Las edades del hombre (2): los niños salvajes

Este cuento, que ahora comienza, es el de viajes no deseados, sino que fueron provocados por accidentes o catástrofes. Las pruebas a que se vieron sometidos sus protagonistas tuvieron lugar en espacios aislados y, en ese sentido, los podríamos considerar «viajes estáticos» de los que tenemos constancias escritas. Me interesan especialmente dos: los casos de los niños salvajes y la ficción literaria, de larga trascendencia y vocación «pedagógica», de Robinson Crusoe, cuyo protagonista , frente a los anteriores y en contraste con lo que venimos diciendo, es, sin embargo, un adulto. Una obra que, sintomáticamente, es la primera que J. J. Rousseau hace leer al Emilio en su programa de autoeducación por la lectura.

Fotograma de la película de Truffaut sobre Victor de l' Aveyron
Fotograma de la película de Truffaut sobre Victor de l’ Aveyron

Hay muchos casos documentados de niños abandonados en lugares ariscos, en plena naturaleza, como se dice, que lograron sobrevivir por sus propios medios y, seguramente, con la ayuda de algunos animales y del azar. De forma muy significativa, se concentran entre el siglo XVIII y comienzos del XIX, la época de la Ilustración y la Revolución Francesa. Debemos suponer, pues, una carga ideológica (la renovada fe en la humanidad y los postulados de Rousseau sobre la educación) de la que nos da idea el hecho de que el viejo centro para sordomudos de París alcanzó la categoría de Instituto Nacional en tiempos revolucionarios.

De todos ellos, los más conocidos -seguramente por su adaptación al cine- son los de Victor de l’ Aveyron y el de Gaspar Hauser. Este último posee un interés «narrativo» por los misterios que aún hoy rodean su nacimiento (se especula incluso con que fuera un hijo ilegítimo de Napoleón Bonaparte) y su muerte, posiblemente asesinado, tanto como la «sombra» que lo seguía y espiaba tras su reintegración a la sociedad. En palabras del Wikipedista:

Kaspar Hauser fue un adolescente alemán famoso en Europa por el misterio en torno a su origen y a su muerte. Su carácter era el de un niño salvaje, por lo que se sabe que creció en cautiverio en completo aislamiento. Desde su aparición se especuló sobre su posible pertenencia a una casa real, en particular a la familia gobernante en Baden.

Apareció el 26 de mayo de 1828, en la ciudad de Núremberg (Baviera, Alemania) con 16 años, aspecto descuidado y una carta que llevaba consigo, dirigida a un militar y gracias a la cual conocemos su nombre y fecha de nacimiento. Su estado mental y su falta de lenguaje motivó la curiosidad de juristas, teólogos y pedagogos que le enseñaron a hablar, leer y escribir con cierto éxito. Un éxito que no obtuvo, salvo en la adaptación a las costumbres urbanas y a un grado inicial de socialización, Jean Itard, el mentor ilustrado de Victor de l’Aveyron, el niño encontrado por unos cazadores en los bosques de La Caune, en el Languedoc francés, cerca de los Pirineos.

Jean Itard documentó con detalle y método «científico» el proceso educativo que siguió con el niño, una vez obtenida la custodia que, a tal fin, le concedió el gobierno revolucionario francés. Gracias a su Informe, conocemos el estado en que se le encontró, y los éxitos y fracasos de su reintegración en la sociedad humana. No sabremos nunca, sin embargo (Victor no llegó a hablar) cómo fue su vida en los bosques ni cómo logró sobrevivir sin compañía ni ayuda humana. Tampoco se conocen bien sus últimos años en una residencia para huérfanos, donde fue abandonado tras la euforia inicial y la curiosidad social que despertó la apuesta «pedagógica» de Jean Itard. La causa de su muerte fue, posiblemente, el suicidio.

De modo que las durísimas pruebas que superó en su forzado viaje de iniciación a la vida adulta en los bosques, no le sirvieron de nada en su ingreso en la sociedad «civilizada», en plena euforia de la Ilustración. De la mano de su mentor y maestro tuvo que someterse de nuevo a rituales sin fin en otro proceso torturante de aprendizaje: desde acostumbrarse a andar con zapatos a seguir las tediosas lecciones sobre el francés escrito (uno de los grandes errores de Jean Itard, pues no es posible aprender a hablar a partir de la escritura, según señalaba Rafael Sánchez Ferlosio en sus prolijas anotaciones a la versión en español del Informe que él mismo realizó), cuando lo más probable es que la lengua materna del niño fuera la langue d’ oc y no el francés. O los durísimos ensayos de su maestro para que adquiriera «sensibilidad» en la piel: meterlo y sacarlo sucesivamente de baños de agua helada e hirviente. O la estéril y cruel ocurrencia, sobre la que he escrito en otras ocasiones, de pretender inculcarle la idea de la injusticia / justicia encerrándolo sin venir a cuenta en un «cuarto oscuro», que había dispuesto para los castigos…

De modo que este doble viaje iniciático del niño abandonado, lejos de ser la demostración de la utopía educativa rousoniana, que es como fue recibida en la optimista Francia revolucionaria, se mostró a la postre como la más triste y desesperanzadora distopía…

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