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La lucha de las mujeres es también la nuestra: por eso, el 8 de marzo, este espacio apoya la huelga feminista
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Blog de Manuel Jiménez Friaza

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En las pequeñas ciudades andaluzas hay tres sonidos que, a distintas horas del día, se expanden por el aire e impregnan los sentidos: las campanas y los pájaros por las mañanas y al atardecer, y los niños a la salida de los colegios, con el mismo alboroto que los pájaros… Los tres se acompasan al ritmo de la vida, lo contrario de los ruidos de la construcción o el escape estridente de los motores, que remiten a la angustia de las pesadillas… Son las tres cosas que más echo de menos cuando voy a la capital o al campo.
Una amiga de la red social Mastodon me comentaba, a propósito de esto, que a ella la angustia se la provocaba el zumbido de fondo por las noches en las grandes ciudades industrializadas. Otro apuntó que ese zumbido mecánico le recordaba el trabajo en las minas de los morlocks, en la ficción de El señor de los anillos… Yo apostillé que a mí me provocaba insomnio.
En un cuentecito de Kafka que leí hace muchos años (y que no he vuelto a encontrar, por más que lo he buscado las veces en que me acordé de él), le sucedía al protagonista que sufría de un insomnio irrevocable, que sólo cedía al sueño reparador cuando viajaba en tren. Racionalizaba esta extraña cura como consecuencia de un equilibrio entre dos «ruidos»: el suyo interno, que producía el insomnio, y el sonido rítmico del traqueteo del tren, que lo compensaba. De alguna forma, los dos ruidos se neutralizaban en una nueva dimensión del silencio…
El caso más espectacular de la relación entre sueño (entendido a partir de ahora como paz o silencio superiores), sonidos y ruidos es el de un conocido, que me confesaba que, tras trabajar durante años en una atracción de feria, con toda la parafernalia de música a gran volumen y el acompañamiento habitual de todo tipo de estruendosas máquinas, no podía dormir si no era oyendo música a toda pastilla en sus auriculares.
Casos extraños que espero que sirvan al lector amigo a pensar sobre la importancia que tienen en nuestras vidas sonidos, ruidos, música y silencio. Una importancia que nunca se ha visto reflejada, que yo sepa, en ninguno de los innumerables proyectos, más o menos utópicos, de redención humana a través del cambio social…
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Ya he publicado aquí, al menos, otro poema de los que intentan hermanar poesía y ciencia: poesía mestiza o híbrida que me parece enormemente fértil e interesante. «El corazón» es un poema que nos remite a las Matemáticas, en concreto, a la curva de Koch («copo de nieve»: las curvas que forman un triángulo equilatero… ¡de perímetro infinito!). Lo he encontrado en Cinco poemas sobre ciencia, de Andrés Neuman | Diario Judío México junto a cuatro más, que iré publicando en el canal en ocasiones venideras, por mor de no hacer las entradas demasiado largas, según mi costumbre…
(EL CORAZÓN)
Existe en matemáticas
una curva distinta a la que algunos,
los que nunca han dudado,
llaman curva de Koch.
Los perplejos en cambio han preferido
denominarla así: Copo de Nieve.
Se comporta esta curva fascinante
multiplicando siempre su tamaño
por cuatro tercios y hacia el interior,
llegando, de tan densa, al infinito
sin rebasar su área diminuta.
Artesana,
también así te creces muy adentro:
habitándome lenta,
quedándote con todo, sin forzarlo,
este pequeño corazón hermético.
Nota de Leo Lobos sobre este poema:
La variación más conocida de la curva de Koch es el “copo de nieve”, que no es más que tres curvas que inicialmente forman un triángulo equilátero. Su perímetro es, por supuesto, infinito, pero que su área tiende a 8/5 del valor del área inicial.
Sobre Andrés Neuman
Andrés Neuman nace en Buenos Aires, Argentina el año 1977, en la actualidad esta radicado en España. En 1991 se trasladó a Granada, donde obtuvo la licenciatura en Filología Hispánica. Ha impartido clases de literatura hispanoamericana y colaborado como columnista y guionista de tiras cómicas en el diario Ideal de Granada. Desde que en 1995 se da a conocer en el Certamen Nacional de relatos de Alfaguara, ha cosechado una importante cantidad de reconocimientos y premios literarios, tanto en el género de la poesía como en el de la narrativa y el cuento. Algunos de los más importantes son el XVII Premio Hiperión de poesía, por su libro El tobogán, o el Premio Primavera de novela, del que fue finalista en 2002 con su novela La vida en las ventanas. Su poesía ha sido incluida en varias antologías de poesía joven española como La generación del 99 de José Luis García Martín; La lógica de Orfeo de Luis Antonio de Villena; Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía de Josep María Rodríguez; o Veinticinco poetas españoles jóvenes de la editorial Hiperión. Además de su dedicación como escritor, hay que destacar su trabajo relacionado con el relato breve como coordinador del proyecto Pequeñas resistencias, una tetralogía sobre el cuento actual escrito en castellano, donde se encarga de la parte argentina.
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Las fronteras, los límites, las lindes, hay que imaginarlas como surgiendo de un mundo en el que aún no hacían falta muros ni ejércitos para vigilarlas, defenderlas o romperlas con un coste de vidas humanas. No, sino que hay que imaginarlas como símbolos orientativos: un árbol solitario, un río, unas piedras. En ese sentido es una delicia leer los registros y testamentos antiguos, describiendo morosamente con palabras la topografía que separaba un territorio de otro. Cuando el tiempo, el clima o el olvido volvía las fronteras imprecisas, se establecian nuevos consensos para mantener su utilidad para nuevas generaciones. Naturalmente, las cosas cambiaron con el despliegue y repliegue, a sangre y fuego, de imperios y estados. Como dice Bertho Lavenir:
No hay frontera sin cancillería y sin una oficina de registros oficiales; y no hay mapas sin una labor topográfica encargada por quienes detentan el poder. En la era de la Democracia, cuando se hace necesario tener en cuenta la opinión pública, los mapas y atlas ayudan a que la ciudadanía aprenda -si es preciso bajo la vara del profesor- los perímetros del estado que algún día puede que sean convocados a defender.
Pienso para mí que un proceso parecido, y paralelo, fue creando las cancillerías y aduanas que vigilan la institución del «yo» y sus territorios, sus defensas o agresiones y violaciones… Pero de esas otras fronteras hablaré otro día.
Muchos, tal vez la mayoría, lo intuyen; algunos lo saben pero no lo dicen; solo unos pocos lo saben y lo dicen. Me refiero a la mentira constitutiva de los estados. Emmanuel Rodríguez es de esos pocos:
La palabra Estado tiene algo de teológico. Soberanía es una palabra teológica. La idea de una totalidad que incluye y representa a todos los ciudadanos (que vela por ellos al tiempo que los somete) es teológica. En todo caso, diría que la idea de soberanía, de un Estado que puede y tiene capacidad de gobierno efectivo, esto es, de dirigir y organizar una sociedad, es hoy todavía más ficcional que hace cincuenta años. Se dirá que la soberanía siempre ha sido una ficción y que realmente el campo político se corresponde, desde el origen del Estado moderno (en los siglos XV o XVI), con un sistema mundo en el que unos Estados subordinan a otros, y por lo tanto son más soberanos que el resto. Lo que respondería a estas críticas es que en los tiempos de la globalización financiera, y de la circulación monetaria a tiempo real, ni siquiera los Estados más poderosos pueden escapar a esta forma de mando sobre la que apenas tienen control. Esto implica el fin del programa de las viejas izquierdas que remiten siempre a un Estado nacional, con programas nacionales de crecimiento, mercados laborales regulados y sistemas nacionales de provisión social.
Si quieres leer la entrevista entera que le hace Guillem Martínez, está aquí
La idealización de la «vida salvaje» nos lleva a muchos equívocos . El pacto brutal de los perros y los hombres, ha hecho que estos lejanos descendientes del lobo haya trsnsgredido leyes naturales como atacar y matar a miembros de su especie a cambio de comida y protección. Basta, para entender la segunda naturaleza adquirida junto a nosotros, ver la placidez con que duerme un animal doméstico en su casa humana, sin ese miedo y alerta continuos a que los somete el hambre y el acecho de los depredadores. La vida ahí fuera puede ser un auténtico infierno.
Esta mañana me encontré con un antiguo -muy antiguo- alumno que, al preguntarle yo por su vida actual, me contó que vivía con su abuela. Pero no por las razones que se me ocurrieron al pronto, las que se os estarán ocurriendo a vosotros ahora mismo: una familia desestructurada, violencia doméstica, dependencia… No, era por una razón más sencilla y entrañable: la quiere mucho y no soportaba verla vivir sola cuando enviudó a los setenta y pocos años. Así que acondicionó su casa, hizo las maletas y se mudó. Hoy la abuela tiene más de 80 años y siguen viviendo juntos y felices. La sensación que me transmitió era la de ser el hombre más feliz y enamorado del mundo…
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[A vueltas con el español radiactivo. A propósito de los que quedan solos en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias]
En este libro de Miguel Ángel Asturias -que es la fundación mítica de un mundo, que es verbal, épico y feérico al mismo tiempo- los íngrimos son los hombres que quedan solos tras el abandono de sus mujeres, las tecunas. «Tecunas» es la antonomasia por María Tecún, la primera -fundadora, diríamos- en abandonar de la noche a la mañana a su marido ciego. Se especula en adelante, a propósito de las sucesoras, si es que están afectadas por el roce de unas arañas, enloquecidas a su vez por el polvo de unas semillas, hechizado por los brujos. Nunca son encontradas y sus íngrimos, incapaces ya de vivir solos, las buscan sin cesar, víctimas, más que de una obsesión, de una locura. que solo acaba con la muerte. El lugar simbólico de esa muerte inevitable es un barranco en el monte Tecún, envuelto en nieblas y aire insano, donde la Primera se apareció al ciego, con la vista recobrada para quedar otra vez, definitivamente, ciego, bajo el aspecto de una mujer de piedra…
También las casas dejadas por las tecunas sufren las consecuencias del abandono. Así lo describe Asturias, al detenerse en la casa de la Segunda, la mujer del cartero:
El rancho no parecía deshabitado. El viento jugaba con la puerta sin atrancar. La abría, la cerraba. Las casas de las «tecunas», que son las mujeres que se fugan del hogar, quedan llenas de misteriosos ruidos. Ruidos y presencias. Los malos ojos de la duda, en el chingaste ingrato del café, con las pupilas aguosas de llanto negro. El cofre de la ropa buena, la ropa interior olorosa a calor de plancha, sacude sus aldabas como orejas metálicas sobre la madera hueca, al soplo del viento que entra desde el patio, donde el lazo de tender trapos ahorca el cielo. En un apaxte de agua sucia, amarillenta, un ratón náufrago. Y las hormigas negras, guerreras, rodeando los comestibles. Rosarios del mal ladrón entran y salen, afanosamente, a los graneros, a la cocina, fuera de las taltuzas mazorqueras, instaladas de una pieza en la casa de las «tecunas», y los pajarracos que graznan de alegría, y los fantasmas de perros que olfatean, invisibles -solo sus pisadas se oyen-, el tufo a meado de la eternidad en la vejez de las cosas, abandonadas, polvo y telaraña ….
En el mundo mítico de los indíos, protagonistas de la mayor parte de la novela, los hombres tienen un alma, más un doble que un alma, en el reino animal, los nahuales. Así, Nicho Aquino, el cartero preterido por la segunda tecuna, es fama que es también un coyote: esa es la razón natural de que transporte con tanta rapidez la saca del correo desde la capital hasta el pueblo, perdido en las montañas, de San Miguel de Acatán, y al revés.
Español radiactivo es la expresión que uso, tomada de Lázaro Carreter quien la utilizó para calificar le prosa de Fray Luis de León, como ya he referido por aquí en otras ocasiones. Pues ¿cómo, si no, llamarlo, sino así, con la melancolía -que es el sentimiento de la pérdida, como la que sienten los íngrimos- que provoca esta lengua desmayada de ahora, sin la potencia explosiva que tuvo para crear, nombrándolo, un mundo que, hasta ese momento, estaba virgen y sin nombres, reinstaurando el privilegio de Adán en el origen del tiempo? Son pocos los que gozaron de este don, desde luego. Por fortuna para los contemporáneos, los libros han guardado las huellas, aunque ya sordas y desvaídas, de esas palabras primordiales …
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Comparto, con esa «inmensa minoría» a la que me dirijo siempre, la versión en español de un interesante (ponga el lector amigo el adjetivo «interesante» entre comillas) artículo publicado en Mediapart, el 6 enero de 2019 , concretamente, en el blog Les invités de Mediapart , con el título Paradoxal silence autour de la découverte d’une lettre de Rimbaud. El autor del artículo es suficientemente claro en todo lo que respecta al descubrimiento de la carta, su tratamiento informativo en los medios franceses y el interés intrínseco de su contenido, que nos revela a un Rimbaud muy distinto al del tópico recibido, que lo encasilla perezosamente como «poeta maldito» . Mi papel, por tanto, queda reducido al de simple intermediario.
Doctor en ciencias políticas y apasionado por los estudios rimbaudianos, Frédéric Thomas encontró una carta del poeta, de 1874, sorprendentemente inédita, que lo muestra en relación con la red de comuneros en el exilio. Se preguntaba por el silencio de la prensa en torno a este reciente descubrimiento.
Pocos periódicos han informado del descubrimiento excepcional de una carta desconocida de Arthur Rimbaud. ¿Cómo se explica esta situación paradójica?
El 9 de octubre, Sotheby’s vendió la última carta de Arthur Rimbaud a su hermana por 405.000 euros. Es imposible ignorarlo; ha estado en las noticias. Muchos eran, de hecho, artículos, despachos y otros comunicados. Era una oportunidad para recordar el trágico destino del poeta, para dispersar algunas anécdotas y citas, y para ceder a la magia complaciente del premio. Y para tranquilizarse a un precio razonable sobre el supuesto destino del arte; para mantener la poesía a raya.
Al día siguiente, la revista rimbaudiana Parade sauvage publicó una carta desconocida de Arthur Rimbaud. Sin embargo, esta «primicia» fue ignorada por la mayoría de los periódicos, a pesar de que estaban informados (con la excepción de Mediapart, que la mencionó en un artículo fechado el 24 de octubre de 2018).
La carta, que expone el sorprendente proyecto de Rimbaud de escribir «L’Histoire splendide», estaba en los archivos de Jules Andrieu. Uno de sus descendientes, bisnieto del comunero, le dedicó una biografía: Era Jules. Jules Louis Andrieu (1838-1884). Un hombre de su tiempo, que la puso en línea. Reproduce, en la página 109, una copia de esta carta. Ahí fue donde la encontré.
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Carta inédita de Arthur Rimbaud, 16 abril de 1874 ©DR
He contactado con el descendiente (que desea permanecer en el anonimato). Después de haber solicitado la experiencia y el asesoramiento de uno de los mejores expertos de Rimbaud, Steve Murphy, y de haberme beneficiado de la revisión y los comentarios de otros dos eminentes investigadores, Denis Saint-Amand y Robert St.Clair, he hecho pública esta carta, proponiendo un análisis detallado que intenta arrojar luz sobre su contexto, desafíos e implicaciones.
La edición del 4 de enero de 2019 del Frankfurter Allgemeine Zeitung dedicó una página entera al descubrimiento de esta carta. ¿Cómo explicar tal diferencia de tratamiento de la información, de un país a otro -y mientras que Rimbaud sigue siendo, junto con Hugo y Baudelaire, uno de los poetas más famosos de Francia- entre una carta vendida y una carta descubierta?
¿Es el miedo a las «fake news»? Ciertamente, es importante ser cauteloso. Sin embargo, todo indica que la carta en cuestión es auténtica. Además, hasta la fecha, todos los investigadores están de acuerdo en su autenticidad. Sobre todo, esta precaución requiere más investigación, en lugar de ignorarla o silenciarla. Sin embargo, parece que el miedo a las «noticias falsas» sirve como una excusa conveniente para la pasividad. Tampoco debe ser visto como una conspiración de ningún tipo, ni como una disfunción, sino como una revelación de una situación.
Falta de tiempo y recursos -¿y curiosidad?-. Los periodistas tienen pocas oportunidades de verificar y cotejar la información. Y menos aún para realizar trabajos de investigación. Necesitan hechos en bruto, cuantificables, fácilmente asimilables y directamente explotables. Incluso si eso significa perderse un descubrimiento, darle la espalda a la sorpresa.
De hecho, esta carta desconocida de Rimbaud avergüenza. Su descubrimiento desestabiliza. Porque esta carta no era conocida, por supuesto. Pero también por su contenido -que nos invita a relanzar la investigación en torno al poeta- y su destinatario; socavando la imagen del genio solitario, del «poeta maldito», consagra la inscripción del autor de las Iluminaciones en una microrred política y cultural de los comuneros en el exilio. Quiero decir, no tiene precio. Definitivamente no hemos terminado; ni con Rimbaud ni con la poesía. «A los vendedores no les falta dinero! «(Soldes, Iluminations).
Tal vez tengamos que ponernos de su lado; Rimbaud sigue molestándonos. La llamada que había hecho a la poesía para «cambiar la vida» resonaba a través de nosotros. Tanto en la saturación de los medios como en nuestros silencios. Es obvio que el descubrimiento de una de sus cartas es infinitamente más valioso para nosotros que su venta.
> Frédéric Thomas es doctor en ciencias políticas, investigador en Cetri, miembro del consejo editorial de Dissidences, autor de Rimbaud révolutionaire, Paris, L’échappée, 2019.
> He aquí el texto de la carta inédita de Arthur Rimbaud exhumada con la biografía del comunero Jules Louis Andrieu:
Arthur Rimbaud a Jules Andrieu – Londres, 16 de abril de 1874 – Carta autógrafa de los archivos de la familia de Londres, 16 de abril de 74
Señor,
– Con disculpas por la forma de lo siguiente.
Me gustaría emprender un trabajo por entregsa, con el título: L’Histoire splendide.(Espléndida historia). Me reservo: el formato, la traducción, (primero al inglés) el estilo debe ser negativo y la extrañeza de los detalles y la (magnífica) perversión del conjunto no debe afectar a ninguna otra fraseología que no sea la posible para la traducción inmediata – Como resultado de este resumen: entiendo que el editor sólo puede encontrarse en la presentación de dos o tres piezas muy elegidas. ¿Necesitamos preparativos en el mundo bibliográfico, o en el mundo, para esta empresa, no lo sé? – Finalmente, puede ser una especulación sobre la ignorancia en la que estamos ahora en la historia, (el único bazar moral que no explotamos ahora) – y aquí principalmente (me dijeron (?)) no saben nada de historia – y esta forma de especulación me parece suficiente en sus gustos literarios – Para concluir: sé cómo hacerme pasar por una persona de doble vista para la multitud, que nunca se molesta en ver, que puede que no necesite ver.
En pocas palabras (!) una serie indefinida de piezas de valentía histórica, comenzando con anales o fábulas o recuerdos muy antiguos. El verdadero principio de esta noble obra es una reivindicación llamativa; la continuación pedagógica de estas piezas también puede ser creada por reivindicaciones al inicio de la entrega, o desprendidas – Como descripción, recordemos los procesos de Salammbô, como conexiones y exploraciones místicas, Quinet y Michelet: mejor. Luego una arqueología ultra romántica siguiendo el drama de la historia; misticismo chic, rodando todo lo polémico; desde el poema en prosa hasta la moda local; desde la escritura de cuentos cortos hasta los puntos oscuros.
– Les advierto que no tengo más panoramas o curiosidades históricas en mente que un bachiller de hace unos años – quiero hacer un trato aquí.
Señor, sé lo que usted sabe y cómo lo sabe: pero estoy abriendo un cuestionario para usted, (esto parece una ecuación imposible), qué trabajo, de quién, puede ser tomado como el más antiguo (último) de los comienzos?
En una fecha determinada (debe ser en el futuro) ¿qué cronología universal?
– Creo que sólo debo prever la parte antigua; la Edad Media y los tiempos modernos reservados; aparte de eso, no me atrevo a prever – ¿Ves lo que los más antiguos anales científicos o fabulosos que puedo comparar? Entonces, ¿qué obra arqueológica o crónica general o parcial? Termino preguntando qué fecha de paz me da usted sobre el conjunto greco-romano africano. Veamos: habrá: ilustrado en prosa a la Doré, la decoración de las religiones, los rasgos de la ley, la vergüenza de las fatalidades populares exhibidas con trajes y paisajes, – todo tomado y desenrollado en fechas más o menos atroces: batallas, migraciones, escenas revolucionarias: a menudo un poco exóticas ; sin forma hasta ahora en los tribunales o en la fantasía. Además, una vez que el asunto esté resuelto, seré libre de ir místicamente, o vulgarmente, o hábilmente. Pero un plan es esencial.
Aunque es completamente industrial y las horas dedicadas a la producción de esta obra me parecen despreciables, la composición no sólo me parece muy difícil. Así que no escribo mis peticiones de información, una respuesta te molestaría más; te pido media hora de conversación, la hora y el lugar por favor, seguro de que has entendido el plan y que lo explicaremos rápidamente – para una forma increíble y en inglés.
¡Contesta, por favor!
Mis respetuosos saludos
Rimbaud – 30 Argyle square, Euston R. WC
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La vista es el sentido humano por antonomasia: por decirlo en francés, con una palabra muy asentada y conocida, somos «voyeurs». Con la mirada nos comemos el mundo, literalmente. Los renacentistas tenían una elaborada teoría sobre el amor en la que los ojos inoculaban la enfermedad: no hay miradas inocentes…. Pero hay también una mirada interior encargada de ver lo invisible, de adivinarlo, y en ese sentido somos «voyants», videntes. Esos ojos ilocalizables marcan el destino del poeta o del artista, su señal de Caín que lo convierte en habitante del ensueño, ese mundo sonámbulo que es nuestra verdadera patria…
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Publicado en La Marea
La palabra «leyenda» procede del gerundio latino con valor de obligación. Significa literalmente «lo que ha de ser leído», con arreglo a su género neutro originario. Aún recuerdo de mi infancia un uso coloquial parecido, en consejos como «fíjate bien en lo que pone en la leyenda». Esto quiere decir también, según lo entiendo, que las leyendas, en su significado más extendido, llegan a nosotros ya escritas, con solo remotas huellas del océano sumergido de los relatos orales de que nacen.
Siempre me han encantado y, en el momento en que pude comprarme libros caros, adquirí una voluminosa antología de leyendas españolas de Vicente García de Diego, fundamentada y entretenida, aunque hecha con un criterio discutible: solo eligió aquellas más literarias del inmenso corpus disponible y de autores conocidos, en la mayoría de los casos. También trabajé con leyendas andaluzas en mi primer año como profesor y, más adelante, en un taller de narratología, encargando a los alumnos -de zonas rurales: es impensable su supervivencia en poblaciones urbanas grandes- pequeñas investigaciones sobre leyendas vivas en su localidad. En una de esas ocasiones encontré rastros de una leyenda, no literaturizada, de un animal dañino y monstruoso que provocaba terror en la comarca y que destruía con fuego: algo muy parecido, según la reconstrucción hecha por el hablante a uno de mis alumnos, a los dragones, parlantes y no parlantes, que han popularizado tantas películas actuales.
La leyenda se emparenta con la tradición, que se opone habitualmente a la Historia (así lo ha hecho Agustín García Calvo en muchos de sus opúsculos). Tratándose en un caso y otro de relatos, se bifurcan y separan a causa del concepto contemporáneo de verdad científica. Esta, como monopolio de la Historia, ajustada a palo seco a documentos, objetos y testimonios comprobados -las famosas fuentes- en una búsqueda de interpretaciones que se suponen más cercanas a la «verdad» del pasado. Aunque con la excepción, que yo conozca, de los historiadores británicos tradicionales, excelentes narradores todos, como Sir Steven Runciman, que en su Caída de Constantinopla, 1453, nos ofrece una rigurosa obra histórica que se lee como una gran novela. Esta excepción incluye a los de formación marxista -una nutrida y fértil escuela- como el gran Eric Hobsbawm, a quien debemos la deliciosa historia de las revueltas agrarias del conocido como Capitán Swing, el nombre mítico e individual de los primeros luditas.
La leyenda, por su parte, no necesita el aparato erudito o científico en su búsqueda de verdad, pues en su camino propio bastan los relatos perdidos o imaginarios que le dan forma y ritmo, en la que el cálculo temporal no importa sino como evocación y neblina, sin quedar sujeta a exigencia de exactitud alguna. Lo que no quita que entre los pecios identificables de muchas leyendas se encuentren fragmentos de «verdad» histórica, como nos enseña el conocidísimo caso del arqueólogo Heinrich Schielamann en su búsqueda exitosa de los restos de Troya a partir de los textos legendarios de Homero.
Según nos acercamos a la modernidad, a la vida aburrida de las ciudades, sometidas ya a la ley del trabajo, el tiempo muerto planificado en ocios y diversiones, es decir, en tedio irremediable, las leyendas van adquiriendo las caras proyectadas por el espectáculo y el deporte; pero el barullo, ya ruidoso como nuestro tiempo, de hechos o hazañas de cantantes o jugadores, tildados con toda la mala intención como «legendarios», es el mismo. Como lo es la falta de interés por encontrar, en el contraste crítico con los hechos, «verdad» biográfica ninguna. El caso es que estas vidas nada ejemplares deben ser conocidas, leídas y baremadas, en tanto leyendas, en el frívolo canon del stream social, que también arrastra en su corriente las que se han popularizado como «leyedas urbanas» . Justamente, porque se trata de rumores o teorías supersticiosas no contrastadas con la realidad, enriquecidas por la creatividad del boca a boca.
La prescripción de aquellas cosas que tienen que ser leídas puede, también, ser decretada por una individualidad poderosa, tal como hizo -o quiso hacer, porque es el destino de las leyendas estar siempre inacabadas- el poeta Juan Ramón Jiménez, obsesionado siempre con legar su obra (su Obra, con mayúsculas) como un corpus ordenado. En torno a 1958, en el exilio, lejos de su tierra y de su gente, ya tenía un título para su obra completa: Metamorfosis, cuyas materias y nombres serían: Leyenda (poesía); Historia (prosa lírica); Política (ensayo y crítica general); Ideolojía (aforismos), Cartas (cartas públicas y particulares); Complemento («complemento jeneral»); y Traducción (traducciones de poetas extranjeros). ¿Por qué Juan Ramón pensó en el nombre de «Leyenda» como la totalidad abarcadora de su obra poética? Seguramente porque era consciente de la naturaleza de la leyenda, los versos que teníamos que leer: «como un mar en movimiento y cambio». Historia era el nombre adecuado para su obra en prosa, esclavizada por un sentido, ya como cultura y como ciencia, dejándonos la libertad de elegir entre leerla o no…
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El verbo leer viene del «legein» griego y el «legere» latino, cuyos significados oscilaban entre reunir, recoger y cosechar. ¿Cosechar, qué? Libros, historias, palabras dibujadas (letras, grafías: grafos, rayones sobre una piedra, sobre la arcilla cocida, sobre el papel…). Yo leo así de siempre, cosechando libros distintos, opuestos, complementarios, de un solo golpe de hoz o guadaña, al mismo tiempo, en paralelo más que en el desfile sucesivo…
He practicado así, sin saberlo, lo que Julia Kristeva llamaba intertextualidad, antes de que Internet lo popularizara con su hipertexto interminable, con la promiscuidad ansiosa de los enlaces (echar un lazo, atar, enredar, pero ya no cosechar). Así aprendí a pensar, relacionando cosas dispares al azar de las lecturas, devenidas, de este modo, en actos creativos, improvisados, llenos de sorpresas, descubrimientos, o deslindes y descubiertas, como llamaba a mi columna en La Opinión.
Esta navidad leo en paralelo un ensayo gozocísimo de un neurobiólogo y primatólogo, Compórtate, que recomendaba Belén Gopegui (también a ella la leo: Lo real) y una novela fascinante de Miguel Ángel Asturias, Nóbel olvidado, Hombres de maíz, una verdadera y lujuriosa fiesta verbal en la que el mundo y la lengua de los indígenas guatemaltecos se mezclan en coyunda feliz con el recio castellano popular del español de América y la mirada onírica y surrealista de la que su autor se empapó en el París de las vanguardias…
¿Qué saldrá de esta cosecha? No tengo ni idea, porque eso es lo buscado: lo imprevisible, lo por venir o descubrir, el desvelamiento o desocultación, el desciframiento del criptograma que, más allá de los libros, vela cuidadosamente el sentido del mundo y la mentira de la realidad…
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Esta mañana, al pasar por una casa en obras, me tuve que detener junto a una furgoneta que ocupaba la calle obstaculizando mi paso. Descargaban tazas de WC y leí, divertido, el letrero pintado en el exterior del vehículo con el nombre de la empresa: «Baños y Arte». En un primer momento (un automatismo de la actualidad española) recordé a aquel corrupto de Marbella del que descubrieron, tras su detención, que tenía colgados cuadros de Joan Miró en el cuarto de baño de su casa…
Otras imágenes de cuartos de baño lujosos, antiguos y modernos, acudieron a mi memoria y empecé a preguntarme por qué ocurría eso, justamente en el espacio reservado al aseo íntimo. Y caí en la cuenta de que era justamente por eso: un ocultamiento receloso (o una sublimación: es otra manera de verlo) de nuestras inmundicias y suciedad; un alejamiento parecido al que intentamos respecto de la presencia o recuerdo de la enfermedad y la muerte…
En realidad, nuestra civilización podría entenderse como el perfeccionamiento paulatino de ese disimulo, de la evacuación, siempre imperfecta, de nuestros olores y nuestra mierda. «Baños y arte», el eslogan, que la pequeña empresa había elegido tan acertadamente, era el resumen simbólico de la interminable e imposible huida de nuestra auténtica naturaleza…
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