A vueltas con el tema de la moralidad y la justicia, como en otras entradas del blog (se pueden consultar en la página que hemos dedicado a hemeroteca). En esta ocasión, de la mano de Kropotkin y sus postulados sobre el carácter natural de la moral humana. Continuaremos en otro artículo posterior en que, como contraste, hablaré a propósito de las ideas sobre la ética de Edgar Morin, el gran pensador francés.
Aunque es una de las derivadas menos conocidas de sus investigaciones y postulados sobre el apoyo mutuo, Kropotkin estuvo siempre preocupado por el tema de la moralidad natural, o el sentimiento espontáneo de lo moral en los seres vivos sociales. De hecho, en los últimos años de su vida trabajó intensamente (y en circunstancias vitales muy penosas, en su retiro en Rusia, vigilado por la policía bolchevique y viviendo en una pobreza absoluta, gracias al apoyo de amigos y compañeros) en lo que iba a ser un gran tratado sobre Ética, que la muerte no le permitió acabar.
Siempre he mantenido una relación ambigua y contradictoria con los museos y el coleccionismo, aunque nunca, como ahora, lograba racionalizarlo. En lo que se refiere a los museos, la cosa viene de lejos: la revista El Paleto/2ª época -una revista de Osuna, que dio testimonio de los años de la Transición política española y en la que colaboré durante un tiempo- publicó un artículo mío que titulé «Los museos abandonados», que, en un tono ciertamente beligerante, manifestaba mi rechazo hacia esta institución «cultural». Mi alegato tenía que ver con el carácter de depósito mortuorio de las obras de arte encerradas en ellos, como un desván de trastos viejos e inservibles, desconectados entre sí y respecto al mundo vivo, incapaces de construir un relato si no era con mi ayuda, con la de cualquier visitante; protegidos por vallas, guardianes y un «no tocar» como prohibición primigenia y casi sagrada: Noli me tangere! Mientras lo busco y desempolvo para compartirlo de nuevo con mis lectores de ahora, dejo aquí el final, que recuerdo muy bien y que lo resume: «Los museos abandonados, ¡qué hermosa ruina!»
Para colmo, trabajé una temporada como guía del museo arqueológico de mi ciudad natal, y era un trabajo que me encantaba -aunque me sobrecogía la soledad hierática de las piezas cuando no había visitantes y me quedaba a solas en mudo diálogo con ellas… Cuando había gente, disfrutaba devolviéndolas por unos instantes a la vida en el relato verbal con que las enseñaba. Presumía, cuando eso era posible, de hacerlo en francés para los visitantes europeos que conocían esa lengua. Era un convencido del internacionalismo del arte y aquellos ratos reafirmaban mi creencia. Como saben mis amigos de las redes sociales, sigo sin romper mi cordón umbilical con ellos y no paro de enlazar cuadros de museos del mundo con el exhibicionismo propio de Internet.
Hoy sé que el origen de los museos es militar y que su función, en primer término, era la apología de la potencia de los estados, la presunción simbólica de una historia de conquistas, latrocinios y rapiñas. También sé que el origen del coleccionismo coincide con la ostentación de los propietarios de finales del siglo XV, la época, también, en la que se fragua el capitalismo europeo. Desde entonces hasta ahora, la nueva nobleza del dinero ha necesitado dignificarse con la posesión de objetos artísticos tras la devaluación y degradación inexorables de los títulos y estirpes familiares. El auge actual de las colecciones (hablaba de ello en un texto reciente sobre las nuevas mercancías), propias del capitalismo senil que padecemos, no hace sino corroborarlo.
Mi experiencia en esto es más liviana. En cierta ocasión, gracias a una conocida que me regaló su propio álbum filiatélico, quise continuar la colección por mis propios medios. Afortunadamente, desistí muy pronto, víctima del aburrimiento que me producía su contemplación onanista, la imposibilidad de encontrar las «rarezas» que hacen valioso cualquier atesoramiento de objetos, y esa sensación insidiosa, hermana de la que me han provocado siempre las visitas a museos, de tristeza y falta de sentido. Solo echo en falta no haber podido comprobar por mí mismo la confidencia de una querida amiga de que el lugar más discreto para un cita con un amor difícil es, justamente, un museo, entre desconocidos absortos en la contemplación pasiva de los objetos bajo custodia…
El museo rompe, en realidad, el ideal de belleza del Renacimiento, que nuestro fragmentario y cacofónico mundo olvidó hace tiempo: ese que pretendía que lo bello nace del equilibrio y complementariedad entre las partes y el todo. Bien mirado eso, que ya no existe por más exposiciones «temáticas» e itinerantes que hagan los responsables de estas instituciones, es lo único que me haría reconciliarme con ellos. Pero no deja de ser un desiderátum, como aquel que, de modo contrario y complementario, me hizo desear de joven el abandono piadoso de estos escaparates del arte y su no menos piadosa conversión en ruinas…
Teniendo a la vista el Darwin más descarnado, queda en entredicho que el animal humano suponga un avance respecto a las demás especies. Queda negada también la idea de «progreso» tan entremetida en nuestro imprinting político. El hecho clave de la evolución, tal como la describe Darwin, es que no tiene objetivo. En sus palabras:
No parece que haya más esquema en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en que sopla el viento.
Sin embargo, hasta el mismo Darwin reaccionó ante una idea tan desconsoladora. En la última página de El origen de las especies leemos:
De momento podemos echar una mirada profética al futuro para vaticinar que será la especie común y ampliamente difundida, perteneciente a los grupos más grandes y dominantes dentro de cada clase, la que al final prevalecerá y procreará especies nuevas y dominantes (…), podemos estar seguros de que la sucesión ordinaria por generación no se ha roto ni una sola vez, y que ningún cataclismo ha asolado el mundo entero. Por lo tanto cabe esperar con cierta seguridad un futuro seguro de larga duración. Y como la selección natural funciona únicamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a evolucionar hacia la perfección.
Ni el mismo Darwin aceptó plenamente las consecuencias de su propia teoría, que nos deberían hacer tan extremadamente humildes. De hecho, las versiones de la evolución más populares no son del propio Darwin. Herbert Spencer, uno de los profetas del capitalismo, fue el que acuñó la expresión «supervivencia del más fuerte». Fue Lamark, por su parte, quien creó la versión de que los rasgos adquiridos durante la vida de un organismo serían heredados por la siguiente generación. Él también creía que la evolución se dirigía hacia la perfección. El Antropoceno en que vivimos, y sus consecuencias, entre ellas la posible desaparición de nuestra especie, el corte civilizatorio a que nos ha traído el capitalismo (hijo bastardo del darwinismo social) supondrían un enorme desengaño para el Darwin más acomodado y para los darwinistas. (Todo esto, a raíz de la lectura de un ensayo de John Gray, La comisión para la inmortalización, sobre el espiritismo en la generación de intelectuales y científicos victorianos a que también perteneció Darwin. Otro día volveré sobre la investigación científica tan particular de la que se habla en este libro).
Cuando miro estas imágenes, de belleza sobrecogedora, de nebulosas y constelaciones, me obligo a rectificar las sensaciones de silencio y serenidad que producen desde tan lejos y sustituirlas por otras más cercanas a la verdad: auténticos infiernos de polvo, explosiones y radiaciones mortales, ruidos y resquebrajaduras más propios de una pesadilla. El rojo de esta nebulosa es el el color con que vemos la inquieta e intensísima luz del inestable gas de hidrógeno…
IC 1871: Inside the Soul Nebula Créditos de imagen & Copyright: Mark Hanson
Este primer plano cósmico muestra las profundidades de la nebulosa del alma. Las oscuras e inquietantes nubes de polvo, perfiladas por las crestas de gas resplandeciente, están catalogadas como IC 1871. El campo de visión telescópica, de unos 25 años luz de diámetro, tan sólo representa una pequeña parte de las nebulosas del Corazón y del Alma, mucho más grandes. A una distancia estimada de 6.500 años luz, este complejo campo de formación estelar se encuentra dentro del brazo espiral Perseus de la Vía Láctea, que desde la Tierra se ve en la constelación de Cassiopeia. Esculpidas por los vientos y la radiación intensa procedentes de las estrellas jóvenes y masivas de la región, las densas nubes de formación estelar de IC 1,871 constituyen un ejemplo de formación estelar en cadena. La imagen es rojiza debido a la emisión de un color específico de la luz emitida por el gas hidrógeno excitado.
Cumplimos hoy con el debido homenaje a la poeta uruguaya Ida Vitale que, a sus 95 años, ha recibido el Premio Cervantes 2018. Lo hacemos de la mejor manera posible: convocando a los amigos de este blog a la le lectura de una mínima selección de sus poemas.
Ida Vitale
Leíamos en el diario El País (15-11-2018), con motivo de la concesión del Cervantes, esta apretada síntesis de los principales hitos de su biografía literaria:
Es miembro de la llamada Generación del 45, junto con Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, estudió Humanidades y se dedicó a la enseñanza. Fue profesora de Literatura hasta 1973, cuando la dictadura la obligó a exiliarse en México durante una década (1974-1984).
En México, formó parte del consejo asesor de la revista Vuelta, impulsada por Octavio Paz, y fue una de los cofundadores del semanario Uno-Más-Uno, en 1982. En 1984 regresó a Uruguay, donde dirigió la página cultural del semanario Jaque, y en 1989 trasladó su residencia a Austin (Texas, EE UU), desde donde ha vuelto recientemente a su país.
Y, sin más tardanza, los versos vivos de Ida Vitale:
Fortuna
Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti mmismootro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.
Gotas
¿Se hieren y se funden?
Acaban de dejar de ser la lluvia.
Traviesas en recreo,
gatitos de un reino transparente,
corren libres por vidrios y barandas,
umbrales de su limbo,
se siguen, se persiguen,
quizá van, de soledad a bodas,
a fundirse y amarse.
Trasueñan otra muerte.
Exilios
…tras tanto acá y allá yendo y viniendo.
Francisco de Aldana
Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.
Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.
La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.
Se disuelve, tan solo.
Estar solo
Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina.
Justicia
Duerme el aldeano en un colchón de heno.
El pescador de esponjas descansa
sobre su mullidísima cosecha.
¿dormirás tú, en lenta flotación, sobre pael escrito?
Este artículo se publicó primero en La Opinión de Málaga el 8 de octubre de 2005
El niño que fuimos nos habita siempre. Oímos a veces sus berrinches por un capricho contrariado o lo oímos, de noche, llorar su desconsuelo en un rincón protector de la casa, ésa que también siempre habitamos. Ay de aquel que no mantenga vivo al niño a flor de alma, decía Miguel de Unamuno a su manera; gracias a su relación conspirativa con la loca de la casa -la imaginación- nunca terminamos de estar acabados y cerrados, somos seres siempre en obras: disculpen las molestias, parece que decimos a veces; y es el niño, sea la que sea la edad que tengamos, tal cual sea la circunstancia en que, sorpresivamente, aparece, haciéndonos preguntas impertinentes, metiéndonos en la indecisión y la duda en el momento más inoportuno.
Por eso causa tanta desazón, y la sentimos muy especialmente los que nos dedicamos a enseñar, verlos crecer o crecidos, cuando en un azar, tras haberlos conocido al llegar por primera vez al instituto -silabeando aún en las lecturas, aturdidos y con la mirada transparente y sorprendida-, nos los encontramos en un aula del último curso de bachillerato, con la voz cambiada y algo de ojeras y miradas más turbias, llenándose ya de planes de futuro, casi de parte ya del profesor. Es entonces cuando, en justa correspondencia, el niño que habita al maestro, impertinente a su vez, mete dudas sobre el trabajo hecho, y busca y añora a aquel niño inquieto y travieso y siente algo así como un repentino y molesto remordimiento… También los pueblos, que a su manera, fueron niños en algún momento, sufren de sus travesuras en la provecta edad en que ya se les consideraría crecidos y adultos, terminados y estables, incapaces ya para la sorpresa o el juego creador. Le pasa a España, a los pueblos de España, que no se acaban de sentir a gusto en la edad adulta que le otorgan los siglos que su nombra anotan en los anales. Y el niño se escapa de la clase de nuevo (en Cataluña, en las Vascongadas, mañana en Andalucía o Galicia) y hace la rabona y no hace deberes, y se rebela contra el profesor y el padre.
Y eso, que a tantos asusta, que tantos no comprenden y que a otros más ponen de los nervios (algunas hablan ya, otra vez, de ruidos de sables, otros de la pasta que nos va a costar, de su nación o la mía o la nuestra…) a mí me da una íntima alegría. Porque ese niño de España, que no termina nunca de estar a gusto, es que está vivo como el rabo de una lagartija, y que tanto castigo de guerras, dictaduras y exilios no le han apagado el ánimo y los bríos de la niñez, cuando tantas poblaciones se adormecen o mueren en el hastío de los adultos que ya no recuerdan cómo eran en su infancia. Este pueblo está vivito y coleando, no sé por qué tan poca gente se da cuenta de eso, del torrente de energía creadora, contradicción viva y posibilidad abierta que tenemos.
Que nadie se engañe cuando lea noticias sobre la huelga general que la CGT convocaba estos días en Francia, pensando que de allí va a salir otro 68, otro resfriado europeo producto del estornudo francés. Allí ya no pasa nada, se han hecho mayores. Lo que está pasando aquí, si somos capaces de traspasar el ruido político de las reformas de los estatutos, y las alarmas y llamadas al orden de los padres y maestros, es más gordo e importante. Aquí, una de las naciones más antiguas de Europa, ahí es nada, sigue buscando su identidad y encaje, negándose a comportarse como sus luengos siglos de vida le aconsejan. Un poco más allá del follón aparente de las autonomías, un poco más a la izquierda y más al fondo, está el niño intermitente de España, dispuesto a nacerse de nuevo, a inventar de nuevo su lugar en el mundo.
Si bien se mira, no hay apenas diferencia entre los juegos de azar, envite o apuestas y las inversiones especulativas de capital, sean en acciones de Bolsa, en deudas públicas y privadas, más que la cantidad que se pone sobre el tapete. El auge que están viviendo unas apuestas y otras son, según me parece, síntomas parecidos del capitalismo senil que sufrimos. En uno y otro caso, desaparece cualquier afán productivo, cualesquiera fuerza de trabajo o elaboración de mercancías, para quedar solo el formidable envite del dinero abstracto.
Menudean en los últimos tiempos advertencias sobre la proliferación de casas de juego, casinos o tugurios de apuestas en barrios pobres y marginados y, lo que es, sin duda, más peligroso en términos de futuros posibles, entre la gente más joven. Sobre todo ello habla, aunque centrándose en Madrid, el reportaje de El Salto que enlazo al final de esta entrada. A propósito de ello, pero queriendo llegar más allá de las razones y condiciones objetivas que la Sociología puede explicarnos mejor, me quiero preguntar por el sentido último de esa atracción por el juego y el envite. En lo personal, debo confesar un rechazo y repulsión instintiva hacia esa fascinación. Desde pequeño, me producido una mezcla de desconfianza y tristeza la imagen abstraída de los jugadores, sea ante un tapete verde o ante una máquina combinatoria. Es posible que en ese rechazo entre, como una circunstancia más, que nunca he ganado dinero en un juego ni he acertado una quiniela o el número de cualquier lotería. Ni una simple partida de parchís. Pero hay algo más que ahora creo entender, aun con el margen de error que tiene una interpretación de la realidad, naturalmente.
Y es la cosa que, con arreglo a esa interpretación, entiendo que tienen un papel muy importante dos creencias subjetivas muy extendidas: el fatalismo y la identificación del azar con la justicia. Intento explicar por qué, centrándome en el jugador pobre de barrio obrero o lumpen, parado o trabajador -son indistinguibles ahora mismo, siendo el paso alternativo de de una condición a otra parte del trabajo mismo contemporáneo.
La fatalidad ha sido determinante en el el destino y perpetuación de la clase obrera, del campesinado o del las mujeres; lo realmente excepcional a lo largo de la Historia son los momentos de rebelión y levantamiento, las épocas de luchas y revoluciones. La creencia en que lo único que puede romper la cadena de la predestinación social es el azar, los «golpes de suerte», está muy arraigada y es más visible en épocas de desesperanza y resignación como la que vivimos. El azar, por tanto, el fario, el pelotazo, se manifiestan como la única forma de justicia posible. Una justicia «poética», si se quiere ver así, incruenta e inmanipulable como el rodar de los dados, los imprevisibles naipes, las vueltas veleidosas de un bombo o una ruleta. Resignación y suerte justicieras a cuya llamada acuden, como en aquel dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sin poderlo evitar, pensionistas, parados, mujeres, adolescentes que esperan salvarse, con la ayuda de la fortuna, de la aceptación inapelable de un destino injusto y negro.
En un artículo de Ignacio Morgado, publicado en Sin Permiso, se plantea un tema interesante: las emociones toman el mando de nuestro cerebro cuando nos vemos envueltos en situaciones extraordinarias. Eso quiere decir que el equilibrio habitual entre instintos, emociones y razón se rompe, se produce una desconexión entre uno y otro. Morgado pone el siguiente caso como punto de partida. Aunque es un poco extenso, no me resisto a transcribirlo. Se trata de un un accidente que tuvo lugar en Nueva Inglaterra (EE UU) en 1848. Phineas Gage, un joven de 25 años, era el capataz de una brigada de obreros que construían una nueva línea de ferrocarril.
De carácter serio y responsable, Phineas organizaba los trabajos y la convivencia entre sus compañeros, procurando que la obra progresase y que las cosas fuesen bien en todo momento. El 13 de septiembre, cuando él y otros compañeros perforaban una roca, se produjo una deflagración accidental. La barra de hierro con la que compactaban la pólvora introducida en una perforación salió disparada como una lanza alcanzando de lleno el rostro de Phineas. Le entró por su mejilla izquierda y le salió por la parte frontal de su cabeza destruyendo a su paso las neuronas de su corteza orbitofrontal, principal comunicación entre estructuras emocionales del cerebro, como la amígdala, y estructuras racionales, como la corteza prefrontal. La desconexión emoción-razón estaba pues servida. ¿Qué fue de Phineas?
Sus heridas sangraban y quedó conmocionado y confuso, pero no llegó a perder el conocimiento. Inmediatamente sus compañeros le atendieron y le llevaron al pueblo cercano donde el médico local poco más pudo hacer que limpiarle y vendarle esas heridas. Tendido en su cama, en los días que siguieron mostró algunas convulsiones y sollozos, gestos y expresiones verbales incoherentes. No murió. Poco a poco fue recuperándose, pero, sorprendentemente, su personalidad y su conducta quedaron profundamente alteradas para el resto de su vida. Cuando por fin pudo erguirse y salir nuevamente a la calle, su comportamiento era irreflexivo, nervioso e irresponsable. Gritaba y gesticulaba con frecuencia sin atender a razones. Exigía las cosas a gritos y expresaba con intensidad desmesurada cualquiera de sus emociones. Era grosero, maleducado y difícil de soportar. Su conducta irracional ya no conectaba con la de sus compañeros de trabajo y parecía sentirse mejor en compañía de los animales que de otras personas.
Tras advertirnos el autor de que esta disociación entre los dos cerebros se puede producir sin que medien lesiones orgánicas, sino, digamos, de forma funcional debido a circunstancias extremas, nos aporta la comparación entre los hundimientos de dos cruceros transatlánticos, muy conocido uno: el del Titanic, en 1912, y menos el otro, el del Lusitania, en 1915. Respecto al Titanic se nos explica que, pese a la desesperación y caos reinantes (murieron 1.517 personas), el salvamento se realizó con «cierta racionalidad y respeto a las normas sociales y a las autoridades del buque»: primero se rescataron los niños, las mujeres, los ancianos y los enfermos y, por último, los jóvenes y los adultos sanos. Y lo más inimaginable hoy en día: ¡respetando la prelación de las clases sociales!
Hundimiento del Lusitania
El Lusitania, en plena Gran Guerra, fue torpedeado por un submarino alemán y, entre sus 1.198 víctimas, estaba el músico español Enrique Granados. Pero en este caso, el «sálvese quien pueda» fue la norma y solo salvaron su vida los más fuertes o afortunados. ¿Por qué ocurrieron las cosas de forma tan diferente en dos naufragios de buques muy parecidos técnicamente y con un porcentaje de supervivientes y muertos semejante?
Morgado cita los resultados de una investigación (de la que, sin embargo, no da la fuente) de científicos suizos y australianos que demuestra que el factor diferencial no fue ni la guerra ni el nivel cultural de los viajeros, sino el tiempo que duró el hundimiento:: 2 horas y 45 minutos en el caso del Titanic y solo 18 minutos en el naufragio del Lusitania. La premura con que sucedió todo hizo que entre los pasajeros de este transatlántico, la razón (en esta ocasión, el sentido común, la ayuda mutua, el respeto de las normas sociales) no tuviera tiempo para tomar el control sobre las emociones (el miedo, el instinto de supervivencia), lo que sí ocurrió en el demorado irse a pique del Titanic.
A mí me ha llamado poderosamente la atención este planteamiento, que no se me habría ocurrido nunca. Desde luego, sí el hecho de que las emociones nos embargan en muchas más situaciones de las que somos conscientes. Ocurre, por ejemplo, y además de forma muy general, entre los inversores de Bolsa. De hecho, parece que es lo más común: dejarse llevar por el miedo o el pánico, la codicia, o cosas tan peregrinas como el encariñarse con un valor, aunque los datos objetivos adviertan de que se está hundiendo como el Titanic. Por supuesto, el lector es consciente de que eso también ocurre con los números de las loterías o los resultados de las quinielas; con cualquier apuesta, sea dineraria o de relaciones personales y políticas.
No hay que olvidar que los lóbulos frontales de nuestro cerebro, el cerebro «nuevo», es relativamente reciente en la evolución humana y los procesos racionales que tienen ahí su sede, solo a duras penas embridan y controlan nuestros instintos y sentimientos, que son siempre infinitamente más rápidos y automáticos. Quizá esta sea la razón última de que los procesos civilizatorios (la paz, la justicia o la equidad…) sean tan desesperadamente lentos. Eso explicaría la sensación muy común de que siempre estamos hundiéndonos y de que las advertencias de la razón siempre llegan al límite del tiempo o, definitivamente, tarde.
«Belafán» es la historia de un niño que no podía llorar contada por otro que sí lloraba. Está inspirada en un cuento africano que leí una vez en «El Espectador», de Ortega y Gasset. He intentado encontrarlo de nuevo en la selva textual de esa sugerente serie de nuestro pensador, pero no lo he conseguido. En mi memoria están ya definitivamente mezcladas las dos historias. La escribí y publiqué en los días aledaños a la muerte de mi padre, en mayo de 1996.
Siempre recordaré la desapacible tarde de octubre en que Hilario, el hojalatero, me contó aquella historia en la cueva del Caracol. Por aquellos días yo era un niño -entonces éramos niños durante más tiempo que ahora- solitario y retraído, más bien miedoso y muy metido siempre en mis ensoñaciones. Y adoraba los cuentos de Maricastaña. También me fascinaba Hilario.
Este cuento y el siguiente -que aparecieron en la Revista de Feria de Osuna en 1987 y 1996, respectivamente- son los únicos relatos algo extensos que he escrito. Pese a que mis amigos me animan de siempre a que cultive el género narrativo, me da miedo. Siempre me han dicho que soy un buen narrador oral, pero no sé si eso es suficiente para meterme en algo tan difícil y complicado, que me impone tanto respeto, como escribir una narración. Para colmo, soy un lector de novelas muy particular, y las que prefiero son esas que algunos críticos llaman de «grand style»: Benet, Marías, González Sáinz… En fin que, tras tanta precaución, se entenderá el pudoroso atrevimiento con que cuelgo aquí estos cuentos, aunque pienso, a pesar de todo, que hay algo aún vivo y aprovechable en su lectura, algo creo que queda de la emoción contenida con que los escribí. Sea ello como sea, aquí los dejo a la consideración del lector, con cuya benevolencia cuento siempre.
Ilustración de Rodolfo Álvarez Santaló para la edición original
«El gran cero» es el relato de un misterioso, e imaginario, atentado estético que destripó e hizo desaparecer durante un tiempo el anacrónico reloj de la torre mocha de la Colegiata de Osuna… Lo escribí en abril o mayo del 1987.