El estado: ¿lugar neutro? (segunda parte)

Si el estado es, como quería Pierre Bourdieu, una ilusión bien fundada y sólo lo mantiene entre los sujetos del mundo real nuestra creencia en él, sujetos de oraciones de uso común como «Europa está entrando en recesión» o, por metonimia, «Bruselas ha decidido esto o lo otro», y no digamos, en el plano local, afirmaciones del tipo «España camina de la recesión a la depresión», son todos sujetos de naturaleza religiosa. En este sentido, el último Eurobarómetro muestra bien a las claras la crisis de fe, que amenaza con su disolución y, en último extremo su expulsión del mundo real, de ese entrevisto estado supernumerario que responde al nombre de Europa. En efecto, en ese estudio estadístico se lee que han dejado de creer en la Unión.Europea el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles.

princesa-europaEn unas conferencias que dio en EE. UU. en 1991 -esto es, cuando ya era ex primera ministra de Gran Bretaña-, Margaret Tatcher, que ha sido recordada estos días en olor de santidad, se refirió a ese posible estado continental, al sueño de una unión política, federal o confederal, europea como curious folly, dangerous illusion. En perfecta sintonía con los designios de EE. UU. la catalaxia económica europea sigue siendo lo que, en la división tripartita de Eurasia (Europa. Rusia y China) prevista por el amigo americano, no ha dejado de ser nunca: un enorme mercado único -militarizado aún hasta los dientes, eso sí, bajo los auspicios de la nueva OTAN- y coordinado económicamente por la severa disciplina de la Alemania unida y el Banco Central hecho a su imagen y semejanza. Un mercado, aunque sea de tales dimensiones, no necesita de ninguna fe porque no supone ningún espacio neutro, real ni simbólico, en el que se resuelvan todos los antagonismos de las naciones europeas. Aunque sí es un centro secreto de poder, un crisol de intereses de las clases dominantes del continente: he ahí la paradoja que vivimos.

estadoEn lo que se refiere a España, sería revelador que en esos estudios sociológicos que tanto menudean (el estado existe, tal como lo conocemos, desde que se empezaron a hacer censos y filiaciones de identidad: cuántos son los súbditos o ciudadanos, dónde viven, cómo se llaman y qué es lo que vale cada uno) preguntaran a los paisanos por su fe en el sujeto religioso  que llamamos «España». La crisis de fe, desde luego, superaría el 50 %. España es en muchos sentidos, lo hemos escrito ya muchas veces, un estado fallido en lo político, lo social, lo simbólico y lo cotidiano. Lo muestran las querencias independentistas de las naciones del norte -que no han cesado, al menos, desde el siglo XVIII-, que aspiran aún en porcentajes muy altos a estados propios, o el malestar social, cada vez más extendido, con un relato histórico amañado, y por tanto no compartido, junto al imaginario de país impuesto a duras penas (guerras civiles, dictaduras militares, exilios y represiones), en amalgama imposible de monarquía, símbolos religiosos, toros, latifundios y bases americanas. El lugar neutro del estado es más, por usar los términos de la tradición marxista que prefiere Joaquim Hirsch, el campo abierto de la lucha de clases.

Esa lucha de clases secular, cuya manifestación última es el expolio o rapiña de bienes comunes y privados a que asistimos hechizados, lo que hace imposible el lugar neutro del estado español: un lugar ocupado o usurpado, el resultado de una «antigua aspiración de esas doscientas familias que provienen de la casta cristiana de la Reconquista y que todavía se consideran dueñas del país y sus habitantes.», como afirmaba con tono destemplado Antonio Orejudo en un artículo reciente. El estereotipado discurso sobre la crisis económica, como cualquier discurso, no se puede entender sin las condiciones sociales y simbólicas en que ese discurso se produce. La ocupación del espacio público (ese que no es ni mi casa ni el palacio), la usurpación del lugar vacío y de naturaleza religiosa del estado, esa ilusión fundada, ha hecho caer bajo sospecha cualquiera de sus manifestaciones: desde la visita de un inspector de educación a un colegio a la insidiosa multa de un policía de tráfico, pasando por la hipócrita media sonrisa con que nos acoge el funcionario de Hacienda  al revisar el borrador del IRPF (que-no-va-a-subir) Cuando el estado pierde su halo de misterio y de creencia religiosa, lo único que queda es la coacción descarnada, el disimulo de la propaganda y la mentira. Y la desobediencia o la rebelión.

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El estado: ¿lugar neutro?

El concepto de estado es impensable en muchos sentidos, pues se sitúa en los márgenes mismos de nuestros fundamentos morales y lógicos, por ello necesita constantemente adjetivos: estado del bienestar, estado democrático, autocrático… Pero por eso mismo, porque en nuestros presupuestos sobre el pensamiento y la vida social la idea de estado funciona como el andamiaje invisible de nuestras creencias y razones, quizá sea necesario, hoy más que nunca, repensarlo. Aunque aquí creemos más bien, en la tradición marxista, que el estado se manifiesta en sus funciones (legislar, reprimir, cobrar impuestos…) y que lo más cómodo, por lo tanto, es definirlo como una estructura de poder aliada con las clases dominantes (y que, por tanto, un cambio en la correlación de fuerzas de la cadena del dominio lo transformaría automáticamente), tal vez después de todo sea útil volver a pensarlo de una forma crítica.

estado-del-binestarPodemos arrancar, para ello, de la entrada anterior y de la que dedicábamos a hacer un elogio de la lentitud. Allí abordábamos la naturaleza del estado como la del señor del tiempo. En ese sentido nos recordaba su existencia con los cambios de hora, renombrando los días o los meses (tal como ocurría en la Revolución Francesa y como pretendía  Saparmourad Niazov, el dictador de Turkmenistán) o repartiendo las fechas de los retiros laborales y la duración de nuestros descansos y vacaciones.

No es baladí. Hoy, por ejemplo, 28 de abril, es el día que el Estado declara «Día Internacional de la Salud y Seguridad en el Trabajo». El cercano 1 de Mayo, dedicado al Trabajo y los Trabajadores, ya forma parte de la memoria de las sociedades occidentales, y nos puede servir como hito temporal en nuestros recuerdos en una frase del tipo «un Primero de mayo conocí en la manifestación a la que luego sería mi esposa…» o cosas así. La interiorización privada del tiempo público es una de las pruebas más fáciles para entender que la idea de los estados sólo cobra realidad en la medida en que nosotros la encarnamos, en nuestra vida cotidiana. «El estado soy yo», la soberbia afirmación del Rey Sol, es una verdad mucho más insidiosa y democrática de lo que, ingenuamente, pudiéramos pensar.

Esto no pasó desapercibido a Pierre Bourdieu, que intentó, en sus cursos en el Collège de France, 1pensar la idea del estado desde un punto de vista antropológico, como un «lugar neutro», un escenario real y simbólico del conflicto social, el lugar vacío de la confrontación por el poder, a la manera en que Leibnitz concebía a Dios, como el lugar geométrico de todas las perspectivas contrarias. Por lo mismo, el estado no puede existir sin un consentimiento social, sin que los ciudadanos que le dan realidad y cuerpo compartan los fundamentos simbólicos, morales y lógicos de ese lugar vacío. En ese sentido, también, la naturaleza del estado es religiosa, pues su misma existencia depende de algo tan precario como un sistema de creencias compartido.

rol del estado en la economiaBourdieu, retomando la idea del tiempo como prerrogativa estatal, bromeaba con que en Bruselas deberían dedicarse con tesón a confeccionar calendarios comunes a toda Europa si, de verdad, tienen la intención de construir algún tipo de soberanía compartida para la Unión. Aprovechemos, pues esa carencia europea, para discutir la idea del estado como el lugar neutro que nos traemos hoy entre manos: ¿es posible ese espacio compartido aquí y ahora?

Si pensamos, por ejemplo, en Bruselas -en tanto no hagan caso a Pierre Bourdieu y se dediquen a hacer un calendario común europeo como primera tarea fundacional-, está claro que ese lugar neutro no existe. La sede del poder en la Unión Europa es un verdadero locus absconditus y las decisiones que condicionan nuestras vidas se toman en el rincón más hermético de ese lugar oscuro, el Eurogrupo. Se trata de un cónclave que se reúne informalmente cada mes, formado por los ministros de Economía y Finanzas de los Estados de la Unión cuya moneda es el euro, el presidente del Banco Central Europeo, el Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, y su propio presidente, elegido por mayoría de Estados para un período de dos años y medio.  De sus deliberaciones ni siquiera se levanta acta, forman parte para siempre del secreto arcano político que rige nuestras vidas.

Dado que los estados nacionales soberanos, que han cedido su soberanía a la catalaxia europea, gobiernan al dictado de las decisiones que emanan de lugares escondidos y totalitarios como el Eurogrupo, bajo el pretexto de la necesidad, podemos afirmar, sin demasiados problemas, que en los viejos estados-nación europeos vivimos en un estado de excepción permanente,  al albur de los vaivenes de una moneda extranjera y sin capacidad para influir en la toma de decisiones que modifican la vida social, sea directamente en forma de elecciones comunes o indirectamente a través de elecciones locales. El lugar neutro del estado no existe ni ha sido sustituido por otro, llamémosle federal. Ni en el plano real ni en el simbólico, ni en el moral ni el de las creencias, hay un campo en el que, como en el Dios de Leibnitz, podamos ver el lugar geométrico de todos los antagonismos. Seguiremos, en una próxima entrada, preguntándonos por ese lugar invisible, teóricamente neutral y compartido al decir de Pierre Bourdieu, en lo que se refiere a España.

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Tiempo libre, tiempo esclavo

Da muchísima grima la naturalidad con que el esclavo adopta el lenguaje del amo, los trabajadores la lengua y razones del patrón y los consumidores, desclasados y en crisis que somos ya todos, seguimos hablando, con tan pasmosa inconsciencia, de nuestro tiempo libre o de vacaciones o nos esperanzamos en inciertos retiros aplazados en las fronteras difusas de la ancianidad. Puesto que todas los conceptos se definen por sus contrarios, una idea recibida (¡qué precisa es esta expresión que tanto gustaba a Flaubert!) como la de «tiempo libre» sólo se puede entender frente a un tiempo esclavo. Así está dispuesto en el cielo de las ideas de Platón, inmutables y muertas como números. Con ellas únicamente podemos hacer retruécanos, por ver si nos liberamos de su maleficio, como el que yo hacía en mis 15 Asaltos de que estamos condenados a la pena de trabajos forzados, pues es lo mismo afirmar que estamos forzados al trabajo. Tanto como condenados a la diversión, los viajes y el ocio, que son su contrario y están, por tanto, sujetos a la misma ley.

"Salida de la fábrica", de los Hermanos Lumière.
«Salida de la fábrica», de los Hermanos Lumière.

Es así que todos andamos ya, los que aún trabajamos -los que no lo hacen, encuadrados en el ejército de reserva de mano de obra barata universal, quieren hacerlo: es lo mismo-, planeando, aunque sea aún vagamente, el periplo de las vacaciones, las inquietudes y expectativas renovadas -por más que siempre se muestren vanas- de un tiempo libre que nos permita recuperar, mediante la diversión y el ocio, la vida buena, sacudirnos, como de un mal sueño, el cansancio de trabajar. No nos damos cuenta de que el ritmo mecánico y acelerado del trabajo y el consumo ocupa, como los gases, todo el tiempo disponible que deviene, así, en el tiempo vacío y muerto a que nos ha acostumbrado desde hace siglos la civilización del capital. Los herederos del hombre-masa del siglo XX nos hemos transformado ya en estereotipos y la diversión (a pesar de que, en su engañosa etimología significa «alejar», di-vertere) está petrificada en repetición y aburrimiento.

Los anuncios televisivos ya nos van persuadiendo de que llega el tiempo de adquirir productos o estrategias para perder kilos, disimular mollas o broncear nuestra castigada piel. La promesa de felicidad plausible o simple diversión que nos traerán el sol, las vacaciones y el hermoseo de nuestros cuerpos volverá a funcionar pues la aceleración del tiempo del capitalismo es también la aceleración del olvido. El tiempo libre es también tiempo esclavo, la diversión es trabajo que consume mercancías y fetiches que consumen, a su vez, el tiempo laboral de otros: hoteles, bares, discotecas, chiringuitos, autobuses, trenes, aviones… Como advertía, con su lucidez hiriente, Th. W. Adorno, el «siempre lo mismo» es el precio que nos hace pagar la razón ilustrada del capitalismo por la engañosa sensación de tranquilidad que nos da, a cambio de nuestra renuncia a la libertad, la justicia y el placer, nos ofrece este tiempo plano y vacío en el que la felicidad es siempre una promesa continuamente postergada. La diversión es aburrimiento planificado, la cultura se reduce a distracción mercantilizada.

La melancolía del domingo se define por la ilusión renovada del viernes, en un ciclo infernal de fábrica fordista en el que no reparamos siquiera. El alcohol, el pitillito, el baile extenuante, la excursión fugaz que sólo sirve para contarla a la vuelta cosificada en fotografías, la exposición, el museo o el cine, aceleran el olvido que devuelve vigencia y novedad a la próxima escapada, di-vertere, escaparse. Para volver, pues el tiempo libre está medido con exactitud, en su duración y precio: la vida buena es cara y, aunque hay otra más barata, esa ya no es vida, como le gustaba decir a una amiga sevillana. Como la acedia de los monjes medievales, la melancolía y aburrimiento del domingo se cura con el lunes; la del lunes, con el viernes y su promesa siempre rota. Siempre lo mismo.

salidasEl poeta francés Francis Ponge contaba así la salida del trabajo: «un timbre estridente invita a desparecer de manera inmediata de estos lugares. Reconozcamos que nadie necesita que se lo digan dos veces. Una loca carrera se disputa en las escaleras». Como la desbandada de los chicos tras la última sirena del viernes, turba ruit… Terminemos con este mismo poeta, que fue capaz de dedicar versos hermosos a la casita humilde del caracol y que comparó el rastro de su baba sobre la tierra a la dignidad del hombre: «Cada uno cree que se mueve con libertad, porque lo obliga una opresión extremadamente simple, que no difiere mucho de la gravedad: desde el fondo de los cielos la mano de la miseria hace girar el molino». Mañana es lunes…

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El muro de facebook, el bit y el dazibao

Soy usuario reciente de facebook, de modo que esta es la crónica de mi particular descubrimiento de este sustituto virtual de la desaparecida o secuestrada esfera pública; pero también, y no puede ser de otra manera en la perspectiva social o de filosofía política con que el autor de este blog entiende el mundo, es mi recepción crítica de sus costumbres, tópicos lingüísticos y su naturaleza posible, o malograda, de dazibao de escritura y razón común. Me baso, para predicar con el ejemplo, en unas notas que redacté y publiqué en mi propio muro, que aquí enhebro en un todo coherente para los lectores que se sienten más a gusto en estos claros del bosque.

relojfacebookAlgo tendrá el agua cuando la bendicen, afirma el refrán. Lo  primero que me llamó la atención, y me enterneció mucho, es la constante referencia a la amistad y a los amigos. Dejando a un lado la intención, comercial o de mercadotecnia, de los diseñadores o directores de facebook en relación esa atmósfera semántica de amistad universal, incluso sin echar mucha cuenta a la pregnancia o potencia persuasiva conseguida con la referencia constante a la relación amistosa, lo que sí se me aparece como un hecho cierto es que los usuarios de esta red toman la amistad como señal de identidad de primer orden, en disfavor de otras con las que estamos más acostumbrados a entendérnoslas, también más viscerales, como la nación, la etnia y las creencias religiosas. O, ya en menor grado o en retroceso temporal, como la ideología, la militancia política o hasta la misma clase social.

Algo así como que si al preguntar imaginariamente a un usuario de esta red «¿usted quién es?»,  este nos respondiera algo como «yo soy uno que tiene 2.000 amigos, 20 seguidores y mis familiares, que son también amigos». Es encantador esto, y yo mismo estoy haciendo nuevas amistades y mantengo hermosas o divertidas conversaciones. Pero sucede que me desasosiega la alusión, también constante, a la cantidad, que tiene incluso su colmo: ocurre, de vez en cuando -sobre todo con los más famosos del lugar- que al solicitar su amistad, los automatismos de facebook nos devuelvan un aviso del tipo «este usuario ha llegado al límite máximo de amigos; sin embargo, puede hacerse su seguidor»… El desasosiego del que hablaba me lo produce el hecho de que los números, como sus prolíficos descendientes, el dinero o las acciones, tienen en su naturaleza o ADN dos genes: el crecimiento continuo y desordenado, cancerìgeno -en un sentido bastante literal- y su transformación en mercancías y en estatus. Y algo de las dos cosas me temo que ocurre, tal si la amistad se transformara en crédito o intercambio. Con los iconitos del ya universal «me gusta» pasa lo mismo. Una página, por ejemplo, debe tener un mínimo de aprobaciones (no recuerdo ahora cuántas exactamente, pero alrededor de treinta)  para que el sistema la introduzca en sus estadísticas, del mismo modo que se establece un mínimo de inversión o acciones para entrar a formar parte de una sociedad anónima. Aun así, hay otro aspecto más preocupante en los «me gusta», aunque para ello debemos echar mano de la cibernética.

Se trata de que «me gusta / no me gusta» es un bit, la unidad mínima de información medible, como un sí / no. Si es esa, la de pulsar el «me gusta» (¿»liquear» se diría en la neolengua?), junto a la de subir imágenes o vídeos (que, a su vez amontonan enseguida aprobaciones, en una espiral vírica que remite de forma directa a la locura del crecimiento continuo del capitalismo) la actividad más común en esta red, lo que da un poco de escalofrío es la desproporción que existe entre la masa humana de facebook, que parece superar la población total de EE. UU., según he leído, y este paupérrimo contenido informativo, estos millones de bits engarzadas en otra millonada de imágenes. Sería todo demasiado banal. Las teorías cibernéticas dicen que mientras mayor es la complejidad y entropía de una sociedad, es a la vez proporcionalmente mayor la complejidad de los sistemas de la información y la comunicación públicas. Mi perplejidad es que esto -se entenderá tras lo dicho- me parece verlo desmentido en esta red social, aunque no acabo de ver clara la razón: ¿pereza pura y simple?, ¿preferencia, como piensan los gestores de esta empresa, generalizada por las imágenes?, ¿una suerte de afasia verbal, muy de estos tiempos, que sustituye la cadena sintáctica, el enhebramiento de las causas, los efectos y las consecuencias -es decir, la razón discursiva-  por el hipertexto y el microrrelato?

dazibao2Afortunadamente, a la vez que esto ocurre, suceden muchas más cosas y en este nuevo continente, como no podía ser menos, hay también páginas realmente hermosas, debates poderosos, crítica seria, informaciones exclusivas y homenajes sentidos y dignos a multitud de figuras públicas. Y hay también una Atlántida sumergida de mensajes y conversaciones privadas entre usuarios. Pero nos ocupamos aquí sólo de la red visible, de los millones de muros que, en su mismo nombre y concepción, a mí me recuerdan los dazibaos chinos que, en tiempos de Mao, sirvió como medio de comunicación popular, de educación, crítica y autocrítica.

El dazibao era una hoja amplia de papel (a veces auténticos murales) colocados en lugares públicos donde la gente escribía críticas y autocríticas. Mao los potenciaba y el profesor de periodismo chileno Camilo Taufic (Periodismo y lucha de clases) lo reivindicaba como medio de comunicación popular, alternativo a los medios de masas. Este periodista afirmaba que en solo 6 días se llegaron a colgar más de 500.000 dazibaos en los astilleros de Shangai.

El muro  de facebook se puede ver como un dazibao, una enorme hoja (infinita, a efectos prácticos, como cualquier pantalla) en el que amigos, y amigos de amigos, etc., autovaloran sus actos, imágenes, frases y, en justo intercambio, valoran a la vez las cosas de otros. La diferencia es: que el espacio electrónico, emulador del espacio público real, es un espacio solitudinario (multitudes, pero de gente sola, con su realidad anclada en el ámbito doméstico) No es una nueva esfera pública, pero sí su reflejo en ciudades donde la esfera pública ha desaparecido.

dazibaoEl contenido del muro es, a la veces, jeroglífico (en esto se asemeja al dazibao), y en él, con promiscuidad, se mezclan sentimientos, sensaciones, citas, pequeños poemas, frases o mini narraciones ingeniosas (en esto, es distinto al dazibao, donde el chino prepolítico resolvía sus contradicciones, dudas, conductas sociales). Estos contenidos, claro, condicionan los usos lingüísticos, al mismo tiempo que son condicionados por ellos. Se ha generado, para acabar, en estos muros -como ocurrió con los dazibaos y los grafitis callejeros- una verdadera eclosión de lo que podemos llamar literatura abreviada o fragmentaria, del microrrelato al haikú, que convive con manifestaciones vulgares, obscenas y ofensivas. Del mismo modo que pasa con las artes plásticas, amalgamadas en apretada convivencia con timos culturiformes y horteradas o un sinfín interminable de chistes y paridas. En esto, no hay ninguna diferencia con la superpoblada metrópolis universal de este otro lado del espejo.

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Economía moral: la lucha contra el atropello

Los movimientos contra el desahucio, o las mareas ciudadanas que piden un nuevo proceso constituyente y enarbolan una crítica sin concesiones a la corrupción de políticos (con tan poco énfasis, ay, sin embargo, en los empresarios corruptores) y autoridades no pretenden hacer la revolución, sino que reaccionan, más bien, contra el atropello moral que sienten en cuanto ciudadanos víctimas del engaño, la falta de transparencia y la pérdida de legitimidad en que han caído nuestras democracias neoliberales. En ese sentido, su actitud corresponde a lo que E. P Thompson llamó economía moral.

yo no trabajo gratis 2E. P. Thompson 1 afirmaba que existía una economía moral popular que «atribuía de forma paternalista al poder la obligación de velar por el precio justo de los alimentos básicos. Lo que provocaba las protestas, en esas décadas finales del siglo XVIII y primeras del XIX, en un momento de introducción de las nuevas ideas económicas del liberalismo, no era tanto la «privación en sí» como «un atropello» a esos supuestos morales». Creo que hay mucho de esa creencia en los múltiples y fragmentados movimientos de protesta actuales, sean los de los grupos contra el desahucio, los que propugnan un nuevo proceso constituyente en torno al congreso o las múltiples luchadores anónimos que, en grupos o asambleas, acompañan en sus desdichas y explotaciones a emigrantes o hambrientos en arrabales urbanos o zonas rurales olvidadas de la mano de Dios. Y aún me parece que podríamos aprender más cosas de aquella ejemplar investigación y reconstrucción histórica que Hobsbawm y Rudé llevaron a cabo en el libro clásico sobre el capitán Swing que citamos en nota a pie de página. Veamos.

Aquellos movimientos  tampoco querían una revolución, en efecto, ni siquiera cuestionaron nunca la propiedad -enormes latifundios en muchos casos- de la tierra en la que trabajaban y malvivían. Cuestionaban los bajos salarios o los abusos de la Ley de Pobres (unas «subvenciones» que proporcionaban las autoridades locales de las parroquias aldeanas, como complemento de los bajos salarios que así alcanzaban el mínimo calculado para la subsistencia; una medida que al lector perspicaz le recordará a los actuales subsidios de desempleo o las rentas básicas otorgadas con cuentagotas a parados de larga duración, como el PER de las zonas rurales de Andalucía, o incluso las ayudas o exenciones fiscales otorgadas a los empresarios que contratan) y hasta se solidarizaban con los arrendatarios, pidiendo solidariamente con ellos, rebajas de impuestos o la desaparición de los diezmos eclesiásticos. Los grupos de resistencia popular actuales ni siquiera reclaman una limitación de beneficios empresariales o la participación (como aún ocurre en la denostada Alemania) de los trabajadores o sindicatos en la gestión  y planes de las empresas.

Aun con sordina, apenas se percibe un rechazo social a asuntos tan espeluznantes como el trabajo gratuito, salvo en lo que tienen de atropello a la dignidad moral, y eso solo en la resistencia pasiva de no aceptarlos, no en su censura. Leemos, por ejemplo, en la revista Alternativas económicas: que la compañía de reclutamiento «Trabajando.com España» anuncia en  su página web que «Miles de empresas han tomado conciencia de la situación actual a la que se enfrenta el país, por lo que muchas organizaciones han incorporado a sus trabajo personas que trabajan sin remuneración, pero con otro tipo de garantías que a la larga pueden generar retribuciones por sus labores». Esta misma agencia de empleo ha realizado, en este sentido, una encuesta entre 2.000 personas de las que sólo un 9 por ciento estaría dispuesta a trabajar gratis. Nótese que «sólo» un 9% son 9 de cada 100, pero nótese, sobre todo, que semejante atentado moral contra la dignidad apenas ha provocado repulsas públicas. Que yo recuerde, sólo en una ocasión se ha obligado a retirar una cínica oferta de trabajo que ofrecía un empleo sin retribución «con la posibilidad» de tenerla en un futuro.

un zapateroEsta era una de las preguntas más difíciles de responder para Hobsbwam y Rudé: ¿por qué unas aldeas se rebelaron en aquellas movidas campesinas de 1830 y otras no? En su inteligentísima y empática reconstrucción social, estos historiadores marxistas -espléndidos narradores, además, en la admirable tradición historiográfica inglesa-  encontraron algunas pautas que servían de respuestas provisionales para justificar la rebelión, donde se produjo: los extremadamente bajos salarios, la presencia notable de artesanos y comerciantes, la existencia de sectas religiosas disidentes, la misma relación personal de los terratenientes con sus campesinos o un factor que a mí me parece el más misterioso de todos, pero que en los estudios estadísticos de estos autores son la circunstancia más determinante: que hubiera o no hubiera zapateros en la zona. Estos artesanos y sus zapaterías  según afirma Hobsbwam, fueron durante siglos auténticos hervideros de cultura, información y rebeldía. Tras su extinción en nuestro mundo, ¿quién ocupa su lugar, es decir, un espacio para la información, la interpretación de las cosas, la reflexión y el pensamiento fértil y activo? ¿Hasta qué punto explicaría esa desaparición de la esfera pública, equivalente a la desaparición de los zapateros, que los desahucios (al fin, una cuestión relacionada con la propiedad, cuyo fundamento mismo no se discute) hayan cohesionado la protesta universal más extendida, aunque solo en lo que se refiere al atropello de la economía moral, y no lo hagan las indignas condiciones del trabajo contemporáneo  o las humillantes «leyes de pobres» de aquí y ahora o, por fin, los renovados y dolorosos esclavismos de nuestro tiempo?

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«Slow train coming» o Elogio de la lentitud

Slow train coming es el título de un álbum que sacó Bob Dylan en 1979, pero, por esas caprichosas asociaciones de la memoria, más que a sus canciones, el evocador título sobre la lentitud del tren me remite a mi primer viaje en el AVE que me llevó, en ese estado de semiconsciencia que provoca la velocidad, desde Sevilla a Madrid sin poder ver -lo que se dice ver- ni siquiera un árbol, pues tras la hermética ventanilla los árboles (que sobrevivían en mi recuerdo de los viejos ferrobuses y expresos, al compás de la marcha trabajosa de aquellos lentos y queridos trenes, en la rítmica e hipnótica sucesión regida por el efecto Doppler) y los campos pasaban ahora como palitroques quebrados y surreales, tal caprichosas geometrías fractales, ante mis asombrados e impotentes ojos, que inútilmente querían retenerlos en un instante imposible, pues se habían transformado en ráfagas sombrías y fantasmales.Slow train coming

Vivimos sometidos a la ley de la aceleración universal que, como hemos comentado ya muchas veces, debemos entenderla como la expansión del movimiento continuo del capital en su búsqueda continua de mercados y beneficios, su persecución demente del crecimiento continuo. Con la alianza providencial de las tecnologías del transporte, la información y la comunicación, enfrascadas, a su vez, en la superación de las barreras (que imponían antes, aunque a duras penas, los frenos de la escala humana) de la velocidad y el almacenamiento, la aceleración sin sentido y el mangoneo del tiempo de la vida afectan ya a todos los ámbitos humanos.

Y es que, en efecto, aunque sigue siendo creencia general que el tiempo y su administración son un fenómeno natural, sometido a la ley de nuestra libertad para hacer con él lo que queramos, frente a tantas evidencias en sentido contrario, lo cierto es que su gestión y manipulación forma parte, de una manera muy íntima, de los estados, sean estos dictaduras o repúblicas de la propiedad y el crecimiento continuo y acelerado. Para comprobar hasta qué punto el tiempo es arbitrio del poder sólo habría que recordar decisiones recientes sobre los calendarios o los nombres de sus subdivisiones (semanas, meses, años) como los decretos del fallecido dictador de Turkmenistán, Saparmourad Niazov, que modificaban los nombres de los días de la semana, dictaba la entrada en la edad adulta a los 25 años o en la vejez, que, según su soberana decisión, no acaecería antes de los 85. Intentos que tienen antecedentes tan gloriosos como los de la Revolución francesa y sus rebautizados meses, que a su vez mantienen aún las reminiscencias imperiales, judías y cristianas.

Movimiento slowPero no hay que ir tan lejos en el tiempo. En estos días nuestros democráticos y ahorradores gobiernos nos recordarán el cambio de hora, tan incomprensible e injustificable como siempre (ya mostraba su asombro e incomodidad Manuel Machado en su delicioso Día por día de mi calendario) y que, en la recepción popular es entendido correctamente, a regañadientes, como lo que es en realidad: una simple decisión soberana, que nos recuerda quién es el verdadero dueño de nuestros madrugones e insomnios, hoy como ayer. Del mismo modo que las recientes decisiones de nuestro gobierno de derechas al retrasar la edad del retiro laboral están tan claramente emparentadas con los decretos del dictador turkmeno sobre el advenimiento de la vejez, que recordábamos unas líneas más arriba.

Los verdaderos señores del tiempo, pues, son los que deciden los turnos laborales contemporáneos (incluidos los periodos de «teletrabajo», vendidos por los técnicos del agit-prop como una verdadera ganga que haría posible por fin la compatibilidad del trabajo y la vida familiar), tan flexibles como los comerciales (que obligan a tantos trabajadores a abandonar su casa justamente cuando vuelven sus hijos del colegio), al albur de los caprichosos e insondables ritmos de vida, vespertinos y nocturnos, de ejectutivos, mandamases y ricachones o gente de mal vivir.

También las secuencias horarias vigentes en colegios, institutos y universidades, que pasan por ser tan naturales y espontáneas como comer a las 4 de la tarde, o comer de pie a cara de perro, o en la misma mesa o banco en que se trabaja, son decisiones tomadas con una intención determinada: romper la cadencia de la vida. Como recuerda, con tino, Igor Martinache en Alternativas Económicas (número 1, página 48) «Pierre Bordieu (…), retomando las ideas de la psicóloga Aniko Husti, apunta cómo la división de la jornada en horas puede dificultar el desarrollo de los niños, ya que se prohíbe una serie de actividades demasiado cortas o demasiado largas, y también se induce a lo que los psicólogos llaman efecto Zeigarnik: es decir la frustración de ser interrumpido en una actividad que se desea continuar».

Elogio de la lentitudMuchos movimientos, bajo el paraguas de la palabra inglesa slow y el icono del humilde caracol,  enarbolan la defensa de la lentitud, que -quién lo hubiera dicho- se ha vuelto revolucionaria: slow food, slow city, slow science…En todos ellos se denuncia la misma sensación de prisa que nos embarga, sin saber por qué: un apremiante y desasosegado desconcierto de que no nos da tiempo nunca a hacer lo que queremos, que es, como siempre denunció Agustín García Calvo, lo que se nos manda, la realidad construida a la velocidad del AVE haciéndose pasar por la única realidad legítima, comprensible, natural como la vida misma.

Como decía un amigo, nada queda ya en el hombre que sea natural, espontáneo o instintivo salvo, quizá, buscar la teta de la madre cuando nacemos. Lo demás, es aprendido, interiorizado a través de la represión o imbuido por la educación, la propaganda y la publicidad, si es que las tres cosas no son la misma. Es posible verlo como inevitable o hasta necesario, como hace Norbert Elias al considerar que el proceso civilizatorio, en su etapa contemporánea, puede entenderse como una construcción de la realidad que consiste en interiorizar obligaciones externas, que pasan así a sentirse como normales y naturales. Quizá el lector haya aprendido a sentirlo de esta forma, pero espero, al menos, haberle inducido, con los ejemplos y razones anteriores, a eso que las ficciones policiales y jurídicas de esa otra escuela que es la televisión o el cine nos ha enseñado a llamar una duda razonable.

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Esclavitud y otras servidumbres, aquí y ahora

Según la convención sobre la esclavitud de la ONU, firmada en Ginebra el 25 de diciembre de 1926 y que entró en vigor el 5 de marzo de 1927, la esclavitud es «el estado o condición de un individuo sobre el cual se ejercitan los atributos del derecho de propiedad o algunos de ellos». En la actualidad, según un informe de la OIT, «cerca de 21 millones de personas son víctimas de trabajo forzoso en todo el mundo, atrapadas en empleos que les han sido impuestos por medio de la coacción o del engaño y que no pueden abandonar». En este mapa de la Organización Internacional del trabajo, se puede ver -entre escalofrío y escalofrío- que sólo Groenlandia se libra de la vieja lacra humana.

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La esclavitud en el mundo actual: Mapa de la Organización Internacional del Trabajo

Las cifras son ignominiosas, desde la perspectiva que sea. Según la organización sindical, 3 de cada mil personas en todo el mundo está en situación de trabajo forzado y «18,7 millones de trabajadores (90 por ciento) son explotados en la economía privada, por individuos o empresas. De este número, 4,5 millones (22 por ciento) son víctimas de explotación con fines sexuales y 14,2 millones (68 por ciento) son víctimas de explotación con fines laborales en actividades económicas como la agricultura, la construcción, el trabajo doméstico o la industria manufacturera». España no se libra: Felipe Blasco, en una entrada de su blog, dedicada a este tenebroso asunto, nos recordaba que hace poco se desmanteló en Andalucía una red que explotaba a 400 prostitutas, como se puede leer en la información del diario La Nueva España en su edición del 5 de marzo. O el descubrimiento, hace unos años, de talleres textiles ilegales en Cataluña (El País, edición del 17 de junio del 2009).

La organización de liberación de esclavos Free the slaves da una cifra aún mayor que la OIT: 27 millones de personas que trabajan sin cobrar, coaccionadas mediante violencia y sin poderse librar de su situación de servidumbre. Según Kevin Bales, cofundador de esta organización de mercedarios del siglo XXI -sigo las citas del blog de Felipe Blasco-, la manumisión de un esclavo cuesta de media 400 dólares, «el coste de emancipar a los 27 millones de esclavos asciendería a 10.800 millones de dólares, cifra unas cuatro veces inferior al beneficio que genera la esclavitud al año, unos 40.000 millones».

Pero al hablar de la esclavitud contemporánea no sólo hablamos del «trabajo forzoso», sino de sus formas más clásicas y crudas. Josep Fontana, en su necesario libro Por el bien del imperio 1 nos informa de que en Mauritania, por ejemplo, hay en la actualidad -según datos de la ONU, 123.000 esclavos al modo tradicional, como propiedad absoluta de sus dueños, que pueden torturarlos y matarlos. En Níger, la cifra sería de 180.000. Dice con contundencia este historiador: «hay en la actualidad más esclavos que en ningún otro momento de la historia, en una nueva servidumbre que no se basa tanto en la propiedad como en el endeudamiento, y que se distingue, por ello, de la antigua por el hecho de que un esclavo cuesta hoy mucho menos que en el pasado». En concreto, según las cuentas que aporta Felipe Blasco en su blog, unos 90 dólares de media.

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No entran aquí las formas de vida paraesclavistas como las que, en nuestras sociedades, suponen en puridad los pagos de préstamos, usuras e hipotecas que condenan a aceptar cualesquiera formas de trabajo y la renuncia a derechos laborales, incluida la sospechosa sindicación, el respeto de convenios colectivos o mejoras en la conciliación de la vida familiar, etcétera. Ni tampoco el trabajo forzado en prisiones.

Es también Josep Fontana quien, en su último libro, 2 nos recuerda que la población reclusa en los EE. UU. suma la cifra agobiante de dos millones trescientos mil presos. «Según Barbara Ehrenreich, se han multiplicado las causas que pueden ser castigadas con multas y cárceles. En Nueva York es delito poner los pies sobre el asiento del Metro, aunque no haya nadie más en el vagón. En South Carolina, una mujer pasó 6 días en la cárcel por no poder pagar una multa de 480 dólares por tener sucio su patio». La privatización de las cárceles se ha convertido, a su vez, en un negocio muy rentable e incluye en su rentabilidad el trabajo esclavo. Según Fontana, la detención de inmigrantes ilegales por compañías privadas (que mantienen un contrato con el Federal Bureau of Prisons por valor de 5.100 millones de dólares) se complementa con el negocio del trabajo forzado de presos a bajo coste (de 1 a 3 dólares diarios) «a empresas como Chevron, Bank of America, AT&T o IBM, que pueden organizar fábricas en las prisiones o alquilar presos para trabajar fuera de la cárcel».

Me sentía obligado a poner ante los ojos del, quizá, desprevenido lector estas cifras de la infamia presente. Porque es que, además, tal como yo mismo denunciaba en un artículo publicado en La Opinión de Málaga (¡un ERE pende sobre 12 de sus trabajadores, que han renunciado, además, al 18% de su sueldo!) en el 2003 3, el mismísimo lenguaje del esclavismo se instaló hace mucho tiempo entre nosotros, con trágica frivolidad, en el mundo del fútbol. A diario, en efecto, oímos o leemos los precios -en esa bolsa infamante de los fichajes- en que los deportistas se venden o compran, incluso las cláusulas económicas de sus manumisiones, y vemos cómo son examinados por peritos médicos que se aseguran, así, del buen estado de la mercancía que compran. La semántica de la lengua, tan dócil a los manejos de los poderosos, nos acomoda mentalmente desde hace tiempo a la renovada esclavitud contemporánea; el paro, las reformas laborales o las usuras hipotecarias nos preparan, por su lado, a conciencia, para el acomodo y resignación de la futura ergástula en que transcurrirán nuestras vidas.

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¿Quién teme al lobo feroz? (parte segunda: la verdadera antipolítica)

Si me he demorado tanto en la recepción social de los resultados de las recientes elecciones italianas, ha sido para mostrar con alguna claridad cómo, desde el día después de hacerse públicos los resultados electorales, se ha puesto en marcha un proceso mediático (nada nuevo, por otro lado, y experimentado y puesto en práctica con éxito muchas veces) de neutralización, por absorción de contrarios, del Movimiento 5 Estrellas y de su líder espiritual,Beppe Grillo, mediante el recurso de mostrarnos al antihéroe Federico Pizzotti, alcalde de Parma, en el decepcionante y pedagógico ejercicio del poder, en el que cualquier antipolítica quedaría neutralizada. Siga atento, si acaso, el lector curioso, la marcha de los acontecimientos en los días venideros para comprobar la importancia creciente que irá adquiriendo esta ciudad italiana y su alcalde.Dominio Domingo

Pero, como decíamos al final de la segunda entrega de esta serie (Entre el gobierno de los peores y la antipolítica…), lo que la máquina de las democracias delegadas -óptimas administradoras del neoliberalismo económico- no puede absorber ni neutralizar fácilmente es el descreimiento que, respecto a las instituciones y gobernantes o partidos, señalan estas elecciones de forma tan evidente. Las políticas actuales, que tanto sufrimiento están provocando en las sociedades europeas, necesitan de la complicidad ciudadana traducida en votaciones. La democracia representativa es, en ese sentido, un régimen totalitario perfeccionado porque tiene la coartada de la soberanía popular. Es así que nada queda fuera de su arquitectura -y lo que queda fuera se presenta como el territorio propio del enemigo totalitario: populista, antipolítico, antisistema- y el lugar vacío del poder, al ser ocupado por las mayorías parlamentarias, es ocupado a la vez, en complicidad simbólica necesaria, por las mayorías sociales. Ello excluye, por tanto, la crítica en sus propios límites y, cuando se ejerce, es censurada como un «anti», que, si no es reabsorbido en el contrato social, debe ser perseguido, censurado y reducido al silencio y al asentimiento coercitivo.

El «contrato social» de los estados democráticos, como cualquier contrato, se basa en las cláusulas legales y en la buena fe de las partes. Asistimos, sin embargo, a un intento de rescisión de ese contrato político implícito en los regímenes de las democracias liberales. Debido a la mala fe y el incumplimiento de sus compromisos por parte de los gobiernos y estados, la parte contratante, por decirlo al modo de los Marx, (lucro y corrupción generalizados, medidas injustas a sabiendas), la parte social del contrato, o parte contratada (la gente, las multitudes) lo denuncia públicamente desistiendo de ir a votar, o votando a listas antipolíticas, y empieza a ensayar formas de autoorganización espontánea, mecanismos de democracia directa y denuncias públicas manifestadas en calles y plazas, en un intento de recuperar un espacio en que una nueva esfera pública y el rescate de los bienes comunes secuestrados sean posibles y hacederos.

Este es el verdadero lobo feroz al que temen las repúblicas defensoras de la propiedad, el rango y el privilegio: las multitudes que quieren rescindir el contrato social por la deslegitimidad en que han caído -deslegitimación en desarrollo, ya que no, teóricamente, en origen- quienes ostentan el poder. Esto es lo que manifestaba la encuesta del IESA andaluz, que dejaba claro que el 60% de los andaluces preguntados no estaba satisfecho con el sistema democrático. El director de esta institución andaluza de estudios sociológicos, Eduardo Moyano, calificacaba los resultados de este estudio como «motivo de pavor».

el-triunfo-antipoliticaPavor da, desde luego, la falta de entendimiento de lo que causa de verdad el descontento de la gente que traducen tan toscamente estas afirmaciones: es la colusión y mistaje de intereses que percibimos con tal claridad entre los políticos y los privilegios financieros privados, entre estado financiarizado y capital, y no el «sistema democrático» entendido como una mera forma de estado, una arquitectura legal para facilitar el turno en el ejercicio del poder. Si los políticos leyeran -no ya a Marx, lo que entraría de lleno en el reino de lo utópico y ucrónico- sino al asequible y liberal John Rawls, sabrían que una democracia que no esté construida sobre la idea de la justicia como equidad, que pretende sustentarse sólo en puros mecanismos procedimentales y formales, está condenada al fracaso.

Y es ése el fracaso que vivimos, la verdadera razón de la antipolítica. Ante ese fracaso es ante el que cobra sentido verdadero, pues, la antipolítica y los populismos (conceptos que, justamente por ser tan despreciados por los nuevos regeneracionistas debemos recuperar): la necesidad de reocupación del espacio vacío de la justicia distributiva abandonada por la política convencional, el deber de la denuncia del incumplimiento del contrato social de las democracias neoliberales, la creación de los espacios de libertad y debates en común usurpados, la alternativa de la toma de decisiones directa frente a la delegación gratuita del sistema representativo, la necesidad vital de protección y compartición de los bienes comunes… En efecto, repitámonos ahora la pregunta inicial: ¿Quién teme al lobo feroz?

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¿Quién teme al lobo feroz? (la antipolítica y el paradigma de Parma)

Los titulares con que los Medios han recibido los resultados de las elecciones italianas, celebradas los días 24 y 25 de febrero, nos confirman en las razones y cautelas que nos traemos entre manos en estas últimas entregas en torno a qué es eso de la «antipolítica», que prolifera de tal manera y con semejante alboroto de alarma y rebato, y qué es lo que, tras el velo de esa idea-meme, provoca tanto miedo -disfrazado de desprecio o admonición- como el que percibimos en portadas periodísticas o en declaraciones y valoraciones de políticos a través de los Medios de Educación Social.

Beppe Grillo después de votar.
Beppe Grillo después de votar.

Veamos algunos pocos ejemplos: «‘Tsunami’ populista contra los recortes.Los escándalos que afectan a los grandes partidos dejaron terreno fértil para quien se presenta como el castigador de los males incrustados en el sistema» (El País, 25 de febrero). Este, en la línea de las metáforas pertenecientes al campo semántico del catastrofismo climático, usada por el propio Beppe Grillo en su campaña electoral entendida como tsunami-tour. Hay otra variante climática, algo más conceptista: la de la «tormenta perfecta», utilizada, por ejemplo, por José Ignacio Torreblanca en su comentario de hoy en el mismo diario con el título de Italia vacante: «Tenemos sobre la mesa la tormenta perfecta: política, sociedad y economía, todas sometidas al máximo estrés». Un «estrés» que ya se encargaban de concretar, sin muchos tapujos, otros titulares del diario de referencia español, por ejemplo, el 26 de febrero: «La prima de riesgo se dispara a 400 puntos por los resultados en Italia. La subida de Berlusconi y Grillo aboca a Italia a la ingobernabilidad», o el más descarado aún, en forma de respuesta de la Unión Europea a esta suerte de provocación intolerable que ha supuesto el voto de los italianos: «Europa mantendrá la austeridad pese al malestar italiano» de la edición del día siguiente.

Todo, en fin, de este porte, con una insistencia monótona y abusiva en la ingobernabilidad de Italia, el auge del populismo cuando no en el chantaje (entendido literalmente) de los poderes fácticos de Bruselas. Barsani, por ejemplo, tras su victoria pírrica, echa mano de valoraciones compulsivas y primarias: «La situación en Italia es dramática. Estas elecciones deben enviar una señal a Bruselas». Un dramatismo que, desde luego, no percibió cuando apoyó el gobierno técnico (así, tan eufemísticamente, suelen llamarlo) de Mario Monti. Pero no debe haber en esto ninguna extrañeza: su partido, heredero descafeinado y oportunista del extinto PCI -literalmente se quedó sin nombre: se lo denomina con el término genérico centro-izquierda, por no utilizar el vacío, de puro transparente, nombre oficial, Partido Demócrata-, tiene un largo historial de turbias complicidades y silencios, nada dramáticos, como las inestimables y tuertas maniobras tácticas de Massimo d’Alema que propiciaron, a la postre, la irresistible ocupación del poder por parte de Berlusconi y los suyos.

Parma, il grillino Pizzarotti: “Non siamo l'antipolitica”
Parma, il grillino Pizzarotti: “Non siamo l’antipolitica”

La prisa histérica, por su lado, en encarnar esa marea de voto popular al Movimiento Cinco Estrellas en un nombre, un rostro y una etopeya concretos, nos ha traído a Beppe Grillo al primer plano, tildado ya como showman, ya como payaso o político populista (formando pareja con el clown Berlusconi) nada fiable para Europa, impredecible en su antipolítica. Siendo así, además, que el Movimiento del que se le hace cabeza visible no tiene una estructura jerárquica equiparable a la de los partidos tradicionales, se nos presenta como su líder espiritual, y su peculiar carácter y lenguaje es identificado, por metonimia, con la de todo esta lista o amalgama electoral que ha obtenido tamaña cantidad de votos en las elecciones.
¿Es este el lobo feroz al que tanto parece temer el stablishment europeo y sus grandes Medios dominantes, o los pusilánimes gobiernos de la Unión escudados en el fetiche ideológico del déficit y de la necesidad de seguir recortando partidas de dinero público? La falta de claves explicativas o interpretativas sobre las verdaderas intenciones -supuestamente desestabilizadoras- de la coalición, si tomamos al antiguo cómico como su cabeza visible, han convertido al ayuntamiento de Parma, cuyo alcalde, Federico Pizzarotti, fue elegido en la lista grillista, en el «laboratorio» del que se quieren extraer muestras para el análisis del quehacer cotidiano de la coalición antipolítica.

Esa era la perspectiva del diario argentino La Nación en una crónica del 25 de febrero. Su autora, Elisabetta Piqué, presentaba al alcalde del M5E como la «antítesis de Grillo, el bloguero y showman líder del M5E, acusado de populista.» En su retrato quitamiedos, Pizzarotti es, frente al excesivo Beppe Grillo, «tímido, de perfil bajo, para nada verborrágico, es un chico bien, educado, que fue votado por un electorado moderado y burgués. Un outsider de la política, hoy criticado por el aumento de impuestos y los recortes realizados en su corta gestión de gobierno, que sin embargo llama la atención por su seriedad y pragmatismo. Pizzarotti, que circula en bicicleta, eliminó las odiadas «auto blu», los autos oficiales. Ahora los asesores comunales se mueven en un normal auto a gas y quien solía ser el chofer del alcalde es taxista.».

Ha subido los impuestos, ahorra consumo eléctrico apagando la iluminación derrochona de algunas calles, asume la deuda heredada y que si no hay dinero, no hay dinero, se rebaja el sueldo, modélicamente, un 10%… Un político comme il fault, que se puede presentar en sociedad. Los análisis del laboratorio parmesano son tranquilizadores. La antipolítica del Movimiento puede que al final sea sólo la política desideologizada de gente con menos experiencia profesional que la de los grandes partidos, pero más honrada. Este parece ser el mensaje de fondo de la periodista argentina. Así pues ¿así de manso era este lobo feroz?

El problema, de este modo, si aceptamos el testimonio de Elisabetta Piqué y el tsunami grillista queda reducido a una refrescante brisa de honestidad, se nos plantea como un problema lingüístico, porque el prefijo anti en «antipolítica» no se presta a equívoco: «frente a» «en contra de»; no puede significar otra cosa. Agustín García Calvo nos enseñaba que era ahí, en los humildes pero tozudos deícticos o señaladores, en las conjunciones y morfemas monosémicos, donde la lengua es más autónoma e inmanipulable, por oposición al léxico abstracto que, en su pretensión de representar la realidad, es el más fácil de mangonear y tergiversar, como ocurría con la neolengua de 1984, de la distopía de Georges Orwell y como sucede con el eufemístico y tópico lenguaje político contemporáneo. No nos llama la atención  de hecho, que la palabra «política» aparezca junto a adjetivos, por decirlo así, teñida con distintos colores: «política democrática», «política cultural», «política económica», o incluso «política revolucionaria» y «política radical». Adivinamos la mansedumbre de los adjetivos, la docilidad de los diccionarios. De manera que a ver si en la entrada que sigue, y que da fin de momento a esta serie, soy capaz de poner algo de claridad en este embrollo en que nos quieren meter los nuevos regeneracionistas de la política de siempre, otros y los mismos.

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Entre el «gobierno de los peores» y la antipolítica: el nuevo regeneracionismo

Continuemos, tras el paréntesis de la semana pasada -que dediqué a compartir con los lectores mi descubrimiento de la «paradoja de Abilene»- con el hilo que dejamos suelto al final de la entrada Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis. Terminábamos diciendo allí que la urgencia reformadora, que dejaba traslucir el decálogo arbitrista publicado por el diario El País, era anacrónico y, aun así, de difícil realización práctica, pues llegaba tarde y chocaba con las inercias históricas de la derecha española, sin cuya mayoría parlamentaria aquellas medidas propuestas por el periódico liberal entraban en lo que la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi llamó, si bien en un contexto poético totalmente ajeno a este que nos traemos entre manos, el «Museo de los Esfuerzos Inútiles». antipolíticaLas buenas intenciones de este regeneracionismo o arbitrismo de nuevo cuño siguen impregnando, empero, los medios liberales. El mismo diario El País publicaba ayer, por ejemplo, una colaboración de Luis Moreno, un investigador del CSIC, titulada, de forma muy significativa a este respecto «¿Antipolítica, política negativa o regeneración?» En su artículo, como se advierte ya en el título, se opone la regeneración política a la corrupción dominante -que, a su vez, según el tópico bienpensante, es el factor explicativo de la desafección política de que informan con alarma las encuestas y los trabajos de campo sociológicos- como única solución o recambio para recuperar la cohesión social; no faltan, como es natural, admoniciones de tono apocalíptico, de lo que podría ocurrir, si no. Decía Luis Moreno cosas de este tenor: «No se antoja exagerado certificar que nuestro país necesita cirujanos de hierro, al modo expresado por el regeneracionista Joaquín Costa. (…) Se trataba entonces de un sistema caciquil donde, según el pensador aragonés, predominaba el gobierno de los peores. (…) El fracaso de tales ideas conformó uno de los factores más decisivos en el proceso de desestructuración que culminó en nuestra devastadora Guerra Civil.»

En el lenguaje activado y puesto en circulación por los regeneracionistas contemporáneos se repite con machaconería la idea-baúl de «antipolítica» (o sus variantes «política negativa» y política «antisistema») entendida como el peligro extremo que nos acecha si no atendemos a las medidas reformadoras que se propugnan. No es nada nuevo, por otro lado, pues, aun sin nombrarlo así, como sí lo hacían los medios propagandísticos del franquismo, sufrimos las advertencias sobre las acechanzas de la anti España separatista o el laicismo anticristiano. Veamos algunos ejemplos. El diario Público (en su edición del 19 de febrero) recogía unas declaraciones de Elena Valenciano, la activa política del PSOE, en las que sostenía que su partido, tras una autocrítica de sus propios errores, ha mostrado su disposición «para trabajar por mejorar la democracia, (…) mejorarla, que no acabar con ella, porque los socialistas consideran que es el mejor» sistema que existe, aunque haya que reformarlo. (…) Y eso sólo se puede hacer a través de la política.» Por eso avisa de la deriva en la que se encuentra la representación pública: «Estamos avanzando peligrosamente hacia la antipolítica». Como tantas veces, el centro político -donde aún cree el PSOE que están sus votantes- se busca ubicando previamente dos extremos: la corrupción, que provoca la desafección ciudadana, en uno, y la antipolítica, en el otro. Se quiso ubicar así Fraga Iribarne, en su reencarnación posfranquista; lo consiguió Suárez durante unos años; con esa misma geometría variable de un centro reformista, Felipe González refundó el PSOE en su ciclo triunfante. Lo vuelve a intentar, con dudoso éxito, Rubalcaba y el actual grupo dirigente del declinante partido socialdemócrata español.1348742489 812495 1349018302 Noticia Normal El abuso de la antipolítica no es ajeno, en la neolengua de moda, a los análisis sobre política internacional. En particular, ha proliferado en los comentarios sobre la campaña previa a las elecciones en Italia y a las expectativas que ha despertado allí el Movimiento Cinco Estrellas y su líder Beppe Grillo. Leíamos, por ejemplo, en la crónica de Pablo Ordaz (El País, edición del 22 de febrero): «El líder del movimiento ciudadano [Beppe Grillo] -sus defensores se enfurecen si se les llama antipolítica- tampoco figura en las papeletas, entre otras cosas porque se lo impide una vieja condena por homicidio involuntario tras un accidente de tráfico.» (nótese, de camino, la falacia ad hominem, usada con tal desparpajo por el periodista). En, para acabar con un último ejemplo, algo más exótico, los arrabales geográficos de Europa, volvemos a encontrar la advertencia sobre la dichosa antipolítica en los análisis y crónicas, como la de Silvia Blanco (El País, edición del 21 de febrero) sobre la actual situación política en Bulgaria, tras la dimisión del gobierno de Borisov. Ahí leemos también que los búlgaros «hace ya mucho tiempo que perdieron la fe en los político» y, al paso, se nos advierte del peligro de que caigan en manos de la política negativa o antisistema.

¿En qué consiste, pues, esa antipolítica, que ha caído en anatema en los grandes Medios de Educación de Masas y sobre cuyo peligro se nos está advirtiendo con tal urgencia y machaconería? Una respuesta de cómo se entiende por parte del stablishment actual la podemos encontrar en la interpretación que hacía José Mª Lassalle, en un artículo publicado el 1 de octubre del año pasado en diario de referencia español que estamos tomando como fuente textual. Se afirmaba allí, con mucho cuajo, cosas como esta: «La antipolítica deviene así en una épica de la multitud que agita la normalidad repetitiva de las leyes y la representación para ver qué surge del abismo excepcional, olvidando que siempre la primera víctima de esta peligrosa deriva es la propia libertad».antipolítica2

Así que ya vemos lo que causa tanto miedo en la clase política actual, en el intelectual orgánico liberal o en las miedosas y disminuidas clases medias españolas, y occidentales en general: la multitud y su pretensión de crear su propia épica, de erigirse en legislador universal en asambleas y concentraciones callejeras (tal como el cerco de mareas en torno al Congreso español, ayer mismo, que provocó que un dirigente segundón del PP, dominado por la hibris de la fecha -23 de febrero, aniversario del asalto del coronel Tejero al Parlamento- relacionara a aquellos miles de españoles con un intento de golpe de estado popular) que pretende abrir un nuevo proceso constituyente. Pero son demasiadas las cosas que aún nos quedan por decir sobre esto y no quiero alargar más aún esta entrada. Tiempo, de todas maneras, es lo único que tenemos, quienes queremos prestar voz a los subalternos, para cargarnos de indignación y de razones en esta tarea interminable de, como decía Mao, ir de derrota en derrota hasta la victoria final. Continuaremos, pues, paciente lector, cuando nos resulte hacedero, en la siguiente entrada.

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