Quiero dedicar la reflexión de hoy a una no-noticia: la vegetativa y funcionarial, melancólica e invisible vida de la ONU. Me mueve a ello un estimulante (y antiguo, pero ya he advertido que esto no iba a ser una noticia) reportaje de Antonio Lafuente publicado por la revista digital «Fronterad» (”Para qué servía la ONU”) sobre la decadencia y casi desaparición pública de la organización de las Naciones Unidas, en el momento histórico en que, seguramente, más falta nos hacen su vigor y potencia. Pendiente desde hace muchos años de una reforma, aprobada por sus miembros (pero refrenada por los más poderosos de ellos que no quieren ver desaparecer el derecho de veto, que es el cascabel del gato), para hacer su organigrama y protocolos de funcionamiento realmente eficaces y útiles, la heredera de la vieja Sociedad de Naciones languidece resignada en su invisibilidad e impotencia actuales.
No comparto la afición por los cementerios de muchos escritores, no solo románticos o góticos, pero sí me gusta la literatura que los describe o reseña. Es lo que me ocurre con unos artículos que Ricardo Bada -un periodista onubense que, sin embargo, pasó la mitad de su vida en la ciudad alemana de Colonia- dedicó a los muchos cementerios que había visitado y conocía. De ahí saco el título de esta entrada, y que, según él, aparece en el medallón con su efigie que se puede ver en la tumba de Spinoza en el cementerio de La Haya.
Me inquieta tanto como el ¡Cuidaos! con el que se despidió Jorge Verstrynge de nosotros, cuando era el secretario general de Alianza Popula (nombre al que entonces respondía el partido de la derecha española). Había pasado por Osuna, para no sé qué, y charló un rato con los que hacíamos allí una revista, en aquellos procelosos años de la restauración monárquica tras la muerte de Franco, en los que eran cotidianos los rumores de golpes de estado ¿De qué tenemos que tener cuidado? nos preguntamos cuando se fue.
En realidad, es una fórmula de despedida desafortunada y antipática. O eso le parece a uno. Pero retomando el hilo de las necrológica, he recordado la leyenda de una lápida romana, dedicada a una mujer, que Ortega y Gasset -en algún lugar de su insondable serie “El Espectador”- aseguraba haber visto y que rezaba a modo de elogio “Domiseda, lanifica”, que viene a significar en la lengua madre: “Se pasó la vida en casa tejiendo lana”.
Así que si eres aficionado, lector amigo, a las necrológicas y a las frases solemnes, ten cuidado con la que eliges, sobre todo si eres mujer . O por decirlo a la manera misteriosa e inquietante de Spinoza, más contundente, Caute!
Creo que la razón por la que escribo, o por la que tú pintas y el otro hace fotos es simple: pretendemos despistar a la muerte haciéndole creer que estamos muy ocupados haciendo cosas importantes y sería de mal gusto que nos interrumpiera. Hay otras más simples aún, como que no sabemos hacer otra cosa. Sin oficio ni beneficio y negados para los negocios o el robo, ¿qué otra cosa haríamos?
De pequeña iba siempre sobre mis hombros a todos lados. Desde allí oteaba el horizonte y se hacía sus primeras ideas sobre el mundo, que debían ser optimistas porque, en su perspectiva, la gente era más pequeña que ella, alzada sobre aquel gigante que era su padre. Le daba seguridad y, pronto, aprendió a guiarme y a cambiar de dirección según su capricho o conveniencia. Lo hacía con sus piernas o tirándome del pelo, a modo de riendas. Era un método doloroso a veces, pero que asumía gustosamente: yo era un caballo manso y lleno de amor por su jinete…
Cuando mi caballero echó por fin pie a tierra, llegó el turno de las manos: una para el padre y otra para la madre. En ocasiones, la segunda, de refuerzo, bajo el sobaco. Una época de contorsionismo por las calles de Aracena en la que ella, con toda la dignidad posible y su mirada al frente, nos acompaña en nuestros paseos, sorteando, como puede, los inestables empedrados de tantas calles de la ciudad o sus aceras rotas. Muchas veces tropieza con el aire.
Una carrera de obstáculos que, sin embargo, ha preferido de todos modos a cualquier carrito, cochecito o vehículo adaptado, incluido el automóvil. Cuando no hay más remedio y la subimos a uno, incorpora la costumbre de tomarnos de la mano, como si un vértigo imperceptible para nosotros amenazara su precario equilibrio. Siempre de la mano.
Cuando llegamos a alguna plaza, se tira, literalmente, al primer banco que ve libre, agotada, pero con una sonrisa de satisfacción que parece decir “Misión cumplida”, papá. Es entonces cuando sus ojos traslúcidos, recostada sobre los dos, se extasian mirando el cielo o entrecerrándolos cuando hay sol. Si hay un paraíso recobrado, es ese.
Por eso, nada me enternece más que ver a un niño de la mano de sus padres, o de sus compañeros del colegio, cuando salen a la calle en parejas, liberados de las aulas por un rato. O un anciano o anciana, del brazo de su nieta o cuidadora, héroes imposibles del fatigoso caminar urbano. ¿O es que, acaso, porque ya no somos niños no necesitamos de manos que nos guíen y apoyen?
En Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga, un libro de Martí Peran, una lúcida crítica a la hiperactividad, capitalista, nietzcheana y la “autoproducción” (hazlo tú mismo, hazte y rehazte, emprende…) contemporáneas, se leen cosas como esta:
La idea de proyecto es la fórmula retórica que engloba mejor la hiperactividad autoproductiva. La propia vida es concebida como proyecto en lugar de como biografía. Una vida como devenir biográfico conlleva una sucesión de experiencias con solución de continuidad. En una vida biográfica se cruzan por igual ilusiones cumplidas y desengaños sobre el filo de un tiempo único. La vida bio-gráfica se dibuja de forma paulatina en un trazo continuo. La vida como proyecto, por el contrario, es una vida sometida a la flexibilidad y la atomización. Cada uno de los modos de ser del sujeto de la autoproducción lleva inscrita una fecha de caducidad. Para que se mantenga operativa nuestra inquietud productiva, no podemos detenernos en ningún modo de aparecer. La visibilidad que nos constituye ha de ser permanentemente reconfigurada.
Niños de la guerra, niños de las favelas de Río de Janeiro, niños de las minas de Bolivia, de las calles de Lima, niños entre las basuras de Málaga, de Madrid, de Hamburgo, de Roma, abandonados al frío de la madrugada, vendidos, torturados, prostituidos, explotados… Tantos niños con el pasmo. el sufrimiento y el miedo marcados en el rostro que el recuerdo de aquel otro niño pasando frío en el pesebre de Belén, que estremeció durante siglos al mundo cristiano, ya no conmueve a nadie, convertido en señuelo de grandes almacenes.
Niños rubios, tostados, regordetes o enjutos, desplazándose torpemente a gatas sobre la hierba seca del altiplano o resbalando sobre la superficie helada de la tundra, agazapados en el mínimo corralito aburridos de juguetes o atrapados en la pantalla del móvil, fingiendo elegir una marca de pañales o tal vez convenciendo a papá de que debe comprarse un coche nuevo… ¡Cuántos niños estarán naciendo ahora, aquí, allí, tantos y todos con los ojos llenos de preguntas y asombro traslúcido que cubrirá de mayores el velo de la decepción, el aburrimiento, la tristeza!
Y aunque se hacen grandes y son Trump, Putin, Abascal o especuladores de bolsa y gente sin alma; mientras son niños, mientras no sienten el tiempo ni están imbuidos de la ilusión de ser mayores, los niños son arcos tensados hacia la esperanza; mientras lo son, todas las cosas parece que podrían ser distintas. Quizá por eso tantos adultos los humillan y dañan, en un empeño inmemorial por no dejarlos vivir. No hablo de Peter Pan, sino de un azar incierto, de un proyecto siempre abierto en su inicio, de un amanecer posible.
Mientras nazcan niños nunca se podrá decir «todo está perdido». El niño conoce a los adultos en un primer vistazo. Recelan o aceptan al primer contacto, con una especial manera de sabiduría que nos está vedada a los demás, o que con el tiempo se nos olvida. Tal vez por eso tanta gente los odia y los persigue y maltrata, con una saña emparentada seguramente con el miedo a sus ojos, la mirada del niño que desoculta la naturaleza del canalla.
Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del “capitalismo popular”, del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la “Tercera vía” para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como “capitalismo ético” o “capitalismo de rostro humano”, lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.
El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tenía hasta hace poco la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivinaba tras sus eufemísticas políticas económicas. Hoy, en un mundo que ha perdido el pudor del todo, sí.
La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del “estado del bienestar” en que creyeron reconocerse un día las socialdemocracias. Sin la retórica del “Wellfare”, y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de “normalidad” social. Pero las cuentas que ahora se airean, como el dinero que destina el gobierno español -tanto dinero como el dedicado a las nóminas de todos los empleados públicos- al pago de los intereses de su deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.
Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que “puntúan” la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva “medicalización” (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su “productividad”, propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…
La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político.
Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica y política de quienes «nos representan», uno -que ha dedicado gran parte de su vida a a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a dario, tantas veces.
Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los debares», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.
Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.
Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.
Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.
La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.
Se conoce como ”la controversia de Valladolid “ un debate entre teólogos que tuvo lugar entre los años 1550 y 1551 sobre el estatuto que debería darse a las comunidades indígenas de los territorios americanos recién descubiertos y conquistados. La querella, en concreto, se centraba en la humanidad, o su falta, de aquellos primeros habitantes de los nuevos territorios.
Rodaje del documental sobre la Controversia de Valladolid. (JUAN RODRÍGUEZ-BRISO)
Dicha humanidad se relacionaba, naturalmente, con la semejanza con el Creador (“a su imagen y semejanza”) dadas las peculiaridades de aspecto y costumbres de aquellos indígenas cuya condición se estaba cuestionando. Para Bartolomé de las Casas (representante del ala progresista, por decirlo de la manera usual en nuestra neolengua) su humanidad era indudable -aunque más adelante, si bien temporalmente, se contradijo al legitimar la esclavitud de negros extraídos de África-. Para Ginés de Sepúlveda, y sus seguidores del ala conservadora, la humanidad de aquellos indígenas era, digamos, incompleta en tanto que no conocían la palabra de Dios. La solución, por tanto, era dársela a conocer y convertirlos.
Tengo para mí que vivimos un auge, insospechado aunque no inesperado, de esta controversia, si bien ya no teológica (¿o sí?) en cuestiones tan cotidianas y candentes como el machismo o el racismo o, también los debates interminables sobre la verdadera naturaleza -intelectual, sensitiva- de los animales y sus derechos…
Porque, ¿qué otra cosa hay sino una querella implícita sobre la humanidad de las mujeres por parte de hombres que las cosifican, la extensión del abuso, el maltrato, la violación o el asesinato? ¿Hay algo distinto en la controversia sobre los migrantes, huidos, hambrientos que una discusión violenta sobre su humanidad?
En tiempos anteriores, tan infaustos como este, cuando se puso de moda la frenología, se pretendía demostrar la menor inteligencia de negros y mujeres midiendo el tamaño y forma de sus cráneos: hoy, su peligro o rebeldía por el color de su piel o su ropa o los rasgos de su cara. Mañana, ya veremos.