La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad

La propiedad de la tierra es una idea paradójica que oscila entre el símbolo y la mercancía, pero en los dos casos tiene un carácter monstruoso. Si la entendemos como signo o emblema de poder, insignia de clan y herencia, entra en la categoría del significante-amo, tal como entiende la psiquiatra feminista Luce Irigaray el símbolo fálico: es decir, cosa de hombres, patrimonio, en tanto el matrimonio es lo propio de las mujeres, hija, esposa, madre. Este significante-amo de la propiedad está santificado en todas las constituciones como un principio sagrado que lleva al filósofo Antonio Negri a hablar de los estados, genéricamente, como la República de la Propiedad. No hay otro principio que haya provocado más crímenes, guerras, alzamientos y rebeliones que este, sin que haya sido nunca abolido, repensado o refundido de forma duradera hasta el presente: es la verdadera alma del capital y sus mercados.

En cuanto a su carácter imposible de mercancía -insólita pues es soporte de todas las demás- Marx lo explicaba integrando la tierra en su relación dialéctica con el movimiento perpetuo del capital donde queda sujeta, junto a todas las demás mercancías, a la noria infernal del valor, el valor de uso, el valor de cambio y la circulación universal del dinero. Así, en los manuscritos de 1844* 1 del pensador alemán, aquí más joven e impetuoso, leemos:

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Es necesario que sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad privada, sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del propietario en su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente material, de cosas; que en lugar del matrimonio de honor con la tierra se celebre con ella el matrimonio de conveniencia, y que la tierra, como el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario que aquello que es la raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca también en su cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el monopolio movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario, por último, que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura del capital, muestre su dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los propietarios mismos, en cuanto que las leyes del movimiento del capital los arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del aforismo medieval nulle terre sans seigneur aparece otro refrán: l’argent n’a pas de Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre los hombres.

El paso de fetiche de poder (nulle terre sans seigneur) de la tierra acotada al de mercancía (l’argent n’a pas de Maître) queda reflejado en las maneras de medirla a través del tiempo. Así, durante siglos (en algunas partes de Europa hasta la misma Revolución Francesa) las superficies agrarias se medían fundamentalmente de dos maneras: por tiempo de trabajo humano y por la cantidad de granos sembrados. Según cuenta Witold Kula 2 en su hermoso y entretenido libro sobre las medidas y los hombres:

(…) desde España hasta Rusia, comprobamos la existencia del sistema de medir la tierra por la cantidad de trabajo humano. Las pequeñas diferencias geográficas o cronológicas (campo de cereales o viñedos, arado de bueyes o de caballos, etc.) tienen importancia secundaria. Lo importante es la identidad de la actitud mental, de la relación del hombre con la tierra. La elección de este principio de medición señala cuál de las numerosas propiedades de la tierra era más importante para el hombre: en este caso la más importante era la cantidad de trabajo que debía dedicarse a la tierra para que esta diera frutos.

Este sistema de medición tuvo una duración poco común en muchas partes de Europa. Aún en los albores de la Revolución Francesa, en uno de los Cahiers de doléances 3 de la región de Bourges, encontramos la siguiente definición: “el arpent no se mide en varas o pies, sino en journées, es decir, es decir, en los campos que pueden ser arados por un hombre en el transcurso de un día; según las costumbres locales, un arpent de tierra es igual a 16 journées“.

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La sustitución universal de estas maneras de medir por el sistema métrico preparaba, con su pretensión de progreso y razón enarbolada por la Revolución Francesa, en realidad, un cambio de actitud mental en la relación del hombre con la tierra que mencionaba Kula. Medir la superficie con los días que tardaba un hombre en ararla era atender a las dificultades del relieve, a la calidad de la tierra, a su apelmazamiento y considerar, por tanto, que dos propiedades consideradas iguales si las medimos en hectáreas, no lo son -como nos dice el sentido común- calculadas en tiempo de trabajo. Además había un presentimiento en esa manera secular de medir, de que, como aprendimos de Marx, es el trabajo (socialmente necesario) el que otorga su valor a las mercancías.

Una de las consecuencias desdichadas del sistema métrico aplicado a la medición de superficies agrarias la tenemos en las ayudas de la UE a los terratenientes, lo que se conoce como PAC, regalías económicas cuyo cálculo se basa solo en el número de hectáreas que posee el latifundista. A este propósito, la ilustrada revista La Marea se hacía eco este mes de julio pasado de un informe elaborado por los sindicatos andaluces SOC y SAT, bajo el llamativo título de 80 familias acaparan 100 millones de euros de la PAC en Andalucía de que:

Las 80 familias (entre ellas sólo algunas empresas) que acumulan más tierras cultivables en Andalucía percibieron en 2013 casi 100 millones de euros en concepto de ayudas europeas directas de la Política Agraria Común (PAC), sólo por ser propietarias (a los que hay que sumar otras ayudas de la PAC, a las que muchas de ellas pueden optar)

El grupo de ayudas directas de la PAC al que se acogen estos propietarios se destina a bonificar a los propietarios de tierras cultivables sin exigir a los terratenientes contrapartidas ni de producción ni de generación de empleo.

Los efectos de este sistema de ayudas en Andalucía se evidencian en el hecho de que 70 de los 80 propietarios que más cobran son familias. La familia Mora-Figueroa, fundadora de Rendelsur, la compañía embotelladora y distribuidora de Coca-Cola en Andalucía, encabeza el ranking de cobro de estas ayudas, con más de 6 millones de euros en 2013. De esos 70 apellidos familiares, al menos 13 ostentan títulos nobiliarios. Le corresponde a la Duquesa de Alba el primer puesto entre la aristocracia, y el quinto del ranking general en este apartado de las ayudas.

Al menos tres de los siete andaluces que figuran en la relación de personas más ricas de España en la última edición de la revista Forbes ocupan los primeros puestos del ranking de percepción de ayudas de la PAC: la Duquesa de Alba, Ramón Mora Figueroa, y Nicolás Osuna (de Inmobiliaria Osuna).

[…]

La PAC es la mayor política de ayudas de la UE. Absorbe el 40% de todo el presupuesto de la Unión.

Las ayudas permiten a muchos propietarios optar por mantener las tierras sin cultivar, lo que supone dejar sin trabajo a muchos jornaleros, ya que esos 80 propietarios concentran en sus manos la propiedad de casi un cuarto de millón de hectáreas, una gran parte de la superficie cultivable de Andalucía. La única contrapartida que la UE pide a estos propietarios es la observancia de ciertas compensaciones medioambientales, que en la práctica se traducen en mantener limpios de matorrales los campos para evitar incendios.

Ese dinero contante y sonante que reciben los terratenientes se calcula, decíamos, por hectáreas, todas iguales: cultivadas o no, dando trabajo o sin darlo, con inversiones de mejora y sin ellas… La UE ha subvencionado -y condenado- de siempre productos agrícolas, por intereses relacionados con el intercambio comercial mundial -no por ningún afán altruista de mantener vivo el medio campesino- como ha hecho durante décadas con la remolacha azucarera. Pero no es el caso, no explica este estipendio que yo solo puedo entender como un sustituto político contemporáneo de la vieja renta que -de nuevo Marx- el terrateniente recibía por la cesión de sus tierras al aparcero y al capital, su participación en el valor que estas generaban.

Las propiedad privada de la tierra siempre ha sido necesaria para el movimiento constante del capital. Porque es el soporte de la vida que depreda: alimentos, agua, metales, energía… La especulación con los precios de los alimentos, en esos siniestros mercados de futuros (Adrián Calvo, en su blog, explica muy bien qué son y cómo funcionan) es la cínica compostura de su financiarización. Sería posible pensar también, dadas las inversiones millonarias en tierras que se están realizando hace tiempo en África o América, por parte de multinacionales -de motu proprio o en representación de sus gobiernos- , que las dádivas de euros por hectáreas en la catalexia europea no sean sino otra manera de asegurar las grandes propiedades que ya existen, mediante esta renta atípica, en previsión de hambrunas futuras o de una venidera sed de agua universal…

Sea como sea, el significante-amo de la propiedad de la tierra forma parte ya de nuestro imprinting mental, como sus herencias o repartos, y resulta muy difícil ya imaginar otro estado de cosas, salvo que reparemos, desde nuestra distancia, en las comunidades indígenas que, a lo largo y ancho del continente americano, resisten y luchan por mantener la explotación común del campo y las aguas. El mismo Marx, en sus prácticamente desconocidas notas en el Cuaderno Kovalevsky 4 ( al decir de García Linera: “La obra de Kovalevsky está dividida en tres partes. La primera trata acerca de la propiedad en las culturas de caza y pesca en el nuevo mundo, y sobre las formas de control de la tierra de los españoles en las partes conquistadas de América.”), trató de una manera novedosa la distinción entre propiedad y posesión de la tierra:

En los Cuadernos Kovalevsky, esta distinción se hace más tajante, por cuanto Marx da cuenta de la imposibilidad de aplicar el mismo concepto de “propiedad” usado en Europa, para estudiar sociedades en donde la tierra no puede ser alienada (vendida). Cambiando sistemáticamente los títulos de Kovalevsky en los que se habla de “propiedad” por “posesión”, Marx prefería hablar de la comunidad como “dueña” de las tierras, y de los individuos trabajadores como “poseedores” de ella.

Esto que parece una disquisición teórica tan lejana, se incorpora, sin embargo, a las rebeliones campesinas andaluzas de finales del siglo XIX y comienzos del XX que tuvieron, como se sabe, una impronta anarquista tan poderosa. Díaz del Moral, el notario cordobés autor de una ejemplar historia de esas luchas campesinas 5, usa los dos conceptos cuando discute la vieja aspiración al reparto de tierras, considerándolo falsamente libertario. Lo volvemos a encontrar en las actas de consitución del sindicato CNT, en el que los ponentes usan cuidadosamente siempre “poseer” y “posesión”…

Termino con una proclama emocionante (distópica y ucrónica, tal vez, en esta Europa que presencia indiferente le final del campesinado) de unas Memorias del V Congreso Nacional de Agricultores (Zaragoza, 22 de mayo de 1917) que reclama la tierra por donde menos esperaríamos: ¡por la Ley de la Gravedad!

El propietario, que pretextando su exclusivo derecho, priva del uso de la tierra a sus semejantes que, tanto como él o más que él, la necesitan para cultivarla, comete, además de un despojo, una barbaridad inconcebible, porque se opone a la Ley de la Gravedad que nos atrae de una forma irresistible hacia la corteza terrestre, y de la cual ya no podrá nunca separarnos por muchos pretendidos derechos que invoque; ¡que no está al alcance de su estúpida pretensión el variar el curso de la naturaleza!


  1. Marx, Karl, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, URL: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm#1-3 [man1] 
  2. Kula, Witold, Las medidas y los hombres, Madrid, 1980 (primera reimpresión, 2012), Siglo XXI de España Editores . 
  3. Los cuadernos de quejas (en francés: Cahiers de doléances ) fueron unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa encargada de elegir a los diputados en los Estados Generales rellenaban con peticiones y quejas. Aunque eran usados desde el Siglo XIV los más famosos son los de 1789, por su importancia en la Revolución Francesa. 
  4. García Linera, Álvaro, Introducción al Cuaderno Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
    Extracto en URL: http://es.scribd.com/doc/72278664/1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky [1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky] (Álvaro García Linera, vicepresidente del gobierno boliviano, es el único -hasta donde se me alcanza, que ha leído este cuaderno de anotaciones de Marx y que ha publicado en español la única glosa interpretativa de lo que hay en él) 
  5. Díaz del moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928) 

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

Un comentario sobre “La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad”

  1. Manuel, creo que, en relación a lo que expones en tu artículo, François Quesnay iba en la dirección de Marx (luego eran totalmente distintos en cuanto a pensamiento se refiere), estableciendo que de la tierra se obtenía toda riqueza.

    Respecto a la PAC, los miembros de la UE deberían reunirse para aportar una mínima pizca de sentido común a estas ayudas a gente que no las necesita. Pero esto es un tanto utópico, ¿no?

    Excelente artículo.

    Un saludo, Adrián Calvo (@adriantsn)

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