Los nombres propios no son nada, no significan nada, son pura genealogía, simples deícticos. Pero como son genéricos (en nuestra cultura), necesitan algo más, otro adorno, digamos, pues somos, más o menos, hijos de algo o alguien (el padre).
La inseguridad en el uso de los nombres propios se ve muy bien en el Quijote (que, al menos, tiene la suerte de elegir su propio nombre).
Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto no hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. […]
[…] Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. […]
(Don Quijote I, cap. 1)
Más adelante:
[…] los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo […]
(Don Quijote I, cap. XLIX)
Pero todo ello porque él es un hidalgo, un hijo de algo. Sancho, por el contrario, como no lo es, no tiene apellido pues “Panza” es un apelativo, un mote…
Así que a la pregunta ¿quién es? la mejor respuesta posible es
Ese, uno (cualquiera, no 1, 2… Estos solo cuentan abstracciones), un tal, fulano. La forma más antigua de designar, la más refractaria al cambio y al trapicheo en el sistema de las lenguas. Quizá, por eso también, por su rebeldía a la manipulación, la que más ofende a los ofendibles:
-¿Quién ha sido, ése?
-No, ese no, esa.
O, por el contrario, escondiendo al sujeto:
-Pero ¿quién te lo ha dicho?
-Qué más da, uno…
Y, cómo no, en el mundo de los hombres, las mujeres sin nombre: “una cualquiera”, una fulana”…
La política se ha instalado, hace mucho tiempo si no siempre, en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Lo dijo una vez Rajoy, en la presentación parlamentaria de una de sus múltiples tandas de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone»; renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa. Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando».
El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga («Lo que sea necesario») el funesto abuso de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…
En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a los gobernantes de ahora, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual.
Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:
«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,
maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»
El amigo lector sabrá, con toda certeza, interpetar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.
Una vez, en una charla con estudiantes de la Universidad de la Habana, Fidel Castro dijo “Entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o que alguien sabía cómo se construye”.
Ponía en práctica así, con ese reconocimiento-disculpa, lo que en el ya olvidado lenguaje de la izquierda se llamaba “autocrítica”, y que era una cura ascética que se exigía a los militantes para que, mientras tanto llegaba la nueva sociedad, se fuera conformando, al menos, el hombre nuevo.
Cuánto echamos de menos esa ascesis de la autocrítica en los gobernantes de nuestra feble Europa, que de tan humillante manera vemos cada día vender su alma -el capitalismo con rostro humano- en la pública almoneda de las deudas y las sospechas… Y en cuanto a la “docta ignorantia” manifestada por Castro, en efecto, ¿quién sabe de socialismo, ni qué futuro mundo, mejor y posible, evoca esa palabra, que ha llenado de esperanzas y espíritu de lucha a tantas generaciones?, ¿quién sabe cómo se construye eso?
Pero sí sabemos, al menos, lo que no es y cómo no se edifica. Desde luego no es eso que se sigue llamando aún “estado del bienestar”, con esa fórmula lingüística tan edulcorada y bienpensante como el original inglés que traduce, el “welfare” de marras: ese espejismo sociopolítico en el que se ha diluido, como un medicamento homeopático, la socialdemocracia europea.
Su nostalgia de un capitalismo potente, moral y productivo, cuyos excedentes de riqueza redistribuiría el estado mediante un sistema fiscal progresivo, ha dejado a los partidos socialistas de nuestro mundo cercano, literalmente, con la palabra en la boca, sin saber qué decir ni hacer salvo ofrecer carne a la fiera de la especulación universal -insaciable por naturaleza- para que se calme, como si fuera sólo el molesto e irascible perro del vecino.
Tampoco es socialismo, como sabemos desde hace tanto tiempo, el capitalismo de estado y partido único que ha (re)descubierto China en esta enfebrecida carrera de acumulación de capital y poder a que se ha lanzado, (re)descubriendo -sarcasmos de la historia- la vieja rueda que tantas vidas humanas ha aplastado en su camino: la explotación laboral, los movimientos masivos de población, la contaminación de cielo y aguas o la neurosis e infelicidad de sus ciudadanos.
De modo que “saber de socialismo” es más bien un no saber, o mejor, un saber desengañado, el de lo que no es. Y es en esa sabiduría escarmentada y dura en la que, a mi parecer, nos instalamos poco a poco los contemporáneos sin fortuna…
En fin, que veo en todo ello una utopía negativa, si se quiere llamar así, una esperanza desesperanzada que. por lo menos, vuelve a invocar un futuro -que sigamos llamándolo socialismo o de otra manera es lo de menos- entrevisto como un paisaje vacío, como una nueva casa que haría posible una vida buena, pero sin los viejos y apolillados muebles de nuestros antepasados ni la falsa madera de cartón-piedra de los módulos de IKEA.
En una novela de Rebecca Maccai (Tengo unas preguntas para usted) se hace un uso ejemplar, por didáctico, de las luminosas luciérnagas, que están desapareciendo, por otro lado, de nuestras cansados ojos y nuestros no menos cansados cielos. Si no como especie, junto a los demás insectos, sí a causa de la luz cegadora de nuestras ciudades, que también nos impide ver las estrellas…
La cosa es que en esta historia de estudiantes, profesores y crímenes, en una reunión festiva, un alumno recién llegado irrumpe de pronto en el grupo avisando alarmado de que acaba de ver en el cielo una enorme cantidad de ovnis. Sus conmilitones, a pesar de su aparente escepticismo, bajan a la calle a mirar. Descubren entonces que los supuestos invasores del espacio no son sino luciérnagas, insectos cuyos machos iluminan los cuerpos en sus vistosas ceremonias de apareamiento.
Descubren también que el nuevo estudiante no sólo no solo no había visto nunca a estos insectos sino que ni siquiera sabía de su existencia. Los demás, alborozados por ser portadores de tal descubrimiento, cogen luciérnagas en los cuencos de sus manos para enseñárselas de cerca al novato… Como bien razona la autora, el chico había echado mano de su conocimiento y experiencia previa del mundo para explicar el fenómeno desconocido que acababa de presenciar: y lo que encontró más parecido fueron las luces de los platillos volantes. Que estos no formen parte de las que consideramos por consenso como verdades comprobables no importa; lo que importa es que le ayudó a explicar lo que veía…
Tanto los ovnis como las luciérnagas formaban parte, para este chico, de lo que Ortega y Gasset, en otro contexto, llamó una vez “conocimiento fantasma”. Es común a todos y todos lo usamos continuamente para cubrir los huecos de nuestro desconocimiento o ignorancia. En otras épocas eran mitos, en esta, quizá, memes o fake news.
Para acabar, invito al lector amigo a leer la edición bilingüe que publiqué en Sibila -mi canal en Substack- de un ensayo portentoso de Pier Paolo Pasolini sobre, justamente, la desaparición de las luciérnagas, o “Dopo la scomparsa delle lucciole” como suena en la hermosa lengua italiana…
Leo en la Trilogía de los tres cuerpos, de Cixin Liu la siguiente intervención de un personaje (Feng): “Hermana, ¿por qué crees que no se nos caen encima las estrellas?”. Una pregunta que cuesta trabajo imaginar hoy, por varias razones:
Una, porque vivimos en un mundo en el que las verdaderas preguntas (las provocadas por la curiosidad y la ingenuidad a partes iguales, como causas primeras del descubrimiento y el deseo de saber) desaparecen en masa ante nuestros ojos y oídos desatentos.
Otra, complementaria, porque las preguntas son sustituidas a la misma velocidad por respuestas categorizadas en los repertorios de lugares comunes contemporáneos (¿no te recuerdas, en medio de una conversación entre amigos, donde por azar había surgido una pregunta ingenua, ver de reojo al listo de la pandilla buscando en Google una respuesta, para ver de ser Antoñita la Primera en contestar?)
Pues bien, la inquietante pregunta de Feng en la ficción de Cixin Liu me la hizo una vez, casi con las mismas palabras, hace una vida, un chico joven -hijo de una carbonera, amigo de mi hermano menor- mientras sentados en un banco de un parque contemplábamos absortos un inmenso cielo estrellado…
Improvisé una explicación, seguramente torpe y aturrullada, de la que no sé si a duras penas logró sacar algo en claro. De vuelta a casa, pensé -lo recuerdo bien- que podría haberme ahorrado la pedante disertación con la cara del que sabe, como yo imaginaba que correspondía a mi edad y mis estudios, y haberme limitado a compartir con él el asombro maravilloso que traslucían sus ojos y sus palabras… O, al menos, haberle dado la respuesta bienhumorada de Ye en la novela: “están demasiado lejos, no pueden caernos encima”.
Niños especiales o niños diferentes: así es que como se les llama en el mejor de los casos. Sea en listas de discusión e intercambio en la red de padres melancólicos, o animosos con un aquél de desespero; o en decretos, disposiciones y siempre parcas ayudas públicas: pero niños que son identificados siempre con el matiz de la indiferencia pública y de la diferencia privada. Son los niños que no hablan, o a duras penas en hermosas pero mistéricas melopeas musicales; que se malmueven o que, inmovilizados, esperan la mano invisible de Bécquer: niños especiales, sin duda, caminantes extraños que tropiezan en piedras invisibles para los demás o en la silla más tonta que en un descuido dejamos en la misteriosa e inesperada estela de sus pasos.
O niñas, claro. La que me mira, de bellos ojos marrones, y de sonrisa enigmática, lo es, especial, quiero decir. En sus ojos, de pupilas a menudo dilatadas, nunca sé si por las medicinas o por el asombro que le produce todo lo que ve y oye -porque no imaginan lo que ven y oyen, los niños- , yo rescato del olvido la sorpresa inicial que dio la primera pregunta al filósofo primero -no el amanecer tembloroso, no la injusticia terrible o la torpeza criminal, no: sus ojos interrogadores, una realidad siempre nueva.
En ellos encuentro -si les pudiera contar sin llamarnos a tópico o a engaño- no lo que es común y aterradoramente normal en la mirada de tantos niños: el velo de la monotonía o la catarata de la publicidad y el aburrimiento, ni la letanía de los cates o los sufis. No, sino el pasmo ante todo -todo: esto, eso aquello, las cosas que pueblan la casa o que están por llegar, o que ya fueron: ven lo que no vemos los demás- que los hace diferentes; las preguntas desarmantes y comprometidas, formuladas o puestas como evidencia de una ordalía siempre de paz. Todo es nuevo bajo el sol cuando se les tiene al lado, a la vez y tanto como todo lo que nos venden como nuevo se vuelve inmediata e irremisiblemente viejo…
Mi niña especial vuelve a nacer a cada instante porque en el anterior ya lo olvidó todo, como en el verso. Es eso lo que me la hace tan parecida al mar, lo mismo que él sin edad y por ello siempre joven. A veces, también peligrosa, como la mar a su vez: al borde siempre de un naufragio no previsto, de una tormenta blanca, de insomnios iluminados por fuegos de San Telmo… Pero en cuanto puede y sobrevive, su risa me muestra el camino hacia la alegría a punto siempre de desbordarse o el mejor atajo al silencio aceptado y compartido en que remendar el trapo o contar, de nuevo, las estrellas. Tanta contabilidad inútil. Es ella la que me recuerda, de entre el caos de libros, papeles y café en que me muevo, el que toca en cada momento, el que más a bientraer me trae, y me lo lanza al regazo junto a la bolsa de gusanitos que con certero olfato atina a recuperar.
Los niños especiales son los guardianes de la puerta del misterio. Por eso es a ella a quien miro, guía certera, y no a esas leyes nuevas que dicen, de que hablan los nuevos políticos, sobre ayudas -siempre las perricas para despistar la mala conciencia de nuestra cultura, para entenderlo y tasarlo todo, tantos tienes tanto vales- a personas dependientes, ya no especiales siquiera, como los ancianos aún sin aparcar en algún rincón oscuro. La mirada interrogadora de esta niña, tal como la advinaba Octavio Paz -los poetas, ahora más que nunca necesarios- cuando, inquieto ante otros ojos que le preguntaban, se decía: «El pequeño mono me mira / quiere decirme algo / que se le olvida…».
Ilustraciones de horteras del s. XIX procedentes del libro «Los españoles pintados por sí mismos»
Intentaré, en esta reflexión que ahora arranca, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. Me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos1, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix2, con el título de “El hortera”.
La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…
Un ser humano es, ante todo, un saco al que hay que echarle comida; las otras funciones y facultades pueden ser más divinas, pero vienen cronológicamente después. El hombre muere y lo entierran, y todo lo que dijo e hizo queda olvidado, pero lo que ha comido lo sobrevive en los huesos fuertes o maltrechos de sus hijos.
El camino de Wigan Pier, de George Orwell
He ido descubriendo al azar de las lecturas, otras metáforas materialistas (de nuestra materialidad fisiológica) parecidas a esta. He recordado, por ejemplo, después de haber escrito la cita anterior, una de Vergilio Ferreira, el descarnado escritor portugués, que comparaba al hombre con un tubo, que en una actividad incesante, metía cosas por un orificio y las sacaba por el otro…
A veces las conversaciones fragmentarias que nos llegan de gente por la calle a través del móvil, son surrealistas y con un punto que inspira la imaginación. Esta mañana, una daba paseos cortos delante de un bar con el telefonito pegado a la oreja, más sería que un guardia civil. Sólo cabeceaba afirmativamente de vez en cuando. De repente se paró, más sería aún y, con voz ronca, preguntó: