El estado: ¿lugar neutro?

El concepto de estado es impensable en muchos sentidos, pues se sitúa en los márgenes mismos de nuestros fundamentos morales y lógicos, por ello necesita constantemente adjetivos: estado del bienestar, estado democrático, autocrático… Pero por eso mismo, porque en nuestros presupuestos sobre el pensamiento y la vida social la idea de estado funciona como el andamiaje invisible de nuestras creencias y razones, quizá sea necesario, hoy más que nunca, repensarlo. Aunque aquí creemos más bien, en la tradición marxista, que el estado se manifiesta en sus funciones (legislar, reprimir, cobrar impuestos…) y que lo más cómodo, por lo tanto, es definirlo como una estructura de poder aliada con las clases dominantes (y que, por tanto, un cambio en la correlación de fuerzas de la cadena del dominio lo transformaría automáticamente), tal vez después de todo sea útil volver a pensarlo de una forma crítica.

estado-del-binestarPodemos arrancar, para ello, de la entrada anterior y de la que dedicábamos a hacer un elogio de la lentitud. Allí abordábamos la naturaleza del estado como la del señor del tiempo. En ese sentido nos recordaba su existencia con los cambios de hora, renombrando los días o los meses (tal como ocurría en la Revolución Francesa y como pretendía  Saparmourad Niazov, el dictador de Turkmenistán) o repartiendo las fechas de los retiros laborales y la duración de nuestros descansos y vacaciones.

No es baladí. Hoy, por ejemplo, 28 de abril, es el día que el Estado declara “Día Internacional de la Salud y Seguridad en el Trabajo”. El cercano 1 de Mayo, dedicado al Trabajo y los Trabajadores, ya forma parte de la memoria de las sociedades occidentales, y nos puede servir como hito temporal en nuestros recuerdos en una frase del tipo “un Primero de mayo conocí en la manifestación a la que luego sería mi esposa…” o cosas así. La interiorización privada del tiempo público es una de las pruebas más fáciles para entender que la idea de los estados sólo cobra realidad en la medida en que nosotros la encarnamos, en nuestra vida cotidiana. “El estado soy yo”, la soberbia afirmación del Rey Sol, es una verdad mucho más insidiosa y democrática de lo que, ingenuamente, pudiéramos pensar.

Esto no pasó desapercibido a Pierre Bourdieu, que intentó, en sus cursos en el Collège de France, 1pensar la idea del estado desde un punto de vista antropológico, como un “lugar neutro”, un escenario real y simbólico del conflicto social, el lugar vacío de la confrontación por el poder, a la manera en que Leibnitz concebía a Dios, como el lugar geométrico de todas las perspectivas contrarias. Por lo mismo, el estado no puede existir sin un consentimiento social, sin que los ciudadanos que le dan realidad y cuerpo compartan los fundamentos simbólicos, morales y lógicos de ese lugar vacío. En ese sentido, también, la naturaleza del estado es religiosa, pues su misma existencia depende de algo tan precario como un sistema de creencias compartido.

rol del estado en la economiaBourdieu, retomando la idea del tiempo como prerrogativa estatal, bromeaba con que en Bruselas deberían dedicarse con tesón a confeccionar calendarios comunes a toda Europa si, de verdad, tienen la intención de construir algún tipo de soberanía compartida para la Unión. Aprovechemos, pues esa carencia europea, para discutir la idea del estado como el lugar neutro que nos traemos hoy entre manos: ¿es posible ese espacio compartido aquí y ahora?

Si pensamos, por ejemplo, en Bruselas -en tanto no hagan caso a Pierre Bourdieu y se dediquen a hacer un calendario común europeo como primera tarea fundacional-, está claro que ese lugar neutro no existe. La sede del poder en la Unión Europa es un verdadero locus absconditus y las decisiones que condicionan nuestras vidas se toman en el rincón más hermético de ese lugar oscuro, el Eurogrupo. Se trata de un cónclave que se reúne informalmente cada mes, formado por los ministros de Economía y Finanzas de los Estados de la Unión cuya moneda es el euro, el presidente del Banco Central Europeo, el Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, y su propio presidente, elegido por mayoría de Estados para un período de dos años y medio.  De sus deliberaciones ni siquiera se levanta acta, forman parte para siempre del secreto arcano político que rige nuestras vidas.

Dado que los estados nacionales soberanos, que han cedido su soberanía a la catalaxia europea, gobiernan al dictado de las decisiones que emanan de lugares escondidos y totalitarios como el Eurogrupo, bajo el pretexto de la necesidad, podemos afirmar, sin demasiados problemas, que en los viejos estados-nación europeos vivimos en un estado de excepción permanente,  al albur de los vaivenes de una moneda extranjera y sin capacidad para influir en la toma de decisiones que modifican la vida social, sea directamente en forma de elecciones comunes o indirectamente a través de elecciones locales. El lugar neutro del estado no existe ni ha sido sustituido por otro, llamémosle federal. Ni en el plano real ni en el simbólico, ni en el moral ni el de las creencias, hay un campo en el que, como en el Dios de Leibnitz, podamos ver el lugar geométrico de todos los antagonismos. Seguiremos, en una próxima entrada, preguntándonos por ese lugar invisible, teóricamente neutral y compartido al decir de Pierre Bourdieu, en lo que se refiere a España.

  1. Ediciones Seuil ha publcado recientemente el primer volumen de estos cursos, de forma sobria y ejemplar, bajo el título genérico Sur l’État

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

2 comentarios en “El estado: ¿lugar neutro?”

  1. Los españoles mantienen unas relaciones filiopaternales con el estado. Herederos todos de gobiernos dictatoriales, el estado aparece en nuestras mentes como ese lugar neutro, que tú dices y bien explicas, en el que situamos males y bondades. Como “padre” debe satisfacer nuestras demandas y aguantar nuestros caprichos y denuestos. Todo lo público, es decir lo adquirido con nuestras propias aportaciones, es deleznable y por tanto destruible. Un joven o no tan joven patea el mobiliario urbano y muestra, no su ira , sino su desprecio por lo que es común. Nadie, y los gobiernos menos que nadie, piensa que la educación supone una riqueza de igual modo que la salud. Para lo hijos del estado-padre es cómodo y tranquilizante pensar que es un lugar neutro donde habita lo abyecto e interesado, atribuyéndole, además, capacidades que sólo a los ciudadanos-hijos nos compete. Así cuando el estado deviene en pedigueño hacemos lo posible por que nuestras contribuciones sean lo más sucintas posibles. No me vale la disculpa de que los nominados mantenemos a este estado, que los más poderosos no pagan y así. Si en vez de ser nominados fueramos profesiones liberales nuestros asesores fiscales se encargarían de mermar los beneficios propios. La no creencia en el estado lleva a las sociedades al “paramimismo”, al nihilismo, que diría Ramoneda. Lo grave es dejarlo en manos del poder, como viene pasando habitualmente. Tal que los hijos dejan en manos de sus padres los asuntos importantes para no tener que implicarse y no adquirir responsabilidades, así los ciudadanos. De nada sirve entonar un planto por edades de oro o paraísos que nunca tuvieron lugar salvo en la literatura.

    1. Pero lo que dices, Nerissa, exige prerrequisitos: la ejemplaridad, por ejemplo. ¿A quién le quedan ganas de pagar impuestos que luego pagan las deudas de los bancos? O un horizonte ideal, como el que presupone John Rawls, de justicia equitativa (ya que la distributiva parece desterrada al sueño de los justos) presidiendo su “democracia de propietarios”. ¿Quien paga sin remordimientos el IVA, ese impuesto-atraco, para pagar los sueldos de los miles de vagos de las burocracias de Bruselas? En la próxima entrega intentaré explicar cómo, pese a la precaución teórica de Bourdieu, el lugar neutro del estado está tintado de un solo color y ocupado de mala manera por sus usurpadores. Muchas gracias por tu comentario, nos seguimos leyendo.

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