Segundo cuerpo

La razón de que los automóviles sigan construyéndose, vendiéndose y comprándose como lo hacen, y de que sigan desbrozando y hendiendo campos para hacer sitio y ampliar o remozar continuamente carreteras y circunvalaciones es, como en la copla, la razón de una sinrazón. Es una dramática evidencia cotidiana que las millonarias campañas de prevención de accidentes, que los miles de policías que custodian e intentan encauzar el río interminable de coches, camiones, motocicletas no sirven para nada. No detienen la sangría interminable de muertes (más que el SIDA, que los cánceres, que la tristeza) que acarrea en su trajín el transporte automovido con energía fósil de hidrocarburos.

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El yoga y esas cosas

Solo he asistido una vez a una sesión de yoga, y para colmo, la maestra o guía -no sé cómo se les llama habitualmente- había sido alumna mía. Subjetivamente, fueron unas horas larguísimas (¿3 horas?) en las que la postura recurrente era esa en la que se suele representar a Buda.

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Un niño mirando un escaparate

En uno de los pecios de Campo de retamas, de Rafael Sánchez Ferlosio, Ferlosio se recuerda mirando el escaparate de una ferretería, con la frente apoyada en el cristal, embelesado pensando cuántas de las herramientas y materiales que veía allí se compraría.

Yo me recuerdo así en el escaparate de una cuchillería a la que algunos habíamos puesto el escabroso nombre de “Sindicato del crimen”. Me veo mirando con fijación morbosa las enormes navajas albaceteñas, los finos estiletes de despliegue automático o los inquietantes cuchillos jamoneros. Aunque la persistencia fija de ese escaparate y ese nombre me obligó a preguntar a algunos coetáneos por tal tienda y nadie la recordaba. Así que su fijeza onírica y la falta de otros testimonios me ha hecho pensar en una imagen desprendida de un sueño, pues ¿qué es la vida, al decir de Anne Carson, sino una cadena de sueños?

Los otros escaparates anclados en mi memoria son más comunes y previsibles: los de las jugueterías en Navidad. El niño que miraba obsesivamente pegado al frío cristal era un niño pobre cuya casa visitaban, como por compromiso, en las madrugadas heladas de enero, Reyes Magos también pobres. De la fascinación de esos escaparates, al contrario del que describía al principio, me libré pronto, con cierto alivio, todo hay que decirlo, cuando fui padre: a mi querida hija nunca le gustaron los juguetes. Ella me pedía otra clase de magia…

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Las dos cosas

El otro día hablaba con una amiga de otra amiga común, que, según ella, se quejaba continuamente de todo: un malestar físico, un disconfort anímico, una pena sin nombre… Me contaba que un médico le había detectado niveles de cortisol muy altos y que iba a realizarle unos tests -carísimos- para profundizar en la cosa y, supongo, medicalizarla.

Es un destino muy común en nuestro mundo, este de pretender resolver médicamente las múltiples tristezas que nos pueden asaltar, como una pantera silenciosa, en el camino ajetreado de los días. Yo le recordaba, por contrastar, los viejos versos del Buen amor del Arcipreste de Hita:

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera
por aver mantenençia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fenbra plazentera.

Y apostillada que mostraban un saber común milenario: que los padecimientos de los hombres siempre se pueden reducir a estas dos causas, la comida, el medio de subsistencia (aver mantenençia) y el amor ( aver juntamiento). Y que seguramente esto valía para nuestra amiga común, sin medir el cortisol que Dios confunda.

Pero estamos perdidos en el falso saber científico que ya llena nuestras cabezas y nuestras palabras de la mano de la neolengua. Aún recuerdo el pasmo que sentí cuando, ante una encomienda de tarea escolar, un jovencísimo alumno, un niño, me soltó muy ufano: “no me presiones, maestro, que estoy muy estresado…”.

Pues eso.

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Tranquilo en una habitación

Uno de los pasajes más citados de Pascal es aquel en que asegura que la mayor parte de las querellas y padecimientos de los hombres se debe a su incapacidad para permanecer tranquilo y en reposo en una habitación.

Lo he recordado en mi paseo de esta mañana, sorteando esos coches enormes que han puesto de moda los fabricantes y que los mansos consumidores de estatus y sensaciones en que nos hemos convertido ponen en circulación como corderos: precisamente ahora, en la fase final del pico del petróleo y en el paroxismo catastrófico de las crisis del clima de la mano del Niño.

La ciudad, pronto invivible, expropiada a la gente, me aturdía, inhóspita, con el ruido ya habitual y creciente de obras, pinturas de fachadas, descargas de camiones o gente enfadada hablando a voces, apresurada en un trajín sin sentido.

Definitivamente, Pascal tenía razón.

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La muerte de un zorzal

Creo que alguna vez lo he contado por ahí: La única vez -espero que la última- en que he disparado un arma fue con la escopeta de un pariente cazador que me invitó a que lo acompañara un amanecer al campo para matar zorzales. Me recuerdo agazapado en el follaje de un árbol esperando el momento en que estas hermosas aves, de canto alegre y potente, bajarían a beber al arroyo cercano.

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La sabiduría de Kandiaronk

He releído este viejo artículo publicado en Sin Permiso, La sabiduría de Kandiaronk, de David Graeber y David Wengrow (antropólogo y arqueólogo respectivamente), y me parece que vale la pena dar cuenta de su contenido y las perspectivas novedosas que, a mi parecer, aporta sobre el formidable problema de la desigualdad entre los hombres, y en no menor medida, el de los prejuicios de la idea del progreso y el colonialismo.

En este texto inédito, el antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrwow muestran que la ideología del progreso fue una reacción conservadora contra la difusión de las ideas de Kandiaronk, una especie de Sócrates amerindio, para justificar las desigualdades occidentales.

El antropólogo David Graeber (DG) trabajaba desde hacía siete años con el arqueólogo David Wengrwow (DW) en una obra consagrada a la historia de las desigualdades. Un primer apunte de esta obra se publicó en 2018. En el se mostraba que el relato habitual según el cual la desigualdad de los hombres es el precio a pagar por las sociedades desarrolladas y su nivel de vida es mentira; en efecto, en un análisis de la historia larga, en torno a 50.000 años, DG y DW[1] muestran que existían tanto pequeñas sociedades de cazadores-recolectores desiguales, como grandes ciudades extremadamente igualitarias. Incluso de forma aún más sorprendente, que había sociedades que podían ser muy igualitarias en verano y desiguales en invierno, o viceversa. Esta primera entrega se ha comentado abundantemente en los cenáculos intelectuales y sobre todo en Francia por Emmanuel Todd[2]

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De pájaros y soledades

El petirrojo

(poema de José Jiménez Lozano)

Mas yo solo recuerdo 
haber sido asistido a veces
de tarde en tarde, por un ángel:
un solitario petirrojo 
que quizás tenía hambre
y añoranza, frío,
quizás miedo,
que desde el seto volaba hasta el alféizar 
de mi ventana, inquieto,
como si me trajera, clandestino,
su socorro.

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Y sin embargo

Y sin embargo … Da la impresión, por tu manera contundente y clara de decir las cosas que hay una «ideología» anarquista. Pero no existe tal y la prueba más fácil es repasar las diversas y cambiantes «familias» de esa supuesta ideología: comunismo libertario, anarcoprimitivismo, anarcosindicalismo… Las utopías anarquistas son un camino que, como en los versos de Machado, se va haciendo al andar. Al no ser una ideología unitaria, tampoco tiene un lenguaje privado en el que ponernos de acuerdo. No existen lenguajes privados: se van haciendo de capas y amalgamas…

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