Niños

Niños de la guerra, niños de las favelas de Río de Janeiro, niños de las minas de Bolivia, de las calles de Lima, niños entre las basuras de Málaga, de Madrid, de Hamburgo, de Roma, abandonados al frío de la madrugada, vendidos, torturados, prostituidos, explotados… Tantos niños con el pasmo. el sufrimiento y el miedo marcados en el rostro que el recuerdo de aquel otro niño pasando frío en el pesebre de Belén, que estremeció durante siglos al mundo cristiano, ya no conmueve a nadie, convertido en señuelo de grandes almacenes.

Niños rubios, tostados, regordetes o enjutos, desplazándose torpemente a gatas sobre la hierba seca del altiplano o resbalando sobre la superficie helada de la tundra, agazapados en el mínimo corralito aburridos de juguetes o atrapados en la pantalla del móvil, fingiendo elegir una marca de pañales o tal vez convenciendo a papá de que debe comprarse un coche nuevo… ¡Cuántos niños estarán naciendo ahora, aquí, allí, tantos y todos con los ojos llenos de preguntas y asombro traslúcido que cubrirá de mayores el velo de la decepción, el aburrimiento, la tristeza!

Y aunque se hacen grandes y son Trump, Putin, Abascal o especuladores de bolsa y gente sin alma; mientras son niños, mientras no sienten el tiempo ni están imbuidos de la ilusión de ser mayores, los niños son arcos tensados hacia la esperanza; mientras lo son, todas las cosas parece que podrían ser distintas. Quizá por eso tantos adultos los humillan y dañan, en un empeño inmemorial por no dejarlos vivir. No hablo de Peter Pan, sino de un azar incierto, de un proyecto siempre abierto en su inicio, de un amanecer posible.

Mientras nazcan niños nunca se podrá decir «todo está perdido». El niño conoce a los adultos en un primer vistazo. Recelan o aceptan al primer contacto, con una especial manera de sabiduría que nos está vedada a los demás, o que con el tiempo se nos olvida. Tal vez por eso tanta gente los odia y los persigue y maltrata, con una saña emparentada seguramente con el miedo a sus ojos, la mirada del niño que desoculta la naturaleza del canalla.

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Darwinismo social rampante

Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del “capitalismo popular”, del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la “Tercera vía” para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como “capitalismo ético” o “capitalismo de rostro humano”, lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.

El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tenía hasta hace poco la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivinaba tras sus eufemísticas políticas económicas. Hoy, en un mundo que ha perdido el pudor del todo, sí.

La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del “estado del bienestar” en que creyeron reconocerse un día las socialdemocracias. Sin la retórica del “Wellfare”, y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de “normalidad” social. Pero las cuentas que ahora se airean, como el dinero que destina el gobierno español -tanto dinero como el dedicado a las nóminas de todos los empleados públicos- al pago de los intereses de su deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.

Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que “puntúan” la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva “medicalización” (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su “productividad”, propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…

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Retórica política y otras flores de mi jardín

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político.

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica y política de quienes «nos representan», uno -que ha dedicado gran parte de su vida a a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a dario, tantas veces.

Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los debares», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

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Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

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A propósito de «La controversia de Valladolid»

Se conoce como ”la controversia de Valladolid “ un debate entre teólogos que tuvo lugar entre los años 1550 y 1551 sobre el estatuto que debería darse a las comunidades indígenas de los territorios americanos recién descubiertos y conquistados. La querella, en concreto, se centraba en la humanidad, o su falta, de aquellos primeros habitantes de los nuevos territorios.

Rodaje del documental sobre la Controversia de Valladolid.
(JUAN RODRÍGUEZ-BRISO)

Dicha humanidad se relacionaba, naturalmente, con la semejanza con el Creador (“a su imagen y semejanza”) dadas las peculiaridades de aspecto y costumbres de aquellos indígenas cuya condición se estaba cuestionando. Para Bartolomé de las Casas (representante del ala progresista, por decirlo de la manera usual en nuestra neolengua) su humanidad era indudable -aunque más adelante, si bien temporalmente, se contradijo al legitimar la esclavitud de negros extraídos de África-. Para Ginés de Sepúlveda, y sus seguidores del ala conservadora, la humanidad de aquellos indígenas era, digamos, incompleta en tanto que no conocían la palabra de Dios. La solución, por tanto, era dársela a conocer y convertirlos.

Tengo para mí que vivimos un auge, insospechado aunque no inesperado, de esta controversia, si bien ya no teológica (¿o sí?) en cuestiones tan cotidianas y candentes como el machismo o el racismo o, también los debates interminables sobre la verdadera naturaleza -intelectual, sensitiva- de los animales y sus derechos…

Porque, ¿qué otra cosa hay sino una querella implícita sobre la humanidad de las mujeres por parte de hombres que las cosifican, la extensión del abuso, el maltrato, la violación o el asesinato? ¿Hay algo distinto en la controversia sobre los migrantes, huidos, hambrientos que una discusión violenta sobre su humanidad?

En tiempos anteriores, tan infaustos como este, cuando se puso de moda la frenología, se pretendía demostrar la menor inteligencia de negros y mujeres midiendo el tamaño y forma de sus cráneos: hoy, su peligro o rebeldía por el color de su piel o su ropa o los rasgos de su cara. Mañana, ya veremos.

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¿Quién?

-¿Quién, Pepe?

¿Y qué es Pepe?

-No, Manuel

¿Y qué es Manuel?

Los nombres propios no son nada, no significan nada, son pura genealogía, simples deícticos. Pero como son genéricos (en nuestra cultura), necesitan algo más, otro adorno, digamos, pues somos, más o menos, hijos de algo o alguien (el padre).

La inseguridad en el uso de los nombres propios se ve muy bien en el Quijote (que, al menos, tiene la suerte de elegir su propio nombre).

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto no hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. […]

[…] Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. […]

(Don Quijote I, cap. 1)

Más adelante:

[…] los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo […]

(Don Quijote I, cap. XLIX)

Pero todo ello porque él es un hidalgo, un hijo de algo. Sancho, por el contrario, como no lo es, no tiene apellido pues “Panza” es un apelativo, un mote…

Así que a la pregunta ¿quién es? la mejor respuesta posible es

-Uno, el que habla…

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¿Quiénes, quién?

Ese, uno (cualquiera, no 1, 2… Estos solo cuentan abstracciones), un tal, fulano. La forma más antigua de designar, la más refractaria al cambio y al trapicheo en el sistema de las lenguas. Quizá, por eso también, por su rebeldía a la manipulación, la que más ofende a los ofendibles:

-¿Quién ha sido, ése?

-No, ese no, esa.

O, por el contrario, escondiendo al sujeto:

-Pero ¿quién te lo ha dicho?

-Qué más da, uno…

Y, cómo no, en el mundo de los hombres, las mujeres sin nombre: “una cualquiera”, una fulana”…

CONTINUARÁ

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El reino de la necesidad y la boca del león

La política se ha instalado, hace mucho tiempo si no siempre, en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Lo dijo una vez Rajoy, en la presentación parlamentaria de una de sus múltiples tandas de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone»; renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa. Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando».

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga («Lo que sea necesario») el funesto abuso de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a los gobernantes de ahora, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, interpetar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

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Saber de socialismo

Una vez, en una charla con estudiantes de la Universidad de la Habana, Fidel Castro dijo “Entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o que alguien sabía cómo se construye”.

Ponía en práctica así, con ese reconocimiento-disculpa, lo que en el ya olvidado lenguaje de la izquierda se llamaba “autocrítica”, y que era una cura ascética que se exigía a los militantes para que, mientras tanto llegaba la nueva sociedad, se fuera conformando, al menos, el hombre nuevo.

Cuánto echamos de menos esa ascesis de la autocrítica en los gobernantes de nuestra feble Europa, que de tan humillante manera vemos cada día vender su alma -el capitalismo con rostro humano- en la pública almoneda de las deudas y las sospechas… Y en cuanto a la “docta ignorantia” manifestada por Castro, en efecto, ¿quién sabe de socialismo, ni qué futuro mundo, mejor y posible, evoca esa palabra, que ha llenado de esperanzas y espíritu de lucha a tantas generaciones?, ¿quién sabe cómo se construye eso?

Pero sí sabemos, al menos, lo que no es y cómo no se edifica. Desde luego no es eso que se sigue llamando aún “estado del bienestar”, con esa fórmula lingüística tan edulcorada y bienpensante como el original inglés que traduce, el “welfare” de marras: ese espejismo sociopolítico en el que se ha diluido, como un medicamento homeopático, la socialdemocracia europea.

Su nostalgia de un capitalismo potente, moral y productivo, cuyos excedentes de riqueza redistribuiría el estado mediante un sistema fiscal progresivo, ha dejado a los partidos socialistas de nuestro mundo cercano, literalmente, con la palabra en la boca, sin saber qué decir ni hacer salvo ofrecer carne a la fiera de la especulación universal -insaciable por naturaleza- para que se calme, como si fuera sólo el molesto e irascible perro del vecino.

Tampoco es socialismo, como sabemos desde hace tanto tiempo, el capitalismo de estado y partido único que ha (re)descubierto China en esta enfebrecida carrera de acumulación de capital y poder a que se ha lanzado, (re)descubriendo -sarcasmos de la historia- la vieja rueda que tantas vidas humanas ha aplastado en su camino: la explotación laboral, los movimientos masivos de población, la contaminación de cielo y aguas o la neurosis e infelicidad de sus ciudadanos.

De modo que “saber de socialismo” es más bien un no saber, o mejor, un saber desengañado, el de lo que no es. Y es en esa sabiduría escarmentada y dura en la que, a mi parecer, nos instalamos poco a poco los contemporáneos sin fortuna…

En fin, que veo en todo ello una utopía negativa, si se quiere llamar así, una esperanza desesperanzada que. por lo menos, vuelve a invocar un futuro -que sigamos llamándolo socialismo o de otra manera es lo de menos- entrevisto como un paisaje vacío, como una nueva casa que haría posible una vida buena, pero sin los viejos y apolillados muebles de nuestros antepasados ni la falsa madera de cartón-piedra de los módulos de IKEA.

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Luciérnagas y ovnis: el conocimiento fantasma

En una novela de Rebecca Maccai (Tengo unas preguntas para usted) se hace un uso ejemplar, por didáctico, de las luminosas luciérnagas, que están desapareciendo, por otro lado, de nuestras cansados ojos y nuestros no menos cansados cielos. Si no como especie, junto a los demás insectos, sí a causa de la luz cegadora de nuestras ciudades, que también nos impide ver las estrellas…

La cosa es que en esta historia de estudiantes, profesores y crímenes, en una reunión festiva, un alumno recién llegado irrumpe de pronto en el grupo avisando alarmado de que acaba de ver en el cielo una enorme cantidad de ovnis. Sus conmilitones, a pesar de su aparente escepticismo, bajan a la calle a mirar. Descubren entonces que los supuestos invasores del espacio no son sino luciérnagas, insectos cuyos machos iluminan los cuerpos en sus vistosas ceremonias de apareamiento.

Descubren también que el nuevo estudiante no sólo no solo no había visto nunca a estos insectos sino que ni siquiera sabía de su existencia. Los demás, alborozados por ser portadores de tal descubrimiento, cogen luciérnagas en los cuencos de sus manos para enseñárselas de cerca al novato… Como bien razona la autora, el chico había echado mano de su conocimiento y experiencia previa del mundo para explicar el fenómeno desconocido que acababa de presenciar: y lo que encontró más parecido fueron las luces de los platillos volantes. Que estos no formen parte de las que consideramos por consenso como verdades comprobables no importa; lo que importa es que le ayudó a explicar lo que veía…

Tanto los ovnis como las luciérnagas formaban parte, para este chico, de lo que Ortega y Gasset, en otro contexto, llamó una vez “conocimiento fantasma”. Es común a todos y todos lo usamos continuamente para cubrir los huecos de nuestro desconocimiento o ignorancia. En otras épocas eran mitos, en esta, quizá, memes o fake news.

Para acabar, invito al lector amigo a leer la edición bilingüe que publiqué en Sibila -mi canal en Substack- de un ensayo portentoso de Pier Paolo Pasolini sobre, justamente, la desaparición de las luciérnagas, o “Dopo la scomparsa delle lucciole” como suena en la hermosa lengua italiana…

La desaparición de las luciérnagas

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