Hermano consumidor …

La sustitución de la condición de ciudadano, o trabajador, por la de consumidor o cliente es ya antigua y sucede (es un presente continuo, se quiere decir: no ha dejado de suceder y sigue ocurriendo), al menos desde la ominosa derrota del movimiento obrero occidental que tuvo lugar desde los finales de los años 60 y que no ha terminado aún..CodigoBarrasPrisionero Nos detendremos en ello otro día, porque nos interesan ahora las consecuencias cataclísmicas , el tremendo cambio social, psicológico y económico  que provocó la publicidad desde esos mismos años, gracias a sus lamentables descubrimientos en torno a las debilidades humanas y la implementación de técnicas que se pusieron en práctica para su fácil explotación

Al final del sistema de producción masiva de mercancías (lo que se conoce comofordismo) duraderas y bien hechas, previsibles y mantenidas en su ritmo de confección y consumo, sucedió -apretándolo todo mucho- el diseño personalizado y la obsolescencia programada, a medida que los conocimientos psicológicos de las agencias publicitarias aprendían a crear, en quienes hasta ahora habían sido simples compradores,  la adicción al fetichismo del consumo y la ilusión de ser, como los ángeles, seres únicos con la aureola visible, de naturaleza casi ectoplasmática, de la marca y su efecto de halo.

La terrible efectividad de esa persuasión perversa la pueden observar y estudiar los lectores mismos en la pasión universal por los aparatitos de comunicación móvil y el hipnotismo que sus marcas y habilidades.provocan en sus poseedores. No ha habido desengaño en esto, parece mentira, aunque sí frustración desde que nos metieron en el embolado de falta de trabajo y crédito en que vivimos. No han decaído las ganas de consumir, sólo las posibilidades de hacerlo.

fetichismo Hermano consumidor ...Pero mucho peor, por su calado más hondo, ha sido la consecuencia, también de raíz publicitaria, de que los ciudadanos de Occidente se persuadieran de que la gestión pública o estatal de servicios era peor que la privada: por la razón de que funcionarios indiferentes (y a veces desabridos y antipáticos) proporcionaban ese servicio de forma indiscriminada y universal (y a veces, por tanto, masiva e incómoda). Ese convencimiento se llevó a cabo de la misma manera que el cambio en el consumo: por la ilusión de la personalización que la publicidad lleva a cabo (ahora mismo puede observar el lector cómo proliferan en la tele los anuncios de mutuas médicas privadas que juegan con ese hechizo: la soledad y el silencio de sus clínicas, la sonrisa-profidén de sus enfermeras y médicos, los tratamientos preventivos, el trato humano e individual…)

Ya lo impregna todo. Por ejemplo, en el mundo de la enseñanza, en el que me gano la vida, hace tiempo -pero aún recuerdo el escalofrío al oírlo por primera vez- que se adoptan términos y conceptos de la empresa privada y del comercio, tales como considerar a los alumnos (y a sus padres) como clientes.en los que, como consecuencia hay que medir su grado de satisfacción con el centro o la productividad o rendimiento de sus profesores junto al trato individualizado de los tutores. En ese sentido van las ideas (perversas muy a menudo) del ministro Wert de publicar periódicamente un ranquin de centros de enseñanza públicos. En el mundo de la medicina la cosa es mucho más antigua y de resonancias más amplias (el posible negocio es mayor y de ahí todo ese tristísimo folletín al que estamos asistiendo en España).

La persecución política que sufre FACUA, la rebelde organización de consumidores, nos permite hacernos una idea del cambio brutal, de las penosas renuncias que protagonizamos, de la pérdida del mundo por desposesión, hermano consumidor, hermana cliente… Terminemos  por si aún queda algún lector incrédulo o dubitativo, con el entendimiento clientelar de la política vigente en nuestros días. La desaparecida esfera pública (disputa y debate, razón común) ha sido sustituida por una política publicitaria en la que el ciudadano-cliente es tratado de forma individual para ser convencido de la necesidad de la mercancía que se le vende a cambio del voto. El cliente contemporáneo ya no necesita nada, desea cosas. Este, por su parte, reclama mejoras con las mismas pautas con que se reclama una mercancía averiada o caducada. Al desaparecer las ideas de fondo, los marcos interpretativos desaparecen también. ¿Qué queda, pues, sino reclamar el desperfecto en el producto? Han quitado mi centro de salud, el colegio de mi hijo está lleno de emigrantes, este bache no lo tapan…

Como dice, con tanta razón Wolfgang Streeck: «La incoherencia de la política contemporánea,  sorprendentemente semejante a la aleatoriedad e irresponsabilidad colectiva del consumo privado, tiene como correlato el hecho de que los jóvenes, en particular, se sienten menos inclinados que nunca a incorporarse a un partido político identificándose con todo su programa. (…) La puerta con la señal de salida debe estar siempre visible y abierta. (…) Los compromisos individuales limitados y fáciles de cancelar propios de la política de cuestiones aisladas no son tan distintos -estructuralmente distintos- de la compra de un automóvil o teléfono móvil» (NLR, nº 76). Una suerte de compromiso-basura, tan precario y volátil como los contratos de trabajo actuales. En ese mismo sentido deben entenderse los presupuestos municipales participativos o las figuras de los simpatizantes con que los viejos partidos quieren atraer a los jóvenes.

La esperanza que muchos tenemos en el desestimiento social, el decrecimiento, o como se le quiera llamar (preferiría no comprar, por jugar con la respuesta de Bartleby, el escribiente de Melville) se antojan a veces ilusorias cuando contemplamos las cosas desde esta perspectiva. Igual, para nuestra desdicha, una vez aprendida a palos la lección de la pérdida necesaria de protección social, tal como sostienen los ideólogos del neoliberalismo, se volverán a abrir los bancos con sus increíbles créditos personalizados y, como los Siete Enanitos, volveremos a ir cantando a trabajar y comprar otra vez al súper, al híper, a la sensual página de internet o la mesa electoral, tan felices como solíamos, aio, aio, laralalalalá…

 

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

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