Vergüenza y culpa, 2

El mismo San Agustín acepta un relativismo comunitario en el sentimiento de la vergüenza del desnudo. En De doctrina christiana, se refiere al vestido y no a la desnudez para señalar su carácter social e histórico:

Porque así como entre los antiguos romanos era vergonzoso llevar la túnica hasta los tobillos y con mangas, y ahora no lo es cuando las visten gentes de alcurnia, en todas las demás cosas se ha de procurar advertir que no intervenga la liviandad en su uso. (cit. Carlo Ginzburg, NLR 120)

Este mismo autor se sorprende de este relativismo cuando señala que San Agustín, en el mismo contexto pero refiriéndose a la poligamia de los antiguos patriarcas: "las costumbres matrimoniales cambian como lo hacen los vestidos: su percepción puede variar de un lugar a otro y de año en año. A veces pueden resultar vergonzosas."

Ginzburg comienza su artículo sobre estos sentimientos "políticos" de una manera provocadora: "Hace mucho tiempo me di cuenta de repente de que el país al que se pertenece no es, como dice la retórica habitual, al que se ama, sino del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor." De eso sabemos mucho los españoles. Pero más impactante aún es el final de su reflexión, cuando, de la mano del testimonio de Primo Levi, habla de la "vergüenza de la humanidad". En La tregua, con la guerra recién terminada, Levi, junto a un grupo de supervivientes de Auchwitz, se encuentra con unos soldados rusos -sus libertadores- a caballo. Describe así la escena:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante el crimen cometido por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducido irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

En libros posteriores, Levi volvió sobre el mismo tema, vinculando ya siempre vergüenza y culpa. La última vez, en Los ahogados y los salvados, de 1986. El hecho de que ni víctimas ni libertadores hubieran podido evitar la injustica se le hizo intolerable. Un año después, se suicidó.

Vergüenza y culpa

Quien, como yo, haya sufrido una educación católica sentirá, como una marca indeleble, el sentimiento de la culpa o la vergüenza. Es para siempre, como bien sabía San Agustín. En un extenso episodio de sus Confesiones, cuenta el santo, avergonzado, que a sus dieciséis años, junto a una pandilla de amigos, robó una gran cantidad de  peras para tirarlas apenas mordisqueadas. Lo que más le dolía, sin embargo, era haberlo hecho, simplemente, porque estaba prohibido.(«dum tamem fieret a nobis quod eo liberet, quo non liceret»). En su introspección, intenta aclarar los motivos con estas palabras:

Pues, miserable de mí, ¿qué fue lo que fue lo que yo busqué en el hurto que ejecuté esa noche a los dieciséis años de mi edad? Hermosas eran aquellas peras, Señor, pero no era su hermosura y bondad lo que mi alma apetecía. Porque tenía yo abundancia de otras mejores, y aquellas las cogí solamente por hurtar. pues luego que las tuve, las arrojé, comiendo de aquel hurto solamente la maldad, con que me divertía y alegraba. Porque si entró en mi boca algo de aquellas peras, solamente el delito y la maldad era lo que para mi gusto las hizo sazonadas y sabrosas [quid me in furto delectaverit] (II, 6, 12)

Teniendo a la vista la culpa original, de la que no podemos librarnos («habiendo sido yo concebido en culpa, y viviendo en ella en el seno de mi madre». Sal. 51.5), dirime, en otro lugar, la vergüenza de la desnudez tal se nos cuenta en el Libro del Génesis:

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban (Génesis, 2, 25)

Fue después cuando la vergüenza entró en el mundo:

Entonces se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales (Génesis, 3, 7)

Todo había cambiado. Así respondía Adán a la llamada de Dios tras la Caída:

Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. «¿Y quién te ha dicho que estás desnudo?» -le preguntó Dios- ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? (Génesis, III, 10-11)

Ahí entró la vergüenza, y su hermana la culpa, en nuestro mundo. En la próxima entrega de esta miniserie, abordaré el parentesco -y las diferencias- entre los dos sentimientos y su naturaleza, más comunitaria que individual, frente a las apariencias que, engañosamente, los ubican en la subjetividad de la conciencia…

Quien lo probó lo sabe

Aunque los renacentistas lo consideraban una enfermedad, una especie de infección que se contagiaba a través de la mirada, no hay tal cosa exterior a nosotros como lo que llamamos amor. Sin embargo, hay enamorados, miríadas de enamorados, que a cada instante atestiguan esa realidad intangible. Es de esas verdades solo accesibles por los testimonios: no son cosas, no son conceptos, un poco a la manera de los profetas de las grandes religiones, pero de forma más universal y constante, menos interesada.

Cada vez que algún humano, a lo largo de la historia de nuestra especie, ha dicho «te quiero» a alguien, tembloroso y con los ojos húmedos, en cualquiera de las infinitas lenguas de la Tierra y en cualesquiera de las contorsiones que adopta el cuerpo poseído por la pasión, ha dado existencia al amor, ha transformado la palabra en cosa.Una cosa que muere y renace continuamente, en el más misterioso eterno retorno que nos es dado conocer.

En torno a ‘El caballero encantado’, de Benito Pérez Galdós, y 4

Publicado primero en Frontera Digital

La escuela y la despensa, la despensa y la escuela…

El autor de la inversión anterior es el mismo que dijo “Jamás habrá otra ni más España que la que salga de la cabeza de los españoles”: Joaquín Costa. Su repertorio de frases sentenciosas (hoy las llamaríamos memes) es abundante y muy conocido y citado. En particular, sobre la educación; compartía con los demás miembros del movimiento que llamamos Regeneracionismo, la creencia en la potencia transformadora de la escuela. Ponían en sus manos una utopía lenta, pero posible. Esa creencia fue heredada por la Generación del 98 y novecentistas –una generación de profesores– y llegó a hacerse realidad, de forma breve pero brillante, con la Generación de la República. Galdós, que fue muy longevo, vivió a caballo entre estas generaciones y, como Costa, pensaba que no habría nunca otra España que la que saliera de la cabeza de los españoles. También en El caballero encantado, del modo en que lo sugerimos ahora.

Esta es una novela “pedagógica”, en su estructura externa e interna. En la intencionalidad del autor, en cuanto el elemento discursivo, disperso por toda la narración, apela a la conciencia social del lector, a una toma de postura en el mundo real. De un modo complementario a la pareja, que cuando, terminado el proceso de re-educación, vuelve a Madrid con su hijo, está dispuesta a llevar su nuevo compromiso a la práctica. De una forma paradójica, Galdós mantiene una idea elitista de la política. El caballero Gil es un aristócrata, que conoció la experiencia de ser diputado “cunero”, esa práctica perversa que hacía de la democracia de la Restauración una farsa. Lo sigue siendo tras su vuelta a Madrid a través del tiempo y el espacio. Esto ocurre aunque haya sido re-educado en un conocimiento más profundo de la España real. Se trata de una creencia en las reformas hechas desde arriba por una élite ilustrada, que atraviesa el pensamiento político español hasta hoy mismo. Resonó con estruendo en el orteguiano “No es esto, no es esto”, y con la misma fuerza en la actual impugnación o defensa de la Transición política. Pero volvamos al cuento:

Internamente, la novela toda descansa en el plan “educativo” urdido por la Madre, que somete –gracias a su poder demiúrgico– a un grupo selecto de personas a un aprendizaje de la verdadera realidad española en la “Universidad de la vida”. Se trata de una educación crítica y práctica, esto es, basada en la experiencia.

Pero, además, el lector conoce desde el principio los errores formativos de algunos personajes y el trabajo –duro, infructuoso por las condiciones sociales y políticas de la Restauración– de otros. Así, la “mala educación” del caballero Gil, se nos presenta bajo esa perspectiva crítica desde el primer capítulo:

“… hijo único de padres opulentos”, “sometido en su adolescencia verde a la preceptoría de un clérigo maduro que debía enderezarle la conciencia y henchirle el caletre de conocimientos elementales”. Huérfano a los 20 años, “Carlitos se deshizo del clérigo (…) y se dedicó a desaprender las insípidas enseñanzas de su primer maestro y a llenar con ávidas lecturas lo vacío del cerebro”.

(Del Marqués de Torralba, que es su padrino y tutor) “… tolerancia y benignidad que no eran más que formas de pereza”. “A su ahijado no exigía más que el cumplimiento exacto de las fórmulas y reglas del honor, la cortesía, el decoro en las apariencias”.

Los maestros

Hay dos maestros entre los protagonistas de la novela, marcados simbólicamente por el pasado y por el futuro. Cintia/Pascuala, la hermosa colombiana portadora de la esperanza en el mundo del Doble, es una de ellas. En su aparición en La Dehesa (cap. XI, p. 226), donde se produce la reminiscencia que va a permitir al caballero Gil su reconocimiento de la Cintia del mundo real, es su lenguaje, su manera de hablar, la que delata sus estudios y profesión: “Ya en el encuentro o aparición en La Dehesa había notado Gil que el lenguaje de la moza no era el habla tosca del pueblo campesino con limpia dicción y con notoria pureza gramatical”. He aquí su confesión:

“(…) Soy maestra. En Zaragoza, donde he vivido cinco años con mi tío don Bruno Borjabad, procurador, hice mis estudios, y tengo título… ¿Qué te creías? Ahora estamos esperando a que don Feliciano Gaitín, que es el mandón de estos lugares, nos cumpla lo prometido: darme una escuelita de párvulos en cualquier pueblo de esta comarca”.

Uno de los Gaitines, en efecto, cacique de la comarca, cumple su promesa y le concede tener su “escuelita” en Calatañazor (Cap. XVI, p. 279). Tras la complicada búsqueda de Pascuala/Cintia, en compañía de Cíbico (un personaje secundario, simpático y sanchopancesco chamarilero, descubre por fin la escuela “en el lugar menos áspero de la ciudad»:

“Torciendo a la derecha, llegaron los caminantes al rincón menos áspero de la ciudad, una solana o miradero que dominaba un abismo, en cuyo fondo plateaba el río Milanos. —Aquí tenemos nuestro albergue –dijo Cíbico a su escudero, parando la borrica en un portalón desvencijado–. Aquella casa que allí ves, pintada de ocre, es la escuela. Yo me acerco al templo de Minerva, vulgo Instrucción Primaria; meto el hocico, y si veo que está Pascuala sola, te miro, llevándome la mano a la gorra como si te hiciera saludo militar. Vas tú, la ves, hablas un poco, y yo te espero en el parador”.

La presentación de la maestra de sus “pobres criaturas” e ilumina la intención de Galdós:

“(Habla Pascuala) …Mi único consuelo está en las pobres criaturas que aquí ves… Las quiero, y ellas me quieren a mí… creo yo que tanto como quieren a sus madres… tal vez más. Aquí, practicando el magisterio, he descubierto que sirvo para educar niños y encender en ellos las primeras luces del conocimiento”.

Como dice de forma tajante la Madre, en otro lugar: “En los tiempos que corren, los niños mandan”. Los niños, portadores de la utopía posible para la nueva España que sueña el novelista… Es la Señora/Madre, justamente, en su encarnación de la España desdoblada, la que, en el capítulo XVII –despensa y escuela, recordemos– la que nos presenta al otro maestro de la obra, que, en nuestra interpretación, representa el presente y el pasado del Magisterio. Ocurre en Boñices, el enclave narrativo donde el autor nos convoca a conocer, de la forma más desoladora, el hambre y la desigualdad social en la España de la época. La Madre que traía perdices, chorizos y pan para agasajar a sus hijos (el Estado protector) aclara: “y los demás no han de estimar corta la cena”. Responde don Alquiborontifosio, más comúnmente conocido como don Quiboro, maestro de párvulos del lugar (cap. XVII, p. 297):

“—¿Qué ha de ser corta –dijo el viejo melenudo y cegato– si, como sabe Vuecencia, estamos todos en el caso de aquel pueblo donde se pregonaba: ‘Aquí es Villagorda, un garbanzo en cada olla’?

El que así hablaba era el maestro de párvulos de Boñices, agraciado por la España oficial con el generoso estipendio de quinientas pesetas al año; hombre que en largos días de magisterio había utilizado su corta ciencia doctorándose a sí mismo en la gramática parda y en la filosofía parduzca, sabio en recetas de vida, eruditísimo en refranes. Su nombre, largo como un alfabeto, era de los que empiezan y no acaban: don Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias, mas por abreviar la gente lo llamaba don Quiboro, así las gentes acortaban kilómetros entre la primera y la última letra. El buen señor, rendido a su cansancio y la miseria del pueblo, no enseñaba cosa alguna a los chicos, y les entretenía contándoles cuentos para que adormecieran el hambre, o salía con ellos al atrio de la iglesia para jugar al chito”.

Volveremos a encontrar a este héroe de la enseñanza en varias ocasiones antes de su trágico destino en el peculiar Gólgota que planea Galdós para el final. Una es en la cuerda de presos en la que van nuestros protagonistas camino de la cárcel de Honrubia, con destino final en Medinaceli. Descansan en una venta[1] don Quiboro, en una situación tristísima, sin ropa, sin comida, había abandonado Boñices y, yendo al buen tuntún de los caminos, acaba también detenido y trasladado. Se produce el reconocimiento y el reencuentro:

(Cap. XXI, p. 335)

“—Buen hombre, se quedará usted helado si no tiene manta. Arrímese acá y participe de la mía (…) No tema que le pegue miseria, que yo, aunque pobre, no la tengo.

—Señor, yo lo conozco a usted; creo haberle visto en un lugar llamado Boñices. Dígame si es usted un maestro que tiene por nombre don Alqui… bori..

—… para servir a Dios y a usted –dijo el otro gravemente, mordiendo el queso con avidez–. Escóndese el rico mas no el mísero. Como los lobos bajan del monte al llano movidos del apetito de carne, así he salido yo de Boñices, y voy a la ventura por estas tierras, buscando el lugar de abundancia donde sobre un mendrugo”.

Y a la mañana siguiente, con ganas de contar su historia al caballero, asan unas patatas que le han regalado unos labriegos y, al calor de la lumbre, el maestro pronuncia el clarificador discurso, no de la Edad de Oro (siempre la presencia de fondo de Cervantes) sino su memorial de agravios:

“—A tal miseria han venido a parar mis cincuenta y más años de magisterio en Aliud primero, después en Torreblascos y por fin en el moribundo lugar de Boñices. Vea usted el premio que dan a una vida consagrada a la más alta función del Reino, que es disponer a los niños para que pasen de animalitos a personas… y aun a personajes, que yo con documento puedo atestiguar… carta canta… que en Buenos Aires, en México, y en otras partes de las Indias viven ricachones que fueron desasnados por mí, y que bajo mi palmeta, hoy en desuso, aprendieron a distinguir la e de la o. Y en esas Cortes o Senados de Madrid, en que tanto se parla, algunos hay que llegaron cerriles a mis manos, y de ellas salieron bien pulidos de lectura y escritura, con algo de aritmética. Nadie me ha favorecido en este viacrucis doloroso. Dos generaciones de Gaitines han pasado delante de mí con los oídos tapados a mis quejas. Y solo me atendieron a medias y de mala gana cuando reclamaba yo dos años de atrasos, dos años de paga, ¡Señor!, que me debía el Ayuntamiento. Los Gaitines han favorecido más la fábrica de aguardiente que la fábrica de ilustración. Y heme aquí errante, sin más ropa que la puesta y esta manta, atenido a la caridad pública, rodando como las hojas muertas que lleva el viento, sin encontrar ni protección, ni pan, ni siquiera sepultura, pues cuando menos lo piense, caeré muerto en lugar salvaje donde las bestias me pisen y los buitres me coman. ¡Oh, buitres, comedme y hartaos de mi carne podrida, y que os aproveche y hagáis buena digestión! Seréis más dichosos que yo lo fui. ¡Oh niños, niños mil, a quienes saqué de las tinieblas; al daros luz, hice una generación de hombres ingratos!”.

En el capítulo XXIII, ya al final del libro, asistimos a la muerte del Maestro español de la Restauración:

(Le habla Regino)

“—… ¿Ha sido usted militar? ¿Ha sido labrador?

—No señor… He sido…

—Ha sido maestro de escuela –dijo la Madre–. Tened compasión del que enseñó a leer a vuestros padres. (…)

—Maestro –dijo un guardia–, haga el favor de no morirse en nuestras manos, que no tenemos la culpa de su infelicidad.

Y él, extinguiéndose, articuló trémulas expresiones:

—Maestro fui, ya no soy nada… Rezadme algo… Mejor será que digáis: ‘Muerta es la abeja, que daba la miel y la cera’”.

Hablan sin cesar, pero no dicen nada…

El recorrido por el tratamiento y retrato que hace Galdós de la educación en este libro quedaría incompleto si no mencionamos la “última lección” que queda aún por aprender al caballero encantado, antes de salir definitivamente del mundo del Doble y volver a la España real. Se trata, quizá, del aprendizaje más difícil para los gárrulos españoles, sobre todo los políticos: saber escuchar y valorar el silencio… Risum teneatis?

Esta lección/castigo es impartida en el espacio escénico más extraño (y teatral y cinematográfico) imaginado por nuestro autor. Un lugar más propio de una película de ciencia-ficción que de la geografía española a que nos ha tenido acostumbrados hasta ahora. Es, también, el último espejo/río, la última aparición del Doble. Pues bien, este tránsito final se produce mediante la inmersión en el río Tajo, en un alegórico bautismo inaugural, en un doble sentido: la vuelta a los orígenes para la Madre y el renacer de Gil, el caballero regenerado. En un baño apoteósico, grita la Madre: “Al fin llego a ti, mi Tajo potente, mi Tajo impetuoso y varonil… En ti me limpio de esta pegadiza roña de mi vejez; en ti recobro mi hermosura y majestad”.

Los nuevos espacios alegóricos en que emerge el caballero ya no son lugares reales, sino espacios cerrados, pulcros y asépticos, llenos de transparencias y poblados y mantenidos por una suerte de monjes a los que se identifica por sus colores: túnicas rojas (no sin intención) y blancas. Un “palacio de silencio” en el que no había “criados ni señores”; el palacio, pues, de la igualdad: jardines de cristal, sin sol, estructuras circulares… El círculo del encantamiento está a punto de cerrarse sobre sí mismo cuando Gil entrevé a Cintia a través de un vidrio que recuerda al espejo de la casa de Becerro, donde empezó el viaje iniciático de los protagonistas, pero invertido.

Allí, durante un tiempo de silencio indefinido, Gil vaga por pasillos transparentes, jardines de flores sin aroma y “fantasmas, duendes y pececillos”. La comunicación, como dura lección, que debe aprender, se establece solo a través de la mímica, que, no obstante, es suficiente para hacer amistad con algunos de aquellos seres. El autor lo explica:

“Allí se les daba la última pasadita, el barniz que llamaban ‘cura del silencio’, soberano remedio que atajaba el flujo de las palabras ociosas”.

Aceptemos nosotros, por nuestra parte, tan difícil lección y demos fin a este largo ensayo por entregas, agradeciendo al lector posible su compañía y paciencia.

*Vuelve a las reseñas anteriores, en torno a El caballero encantado, de Galdós: 1, 2 y 3.

[1]    La influencia cervantina, el homenaje, en personajes, espacios y motivos del Quijote es continuo.

En torno a ‘El caballero encantado’, de Benito Pérez Galdós, 3

Publicado primero en Fronterad

No hay abstracción mayor que el Estado o la Nación o la Patria. Por esa razón está siempre a punto de diluirse en la vida de los hombres y el mundo concreto de sus preocupaciones. No es otra la causa de la importancia de los símbolos, lo que hay se llaman «relatos o -en lo que lo que nos va a ocupar en adelante- su personificación. La más importante, en el mundo contemporáneo, es su representación como mujer.

De Marianne a la Madre

David Harvey1 nos explica que hubo una fascinante lucha de iconos a lo largo del siglo XIX, el siglo de las revoluciones:

El motivo de la mujer como representación de la República y la Revolución reapareció con fuerza en la Revolución de 1830, y quedó convincentemente simbolizado en el cuadro de Delacroix La libertad guiando al pueblo. Por toda Francia se produjo un auténtico aluvión de imágenes paralelas en el periodo siguiente a 1848. No obstante, el modo en que se representaba a la mujer es importante.

Esa última afirmación es, precisamente, la que nos va a dar pie a la caracterización diferenciada de la Marianne de la Revolución francesa, y la mujer que, en El caballero encantado, simboliza a España. Pero sigamos un poco más el relato de Harvey:

Los burgueses respetables de ideas republicanas preferían figuras estáticas, con ropas y comportamientos clásicos, acompañadas de los símbolos requeridos de la justicia, la igualdad y la libertad, una iconografía que desemboca en la donación francesa que preside el puerto de Nueva York. Los revolucionarios querían un poco más de ardor en la figura. Balzac recogía esto en Los campesinos, en la figura de Catherine que recordaba los modelos seleccionados por pintores y escultores para representar a la Libertad y al ideal de la República. Su belleza, que se reflejaba en los ojos de los jóvenes del valle, florecía de la misma manera, tenía la misma figura fuerte y flexible, las mismas extremidades musculosas, los brazos rellenos, los que brillaban con la chispa del fuego, la expresión orgullosa, el pelo trenzado y retorcido en manojos gruesos, la frente masculina, los labios rojos, donde se dibujaba una sonrisa en la que había algo feroz, esa sonrisa que plasmaron Delacroix y David (de Angers) y que produjo tanta admiración. Una morena resplandeciente, la imagen del pueblo; las llamas de la insurrección parecían saltar de sus claros y leonados ojos.

Flaubert, en La educación sentimental, lo ve de otra manera: «En el hall de la entrada, de pie sobre una pila de ropas, estaba posando una prostituta como una estatua de La Libertad, inmóvil y aterradora, con los ojos como platos.»

Hubo, como se ve, una pugna entre las representaciones preferidas para el nuevo estado. En el concurso que convocó el gobierno republicano para la figura de mujer que representaría a la República, en 1848, Daumier, respondía con una de impronta maternal, en coherencia con la idea de una república social protectora y en oposición tanto a la simbología de los derechos burgueses como a la imagen polémica de la mujer revolucionaria en las barricadas. Según Harvey, «Daumier se hace eco de la revolucionaria declaración de Danton ‘Después del pan, la educación es la principal necesidad del pueblo’.

Esta es la posición de Galdós a lo largo de esta novela y lo que explica, en último término, su elección del icono femenino que representa España, su Doble en la ficción. Si, según David Harvey, «Empezó a parecer como si los bandos de aquellos vestidos con ropas de trabajadores tuvieran una República con un gorro rojo y un corpiño abierto, mientras que el campo de los caballeros, adecuadamente vestidos de oscuro, tuviera otra, una República representada por una dama, coronada con ramajes y cubierta con una toga de la cabeza a los pies.», La España que sueña y «ve» Galdós, es una mujer prudente y digna, que -salvo en los momentos de apoteosis- viste de una manera discreta y que, aunque se apasione, al final, en su defensa de los pobres hambrientos y presos (los ladrones que acompañan a Jesús en su crucifixión), que forman su último cortejo, animándolos, incluso a la rebelión, su comportamiento es siempre empático y protector. No es una mujer joven ni revolucionaria, porque España es un país antiguo y Galdós es un hombre mayor y, al fin y al cabo, un reformista, como decíamos en la anterior entrega.

Señora, dama, madre, diosa…

Señalo a continuación, para no alargar aún más esta ya extensa serie, las distintas apariciones de la Señora-Madre / España a lo largo de la novela. Me parece preferible que el lector conozca las palabras literales de Galdós a mi propio parafraseo. Todas las citas están localizadas en el capítulo y página de la edición que manejo (en nota a pie de página de la primera entrega) Acompaño, sin embargo, las citas con mis propias anotaciones, telegráficas e impresionistas, tomadas al azar de la lectura, en relación con la simbología evolutiva en el plano real y en el de la realidad encantada, sensaciones evocadas, espacio y tiempo. Estas van en letra cursiva, mientras que las citas se presentan en letra redonda y en formato de cita:

(Cap. V, p. 173) Primera aparición de la Madre. Anochecer. Incorporación al mundo del Doble. Matrona. Tránsito. Lo real maravilloso. Encantamiento. Reminiscencia: Los salones de la duquesa de Saldaña y de los condes de Fontibre, al principio y al final.

Tiene lugar tras el aparatoso paso al mundo paralelo, en una escena mitológica en la que el doble personificado de España aparece como «matrona» de un corro de ninfas en un locus amoenus muy español, pues no es otro que un encinar.

No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de muchachas. (…) Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles, los rostros hermosísimos y atezados. Trazas tenían de mujeronas de raza, y edad primitiva, heroicas (…) Ni con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso. (…) Y conforme gritaban se partieron en dos alas, dejando en medio un ancho camino, para que por él pasara, con porte de reina, una esbelta matrona, que salió de la espesura de las encinas. (…)

Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora no le eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad de Madrid. Tal vez.

(Cap. VII, p. 195) Segunda aparición. Oficio de pastor. Reina. Ensueño, el mundo onírico. Amanecer.

Pasando bajo aquel pórtico vio una rampa en la cual aglomeraciones musgosas parecían vestigios de una escalera. Subió el pastor hasta llegar a un túmulo que también podría ser trono, y en éste… ¡Ay!, si no le engañaban los ojos, si no era un durmiente que se paseaba por los territorios del ensueño, lo que vio era una mujer, una señora sentada en aquel escabel (…) Del estupor y sobresalto que embargaron el ánimo del pobre Gil, cayó este de rodillas, casi tocando la orla del vestido de la dama, y próximo a ella pudo advertir que se hallaba en presencia de la matrona que vio en la noche de su encantamiento, escoltada por las ninfas o amazonas galanas (…) Reconoció la faz de augusta nobleza, los cabellos blancos, la severa vestimenta, la mirada benigna, el sonreír afable…

La dama, entonces, sin énfasis de teatro, sin tonillo de aparición fantástica, antes bien, con el llano y gentil lenguaje que emplear podría cualquier señora viva de la más ilustre clase social, le dijo:

-Yo soy quien soy; mi reino no es el cielo sino la tierra, y mis hijos no son ángeles sino hombres.

(Cap. XVII, P. 287) Retirada de Calatañazor. Amanecer, luz. Diosa, Madre protectora. Señales celestes, apoteosis.

¿Subiría protegido de la noche a violentar solo la casa de Cintia y arrebatar a esta de grado o por la fuerza? ¿Esperaría nuevos avisos de la dama? (…)

El rosado fulgor se manifestó en algo que parecía nube, confundiéndose con la cima del monte, y la nube refulgente tomaba forma, y en esta se marcaron las facciones, el rostro de la Madre. (…)

… vio la figura completa, de estatura no inferior a la del monte mismo, cual si este, conservando su talla ingente, se personificara por arte mitológico en la más gallarda y majestuosa mujer que vieron los siglos. La Madre descendía… (…) Retrocedió Gil aterrado, pensando que, si la Señora ponía sobre él uno de sus pies, aplastado había de quedar como una hormiga. Pero huyendo hacia atrás advirtió el caballero que la grande y terrible imagen iba perdiendo su colosal tamaño a medida que avanzaba. (…) La figura venía un tanto encorvada, apoyándose en un palo… (…) Menguaba poco a poco, y no solo menguaba, sino que acercándose al caballero, le decía con afable acento:

-No te asustes, hijo, voy hacia ti, no huyas. Como sé crecer, sé achicarme cuando quiero ponerme al habla con los pequeños y humildes.

… notó el caballero que la Señora, mil veces augusta, presentaba en su faz hermosa y en su actitud señales de envjecimiento. Palidez y algo de demacración eran bien claras en su rostro, y andaba un poquito encorvada…

-El abatimiento que has advertido en mí no es vejez, yo no envejezco. No es tampoco enfermedad. Yo no padezco más enfermedades que los enojos y padecimientos que me dan mis hijos… (…) Me verás triste y caduca se desmanda y quiere precipitarme por senderos abruptos.

(…) Algo sabrás por ti mismo, sin necesidad de que traiga yo a tu conocimiento la realidad del mundo que dejaste por tus culpas, viniendo a esta ejemplaridad (…) pues en tu destierro miro por ti, deseosa de tu regeneración…

(Cap. XVIII, p. 296 en adelante) Llegada a Boñices. Comitiva. Madre nutricia. Niños, maestros.

Creciente importancia de niños, maestros y educación. La Madre, aquí protectora de los pobres, es interpelada por Fabiana, una mujer de negro, antigua conocida, como «señá María, consuelo y protección de estos probes», aunque, en contraste, más tarde la llamará «doña María» y la tratará como «Vuecencia» el maestro Alquiborontifosio. Dar de comer al hambriento…

Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para que cenemos en tu compañía, pero no vengo desprevenida, y por vosotros, más que por mí, os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y monda como la vuestra.

Diciéndolo, metió mano al pecho, por debajo del manto que holgadamente la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de la reciente cochura… (…)

(Cap. XXII, p. 347) Patio de Pitarque. Noticias de la Señora. Huida/persecución, pasión, pobreza, caminos…

(Habla don Quiboro) Por mi fe, que no lo entiendo. Habla usted como un demente, o esa Madre que nombra no es nuestra doña María [alusión a la imagen idealizada de Señora de alta alcurnia que le transmite Gil]. Yo le aseguro, porque lo he visto, que la Señora que cenó con nosotros en Boñices anda hoy errante por caminos y atajos, como usted y como yo. (…) La Señora, compungido el rostro y encorvadita de cuerpo por la carga de sus penas, me contó lo que ha días viene padeciendo por las ingratiudes de sus desatinados hijos, que a la cuenta son un sinfín de hijos, y por la porquería dominante en lo que ella denomina sus reinos o estados, que eso no lo entendí, ni sé lo que puede significar, así me maten…

(p. 350, en diálogo con don José Augusto)

-Déjeme usted de madres. Para mí la única madre es la Historia, y esa huye con repugnancia de los hechos y personas del día.

-No es precisamente la Historia, sino la… no śe cómo decirlo… Es el alma de la raza, triunfadora del tiempo y de las calamidades públicas; la que al mismo tiempo es tradición inmutable y revolución continua…

(p .351. Comienza la Pasión: ¿camino del Gólgota?, ¿junto al Mal Ladrón?

… En dicha cuerda, venía una pobre vieja atraillada con un facineroso, Lobato por mal nombre, muy conocido en la comarca por audaz cuatrero y asaltador de caminantes, sin respetar haciendas ni vidas. La anciana, maniatada con el bandido, parecía reproducción de la Gil llamaba Madre, solo que su mayor grado de ancianidad hacíala pasar por madre de la Madre. Encorvada y jadeante, se dejó caer al suelo apenas entró, abatiendo consigo al ladrón Lobato. En sus facciones amarillas y rugosas se traslucían los rasgos de su bellaza como perlas caídas en el fondo de un charco; su mirar se apagaba en una letal resignación de heroína vencida; de su excelsitud y majestad solo quedaban rezagos en el gesto airoso. Dudando de lo que veía, acercóse Gil a la postrada vieja y le dijo:

-¿Eres tú, Madre querida?

Y ella, mirándole cariñosa, le respondió:

-Yo soy, yo fui, porque en esta injuriosa degradación a que me han traído tus hermanos, más bien soy tu abuela que tu madre

(Cap. XXIII, p. 357-358. Cuerdas de presos, el automóvil. Muerte y Resurrección.)

Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de las nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta [en nota: durísimo y realista contraste entre las dos Españas, esto es, la de los pobres, representada en esas tres cuerdas de presos y los civiles, que les conducen, que de improviso irrumpen en la carretera general (la de Madrid-Zaragoza-Barcelona), y la de los ricos, la de los automóviles a toda velocidad.

La Madre, agobiada y envejecida, se dignó manifestarse con susurro, que el caballero interpretó de este modo: Hemos llegado a las horas de prueba… La tremenda adversidad oblígame a sumergirme en la resignación dolorosa… Yo, eterna, sé morir… He muerto, he revivido, a fuer de creyente en la grandeza de mi destino. Calla y sufre tú, como yo sufro y callo… (…) No podré ser redentora si no soy mártir….»

… Como en aquel instante iniciara la Madre un movimiento para seguir cuesta arriba, los Guardias les dieron el alto.

¡Quietos! -gritó el del feo rostro-. Quietos, o disparamos. Güela, ten el juicio que a ese loco le falta. Bajad, os lo mando por tercera y última vez.

No hicieron caso el hijo ni la Madre. Los uardias no podían eludir el cumplimiento de su deber… Los mortíferos fusiles subieron a la altura de los ojos. ¡Brrum! Dos, tres disparos rasgaron el aire con formidable estampido. La vieja y el caballero se desplomaron… Su caída en tierra fue súbita y blanda, como la de dos cuerpos colgados del cielo por invisibles hilos… que las balas rompieron.

(Cap. 24, p. 365 en adelante. Resurrección, Palingenesia)

… Ya pestañeaban en el cielo, queriendo lanzar su brillo las tímidas estrellas de Casiopea (…) cuando la vieja estrella terrestre, a quienes unos llamaban Madre, otros doña María, y los menos avisados, doña Sancha o doña Berenguela, empezó a pestañear también como las del cielo, queriendo esparcir su soberano brillo sobre el mundo. Dicen historias fidedignas que se incorporó sin desperezarse (…) Sin dar importancia a este detalle, el narrador afirma que la Madre tocó el cuerpo exánime de su encantado hijo, diciéndole:

– Gil, ¿estás muerto?

Y añade que el caballero Tarsis, sin moverse, respondió:

-En verdad, no sé si soy difunto, o si de mi defunción quiere salir una nueva vida. Te aseguro que, roto mi cráneo como una hucha de barro, las monedas, digo, los sesos salieron a tomar el aire (…) … Son los cirios de los frailes recoletos que vienen a enterrame a mí… y a ti, como es consiguiente. No hagas caso de esto, dejemos que nos entierren…

-¿Vivos? Ellos nos entierran, y nosotros nos vamos.

(Cap. XXIV, p. 368) La inmortalidad de la nación, que es, sobre todo, lenguaje.

[Tarsis a la Madre:] «Eres inmortal porque no eres una vida, sino millones de vidas»; no eres solo un lenguaje, sino millones de lenguas que espiritualmente te vivifican.»

(p. 371) «Bautizo» en el Tajo. Tránsito al ultramundo:

… llegaron al lomo de una ribera que, como dique, encauzaba la corriente del dorado Tajo. (…) La Madre se detuvo en el lomo del dique, y extendiendo sus brazos hacia el río, con elocuente ademán de mujer apasionada que se arroja en brazos de su amante, dijo así:

Al fin llego a ti, mi Tajo potente, mi Tajo impetuoso y varonil… En ti me limpio de esta mi pegadiza roña de mi vejez; en ti recobro mi hermosura y majestad.

Y ordenando al caballero con breve mandato que la siguiese sin miedo al refuelle de las ondas turbulentas, en ellas se arrojó de cabeza, vestida como ansiosa nereida que se introduce en el lecho de su amadoo.

(Cap. XXV, p. 375) Ultramundo. Los hombres de rojo y la cura de silencio. Otra transformación de la Madre. Transfiguración.

Hallábase, pues, el asendereado caballero en una nueva esfera de la vida de encantamiento que de las anteriores se distinguía por la mudanza de las formas de rusticidad y pobreza en formas de elegante pulcritud.

Llegaron a un ancho comedor con mesa dispuesta para magnífica cena de veinte o más cubiertos. En la cabecera estaba sentada la Madre, ya restituida en su soberana belleza y majestad. (…) Vestía túnica blanca, de finísima tela con pliegues estatuarios; adornadaba su seno con frescas rosas coloradas y amarillas; sus cabellos, recogidos con suprema elegancia, conservaban la nítida blancura, y su rostro, de infinita belleza y gracia, era la imagen de la dignidad concertada con dulce y afable alegría.

(Cap. XXVII, p. 390) De vuelta en Madrid y los salones aristocráticos. La duquesa de Mío Cid. Los ríos.

Camino de la casa de su tía (donde la duquesa de Mío Cid, vieja conocida nuestra)…

Hemos resucitado en el punto en que fenecimos. En casa de tu tía estuve la noche anterior a mi encantamiento. Esto es despertar en la misma postura en que nos dormimos… Pues no me disgusta esta manera de anudar el hilo roto de la existencia normal. De la casa de tu tía conservo dulces remembranzas. Allí conocí a personas que se me metieron en el corazón y en él moran todavía. Allí, si mal no recuerdo, tuve el gusto de conocer a una distinguidísima persona, de cabellos blancos, tan seductora por su talento como por su exquisito trato.

(A la pregunta del caballero) Viaja de continuo, y las ruedas de su automóvil se saben de memoria todo el mapa de España. Su chauffer es un espíritu genial, engendrado por el tiempo en las entrañas de la Historia… (Tarsis se está durmiendo) Me figuro que está en tierras de la Coronilla, a la parte de allá del Moncayo. Ayer dormía en aguas del Tajo, hoy se solaza en aguas del Ebro. Son sus maridos… Son sus amantes predilectos… Cada día le nacen mil hijos… los cría en los dorados trigales… a una y otra banda del Mulhacén, de Gredos, de Peñalara, de Montesdeoca, y en el sinfín de pueblos ricos o miserables; aquí mismo, en este Madrid picaresco, los cría y los mata.

(Ya con Cintia, que le cuenta del hijo de ambos que tuvo en Sigüenza) al que ha puesto de nombre Héspero «en honor de nuestra Madre» -Hesperia, uno de los nombres míticos de España)

Mariclío, un antecedente hegeliano de la Señora/Madre

No es esta la primera vez en que Galdós personificó una realidad abstracta. La Madre tiene un antecedente muy interesante: la Historia y su doble, Mariclío. Se le hizo tan familiar en sus últimos Episodios Nacionales, que, a veces, aludía a ella, coloquialmente, como la Macriclío. Naturalmente, la naturaleza de este otro Doble es muy distinta. La representación humana de la Historia sirve de pretexto a Galdós como un artefacto narrativo de distanciamiento, necesario para narrar hechos ya muy cercanos al presente de su escritura.

En La Primera República, podemos leer una invocación a Mariclío, ciertamente airada y extremadamente crítica, de un Galdós narrador-testigo desengañado de la Historia de España:

Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal. Con Obdulia presencié yo el imbécil conato de regicidio. Al día siguiente del suceso, se me apareció Mariclío en la puerta de aquella tienda, y hablando familiarmente con ella tuve el gusto de acompañarla hasta la Academia de la Historia. ¿Dónde estaba la santa y buena Madre? ¿En qué rincones o burladeros escondía su clásica persona? Imposible que dejara de conocer y calificar las turbulencias del terrible año que corríamos, pues para tal oficio y menesteres habíanla dado el ser los altos Dioses. Si andaba por acá, infatigable en su fisgoneo sublime, ¿por qué a su lado no me llamaba, por qué no requería los servicios de su leal muñeco?

El gusto por estas mujeres del gran hegeliano de la Historia que fue Galdós no se detienen en Mariclío, pues también «… entraron en mi estancia Mariclío y Doña Caligrafía…»

En Cánovas, el más desconsolador, y el último, de sus Episodios, la compañía del Doble femenino es ya habitual:

Entre aquellas señoras creí ver a la dama de Mula, y seguramente vi a Mariclío, fastuosa, calzada con el alto coturno. Pasó a mi lado inundándome con su fragancia helénica. (…)

En las paǵinas de este Episodio encontramos al Galdós más filosófico, y también más premonitorio, por ejemplo en estas líneas, en las que parece adivinar lo que en la neolengua contemporánea hemos dado en llamar «posverdad».

En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que encontré siempre en la verdad de la mentira. Lo que aquí llaman política es corteza deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones humanas. Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas.

También los vicios de nuestra «casta» política, que inundan la actualidad española «ad nauseam», los vemos anunciados aquí: «Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria.»

El magnífico sarcasmo de Galdós sobre aquellos que «fomentarán antes la artillería que las escuelas» nos da pie para enlazar con el último acercamiento que propongo a la historia «real e inverosímil» del Caballero Encantado: la educación como única utopía posible…

*Vuelve a las reseñas anteriores, en torno a El caballero encantado, de Benito Pérez Galdós: 1 y 2.

1. Harvey, David, París, capital de la modernidad, Madrid, 2008.

En torno a ‘El caballero encantado’, de Galdós, 2. España y su doble

Publicado primero en Fronterad

“La ciudad de los hombres tiene un doble de sombras”
Alfonso Sastre,  Los hombres y sus sombras (Bilbao, 1991)

De lo familiar a lo extraordinario

“Unheimlich” es un polisémico adjetivo alemán de difícil traducción al español. El diccionario Linguee, por ejemplo, da para el término las siguientes acepciones: “increíble”, “raro”, “aterrador”, “extraordinario”, “misterioso”, “terrorífico”, “espeluznante”, “escalofriante”. Una escala semántia que va, como se ve, de lo que se sale de lo ordinario o normal a lo que provoca miedo y espanto. Los resultados que da el Collins para el inglés son muy parecidos: “frightening”, “eerie”, “sinister”, “tremendous”.

Teorizado por Freud, que toma como punto de partida el cuento de E. T. A. Hoffman El hombre de arena, ha sido muy usado como explicación de un mecanismo literario, como hacemos aquí. Alfonso Sastre, nuestro gran dramaturgo, lo consideraba como el artificio retórico de toda ficción narrativa o dramática: el efecto producido por el choque entre lo cotidiano y lo inesperado, el reconocimiento de la realidad con lo extraordinario que late siempre en ella, y que explota en la literatura de imaginación. Sastre lo traduce como la Ex(trañeza)Fa(miliaridad) que surge de la realidad en cualquiera de sus situaciones o acontecimientos y lo relaciona con el Doble: “Cualquier situación puede, pues, ser presentada como Ex-Fa, aunque de terminadas situaciones lo son ya de por sí, como la persona que se refleja en un espejo, el autómata o el Doble. Lo Ex se produce porque son simulacros de lo que hay, y lo Fa porque en esos simulacros nos reconocemos, sin lugar a dudas, a nosotros mismos –reales y fantásticos– en aquellos fantasmas”.

Pues bien, eso es lo que ocurre en El caballero encantado, ese es el plano de la arquitectura de esta novela escurridiza: el paso, sin apenas transición, de la vida familiar y cotidiana de un joven aristócrata de la Restauración, al que conocemos ya por la breve información proporcionada por Galdós sobre su familia, (mala) educación y vida disipada, a un mundo, extraordinario y desconocido para él (la España rural y obrera) y que, convertido en su Doble gracias a un “encantamiento”, podrá conocer la realidad de su país, vivir una apasionada historia de amor y “regenerarse” para volver, una vez acabado el largo proceso, a su primera realidad. La particularidad es que vuelve con un “propósito” y un hijo. Paso ahora a detallar el encantamiento/desdoblamiento, y la ajetreada vida que transcurre al otro lado del espejo.

El encantamiento

Tras haber acompañado al caballero Tarsis en su vida ociosa y disipada, paralela a la de sus rentas, lo encontramos en una situación de crisis existencial y de ruina inminente. La boda planeada, con la intermediación de su padrino, con la chica de Mestanza –de aspecto poco atractivo pero heredera de una gran fortuna familiar–, que podría haber solucionado sus problemas económicos, se rompe, porque la familia de la heredera ha elegido comprometerla con un joven más conveniente para sus intereses. El carácter de Carlos de Tarsis se agria tras los sucesivos nuevos intentos fracasados de casamiento salvador. En los renovados devaneos de su “vida de clubes” conoce a Cintia, una hermosa mujer colombiana que va a tener un papel protagonista en la novela y que deja al caballero profundamente impresionado. Sus amigos de siempre (el marqués de Torralba y Ramirito Núñez) y hasta el fiel Becerro, un extravagante medievalista, experto en las complicadas geneologías de la vieja aristocracia, todos ellos “sablistas” habituales del caballero, lo abandonan y dejan de visitarlo en vista de su creciente ruina. Carlos, aquejado de una suerte de depresión en su soledad reciente, decide ir a la vieja casona de Becerro. Ese va a ser el espacio demiúrgico donde se producirá el tránsito, ciertamente muy aparatoso, de lo normal a lo sorprendente, la epifanía del Doble.

Galdós describe la casa, en consonancia con la presunta condición de nigromante de Becerro, como un espacio ruinoso y “mágico” (entiéndase: propio de una magia cutre y pobretona) donde va a tener lugar el encantamiento: “Aunque en aquella caverna papirácea de inclinado techo, no había esqueleto ni lechuza, ni retortas sobre hornillo, ni lagartos rellenos de paja, Tarsis creyó encontrarse en la oficina del nigromante o alquimista que nos dan a conocer las obras de entretenimiento y las comedias de magia”. En su deambular exploratorio por la vieja mansión, Tarsis descubre el principal “objeto mágico” de la obra, un espejo que propiciará el desdoblamiento:

“dio con sus miradas en un hermoso espejo con negro marco… Allí fue su estupor, allí su pasmo y sobrecogimiento.

Por un rato, no dio el caballero crédito a sus ojos, se acercaba, retrocedía. Mas el cristal, que era de una limpidez asombrosa, no copiaba la imagen frente a él colocada. En vez de verse a sí mismo, Tarsis vio en el cristal, como asomándose a él, la propia y exacta imagen de la damita sudamericana de quien estaba ciegamente enamorado. Mirole ella, gozosa y risueña, mostrándose en la faceta más sugestiva y brillante de su hermosura, que era la dulce alegría”.

Tarsis rompe el silencio sobrecogido de los primeros momentos y empieza a hablar con su enamorada bogotana:

“—Cintia ¿eres tú de verdad, o eres pintura y artificio de la luz en el vidrio, por obra del discípulo de Lucifer que vive en esta casa? (…)

—Cintia, sácame de esta horrible duda, ¿es esta una casa encantada?

—Encantada no. Yo estoy en mi casa, acabo de levantarme.

—¿En tu casa de Madrid?

—No, tonto. Estoy en París; ayer compré este espejo en casa de un anticuario. Hoy, verás…, me dan ganas de mirarme en él y…, ¡qué sorpresa, qué gracia, qué chiste tan modernista[1]! Cuando creía ver mi cara en el espejo, veo la tuya.

—Esto me aterra, Cintia”.

Desde esta primera aparición del Doble “a través del espejo”, Galdós abre un abanico simbólico que obliga al lector, en lo sucesivo, a una lectura personal y polisémica, en la que la perspectiva abstracta se superpone a la trama y los personajes concretos. Como pensaba De Chirico, un maestro de lo ExFa en pintura, “cada cosa tiene dos aspectos, uno banal, que es el que vemos con mayor frecuencia, y que la gente, en general, ve, y otro espectral y metafísico, que solo pueden ver algunos raros individuos, en momentos de clarividencia y abstracción metafísica”. Así, en esta perspectiva, Cintia representa y personifica la América Hispana. Frente al entristecido y arruinado caballero castellano, ella representa la España joven que es América, joven, hermosa, alegre, rica, educada. De la unión de estas dos “Españas” nacerá Hésperos, el hijo/síntesis, la personificación de una utopía posible para el mundo hispánico. Pero no nos adelantemos. Nos detendremos, con más detalle, en la dama colombiana en su aparición en el mundo del Doble, donde adoptará el nombre pastoril de Pascuala, y donde ejercerá el oficio de maestra. Allí se verá, en la doble lectura que proponemos, la importancia de la educación para Galdós. A la educación como factor de cambio social, una idea tan querida por la generación de la República, de la que Galdós es un precursor, dedicaremos la última entrega de esta serie.

El Doble de España: campesinos, obreros, rebeliones, quema de conventos y una misteriosa madre

La realidad alternativa, que no conoce el caballero ocioso de la Restauración, ocupará a partir de ahora la mayor parte de la narración. Como todas estas peripecias y viajes formarán parte de la “regeneración” o “re-educación” del aristócrata, el devenir de la trama –la parte más extensa de la novela– sigue un orden bastante lineal, una lógica interna que obliga a Carlos de Tarsis, bajo el nombre de Gil, a conocer, en sus propias carnes, la naturaleza agotadora de las labores campesinas, el esfuerzo tremendo del trabajo en unas canteras, el hambre y la pobreza de la sociedad rural española, los conatos de rebelión, la persecución y la huida, el encarcelamiento y, en una atrevida alegoría cristiana, su propia pasión, muerte  y resurrección, junto a una misteriosa y todopoderosa Madre, que no es otra, en el mundo del Doble, que la personificación de España.

A ella, a sus sucesivas apariciones y evolución iconográfica, y en comparación con las otras representaciones femeninas del Estado, que se suceden a partir de las revoluciones francesa y norteamericana, más jóvenes y apasionadas, dedicaremos la siguiente entrega. Permítame el lector que termine esta, para abrir boca, con una mínima selección de fragmentos de esta España de la Restauración metida ya en su crisis final.

Galdós se adelanta a su tiempo y entiende con clarividencia que la explotación del campesino no es solo la explotación semiesclavista de su trabajo, sino el sojuzgamiento por la deuda. Don Gaytán (el protocacique; los demás, pertenecientes todos al mismo clan y a los que se le hace referencia indiferenciada como tal, los “Gaitines”), por ejemplo, tras aplazar la deuda de un aparcero suyo, pone en boca de nuestro autor las siguientes palabras:

“Tanto José como Eusebia tuvieron que mostrarse agradecidos porque si bien el viejo zorro les hipoteca el mañana con el aumento de una deuda ya muy crecida, habíales quitado del pescuezo la cuerda que les ahogaba”.

Otras veces, como en uno de los capítulos en forma de diálogo dramático que, con su desparpajo habitual (técnica en que se anticipa al Ulises de Joyce), alterna con los narrativos, Galdós se deja llevar por la evocación de un paraíso bucólico en un ambiente rural utópico en el que se sobreentiende la propiedad colectiva de la tierra. ¿La utopía de un comunitarismo anarquista? No se olvide que, en la recepción crítica de esta novela, tildada de radical, se le acusó de padecer un “anarquismo senil”:

“(Habla el caballero a la Madre) ¡Qué dulce paz! He dormido en tu regazo como un niño, y he soñado que vivimos en un mundo patriarcal, habitado por seres inocentes que no viven más que para compartir con amorosa equidad los frutos de la tierra”.

En su siguiente etapa, pasa del campo a las ciudades y, en estas, al trabajo asalariado como cantero. De campesino a picapedrero:

“A Gil [el caballero desdoblado] se le llevaron a Torrecilla por expreso encargo del nuevo dueño, que ofrecía darle ocupación más activa y más lucido jornal.

Entraba, pues, Gil, en otra etapa villanesca”.

Es admirable el siguiente pasaje “cinematográfico”, de una técnica descriptiva cercana al “realismo socialista”, en el que vemos, en plano largo y corto, la cantera cercana a Ágreda, la naturaleza del trabajo obrero, su cansancio y sufrimiento, pero también su fuerza y su poder de transformación de la naturaleza. Galdós ya sabía que la clase trabajadora era el nuevo sujeto social llamado a transformar el mundo:

“Desde lejos se veía la inmensa herida, se condolía del desdichado monte, imaginándolo víctima de una bárbara intervención quirúrgica, levantada en gran parte su hermosísima piel verde, deshecha por el hierro su carne, y todo en pedazos mil, y todo cayendo y rodando en piltrafas sanguinolentas como los despojos de un anfiteatro. Pero cuando el espectador se acercaba, ya no sentía lástima del monte sino de los que en él trabajaban, bajo un sol ardiente, galeando en el áspero declive. Los unos taladraban la peña con poderosas barras, los otros recogían los pedazos dispersos por la explosión, despeñándolos por la pendiente, hasta que los peones los partían y cargaban las carretas. Era un trabajo de gigantes: algunos, desnudos de medio cuerpo arriba, mostraban admirables torsos y brazos de atletas formidables; otros, agobiados de fatiga, se doblaban por la cintura, contenían el gemido para poner toda su alma en el esfuerzo…”.

Entre otras muchas aventuras, asistimos al premonitorio incendio de un convento, aunque este tenga lugar por un irónico y poético motivo, que lo atempera: la búsqueda y rescate de una ardilla perdida. Es fascinante asistir, ya en el desenlace, a la Madre –el doble de España, recordémoslo– llamando a los parias a la rebelión. Estamos en Boñices, donde al hambre se une la insalubridad de la tierra:

“—Yo he pedido a los pudientes –indicó la Madre– que sean desecadas estas lagunas para que acabe el maleficio, y no me han hecho caso.

—Ni lo harán –declaró el maestro sentencioso–, mientras en el agua corrompida no vean los Gaitines peces, quiero decir, negocio.

Y no una, sino seis y más voces gritaron.

—¡Pues duro a los pudientes ensalzaos, y a los Gaitines que nos roban la vida! ¡Si quieren guerra, guerra!”.

En la próxima entrega, nos ocuparemos de esta misteriosa Madre, que en el mundo galdosiano es España, a la que veremos en apariciones paradójicas, en contraste con esta, ya como austera y digna dama con un punto melancólico, o como inflamada revolucionaria, y aún como reina o diosa. Galdós, como todos, era hijo de sus contradicciones.

_____

*Vuelve a leer la primera parte de esta reseña aquí.

[1]    El Galdós “realista” no se resigna a la ironía y distanciamiento de lo mágico y feérico. “Modernista” en el sentido de “moderno” o –aclara Rodríguez Puértolas–, una alusión a la fascinación de los poetas modernistas por París.

«El caballero encantado». Una reivindicación del último Galdós, 1

Publicado primero en Frontera Digital

La literatura nace y se despliega frente a un fondo de silencio que, como un mar, está siempre a punto de engullirla. Este mar de silencio, en forma de crítica miope y politica cicatera, ha escamoteado para los lectores del siglo XXI al Galdós del siglo XX y, en particular, ha hecho naufragar su última novela, El caballero encantado. El propósito de este artículo, entre la interpretación y el elogio, es rescatar a uno y a otra para el desatento lector español contemporáneo.

El silencio (y la maledicencia) sobre el «Galdós del siglo XX»

Esta novela se publicó en 1909 y su autor murió en 1920. Esta simple secuencia cronológica justifican que, como hace Julio Rodríguez Puértolas en el estudio preliminar que precede a su ejemplar edición de esta novela (Ediciones Akal, 2006; no ha habido reedición, que yo sepa)1, podamos hablar de un «Galdós del siglo XX». Un Galdós radicalmente «moderno», en un sentido ideológico tanto como estético, en cuyos últimos libros podemos encontrar críticas precoces a lo que hoy llamamos consumismo, o a los automóviles en los que, a toda velocidad, ya circulaban los españoles ricos por nuestras decimonónicas carreteras, esas sí. Una cuerda de presos tiene que apartarse de la carretera por la que van para evitar ser atropellados por los coches: «Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de la nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta. Pasaba el auto como exhalación, levantando polvo y exhalando fetidez de gasolina.»

Abunda Rodríguez Puértolas sobre sobre la modernidad formal de Galdós:

Moderno también en su estética, en las innovaciones que incorporó a la novela realista decimonónica. Con un sentido de la anticipación, poco común en nuestra literatura, Galdós crea la «novela total», en la que, junto a la trama narrativa, encontramos diálogos teatrales o fragmentos más propios del ensayo o el discurso político. Algo que nos resulta común a los lectores del siglo XXI, tras el reconocimiento universal de obras como las de Proust o Joyce, pero que, en 1909, suponía una primicia en nuestra literatura.

La recepción crítica de Galdós ha sido siempre cicatera y despreciativa. No tuvo suerte el gran novelista con las élites intelectuales, ni, por supuesto, con la todopoderosa Iglesia Católica, ni con los círculos cortesanos, ni con los viejos clanes del incipiente y corrupto poder financiero, ni con el caciquismo rural; instancias que evitaron con su influencia varias iniciativas de homenaje público, entre ellas, dos propuestas fracasadas para el Premio Nobel. Afortunadamente, compensó el menosprecio con el inmenso apoyo popular del que gozó siempre, que lo hizo ser el candidato más votado en Madrid de la Conjunción republicano-socialista, en las primeras elecciones a las que concurrió por esta formación, que presidió de la mano de Pablo Iglesias, de quien fue devoto admirador y amigo:

Ha habido día en que pensé en meterme en casa y no ocuparme de política. Pero lo he pensado mejor. Voy a irme con Pablo Iglesias. Él y su partido son lo único serio, disciplinado, admirable que hay en la España política. (El bachiller Corchuelo, 1910)

Para 1908, su actividad civil y política fue superior a la literaria. Su entierro convocó a miles de madrileños que lo acompañaron en su despedida. El sambenito, nunca mejor dicho, de «don Benito el garbancero», que popularizó, entre otros, Francisco Umbral, como contrapunto de su dudoso dandismo literario, sigue pesando aún, como un losa sobre su estimativa. El último ejemplo, que he leído hace poco en la revista digital CTXT, pertenece a Gonzalo Torné que, al plantear la tesis de cómo la lectura de un libro condiciona la del siguiente, dice:

Cada uno tendrá sus ejemplos favoritos de distorsión. Leí Fortunata y Jacinta justo después de La Regenta, y ni un desfile de admiradores sensatos me convencerá de que Pérez Galdós no era una antigualla ya en su tiempo: moroso, folletinesco, impreciso en la dirección narrativa y plano hasta las lágrimas cuando se trata de abordar la psicología (por decir algo) de sus personajes femeninos. La lectura de otras novelas de Galdós que me han gustado mucho e incluso muchísimo (Miau) no ha alterado este juicio tan injusto como inapelable: Clarín me ha echado a perder a Galdós.

La novela tuvo una recepción crítica lamentable, con alusiones de tan mal gusto como «el estilo de vejez» en que estaba escrita o «la senilidad prematura» como explicación de su radicalismo, ese sí plenamente entendido. En fin, sea como sea, el prejuicio, ideológico o formal, sobre la obra de este novelista parece ya muy petrificado en la crítica literaria española. Sucede algo parecido a lo que Edward Said (Orientalismo, cap. IV) llamaba «actitud textual»:

El sentido común enseña que es un error suponer que los libros y los textos pueden ayudar a entender el desorden impredecible y problemático en el que los seres humanos viven.

Michel Foucault lo llamaba «discurso», un conjunto de ideas preexistentes que obvia la realidad: y es que Galdós (con la excepción de sus Episodios Nacionales, y solo por razones simbólicas e identitarias) es un escritor incómodo y resistente a los incesantes intentos de filtrado. En realidad, los casos como el suyo abundan: constituyen toda una literatura heterodoxa paralela al canon de la España oficial.

El silencio (y la maledicencia) sobre El caballero encantado

A pesar de que la publicación de esta novela (primero, por entregas en el diario El Liberal, y después en forma de libro, en 1919), fue un éxito: con cinco reimpresiones sucesivas, alcanzá los 10.000 ejemplares vendidos, un verdadero éxito para aquellos años y aquella España. Tuvo una pronta secuela cubana en 1910, con el florido título de El caballero encantado y la moza esquiva. Versión libre y americana de una novela española de D. Benito Pérez Galdós, de Fernando Ortiz, que hace una personal extrapolación del «tema americano» (Tarsis-Gil / Cintia-Pascuala y Héspero, el hijo de ambos: ya hablaremos de ello en una próxima entrega a propósito de El Doble) en la que la intención de Galdós habría sido asimilar la América hispana a la «Madre Patria». Esta crítica implícita al libro de Galdós es el motivo de las principales divergencias argumentales entre las dos novelas.

En 1923, y con una espectacular tirada de 150.000 ejemplares, se publicó la versión rusa de El caballero encantado. Unos años después, en 1927, apareció una segunda traducción en esa lengua. Su olvido posterior ha sido clamoroso.

En Internet, por ejemplo, solo hay una página donde se hace referencia, y se reivindica con inteligencia y humor, a esta novela: se trata del blog de Javier Avilés, El lamento de Portnoy, en un post de julio de 2007, hoy abandonado por su autor. Tomamos prestado el resumen que hace de la novela de Galdós:

Es preciso tener en cuenta el ‘argumento’ de El caballero encantado. Don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, marqués de Mudarra y conde de Zorita de los Canes, terrateniente y oligarca, mantiene su tren de vida y ocios gracias a la explotación de los campesinos. Un extraño personaje, La Madre (Clío, España), lo transforma, precisamente, en jornalero miserable, y le hace peregrinar por Castilla la Vieja, en busca de su propia purificación y de su enamorada, la maestra Cintia. Desencantado y regenerado, Carlos-Gil, unido a su amante, luchará por desencantar y regenerar el país todo. Dentro de este esquema, Galdós va a pasar revista a las diversas clases que constituyen la sociedad española, clases que aparecen claramente delimitadas y caracterizadas.

Baste como primera noticia. Intentaré convencer al lector del valor de esta novela única en la literatura contemporánea española, ayudándolo a traspasar el espejo a través del cual el caballero encantado entrevé a su amada perdida. Es aún un espejo límpido y piadoso, que devuelve la belleza de su enamorada con una promesa de redención. No es aún el espejo de feria del Callejón del Gato, que refleja monigotes sin remedio en el esperpento de Valle-Inclán.

1. Este estudio preliminar lo tomo como fuente de toda la información sobre Galdós, su actitud y su obra en el siglo XX y sobre las circunstancias externas de la novela. También del mismo autor, Galdós y «El caballero encantando», en Anales galdosianos, Año VII, 1972.

Sueño con multitudes y una luz

Esta noche he estado soñando con multitudes. Era, en la primera parte del tiempo onírico, una especie de mercado, con algo de ágora antigua, abigarrado, alegre y bullicioso. Nos rozábamos unos con otros, y, a las veces, era imposible avanzar. Mi subconsciente me situó, como era esperable, en el zagizamí donde se compraban y vendían libros y fue allí donde tuve un encuentro sorprendente: Agustín García Calvo, con su barba bávara y el pelo enzarzado de siempre, quizá un poco más gordo de lo que era habitual en él, se me acercó con una sonrisa luminosa y nos fundimos en un largo abrazo…

En la segunda parte de esta poblada noche, volvía a dar clases, pero no en el instituto, sino en la extensión del pueblo todo: las aulas eran las casas y alumnos y profesores nos mezclábamos con cualesquiera vecinos, agrupándonos en una suerte de seminarios improvisados…

A pesar de transcurrir todo bajo la luz crepuscular o lunar propia de los sueños, reinaba en las dos escenas una alegría contagiosa, una actividad animada y llena de sentido. Ya por la mañana, con la engañosa racionalidad de la luz del día, me preguntaba por el mensaje cifrado de estos sueños, consecuencia clara de los extraños días de aislamiento y temores fantasmales que estamos viviendo..

#apuntes

Darwinismo social rampante

Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del «capitalismo popular», del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la «Tercera vía» para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como «capitalismo ético» o «capitalismo de rostro humano», lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.

El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tiene hoy en día la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivina tras las eufemísticas políticas económicas actuales.

La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del «estado del bienestar» en que creyeron reconocerse un día. Sin la retórica del «Wellfare», y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de «normalidad» social. Pero las cuentas que ahora se airean de nuevo, dedicadas al pago de los intereses de la deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.

Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que «puntúan» la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva «medicalización» (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su «productividad», propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…

El coleccionista

Publicado, con algunas modificaciones en El Salto

Recuerdo, a menudo, aquella película, El coleccionista -así titulada,  al menos, en la versión española-, en que un inquietante Terence Stamp daba vida a un joven empleado de cuello blanco, gris, aburrido y misántropo que, tras tocarle en suerte un premio de lotería o una quiniela, se convirtió en un siniestro «coleccionista» de mujeres. A mí me dejó secuelas emocionales aquella ficción cinematográfica, y me hizo pensar mucho. Hoy la he recordado al enterarme, por casualidad, de que las verdiales malagueñas, una fiesta tradicional del solsticio de invierno, tenían de tiempo atrás el estatus de Bien de Interés Cultural.

La sensación de extrañeza, y alarma, que me invadió se suma a la que ya sentí con que «cosas» tan dispares como el flamenco, el canto de la Sibila, los «castells» o la mismísima dieta mediterránea -vive Dios-, y muchísimas otras «manifestaciones» (¿pero cómo llamar, con un solo nombre a tantas singularidades?) en años anteriores, habían sido acogidas también en un «super BIC» universal de la UNESCO: el -a ver si me sale de un tirón- Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad… Siento ante todo ello sensaciones de extrañeza, alarma, desasosiego -decía- como las que uno puede sufrir ante una colección de mariposas, o ante la visión de animales disecados, o hasta ante un álbum de fotografías.

Lo malo de las colecciones (¡y hay colecciones de cosas inverosímiles!) es que, si son de animales o plantas, están muertas; y si son de cualesquiera otros objetos, están fuera de su contexto natural, así que están muertos también a su manera. Tienen todas las colecciones o catálogos, y hasta los museos si lo piensan, un aire de cementerio. En una deliciosa novela de Iris Murdoch (léanla, si no la conocen: es maravillosa), «La negra noche», una niña que coleccionaba piedras sufría en secreto porque sentía la melancolía de sus minerales por la nostalgia del lugar del que fueron arrancados. ¡Y se movían cada día, de forma imperceptible, en un lento pero decidido movimiento de regreso a su tierra natal! Pues algo así me pasa.

Se supone que esos catálogos -los BIC, el Patrimonio de la UNESCO, habrá cientos- protegen y difunden esas cosas «inmateriales» del pueblo que acogen en su seno. Pero ¡es porque consideran que están medio muertas o amortizadas, o en vías de extinción y olvido! Y ese es el mal que oculta en la sombra la buena nueva de su incorporación al rescate institucional. El otro día leía también, con asombro y pusilanimidad, que había gente (se citaba una organización gallega, creo recordar) que andaba por esos campos y mares grabando sonidos de la naturaleza como locos; alguno, que citaba el periodista, es de una belleza en verdad impresionante y estremecedora: el coro de las aves en el «crescendo» musical que ejecutan cada amanecer, en su milenaria y gozosa bienvenida al alba, que en las ciudades no se oye. ¡Y es porque ya sólo unos pocos tenemos el privilegio de oírlo; multitudes de humanos ni siquiera saben de esa sinfonía divina!

Museos, monumentos, colecciones, patrimonios de, bienes culturales de, bases de datos de esto y aquello y lo de más allá: todas estrategias, no contra el olvido, sino contra la desaparición y la muerte. Es, para acabar, también y de otro lado, como si hubiera algo profundamente perverso en la razón humana, en la inteligencia del mundo del «homo sapiens» que, para conocer, debe reducirlo todo antes a abstracción, número o ceniza, y que eso hubiera condicionado desde el principio nuestro destino y mala vida. No debe ser ajeno a ello la búsqueda acuciante de respuestas de los paleontólogos a la misteriosa desaparición de los neanderthales. Ni el interés y simpatía «románticos» (el buen salvaje) que esa rama cortada del árbol suscita en tantos de nosotros; que nos mete a tantos en esta nostalgia compulsiva y nerviosa de la vida buena; que nos inquieta con la pregunta ciega de qué se torció en el comienzo; de cuál fue el pecado original, o lotería o quiniela, que nos convirtió en coleccionistas de mariposas muertas, de tantas cosas que antes matamos, quemamos, grabamos, convertimos en número, idea o pieza de museo. Tanto y tanto catálogo de cosas, especies, paisajes protegidas no son, en realidad, sino las exequias generales con que lamentamos impávidos el final de todas las mariposas vivas en la locura de poderlas comtemplar, al fin, quietas, hermosas y salvadas.