Lo que sabía y no sabía hacer

He terminado Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Imagen/foto

Bajo los epígrafes “lo que sabía hacer” y “lo que no sabía hacer”, que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo a través de la especialización -que estos campesinos aún no conocen- que nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

 

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa de un escaparate luminoso.

Mighty Man
by Wesley Kaizer on YouTube

I COULD READ THE SKY
by Nichola Bruce on Vimeo

Filántropos a la fuerza

De Los filántropos en harapos1, de Robert Tressell, dijo George Orwell que debería ser un libro de lectura obligatoria para todo el mundo. En lo personal, es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Como ha sucedido tantas veces en España con los libros verdaderamente importantes, ha permanecido inédita e ignorada en nuestra lengua hasta el 2014, desde el lejano 1914 en que se publicó la primera y póstuma edición en lengua inglesa.


Work Or Riot

Este es un libro necesario, tanto ahora como cuando fue escrito, porque, en sus setecientas y pico páginas -en la cuidada versión española de Capitán Swing- de lectura provechosa, pululan las vidas cotidianas de un grupo de trabajadores de la construcción en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, en una dificilísima alternancia y cruce -pero que el arte de Tressell consigue que sean equilibrados- con las de un buen haz de cristianos hipócritas, en tanto cínicos y crudelísimos explotadores del trabajo ajeno, que son los beneficiarios de la filantropía forzada de los obreros. Todo ello entreverado, a modo de trama y urdimbre, con la divulgación de las ideas y propuestas socialistas de la época, sin que falten magníficos ejemplos de la retórica política de aquellos años.

Demasiado lento, demasiado esmerado…

Es la novela que me hubiera gustado escribir porque en ella los protagonistas absolutos son los trabajadores: los eternos ausentes de la literatura que yo siempre eché de menos en los libros porque, en una paradoja que no entendía, formaban parte, sin embargo, del paisanaje real de mi infancia y juventud. Aquí los he encontrado por fin, en los personajes redondos de esta cuadrilla de carpinteros -mi padre lo era-, pintores y decoradores que comparten el frío de las mañanas en la obra, los periodos de paro y zozobra, las compras de los alimentos de fiado para entretener el hambre crónica y la contabilidad imposible de hoy para mañana; están hermanados por las ropas remendadas o las botas rotas con los pies mojados de los días de lluvia, tanto como por el instinto del apoyo mutuo cuando alguno de ellos cae, como sucede con el viejo Charles Linden, despedido por ser “demasiado lento” en el trabajo. Para él y su familia, sus compañeros consiguen reunir entre todos, sumando penosamente las ínfimas monedas que componen su capital, un pequeño fondo de resistencia para el primer arrechucho del paro, que será, debido a su edad -que lo pone en desventaja en el ejército de desempleados de reserva– definitivo. Solo terminará con su enajenación, pasión y muerte, pues es sabido que los dioses traman la locura de los hombres antes de su destrucción. O, más adelante, la mínima bolsa de ayuda que, a instancias de Philpot, consiguen reunir también para auxilio de la familia de Newman, otro despedido por poner “demasiado esmero en el trabajo”. Su mujer, con tres hijos pequeños -imposibilitada, por tanto, de buscar trabajos de costurera, los únicos accesibles para una mujer-, queda al borde del desahucio cuando su marido es condenado a un mes de prisión por no haber pagado “la triste Contribución”. La paródica caridad de la Junta de Beneficencia otorga a la familia desamparada una “triste” ayuda de tres chelines semanales…

Linden, por su parte, es un veterano trabajador, despedido a causa de la obsesiva búsqueda de productividad (el ajuste eterno del capital: mínimo presupuesto, mínimo tiempo de trabajo, máxima producción, sin que importe la calidad de la mercancía así creada) por parte de “Miserias” -el capataz, mano derecha del empresario, el corrupto Rushton- que ya ha pensado en un joven desempleado para sustituirle ventajosamente. ¿Le suena al lector? Pero Charles Linden es una paradoja viva, en la que el novelista va a hurgar más veces: este pintor se considera a sí mismo un conservador, de alma y voto; es un patriota (veterano de la guerra de los Boers) que defiende con vehemencia el status quo de la sociedad inglesa en la que se ha sentido integrado siempre, pese a haber perdido, en su nombre, a su único hijo, otro trabajador, también en en una hecho de armas. Su mujer, de modo complementario, es la perfecta casada, en el sentido tradicional cristiano.

Siembre ha habido ricos y pobres

Tressell fue capaz de crear, con los pobres de una pequeña ciudad sureña de la Inglaterra colonial, un epos que huye del sensacionalismo o la sordidez tanto como del panfleto o la soflama. Una trama en la que conviven sin estridencias el halo trágico de unos personajes de dignidad insobornable con la miseria moral y la degradación de muchos otros, sin aburrir ni apelar a la piedad a del lector, como ocurre tantas veces en la literatura de Galdós, Dickens o Dostoievski. Sin caer tampoco en la literaturización excesiva, en el envaramiento épico que atiesa y distancia la lectura de los relatos de Ignacio Aldeoca o Armando López Salinas, por poner ejemplos cercanos de nuestra literatura social realista. La integración en la trama narrativa de los discursos de Owen (el alter ego de Tressell, un decorador habilidoso y culto, convencido, como su mujer, de la causa socialista, en cuyo imaginario educan a su pequeño y espabilado hijo Frankie) la consigue este exquisito novelista mediante el artificio de integrarlos en las charlas del almuerzo en el tajo o, más adelante, en el ocio forzoso de los días fríos y lluviosos del invierno, cuando toca trabajar en el exterior. Se convierten, pues, en diálogos espontáneos y naturales, que están guiados más por el sentido común que por la propaganda. Así, en la primera parte de la novela -la versión reducida que se publicó en 1914 y que acababa en el capítulo 34, justamente con Owen aterido de frío, tosiendo sangre, asediado por ideas de suicidio y a punto de claudicar- la pregunta que todos le hacen obsesivamente, una y otra vez, a este trabajador ilustrado, es sobre la naturaleza y las causas de la pobreza. Owen, que tendrá que responder a ello otras veces más, en sucesivas ampliaciones de la conversación, la define, tras oír el tradicional tópico de descargo de boca de Charles Linden (“No le veo ningún sentido a toda esta cháchara. Siempre ha ha habido ricos y pobres en el mundo y siempre los habrá.”) así:

A lo que llamo pobreza es cuando las personas no pueden disfrutar de todos los beneficios de la civilización; de lo necesario, las comodidades, los placeres y las exquisiteces de la vida, del tiempo libre, los libros, los teatros, de los cuadros, de los cuadros, la música, las vacaciones, los viajes, de casas buenas y bonitas, de ropa buena, comida rica y agradable. (…)

Si un hombre solo puede cubrir las necesidades más básicas de su existencia y la de su familia, la familia de ese hombre vive en la pobreza.

Un cuento de Navidad

Tampoco se rehuyen, en esta ficción verdadera, momentos de anticlímax llenos de alegría íntima y calidez, de estirpe evangélica y dickensiana, como las navidades de la familia de Owen, temporalmente ampliada con los nietos de Linden, los tres hijos de Newman y sus compañeros Philpot, fiel amigo y discípulo, y el joven aprendiz Burt, los dos trabajadores solteros ( en el sentido etimológico de “solitarios”, también) que mantienen con Owen y su prole una relación de amistad, afinidad ideológica y admiración. He aquí esta sagrada familia obrera; Owen se mueve sigiloso en el silencio frío de la casa en la Nochebuena, tras haber preparado el árbol y los regalos para los fastos del día de Navidad:

Llevaban casados poco más de ocho años y, aunque durante todo este tiempo nunca habían vivido realmente libres de angustia por el futuro, no obstante en ninguna navidad anterior habían estado tan pobres como ahora. En los últimos años, poco a poco, los periodos de desempleo se habían ido volviendo cada vez más frecuentes y prolongados y la tentativa que él hizo a principios de año de encontrar trabajo en otra ciudad sólo había servido para sumirlos en una pobreza aún mayor. Pero, de todas formas, había muchas cosas por las que estar agradecido: por pobres que fueran, les iba mucho mejor que a muchas miles de personas. Todavía tenían comida y cobijo y se tenían el uno al otro y al chico.

Antes de marcharse a la cama, Owen llevó el árbol al dormitorio de Frankie y lo colocó de tal manera que pudiera verlo en su fabuloso esplendor en cuanto se despertara el día de Navidad.

La celebración de este día en casa de Owen, con la incorporación de la chiquillería de los compañeros caídos, Linden y Newman, y de los dos obreros solteros y solitarios, Philpot y Bert, es, quizá, la escena más luminosa de todo el libro: reparto de juguetes, dulces, juegos de cartas (“Arruina al vecino…”) intencionados y el no menos intencionado Pandorama que ha diseñado y construido el joven Bert, el aprendiz. Bert, que fue vendido por su viuda madre a Rushton y Cía mediante un semiesclavista contrato de aprendiz, deslomado y encanijado por el trabajo más degradante de toda la cuadrilla, muestra su ingenio mediante este teatrillo hecho con cartones de desecho y fotografías de semanarios ilustrados: con la ayuda de dos rodillos movidos mediante una manivela, las fotografías -coloreadas con acuarela- de diversos lugares del mundo, van desplegando, entremezclado con disparates cómicos, un “Teatro Crítico Universal” improvisado que hace las delicias de los niños…

La gran comilona o los destellos de luz en la caverna

El contrapunto lo ofrece, en otro lugar de la novela, la hipócrita “gran comilona” que la empresa ofrece anualmente a sus obreros en un restaurante de las afueras. Tressell adopta una perspectiva cinematográfica en planos y secuencias; en ocasiones, como la carrera involuntaria y absurda entre los vehículos de tiro animal en que realizan el viaje de vuelta, con una comicidad espectacular propia del cine mudo. El autor no lanza puntada sin hilo y la carrera sirve para que el miedo cambie de bando, como se dice hoy en los medios revueltos de Internet: los viajeros del carromato en que viajan Rushton y compañía se ven atenazados por el terror que les produce la persecución, llena de justicia poética:

El cochero borracho se imaginó entonces que estaban echándole una carrera y alimentó la decisión de adelantarlos. (…)

Los gestos y gritos aterrorizados del grupo de Rushton solo sirvieron para enfurecerlo, pues pensaba que estaban burlándose de él porque no era capaz de superarlos. (…)

Delante, los caballos del transporte de Rushton también galopaban al máximo y el vehículo saltaba y daba tumbos de un lado a otro del camino mientras sus aterrorizados ocupantes, cuyos rostros habían empalidecido de miedo, se aferraban a sus asientos y los unos a los otros catapultando sus ojos fuera de sus órbitas al volver la vista atrás hacia sus perseguidores (…)

Tressell introduce el capítulo dedicado a esta inusual convite como uno de los pocos momentos de ruptura que trastocan el aburrimiento cotidiano de las vidas de los obreros y la monotonía (social, pero también fisiológica en tanto que su pobrísima dieta, por una vez, se parece a la de sus explotadores, los beneficiarios de su filantropía forzada…) en que transcurren:

Ocasionalmente penetraba un efímero destello de sol en la penumbra2 en la que se desarrollaban las vidas de los filántropos. La desalentadora monotonía se veía animada de vez en cuando por algún diminuto regocijo inocente. (…)
A veces las personas en cuyas casas trabajaban los agasajaban con té, pan con mantequilla, bizcocho o algún refrigerio ligero y, de cuando en cuando, incluso con cerveza. (…)
Pero el acontecimiento del año sería la comilona, que se celebraría el último sábado del mes de agosto, después de que lo hubieran estado pagando a lo largo de cuatro meses.(…)
La comida no dejó nada que desear; era casi tan buena como las que se pegan a diario las personas que son demasiado perezosas para trabajar, pero lo bastante astutas como para conseguir que los demás trabajen para ellos.

La comida se describe como en los mejores sueños de nuestro Carpanta, el personaje protagonista del tebeo español que evocaba, de forma obsesiva, los años del hambre de la posguerra:

Hubo sopas, varios entrantes, guiso de capón, asado de pavo, ganso asado, jamón, col, guisantes, alubias y dulces en abundancia, pudin de ciruelas, crema de natillas, gelatina, tartas de frutas, pan y queso y toda la cerveza o limonada que se les antojara pagar, pues las bebidas se cobraban aparte (…)

La historia del futuro

Hemos escrito muchas veces que el capitalismo es un régimen nihilista y punk cuyo lema fundamental es no future. El futuro en nuestras sociedades no existe sino en la regla del interés compuesto, en la tasa de crecimiento suicida de capitales y beneficios. Solo eso explica la paradoja mortal del crecimiento y el progreso perpetuos que aún rige como insignia y bandera de nuestras vidas. La vida de los trabajadores de La Caverna está sometida a esta ley, mucho más inexorable en los años en que transcurre la historia, anterior al sueño consumista que aún tardaría en llegar con su nuevo paradigma y fatua promesa de felicidad y abundancia -también “trabajo en abundancia”, como reclaman Crash, el jefe de obra, y los obreros conservadores. Owen, en una noche de insomnio, hipnotizado ante la luz titubeante de un candil, piensa en ese robo del futuro, entendido como un territorio habitable y consolador:

Unos cuantos años antes, el futuro parecía una región repleta de halagüeñas posibilidades maravillosas y misteriosas, pero esta noche el pensamiento no arrojaba ninguna de esas ilusiones pues sabía que la historia del futuro iba a ser muy parecida a la historia del pasado.

La historia del pasado continuaría repitiéndose durante unos cuantos años más. Él seguiría trabajando y los tres seguirían pasando sin las cosas necesarias de la vida. Cuando no hubiera trabajo, pasarían hambre.

No se preocupaba mucho por sí mismo porque sabía que en el mejor, o el peor, de los casos solo serían muy pocos años. Aunque cuando dispusiera del alimento y la ropa adecuada y pudiera cuidar razonablemente de sí mismo, no viviría mucho más; y, cuando llegara ese momento ¿qué iba a ser de ellos?

Habría cierta esperanza para el chico si fuera más fuerte y su temperamento fuera menos amable y más egoísta. Bajo el sistema vigente era imposible que nadie triunfara en la vida sin dañar a otras personas y sin tratarlos y utilizarlos como a uno no le gustaría que lo trataran y utilizaran.

Este sistema, que Owen llama -en sus explicaciones a los compañeros en la hora del almuerzo- “la lucha por la vida”, es el que hace inviable el futuro: la división social del trabajo, el individualismo más feroz, el fatalismo con que los trabajadores asumen el mismo destino para sus hijos, cumpliendo así lo que Marx llamaba las condiciones de reproducción de la sociedad capitalista: la reproducción biológica de más trabajadores junto con la reproducción ideológica mediante el tinglado político, educativo y propagandístico.

En la tienda no venden amigos

El futuro solo es visible en las partes más discursivas e ideológicas de la novela. Especialmente en el gran discurso3 de Barrington, un falso obrero, siempre en la zona en sombras de la cuadrilla, según descubrimos al final -es, realmente, un miembro desclasado de familia acomodada pero tolerante, culto y sensible militante socialista que deseaba conocer la realidad del mundo del trabajo. Aunque habíamos conocida sus dotes oratorias en un discurso interrumpido, abrupta y voluntariamente, durante la comilona, es en un día desabrido que amenazaba lluvia, justo cuando la faena que quedaba pendiente tenían que culminarla en el exterior, cuando oímos de él la proyección verbal del único futuro que les es posible: el que deben construir con su lucha. La teatralización del discurso es ya completa, en contrapunto y palimpsesto de las retóricas huecas que ya habíamos conocido de la disputa electoral reciente entre liberales y conservadores. El púlpito del Orador4, el cartel que anuncia el mitin, los asientos del público están conformados, en festiva parodia, por tablas, andamios y cajas vacías de la obra (con arreglo al simbolismo de los nombres, están ahora en “El Refugio”, ya no en “La Caverna”) y contará con un turno de preguntas y réplicas del público.

Es así como Barrington desbroza por fin la nueva sociedad, insinuada a lo largo del relato. La utopía que despliega, con un papel estelar del estado, como era natural en las propuestas socialistas de la época, nos suenan hoy a ingenuas y como sobrepasadas por la realidad histórica. Pero no se engañe el lector con esa impresión primera: la lectura de ese discurso tiene aún potencia y garra contagiosas. La idea del apoyo mutuo, que responde en el libro al concepto de Co-operative commonwealth o Sociedad Cooperativa, reclama una mayor atención para un lector contemporáneo, porque sobrepasa en mucho las tristes expectativas del movimiento cooperativo actual y sus humildes propuestas de mejora en las condiciones laborales, en las coordenadas de lo que llamamos genéricamente economía social, pero sin ningún horizonte utópico a la vista. Terminaba Barrington con estas alzadas palabras:

Estos son los principios según los cuales se organizará la Sociedad Cooperativa del futuro. Un estado en el que nadie recibirá distinciones ni honores por encima de sus compatriotas salvo por la Virtud o el Talento. Donde ningún hombre encontrará beneficio en el perjuicio de otro y donde ya no habrá amos ni criados, sino hermanos, hombres libres y amigos…

Saint-Exupéry decía en su El Principito que los hombres ya no conocen nada, porque todo lo compran hecho en las tiendas y que, como en las tiendas no venden amigos, ya no tienen amigos. Los obreros que viven para siempre en este inmenso fresco de Los filántropos en harapos sí tienen amigos, porque apenas compran en las tiendas y porque construyen con sus manos las casas y cosas del mundo. Anteriores a la actual somatización y medicalización de las desdichas propias del trabajador posmoderno, atisbaban que la amistad y la ayuda mutua, con la estupenda medicina de unas pintas de cerveza en la taberna cuando atenaza la tristeza, en las charlas tontas o tremendamente serias con que acompañan sus sobrios almuerzos, estaban los travesaños de la única, larga y penosa escalera de Jacob -como la que tenían que aupar para la pintura de la alta torre de El Refugio– que les permitiría el asalto de los cielos… Tal vez solo por volver a sentir ese vértigo merezca la pena sumergirse en la lectura de este libro ejemplar.


  1. Tressell, Robert, Los filántropos en harapos, Madrid, Ed. Capitán Swing, 2014.
    Dice el autor de su obra, en el resto de prólogo que nos ha llegado:
    Los filántropos no es un tratado, ni un ensayo, sino una novela. Mi principal objetivo era conseguir una narración asequible, desbordante de interés humano y basada en los sucesos de la vida cotidiana en la que el tema del socialismo se abordara de manera secundaria. Esa fue la tarea que me propuse.” 
  2. No hay que olvidar que la mayor parte de la narración transcurre en una casa de campo que la cuadrilla de Rushton y Cía están restaurando que se llama, en clara alusión platónica, La Caverna
  3. Capítulo 45, páginas 583 en adelante de la edición que manejamos. 
  4. Tressell usa con profusión, a lo largo de la novela, el simbolismo nominal que incluye los genéricos: el Orador -Barrington, que desplaza a Owen ahora en esa personificación-, la Iglesia del Sepulcro Blanqueado, el Medio Borracho… 

Vidas paralelas (los sucios secretos del capitalismo)

El capitalismo envuelve sus secretos en el oropel de las mercancías y en su alianza de siglos, aparentemente pacífica y natural, con las libertades individuales consagradas por las democracias y los derechos humanos; particularmente la libertad ficticia de vender la fuerza de trabajo, el tiempo y, con él, la vida toda como único modo de subsistencia. Karl Marx nos desveló en El Capital, con la ayuda del concepto de fetichismo, el primer gran secreto: el trabajo social acumulado -junto al cansancio, el sufrimiento, la explotación y, a las veces, la semiesclavitud de los obreros que los hicieron- en los productos tentadores y deslumbrantes que pueblan los escaparates y las estanterías de tiendas y supermercados, los cubículos de camiones, trenes y barcos y su trajín constante y sin sentido.

Hay otros secretos más sucios aún, más profundos y antiguos, más escondidos, que, a pesar de que están supuestos en su lección sobre la acumulación primitiva, de la que hablamos enseguida, Marx mismo no indagó; por falta de tiempo o porque las fuertes condiciones que impuso a su razonamiento, o la misma atmósfera intelectual en que realizó su ingente trabajo, se lo impidieron. En efecto, la depredación ancestral de la naturaleza, que alcanza en nuestro tiempo tintas trágicas, aunque avisada en el Libro III, cuando estudia la renta de la tierra y menciona la extenuación a que es llevada por la agricultura industrial, queda al margen de su ambicioso examen, o se vuelve transparente en su visión idealizada del trabajo humano. El silencio es todavía más notable en lo que se refiere a la enajenación de las mujeres y a su papel subalterno, pero imprescindible, en el proceso de reproducción capitalista. De esos negros secretos, que tanto han contribuido al daño y desgracia de nuestras vidas, escribiremos aún algo en otra ocasión.

Con su teoría del valor, Marx dejó al descubierto para siempre que las plusvalías que dieron origen al capital, y que lo aumentan sin cesar en sus rotaciones infinitas, en un proceso de acumulación que no conoce término ni medida, proceden del tiempo de trabajo no pagado. Pero el pensador alemán reveló también un secreto más sucio aún: el de su origen, en la crisis final del feudalismo, en lo que llamó la acumulación originaria, un largo proceso a distintas velocidades que, según él, terminó a finales del siglo XVIII y que se caracterizó por su extrema violencia. Este pecado original comenzaría por la expropiación masiva de tierras comunales y la consecuente transformación de las masas de campesinos desposeídos de sus medios de vida, obligados a malvender su fuerza de trabajo, en la misma tierra o en las ciudades, en las que, por su lado, estaban siendo desmanteladas las viejas y protectoras organizaciones gremiales. Sucesivas y continuas represiones con la cobertura legal del poder político, que consagró la explotación del trabajador libre, terminaron por naturalizar el nuevo paradigma, borrando las huellas de la violencia extrema de sus orígenes en los nuevos cercos constitucionales, legitimados por las teorías del contrato social y el respeto formal de los derechos del hombre.

Marx pensó que esta había sido la prehistoria del capitalismo. Aunque reconoció la reproducción parcial de este proceso en las expropiaciones de tierras, el esclavismo de los imperios coloniales y en las redes del comercio internacional, permaneció fiel al optimismo histórico que le llevaba a considerar como definitiva la superación de las etapas históricas. La tesis de esta entrada es mostrar su error, dejando sentado que la violencia de estos procesos de expropiación de bienes comunes, el aumento de la tasa de explotación de la fuerza de trabajo mediante los métodos originarios (aumento de la jornada, multiplicación del ejército laboral de reserva y empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores) es intrínseca al capitalismo, forma parte de su naturaleza. Lo hacemos con el apoyo teórico de Rosa Luxemburgo y David Harvey y el testimonio y análisis de periodistas contemporáneos como Laura Villadiego, una excelente reportera freelance que tiene el secreto de lo que William Lyon llama “la escritura transparente” y cuyas crónicas y análisis leo con fruición desde hace tiempo. En ese sentido, emulamos al mismo Marx, impenitente lector de periódicos -articulista él mismo- y de los informes humanitarios escritos por los inspectores de trabajo de la Inglaterra victoriana, que citó tantas veces como argumentos de autoridad.

Es la cosa, en cuanto a la justificación teórica de cuanto decimos aquí, que Rosa Luxemburgo, en su desacomplejada lectura de las ideas de Marx sobre la acumulación capitalista1, escribía que dicha acumulación tiene dos aspectos diferentes:

De un lado, tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía (en la fábrica, en la mina, en el fundo agrícola y en el mercado de mercancías). Considerada así, la acumulación es un proceso puramente económico, cuya fase más importante se realiza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados, pero que en ambas partes, en la fábrica como en el mercado, se mueve exclusivamente dentro de los límites del cambio de mercancías, del cambio de equivalencias. Paz, propiedad e igualdad reinan aquí como formas, y era menester la dialéctica afilada de un análisis científico para descubrir, cómo en la acumulación el derecho de propiedad se convierte en apropiación de propiedad ajena, el cambio de mercancías en explotación, la igualdad en dominio de clases.

El otro aspecto de la acumulación del capital se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la escena mundial. Aquí reinan, como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión, la rapiña.

¿No parece estar hablando, también, de la globalización neoliberal cuya ondas sísmicas padecemos? El británico David Harvey ha revitalizado esta idea de Rosa Luxemburgo, que ha hecho popular con la expresión acumulación por desposesión con la que ha pretendido adaptar el proceso a nuestro momento histórico. Desposesión de bienes comunes -tierra, agua, energía- tanto como de derechos sociales des-nacionalizados como la sanidad o la educación.


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La intención de estos textos citados a continuación, que no tienen ningún afán exhaustivo, quiere ser solo la de presentar mínimas historias o retales de vidas anónimas, ya del siglo XIX ya del XXI, puestas en contraste ante el lector, a modo de ejemplos pedagógicos, como las vidas paralelas de famosos tan del gusto lector de los antiguos, Sólo que ¡ay! estas vidas ejemplares que aquí rescatamos no lo son sino en su reverso o negativo: el de la pobreza, el agotamiento y la humillación.

Expropiación de la tierra

Marx, Karl, El Capital, Libro I, cap. XXIV «La llamada acumulación originaria»2

En todos los países de Europa la producción feudal se caracteriza por la división de la tierra entre el mayor número posible de campesinos tributarios. El poder del señor feudal, como el de todo soberano, no se fundaba en la longitud de su registro de rentas, sino en el número de sus súbditos, y éste dependía de la cantidad de campesinos que trabajaban para sí mismos. Por eso, aunque después de la conquista normanda se dividió el suelo inglés en gigantescas baronías, una sola de las cuales incluía a menudo 900 de los viejos señoríos anglosajones, estaba tachonado de pequeñas fincas campesinas, interrumpidas sólo aquí y allá por las grandes haciendas señoriales. Tales condiciones, sumadas al auge coetáneo de las ciudades, característico del siglo XV, permitieron esa riqueza popular tan elocuentemente descrita por el canciller Fortescue en su Laudibus legum Angliæ, pero excluían la riqueza capitalista.


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El preludio del trastocamiento que echó las bases del modo de producción capitalista se produjo en el último tercio del siglo XV y los primeros decenios del siglo XVI. Una masa de proletarios libres como el aire fue arrojada al mercado de trabajo por la disolución de las mesnadas feudales que, como observó correctamente sir James Steuart, “en todas partes colmaban inútilmente casas y castillos”. Aunque el poder real él mismo un producto del desarrollo burgués en su deseo de acceder a la soberanía absoluta aceleró violentamente la disolución de esas mesnadas, no constituyó, ni mucho menos, la única causa de ésta. Por el contrario, el gran señor feudal, tenazmente opuesto a la realeza y al parlamento, creó un proletariado muchísimo mayor al expulsar violentamente a los campesinos de la tierra, sobre la que tenían los mismos títulos jurídicos feudales que él mismo, y al usurparles las tierras comunales. En Inglaterra, el impulso directo para estas acciones lo dio particularmente el florecimiento de la manufactura lanera flamenca y el consiguiente aumento en los precios de la lana. Las grandes guerras feudales habían aniquilado a la vieja nobleza feudal; la nueva era hija de su época, y para ella el dinero era el poder de todos los poderes. Su consigna, pues, rezaba: transformar la tierra de labor en pasturas de ovejas. En su Description of England. Prefixed to Holinshed’s Chronicles, Harrison describe cómo la expropiación del pequeño campesino significa la ruina de la campaña. “What care our great incroachers?” (¿Qué les importa eso a nuestros grandes usurpadores?). Violentamente se arrasaron las viviendas de los campesinos y las cottages de los obreros, o se las dejó libradas a los estragos del tiempo. “Si se compulsan”, dice Harrison, “los más viejos inventarios de cada finca señorial, […] se encontrará que han desaparecido innumerables casas y pequeñas fincas campesinas […], que el país sostiene a mucha menos gente […], que numerosas ciudades están en ruinas, aunque prosperan unas pocas nuevas… Algo podría contar de las ciudades y villorrios destruidos para convertirlos en pasturas para ovejas, y en los que únicamente se alzan las casas de los señores.” Los lamentos de esas viejas crónicas son invariablemente exagerados, pero reflejan con exactitud la impresión que produjo en los hombres de esa época la revolución operada en las condiciones de producción. Un cotejo entre las obras del canciller Fortescue y las de Tomás Moro muestra de manera patente el abismo que se abre entre el siglo XV y el XVI. La clase trabajadora inglesa, como con acierto afirma Thornton, se precipitó directamente, sin transición alguna, de la edad de oro a la de hierro.

Expropiaciones forzosas: ¿un nuevo crimen contra la humanidad? (Laura Villadiego, esglobal, 30/10/2014)

Durante las últimas décadas, las condenas por crímenes contra la humanidad se han aplicado fundamentalmente a asesinatos en masa, violaciones, tortura o esclavitud. Pero una nueva demanda presentada ante la Corte Penal Internacional (CPI) el pasado 7 de agosto podría ampliar este concepto a un tipo de crimen que ha estado en auge durante los últimos años: la expropiación masiva de tierras.

Global Diligence, un bufete de abogados con sede en Londres, ha sido el artífice de esta petición en la que insta a la fiscalía de la CPI a abrir una investigación sobre las expropiaciones en Camboya, un país en el que, según la demanda, 770.000 personas (un 6% de la población del país) han perdido sus tierras durante los últimos 14 años en concesiones realizadas por el Gobierno a empresas de medio mundo. La demanda podría suponer un precedente jurídico para otros casos de expropiaciones de tierras en el mundo, un fenómeno del que aún hay pocos datos concretos pero que FAO describe como un «fenómeno global» que ha emergido recientemente. Los expertos se preguntan ahora, sin embargo, si el caso cumple los requisitos legales para que la fiscalía abra una investigación, algo que ya supondría un importante precedente en la legislación internacional aunque no se llegara a iniciar un juicio.

camboya

La demanda de Global Diligence detalla los cargos que se pueden imputar a la que llama la «elite en el poder» de Camboya, que incluye miembros del Gobierno, de las Fuerzas Armadas y grandes empresarios. Según la demanda, esta elite ha incurrido en traslados forzosos, asesinatos, arrestos ilegales, persecución y otros actos inhumanos con el único objetivo de «autoenriquecerse y mantenerse en el poder a cualquier coste». Todos ellos se incluyen dentro de la definición que el Estatuto de Roma, carta fundacional de la CPI, establece para los crímenes contra la humanidad, aunque nunca se han aplicado a desplazamientos forzosos producidos fuera de un contexto de guerra. «En un momento en el que las violaciones de los derechos humanos relacionadas con la tierra han alcanzado niveles escandalosos, esta comunicación da a la CPI […] la rara oportunidad de confirmar el papel de la ley internacional para proteger a las poblaciones de los desplazamientos masivos forzosos durante tiempos de paz», aseguró a la prensa Richard J Rogers, el abogado de Global Diligence que representa a las víctimas.

El carácter masivo y violento que han tenido las expropiaciones en Camboya será, probablemente, uno de los argumentos con más peso para la fiscalía a la hora de aceptar el caso. «Las expropiaciones de tierra son un problema crónico y masivo en Camboya. Es una de las violaciones de los derechos humanos más graves en el país y el registro ha empeorado durante los últimos años», asegura Chak Sopheap, directora del Centro Camboyano por los derechos humanos, quien destaca que la represión de activistas se ha endurecido desde principios de año. La demanda pone como ejemplo de los excesos del Gobierno camboyano el desahucio de Dey Krahorm, uno de los más violentos que se recuerdan. Una madrugada de 2009, los bulldozers entraron sin previo aviso en esta comunidad del centro de la capital Phnom Penh, echaron a sus residentes sin permitirles coger sus escasas pertenencias y arrasaron sus casas. El desahucio tuvo lugar cuando las negociaciones sobre las compensaciones que debían recibir los afincados aún no habían sido cerradas.«El problema es que [en Camboya] no hay una ley clara sobre cómo deben ser los desahucios. Pero lo que está claro es que los traslados no están siguiendo los estándares internacionales y no están asegurando unos mínimos para la gente desalojada», asegura Kim Rattana, director adjunto de Caritas Camboya.

Según la demanda, «todos los elementos legales de un crimen contra la humanidad están satisfechos». Sin embargo, satisfacer los requerimientos del Estatuto de Roma supondrá limitaciones y obstáculos a la demanda. Así, sólo las expropiaciones realizadas a partir de 2002, año de fundación de la Corte Penal Internacional y en el que comienza su jurisdicción, podrán ser investigadas. Por otra parte, la Corte sólo puede juzgar a personas concretas, no a Estados, y para ello necesita que los acusados sean detenidos y extraditados a La Haya. Algo a lo que probablemente se opondrá Camboya, a pesar de ser un país firmante del Estatuto de Roma, texto fundacional de la CPI, y estar, por tanto, sometido a su jurisdicción.

Uno de los mayores obstáculos será probar que las expropiaciones forman parte de «un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque», tal y como estipula el Estatuto de Roma. «Probablemente el Gobierno dirá que tiene el derecho a organizar el suelo si es en el interés público y si hay compensaciones adecuadas. Pero el problema es que casi nunca es por interés público y casi nunca hay compensaciones», asegura Scott Leckie, director de Displacement Solutions, una ONG que trabaja con víctimas de los desplazamientos forzosos.

La jornada laboral y las condiciones laborales

Karl Marx, El Capital, Libro I, cap. VIII, «La jornada laboral»3

En las últimas semanas de junio de 1863 todos los diarios de Londres publicaron una noticia con el título “Sensational”: “Death From Simple Overwork” (muerte por simple exceso de trabajo). Se trataba de la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de 20 años, empleada en un taller de modas proveedor de la corte, respetabilísimo, explotado por una dama con el dulce nombre de Elisa. Se descubría nuevamente la vieja historia, tantas veces contada: estas muchachas trabajaban, término medio, 16 1/2 horas, pero durante la temporada a menudo tenían que hacer 30 horas ininterrumpidas, movilizándose su “fuerza de trabajo” desfalleciente con el aporte ocasional de jerez, oporto o café. Y la temporada, precisamente, estaba en su apogeo. Había que terminar en un abrir y cerrar de ojos, por arte de encantamiento, los espléndidos vestidos que ostentarían las nobles ladies en el baile en homenaje de la recién importada princesa de Gales. Mary Anne Walkley había trabajado 26 1/2 horas sin interrupción, junto a otras 60 muchachas, de a 30 en una pieza que apenas contendría 1/3 de las necesarias pulgadas cúbicas de aire; de noche, dormían de a dos por cama en uno de los cuchitriles sofocantes donde se había improvisado, con diversos tabiques de tablas, un dormitorio 68 l m. Y éste era uno de los [307] mejores talleres de modas de Londres. Mary Anne Walkley cayó enferma el viernes y murió el domingo, sin concluir, para asombro de la señora Elisa, el último aderezo. El médico, señor Keys, tardíamente llamado al lecho de agonía, testimonió escuetamente ante la “coroner’s jury” [comisión forense]: “Mary Anne Walkley murió a causa de largas horas de trabajo en un taller donde la gente esta hacinada y en un dormitorio pequeñísimo y mal ventilado”. A fin de darle al facultativo una lección de buenos modales, la “coroner’s jury” dictaminó, por el contrario: “La fallecida murió de apoplejía, pero hay motivos para temer que su muerte haya sido acelerada por el trabajo excesivo en un taller demasiado lleno”. “Nuestros esclavos blancos” exclamó el Morning Star, el órgano de los librecambistas Cobden y Bright, “nuestros esclavos blancos, arrojados a la tumba a fuerza de trabajo, […] languidecen y mueren en silencio”.

jornada

“Trabajar hasta la muerte es la orden del día, no sólo en los talleres de las modistas, sino en otros mil lugares, en todo sitio donde el negocio marche… Tomemos como ejemplo al herrero de grueso. Si hemos de prestar crédito a los poetas, no hay hombre más vigoroso, más alegre [308] que el herrero. Se levanta temprano y saca chispas al sol; come y bebe y duerme como nadie. Si trabaja con moderación, en efecto, ocupa una de las mejores posiciones humanas, físicamente hablando. Pero nosotros lo seguimos en la ciudad y vemos el peso del trabajo que recae en este hombre fuerte, y qué posición ocupa en la tasa de mortalidad de este país. En Marylebone (uno de los mayores barrios de Londres) los herreros mueren a razón de 31 por mil, anualmente, o sea 11 por encima de la mortalidad media de los varones adultos en Inglaterra. La ocupación, un arte casi instintivo de la humanidad, inobjetable como ramo de la industria humana, es convertida por el simple exceso de trabajo en aniquiladora del hombre. Éste puede asestar tantos martillazos diarios, caminar tantos pasos, respirar tantas veces, producir tanto trabajo y vivir término medio 50 años, pongamos por caso. Se lo obliga a dar tantos golpes más, a dar tantos pasos más, a respirar tantas veces más durante el día y, sumando todo esto, a incrementar su gasto vital en una cuarta parte. Hace el intento, y el resultado es que, produciendo durante un período limitado una cuarta parte más de trabajo, muere a los 37 años de edad en vez de a los 50”. (…)

El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es únicamente qué máximo de fuerza de trabajo se puede movilizar en una jornada laboral. Alcanza este objetivo reduciendo la duración de la fuerza de trabajo, así como un agricultor codicioso obtiene del suelo un rendimiento acrecentado aniquilando su fertilidad.

En Camboya: Desmayos, abusos y muertes: así se fabrica la ropa en Camboya (Laura Villadiego, El Diario, 17/9/2004)

La situación de trabajadores como Hok Pov o Ly Tola ha vuelto recientemente al punto de mira de la opinión pública internacional después de que la bloguera Anniken Jørgensen decidiera denunciar estas prácticas y centrar sus críticas en el gigante textil H&M. La multinacional sueca ha sido acusada en numerosas ocasiones por permitir que sus proveedores despidan a trabajadores sin pagarles, protagonicen desmayos masivos o, simplemente, por imponer salarios extremadamente bajos a sus empleados. Después de la denuncia de Jørgensen, H&M se justificó asegurando que están haciendo “un extensivo trabajo para por ejemplo conseguir sueldos justos, promoviendo los derechos de los trabajadores, así como lugares de trabajo saludables y seguros”. Sin embargo, para Tola Moeun, «Wal Mart [el gigante de la distribución estadounidense] es la marca más irresponsable. Otras como Inditex tienen prácticas similares aunque toman algunas acciones cuando reciben quejas».

El textil es uno de los principales sectores industriales de Camboya y supone aproximadamente el 84% de las exportaciones del país, según datos de la Organización Internacional del Trabajo. Da además trabajo a aproximadamente 475.000 personas que cosen en más de 550 fábricas registradas ante las autoridades. La cifra aumenta, sin embargo, si se incluye el número indeterminado de talleres clandestinos que opera en el país asistiendo a esas fábricas durante los picos de trabajo y que no son sometidos a ningún tipo de control.

Sin embargo, las violaciones de los derechos laborales son frecuentes en ambos tipos de centros de producción. Hok Pov lo sabe bien. Durante los últimos diez años ha trabajado para varias fábricas registradas en las que ha soportado jornadas interminables, insultos de sus capataces y pagos irregulares. «Lo peor de todo es no tener la certeza de cuánto te va a durar el trabajo», asegura la camboyana.

La legislación camboyana establece una jornada laboral de ocho horas, seis días a la semana, con un máximo de 2 horas extraordinarias por día. El total nunca debe sobrepasar las 60 horas semanales. No obstante, los sindicatos denuncian que a menudo los trabajadores hacen hasta 80 horas semanales, especialmente durante los periodos de mayor consumo en los países desarrollados, como las semanas previas a Navidades. Gracias a estas horas extraordinarias, los trabajadores pueden incrementar su salario base de 78 euros mensuales hasta los 124, una cantidad que los sindicatos consideran que debería ser el mínimo para una jornada de 48 horas semanales. «Yo los llamo los incentivos de la muerte, porque los trabajadores necesitan tanto el dinero que trabajan hasta la extenuación», dice Tola Moeun, responsable del Departamento Laboral de la ONG Centro para la Educación Legal de la Comunidad ( CLEC en sus siglas en inglés).

Este exceso de trabajo, junto a la pobre alimentación y las altas temperaturas que se alcanzan en las fábricas, ha provocado repetidos desmayos masivos en los talleres. El último de ellos se registró a mediados del mes de agosto, cuando más de 100 trabajadores de 6 fábricas diferentes situadas en el mismo complejo industrial se desvanecieron. Better Factories, un programa de la OIT lanzado en 2001 para mejorar las condiciones laborales en los centros textiles de Camboya, intentó atajar la situación en 2011 proporcionando comida gratis a los trabajadores.

Sin embargo, en lo que va de año, al menos 1.000 personas se han desmayado, casi 200 más que durante el mismo periodo de 2013, según datos del Ministerio de Trabajo recogidos por el periódico Cambodia Daily. «Los desmayos masivos son muy mediáticos, pero hay desvanecimientos todos los días, de al menos 2 o 3 trabajadores», explica Tola Moeun.

Las fábricas camboyanas también han sido denunciadas por el continuo uso de menores en las líneas de producción. Ly Tola comenzó a trabajar en una fábrica textil hace casi un lustro, cuando tenía tan sólo 14 años. La ley camboyana prohíbe a los menores de 18 años trabajar, pero Ly presentó la identificación de su hermana mayor para conseguir el puesto. Nadie comprobó, sin embargo, que la hermana trabajaba desde hacía algunos meses en la misma fábrica. Ambas siguen ahora cosiendo juntas y viven en una pequeña vivienda cercana donde duermen con otras seis personas en la misma habitación. «Mandamos la mayor parte del dinero a nuestros padres, así que no nos queda mucho para nuestros gastos», dice Ly Tola, que procede de una aldea a dos horas de la capital.

En Madrid: La plantilla de McDonalds denuncia condiciones laborales de «semiesclavitud» (La Mancha Obrera, 2/12/2014)

Éstas aparecen reflejadas en las propuestas para el nuevo convenio colectivo para la provincia de Madrid que la empresa puso en conocimiento de los representantes de los trabajadores hace algunas semanas y que incluyen turnos partidos con cinco horas entre turnos, la reducción de la jornada mínima a 2 horas, la desaparición de los descansos en turnos de menos de seis horas o la reducción de los derechos maternales y paternales.

«Esto implica que la gente tiene que emplear en desplazamiento mucho más tiempo que en el propio tiempo de trabajo», explica Raúl Rivas, trabajador del McDonalds de la calle Montera, que define las medidas que quiere negociar la empresa como«condiciones laborales de semiesclavitud»

En China: La BBC publica un documento en vídeo sobre Apple: explotación infantil y trabajadores exhaustos (Blog Yo me tiro al monte, 20/12/2014)

Enlace al documental de la BBC: Apple accused of failing to protect workers BBC Documentary 2014 China Undercover

El equipo también filmó en secreto a empleados de la fábrica en China y descubrió que Apple de forma rutinaria violaba los derechos de los trabajadores. El reportero vio cómo los obreros tenían que trabajar 18 horas al día sin descanso, muchos de ellos fueron grabados dormidos en sus puestos.
Asimismo, la BBC afirma que la fábrica ha falsificado documentos para que todos los trabajadores de la fábrica en China trabajen también por las noches. El documental revela, además, que los obreros viven de hasta 12 personas en una habitación, mientras que según las reglas, sólo pueden vivir 8 personas juntas. También se detalla que los jefes agravian a los empleados, y que los trabajadores están demasiado cansados y se duermen en sus puestos.

El trabajo infantil

F. Engels, dejaba este estremecedor testimonio sobre el trabajo de los niños en las minas de carbón y hierro4

En las minas de carbón y de hierro, que son explotadas casi del mismo modo, trabajan chicos de cuatro, cinco y siete años. Pero la mayor parte tienen más de ocho años. Se los utiliza para transportar el material en pedazos, del lugar donde es cortado a la calle, donde están los caballos, o bien al pozo principal, y también para abrir las puertas que separan los diversos compartimientos de la mina, para dejar libre paso a los obreros y al material y volver a cerrarlas. Para la vigilancia de estas puertas se emplean generalmente muchachos, los que de este modo, solos en la oscuridad, deben permanecer diariamente 12 horas, en un pasaje estrecho y húmedo, sin tener tanto trabajo como sería necesario, para evitarles la monotonía de no hacer nada, que idiotiza y embrutece…

En el documental de BBC citado más arriba, según la reseña que tomábamos como fuente:

En Indonesia los niños sacan estaño de pozos de barro, donde los deslizamientos de tierra pueden cobrar sus vidas. El documental de la BBC mostró cadáveres de mineros que trabajaban para Apple en Indonesia. Mientras extraían estaño de profundos pozos, muchos perecieron por deslizamientos de tierra. Según el informe, muchos niños trabajan allí con sus padres.

Y así podríamos seguir este titirimundi5 (o “tutti gli mundi” como suena en italiano, lengua de donde procede) recorriendo escenas en un cosmorama de lugares y siglos, de esta historia universal de la infamia que es, ni más ni menos, el genocidio de las clases trabajadoras. Alguna vez, si por fin logramos zafarnos de la férula del capitalismo y de su imprinting mental en cada uno de nosotros, se estudiarán las largas y terribles consecuencias -ya seguramente genéticas- que tan prolongado e intenso sometimiento al hambre, al cansancio, la mala alimentación, el mal sueño, el sufrimiento, la monotonía o la resignada desesperación ante el abuso de los ricos y poderosos han provocado en la evolución humana. Ojalá estuviéramos allí y entonces para contarlo.



  1. Luxenburg, Rosa, La acumulación de capital, Edicions Internacionals Sedov, cap. XXXI, p. 224
    URL: http://grupgerminal.org/?q=system/files/LA+ACUMULACI%C3%93N+DEL+CAPITAL.pdf 
  2. Marx, Karl, El Capital, Libro I, cap. XXIV «La llamada acumulación originaria»
    URL: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/24.htm 
  3. Karl Marx, El Capital, Libro I, cap. VIII, «La jornada laboral».
    URL: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/8.htm 
  4. Engels, F., La situación de la clase obrera en Inglaterra, Buenos Aires, ed. Diáspora, 1974. 
  5. “Titirimundi”: Cajón que contenía un cosmorama portátil o una colección de figuras de movimiento, y se llevaba por las calles para diversión de la gente.
    Entretenida entrada sobre la trama léxica de esta palabra en
    URL: http://palabraria.blogspot.com.es/2011/11/titirimundi.html?escaped_fragment#! 

Sujeto Omitido

Esta entrada ha sido publicada primero en la revista digital fronteraD, con el título Sujeto omitido. Hablamos de las mujeres (que llevan la carga de la globalización), pero no oímos su voz, el 11 de diciembre de 2014.

Algo nos condena a buscar siempre un sujeto a los sucedidos y transformaciones del acontecer humano. Esta necesidad vale tanto para las religiones deístas como para los cambios sociales. La gramática de nuestras lenguas lo refleja en su desfile sintáctico, haciendo obligatoria la función abstracta de un sujeto, del que se predica algo, aunque no aparezca en el discurso escrito o en los hilos del habla. Esto ocurre poco, de todas maneras, y sólo en lenguas con una fonética fuerte como la nuestra (en otras más desgastadas, como el inglés o el francés, el sujeto pronominal es obligatorio) o con una visión científica de algunos hechos, como los que explica la meteorología, que ha calado en las construcciones verbales que los nombran (pero aún así, no repugnaría a nuestra censura lingüística de hablantes un enunciado como “Dios llueve”) y lenguas, en fin, con la suficiente antigüedad como para que se hayan lexicalizado construcciones de mucho uso, como las formas defectivas de “haber”, que permiten al español desembarazarse del metafísico “existir” y sustituirlo por el humilde “hay”, restituyendo así el asombro de los sucesos verbales, sin la mediación de la voluntad o la intención humanas: “hay mucha gente aquí, pero buen ambiente”. Y pocos casos más: cristalizaciones lingüísticas todas relacionadas también con el tiempo y las temperaturas, del tipo “hace frío para julio”, “es tarde ya, aunque no lo parece”…

Ilustración de Lucía Aguado

El problema de los sujetos es, paradójicamente, su subjetividad: la carga de voluntad, planes o intenciones que lleva aparejadas. Así en la hipotética frase “Dios llueve” estarían implícitos los problemas de tan singular Sujeto (pero vale para cualquiera que concuerde con su verbo): los designios inescrutables, sus conocidos renglones torcidos o la causa de que, justamente ahora, haya decidido llover y no en otro momento. Las oraciones impersonales han ido creciendo en nuestras lenguas de forma pareja al desencantamiento del mundo provocado por la ciencia occidental. La desolación lingüística que provoca un enunciado matemático, o una exposición científica cualquiera, es parecida a la que proporcionan las teorías astrofísicas sobre el Big-Bang y la incomprensible deriva del universo o a la humildad biológica que nos enseñó Darwin, al incluirnos en la masa casual de los seres vivos y en el azaroso nacimiento y muerte de las especies. Una incertidumbre parecida envuelve a los sujetos sociales, su presencia y papel en la transformación del mundo, o su omisión.

A pesar de que debemos a Marx la costumbre de entender la historia como el devenir dialéctico de un antagonismo entre clases sociales, y de una “conciencia de clase”1 que convertiría a ese sujeto colectivo que llamó proletariado en protagonista de la lucha final, tras la que conoceríamos el advenimiento de una sociedad sin clases, él mismo tuvo dificultades para concretar ese concepto. De hecho, cuando parece que se dispone a hacerlo, al final del capítulo LII del libro III de El capital2, el manuscrito quedó interrumpido:

[1124] La próxima pregunta a responder es ésta: ¿qué forma una clase?, y por ciento que esto se desprende de suyo de la respuesta a la otra pregunta: ¿qué hace que trabajadores asalariados, capitalistas y terratenientes formen las tres grandes clases sociales?

A primera vista, la identidad de los réditos y de las fuentes de rédito. Son tres grandes grupos sociales, cuyos componentes, los individuos que las forman, viven respectivamente de salario, ganancia y renta de la tierra, de la valorización de su fuerza de trabajo, su capital y su propiedad de la tierra.

Pero desde este punto de vista médicos y funcionarios, por ejemplo, también formarían dos clases, pues pertenecen a dos grupos sociales diferentes, en los cuales los réditos de los miembros de cada uno de ambos fluyen de la misma fuente. Lo mismo valdría para la infinita fragmentación de los intereses y posiciones en que la división del trabajo social desdobla a los obreros como a los capitalistas y terratenientes; a los últimos, por ejemplo, en viticultores, agricultores, dueños de bosques, poseedores de minas y poseedores de pesquerías.

Aquí se interrumpe el manuscrito.

El texto quizá más revelador y claro de lo que es una clase social es un breve apunte sobre la masa de pequeños propietarios campesinos, considerada por el pensador alemán como la base social sobre la que se aupó el sobrino del emperador, y que encontramos en su ensayo histórico 18 Brumario de Luis Bonaparte3:

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo ni aplicación ninguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo, ni diversidad de talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus materiales de existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la sociedad. La parcela, el campesino, y su familia; y al lado otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas forman una aldea, y unas cuantas aldeas un departamento. Así se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas. En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil aquéllas forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.

O en este otro breve fragmento de La miseria de la filosofía4, complementario del anterior, pero en el que aparece, en otro cerco, el matiz de una “clase para sí” frente a la clase relacional como enfrentada al capital:

Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. En la lucha, de la que no hemos señalado más que algunas fases, esta masa se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.

Marx, como se ve, puso mucho cuidado en excluir la subjetividad de la idea de clase que deviene, así, situacional o contextual, siempre en relación antagonista a otra: son los intereses comunes los que definen la pertenencia a ella. En ningún caso, en Marx, se alude a la subjetividad. Esta queda más bien, retirada en el mundo familiar, de los intercambios naturales, donde se produce el valor de uso. (Pero no hay más valor que el de cambio, por eso Marx olvida el de uso y, en general, las subjetividades). Es el interés el que crea la clase. Esta diferencia que, de forma sinuosa pero importantísima, leemos en estos textos, llamó poderosamente la atención de Gayatry Chakravorty Spivak, la inclasificable pensadora y activista indo-norteamericana, que es, para mi gusto, autora de una de las más perspicaces interpretaciones de la razón marxista.

En ocasiones, como cuando glosaba y comentaba5 el fragmento del 18 Brumario de Luis Bonaparte desde una perspectiva filológica, su análisis resulta esclarecedor. Vale la pena que atendamos durante un rato su lección sobre esa conocida secuencia:

Según Spivak, la tesis de Marx aquí es que la definición descriptiva de una clase puede ser diferencial; su aislamiento y diferencia respecto a todas las demás clases:

En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil aquéllas forman una clase.

En esta cita, nos dice, “no interviene nada parecido a un ‘instinto de clase’ (…) En este contexto, la formación de una clase es artificial y económica”.

Continuando con la cita, añade Spivak, “el siguiente pasaje también trabaja sobre el principio estructural de un sujeto disgregado y dislocado: la (inexistente) conciencia (colectiva) de la clase de los campesinos pequeños propietarios encuentra su ‘vehículo’ en un ‘representante’ que parece trabajar en interés de otro”:

“Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una Convención. No pueden representarse, sino que tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol. Por consiguiente, la influencia política de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión en el hecho de que el Poder Ejecutivo someta bajo su mando a la sociedad”.

El doble sentido de “representar” que, aunque sea pálidamente, viene a confundir un poco en la traducción castellana, lo explica la pensadora y filóloga india sobre las dos palabras del original alemán: “‘Vertreten’ (representar, ‘hablar por’, como en política) y ‘Darstellen’ (re-presentar, como en arte o filosofía, escenificación, significación)”. Y apostilla “‘representante’ aquí no se deriva de ‘Darstellen’ (no se pueden representar a sí mismos)”.

Gayatry Chakravorty Spivak toma buena nota de esto para su propia indagación sobre lo que llama el “sujeto postcolonial” o “subalternos” del mundo globalizado, en una palabra tomada de Gramsci quien, a su vez, la improvisó como un eufemismo de obreros, para esquivar la censura de la cárcel. Los subalternos de Spivak se caracterizan, en efecto, como clase social por circunstancias objetivas –soportar sobre sus hombros la globalización neoliberal del mundo contemporáneo– pero, en consonancia con su razonamiento sobre los textos de Marx, también se identifican en negativo por su ausencia de subjetividad. El subalterno no habla o no sabemos escucharlo y, en ese sentido, no se representa a sí mismo –en el sentido teatral– ni es representado por otros –su representación política–, que impostan su voz y su discurso. Así, la escritora bengalí llega a afirmar que el verdadero subalterno actual sufre un triple proceso de alienación y de silenciamiento: es mujer, trabajadora y emigrante. Esta mujer, con sus múltiples ocupaciones en las sociedades posindustriales –cuidado de personas mayores y niños, trabajo doméstico o de mantenimiento de instalaciones, oficinas o cocinas y de sus propias proles familiares– es la clase trabajadora más numerosa, explotada y silenciada; la que –sin que esto sea, en absoluto, una exageración de Spivak– soporta sobre sus hombros la mayor parte del peso de la globalización. También es la más invisible, en cualquier perspectiva que adoptemos. Estirando algo más la idea, los subalternos contemporáneos son invisibles, mudos y sordos.

Le doy vueltas a la impostura discursiva de la representación de las silenciosas clases subalternas desde hace tiempo. De no saber o poder escucharlas pasamos a menudo a hablar por ellas, en su nombre. Así, por ejemplo, en la segunda parte de la entrada de mi blog que titulé como Subalternos (y 2 ), escribía, hace dos años: “Es la advertencia que Luce Irigaray hacía respecto a las mujeres: está el hablar-mujer (el posible lenguaje, la escondida sintaxis que la mujer pueda rescatar de su silencio reprimido) pero está también el hablar-de-la-mujer, que no es más que una reproducción del discurso masculino sobre el mundo, el deseo o el amor, la política y el poder, más de lo mismo aunque sea otra mujer la que hable. Yo he denunciado en otros sitios cómo sucede del mismo modo en el dominio de la enseñanza y los adolescentes: hablamos todo el tiempo de ellos, pero no hablamos con ellos, no oímos su voz”.

Invisibles también, acabamos de decir. Y es este otro de los nombres que intenta atrapar al sujeto social omitido de nuestro tiempo. La condición de invisibles es, justamente, la denominación que prefiere Pierre Rosanvallon6. De la manera en que entiende este activo profesor del Collège de France la invisibilidad social y la falta de representación política de los nuevos sujetos sociales, pasamos a ocuparnos ahora.

En el manifiesto con que se presentaba al público su proyecto Raconter la vie –un proyecto moral y social, intelectual y político, con publicaciones que circulan desde la web al libro en papel, en un doble circuito fecundante de relatos y razones, de testimonios populares a escritura profesional–, Rosanvallon elige la expresión “Parlamento de los invisibles” como síntesis de su intento de acabar con el déficit de representación de sectores enteros de la sociedad francesa. Esto lo considera la clave del auge de las actitudes racistas o de los éxitos del populismo electoral en el país vecino. Por ello, su actitud es combativa. La expresión “Parlamento de los invisibles”, de hecho, se la arrebata a Marine le Pen, que la había confiscado en su provecho, en especial con ocasión de un populoso mitin que dio en Hénin-Beaumont en abril del 2012.

Su punto de partida es la misma ambivalencia del concepto de “representación” que veíamos en Marx. Así, cuando lo explica como “ejercer un mandato y restituir una imagen. De un lado, un sentido procedimental; de otro, un sentido figurado”. La página Raconter la vie devuelve la actualidad al problema de las clases sociales de un modo que, tal vez, no esperábamos: una página web como lugar simbólico (topos, proscenio, parlamento, plaza) para que los sectores invisibles de la sociedad francesa se puedan re-presentar, en sentido escénico –o hacerse visibles, visibilizarse, según el término que puso de moda la neolengua a propósito, sobre todo, del movimiento homosexual o del activismo en torno al sida– a sí mismos a través de los relatos compartidos de su acontecer cotidiano.

El segundo objetivo de este singular proyecto –intelectual y cívico a la vez, como a él le gusta repetir– es hermenéutico, en el sentido de que trata de encontrar nuevas categorías para entender la nueva sociedad, las nuevas clases. Algo que en España empieza a hacerse popular a raíz del éxito de Podemos en las elecciones europeas, una de cuyas consecuencias ha sido precisamente obligar a los partidos políticos tradicionales a poner al día sus discursos, sus métodos de representación, sus categorías ideológicas, los grupos sociales a quienes se dirigen, su voz, su vida, sus aspiraciones. El profesor del Collège de France nos recuerda que “si era fácil representar órdenes, clases o castas –estructuras sociales e instituciones formales se superponían entonces– ¿cómo representar una sociedad de individuos?”.

Y esta es, en fin, la “dificultad democrática” de nuestro tiempo, esa herencia de la Ilustración que podemos formular en clave de pregunta: ¿cómo representar una sociedad de individuos? La respuesta nos devuelve una contradicción entre el principio político de la democracia (el pueblo como soberano colectivo, es decir, todos somos iguales y equiparables) y el principio sociológico, puesto que el ideal moderno de igualdad se constituye a partir de la autonomía y los derechos de cada uno.

La nota biográfica de Claire Godard, autora de uno de los primeros relatos publicados en Raconter la vie, dice: “es joven, ha cursado estudios, le falta experiencia, ha trabajado en la comunicación y la edición, pero sueña con ser pirata”. En el sueño de esta chica que contó sus vicisitudes en la admirable página francesa se muestra como verdad la paradoja de Sartre de que lo importante no es lo que se ha hecho con el hombre sino lo que este hace con lo que hicieron de él. Si somos productos de una historia, también somos el resultado de una lucha por convertirnos en su protagonista. Así se re-presenta el nuevo sujeto invisible, pero ¿quién puede representarlo? O, más allá todavía: ¿Desea ser representado?

En la tradición anarquista, la representación política se niega y el protagonismo necesario de las revueltas y luchas por la transformación del mundo incorpora –frente a la idea marxista– una fuerte carga de subjetividad. Así, Juan Díaz del Moral, en su apasionada historia de las agitaciones campesinas andaluzas, particularmente en Córdoba –hasta los años de 1920, que es cuando concluye y publica su libro7–, asume incluso una predeterminación somática y psicológica entre los distintos habitantes de la sierra y la campiña cordobesa, como condición para entender por qué en unas zonas se amontonan las rebeliones y en otras apenas tienen lugar. Con una intencionalidad muy clara, el animoso notario cordobés nos retrata así los distintos sujetos sociales protagonistas de su historia. De los serranos, nos dice:

Aunque el intercambio comercial y las relaciones sociales, cada día más frecuentes, van borrando las diferencias somáticas y psíquicas que antes distinguían al serrano del campiñés, todavía pueden notarse algunas bien notorias. El ganadero o el guarda, en quien culminan las características de la sierra, es moreno, enjuto de cuerpo, ágil y fuerte, valiente y astuto, no siente la pereza, concentrado, poco imaginativo, rudo e inculto. Presta instintiva adhesión a lo tradicional; la religión echó en su vida sentimental raíces más hondas que en la del campiñés; pronuncia el castellano como los extremeños o los manchegos; los embutidos y tasajos de cerdo constituyen parte principal de su alimentación.

Mientras que, por el contrario, de los campesinos de la Campiña –verdadero sujeto revolucionario– se nos avisa:

El hombre de la campiña se parece mucho al de la llanura andaluza. El tipo en quien se destacan las notas específicas de la región es moreno, sin ser raro el de pelo rubio o castaño, de cuerpo mediano, no siempre delgado, ligero y fuerte; es desprendido, generoso, efusivamente hospitalario; imaginativo, entusiasta, amigo de novedades; siente vivamente la igualdad; es inculto pero inteligente, percibe con prontitud y expresa con soltura y facilidad su pensamiento. Bajo estas latitudes, que vieron nacer a Ríos Rosas, Cánovas, Castelar, Salmerón y Moret, es frecuente encontrar, en los mítines de campesinos, improvisados oradores de verbo abundante y cálido. La conversación constituye para estos hombres un gran placer; en el casino como en la taberna, la palabra embriaga tanto como el alcohol. (Páginas 22-23 del libro citado)

Referencias a la creación de nuevas subjetividades las encontramos también en los manuales de uso para los nuevos procesos revolucionarios de Toni Negri y Michael Hardt quienes, por su parte, prefieren nombrar a los sujetos colectivos emergentes como “multitudes” o, a veces, con el viejo apelativo genérico de “pobres”. Incluso del tumulto o la “plebe” de la vieja lengua madre, y del mundo romano que ayudaba a nombrar, encontramos ejemplos contemporáneos en esta búsqueda nominalista –compañera de la búsqueda intelectual y política– que nos ocupa. Así, el mismo Díaz del Moral cita unas actas municipales de Bujalance de 1652 en las que leemos: “El 9 de mayo se inició un tumulto de gente de la plebe que se juntó a tratar de si se gobernaba bien o no”. ¿No parece hablar, en nuestro viejo castellano, de las asambleas de la Puerta del Sol del 2011? Un historiador marxista inglés –en el que luego nos detendremos algo más–, Göran Therborn, prefiere el término “plebeyos”, o “clases plebeyas”, para referirse a los grupos desposeídos (ex consumidores, clases medias desclasadas, jóvenes precarios…) de las sociedades europea y norteamericana actuales.

Así que, como ve el lector, la misma dificultad de encontrar a los nuevos sujetos sociales queda delatada en la lengua que los quiere nombrar. A estos indeterminados genéricos de “subalternos”, “plebe” o “multitud” podemos sumar aún el colectivo “gente”, que era el que prefería Agustín García Calvo, y hasta el eterno “pueblo”, que ha sobrevivido a apropiaciones sin medida (¡la derecha política se nos presenta etiquetada como “popular”!) que, sin embargo, mantiene aún su antigua carga emotiva como categoría social.

Convertirse en sujeto de lo que la propia Historia hace con nosotros tiene, a veces, también, consecuencias psicológicas, en forma de trastornos neuróticos, como el que postula Vincent de Gaulejac con el nombre de “neurosis de clase”8. La hipótesis de base es que cualquier cambio de clase social, elegido o padecido, crea conflictos en quien la sufre, aunque solo algunos de esos trastornos son neuróticos. Pero Gaulejac advierte desde muy pronto que no se trata de una neurosis “patológica”, sino de conflictos existenciales, que giran en torno a maneras de ser y comportamientos, a educación, que tienen que ver con la clase de origen y a la adaptación a la de destino. El ejemplo que él pone del adjetivo francés “élevé” es muy claro: significa tanto “más educado” como “situado en una posición más elevada (en la escala social)”. La “teoría del Mercado Lingüístico” explica también que cuando un individuo sufre un cambio de clase social “hacia arriba” intenta muy pronto cambiar su registro de habla por otro más “culto”, que le parece ir más en consonancia con su nuevo estatus socioeconómico. Está bien estudiado el hecho de que estos cambios voluntariosos en el habla producen una clase de errores característicos, que se conocen tradicionalmente como ultracorrecciones.

“La herencia produce herederos”, dice Gaulejac para recordarnos cómo la vida social, en el fondo, se puede reducir a un intento de ser leales a nuestra herencia o tradición (la proyección del “yo ideal” de Freud: a qué tengo que asemejarme para poder ser amado; y ahí entra la proyección narcisista de los padres en sus hijos) y, al mismo tiempo, la lucha por construirnos un nuevo sujeto. En su mayor parte, además, un sujeto urbano en el que las clases (y el ascensor social que garantizaba su movilidad siempre hacia los pisos altos) están explotando (el ascensor ahora solo baja) en un multiverso caótico y ferozmente individual. Si la población campesina francesa de hace un siglo, más o menos la que eligió ser representada por Luis Bonaparte –por retomar la sugestiva idea de Marx–, superaba el 50%, hoy apenas llega al 3%; un 35% era clase obrera mientras que hoy oscila entre un 10% y un 15”. Por esta razón, Gaulejac prefiere hablar de “guerra de lugares” más que de “lucha de clases”. Esto quiere decir que cada individuo es remitido a sí mismo para tener existencia social, en una especie de guerra de todos contra todos en la que el éxito se mide en la lucha y la competencia, en una suerte de destrucción mutua asegurada. El ejemplo extremo es el de la sociedad norteamericana, cuya presión social sobre cada individuo divide proverbialmente a la gente en ganadores y perdedores. Las tensiones psicológicas degeneran, muchas veces, en depresiones, síndromes de burnout o, como señalaba en mi Contra el dominio Psy, en el trastorno bipolar que, junto a su diagnóstico y tratamiento, tan medicamentado que un psiquiatra llegó a proponer, en la prestigiosa Medscape, que se cambiara el nombre de bipolaridad por el de “drugpolar disorder”, se ha convertido, sin ningún tipo de exageración, en una de las enfermedades de nuestro tiempo.

La clase obrera –decíamos más arriba– ha disminuido en un siglo de un 35% a un 10% o un 15%, ha perdido su viejo y famoso orgullo desde el final de la Guerra Fría y la mundialización de las finanzas, y también está enferma –las consultas de salud mental están llenas de trabajadores precarios y parados– de invisibilidad. ¿Qué pasó con el proletariado, que en su lucha y victoria final contra la burguesía nos iba a traer al fin la sociedad sin clases?, ¿dónde se fue?

No se transformó, desde luego, en la clase consumidora, como afirma Juan Moscoso –un político del PSOE, portavoz de la comisión parlamentaria para la UE, admirador incondicional de Felipe González–, entre otras simplezas y lugares comunes, en un libro reciente9. Afirma, por ejemplo, que “las clases, tal y como un día las entendimos, desaparecieron (…) Los ciudadanos ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo. Se definen por muchos otros factores, distintos, y sobre todo por su capacidad de consumo, que se ha convertido en elemento identificador e igualador. Se han creado categorías de consumo, no de clase”. Y entiende que es una señal de modernidad abandonar la categoría y “captar apoyos en función de intereses y particularidades ideológicos. Hay que hacer más micropolítica”. El político socialdemócrata entenderá “micropolítica” en su sentido literal, como política pequeña.

La sociedad consumidora es ya también –con el advenimiento de la precariedad laboral y el desempleo y cortadas las fuentes del crédito fácil y abundante, tras el endeudamiento prohibitivo de la banca– una ex clase, la de los ex consumidores devenidos también invisibles por la fuerza de las circunstancias. El proletariado no está ahí, naufragado en el consumo difícil de nuestras ciudades –quizá hastiado de él– sino en China, en India, en Corea del Sur, en Brasil o Indonesia. Porque son esos países los que sostienen, cada vez más en mayor medida, el modo de producción industrial, en el que, históricamente, nació y se hizo fuerte la clase obrera. Lo que sucede es que es una clase obrera de nuevo cuño, emigrante en su gran mayoría, entreverada, además, en identidades del nuevo cuño: religiosas, étnicas. Los grandes sindicatos crecen y se afianzan con dificultad, los partidos políticos que quieren representar a los nuevos plebeyos se fragmentan, sus categorías de interpretación y de intervención política no sirven, se perciben como caducadas. Y volvemos al punto de partida.

Göran Therborn lo explica de forma muy didáctica en un artículo de NLR10 –en el que también realiza uno de los homenajes más bonitos que he leído recientemente a los proletariados europeo y norteamericano– con lo que llama “la pequeña dialéctica marxista”. Si la gran dialéctica era el anuncio hecho por Marx de que el choque entre las fuerzas y relaciones de producción se irían agravando con el tiempo hasta sus contradicciones finales, la pequeña dialéctica de que habla Therborn es aquella en la que el mismo desarrollo capitalista hace crecer, a la vez, la fuerza de la clase obrera y su oposición al capital. La Gran Dialéctica se detuvo y parece que la Pequeña también. El proletariado ha sido derrotado en toda regla, aunque su legado “las mismas democracias puntillosas con los derechos humanos, por ejemplo: aún sobrevive” es inmenso.

Este mismo historiador inglés, a la hora de hacer un balance de lo que nos espera, muestra su perplejidad entre un futuro dominado por las clases medias y una clase obrera que, aunque disminuida, se mantiene en el antagonismo social y político en tanto lo haga la pequeña dialéctica. Pero, en realidad, son pronósticos hacia el pasado, profecías pretéritas, como las de los economistas. Como avisa Therborn: “Los países desarrollados del Atlántico Norte son calificados retrospectivamente como de clase media, aunque esa sea una noción estadounidense que nunca prendió realmente en Europa. El núcleo de esta utopía es un sueño de consumo sin límites de una clase media que toma posesión de la tierra, compra automóviles, casas y una variedad infinita de artículos electrónicos, y mantiene una industria turística universal”. El sueño de una democracia de propietarios, convertido en distopía. La bandera roja, que reclama aún la sociedad sin clases, se mantiene viva en Latinoamérica y en los países asiáticos que están viviendo un anacrónico proceso industrializador salvaje y el consecuente rearme de la lucha obrera.

Pero en nuestras sociedades, “orgánicamente quietistas”, como decía nuestro Díaz del Moral de los campesinos andaluces tras las represiones de 1874, no encontramos ningún sujeto que concuerde con el verbo transformar. Tal vez se esté incubando en la imaginación de algunos y terminemos por encontrar al elegido para poner el cascabel al gato, y evitar, así, su próximo zarpazo mortal. Como bien sabe Alfonso Sastre, la imaginación (“dialéctica”, como él la llama) se mueve entre el mundo de los hechos y el mundo de las posibilidades. La imaginación nos presenta como fábula aquello que no existe en la realidad pero que la convierte en hacedera, al presentarla como posible: “qué pasaría si…”.

La imaginación dilata la realidad y es posible que ese nuevo sujeto colectivo del que hablan muchos, con más voluntarismo que otra cosa, llamado a cambiar el mundo, termine por ser real. Así que si empezábamos con el Sujeto Omitido de la gramática tradicional, terminamos con un Sujeto Imaginario que, aún sin nombre, o con nombres indefinidos como el apeiron de la filosofía presocrática (la gente, las multitudes, los subalternos o plebeyos…), sobrevuela nuestro tiempo, al par que los invisibles de nuestras sociedades van construyendo su propio relato y sus categorías para darle un sentido. Como dice Sastre, “es en fin la estructura de la vida humana lo que se está cuestionando en la imaginación humana: la vida con todo, como se dice en ciertos ensayos generales en el teatro: ‘ensayo general con todo’: con trajes, con muebles, con ruidos, con música, con luces, con efectos… Así es que la imaginación procede a una dilatación con todo: sus alegrías, sus dolores, sus amenazas, sus esperanzas, sus angustias…, y ello en ese plano de la dilatación: transportándonos a otro mundo…¡qué cosa extraña, es este!”11. ¿Qué decir sino “mucha mierda” para el estreno?


  1. Para Marx, la conciencia es un producto social, tal como leemos en este fragmento de su La ideología alemana: “Solamente ahora, después de haber considerado ya cuatro fenómenos, cuatro aspectos de las relaciones históricas originarias, caemos en la cuenta de que el hombre tiene también ‘conciencia’. Pero, tampoco ésta es de antemano una conciencia ‘pura’. El ‘espíritu’ nace ya tarado con la maldición de estar ‘preñado de materia, que aquí se manifiesta bajo la forma de capas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo la forma del lenguaje. El lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia práctica, la conciencia real, que existe también en los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir también para mí mismo; y que el lenguaje nace, como la conciencia, de la necesidad, de los apremios del intercambio con los demás hombres. La conciencia, por tanto, es ya de antemano un producto social, y lo seguirá siendo mientras existan los seres humanos”. Marx, K. Y Engels, F., La ideología alemana, Barcelona, 1979, ed. Grijalbo. Introducción, Apartado A, (1) Historia. 
  2. Marx, Karl, El Capital, Libro III, Biblioteca de autores socialistas, Universidad Complutense de Madrid. URL: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital3/MRXC3852.htm 
  3. Marx, Karl, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Santiago de Chile, Universidad de Arte y Ciencias Sociales, ed. electrónica.URL: http://www.philosophia.cl/biblioteca/Marx/18marx.pdf 
  4. Marx, Karl, La miseria de la filosofía, Cap. II, § 5, Marxists Internet Archive. URL: http://marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/005.htm 
  5. Gayatry Chakravorty Spivak, Crítica de la razón poscolonial, Madrid, 2010, ed. Akal. 
  6. En este reportaje-entrevista de la revista digital Mediapart se pueden encontrar, en un texto ameno y claro, las principales ideas –y proyectos: es un intelectual activo– del profesor Rosanvallon en torno a la invisibilidad social y al déficit de representación política de los nuevos sujetos sociales. Este intelectual francés ha ido tejiendo una verdadera red textual que no se limita a Raconter la vie (proyecto en el que nos centramos) sino que se extiende a su actividad universitaria en La vie des idées, donde, en colaboración con Puf (Presses Universitaires de France), encontramos una auténtica colmena textual en forma de artículos, reseñas o dossieres monográficos tejidos alrededor de la vida intelectual del Collège de France. URL: http://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/050114/representer-les-invisibles-la-republique-devidee 
  7. Díaz del Moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928). 
  8. Gaulejac, Vincent de, La neurosis de clase, Buenos Aires, 2013, ed. Del Nuevo Extremo.
    En esta entrevista, de la publicación argentina Página 12, se puede leer de su propia voz una síntesis de su libro. 
  9. Moscoso, Juan, Ser hoy de izquierdas. Por una izquierda moderna y ejemplar, Bilbao, 2014, ed. Deusto.
    El lector curioso se puede ahorrar la lectura del libro, si se quiere hacer idea de sus lugares comunes, ojeando esta entrevista del diario El País (6 de abril de 2014). 
  10. Therborn, Göran, ‘Las clases en el siglo XXI’, New Left Review, nº 78, Ecuador (IAEN), 2014, ed. en España, Traficantes de Sueños. 
  11. Sastre, Alfonso, Crítica de la imaginación, Barcelona, 1978, ed. Grijalbo. 

Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio (y 2)

El mercado es, pues, el lugar del intercambio, la tienda de nuestro hortera, por ejemplo, o cualquier gran supermercado en el extrarradio o en la pantalla de un ordenador. Este templo sacro-santo -por usar el adjetivo de Balzac en “L’épicier”- tiene un amo, casi siempre invisible en la tecnología y diplomacia de la trastienda, que provee las mercancías, y unos vigilantes o guardianes que las custodian y que administran su transformación en dinero, que, a su vez, servirá para adquirir más mercancías…: los dependientes. Y así, en este nunca acabar que es el alma de nuestro mundo, resulta que, al cabo, la acumulación y circulación continua del dinero es ya la única riqueza, como nos enseñaba Marx en los primeros compases del libro primero de El Capital, sobresaltándonos con la sensación de que hablaba de nuestro presente:

El grito que ahora resuena de una punta a otra del mercado mundial es: ¡No hay más mercancía que el dinero! Y como el ciervo por agua fresca, su alma brama ahora por dinero, la única riqueza1.

Tienda

Cuando la mercancía llega a los expositores del supermercado o de la tiendecita de ultramarinos, llega a un mundo dominado por el fetichismo, entendido como lo hacía el pensador alemán: un mundo de cosas que protagonizan relaciones sociales de intercambio con otras cosas y en el que lo que da valor a esas cosas, justamente el trabajo social acumulado en ellas, desaparece y se oculta. Cuando el cliente-amo tiene delante una chaqueta, con su precio en la etiqueta, y dinero en el bolsillo, hace cálculos con esos datos de la realidad y toma determinadas decisiones; pero en ningún caso piensa en el trabajo del sastre que la diseñó, cortó, cosió y vendió, ni en su cansancio o pericia, ni en la situación laboral o emocional o de salud en que realizó su trabajo. Nadie lo hace: sólo existe el deseo subjetivo / sugerido de poseer la mercancía o su necesidad. Esa naturaleza fetichista que el mercado otorga a los objetos crea un universo antinómico en el que solo hay “relaciones cosificadas entre personas y relaciones sociales entre cosas”.

Por eso, por la necesidad de ir más allá del fetichismo de las mercancías, es tan importante la denuncia, cada vez más extendida en el mercado universal, de las condiciones laborales y sociales del trabajo (en muchos lugares, esclavista) en que se producen los oscuros objetos del deseo del consumidor. O la generalización del Comercio Justo y su cautela con el origen de los productos y las condiciones de dignidad del trabajo que los creó, como le gusta pensar a David Harvey, si queremos romper el hechizo fetichista de su ocultamiento, su cerco encantado.

* * *

Pero volvamos a nuestro humilde y paradójico dependiente asalariado de comercio (vigilante, guardián, ángel custodio del proceso del intercambio) que entre las muchas tareas que tiene encomendadas (el escaparate, la limpieza, el trajín de los objetos…) tiene una fundamental: atender sin dilación a su segundo patrón y señor: el cliente con dinero. Y cerrar la puerta con un “no” a quien no puede ser cliente. Da igual, a estos efectos, que las tareas de vigilancia se hayan subcontratado en las grandes superficies y que estos guardias estén encargados de castigar el hurto o cerrar la puerta física. El “no”, con toda su fuerza de exclusión del circuito mágico, corresponde al dependiente o cajero. Andrew Smith, que ha tenidos experiencias laborales en comercios, cuenta en este sentido, en su Trabajar cara al público2:

De acuerdo con mi experiencia, los implicados sentían profundamente la contradicción de esta de esta posición, y muchos de mis compañeros estaban claramente desconcertados por este aspecto de su trabajo. En cierto sentido porque suponía una labor emocional problemática: tener que absorber y gestionar esas expresiones de descontento que no procedían de quienes eran clientes, sino de quienes no podían serlo. Más en general, sin embargo, lo que preocupaba a mis compañeros parecía ser la incómoda sensación de que se les exigía convertirse en funcionarios de un poder que ni siquiera conocían.

En la tienda aprendemos a identificarnos socialmente, nuestro lugar en el mundo. Como nos recuerda Smith, el no-cliente sale del comercio confirmándolo con frases como “Esto no es para nosotros”. Para el cliente con dinero (mi dinero soy yo…), sin embargo, todo queda reducido a una cuestión de gusto. “La violencia simbólica implícita en la jerarquía del gusto siempre está interiorizada”. La feria de las vanidades que es una tienda, para quien tiene el capital adecuado, tiene un solo mecanismo: el deseo subjetivo del valor de uso de las cosas allí expuestas, la esperanza siempre frustrada de que se cumpla su eterna promesa de felicidad…

Pero la “violencia simbólica” que más me ha inquietado del ensayo de Smith ha sido el descubrimiento de cómo perviven, en este contradictorio trabajo a las órdenes de dos señores, relaciones precapitalistas como las del amo con sus criados. Y eso que estaban ante nuestros ojos y oídos: ¿quién no recuerda, hasta en uno mismo, interpelaciones desabridas a un camarero del tipo “¡Que es para hoy, que no tengo todo el día!” o la devolución despechada de una mercancía que entendemos que es defectuosa, o que no responde a nuestras expectativas, triándola literalmente sobre el mostrador con cara de perro…? El trabajador que hace las veces del dueño paga siempre los platos rotos.

Ellen Meiksins Wood (la cita es del propio Smith) explicaba que “el desarrollo inicial del capitalismo dio un nuevo margen de vida a la concepción patriarcal de la relación amo-criado como soporte ideológico más disponible y adaptable para la desigualdad del contrato de trabajo asalariado.” Pero no se trata solo de una argumentación histórica sobre los orígenes; nuestro autor sentencia: “el capitalismo puede, en diversos puntos, ser articulado por el ensayo o reactivación momentáneos de una forma de autoridad relacional más antigua. En los vacíos entre Dinero y Mercancía, el capitalismo parece ayudado por algo que no es capitalismo.”

La relación premoderna, pues, entre el dependiente (o camarero, o botones…) y el comprador con posibles persistirá en tanto lo haga el mercado capitalista y sobreviva el fetichismo y poder del dinero, pues a este le es necesario un lugar (“la boutique sacro-sainte…”), real o simbólico, para que se renueve sin cesar la demiurgia del intercambio, y unos guardianes, en consecuencia, que permitan la violencia epistemológica de la autoridad y el buen gusto del cliente, necesarios en ese paso inequívoco de D a M en que “las cosas mantienen relaciones sociales y las personas relaciones cosificadas…”3.

Esto será así aunque tengamos la falsa impresión de que la venta masiva por internet está provocando “la aniquilación del espacio mediante el tiempo”3. Esa impresión ya la han tenido varias generaciones, pues la burguesía capitalista y su cohorte de científicos, tecnólogos e inventores han aprovechado, y potenciado, como nadie las sucesivas revoluciones en los medios de transporte y comunicación. Los comercios sobrevivirán, aunque parezca que la llegada casi instantánea a nuestras casas de la mercancía comparada en Amazon encarna el sueño de instantaneidad del cliente-amo: el paso transparente del valor de cambio en valor de uso que no conoce término. Pero que, por eso mismo, para que no se quede solo en la ceniza de la inanidad, es un acto que necesitamos ver representado en la escena triste e hipnótica de la tienda, rodeado de cosas y criados que nos sonríen obsequiosa y servilmente una y otra vez, una y otra vez…


  1. Marx, Karl, El Capital, libro I, cap. 3 (en sus propios términos históricos, Marx tenía en mente la crisis económica de 1857) 
  2. Smith, Andrew, “Trabajar cara al público”, New Left Review nº 78, Ecuador, 2013. 
  3. Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. II, p. 13. 

Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio

Inicio con esta entrada, y otra que la continuará y dará fin, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. En la primera entrada, esta que comienza aquí, me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos2, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix3, con el título de “El hortera”. Intentaré realizar después una interpretación marxista de este retrato decimonónico -premoderno, es decir, anterior a una visión de la sociedad dividida en clases enfrentadas-, en la segunda entrada, a la luz potente de un ensayo de Andrew Smith, “Trabajar cara al público”, publicado en el número 78 de New Left Review.

Los españoles pintados por sí mismos

La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado, según veremos en la siguiente entrada con más detalle) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…

Estas circunstancias lo han hecho siempre un personaje antipático, porque encarna, personifica la demiurgia odiosa del intercambio capitalista: es el culpable del precio inasequible, de que la mercancía apetecida haya que pedirla, de la tardanza, de la altivez o la indiferencia. Siempre pesa sobre él la sospecha del engaño: en el peso, en la etiqueta, en el deterioro o en la falta de atención. En “El hortera”, es un personaje especialmente odioso. Antonio Flores lo animaliza o cosifica sin piedad a cada trance de su texto: “un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo”. Es el menosprecio del paleto de aldea que, hipócrita y arribista, terminará transformándose, en su alianza con los poderosos, en culpable de los males del país. Los dependientes pierden su humanidad cuando nuestro autor los retrata, en semejanza a los bustos parlantes con los que a veces caricaturizamos a los presentadores de telediarios: “Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.” Su laborioso aprendizaje del oficio, incluye la tecnología del engaño -aprendida y ejercitada en el secreto de la trastienda- y la “diplomacia horteril”, la obsequiosidad y el servilismo cara al público. En palabras de Flores: “tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador”.

El público consumidor (en realidad, las mujeres, víctimas propiciatorias del engaño del tendero en la visión misógina del autor) es, en correspondencia, la figura complementaria de nuestro hortera, en su incipiente deseo consumista. Así, de una chica que cree haber comprado un lujoso tejido inglés cuando en realidad se lleva tela desechada de pésima calidad, nos dice, parafraseando a Lope de Vega:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

En coherencia, en fin, con el perfil de personaje de sainete con que ha sido retratado, el hortera gusta también de la baja comedia. No se olvide que la crítica de Antonio Flores al personaje es moral y estética. Y así, con esa connotación, ha quedado entre nosotros el despectivo “hortera” del español contemporáneo:

… suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

En mis recuerdos, por el contrario, la figura del tendero tiene un aspecto más cálido y cercano. Y al ser, como soy, de familia pobre que compraba a púa relaciono al dependiente más con un cómplice cercano que con el vigilante interpuesto por el dueño entre la mercancía y yo. Para mí, la “magia” del intercambio D-M-D se reducía a la endeble autoridad del crédito y la buena fe. De una tienda de ultramarinos recuerdo, más que la estimulante mezcla de olores, que allí me surtía de libros, prestados o regalados, con que su dependiente (en aquel caso, también dueña) abastecía mi hambre insaciable de lecturas. Lo añado para teñir más aún de ambigüedad tan misteriosa figura de la clase obrera…

Y ya acabo. El lector echará, de seguro, un buen rato (aunque agridulce) con esta crítica moral y estética, no social ni política -pese a la apariencia, solo hay un oscuro presentimiento del papel explotador en la sombra de la burguesía comercial- del tendero. Puede el lector, también, como contraste, leer el modelo francés, “L’épicier4“, debido a la pluma de Honoré de Balzac, ni más ni menos. De su mano entramos, también, en “la sacro-sainte boutique d’un épicier”…

El texto

El texto de “El hortera” que presento a continuación es la transcripción de la edición de Ignacio Boix, Editor (Madrid, 1843). He respetado las peculiaridades ortográficas de la época, que pueden chocar a un lector contemporáneo (en particular por el escaso y desparejado uso de la tilde), pero que son más avanzadas, en general, que las que la norma actual nos ha acostumbrado a dar por buenas Por ejemplo, la escritura como “s” en lugar de la pedante “x” que aún usamos en palabras como “escelente” (y lo que es peor, como denunciaba Agustín García Calvo, que muchos pretender pronunciar como [ks]). También tiene mucho de avanzadilla el uso de un único signo de interrogación o exclamación al final, pues señala con más precisión que a esas oraciones las caracteriza solo su cadencia final. Aparte, solo he hecho dos llamadas a pie de página para un par de palabras de poco o ningún uso actual. Más adelante, cuando me resulte hacedero, pondré en el blog este texto con la ortografía ajustada a los criterios actuales y anotado con más prolijidad. He dejado, eso sí, una línea en blanco entre párrafos, para desapelmazar un poco la lectura del texto. Toda la obra de Antonio Flores, para acabar con el descargo de responsabilidad necesario en estos tiempos, es de dominio público.


El hortera2

Será todo lo que usted quiera, señora, pero yo no puedo faltar á las órdenes de S. E., respondía con gravedad cierto portero del ministerio de Hacienda, á una enlutada matrona que pretendía hollar la consigna ministerial con estas palabras:

— Cuando sacaba de su tienda si señor…, tienda, ó lonja de azúcar y canela, haciendo la vista gorda ínterin el Escelencia de a ver, suplía con la mano sobre el platillo, las cuatro onzas que faltaban á los garbanzos para equilibrarse con la libra de hierro… entonces mucha parola y… Luego el Pavonazo en el chocolate, que mi difunto no murió de otra cosa.,.. Vaya un ministro integro!

— Señora! Señora!

— Pues no hay mas, clarito!…. Un Hortera en el ministerio!!…. No fallarán contratas por partida doble!
Oh!, mengua! murmuramos nosotros, apenas hubimos escuchado la jaculatoria de la parroquiana. Ministro nada menos ese Hortera, cuando el nuestro aun no ha salido de las montañas que le vieran nacer! Y llenos de vergüenza con tan escandalosa inacción, abandonamos la antesala ministerial, y tomando la pluma con resolución, juramos no dejarla de la mano hasta que el protagonista de este artículo llegue á ser prestamista de su cofrade el Excmo. Señor, que gracias á su «conciencia de mercader» cobraba un veinte y cinco por ciento de ganancias estraordinarias cuando pesaba garbanzos.

Pero apenas hemos empezado nuestro viaje hacia las montañas de Santander, y ya nos sale al encuentro una recua de diez arrogantes mulos que conducen con toda resignación 19 fardos de Escocia y Llin, suficientes para formar nueve cargas y media, que haciendo tercio con un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo, andará muy en breve rodeado por una docena de agentes de bolsa, que le harán hacer un millón de operaciones al contado, o será Director del Ramo y tratante en bienes nacionales, y tomará en arriendo el derecho de puertas, y la sal, y el papel sellado… y tal vez llegue dia en que se saque á pública subasta el total de las rentas públicas, ¿quién sino el y poderoso comerciante ha de tomar la contrata de mantener á rancho la nación Española?… Lo cierto es que ya le han desliado del aparejo y tenemos al recien venido entre los brazos de su tio, propietario y lonjista de Ultramarinos en la calle de A… El Horterita apenas sabe devolver los saludos del tio, de los primos y hermanos que hace poco tiempo llegaron á Madrid con el mismo pelo de la dehesa, bajo el cual encubre nuestro mancebito ciertas habilidades que aprendió en la aldea, entre ellas la circunstancia esencial de leer muy bien toda clase de manuscritos, y deletrear con bastante torpeza los impresos.
Y aqui por via de nota, para evitar un rato de Panlexico á los lectores de provincia, decimos que el Hortera de Madrid, es el Cajero de Sevilla, el Factor de Valencia.,., y en suma: Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.

La primera operación que sufre el Hortera es una especie de saturación sacaroidea, á fin de asegurar los sacos del azúcar, y demás géneros golosos de cualquier apetito desordenado de gula: consiste esta en dejarle comer, de chocolate por ejemplo, una, dos ó mas libras hasta que se resienta el estómago, y el recien llegado aborrezca los géneros coloniales y ultramarinos. Oh! este es un antídoto escelente para los ratones domésticos, y está fundado en ciertas leyes de química-económica indestructibles. Pasan en seguida á enseñarle todas las aplicaciones que tiene la mecánica en las trastiendas, y alli es donde aprende á introducir la mano en un saco lleno de legumbres rancias y secas, para sacar el único puñado que haya de granos frescos gordos. Entra después la parte de geometría aplicada á los cubiletes , y en esta sección le manifiestan las diferentes clases de cucuruchos que se conocen, su estructura y medios de construcción mas ó menos cónicos según la cantidad que deban aparentar contener, y la que en realidad contengan. Apenas ha pasado el Hortera quince ó veinte días haciendo cucuruchos de todos calibres ya tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador. Consiste esta última en los diferentes nombres, sinónimos para los que estamos en el secreto, que emplean los consumidores al solicitar las mercancías; y la primera está reducida á que el espendedor sepa que los depósitos de azúcar designados con los títulos de 1ª, 2ª y 3ª’ ó mas clases, son tres substancias distintas desde que se emanciparon del saco en que se hallaban todas juntas. Lo mismo sucede con el té de la China y el café de Moca (véase cascarilla de cacao tostada); todos estos géneros viven democraticamente en las cuevas ó en la trastienda, y luego que pasan á la pieza de recibo cada cual torna la aristocrática elevación que le depara la casualidad. Si hubiera otros Esopos y Samaniegos, que se ocupasen de hacer hablar á estos objetos inanimados, no quedaria impune la desfachatez del Hortera cuando pregunta á los parroquianos si quieren el cacao de Caracas, de Guayaquil ó Soconusco, siendo asi que el único que tiene designado con esos tres nombres, merced á la división que todos sabemos, no ha tomado carta de naturaleza en ninguno de esos lugares. Pero supongamos que ya se ha concluido el noviciado horteril porque seria eterno referir todos los agios5, y evoluciones que en ese tiempo se enseñan (la vara de medir solamente necesitaba un tomo en folio) y veámosle colocado detras del mostrador en el almacén de Ultramarinos.
Estraordinaria y vasta podrá ser la táctica comercial de puertas adentro según indicamos en la parte de cubilotes y mecánica, pero nada es comparable con la diplomacia horteril, pocas cosas hay tan sublimes como el aire de reserva que imprime á todos sus actos esteriores. La manera que tiene de presentarse al público, encastillado entre los sacos del arroz, parapetado con los fardos del bacalao, y presentando entre su persona y la de los parroquianos un enorme tablón, pintado de azul ó de amarillo, es una cosa digna de notarse si se atiende á la masoneria que observan todos los dependientes del almacén.

Apenas abre su tienda, por la mañana temprano, y ya la encuentra invadida por el Albañil, el Carpintero, el Zapatero, y toda clase de jornaleros que saliendo de sus casas para sus respectivos trabajos, acuden presurosos á echar la sosiega con una copa de aguardiente en casa de nuestro lonjista, que saluda á todo s con el mayor agrado y les sirve con no menos esmero. Esta reunión de bebedores heterogénea ya, por los distintos oficios á que cada uno se dedica, no lo es menos por las diversas opiniones políticas que cada cual profesa, ó cree profesar. En los tiempos que el Albañil se dedicó al oficio, era indispensable levar gorra de voluntario realista para encontrar trabajo, y como no se podia usar este distintivo sin pertenecer á la regimenta, entró en las filas todo el que o quiso morirse de hambre. El Zapatero es algo mas joven, y se ha encontrado en un gobierno constitucional, que tiene ciudadanos armados, pero que los llama M. N. y unos maestros de obra prima que exigen gorra de cuartel para hacer zapatos; ¿pues qué remedio sino ser miliciano y llevar gorrita? El Carpintero es hombre de chispa: á la muerte de Fernando VII persiguió á su padre por carlista y le dieron trabajo en la Casa Real; pero le han quitado el destino los santones y ahora dice que es republicano. Pues siendo tan imposible amalgamar los pareceres politicos de estas gentes, como evitar que discurran sobre la contestación que dio el gobierno al Embajador inglés, y digan que es un majadero el general de división en haber atacado por la izquierda, etc., nó es nada fácil tampoco que la noche anterior al aguardentoso desayuno faltasen retenes y patrullas ó cuando menos algún estraordinario ganando horas; cualquiera de estas cosas es suficiente para que se entable una acalorada discusión política, en la que suele tomar parte algún escarolero, ó tal cual lego esclaustrado ayudante de cocina en casa de algún marqués y senador por añadidura. Últimamente, disputan y todos desocupan sus respectivas copas abogando el uno por la república, el otro por el gobierno representativo, quién por el absolutismo, á cuyo parecerse une gustoso el asturiano, y aun hasta el lego, pero este último quiere que se añada la inquisicion sin telarañas. Llega ya el lance terrible de ser interpelado el Hortera, y en esta embarazosa y difícil posición es donde mas luce la diplomacia de mostrador: con todos sonrio, á todos trata de dar la razón, y jamas se conmueve aun cuando parezca que la discusión se decide por un partido o por otro; su principal y casi único cuidado es el de no distraerse en el cobro de lo vendido.
Mas no consume el Hortera toda su charla y agrado con los jornaleros, y mozos de compra: las criadas de servicio son recibidas con no menos agasajo y atención, mediando varios requiebros de una y otra parle con tal cual apretón de manos, cosa muy admitida entre los Horteras, y que no puede dar celosa nadie que conozca las leyes penales de estos individuos mercantiles.

No haya miedo que se enamore ninguno pesando azúcar ó envolviendo té; serán muy vehementes en sus pasiones, pero en los actos de! servicio las tienen paradas, ó cuando mucho á media cuerda. — Apunte Vd. que le quedo á deber los 12 reales del chocolate y los ocho cuartos del almidón, dice una mujer al abandonar la tienda. — Vaya Vd. con Dios, vecina, y no se burle, replica el Hortera á voz en grito, y repitiendo por lo bajo doce y uno trece. — Gracias, responde la deudora, ahora lo bajará el muchacho. Y apenas ha quedado solo el lonjista saca un gran libro azuly escribe: «Es en deber Doña Fulana la vecina lo siguiente…»

Asi ocupado en lances de esta naturaleza consume los dias el lonjista, sin que ningún hecho notable le haga distinguir el lunes del martes ni este de todos los demás de la semana, hasta la mañana del domingo inclusive porque la tarde Oh! la tarde de los dias festivos merece un párrafo esclusivo, y no seremos nosotros ciertamente los que nos opongamos
 á que el Hortera pase su visita de ordenanza á las fieras del Retiro y demás accesorios de tan saludable medida higiénica. Y como en esta caminata nos ha de acompañar también la aristocracia horteril, no será del todo inútil dar un corte á la pluma que ya parece estar algo cansada, y echando á la espalda la mochila del café hacer unos cuantos giros
 comerciales con la vara de medir. Para esto, no tendriamos necesidad
 de trasladarnos á este ó el otro punto de la capital porque la profecía de
 San Vicente Ferrer se ha cumplido , ya tiene Madrid mas tiendas que compradores; pero sin embargo, la escena pasa en la calle dee Postas, ó séase boulevard de coruñas y viveros. A la derecha se ven tantas tiendas á piso bajo, como balcones de entresuelo ; á la izquierda cada ventana tiene debajo de si un almacén de lienzos; y en ambos lados y bajo toda clase degobiernos, se despachan géneros del Reino y estrangeros.


Trabajo cuesta penetrar la muralla de gente (que á todas horas defiende estos almacenes, pero nosotros hemos resuelto llegar hasta el mostrador para tener mano á mano un rato de parola con el Hortera, y
 lo conseguiremos fácilmente marchando detrás de una joven elegante y hermosa (con menos letras se dice fea, pero está lleno el tintero…) que desde el umbral de la tienda es saludada por el comerciante. Esta apreciable señorita habrá madrugado á las once de la mañana, si por casualidad no estuvo de sarao la noche anterior (aquí no hay soirée que valga) y no teniendo amigas á quien visitar, ni esperanzas de que saliese
 el sol para bajar al Prado, abandonaría la casa paterna con estas palabras.
 — Mira, mamá, estoy fatal de los nervios; que me acompañe el muchacho y voy de tiendas.
 — Pero, hija mia, si estás llena de ropa!
 — No tengas cuidado, mamá; lo hago por divertirme… no he de comprar nada, pero los haré revolver un rato. Pasaré primeramente por casa de Ginés á ver lo que han recibido de nuevo, y luego voy á sublevar toda la calle de Postas. Anda con Dios, responde la madre satisfecha con las económicas diversiones de su hija, sin reflexionar que los guantes estorban para conocer la calidad de los tejidos, que el Hortera tiene mucha franqueza con las parroquianas, y en fin, lo menos era que cogiese
 la blanca mano de la niña entre las suyas, si no las tuviera llenas de sabañones en invierno, y un tanto ásperas en verano.

Llega por fin nuestra joven á descansar sus brazos sobre el mostrador, y todos los Horteras se acercan á recibir órdenes, apoderándose, uno del abanico, otro del pañuelo, quién examina los guantes, adulándola todos á porfia, hasta que una manola que está comprando terciopelo para una mantilla, dice al mocito que la despachaba: — Oiga usté, Don Cachucha, sabe usté que mi monea es tan rial como la de cualquier señorona; y que tengo dos onzas en el bolsillo, y algunas masen casa para sacarlo á usté de probé! — Alsa, Manola! Qiuá!…. si me llamo Juana, so escoció!… si no tie usté mas gracia con las usias está abiao! Estas palabras dan a conocer al principal del almacén la gravedad que pudiera tomar aquel lance, y rellexionando que la manola paga mejor, por lo menos mas pronto que la señorita, acude á despacharla el mismo, dejando que uno cualquiera de los dependientes desplegue ante los ojos de la caprichosa niña cien piezas de tela de cien varas cada una:

— Este chaconá es muy claro, y tiene un hilo muy grueso.

— Oh! no señorita; es de lo mas fino que se hace, y estos colores son eternos, aunque se laven con agua hirviendo. Hemos tenido un despacho horroroso; ayer se vendieron cien cortes, y tenemos pedidos treinta para Mad. Victorino, que escasamente…

— ¿Y me quedaré yo sin nada?

— ¡Oh! no tal, para Vd. siempre hay una pieza!….

— Pero ahora no,porque mamá no quiere; pagó ayer dos mil reales de tres sombreros á Madama Capot y está que trina.

—Mejor, replica el Hortera, entregando un lío al criado de la joven… Ya saben Vds. que todo cuanto yo tengo (quisiera venderlo sin regatear como esto, añade por lo bajo)

— Y tienen Vds. una tela para vestidos de callé que llaman… llaman!..

Ilusión. —No. Palmeriana. —Tampoco. Poplin, Chalin, Clarín, Smirna, Fantasía, Damasquina, Rua-celin

— Eh! Hasta… Fantasía quiero. — Pues sí señora; vea Vd, qué cosa tan preciosa… parece imposible el adelanto que se observa en nuestras fábricas de Cataluña… Tú que tal dijiste, desventurado comerciante! Apenas oye la niña que se trata de géneros nacionales, vuelve la vista y dice:

— Quite Vd. allá, hombre! á la legua se conocen los géneros catalanes! Qué cosa tan ordinaria! —Pues crea Vd…— Mira, interrumpe el dueño del almacén, todo asustado con la patriótica franqueza del compañero, sácale á esta señorita la fantasía inglesa. —Pero, si!

— Ahí la tienes debajo de la catalana; y guarda esa hasta que venga alguna lugareña con poco dinero.

— De valde es cara, interrumpe la caprichosa compradora.

— Ciertamente, contesta el principal, añadiendo sotto voce:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

De este modo consiguen vender á doble precio las peores piezas de lela que por esta circunstancia suelen estar las últimas en los almacenes, y la ignorante joven sale muy satisfecha de su fantasía inglesa. Sin notar que en su exótica manía está la verdadera fantasía.

Y ahora que la fantástica niña se retira del almacen, apartamos nosotros la vista de los Chaconás y los sabañones, para preguntar al lonjista de Ultramarinos por aquel comerciante en bruto, que trajimos de Santander, y dejamos en la lonja, haciendo cucuruchos. Pero vétele busca al sobrino de su tío. Apenas descubrió el vasto porvenir que la carrera mercantil le presentaba, se emancipó de la tutela, estableciéndose por sí en la misma calle, no sin haber estudiado antes un año de partida doble en el Consulado. Lo primero que se descubre a la puerta de su casa-lonja, junto á la muestra del algodón y las ballenas, es un farolito de cristal que indica la residencia de los padrones vecinales entre las cajas del café; pero el alcalde de barrio no está sin embargo al mostrador, porque como capitán de la fuerza ciudadana se halla de guardia en el Principal.

En la tienda le esperan varios señores, entre ellos uno que pretende ser diputados a Cortes, y solicita la influencia horteril; otro que le va á ofrecer dos mil duros por una acción en el gran molino de chocolate, y fábrica de azúcar que el lonjista ha establecido en comandita con unos primos suyos; y el resto de personas está compuesto, casi en su totalidad, por agentes de bolsa que acuden á ofrecerle sus trabajos noticiándole las operaciones del dia. Todos estos negocios distraen al lonjista do su primitiva profesión, obligándole á cambiar el mostrador por un magnífico bufete, á poner carretela, traspasando los sacos del arroz por otros tantos lacayos; y si antes tenia á la puerta de su tienda un hombre que vendía buñuelos y le daba conversación á ratos, ahora tiene un aristócrata portero, que niega la entrada á todo el que no lleva dinero, ó lo solicita á un cincuenta por ciento; y últimamente, se pone en pie cuando sale ó entra su señor, y le dá usía mientras sube á la carretela.

Las anécdotas y cuentecillos, andan por la calle. — Chica, se dicen las mugeres del barrio unas a otras, sabes tú de quién es esa casa? — Toma, del mismo que tiene toa la manzana! — Te acuerdas que escurrió andaba en el almacén? parece imposible que dé tanto de sí el bacalao El bacalao es lo de menos, chica! donde está el busilis6 es en el chocolate! —El Chocolate!!!

Y como quiera que el nuevo capitalista, está ya fuera de nuestra tutela, y libre por sus aristocráticas pretensiones del nombre con que le hemos señalado hasta aqui, renunciamos á ser en adelante sus cronistas, y concluimos dando un vistazo, con arreglo á lo ofrecido, por las diversiones horteriles en los dias festivos:

Son las dos de la tarde en verano y se abren tres puertas de la calle de Postas para dar salida á otros tantos dependientes de almacén ; (en estos dias es un poco arriesgado decir Hortera). A este triunvirato mercantil se reúnen dos mancebitos de la calle del Carmen, igual número de la de Toledo, y cuatro ó cinco delegados de otros puntos. Las dos y cuarto son cuando la caravana horleril rompe su marcha atravesando las principales calles de Madrid para dar con las levita-sotanas de sus individuos nada menos que en el real sitio del Retiro, adonde satisfacen su curiosidad, viendo las fieras , y desocupan sus bolsillos echando á los patos unos mendrugos de pan. La puerta de Alcalá los brinda enseguida á dejar la Corte, ofreciéndoles una hermosa pradera donde jugar á los bolos, y en esto ocupan la tarde hasta las cinco, á cuya hora vuelven á sus respectivos almacenes, no sin entrar primero en una botillería cualquiera, para apagar la sed con un cuartillo de leche amerengada, y el hambre con un puñado de bizcochos.

En los domingos y fiestas solemnes del invierno no juegan á los trucos, ni ven las fieras, pero suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

Lo único innegable, pero cuya causa nadie ha podido esplicar aun es la facilidad que tiene toda clase de personas para reconocer á golpe de vista los Horteras. Séase que cuando la ropa no ajusta al cuerpo, índica poca legitimidad de pertenencia en el que la lleva, y que un muchacho de quince años con una levita-sortú que se hizo para un hombre de cincuenta, nunca será otra cosa, sino una máquina que hace andar una levita ; ó bien que los enormes picos de la camisa vayan retozando con el sombrero, y que este tenga tantas pulgadas mas de diámetro cuantas se necesitan para cubrir el cogote ó parte de la oreja. En fin, sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en cuanto se ve alguno con todas ó pairte de esas cualidades, involuntariamente se dice: Ahí va un Hortera!!!

Antonio Flores1


  1. Antonio Flores (Elche, 1818 – Madrid, 1865) Escritor romántico y periodista español. 
  2. Varios Autores, Los españoles pintados por sí mismos, Madrid, I. Boix Editor, 1843. 
  3. El modelo de esta obra es una colección francesa, homónima y muy popular en ese país, publicada entre 1840 y 1842, por Léon Curmer:
    VV. AA., Les Français peints par eux-mêmes (subtitulada “Encyclopédie morale du xixe siècle” a partir del tomo IV), París, ed. Léon Curmer, 1840-1842. 
  4. “L’épicier”, de Honoré de Balzac
    URL: http://www.bmlisieux.com/curiosa/epicier.htm 
  5. DRAE:
    1. m. Beneficio que se obtiene del cambio de la moneda, o de descontar letras, pagarés, etc.
    2. m. Especulación sobre el alza y la baja de los fondos públicos. 
  6. Punto en que se estriba la dificultad del asunto de que se trata. 

La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad

La propiedad de la tierra es una idea paradójica que oscila entre el símbolo y la mercancía, pero en los dos casos tiene un carácter monstruoso. Si la entendemos como signo o emblema de poder, insignia de clan y herencia, entra en la categoría del significante-amo, tal como entiende la psiquiatra feminista Luce Irigaray el símbolo fálico: es decir, cosa de hombres, patrimonio, en tanto el matrimonio es lo propio de las mujeres, hija, esposa, madre. Este significante-amo de la propiedad está santificado en todas las constituciones como un principio sagrado que lleva al filósofo Antonio Negri a hablar de los estados, genéricamente, como la República de la Propiedad. No hay otro principio que haya provocado más crímenes, guerras, alzamientos y rebeliones que este, sin que haya sido nunca abolido, repensado o refundido de forma duradera hasta el presente: es la verdadera alma del capital y sus mercados.

En cuanto a su carácter imposible de mercancía -insólita pues es soporte de todas las demás- Marx lo explicaba integrando la tierra en su relación dialéctica con el movimiento perpetuo del capital donde queda sujeta, junto a todas las demás mercancías, a la noria infernal del valor, el valor de uso, el valor de cambio y la circulación universal del dinero. Así, en los manuscritos de 1844* 1 del pensador alemán, aquí más joven e impetuoso, leemos:

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Es necesario que sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad privada, sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del propietario en su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente material, de cosas; que en lugar del matrimonio de honor con la tierra se celebre con ella el matrimonio de conveniencia, y que la tierra, como el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario que aquello que es la raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca también en su cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el monopolio movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario, por último, que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura del capital, muestre su dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los propietarios mismos, en cuanto que las leyes del movimiento del capital los arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del aforismo medieval nulle terre sans seigneur aparece otro refrán: l’argent n’a pas de Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre los hombres.

El paso de fetiche de poder (nulle terre sans seigneur) de la tierra acotada al de mercancía (l’argent n’a pas de Maître) queda reflejado en las maneras de medirla a través del tiempo. Así, durante siglos (en algunas partes de Europa hasta la misma Revolución Francesa) las superficies agrarias se medían fundamentalmente de dos maneras: por tiempo de trabajo humano y por la cantidad de granos sembrados. Según cuenta Witold Kula 2 en su hermoso y entretenido libro sobre las medidas y los hombres:

(…) desde España hasta Rusia, comprobamos la existencia del sistema de medir la tierra por la cantidad de trabajo humano. Las pequeñas diferencias geográficas o cronológicas (campo de cereales o viñedos, arado de bueyes o de caballos, etc.) tienen importancia secundaria. Lo importante es la identidad de la actitud mental, de la relación del hombre con la tierra. La elección de este principio de medición señala cuál de las numerosas propiedades de la tierra era más importante para el hombre: en este caso la más importante era la cantidad de trabajo que debía dedicarse a la tierra para que esta diera frutos.

Este sistema de medición tuvo una duración poco común en muchas partes de Europa. Aún en los albores de la Revolución Francesa, en uno de los Cahiers de doléances 3 de la región de Bourges, encontramos la siguiente definición: “el arpent no se mide en varas o pies, sino en journées, es decir, es decir, en los campos que pueden ser arados por un hombre en el transcurso de un día; según las costumbres locales, un arpent de tierra es igual a 16 journées“.

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La sustitución universal de estas maneras de medir por el sistema métrico preparaba, con su pretensión de progreso y razón enarbolada por la Revolución Francesa, en realidad, un cambio de actitud mental en la relación del hombre con la tierra que mencionaba Kula. Medir la superficie con los días que tardaba un hombre en ararla era atender a las dificultades del relieve, a la calidad de la tierra, a su apelmazamiento y considerar, por tanto, que dos propiedades consideradas iguales si las medimos en hectáreas, no lo son -como nos dice el sentido común- calculadas en tiempo de trabajo. Además había un presentimiento en esa manera secular de medir, de que, como aprendimos de Marx, es el trabajo (socialmente necesario) el que otorga su valor a las mercancías.

Una de las consecuencias desdichadas del sistema métrico aplicado a la medición de superficies agrarias la tenemos en las ayudas de la UE a los terratenientes, lo que se conoce como PAC, regalías económicas cuyo cálculo se basa solo en el número de hectáreas que posee el latifundista. A este propósito, la ilustrada revista La Marea se hacía eco este mes de julio pasado de un informe elaborado por los sindicatos andaluces SOC y SAT, bajo el llamativo título de 80 familias acaparan 100 millones de euros de la PAC en Andalucía de que:

Las 80 familias (entre ellas sólo algunas empresas) que acumulan más tierras cultivables en Andalucía percibieron en 2013 casi 100 millones de euros en concepto de ayudas europeas directas de la Política Agraria Común (PAC), sólo por ser propietarias (a los que hay que sumar otras ayudas de la PAC, a las que muchas de ellas pueden optar)

El grupo de ayudas directas de la PAC al que se acogen estos propietarios se destina a bonificar a los propietarios de tierras cultivables sin exigir a los terratenientes contrapartidas ni de producción ni de generación de empleo.

Los efectos de este sistema de ayudas en Andalucía se evidencian en el hecho de que 70 de los 80 propietarios que más cobran son familias. La familia Mora-Figueroa, fundadora de Rendelsur, la compañía embotelladora y distribuidora de Coca-Cola en Andalucía, encabeza el ranking de cobro de estas ayudas, con más de 6 millones de euros en 2013. De esos 70 apellidos familiares, al menos 13 ostentan títulos nobiliarios. Le corresponde a la Duquesa de Alba el primer puesto entre la aristocracia, y el quinto del ranking general en este apartado de las ayudas.

Al menos tres de los siete andaluces que figuran en la relación de personas más ricas de España en la última edición de la revista Forbes ocupan los primeros puestos del ranking de percepción de ayudas de la PAC: la Duquesa de Alba, Ramón Mora Figueroa, y Nicolás Osuna (de Inmobiliaria Osuna).

[…]

La PAC es la mayor política de ayudas de la UE. Absorbe el 40% de todo el presupuesto de la Unión.

Las ayudas permiten a muchos propietarios optar por mantener las tierras sin cultivar, lo que supone dejar sin trabajo a muchos jornaleros, ya que esos 80 propietarios concentran en sus manos la propiedad de casi un cuarto de millón de hectáreas, una gran parte de la superficie cultivable de Andalucía. La única contrapartida que la UE pide a estos propietarios es la observancia de ciertas compensaciones medioambientales, que en la práctica se traducen en mantener limpios de matorrales los campos para evitar incendios.

Ese dinero contante y sonante que reciben los terratenientes se calcula, decíamos, por hectáreas, todas iguales: cultivadas o no, dando trabajo o sin darlo, con inversiones de mejora y sin ellas… La UE ha subvencionado -y condenado- de siempre productos agrícolas, por intereses relacionados con el intercambio comercial mundial -no por ningún afán altruista de mantener vivo el medio campesino- como ha hecho durante décadas con la remolacha azucarera. Pero no es el caso, no explica este estipendio que yo solo puedo entender como un sustituto político contemporáneo de la vieja renta que -de nuevo Marx- el terrateniente recibía por la cesión de sus tierras al aparcero y al capital, su participación en el valor que estas generaban.

Las propiedad privada de la tierra siempre ha sido necesaria para el movimiento constante del capital. Porque es el soporte de la vida que depreda: alimentos, agua, metales, energía… La especulación con los precios de los alimentos, en esos siniestros mercados de futuros (Adrián Calvo, en su blog, explica muy bien qué son y cómo funcionan) es la cínica compostura de su financiarización. Sería posible pensar también, dadas las inversiones millonarias en tierras que se están realizando hace tiempo en África o América, por parte de multinacionales -de motu proprio o en representación de sus gobiernos- , que las dádivas de euros por hectáreas en la catalexia europea no sean sino otra manera de asegurar las grandes propiedades que ya existen, mediante esta renta atípica, en previsión de hambrunas futuras o de una venidera sed de agua universal…

Sea como sea, el significante-amo de la propiedad de la tierra forma parte ya de nuestro imprinting mental, como sus herencias o repartos, y resulta muy difícil ya imaginar otro estado de cosas, salvo que reparemos, desde nuestra distancia, en las comunidades indígenas que, a lo largo y ancho del continente americano, resisten y luchan por mantener la explotación común del campo y las aguas. El mismo Marx, en sus prácticamente desconocidas notas en el Cuaderno Kovalevsky 4 ( al decir de García Linera: “La obra de Kovalevsky está dividida en tres partes. La primera trata acerca de la propiedad en las culturas de caza y pesca en el nuevo mundo, y sobre las formas de control de la tierra de los españoles en las partes conquistadas de América.”), trató de una manera novedosa la distinción entre propiedad y posesión de la tierra:

En los Cuadernos Kovalevsky, esta distinción se hace más tajante, por cuanto Marx da cuenta de la imposibilidad de aplicar el mismo concepto de “propiedad” usado en Europa, para estudiar sociedades en donde la tierra no puede ser alienada (vendida). Cambiando sistemáticamente los títulos de Kovalevsky en los que se habla de “propiedad” por “posesión”, Marx prefería hablar de la comunidad como “dueña” de las tierras, y de los individuos trabajadores como “poseedores” de ella.

Esto que parece una disquisición teórica tan lejana, se incorpora, sin embargo, a las rebeliones campesinas andaluzas de finales del siglo XIX y comienzos del XX que tuvieron, como se sabe, una impronta anarquista tan poderosa. Díaz del Moral, el notario cordobés autor de una ejemplar historia de esas luchas campesinas 5, usa los dos conceptos cuando discute la vieja aspiración al reparto de tierras, considerándolo falsamente libertario. Lo volvemos a encontrar en las actas de consitución del sindicato CNT, en el que los ponentes usan cuidadosamente siempre “poseer” y “posesión”…

Termino con una proclama emocionante (distópica y ucrónica, tal vez, en esta Europa que presencia indiferente le final del campesinado) de unas Memorias del V Congreso Nacional de Agricultores (Zaragoza, 22 de mayo de 1917) que reclama la tierra por donde menos esperaríamos: ¡por la Ley de la Gravedad!

El propietario, que pretextando su exclusivo derecho, priva del uso de la tierra a sus semejantes que, tanto como él o más que él, la necesitan para cultivarla, comete, además de un despojo, una barbaridad inconcebible, porque se opone a la Ley de la Gravedad que nos atrae de una forma irresistible hacia la corteza terrestre, y de la cual ya no podrá nunca separarnos por muchos pretendidos derechos que invoque; ¡que no está al alcance de su estúpida pretensión el variar el curso de la naturaleza!


  1. Marx, Karl, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, URL: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm#1-3 [man1] 
  2. Kula, Witold, Las medidas y los hombres, Madrid, 1980 (primera reimpresión, 2012), Siglo XXI de España Editores . 
  3. Los cuadernos de quejas (en francés: Cahiers de doléances ) fueron unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa encargada de elegir a los diputados en los Estados Generales rellenaban con peticiones y quejas. Aunque eran usados desde el Siglo XIV los más famosos son los de 1789, por su importancia en la Revolución Francesa. 
  4. García Linera, Álvaro, Introducción al Cuaderno Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
    Extracto en URL: http://es.scribd.com/doc/72278664/1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky [1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky] (Álvaro García Linera, vicepresidente del gobierno boliviano, es el único -hasta donde se me alcanza, que ha leído este cuaderno de anotaciones de Marx y que ha publicado en español la única glosa interpretativa de lo que hay en él) 
  5. Díaz del moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928) 

La culpa y el poder simbólico

Apenas pasados unos días de los fastos retóricos que tuvieron lugar con la forzada comparecencia parlamentaria del presidente del Gobierno, en plena canícula de julio, ya empezaron a leerse en los Medios sondeos y encuestas sobre la opinión de los españoles, particularmente -como es natural- sobre intenciones de voto y puntuaciones escolares de los principales partidos políticos y de sus cabezas de cartel. Lo que allí se leía era bastante previsible, como siempre lo es: los dos grandes partidos de la Restauración, PP y PSOE bajaban aún más en la estima pública, aunque sin exagerar; los dos más pequeños, pero que andaban sacando más nota desde hacía tiempo y gozando de una mayor confianza y favor social, IU y UpyD, seguían haciéndolo, aunque sin que fuera la cosa escandalosa ni muy llamativa; los grupos nacionalistas históricos de Cataluña y el País Vasco seguían más o menos contando con la vieja fidelidad de sus electores y los partidos pequeñitos, como EQUO, seguían siendo muy pequeñitos aun con la esperanza de un lugar al sol en el Parlamento, a regañadientes del dictum severo y bismarquiano de nuestra ley electoral y el impío cálculo de los restos ideado por Victor d’Hondt, adoptado por los cautelosos patres conscripti1 de nuestra Constitución.work-buy-consume-die-graficanera-NO-COPYRIGHT

Decía antes que eran previsibles esas declaraciones, en mayor o menor medida mentirosas, del mismo modo que son previsibles las preguntas de los encuestadores. Y es que la previsibilidad es la condición fundamental que las ciencias sociales y los estados esperan del comportamiento y organización de las sociedades humanas bajo su cuestodia. Desarrollemos esa idea: en estos mismos meses estivales apareció en el diario El País un artículo de Javier Solana escrito a la vuelta de su estancia en Irán, adonde había asistido, junto a otros ex ministros de Exteriores, como invitado a la jura del nuevo presidente iraní de Hasan Rohani ante el Parlamento de su país. En su reflexión, llena de buenas sensaciones políticas ante el devenir de Irán con su nuevo líder (un clérigo moderado, por decirlo, según es uso y costumbre, con ese enojoso, repetido y malintencionado epíteto de la neolengua), Javier Solana confirmaba su esperanza en que Irán se convirtiera, de la mano de Rohani, en un estado con un comportamiento predictible.

La predictibilidad, como opuesto complementario que es de la incertidumbre, es, pues, la condición más preciada de la vida de los estados que pretende, por su naturaleza, reducir a mínimos los riesgos del azar y del futuro inaugurando así el tiempo plano, el eterno retorno de lo mismo, a que ha quedado reducida la vida humana bajo el imperio de las democracias mercantiles. Predictibilidad que garantiza la paz mentida de los estados occidentales, el correcto funcionamiento de créditos y seguros -que necesitan la previsibilidad en el comportamiento de los pagadores- o la ausencia de sustos o trastornos azarosos en los fastos electorales y en la reglada vida en común de las ciudades. Es esto, realmente, lo más sorprendente: cómo la gente, incluso en periodos de guerra o agitación social, sigue las pautas y rutinas habituales y predecibles, levantarse a la hora del trabajo, hacer un stop en un cruce, comprar el pan, abrir el grifo o ir a votar cuando Dios manda. En contra de la propaganda y persuasión estatales, que insiste continuamente en el desorden, el caos y la violencia de todos contra todos -lo que es natural: justifican la existencia de los estados-, lo que sucede es justamente lo contrario: que prácticamente todo el tiempo la vida social transcurre por sus predecibles pasos contados.

Por todo ello, una de las preguntas más inquietantes que debemos hacernos es la que se hacía el filósofo -que tanto tiene aún que decir a nuestro mundo- David Hume: «Nada hay más sorprendente, para quien observa los asuntos humanos con una mirada filosófica, que ver la facilidad con la que la mayoría es gobernada por tan pocos, observar la sumisión implícita con la que los hombres abdican de sus propios sentimientos y pasiones en favor de los de sus gobernantes»2. Sorpresa que podemos actualizar en la mansedumbre con que la mayoría social de las sociedades europeas sobrellevan el proceso acumulativo de expropiación de bienes y riqueza común que sufrimos desde hace ya casi una década. Aunque está por ver el resultado de la implosión social y política de nuestro mundo, lo que sí es constatable y chocante es la ausencia de una explosión abierta, al menos urbana, y una rebelión comunitaria de las clases subalternas frente a tal proceso.

me-siento-observado1La respuesta no puede estar más que, como vio de forma tan clara Pierre Bordieu, en que las relaciones que establecen los estados con sus ciudadanos no son solo relaciones de fuerza sino, y fundamentalmente, relaciones simbólicas. Es el poder simbólico sobre las conciencias individuales (el filósofo francés habla incluso de un «proceso histórico de acumulación simbólica» paralelo al de la acumulación de capital, que pasó desapercibido a Marx) lo que nos ayuda a entender el increíble poder anestésico de los estados contemporáneos, la llamativa mansedumbre social que reina en nuestras sociedades. Es ese poder simbólico el que queda delatado en el lenguaje performativo dominante en la clase política actual («España es un gran país y saldrá de la crisis», «Gibraltar español», «Ya estamos saliendo de la recesión…», «Debemos sacrificarnos por un futuro mejor», «No se pueden subir impuestos a las empresas porque, si no, no crearán puestos de trabajo», etc.) tanto como en la sublimación fetichista de los éxitos deportivos o en el sentimiento de culpa colectiva (fuimos derrochones) que sólo tiene cumplimiento en la expiación correspondientes (tenemos que ser austeros). Es con esto que acabamos:

la-culpabilidad-1Contaba Slavoj Zizeck en una entrevista: «Aquí en Zurich, compré un paquete de golosinas caras, empaquetadas herméticamente, hay que comerlas muy frescas, y me reí mucho al abrir el paquete, pues decía: “Sofort Geniessen!” (“Disfrútelas en seguida!”) Eso es ideología hoy. Literalmente, lo escucho una y otra vez de psicoanalistas: las personas tienen sentimientos de culpa, no porque tengan deseos prohibidos, como antes, cuando los homosexuales sentían culpa, no: las personas se sienten culpables porque no son capaces de disfrutar» Ese es el pecado original -literalmente, la ideología de hoy, como decía Zizeck- de la clase-masa predominante, la de los consumidores frustrados. Y para ese previsible pecado, como para todos los pecados originales -bien lo sabemos- no hay bautizo que lo expíe para siempre sino, en todo caso lo único que hay, para aliviar y hace más llevadera la culpa, lo que nos queda solo es el cumplimiento de la penitencia diaria en este infierno anticipado en que se ha convertido nuestra vida.

1 Los patres conscripti eran los 100 patricios elegidos sin alternativa, de ahí el nombre con que se les conocía, en el primitivo Senado romano.

2 La cita, traducida por mí, proviene del libro Sur l’État, de Pierre Bordieu, París, 2012, pág. 257.

Los mundos pequeños de la economía (segunda parte)

Seguimos con los mundos pequeños de la economía. En estas dos semanas que han transcurrido desde que, en la anterior entrada, dedicada a la defensa y reclamo de una renta básica universal, dejé medio comprometido seguir hablando sobre el cooperativismo…, en ese ínterin, decía, me he ido cruzando con noticias que nos contaban cómo la Corporación Mondragón -una red de cooperativas que es, por su volumen de negocios y empleo, el primer grupo empresarial vasco, el décimo de España y el noveno mayor conglomerado de cooperativas del mundo- acudía en ayuda de Fagor, la vieja empresa de electrodomésticos, madre nutricia, además, del grupo actual inmersa hoy en una crisis profunda, con un fondo de 70 millones de euros aportados por las demás cooperativas del grupo y, por tanto, por los propios trabajadores-socios.

Los mundos pequeños de la economía: cooperar Así que empecemos por aquí esta segunda parte de nuestra reflexión, aunque criticando en seguida, como verá el lector, que el cooperativismo solo consiga visibilidad en los Medios cuando, como ahora, se buscan ejemplos alternativos dentro del sistema: es decir, estructuras empresariales resistentes a la crisis, modelos de producción y negocio que sigan vendiendo sus mercancías, manteniendo puestos de trabajo, sin interés alguno por la filosofía social de que nacen estos modelos empresariales híbridos. Es el caso de esta enorme corporación, cuyas cifras realmente apabullan: 110 cooperativas relacionadas con el sector  de los componentes industriales, los electrodomésticos o los servicios, que mantiene más de ochenta y tres mil empleos. Su filosofía es común en las redes de empresas cooperativas: las rebajas de salario son consensuadas por los socios-trabajadores, guardando proporcionalidad entre los que más ganan y los que menos, reubicación de los puestos de trabajo en otras empresas del grupo, reorientación de los negocios o las sedes físicas del as empresas a otros países, mantenimiento o aumento de los fondos dedicados a investigación, etc. Una capacidad de adaptación al nuevo capitalismo, en resumen, junto a su resistencia al despido de trabajadores que las han convertido en epónimas en estos tiempos tan desdichados para la clase obrera.

Algunas, como Mol Matric -una cooperativa cuyo origen fue una quiebra tras la que, hace 30 años, quedó la empresa en manos de sus trabajadores; he conocido muchos casos así, todos en Cataluña- han ideado sistemas ingeniosos para los baches en que no hay trabajo: los bancos de horas, que suponen que los trabajadores se van a casa mientras dura la caída, pero siguen cobrando; cuando las circunstancias del negocio mejoran, a cambio, devuelven esas horas de trabajo extra a la empresa. En otros casos, como sucede por lo que sé con las cooperativas del barrio de Sants, en Barcelona, las cooperativas cumplen también una  función de vertebración social de la vida vecinal. Los mundos pequeños de la economía: cooperar mejor que competirEl trabajo cooperativo, aún sometido a las fieras leyes de la acumulación de capital, la peligrosa financiarización del actual capitalismo o a las vergonzosas leyes laborales y de retiro vigentes, tienen la vieja virtud del modelo mixto de co-gestión empresarial (el trabajador participa en la toma de decisiones y participa del reparto de beneficios) que era el de la primera, y desaparecida, socialdemocracia europea -aunque aún sobrevive, si bien a duras penas, en la denostada Alemania- y el encanto inmarchitable del asociacionismo y el apoyo mutuo.

En mis recuerdos asociados al nacimiento del SOC pervive la ilusión con que viví el nacimiento de algunas cooperativas ganaderas -una hacía unos quesos buenísimos- en la Campiña de Sevilla (ahí sigue el empeño de la pequeña y gran Marinaleda, con sus cooperativas agrícolas) o la admiración con que Fernando Álvarez Palacios -que fue presidente de la Federación de Cooperativas de Andalucía- me hablaba de un taller que había visitado en Italia donde fabricaban unas humildes tuercas de no sé qué, pero que vendían por todo el mundo; para demostrarlo, me enseñaba un tríptico a todo color con las virtudes de la dichosa tuerca traducidas a cuatro idiomas… Tengo un amigo cooperativista, en la deprimida cuenca minera del Tinto, que me contaba también, para mi admiración, que en el taller del que es socio y trabajador, todos se habían comprometido hace tiempo a hacer una comida familiar periódica, en los mismos aledaños del taller, para que esa convivencia en el mismo tajo les ayudara a superar rencillas o malos rollos y a no olvidar, así, la relación social, amistosa y familiar, más allá de la laboral, entre los miembros de la cooperativa.

La expresión “mundos pequeños” con que he titulado esta mini serie está tomada de un experimento sociológico 1 llevado a cabo por el antropólogo John Barnes que, tras dos años de convivencia en una pequeña isla noruega, descubrió que, junto a las relaciones administrativas y económicas “oficiales”, existía un tejido de relaciones informales de distintas naturalezas que encerraba en su tela de araña a todos los habitantes de la isla. Es posible, sería deseable que, mientras tanto somos capaces de zafarnos del nihilista modo de producción y vida capitalista, con un trenzado de mundos pequeños económicos y, por ende, políticos, simbólicos y sentimentales, consiguiéramos crear un tejido social alternativo -una red, como se dice en la neolengua- que, junto al desestimiento del existente, sine ira et studio, terminara por sustituirlo, en un palimpsesto revolucionario, y que, mediante la ocupación de la economía real, pudiéramos recuperar y recrear de nuevo el mundo humano habitable y compartido, cooperativo en un sentido radical, del que estamos siendo desposeídos desde hace siglos con tan ignominiosas violencias y maneras.

Los mundos pequeños de la economía, mientras tanto…

Cuesta entender cómo tópicos tan profundamente falsos como que la economía se puede separar de la política o que una política económica como la actual tiene un carácter neutro y pretende el bienestar de todos arraigan de forma tan profunda en las creencias de la gente. Pero es así, a pesar de tantas evidencias. Economistas nada revolucionarios como Galbraith ya explicaron que la economía no existe aparte de la política y “es de esperar que siga siendo así en el futuro”.

Pero no ha sido así. Daniel Raventósrenta-básica, el presidente de la Red Renta Básica, defendiendo en un inteligentísimo artículo 1 la necesidad de tal salario universal, que garantizaría las necesidades materiales de toda la población, cita un ejemplo muy claro sobre esta inseperabilidad entre política y economía: la ley Glass-Steagall, vigente de 1933 a 1999 en EE. UU., que obligaba a separar los bancos de depósitos de los bancos de inversión, configuró unos mercados financieros totalmente diferentes de los que acondicionó la ley Glamm-Leach-Bliley, que le sucedió y que anuló esa separación. Dos medidas políticas: la segunda ha hecho posible la debacle de Lehman Brothers; con la primera no habría tenido lugar.

Un política económica se diseña para beneficiar a una clase social o a otra y esta que sufrimos se ha configurado desde hace años para beneficiar a los ricos, pero haciéndose pasar por la única posible, justificándose en la necesidad (a partir de una propaganda intensa y continua en la que, por ejemplo, la contención del déficit público se ha hecho pasar por algo de sentido común, como ha denunciado muchas veces el activo Paul Krugman) y en la promesa de un futuro mejor. Como ese futuro mejor, tras el heroico austericidio, no va a llegar, más vale que, mientras tanto, vayamos observando los “mundos pequeños” de la economía que, en palimpsesto, pueden estar transformando, sin pedir permiso ni esperar al futuro, muchas más cosas de las que podríamos imaginar.

La propuesta de la renta básica es una de ellas. De ser acusada de utopía disparatado cuando nació, como idea, en pequeños reductos universitarios, ha pasado a considerarse seriamente en ámbitos mayores, tanto académicos como políticos y, va calando en la gente del común gracias a los corros asamblearios como los del 15M. En un mundo que escamotea el trabajo y que agujerea sin piedad las redes de protección social, un salario básico universal sin distinción de edad, sexo o condición social, que satisfaga las necesidades materiales de todo el mundo, empieza a ser considerada como una propuesta “razonable”. Basta recordar que su reivindicación ha sido oída muchas veces en las manifestaciones de este Primero de Mayo, es decir, ha adquirido carta de naturaleza política y sindical.

renta-basica2Y no sólo eso, sino que no es sólo una idea, sino que es real nada menos que en Alaska, donde desde 1982, todo el mundo, tenga o no trabajo y con la edad o sexo que sea, recibe una renta básica anual, de 676 euros en 2012 -en algún año, según Mariana Vilnitzky en la revista que citamos al pie, ha llegado a ser de 2.000 euros. La persona más vieja que la recibió tenía 107 años antes del 31 de diciembre de ese año; la más joven, había cumplido minutos antes de las campanadas. Una familia media, con cinco hijos, recibió 3.380 euros. A estos ingresos universales se les considera -hablamos de EE. UU., al fin y al cabo- un dividendo a cuenta de una corporación pública de Fondos, cuyo dinero proviene fundamentalmente del petróleo y de inversiones en cualquier lugar del mundo. La autora del reportaje cita el testimonio de una trabajadora de la hostelería que le aseguraba que muchísima gente guardaba esos ingresos para la universidad, gastos sanitarios (la sanidad americana es privada y cara) o a la caridad…

La versatilidad, fuerza y atractivo de esta idea (tal vez una de las últimas revoluciones posibles) que acabaría con el intrincado laberinto de pensiones, asistencias y ayudas -estatales, autonómicas o locales-, torpes puestas al día de las viejas “leyes de pobres” inglesas, tiene una gran dificultad práctica, claro está: requeriría de una reforma fiscal profunda y cabal y tendría enfrente a los aguerridos defensores del privilegio y la propiedad. Pero sus potencialidades son impresionantes. Daniel Raventós las explica con sencillez: paliar los efectos del desempleo, fomentando la autoocupación y el trabajo cooperativo; la mitigación de la pobreza;la recuperación de la identidad y capacidad de lucha y resistencia obreras. Estaría más cerca el ideal aristotélico del hombre con tiempo y dignidad para re-emparentar su vida con la filosofía o al arte, toda vez que la lucha cotidiana por el pan desaparecería.

En otra entrada seguiremos con estos mundos pequeños, otras tantas muestras de autoorganización y de la resistencia real a los desaguisados del capitalismo desembridado que padecemos. Muy en particular nos detendremos en el movimiento cooperativista que, aparte de mostrar una capacidad de resistencia y adaptabilidad muy serias frente a la bajada del consumo, la exportación y los despidos, está adquiriendo una vitalidad urbana y una capacidad de vertebración de los barrios muy notable. También hablaremos de las redes de apoyo mutuo o bancos de intercambio de tiempo, a lo que veo, también muy vivas y activas o de las sugerencias, nada disparatadas, de Attac. en torno a una posible reindustralización del país, que, al fin y al cabo, nunca llevamos a cabo como el dios de los tiempos mandaba. De modo que así quedamos y nos emplazamos, paciente lector.