esfera pública en que debatir o descubrir las mentiras de la neolengua con que quieren confundir la razón pública, comprometernos en pequeñas transformaciones personales, mínimos compromisos en ser mejores, prácticas humildes en la ayuda mutua… A la vez que podemos convertir en hechos nuestro desistimiento a la incitación paranoica con que el capitalismo nos invita al crecimiento continuo, a la acumulación sin fin de mercancías, fetiches, experiencias, amores o años muertos en vida según la regla del interés compuesto y la pensión póstuma. A lo mejor la respuesta a la pregunta ¿qué hacer? sea la más simple y tonta de todas: haciendo.

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El radicalismo de la realidad

En la provechosa anécdota que contaba Alexander Cockburn, periodista de una vieja raza extinguida -y que he transcrito aquí al lado, en el «Acerca de»-, Lenin charla con un poeta dadaísta rumano, en un restaurante de Zúrich, sobre el radicalismo de lo real a propósito de la Primera Guerra Mundial y el belicismo. Frente a esa naturaleza radical de la realidad, siempre somos excesivamente moderados y timoratos. Tal es la lección que el viejo bolchevique exiliado, antes de su vuelta a Rusia en 1917, da al joven y exaltado poeta antibelicista. Bien es cierto que esa misma realidad, después del triunfo de la revolución, una vez que tuvo el poder de modularla,  se le cristalizó y cosificó entre las manos y devino triste y desconcertada, paradójicamente conservadora, siniestra cuando fue Stalin quien quiso esculpirla con arreglo al canon de su paranoia.

House of Lenin in Zurich El radicalismo de la realidad
El radicalismo de la realidad: Lenin en Zúrich

En esta otra guerra social que vivimos, la realidad nos está mostrando los filos más hirientes de su naturaleza radical, que debería teñir de radicalismo (que viene de «raíz»), a su vez, nuestro pensamiento y actos sino fuera por el terrible efecto sedante y anestésico de la publicidad y la ficción que, como una capa de algodón aséptico, envuelve a la mayoría social. La «traición de los intelectuales», encerrados en sus logomaquias, incluyendo periodistas, profesores y artistas («llevamos sin arte mucho tiempo, desde hace más de 30 o 40 años, porque no hay ninguna manifestación artística que encarne un pensamiento interesante», decía Félix de Azúa en una entrevista en El Cultural) contribuye a ello. Es por eso, como contrapunto a ese silencio o pensamiento romo, sordomudo y ciego, mayoritario en los Medios, que quiero destacar la radicalidad honrada de Román Orozco, un veterano columnista que escribe desde hace años en las páginas que El País dedica a Andalucía, al rescatar de la realidad radical la muerte de un malagueño a las puertas de un hospital.

En sus palabras: «Un albañil en paro de 57 años, natural de Ceuta, que sacaba unos miserables euros como gorrilla en un solar próximo al Carlos Haya, se prendió fuego porque ya «no tenía ni para comer». Era el 2 de enero. La noticia aguantó un par de días en las cabeceras de los informativos. El día 4 falleció. Su drama quedó sepultado por la bullanguera avalancha de los regalos de Reyes.» El carácter recio que va cobrando la realidad cotidiana queda desnudo en estas denuncias en que se habla no de gente que muere de hambre (eso forma parte del paisaje social) sino de personas que se matan a causa del hambre, del miedo de no poder afrontarla. Podemos hablar de «suicidios por hambre», del mismo modo que muchas veces hemos denunciado los «suicidios laborales» en el centro de trabajo, como modo de protesta radical. Orozco cita más casos: el de Lola «La Cigarrera» o el de Amaia Egaña, que se tiraron por la ventana empujadas por el agobio del desahucio. Estas muertes marcan la enorme diferencia entre esta crisis y el Crack del 29: entonces eran los ricachones repentinamente arruinados los que se tiraban desde los rascacielos…

 El radicalismo de la realidad

El hambre, el miedo a no poder vivir con dignidad, la resignación ante el radicalismo de la realidad, no son sentimientos empáticos. No es posible adivinar el sufrimiento del hambre, o de la angustia de no saber cuándo será la próxima comida o bajo qué techo podrá alguien guarecerse la siguiente noche, si no se ha sufrido en carne propia. El dolor y el sufrimiento se conocen solo por aproximación intelectual, son conceptos fantasma, que no remiten a experiencias propias, como el de la guerra o el asesinato. Por eso es tan fácil el olvido curativo que, de manera inmediata, los cubre de esa fina capa de polvo que los arrincona en el desván de la memoria de lo real.

Orozco, como buen periodista que es (es decir, inteligente y honrado), ponía en contraste esas muertes de perro con la noticia, coincidente en el mismo día, de la fortuna de Amancio Ortega, dueño de Zara, que lo hacía ascender al tercer puesto entre los más ricos del mundo, y, extrapolando la antítesis hiriente, la del patrimonio conjunto de los 40 ricachones cuya riqueza supera en un 50% todo lo que producimos los españoles en un año. Eliminada la empatía, sólo las cifras y desproporciones parecen capaces de radicalizarnos en nuestra percepción del mundo, al par que la realidad misma. Esa radicalidad debemos devolvérsela también al lenguaje que la nombra y crea. Es casi un deber recuperar palabras como «ricachones» o «mandamases», como hace Orozco, o como hacen intelectuales de formación marxista tan honorables como David Harvey o Perry Anderson, para nombrar a los poderosos del mundo y que, por contraste, deje más desnudo el radicalismo de la realidad. Otra cosa es qué hacer con esa carga sobrevenida, qué hacer con ese sufrimiento empático o con la indignación racional frente a la radicalidad de la injusticia que mata. De eso, si le parece al paciente lector, hablaremos en la siguiente entrada. La dedicaremos a esa pregunta tan incómoda que, desde Lenin, se repite como un eco de impotencia entre quienes mantenemos la contradicción moral viva, la mala conciencia, el sentimiento de culpa que genera la complicidad o la aquiescencia: «¿qué hacer?».

 

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El primer millón (Hermano consumidor…, y 2)

Apuremos un poco más la idea del hermano consumidor. Cuenta David Harvey en su libro El enigma del capital que a Imelda Marcos, tras la caída de su marido, el dictador filipino, le encontraron en su casa 6.000 pares de zapatos.zapatilla barroca 300x225 El primer millón
Esa locura (¡semejante cantidad daría para estrenar zapatos todos los días durante cerca de 20 años!) no sólo se explica por la impunidad de quien cree poderlo todo sin rendir cuentas a nadie, que también, por supuesto, sino por algo más: se trata de la acumulación capitalista trasplantada al alma individual, el consumismo fetichista elevado a la insania, el lujo suntuario como señal de poder y distinción social.

No es nada raro, por otro lado, sino todo lo contrario, en las familias de los autócratas. En lo que se refiere a nuestro país, es bien conocido el caso de Carmen Polo de Franco, de la que se contaba que era temida en el gremio de joyeros de Madrid por su afición compulsiva a las joyas y la pulsión complementaria a no pagarlas. O a pagarlas en especie, con un retrato dedicado, por ejemplo. Se decía que el consorcio de joyerías de la villa y corte tenía acordado un seguro para tan particular caso de pérdidas comerciales. Uno de los testimonios más fiables de tal afición desmedida es el de Jimmy Giménez-Arnau, que fue marido de Merry, una de las nietas de Franco, que aseguró que existía en la casa familiar un cuarto de unos 40 metros cuadrados con armarios estrechos en los que se guardaban «collares, diademas, pendientes, guirnaldas, broches y camafeos» de «perlas, aguamarinas, brillantes, diamantes, oro y plata» (La Nueva España, 3/12/2012).

Pero estos casos extremos, en los que se suman la exhibición del lujo suntuario con la borrachera del poder absoluto, no son sino exageraciones patológicas de lo que es la norma. Debemos huir de la excusa banal que considera el consumismo (o el derroche o el dispendio) como simples vicios producidos por decisiones individuales, que se corregirían, por tanto, con modificaciones de conducta (algo así como los consejos bienpensantes, propios de los anuncios gubernamentales o de la escolar «educación en valores»: para ahorrar luz o agua, apaga la luz al salir, no dejes el grifo abierto…). No, sino que lo que sucede es que, como advirtió siempre Agustín García Calvo, «si cada uno no creyera que hace lo que quiere, sería imposible que hiciera lo que le mandan». Y lo que se nos manda, pues es el alma del mundo, es que consumamos mercancías, tiempo y futuro de forma constante y acelerada.

money 300x225 El primer millónIncluso con apelaciones al patriotismo, como ocurrió en EE. UU., tras los atentados de Nueva York, cuando el mismo ex presidente Georges W. Bush era filmado a los pocos días a bordo de un avión comercial animando a los ciudadanos norteamericanos a viajar de nuevo, con la nueva seguridad reinstaurada, o se hacían llamadas publicitarias a comprar y regalar cachivaches en pro de la recuperación económica de la patria. El capital no es una cosa estática sino un proceso en que el dinero busca al dinero incesantemente. Si las mercancías ya no dan el beneficio necesario (se calcula que ese beneficio debe aumentar de forma constante un 3% anual, y que lo viene haciendo, salvo en épocas de recesión, desde hace tres siglos) el capital lo busca, como ahora, en inversiones financieras: deudas, futuros, allá donde sea posible…

La acumulación de capital, producto del excedente en forma de beneficio, debe ser reinvertida de continuo para obtener más beneficio que, a su vez, forma parte de una masa nueva de dinero que debe buscar más dinero, en esa espiral sin sentido que llamamos economía. Pues bien: piense el lector que esa insania que da por amortizado el tiempo de la vida (por eso lo llamamos «alma del mundo», rescatando la vieja idea renacentista), se reproduce también en nuestras almas individuales, que esa agitación sin fin en torno a la posesión imaginaria de cosas nuevas, la alegría enervante e insatisfactoria del consumo es el único resorte de sentido que nos ha quedado.

Es así que creemos identificar el mismo devenir enloquecido en el afán contemporáneo que mueve a los adolescentes y jóvenes (pero también de cualquier edad, dada la estandarización universal del tiempo muerto que vivimos, el tiempo del dinero), a «coleccionar» experiencias, viajes, amores (don Juan Tenorio es el arquetipo capitalista del amor) o años de vida. Los recuerdos se han cosificado en fotografías, como les ocurría a los replicantes de Blade Runner. La vida buena se ha convertido en un proceso de acumulación / inversión / beneficio en el que el tiempo pleno y con alma ha sido engullido por la regla del interés compuesto. Thomas Mann, en José y sus hermanos, contaba cómo una misma cantidad de años, en nuestro mundo, en la época mítica de Jacob y sus hijos era un «erial de tiempo» icomparable. Los admirables logros de la humanidad que fascinaban a Sófocles se han reducido a la triste búsqueda del primer millón. De lo que sea.

 

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Hermano consumidor …

La sustitución de la condición de ciudadano, o trabajador, por la de consumidor o cliente es ya antigua y sucede (es un presente continuo, se quiere decir: no ha dejado de suceder y sigue ocurriendo), al menos desde la ominosa derrota del movimiento obrero occidental que tuvo lugar desde los finales de los años 60 y que no ha terminado aún..CodigoBarrasPrisionero Nos detendremos en ello otro día, porque nos interesan ahora las consecuencias cataclísmicas , el tremendo cambio social, psicológico y económico  que provocó la publicidad desde esos mismos años, gracias a sus lamentables descubrimientos en torno a las debilidades humanas y la implementación de técnicas que se pusieron en práctica para su fácil explotación

Al final del sistema de producción masiva de mercancías (lo que se conoce comofordismo) duraderas y bien hechas, previsibles y mantenidas en su ritmo de confección y consumo, sucedió -apretándolo todo mucho- el diseño personalizado y la obsolescencia programada, a medida que los conocimientos psicológicos de las agencias publicitarias aprendían a crear, en quienes hasta ahora habían sido simples compradores,  la adicción al fetichismo del consumo y la ilusión de ser, como los ángeles, seres únicos con la aureola visible, de naturaleza casi ectoplasmática, de la marca y su efecto de halo.

La terrible efectividad de esa persuasión perversa la pueden observar y estudiar los lectores mismos en la pasión universal por los aparatitos de comunicación móvil y el hipnotismo que sus marcas y habilidades.provocan en sus poseedores. No ha habido desengaño en esto, parece mentira, aunque sí frustración desde que nos metieron en el embolado de falta de trabajo y crédito en que vivimos. No han decaído las ganas de consumir, sólo las posibilidades de hacerlo.

fetichismo Hermano consumidor ...Pero mucho peor, por su calado más hondo, ha sido la consecuencia, también de raíz publicitaria, de que los ciudadanos de Occidente se persuadieran de que la gestión pública o estatal de servicios era peor que la privada: por la razón de que funcionarios indiferentes (y a veces desabridos y antipáticos) proporcionaban ese servicio de forma indiscriminada y universal (y a veces, por tanto, masiva e incómoda). Ese convencimiento se llevó a cabo de la misma manera que el cambio en el consumo: por la ilusión de la personalización que la publicidad lleva a cabo (ahora mismo puede observar el lector cómo proliferan en la tele los anuncios de mutuas médicas privadas que juegan con ese hechizo: la soledad y el silencio de sus clínicas, la sonrisa-profidén de sus enfermeras y médicos, los tratamientos preventivos, el trato humano e individual…)

Ya lo impregna todo. Por ejemplo, en el mundo de la enseñanza, en el que me gano la vida, hace tiempo -pero aún recuerdo el escalofrío al oírlo por primera vez- que se adoptan términos y conceptos de la empresa privada y del comercio, tales como considerar a los alumnos (y a sus padres) como clientes.en los que, como consecuencia hay que medir su grado de satisfacción con el centro o la productividad o rendimiento de sus profesores junto al trato individualizado de los tutores. En ese sentido van las ideas (perversas muy a menudo) del ministro Wert de publicar periódicamente un ranquin de centros de enseñanza públicos. En el mundo de la medicina la cosa es mucho más antigua y de resonancias más amplias (el posible negocio es mayor y de ahí todo ese tristísimo folletín al que estamos asistiendo en España).

La persecución política que sufre FACUA, la rebelde organización de consumidores, nos permite hacernos una idea del cambio brutal, de las penosas renuncias que protagonizamos, de la pérdida del mundo por desposesión, hermano consumidor, hermana cliente… Terminemos  por si aún queda algún lector incrédulo o dubitativo, con el entendimiento clientelar de la política vigente en nuestros días. La desaparecida esfera pública (disputa y debate, razón común) ha sido sustituida por una política publicitaria en la que el ciudadano-cliente es tratado de forma individual para ser convencido de la necesidad de la mercancía que se le vende a cambio del voto. El cliente contemporáneo ya no necesita nada, desea cosas. Este, por su parte, reclama mejoras con las mismas pautas con que se reclama una mercancía averiada o caducada. Al desaparecer las ideas de fondo, los marcos interpretativos desaparecen también. ¿Qué queda, pues, sino reclamar el desperfecto en el producto? Han quitado mi centro de salud, el colegio de mi hijo está lleno de emigrantes, este bache no lo tapan…

Como dice, con tanta razón Wolfgang Streeck: «La incoherencia de la política contemporánea,  sorprendentemente semejante a la aleatoriedad e irresponsabilidad colectiva del consumo privado, tiene como correlato el hecho de que los jóvenes, en particular, se sienten menos inclinados que nunca a incorporarse a un partido político identificándose con todo su programa. (…) La puerta con la señal de salida debe estar siempre visible y abierta. (…) Los compromisos individuales limitados y fáciles de cancelar propios de la política de cuestiones aisladas no son tan distintos -estructuralmente distintos- de la compra de un automóvil o teléfono móvil» (NLR, nº 76). Una suerte de compromiso-basura, tan precario y volátil como los contratos de trabajo actuales. En ese mismo sentido deben entenderse los presupuestos municipales participativos o las figuras de los simpatizantes con que los viejos partidos quieren atraer a los jóvenes.

La esperanza que muchos tenemos en el desestimiento social, el decrecimiento, o como se le quiera llamar (preferiría no comprar, por jugar con la respuesta de Bartleby, el escribiente de Melville) se antojan a veces ilusorias cuando contemplamos las cosas desde esta perspectiva. Igual, para nuestra desdicha, una vez aprendida a palos la lección de la pérdida necesaria de protección social, tal como sostienen los ideólogos del neoliberalismo, se volverán a abrir los bancos con sus increíbles créditos personalizados y, como los Siete Enanitos, volveremos a ir cantando a trabajar y comprar otra vez al súper, al híper, a la sensual página de internet o la mesa electoral, tan felices como solíamos, aio, aio, laralalalalá…

 

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La no-gente

George Orwell llamaba «no-gente» a los habitantes de su distopía 1984 que no eran aptos para entrar en la Historia, y eran borrados, en consecuencia, de los anales y de la memoria de los tiempos venideros.
dia mundial justicia social 300x198 La no gente
Así ocurre, también, en nuestras sociedades de ficción verdadera y, muy en particular, en esta «España nuestra», como la llamaba Cecilia en la vieja y melancólica canción: El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha rechazado una demanda de Fausto Canales, hijo de Valerico Canales -desaparecido el 20 de agosto de 1936 en Pajares de Adaja (Ávila)- contra el estado español por negarse a investigar la desaparición de su padre. A pesar de haber cumplido el requisito de agotar la vía judicial en España, El TEDH no ha admitido la demanda -que contaba con informes de la fiscalía del Supremo y la asesoría de Right International Spain (RIS)- y niega, además, a Fausto Canales cualquier posibilidad de plantear ninguna clase de recurso. Valeriano Canales, pues, forma parte, junto a los cientos de miles de desaparecidos del franquismo, de la «no-gente». También el juez Garzón, el único condenado en España en relación a la Dictadura (justamente por querer investigar el paradero y culpables de esas desapariciones ignominiosas), cuyo destierro y olvido empieza a desdibujar su figura neblinosa, ya junto a otro fantasma del bosque del olvido (Julián Assange) o con su nuevo DNI argentino, forma parte ya de las sombras de los innombrables.

El país de Jauja Brueghel el viejo 300x195 La no genteNo hay verdad posible sin la asunción del dolor, como quería T. W. Adorno. Y es el presentimiento de ello, la inquietud por el escamoteo de la verdad, por la condición de no-gente a que se está condenando a sectores enteros de la sociedad, escandalosamente grandes, lo que provoca esta sensación de inquietud y ansiedad, como la desazón de esas manadas que veíamos en las películas del Oeste cuando presentían el fuego o la cabalgada de un grupo de facinerosos con malas intenciones. Los lectores de corazón aún sensitivo y con la herida abierta de la mala vida lo percibirán. Si la humanidad es ese fondo insobornable que nos hace ser hombres, y no su conjunto cerrado (eso solo ocurrirá cuando acabe nuestra historia, y ya no habría nadie para contarla), la no-gente está siendo privada de su humanidad.

No-gente no solo son las víctimas del pasado que se quieren borrar de nuestro recuerdo, en un siniestro intento de darles muerte por segunda vez, son también los ejércitos de parados, las nuevas órdenes mendicantes formadas por desplazados, desclasados, arruinados (y las renovadas, potenciadas y complementarias asociaciones de caridad), las mujeres acosadas o golpeadas y asesinadas, los niños desaparecidos. Pueblos enteros como el de los palestinos (pero también los sudaneses, los congoleños, los tibetanos, las masas de desposeídos de México, los indios del Amazonas o de las tierras altas del Perú…). La enumeración sería interminable y angustiosa. Pero solo es posible la verdad si asumimos su existencia y su sufrimiento, sólo de esa empatía movilizadora puede surgir una humanidad reconciliada, únicamente de nuestra negación de la segunda muerte del olvido.

Pero como tampoco hay verdad sin su contrario, debemos terminar recordando que también los victimarios se esconden entre las sombras del anonimato y el camuflaje, entre las muchedumbres contemporáneas que angustiaban a Baudelaire, entre lano-gente. También con ellos es necesario ejercitar el esfuerzo de la memoria, para que sean identificados, acusados, juzgados. Porque ya ocurrió tras la Guerra Mundial, con las masas de cómplices anónimos de los regímenes totalitarios (en Alemania, en Italia, en España, en Portugal…) que han podido tener una larga y buena vida, durmiendo a pierna suelta a pesar de las enormidades y crueldades en que participaron, como confesó una vez que le había pasado a él el responsable del bombardeo de Hiroshima.

Por eso, iniciativas -humildes por ahora, pero que podrían llegar a ser clamores como los de las trompetas de Jericó- como las del diario Público en su carta abierta a los ministros del gobierno español pidiendo los nombres y apellidos de los titulares de las cuentas suizas en las que los evasores, corruptos o ladrones guardan sus sucios e indignos dineros negros, es tan importante; porque, como ocurre con el juez Garzón, sólo conocemos el nombre propio del empleado que dio a conocer la lista hoy secuestrada en manos del gobierno. De esta forma, la reclamación de los nombres propios, la restitución de la humanidad de la no-gente, se ha convertido en el «tema de nuestro tiempo», en la «cuestión palpitante», en la «guerra del fin del mundo», por decirlo así, de esta forma ciertamente tan melodramática y pedante (¿pero cómo nombrarlo si no es con énfasis pedante y literario, si queremos que la herida de la injusticia, de la humanidad sufriente no nos sea ajena y se nos pierda entre tecnicismos bienpensantes?), en el final de estas inquietudes que quería compartir hoy con los amigos del blog.

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¿De qué se ríen? (La risa de los políticos)

La risa de los políticos, la máscara de su personaje en la representación de la tragedia ridícula, o farsa, de nuestro tiempo, dio pie a Mario Benedetti a la creación del poema que reproduzco al final de esta entrada, que, a su vez, convirtió en una popular canción Quintín Cabrera, el olvidado y excelente cantautor uruguayo.

Risa en la Cumbre Europea La risa del político, en contraste con el drama cotidiano de la gente, con su tristeza o llanto, funciona siempre como un oxímoron hiriente. Benedetti no deja de subrayar ese punto de desesperación que provoca esa risa en el exasperado estribillo, en esa pregunta retórica que el ministro nunca va a responder: ¿de qué se ríe?, ¿de qué se ríe?

¿De qué se ríen los políticos de estas fotos (escogidas al azar de entre cientos disponibles)? ¿De los «sujetos imponentes» -por usar uno de los lúcidos y enfilados juegos lingüísticos de Manuel Alcántara- que cigarrillo a cigarrillo, IVA A IVA, IBI a IBI, IRPF A IRPF, recorte a recorte, asalto a asalto, suicidio a sucidio, vamos pagando las púas bancarias, los tanques obsoletos del ejército, el blanqueo o fuga de los capitales, los onerosos retiros de los especuladores sin alma?

¿De qué se ríen? ¿De la resignación melancólica con que sobrevivimos los europeos a una moneda paradójicamente extranjera y a este régimen de ocupación (económica, política) en que se ha convertido Europa? ¿De su parlamento inútil y suntuario?,  ¿de cómo, por arte de trileros, deciden nuestra infelicidad cotidiana instituciones que nadie ha elegido como el Bancol Central, el Consejo, la Comisión y sus bandas de técnicos y oficinistas? ¿De los consejos cínicos de la OCDE -incendiarios haciendose pasar por bomberos- para que permanezcamos dóciles y sumisos en nuestro ergástulo de deudas, paro e hipotecas?

¿De qué se ríen? ¿Del naufragio infinito de la tasa Tobin? ¿Del ninguneo al 0% de las tasas constitucionales sobre depósitos bancarios con que Andalucía o Extremadura pretendían sacar algún dinerito exrra? ¿De la congelación de las pensiones, de las injustas tasas judiciales? ¿De la entrada a saco del capital en los sistemas educativo y sanitario europeos, la apetecible tarta que les quedaba por comer a los bulímicos «mercados»? ¿De los televisores de plasma que se compran los parados que aún cobran los 400 euros, o el vino en que se los gastan, según es fama?

¿O se reirán tal vez de la ruina de los griegos, de los campamentos de miseria en que duermen al raso los emigrantes («…que otro sabio iba comiendo las hierbas que él arrojó») en las plazas de sus ciudades?

¿De qué se ríen? ¿De qué se ríen?

CONFERENCIA ANUNCIARON REDUCCION SUBSIDIOS SERVICIOS CLAIMA20111203 0081 4

¿De qué se ríe (señor ministro)?

(canción de Quintín Cabrera sobre letra de Mario Benedetti)

En una exacta foto del diario,
señor ministro del imposible,
Vi en plena risa y en plena euforia
y en pleno gozo su rostro simple.
Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

De su ventana se ve la plaza
Villamiseria no está visible.
Tienen sus hijos ojos de mando
pero otros tienen mirada triste.
Aquí en la calle suceden cosas
que ni siquiera pueden decirse
Los estudiantes y los obreros
ponen los puntos sobre las íes
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Usted conoce mejor que nadie
la ley amarga de estos países.
Ustedes, duros con nuestra gente,
por qué con otros son tan serviles.
Cómo traicionan el patrimonio
mientras el gringo nos cobra el triple.
Cómo traicionan, usted y los otros,
los adulones y los serviles.
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Aquí en la calle sus guardias matan
y los que mueren son gente humilde.
Y los que mueren son gente humilde
y los que quedan, llorando rabia,
seguro piensan en el desquite.
Allá en la selva sus hombres hacen
sufrir al hombre y eso no sirve.
Después de todo usted es el palo mayor
de un barco que se va a pique.
Por eso digo, señor ministo,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?

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La república de la propiedad (y 2)

Estas iniciativas políticas, la de José Luis Centella, de IU, u otras más desconocidas aún como la del ayuntamiento de Redueña (Madrid), Carcaboso (Cáceres), El Campillo de la Jara (Toledo) y los pueblos cántabros de la Mancomunidad de Municipios sostenibles, que pretenden crear bancos de tierra, nacen de una buena intención: poner propiedades agrarias de titularidad pública a disposición de cooperativas o pequeños agricultores para su explotación.
JornalerosPero pecan de coyunturales, porque han surgido al calor de la «crisis» con la simple (y loable, cómo vamos a negarlo) pretensión de crear empleo, sostenible, como se llama ahora, y de paliar la despoblación rural. Pecan también de un descuido lingüístico: usar la palabra «banco» (como se hace también con los alimentos) pues la contaminación semántica acarrea al mismo tiempo un contagio ideológico: un banco acumula dinero, acciones empresariales, bienes inmuebles o tierras para negociarlos después con usura. Es decir, que si usamos el término banco asumimos de camino su naturaleza y funcionamiento, basado en la acumulación y los intercambios fiduciarios. En ningún momento se pone en cuestión la misma idea de propiedad privada que discutimos aquí, en estas últimas entradas del blog.

Centella, por ejemplo, decía en su propuesta parlamentaria: «El Banco de Tierras sería el organismo institucional encargado de redistribuir los terrenos agrícolas de forma que se adecuen lo más posible para el desarrollo y modernización agraria y social del campo.(…) El Banco de Tierras es una herramienta que permite movilizar las tierras de cultivo mediante arrendamientos o cesión (…). Los destinatarios de la actividad del Banco de Tierras pueden ser cooperativas agrarias que pretendan aumentan su base territorial o jóvenes que quieran dedicarse a la actividad agraria en zonas afectadas por el envejecimiento o el éxodo rural.» La respuesta del Ministerio a esta iniciativa ha sido la esperable y no merece más comentarios: «el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente no tiene entre sus previsiones la constitución de una entidad de esas características.»

Despierta algunas expectativas mayores la actitud de la Junta de Andalucía, más receptiva ante el problema agrario: «La Junta de Andalucía, al contrario que el Gobierno central, sí creará el banco de tierras para parados con las fincas públicas. El fracaso en la venta de 20.000 hectáreas de tierras del desaparecido Instituto Andaluz de Reforma Agraria (IARA), por las que sólo ingresaron 10,6 millones de los 75 previstos, ha dejado el inventario casi hecho» (El País, 1/11/2012) . Aunque parece adivinarse en ello una reivindicación del último y fracasado proyecto de Reforma Agraria, implícito en la desaparición del IARA que se menciona en la noticia. Esa muerte anunciada la contaba así el mismo diario, con tono elegiaco de responso, en enero del 2011: «El viernes pasado entró en vigor el decreto aprobado por el Consejo de Gobierno el pasado 27 de julio que da carpetazo oficialmente a la reforma agraria que nació en el año 1984 y que supone la extinción del Instituto Andaluz de Reforma Agraria (Iara). A partir de ahora, se abre un plazo de un año para que todos los colonos que venían explotando las tierras opten a su compra y adquieran la condición de propietarios»

Por su parte, el primer banco de tierras ya en funcionamiento, el proyecto municipal mancomunado del que hablábamos más arriba, pretende, con una «música» de estos tiempos, lo siguiente: «El objetivo es recuperar las prácticas agrícolas «de los antepasados» y acercarlas a las propias de la agricultura ecológica, por ejemplo, evitando los pesticidas. Una de las medidas que han desarrollado es el banco de tierras, que cuenta con un espacio en la web en el que interactúan ofertantes y demandantes de tierras para prácticas agroecológicas.» (se pueden leer más detalles sobre este proyecto en Red Montañas).

Todo ello, como comprueba el lector, en la más estricta ortodoxia de un capitalismo que se pretende con rostro humano y ecologista, como es el que defiende la socialdemocracia española. Sin embargo, el problema de fondo, la necesidad ética y política, de revisar el régimen de la propiedad y sus límites sociales, santificado constitucionalmente, sigue invisible, intocado e intocable.

Reforma AgrariaLa desatención a lo que está ocurriendo de verdad, un proceso de nueva reapropiación y concentración en la propiedad de las tierras es realmente escandalosa. En los últimos 10 años el número de sociedades no cooperativas propietarias de fincas agrícolas se ha duplicado y van acumulando un porcentaje importante de tierra cultivable. Aunque no he encontrado datos oficiales, se sabe que grupos empresariales como Ebro, Siro, Gullón o Pascual juntan cada una de ellas más de 10.000 Has de tierra. Las consecuencias de este proceso acumulativo se conocen: el precio de la tierra agrícola aleja la posibilidad de instalación de pequeños agricultores o cooperativas y facilita la especulación.

Todo está facilitado por la naturaleza jurídica de la tierra (por eso llamamos, como Negri, «república de la propiedad» al régimen que padecemos) que la considera un auténtico y exclusivo bien privado, al margen de cualquier regulación o restricción por su interés social. Su mercantilización es absoluta y está en la raíz de las desigualdades en el medio rural y entre este y el medio urbano, cada vez mayores. Y, para colmo -y para acabar por hoy el rosario de nuestras razones- no es ni siquiera ya un problema español, sino univesal.

Según un informe de la FAO, en 2011 se dispararon los precios de los alimentos -nos detuvimos en esta dramática cuestión en las entradas que le dedicábamos este verano en el blog y que el lector curioso puede leer como punto de vista complementario: Los futuros del hambre y Los futuros del hambre (y 2)– y hubo una auténtica explosión de adquisiciones de enormes extensiones de tierras cultivables y de zonas ricas en agua. De estas compras especulativas explicaba el diario Público, que es de los pocos medios atentos a estos hechos, siempre en la sombra de la invisibilidad en los grandes medios informativos occidentales, en su edición del día 19 de este mes: «La multiplicación de estas transacciones (que alcanzan un territorio equivalente a la totalidad de Europa Occidental) podría entrañar, según Diouf, ‘un forma de neocolonialismo: Estados pobres produciendo alimentos para los países ricos a expensas de su propia población hambrienta’».

Este es el verdadero «Gran Juego» del capitalismo rampante que sufrimos, en que todos somos, a nuestro pesar, participantes y cómplices involuntarios. Espero haber ayudado al lector y amigo del blog a entender la urgencia, equívocos y olvido imperdonable de esta fuente de injusticia hiriente, que hizo exclamar a un jornalero, en un diálogo con un senador, que cita Díaz del Moral en su libro sobre las luchas campesinas: «Señorito, ¿y cuándo llegará el gran día?» y responde, ante la perplejidad del político ante la pregunta, «el día en que todos seamos iguales y se reparta la tierra entre todos»…

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La república de la propiedad

Reconforta encontrar en el artículo de Nancy Fraser (profesora de Filosofía en la New School University de Nueva York), «Sobre la justicia», en el número 74 de New Left Review, la coincidencia con la idea-fuerza que manteníamos nosotros en las entradas que dedicamos a repensar la justicia distributiva -la que tiene relación con la distribución de la propiedad y la riqueza- en el blog («Suum cuique tribuere», primera parte y segunda parte), a saber: la justicia no existe, no es un dato de la experiencia, sino una ideación creada de forma refleja como respuesta a la injusticia, que sí que forma parte de nuestra percepción social.

Desahucio 300x202 Del mismo modo que ocurre con la idea de paz o libertad, otras tantas respuestas al sentimiento insoportable de la esclavitud o la guerra. Así que «justicia», «paz» o «libertad» son sólo aspiraciones del mundo humano, alternativas al estado de naturaleza, y como tales, elaboraciones laboriosas y trabajadas, dependientes de la vigilancia y esfuerzo de nuestra voluntad y entendimiento.

Las coincidencias con la reflexión de Nancy Fraser van más allá: su recordatorio de la consideración de la justicia como la virtud suprema, que organiza y ordena las demás, para los antiguos, incluido Platón, o su simpatía por John Rawls (en quien nos deteníamos también en aquellas dos entradas nuestras) y su afirmación de que «la justicia es la principal virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento». Éste es el marco conceptual desde el que quiero compartir con los amigos del blog lo que me inquieta hoy: por qué el problema de los desahucios, como manifestación concreta del malestar social difuso que, con tan poca fortuna, llamamos «crisis económica», concita sentimientos tan hirientes de injusticia distributiva y estos conatos de rebelión social que han motivado entre nosotros.

La razón principal es, se entiende bien después de lo dicho: la experiencia concreta de injusticia que provoca ver a una familia expulsada de su casa y arrojada, literalmente, a la calle. Como la protesta radical que suponen los suicidios que esa sensación de injusticia ha motivado (no tan extraños ni imprevistos, por otro lado, si recordamos que los suicidios en los centros de trabajo, como forma de denuncia extrema de las agobiantes condiciones laborales contemporáneas, se vienen sucediendo desde hace años; si bien su recepción social ha estado ensordecida por la extrema discreción con que los han ido filtrando los Medios). Pero, más allá de la empatía con esos vecinos y de la triste paradoja que explican muy bien consignas de protesta como la del retruécano de que cada vez hay más gente sin casa y más casas sin gente, ¿qué es lo que nos inquieta tanto de los desahucios? La respuesta es clara: la prevalencia legal y jurídica de la propiedad privada sobre el derecho de gentes a tener una vivienda digna.

Les Tres Riches Heures Du Duc De Berry Janvier 300x245Si nos seguimos preguntando por qué eso que es tan claro para la razón común no lo es para la opinión pública, por qué esa injusticia radical (en el sentido en el que Rawls habla de la justicia como condición fundamental de las instituciones, de la estructura básica de una sociedad) no aflora en el debate político, no tenemos más remedio que responder, como hace Nancy Fraser, con un apólogo popular: si a una rana la metemos en un recipiente con agua hirviendo, la rana da un salto y huye, salvando así su vida. Si, por el contrario, la metemos en agua fría que, poco a poco, vamos calentando, la rana, que no nota el cambio gradual de la temperatura, se queda dentro hasta que muere. El engaño de la rana ayuda a entender la razón del consentimiento social al principio sacrosanto de la propiedad privada. Por esa razón, Toni Negri llama, de forma muy significativa, «República de la propiedad» al régimen político universal que padecemos.

El sentimiento de injusticia, de «hibris», de la propiedad privada (y la pulsión intelectual de restaurar el equilibrio roto, de aliviar el sufrimiento empático, de consolarnos de la punzada moral que sentimos invocando la justicia distributiva) tiene muchas manifestaciones al margen de los desahucios o los contratos esclavistas de las hipotecas bancarias: el aumento de consumo y exhibición de mercancías de lujo, por ejemplo, la falta de decoro de las clases ricas y ociosas (las del 1% tan citado), por ejemplo. La amnesia moral de nuestras repúblicas de la propiedad incluye el olvido incluso de las viejas leyes anti suntuarias romanas, que desde la Ley Oppia (215 a. C.) a la Ley Emilia (675) o las posteriores disposiciones imperiales, intentaron contener la exhibición del lujo en la idea perdida del decoro público, desde la cantidad de invitados a la cantidad de alimentos, pasando por la ley del oro de las joyas y el exotismo de los tejidos y colores…

Jornaleros2 234x300En el plano personal de quien esto escribe, nacido y criado en tierras de latifundios y señoritos, el sentimiento de injusticia hiriente provocado por la propiedad privada, proviene, justamente, de la propiedad de la tierra. Por eso me resulta tan penoso que haya desaparecido del conocimiento común, engullida por las fauces insaciables de ese «Moby Dick» de los medios de persuasión contemporáneos, que transforman a tal velocidad realidad y vida a olvido e indiferencia, la noticia reciente de una iniciativa del diputado de IU José Luis Centella que, según lo contaba el diario El País, «defiende que actualmente existen extensiones de suelo propiedad del Estado, muchas de ellas encomendadas al Ejército, que podrían ser dedicadas a uso agrícola y cultivadas por cooperativas.

En este sentido, IU reclama un estudio de las propiedades estatales y de particulares que posean tierras abandonadas o subexplotadas para incluirlas en el banco.» Del mismo modo ha sido olvidada, sin mayor eco, la respuesta gubernamental: «el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente ha cerrado la puerta a esta posibilidad y ha explicado que las fincas del Estado ‘tienen como finalidad principal la conservación del medio natural y el uso y disfrute por los ciudadanos siempre que sea posible’. En ese ‘uso y disfrute’ no se incluye como finalidad principal el empleo.» Pero de todo ello, de ese problema eternamente irresuelto, seguiremos hablando en la segunda parte de esta entrada, para no abusasr de la prudente paciencia del lector.

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De la alegoría barroca a las series de forenses: Las ruinas humanas como texto

No es por azar, sino porque están unidas por un secreto acorde, que las imágenes de esas series de forenses que pueblan la televisión desde hace años (médicos indiferentes que leen e interpretan tocones de mujeres, niños y hombres -en ese orden-: ruinas humanas rescatadas de algún crimen que, como los fragmentos de un papel roto o como mercancías deterioradas exigen ser descrifadas e identificadas) recuerdan tanto y remiten, en un salto histórico aleccionador, a la alegorías barroca (del barroco de la imagen, pero también del barroco de los textos) sobre la muerte y sus ruinas, la herida del tiempo, la culpa y la melancolía: los membra disiecta como los que ilustran este cuadro de Bartholemus Hopfer, de 1643.

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Brtholemus Hopfer, «Exilium melancholiae», 1643

En una caso y en otro, como corresponde a dos épocas muy proclives a la escritura secreta y jeroglífica, el mensaje está cifrado y sólo el código de la alegoría, que precisa del alejamiento de la vida -los miembros muertos, fragmentarios y dispersos- puede ayudar a la construcción de un relato: el conocimiento de las circunstancias de una muerte que ocurrió, como sucede siempre, a espaldas del tiempo, en secreto. En el caso contemporáneo, el forense desencripta el texto jeroglífico de los restos de huesos o podredumbre, rescatando la identidad humana de la víctima que ocultaba y sacando a la luz al culpable en la lección alegórica propia de este tiempo: el malo no puede esconderse en la multitud de las ciudades ni en los restos humanos confundidos en el paisaje natural o en los detritus industriales urbanos, como un mensaje estenográfico. La luz esclarecedora de la ciencia expondrá, una vez interpretado correctamente el texto de las ruinas, al culpable escondido, con su foco deslumbrante, ante el poder justiciero. Así, la muerte -del lado de acá- deja de ser un misterio melancólico para incorporarse con toda naturalidad al régimen laboral de los forenses y al normal funcionamiento del tráfico de mercancías, de las instituciones y las tecnologías a su servicio. Esto rige incluso más allá: piense el lector en las donaciones de «órganos», hechas desde la vida para después de la muerte como en una inversión de futuros, y en los negocios que conlleva, o en los asesinatos que provoca por mor de su comercio y beneficio. Nada debe escapar a los procesos mercantiles.

Los tocones, vísceras, humores resecos (que, sin embargo, pueden guardar el celoso mensaje cifrado del ADN) o hasta insectos y gusanos, testigos delatores del lugar y tiempo pasados en que sucedió el crimen, en cualquier caso, no mueven nunca a piedad ni remiten -salvo en algunas reconstrucciones digitales de lo que fue un ser vivo, a mayor gloria de la tecnología- al ser humano del que formaban parte: son sólo signos abstractos y, en ese sentido, encajan, junto a los demás sistemas semiológicos, en la condición necesaria del conocimiento contemporáneo: todo debe estar muerto, inmune a la perturbación del tiempo, para integrarse en nuestro saber. Y, a la vez, producir beneficios y trabajo, como una especie de industria epigonal del reciclaje de la mercancía humana. El espectador, como buen alumno, aprende y se alfabetiza en estas nihilistas clases de anatomía.

En relación a la alegoría barroca, a su afición a horrores y martirios, a calaveras y huesos, Walter Benjamin buscó la respuesta en viejos tratados de emblemática y heráldica; leía, por ejemplo, en una controversia en torno a las normas de la heráldica: «entero, el cuerpo humano no puede formar parte de un icono simbólico, pero una parte del cuerpo no es inapropiada para su constitución». Hoy, el código que descifra el mensaje secreto de la muerte se busca en la enciclopedia posmoderna del genoma. Note, sin embargo, el lector la coincidencia, a través del tiempo, del carácter simbólico o semiológico de las ruinas del hombre o de la naturaleza: el procedimiento es el mismo en un incendio, en cualquier catástrofe: la muerte y fragmentación como método científico. En el tradicional relato de investigación policial o novela negra, por el contrario, donde el cadáver está entero y no troceado, la cámara lo olvida pronto y la trama se centra en la escena del crimen, en el cerco a testigos y próximos de la víctima o del asesino, en el ámbito de lo social. En estas historias es el espacio el que se convierte en texto, algo que tanto fascinaba, como artificio narrativo, a Alain Robbe-Grillet en La celosía.

Para el hombre del Barroco, la fascinación por la muerte no tiene nada que ver con la inmortalidad sino con la desazón del final de la vida, de su fugacidad, de los cadáveres que a su paso deja el tiempo. La melancolía que tiñe todo el arte y la literatura del Seiscientos (la antigua bilis negra regida por Saturno, en las fascinantes teorías médicas en las que se mezclaba aún el saber de los humores corporales y la astrología) está mezclada con la culpa y la expiación. El martirio del santo, por ello, sustituye al «sacrificio» del héroe en la tragedia antigua. El desmembramiento (recuerde el lector cualquiera, el despellejamiento de san Bartolomé de Ribera, por ejemplo; y, al paso, las manos curtidas y fuertes, de trabajador, del que está realizando la fatigosa labor) es condición presupuesta para que la muerte se convierta en un relato con sentido.

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Y es ahí, para terminar este particular memento mori que traemos al blog hoy, dejándonos llevar por rituales de estos días primeros de noviembre, en la reconstrucción del sentido alegórico de la muerte, donde el tiempo presente diverge en mayor medida del siglo barroco. La cámara cienematográfica, que entra y sale de forma transparente en las cercanías, los contornos y los adentros de la herida, del hueso o de la podredumbre de la ruina humana corrigen así la naturaleza borrosa de nuestra visión, la que tiene que ver con la vida, la de nuestros ojos. Ese escudriñeo impío del forense, cuando lee los miembros o fragmentos humanos con que trabaja, no busca ningún sentido en su reconstrucción alegórica de la muerte: no, sino tan solo restaurar el orden roto temporalmente por el crimen de algún asocial que intentó borrar su rastro dispensando los restos del cadáver y camuflándose (y en este sentido, él se convierte también un un miembro disperso del cuerpo social) en el anonimato de las multitudes urbanas. Es decir, el forense pone su saber semiológico al servicio del orden, simbolizado en esos espacios estériles y asépticos de los laboratorios en que realizan su trabajo, tan parecidos a los cementerios. Un orden, paradójicamente, que lejos de preguntarse por el sentido de nuestra vida, reinstaura y generaliza el orden inerte de la muerte, el de un espacio helado que nos anestesia de la herida incurable y devastadora del tiempo. La melancolía de nuestra época, como puede ver el lector, aunque comparte el mismo afán críptico y un paralelo saber semiológico, radica en el extremo de la hiperestesia del hombre barroco: el de la carencia de sentido propio de las mercancías, la fragmentación y dispersión de los restos del mundo.

A Agustín García Calvo, in memoriam

Esta entrada ha sido publicada posteriormente en la revista digital FronteraD el 18 de septiembre de 2014.

 

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