Filántropos a la fuerza

De Los filántropos en harapos1, de Robert Tressell, dijo George Orwell que debería ser un libro de lectura obligatoria para todo el mundo. En lo personal, es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Como ha sucedido tantas veces en España con los libros verdaderamente importantes, ha permanecido inédita e ignorada en nuestra lengua hasta el 2014, desde el lejano 1914 en que se publicó la primera y póstuma edición en lengua inglesa.


Work Or Riot

Este es un libro necesario, tanto ahora como cuando fue escrito, porque, en sus setecientas y pico páginas -en la cuidada versión española de Capitán Swing- de lectura provechosa, pululan las vidas cotidianas de un grupo de trabajadores de la construcción en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, en una dificilísima alternancia y cruce -pero que el arte de Tressell consigue que sean equilibrados- con las de un buen haz de cristianos hipócritas, en tanto cínicos y crudelísimos explotadores del trabajo ajeno, que son los beneficiarios de la filantropía forzada de los obreros. Todo ello entreverado, a modo de trama y urdimbre, con la divulgación de las ideas y propuestas socialistas de la época, sin que falten magníficos ejemplos de la retórica política de aquellos años.

Demasiado lento, demasiado esmerado…

Es la novela que me hubiera gustado escribir porque en ella los protagonistas absolutos son los trabajadores: los eternos ausentes de la literatura que yo siempre eché de menos en los libros porque, en una paradoja que no entendía, formaban parte, sin embargo, del paisanaje real de mi infancia y juventud. Aquí los he encontrado por fin, en los personajes redondos de esta cuadrilla de carpinteros -mi padre lo era-, pintores y decoradores que comparten el frío de las mañanas en la obra, los periodos de paro y zozobra, las compras de los alimentos de fiado para entretener el hambre crónica y la contabilidad imposible de hoy para mañana; están hermanados por las ropas remendadas o las botas rotas con los pies mojados de los días de lluvia, tanto como por el instinto del apoyo mutuo cuando alguno de ellos cae, como sucede con el viejo Charles Linden, despedido por ser “demasiado lento” en el trabajo. Para él y su familia, sus compañeros consiguen reunir entre todos, sumando penosamente las ínfimas monedas que componen su capital, un pequeño fondo de resistencia para el primer arrechucho del paro, que será, debido a su edad -que lo pone en desventaja en el ejército de desempleados de reserva– definitivo. Solo terminará con su enajenación, pasión y muerte, pues es sabido que los dioses traman la locura de los hombres antes de su destrucción. O, más adelante, la mínima bolsa de ayuda que, a instancias de Philpot, consiguen reunir también para auxilio de la familia de Newman, otro despedido por poner “demasiado esmero en el trabajo”. Su mujer, con tres hijos pequeños -imposibilitada, por tanto, de buscar trabajos de costurera, los únicos accesibles para una mujer-, queda al borde del desahucio cuando su marido es condenado a un mes de prisión por no haber pagado “la triste Contribución”. La paródica caridad de la Junta de Beneficencia otorga a la familia desamparada una “triste” ayuda de tres chelines semanales…

Linden, por su parte, es un veterano trabajador, despedido a causa de la obsesiva búsqueda de productividad (el ajuste eterno del capital: mínimo presupuesto, mínimo tiempo de trabajo, máxima producción, sin que importe la calidad de la mercancía así creada) por parte de “Miserias” -el capataz, mano derecha del empresario, el corrupto Rushton- que ya ha pensado en un joven desempleado para sustituirle ventajosamente. ¿Le suena al lector? Pero Charles Linden es una paradoja viva, en la que el novelista va a hurgar más veces: este pintor se considera a sí mismo un conservador, de alma y voto; es un patriota (veterano de la guerra de los Boers) que defiende con vehemencia el status quo de la sociedad inglesa en la que se ha sentido integrado siempre, pese a haber perdido, en su nombre, a su único hijo, otro trabajador, también en en una hecho de armas. Su mujer, de modo complementario, es la perfecta casada, en el sentido tradicional cristiano.

Siembre ha habido ricos y pobres

Tressell fue capaz de crear, con los pobres de una pequeña ciudad sureña de la Inglaterra colonial, un epos que huye del sensacionalismo o la sordidez tanto como del panfleto o la soflama. Una trama en la que conviven sin estridencias el halo trágico de unos personajes de dignidad insobornable con la miseria moral y la degradación de muchos otros, sin aburrir ni apelar a la piedad a del lector, como ocurre tantas veces en la literatura de Galdós, Dickens o Dostoievski. Sin caer tampoco en la literaturización excesiva, en el envaramiento épico que atiesa y distancia la lectura de los relatos de Ignacio Aldeoca o Armando López Salinas, por poner ejemplos cercanos de nuestra literatura social realista. La integración en la trama narrativa de los discursos de Owen (el alter ego de Tressell, un decorador habilidoso y culto, convencido, como su mujer, de la causa socialista, en cuyo imaginario educan a su pequeño y espabilado hijo Frankie) la consigue este exquisito novelista mediante el artificio de integrarlos en las charlas del almuerzo en el tajo o, más adelante, en el ocio forzoso de los días fríos y lluviosos del invierno, cuando toca trabajar en el exterior. Se convierten, pues, en diálogos espontáneos y naturales, que están guiados más por el sentido común que por la propaganda. Así, en la primera parte de la novela -la versión reducida que se publicó en 1914 y que acababa en el capítulo 34, justamente con Owen aterido de frío, tosiendo sangre, asediado por ideas de suicidio y a punto de claudicar- la pregunta que todos le hacen obsesivamente, una y otra vez, a este trabajador ilustrado, es sobre la naturaleza y las causas de la pobreza. Owen, que tendrá que responder a ello otras veces más, en sucesivas ampliaciones de la conversación, la define, tras oír el tradicional tópico de descargo de boca de Charles Linden (“No le veo ningún sentido a toda esta cháchara. Siempre ha ha habido ricos y pobres en el mundo y siempre los habrá.”) así:

A lo que llamo pobreza es cuando las personas no pueden disfrutar de todos los beneficios de la civilización; de lo necesario, las comodidades, los placeres y las exquisiteces de la vida, del tiempo libre, los libros, los teatros, de los cuadros, de los cuadros, la música, las vacaciones, los viajes, de casas buenas y bonitas, de ropa buena, comida rica y agradable. (…)

Si un hombre solo puede cubrir las necesidades más básicas de su existencia y la de su familia, la familia de ese hombre vive en la pobreza.

Un cuento de Navidad

Tampoco se rehuyen, en esta ficción verdadera, momentos de anticlímax llenos de alegría íntima y calidez, de estirpe evangélica y dickensiana, como las navidades de la familia de Owen, temporalmente ampliada con los nietos de Linden, los tres hijos de Newman y sus compañeros Philpot, fiel amigo y discípulo, y el joven aprendiz Burt, los dos trabajadores solteros ( en el sentido etimológico de “solitarios”, también) que mantienen con Owen y su prole una relación de amistad, afinidad ideológica y admiración. He aquí esta sagrada familia obrera; Owen se mueve sigiloso en el silencio frío de la casa en la Nochebuena, tras haber preparado el árbol y los regalos para los fastos del día de Navidad:

Llevaban casados poco más de ocho años y, aunque durante todo este tiempo nunca habían vivido realmente libres de angustia por el futuro, no obstante en ninguna navidad anterior habían estado tan pobres como ahora. En los últimos años, poco a poco, los periodos de desempleo se habían ido volviendo cada vez más frecuentes y prolongados y la tentativa que él hizo a principios de año de encontrar trabajo en otra ciudad sólo había servido para sumirlos en una pobreza aún mayor. Pero, de todas formas, había muchas cosas por las que estar agradecido: por pobres que fueran, les iba mucho mejor que a muchas miles de personas. Todavía tenían comida y cobijo y se tenían el uno al otro y al chico.

Antes de marcharse a la cama, Owen llevó el árbol al dormitorio de Frankie y lo colocó de tal manera que pudiera verlo en su fabuloso esplendor en cuanto se despertara el día de Navidad.

La celebración de este día en casa de Owen, con la incorporación de la chiquillería de los compañeros caídos, Linden y Newman, y de los dos obreros solteros y solitarios, Philpot y Bert, es, quizá, la escena más luminosa de todo el libro: reparto de juguetes, dulces, juegos de cartas (“Arruina al vecino…”) intencionados y el no menos intencionado Pandorama que ha diseñado y construido el joven Bert, el aprendiz. Bert, que fue vendido por su viuda madre a Rushton y Cía mediante un semiesclavista contrato de aprendiz, deslomado y encanijado por el trabajo más degradante de toda la cuadrilla, muestra su ingenio mediante este teatrillo hecho con cartones de desecho y fotografías de semanarios ilustrados: con la ayuda de dos rodillos movidos mediante una manivela, las fotografías -coloreadas con acuarela- de diversos lugares del mundo, van desplegando, entremezclado con disparates cómicos, un “Teatro Crítico Universal” improvisado que hace las delicias de los niños…

La gran comilona o los destellos de luz en la caverna

El contrapunto lo ofrece, en otro lugar de la novela, la hipócrita “gran comilona” que la empresa ofrece anualmente a sus obreros en un restaurante de las afueras. Tressell adopta una perspectiva cinematográfica en planos y secuencias; en ocasiones, como la carrera involuntaria y absurda entre los vehículos de tiro animal en que realizan el viaje de vuelta, con una comicidad espectacular propia del cine mudo. El autor no lanza puntada sin hilo y la carrera sirve para que el miedo cambie de bando, como se dice hoy en los medios revueltos de Internet: los viajeros del carromato en que viajan Rushton y compañía se ven atenazados por el terror que les produce la persecución, llena de justicia poética:

El cochero borracho se imaginó entonces que estaban echándole una carrera y alimentó la decisión de adelantarlos. (…)

Los gestos y gritos aterrorizados del grupo de Rushton solo sirvieron para enfurecerlo, pues pensaba que estaban burlándose de él porque no era capaz de superarlos. (…)

Delante, los caballos del transporte de Rushton también galopaban al máximo y el vehículo saltaba y daba tumbos de un lado a otro del camino mientras sus aterrorizados ocupantes, cuyos rostros habían empalidecido de miedo, se aferraban a sus asientos y los unos a los otros catapultando sus ojos fuera de sus órbitas al volver la vista atrás hacia sus perseguidores (…)

Tressell introduce el capítulo dedicado a esta inusual convite como uno de los pocos momentos de ruptura que trastocan el aburrimiento cotidiano de las vidas de los obreros y la monotonía (social, pero también fisiológica en tanto que su pobrísima dieta, por una vez, se parece a la de sus explotadores, los beneficiarios de su filantropía forzada…) en que transcurren:

Ocasionalmente penetraba un efímero destello de sol en la penumbra2 en la que se desarrollaban las vidas de los filántropos. La desalentadora monotonía se veía animada de vez en cuando por algún diminuto regocijo inocente. (…)
A veces las personas en cuyas casas trabajaban los agasajaban con té, pan con mantequilla, bizcocho o algún refrigerio ligero y, de cuando en cuando, incluso con cerveza. (…)
Pero el acontecimiento del año sería la comilona, que se celebraría el último sábado del mes de agosto, después de que lo hubieran estado pagando a lo largo de cuatro meses.(…)
La comida no dejó nada que desear; era casi tan buena como las que se pegan a diario las personas que son demasiado perezosas para trabajar, pero lo bastante astutas como para conseguir que los demás trabajen para ellos.

La comida se describe como en los mejores sueños de nuestro Carpanta, el personaje protagonista del tebeo español que evocaba, de forma obsesiva, los años del hambre de la posguerra:

Hubo sopas, varios entrantes, guiso de capón, asado de pavo, ganso asado, jamón, col, guisantes, alubias y dulces en abundancia, pudin de ciruelas, crema de natillas, gelatina, tartas de frutas, pan y queso y toda la cerveza o limonada que se les antojara pagar, pues las bebidas se cobraban aparte (…)

La historia del futuro

Hemos escrito muchas veces que el capitalismo es un régimen nihilista y punk cuyo lema fundamental es no future. El futuro en nuestras sociedades no existe sino en la regla del interés compuesto, en la tasa de crecimiento suicida de capitales y beneficios. Solo eso explica la paradoja mortal del crecimiento y el progreso perpetuos que aún rige como insignia y bandera de nuestras vidas. La vida de los trabajadores de La Caverna está sometida a esta ley, mucho más inexorable en los años en que transcurre la historia, anterior al sueño consumista que aún tardaría en llegar con su nuevo paradigma y fatua promesa de felicidad y abundancia -también “trabajo en abundancia”, como reclaman Crash, el jefe de obra, y los obreros conservadores. Owen, en una noche de insomnio, hipnotizado ante la luz titubeante de un candil, piensa en ese robo del futuro, entendido como un territorio habitable y consolador:

Unos cuantos años antes, el futuro parecía una región repleta de halagüeñas posibilidades maravillosas y misteriosas, pero esta noche el pensamiento no arrojaba ninguna de esas ilusiones pues sabía que la historia del futuro iba a ser muy parecida a la historia del pasado.

La historia del pasado continuaría repitiéndose durante unos cuantos años más. Él seguiría trabajando y los tres seguirían pasando sin las cosas necesarias de la vida. Cuando no hubiera trabajo, pasarían hambre.

No se preocupaba mucho por sí mismo porque sabía que en el mejor, o el peor, de los casos solo serían muy pocos años. Aunque cuando dispusiera del alimento y la ropa adecuada y pudiera cuidar razonablemente de sí mismo, no viviría mucho más; y, cuando llegara ese momento ¿qué iba a ser de ellos?

Habría cierta esperanza para el chico si fuera más fuerte y su temperamento fuera menos amable y más egoísta. Bajo el sistema vigente era imposible que nadie triunfara en la vida sin dañar a otras personas y sin tratarlos y utilizarlos como a uno no le gustaría que lo trataran y utilizaran.

Este sistema, que Owen llama -en sus explicaciones a los compañeros en la hora del almuerzo- “la lucha por la vida”, es el que hace inviable el futuro: la división social del trabajo, el individualismo más feroz, el fatalismo con que los trabajadores asumen el mismo destino para sus hijos, cumpliendo así lo que Marx llamaba las condiciones de reproducción de la sociedad capitalista: la reproducción biológica de más trabajadores junto con la reproducción ideológica mediante el tinglado político, educativo y propagandístico.

En la tienda no venden amigos

El futuro solo es visible en las partes más discursivas e ideológicas de la novela. Especialmente en el gran discurso3 de Barrington, un falso obrero, siempre en la zona en sombras de la cuadrilla, según descubrimos al final -es, realmente, un miembro desclasado de familia acomodada pero tolerante, culto y sensible militante socialista que deseaba conocer la realidad del mundo del trabajo. Aunque habíamos conocida sus dotes oratorias en un discurso interrumpido, abrupta y voluntariamente, durante la comilona, es en un día desabrido que amenazaba lluvia, justo cuando la faena que quedaba pendiente tenían que culminarla en el exterior, cuando oímos de él la proyección verbal del único futuro que les es posible: el que deben construir con su lucha. La teatralización del discurso es ya completa, en contrapunto y palimpsesto de las retóricas huecas que ya habíamos conocido de la disputa electoral reciente entre liberales y conservadores. El púlpito del Orador4, el cartel que anuncia el mitin, los asientos del público están conformados, en festiva parodia, por tablas, andamios y cajas vacías de la obra (con arreglo al simbolismo de los nombres, están ahora en “El Refugio”, ya no en “La Caverna”) y contará con un turno de preguntas y réplicas del público.

Es así como Barrington desbroza por fin la nueva sociedad, insinuada a lo largo del relato. La utopía que despliega, con un papel estelar del estado, como era natural en las propuestas socialistas de la época, nos suenan hoy a ingenuas y como sobrepasadas por la realidad histórica. Pero no se engañe el lector con esa impresión primera: la lectura de ese discurso tiene aún potencia y garra contagiosas. La idea del apoyo mutuo, que responde en el libro al concepto de Co-operative commonwealth o Sociedad Cooperativa, reclama una mayor atención para un lector contemporáneo, porque sobrepasa en mucho las tristes expectativas del movimiento cooperativo actual y sus humildes propuestas de mejora en las condiciones laborales, en las coordenadas de lo que llamamos genéricamente economía social, pero sin ningún horizonte utópico a la vista. Terminaba Barrington con estas alzadas palabras:

Estos son los principios según los cuales se organizará la Sociedad Cooperativa del futuro. Un estado en el que nadie recibirá distinciones ni honores por encima de sus compatriotas salvo por la Virtud o el Talento. Donde ningún hombre encontrará beneficio en el perjuicio de otro y donde ya no habrá amos ni criados, sino hermanos, hombres libres y amigos…

Saint-Exupéry decía en su El Principito que los hombres ya no conocen nada, porque todo lo compran hecho en las tiendas y que, como en las tiendas no venden amigos, ya no tienen amigos. Los obreros que viven para siempre en este inmenso fresco de Los filántropos en harapos sí tienen amigos, porque apenas compran en las tiendas y porque construyen con sus manos las casas y cosas del mundo. Anteriores a la actual somatización y medicalización de las desdichas propias del trabajador posmoderno, atisbaban que la amistad y la ayuda mutua, con la estupenda medicina de unas pintas de cerveza en la taberna cuando atenaza la tristeza, en las charlas tontas o tremendamente serias con que acompañan sus sobrios almuerzos, estaban los travesaños de la única, larga y penosa escalera de Jacob -como la que tenían que aupar para la pintura de la alta torre de El Refugio– que les permitiría el asalto de los cielos… Tal vez solo por volver a sentir ese vértigo merezca la pena sumergirse en la lectura de este libro ejemplar.


  1. Tressell, Robert, Los filántropos en harapos, Madrid, Ed. Capitán Swing, 2014.
    Dice el autor de su obra, en el resto de prólogo que nos ha llegado:
    Los filántropos no es un tratado, ni un ensayo, sino una novela. Mi principal objetivo era conseguir una narración asequible, desbordante de interés humano y basada en los sucesos de la vida cotidiana en la que el tema del socialismo se abordara de manera secundaria. Esa fue la tarea que me propuse.” 
  2. No hay que olvidar que la mayor parte de la narración transcurre en una casa de campo que la cuadrilla de Rushton y Cía están restaurando que se llama, en clara alusión platónica, La Caverna
  3. Capítulo 45, páginas 583 en adelante de la edición que manejamos. 
  4. Tressell usa con profusión, a lo largo de la novela, el simbolismo nominal que incluye los genéricos: el Orador -Barrington, que desplaza a Owen ahora en esa personificación-, la Iglesia del Sepulcro Blanqueado, el Medio Borracho… 

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *