Los mundos pequeños de la economía (segunda parte)

Seguimos con los mundos pequeños de la economía. En estas dos semanas que han transcurrido desde que, en la anterior entrada, dedicada a la defensa y reclamo de una renta básica universal, dejé medio comprometido seguir hablando sobre el cooperativismo…, en ese ínterin, decía, me he ido cruzando con noticias que nos contaban cómo la Corporación Mondragón -una red de cooperativas que es, por su volumen de negocios y empleo, el primer grupo empresarial vasco, el décimo de España y el noveno mayor conglomerado de cooperativas del mundo- acudía en ayuda de Fagor, la vieja empresa de electrodomésticos, madre nutricia, además, del grupo actual inmersa hoy en una crisis profunda, con un fondo de 70 millones de euros aportados por las demás cooperativas del grupo y, por tanto, por los propios trabajadores-socios.

Los mundos pequeños de la economía: cooperar Así que empecemos por aquí esta segunda parte de nuestra reflexión, aunque criticando en seguida, como verá el lector, que el cooperativismo solo consiga visibilidad en los Medios cuando, como ahora, se buscan ejemplos alternativos dentro del sistema: es decir, estructuras empresariales resistentes a la crisis, modelos de producción y negocio que sigan vendiendo sus mercancías, manteniendo puestos de trabajo, sin interés alguno por la filosofía social de que nacen estos modelos empresariales híbridos. Es el caso de esta enorme corporación, cuyas cifras realmente apabullan: 110 cooperativas relacionadas con el sector  de los componentes industriales, los electrodomésticos o los servicios, que mantiene más de ochenta y tres mil empleos. Su filosofía es común en las redes de empresas cooperativas: las rebajas de salario son consensuadas por los socios-trabajadores, guardando proporcionalidad entre los que más ganan y los que menos, reubicación de los puestos de trabajo en otras empresas del grupo, reorientación de los negocios o las sedes físicas del as empresas a otros países, mantenimiento o aumento de los fondos dedicados a investigación, etc. Una capacidad de adaptación al nuevo capitalismo, en resumen, junto a su resistencia al despido de trabajadores que las han convertido en epónimas en estos tiempos tan desdichados para la clase obrera.

Algunas, como Mol Matric -una cooperativa cuyo origen fue una quiebra tras la que, hace 30 años, quedó la empresa en manos de sus trabajadores; he conocido muchos casos así, todos en Cataluña- han ideado sistemas ingeniosos para los baches en que no hay trabajo: los bancos de horas, que suponen que los trabajadores se van a casa mientras dura la caída, pero siguen cobrando; cuando las circunstancias del negocio mejoran, a cambio, devuelven esas horas de trabajo extra a la empresa. En otros casos, como sucede por lo que sé con las cooperativas del barrio de Sants, en Barcelona, las cooperativas cumplen también una  función de vertebración social de la vida vecinal. Los mundos pequeños de la economía: cooperar mejor que competirEl trabajo cooperativo, aún sometido a las fieras leyes de la acumulación de capital, la peligrosa financiarización del actual capitalismo o a las vergonzosas leyes laborales y de retiro vigentes, tienen la vieja virtud del modelo mixto de co-gestión empresarial (el trabajador participa en la toma de decisiones y participa del reparto de beneficios) que era el de la primera, y desaparecida, socialdemocracia europea -aunque aún sobrevive, si bien a duras penas, en la denostada Alemania- y el encanto inmarchitable del asociacionismo y el apoyo mutuo.

En mis recuerdos asociados al nacimiento del SOC pervive la ilusión con que viví el nacimiento de algunas cooperativas ganaderas -una hacía unos quesos buenísimos- en la Campiña de Sevilla (ahí sigue el empeño de la pequeña y gran Marinaleda, con sus cooperativas agrícolas) o la admiración con que Fernando Álvarez Palacios -que fue presidente de la Federación de Cooperativas de Andalucía- me hablaba de un taller que había visitado en Italia donde fabricaban unas humildes tuercas de no sé qué, pero que vendían por todo el mundo; para demostrarlo, me enseñaba un tríptico a todo color con las virtudes de la dichosa tuerca traducidas a cuatro idiomas… Tengo un amigo cooperativista, en la deprimida cuenca minera del Tinto, que me contaba también, para mi admiración, que en el taller del que es socio y trabajador, todos se habían comprometido hace tiempo a hacer una comida familiar periódica, en los mismos aledaños del taller, para que esa convivencia en el mismo tajo les ayudara a superar rencillas o malos rollos y a no olvidar, así, la relación social, amistosa y familiar, más allá de la laboral, entre los miembros de la cooperativa.

La expresión “mundos pequeños” con que he titulado esta mini serie está tomada de un experimento sociológico 1 llevado a cabo por el antropólogo John Barnes que, tras dos años de convivencia en una pequeña isla noruega, descubrió que, junto a las relaciones administrativas y económicas “oficiales”, existía un tejido de relaciones informales de distintas naturalezas que encerraba en su tela de araña a todos los habitantes de la isla. Es posible, sería deseable que, mientras tanto somos capaces de zafarnos del nihilista modo de producción y vida capitalista, con un trenzado de mundos pequeños económicos y, por ende, políticos, simbólicos y sentimentales, consiguiéramos crear un tejido social alternativo -una red, como se dice en la neolengua- que, junto al desestimiento del existente, sine ira et studio, terminara por sustituirlo, en un palimpsesto revolucionario, y que, mediante la ocupación de la economía real, pudiéramos recuperar y recrear de nuevo el mundo humano habitable y compartido, cooperativo en un sentido radical, del que estamos siendo desposeídos desde hace siglos con tan ignominiosas violencias y maneras.

  1. Lo menciona Ígor Martineche, a quien también debo la expresión, en un análisis que publica la revista Alternativas Económicas en su número de mayo

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