Los futuros del hambre

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ella, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelve sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra, a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso.

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Lourdes Benavides, responsable de Justicia Económica de Intermón Oxfam (Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Según cuentan (por ejemplo, BBC Mundo aquí), la reducción a la mitad el número de personas que pueden acceder a agua corriente tratada es el primer Objetivo del Milenio que se ha conseguido. Un alivio; aunque pasajero: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, con derivados financieros: enseguida intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

El protagonista de esta novela menor de Bellow se llama Wilhelm, es un actor fracasado, divorciado y arruinado que acaba invirtiendo 700 dólares -el único dinero que le queda- en acciones de mantecas de cerdo (y no en cereales, que era su primera intención) por consejo de un lunático psiquiatra, el doctor Tomkin, que presume de la naturaleza científica de la inversión en bolsa. Yo me quedé sorprendido al leer, por ejemplo, la respuesta de Tomkin a la nerviosa petición de Wilhelm de acudir a la bolsa a primeras horas de la mañana: «Pero hombre, si ni siquiera son las nueve (…). En cualquier caso le digo que la manteca va a subir, y subirá. Se lo prometo. He hecho un estudio del ciclo culpabilidad-agresividad que hay detrás de todo esto. (…) Pero entre tanto esta semana nos han dado una buena tunda -observó Wilhelm- ¿Se fía usted completamente de su corazonada?» Y le responde Tomkin: «A mí la tunda me la han dado en pieles y café. Pero tenga confianza. Estoy seguro de que acabaré acertando». En esta novela entendí yo, traducido a un contexto cotidiano, lo que se llamó «capitalismo popular» desde la era Tatcher y que se nos presentaba a los europeos como el nuevo paradigma de la sociedad neoliberal que se inauguraba. Muchos de los lectores recordarán más tarde, en esta España de los frutos tardíos, la invitación que se nos hacía a los españoles, en los años neoliberales de Aznar, a invertir en bolsa nuestros ahorros, sin ningún complejo.

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¿Qué impacto tuvieron los precios globales de los alimentos en la grave crisis en Somalia, Kenia o Etiopía? Decenas de miles de personas han fallecido en Somalia como consecuencia del hambre, cuatro millones están aún en situación de riesgo y necesidad de asistencia a lo largo y ancho de toda la región.(Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Después descubrí que no sólo existe ese mercado de derivados agrícolas en el Chicago de Bellow, sino que, en Europa, hay tres grandes bolsas donde se especula con «futuros» de materias primas cuyas cotizaciones dan lugar a grandes beneficios: las de Londres, París y Fráncfort. Antes de que la financiarización galopante del capitalismo que padecemos lo pervirtiera, los contratos de futuros eran una práctica común y beneficiosa para los agricultores, que podían asegurar de este modo el precio de sus cosechas con antelación, frente a las contrariedades imprevisibles del azar. La especulación con el futuro, por otro lado, es intrínseca a la economía capitalista: recuerde el lector la «t» de las reglas del interés que aprendíamos en el colegio (también los estados, naturalmente, manejan el futuro como un dato inmediato de la realidad que nos construye: hoy mismo se puede leer en la prensa que el Tribunal Supremo ruso ha dictado una sentencia en la que prohíbe las convocatorias del «Día del Orgullo Gay» ¡durante 100 años!)

Como quiera que últimamente aumenta la frecuencia de noticias sobre la subida alarmante de precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales o el mismo maíz norteamericano, hasta el punto de que -aunque discretamente, como siempre- obligó al Grupo de los 20 a convocar un reunión extraordinaria hace poco para examinar la situación, voy a intentar explicarle al lector, en la medida en que pueda saber hacerlo, qué siniestra relación hay entre estas bolsas de futuros, el precio de los alimentos y el hambre creciente en el mundo.

En primer lugar, lo más llamativo y gordo: según el Instituto Internacional de Política Alimentaria, desde 2006 a 2009, entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras agrícolas en los países pobres han sido objeto de transacciones o adquisiciones por países extanjeros (el caso de China ha sido el más citado, pero hay muchos más, entre ellos, países europeos), lo que es equivalente a la quinta parte de todas las actuales tierras agrícolas de la Unión Euorpea. Según Vicente Verdú (La hoguera del capital, p. 129), «esto coincide, de acuerdo con L’Economist (23-5-2009), con el aumento del índice de precios de los alimentos en un 78 por ciento, y con que algunos productos como la soja y el maíz subieran en un 130 por ciento». La relación parece clara.

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