El migrante considerado como «sujeto indeseable»

Así como es común oír interpelaciones de los políticos a los pensionistas, las mujeres o los trabajadores autónomos, nunca he oído ninguna dirigida a los migrantes; aunque si, cada vez más a menudo, hablar garrulamente sobre ellos, contra ellos; ni siquiera en las campañas electorales, cuando más se les calienta la boca con sus promiscuas peticiones de voto. Ni en las izquierdas ni en las derechas son concebidos como un sujeto social – el amigo lector curioso puede leer el ensayo que escribí para Frontera Digital sobre la dificultad de encontrar los nuevos sujetos sociales.

Sí, por el contrario, es percibido como «sujeto indeseable» , tal como lo llama Eduardo Doménech, que considera esta visibilidad negativa o conflictiva como un obstáculo insalvable para la construcción de lo común. Doménech es también creador del concepto de «régimen migratorio», que desarrolla así en una entrevista publicada en la chilena Revista Rosa:

El régimen de migración y fronteras es concebido como un espacio de conflicto, negociación y contestación en el que interviene una multiplicidad de actores de diversa naturaleza. Además, es un espacio en el que se despliegan prácticas de control de distinta índole, coexistiendo prácticas represivas, punitivas, asistenciales, humanitarias, etc.

Este régimen solo se concibe, pues, en el espacio de conflicto y contestación, real y simbólico al mismo tiempo, de la frontera, un espacio inhabitable sometido al estado de excepción permanente, fuera, por tanto,  de la república de los derechos y del común.

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Contra la línea recta

Siempre me ha impresionado ver a un niño paseando a un perro. Los dos luchan contra su tendencia natural, que es la de corretear, con ritmos discontinuos, movidos por el azar de su simple curiosidad o capricho. Caminar de forma lineal, al mismo ritmo que los pasos medidos es un aprendizaje muy duro, tanto para el hombre como para el perro, y sólo tiene sentido en las ciudades construidas para los coches. Para el niño es tan difícil como el aprendizaje de la lengua escrita, porque, si se mira bien, el desfile sintáctico de letras, sílabas y palabras es tan atormentador como caminar con los pasos contados…. Es irónico que demos tanta importancia en nuestra educación a las dos cosas, como parte de un proceso civilizatorio.

Es útil extrapolar esto a las líneas rectas imaginarias con que forzamos nuestras vidas a seguir los surcos de los planes o el desfile de siglos de la Historia en una inexorable marcha de progreso y mejora. Pero de eso nos ocupábamos con más detalle en una entrada reciente.

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Disgustos y desengaños

Publicado primero en Infolibre el 2 de octubre de 2019.

¿He oído «gobierno progresista»? Pues sí, una vez más, de boca, esta vez, de Errejón, la nueva esperanza blanca de… ¿la izquierda?, ¿los «progres», por mejor decir? Eso, tras leerlo o escucharlo a diario, antes, por parte de la gente del PSOE, de Pablo Iglesias o hasta del mismísimo Abascal matizado, a su conveniencia, como «la dictadura progre», y de cualesquiera medios de formación de masas, sean de la crema de los grandes o de la variada gama de los pequeños y digitales: «Programa progresista», «proyecto progresista», «partido progresista», «voto progresista»…

Es, en primer lugar, imagino, por los ascos que se le hacen ya, en las democracias progresadas y autoritarias europeas, al término «izquierdas»; no hablo ya del desprecio o sonrojo pudoroso que reprime viejas palabras que intentaban nombrar a partidos y gobiernos de afán transformador. ¿Desde cuándo no hieren nuestros oídos, con un aleteo inquieto, el inocente apelativo de «reformista», «socialista» incluso, por supuesto, «comunista», o «utópico» o «revolucionario»?

¿Quién lo iba a decir, tras los disgustos y desengaños que la idea del «progreso» lineal nos ha ocasionado? Un progreso que, tiene el mismo afán de crecimiento continuo de nuestra economía/mundo, de sus capitales y réditos, del trajín continuo de mercancías de uno a otro confín del mundo. Ese concepto reciente, reclamado y definido por Condorcet o Comte en el siglo XVIII, con el optimismo, hoy planchado, de la Ilustración. Con estas ingenuas palabras, por ejemplo:

Nuestra esperanza en el porvenir de la especie humana puede reducirse a tres puntos importantes: la destrucción de la desigualdad entre las naciones, los progresos de la igualdad dentro de un mismo pueblo, y, en fin, el perfeccionamiento real del hombre

Aparece en nuestro imaginario el progreso se nos aparece como un tren colonizador, civilizando las tierras salvajes del futuro, siempre aplazado, de los «progresos de la igualdad» entre las naciones y dentro de un mismo pueblo. De modo complementario, en nuestro tiempo de líneas rectas, el pasado que queda atrás almacena como en una vitrina los proyectos y atrasos fracasados irremediablamente. Ese sería el dominio de los conservadores, de los tradicionalistas, de los «carcas», según el uso léxico antiguo…

En esta nebulosa del progresismo adjudicado de siempre a las izquierdas políticas, más o menos, se deja de ver que las verdaderas derechas, la de los «partidos del orden global» son, desde hace décadas, las más revolucionarias, las que con más porfía nos emplazan al futuro progresado: la cuarta revolución industrial, el advenimiento de la robótica, el uso provechoso de los «big data», la epifanía del nuevo trabajador/emprendedor infinitamente adaptable y reciclable, el desafío paradójico del crecimiento continuo adaptado a las energías verdes… Al revés lo digo, para que se me entienda.

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Regere imperio populos

A Hitler no hay que ponerle cuernos y rabo, ni contentarnos con repetir los memes (anti)nazis, pensando que con ese exorcismo banal eludimos su perversa  influencia y su reencarnación en cualesquiera otros políticos enloquecidos. Hay que recordar sus palabras brutales, como hacía Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo,

Nosotros aspiramos no a la igualdad sino a la dominación. El país de raza extranjera deberá convertirse en un país de siervos, de jornaleros agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley.

Hitler no fue una anomalía aberrante, estaba allí, al final del camino del colonialismo, en la reserva activa, para cuando su presencia se convirtiera en «necesidad histórica». El colonialismo nace de la necesidad insaciable de nuestra economía / mundo de obtener recursos naturales y mano de obra esclava o semiesclava, para que la acumulación de capital y la circulación infinita de mercancías y personas permitiera que la cuota de beneficio de los capitales no dejara de crecer.

Este proceso suponía una ampliación de la «acumulación primitiva», una globalización de la plusvalía, en términos estrictos. que no ha cesado aún. Tampoco la dolorosa violencia, privada e institucional, cotidiana o bélica, con que se ha producido desde los orígenes de nuestro mundo. Así pues, hablar de neo-colonialismo, como se suele hacer, es una redundancia innecesaria: adaptándose ejemplarmente, con su ingente máquina propagandística, a los procesos de descolonización, los imperios coloniales rampantes mantienen vigente su bulímica rapiña, que amenaza con engullir el planeta todo.Por eso se vuelven a oír, con toda naturalidad, justificaciones darwinistas como las de Renan, que citaba también nuestro admirado Césaire:

… una raza de trabajadores del campo, los negros; sed con ellos bondadosos y humanos y todo estará en orden; una raza de amos y soldados, la raza europea…

Tiranuelos como Trump, Modi, Orban, Erdogan, Jinping, Duterte, o Bolsonaro estaban ya allí esperando la llamada, al final del camino. Han desenterrado las infames viejas palabras de menosprecio y odio, los rancios discursos que, pudorosamente permanecían larvados y ocultos en el silencio de la vergüenza, ya desaparecida en la obscenidad contemporánea. Nuestro olvido y carácter acomodaticio, nuestra desatención suicida frotaron el frasco de los deseos de las castas de amos y soldados e hicieron aflorar el pestilente elixir que envenena, otra vez, los aires del mundo.

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Poemas reunidos v2 (título provisional: «Primeras palabras»

Primeras palabras

I

Así debió ser:
Los lugares aún no tenían nombre
y en el bosque no había caminos,
las ramas de los árboles impedian
o propiciaban el paso
y aunque el musgo y el verdín señalaban el Norte
sin error posible,
no encontrábamos la ruta
para llegar a él.
Sólo los claros daban sentido a nuestro caminar.

II

En el bosque, las palabras
eran indistinguibles
en el griterío común.
La maleza era un coro
y el verbo humano se confundía
con el zumbido de los mosquitos
o los ronquidos del ciervo;
En el sobresalto de las noches,
el grito de nuestras pesadillas
se acompasaba con los ululatos de las lechuzas.
Los chillidos y gañidos de las águilas
que rompían la quietud del cielo
respondían al canto de los primeros poetas...

Gruñidos, rugidos, barritos, gorgeos
se acordaban con la voz de los hombres
en un concierto irrepetible:
El silencio era solo un sueño

III

¿Cuál fue la primera palabra:
Hambre, mamá, miedo?
¿O, quizá no una palabra, sino el grito
o el murmullo
de sorpresa ante el trueno o el agua?

¿O más bien eran preguntas
como estas o tal vez otras primordiales:
qué habrá allí,
tras el horizonte, qué velan las nubes?

O, tal vez, en el principio
no fue la palabra, sino el gesto
fatal de alzar la mirada
y erguirnos para echar a andar
para buscar respuestas
antes de hablar y nombrar,
antes de preguntar nada...

Ausencias

En el nombre del padre

Conducido -aún no empujado,
aún no- por la mano amorosa,
firme sobre la espalda
o el hombro, avisando las esquinas,
con liviana presión,
insinuando el giro,
la parada majestuosa
en el centro del salón.

Corazones borrosos

El parque era distinto:
los enamorados ahora
anotaban los números
rojos del amor
en las maderas rojas
de los bancos,
rasgando con furia
sobre las antiguas
flechas borrosas

Ausencias

Eran cosas pensadas,
nunca se hablaban.
A veces, como un olor,
las rastreaba
hasta un lugar
desconocido, pero no olvidado,
y allí se perdía el rastro.
Como el perro en el lugar
en que perdió a su acompañante,
daba vueltas,
gruñía,
se quejaba,
latía
en añoranza sin consuelo:

Palabras que eran olores,
que eran ausencia
que eran silencio,
apenas pensamientos...

Belleza es lejanía

La belleza es lejanía:
el cielo alzado, allá lejos,
las estrellas frías,
el rostro amado, borroso
en el recuerdo
o la fotografía,
su hermosa figura
yendo al encuentro,
de amor y guía...

De cerca, de muy cerca,
tras la lente del saber,
surge la inquietud del caos,
inesperados monstruos,
incendios pavorosos
explosiones terribles...
O poros como cráteres
en la lisa piel de la amada:
la oscura cara oculta
de la luna insomne...

Lejanía de lluvias

¡Qué lejanía de lluvia
me impregna la mirada!
A veces, los ojos
no sirven para ver:
imantados al norte
interior, polo de dentro,
insomnes no ven;
miran, en su lugar,
los recuerdos.

Nombre

Y en el remolino,
la hoja temblorosa de tu nombre,
tal ciego murciélago,
dio contra mi frente.

El tiempo que nos lleva…

El tiempo nos lleva
del calor al frío
(morir es tiritar de miedo)
Por eso me acurruco
en las cuencas de tus manos
que no piensan
(el pensamiento es una llama azul
que no calienta)
Cada amanecer es más invierno
y a eso lo llamamos
estar solo, o tiempo
(morir es tiritar de frío)

Liliata rutilantium

Como los lirios,
blancas sombras sin luz,
flores de luna
con nostalgia de rocío,
alba sin alma,
titilaban las lágrimas.

Todo está lleno de dioses

Todo está lleno de ti:
te respiro, mi piel se eriza
cuando me envuelves
en el viento del Oeste.
Te lamo en el salado
sabor de las lágrimas
que rozan mis labios,
en este llanto silencioso
que me arrebata a veces.
Primero serás el viento
-y lo sabrá mi piel-
Serán después tus manos
-me levantaré y andaré-.
Tus ojos me mirarán más tarde
-el temblor me llevará a tus pupilas-
Por último, quizá, sabré tu nombre.

En el lecho de esta noche

En el lecho de esta noche,
que es un río,
no hay piedras: hay libros,
peces de delirio.
Página a página piso
piedras de papel,
biblioteca sumergida
en que me leo.

Mariposas

Pero la muerte no es
un suceso de la vida.
Por eso las mariposas,
a través de la puerta
entreabierta de la noche,
remontan hacia las luces
azules y arden en las llamas frías:
las del infiernillo de alcohol,
en el incendio helado
de las estrellas fijas
o en la luz celeste del jazmín.

El pan bajo el brazo

También yo 
traía mi pan
bajo el brazo al venir al mundo:
hato de versos y palabras
para este hambre inaudita
de historias, razones y sentido.

Anima mundi

Sal de la cueva del lobo,
alma del mundo,
recrécete hacia fuera,
desborda, boza en agua
la noche quieta.
Y no te quedes nada...

Dos poemas para Carmen

Dos poemas que escribí en Sevilla, en abril de 1992, con motivo del nacimiento prematuro de mi hija Carmen, que no los puede leer…

A mi hija, en el hospital

Anidan ya vencejos
en la copa de esa encina
que planté a tu lado
(ya la habrás visto).
En la horquilla entre los tubos
que llevan airea tu corazón dormido...
Su aleteo inquieto
(pienso a veces que tu corazón es un pájaro)
habrá llenado de rumores
los amaneceres grises
de esa cuna tan fría
en que sueñas ahora...
Los olores del soto
que labré en torno tuyo
a comienzos de abril
(tu padre, agricultor-poeta, ¿qué me dices?)
habrán llegado ya
a tu olfato de cervatillo,
para recordar a tu memoria entre visillos
que es primavera
y que has nacido
y que es miércoles y abril
ya para siempre...

Nana

Vamos a dormir,
mi vida,
a la sombra del fresno,
en la orilla del río.
Vamos a dormir,mi niña,
en la cueva del viento.

Vamos a dormir,
vamos a soñar,
vida de tu padre,
vamos a soñar
la sonrisa de tu madre.

Vamos a dormir,
contentos,
vamos a dormir
en la cueva de los vientos...

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Ojos que miran pero no ven…

(Leyendo Viaje al Congo,  de André Gide)

La mirada de André Gide sobre África en Viaje al Congo es una mirada colonial y turística, nada que ver con la crítica desencantada de su viaje a la URSS (una de sus caídas del caballo, según Constantinto Bértolo). Los negros nunca son individualizados ni tienen un nombre propio: son negros o indígenas y sólo se nos habla del brillo de su piel o de la fuerza de su cuerpo,

Cada vez que el barco atraca, cuatro negros enormes, dos delante y dos detrás saltan al agua y van hasta la orilla para fijar las amrras…
Tres negros soberbios llegan a nado a la orilla…
A las diez nos detenemos frente a Betu. Los indígenas, de raza mojembo, están más sanos, son más robustos y más bellos, parecen más francos y más libres…

Es inútil seguir citando: siempre nos quedamos ahí, en la superficie, no hay nada más allá ni más adentro. Por el contrario, las mariposas, los árboles y las flores, se describen en detalle.

El 11 [de septiembre], visita al jardín experimental de Eala, el auténtico objetivo de este rodeo por el Congo Belga. El señor Gossens, el director de este jardín, nos presenta, con gran alegría por nuestra parte a sus alumnos más interesantes: cacaos, cafetos, árboles del pan, árboles de la leche, árboles bujía, árboles taparrabo y este extraño banano de Madagascar, el “árbol del viajero”, de cuyas anchas hojas brota, en la base de su peciolo cortado de un navajazo, un vaso de agua pura para el viajero cansado…

El resto son sus quejas occidentales sobre insectos e incomodidades que el buen burgués siente especialmente

En Coquillatville nos devoraron los mosquitos. Por la noche, nos asfixiábamos de calor bajo las mosquiteras, empapados de sudor. Unas enormes cucarachas se dejaban caer sobre nuestros objetos de aseo…

Hay incluso discretas alabanzas, trufadas de consejos reformistas (hacen falta más médicos, mejores salarios…), dirigidos a la administración colonial francesa. A las veces, se aburre (“me esperaba otro clase de selva”, se lamenta en una ocasión) ¿Y qué lee nuestro autor en la bochornosa noche africana?

He releído la oración fúnebre de María Teresa de Austria. Hay unos pasajes admirables. Me parece que la prefiero a la de las dos Enriquetas…

No hay nada que nos recuerde en este libro a El corazón de las tinieblas de Conrad.  No parece, sin embargo, que Gide intente ocultar nada (si acaso, el encargo recibido por la Administración colonial, entes de partir  -pues ya es un escritor famoso con más de 40 años-, de recabar información sobre los problemas o deficiencias que encontrara en el viaje), sino que el velo del racismo inconsciente del europeo le impide reconocer al otro, que ve siempre como un cuerpo opaco e intercambiable. Lo que ocurre, en realidad, es que sus ojos miran, pero no ven….

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Las edades del hombre (3): Robinsonadas

El tercer tipo de viaje de iniciación o puesta a prueba queda representado paradigmáticamente por los «robinsones» y sus «robinsonadas», como llama Pierre Furter1 a la saga y sus aventuras. Este mismo sociólogo centra la idea fundamental de esta tercera entrega, contrastando la supervivencia de Robinsón con la de los niños «salvajes» a partir de la presencia o ausencia de una cultura heredada en uno y en otros:

En las «Robinsonadas», incluso si la isla es a veces inhóspita, todo el relato gira en torno a la capacidad del héroe para defenderse de esta naturaleza, para dominarla y terminar por ponerla al servicio de su autoformación. Para los «niños salvajes», la naturaleza es, ciertamente, un lugar en el que pueden protegerse, en general, matorrales, bosques o tierras baldías. Si se adaptan para sobrevivir allí, guardan un comportamiento ambiguo en este sentido. La naturaleza les atrae y les hace sentir miedo (…) Esta incertidumbre se acentúa por el hecho de que no pueden referirse ni apoyarse en una cultura que no han heredado, o en muy pequeña medida.; mientras que los «robindones», por muy toscos que sean sus héroes, ya habían sido culturizados antes de comenzar su periodo de pruebas. De manera que la cuestión se desplaza, con los «niños salvajes», a la relación entre naturaleza y cultura.

Para concluir más adelante:

Estos dos mitos conducen a dos perspectivas muy divergentes: Las «robinsonadas» intentarían evocar en nosotros, y, si es posible, convencernos de ello, la idea de que, incluso solo y desamparado, el ser humano es capaz no solamente de sobrevivir, sino de recrear la civilización. Es un mito tranquilizador pese a sus peripecias dramáticas, y comprendemos que se haya propuesto a los niños como una lectura beneficiosa. Sin embargo, el caso de los «niños salvajes» es inquietante. Por un lado, mantiene la duda en cuanto a la verdadera naturaleza del niño: ¿pequeño hombre o pequeño animal? Por otra parte, sugiere que la autonomía humana, al menos durante la infancia, es más que frágil. La inmadurez es vivida como una carencia; puede convertirse en un estigma. Es esto lo que justifica la instrucción, la reeducación o incluso la colonización de la infancia.

De modo que Robinson Crusoe sobrevive y prospera en su isla gracias al bagaje cultural previamente adquirido. Pero esta misma capacidad «reproductiva» que le permite recrear la civilización perdida tras el naufragio, ha generado no solo lecturas optimistas, sino también lecturas e interpretaciones críticas. En este sentido son ejemplares las distintas maneras de abordar esta historia de Engels y de Marx. Engels, quizá más lúcido en este punto, cita a Robinson en varias ocasiones en su Anti-Dühring, un libro de lectura provechosa donde articula la tesis de que los actos políticos son actos de fuerza, del mismo modo que lo es la propiedad privada. El «pecado original» de Robinson está en la esclavización de Viernes, respecto a la cual el trabajo asalariado no es más que una evolución histórica.

Pues todo el asunto ya ha sido probado a través del famoso pecado original, cuando Robinson Crusoe hizo de Viernes su esclavo. Fue un acto de fuerza, y por lo tanto un acto político. Y en la medida en que esta esclavitud fue el punto de partida y el hecho fundamental de toda la historia pasada y la inoculó con el pecado original de la injusticia, hasta el punto de que en los períodos posteriores sólo se suavizó y «se transformó en las formas más indirectas de dependencia económica» {D. C. 19}; y en la medida en que «los bienes fundados sobre la fuerza» {D. Ph. 242}, que se ha afirmado hasta el día de hoy, también se basa en este acto original de esclavitud, es evidente que todos los fenómenos económicos deben ser explicados por causas políticas, es decir, por la fuerza. (…)

Pero para conseguirlo, Crusoe necesita algo más además de su espada. No todo el mundo puede hacer uso de un esclavo. Para poder hacer uso de un esclavo, uno debe poseer dos tipos de cosas: primero, los instrumentos y el material para el trabajo de su esclavo; y segundo, los medios de subsistencia para él.

Todo un homenaje a las teorías sobre el plusvalor de Marx. Este, por su parte, más interesado en la teoría del trabajo como productor de valor, se detiene en la laboriosidad de Robinson Crusoe en su El Capital:

Como las experiencias de Robinson Crusoe son uno de los temas favoritos de los economistas políticos, echémosle un vistazo en su isla. Por moderado que sea, sin embargo, tiene necesidades que satisfacer, por lo que debe hacer un trabajo útil de varios tipos, como fabricar herramientas y muebles, domar cabras, pescar y cazar. No tenemos en cuenta sus oraciones y cosas por el estilo, ya que son una fuente de placer para él, y él las considera como una gran recreación. A pesar de la variedad de su trabajo, sabe que su trabajo, cualquiera que sea su forma, no es más que la actividad de Robinson mismo, y por consiguiente, que no consiste más que en diferentes modos de trabajo humano La propia necesidad le obliga a repartir su tiempo con precisión entre sus diferentes tipos de trabajo. El hecho de que un tipo ocupe un espacio mayor en su actividad general que otro depende de las dificultades, mayores o menores según el caso, que haya que superar para lograr el efecto útil al que se aspira. Esto lo aprende pronto nuestro amigo Robinson por experiencia, y habiendo rescatado un reloj, un libro de contabilidad, un bolígrafo y tinta del naufragio, comienza, como un verdadero británico, a llevar un juego de libros. Su inventario contiene una lista de los objetos de utilidad que le pertenecen, de las operaciones necesarias para su producción y, por último, del tiempo de trabajo que le han costado, en promedio, determinadas cantidades de esos objetos. Todas las relaciones entre Robinson y los objetos que forman esta riqueza de su propia creación, son aquí tan simples y claras que son inteligibles sin esfuerzo (…) Y sin embargo, esas relaciones contienen todo lo que es esencial para la determinación del valor.

Marx también se refiere a Crusoe en los manuscritos conocidos como Grundrisse; allí ve en Robinson Crusoe no «una reacción contra el exceso de sofisticación y el retorno a una vida de naturaleza mal entendida» sino «la anticipación de la’sociedad civil'».

Es, más bien, la anticipación de la «sociedad civil», en preparación desde el siglo XVI y dando pasos de gigante hacia la madurez en el XVIII. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece separado de los vínculos naturales, etc., que en períodos históricos anteriores lo hacen cómplice de un conglomerado humano definido y limitado. Smith y Ricardo siguen con los dos pies sobre los hombros de los profetas del siglo XVIII, en cuya imaginación este individuo del siglo XVIII -producto, por un lado, de la disolución de las formas feudales de la sociedad y, por otro, de las nuevas fuerzas productivas desarrolladas desde el siglo XVI- aparece como un ideal, cuya existencia proyectan en el pasado. No como resultado histórico, sino como punto de partida de la historia. Como el Individuo Natural apropiado en su noción de naturaleza humana, que no surge históricamente, sino que es planteada por la naturaleza. Esta ilusión ha sido común a cada nueva época hasta el día de hoy.

Las interpretaciones y abordajes de esta polisémica historia no se limitan, por supuesto, a la estancia de Crusoe en la isla, ni a su inquebrantable designio de supervivencia, autoformación, esclavitud, trabajo y enriquecimiento (en lo que supera al padre). Es también la parábola puritana que permite leer el libro como una autobiografía espiritual y religiosa en que la Providencia juega un papel central. Pero bástenos con lo dicho hasta ahora, que espero que haya resultado de algún provecho al lector de este blog.

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Las edades del hombre (2): los niños salvajes

Este cuento, que ahora comienza, es el de viajes no deseados, sino que fueron provocados por accidentes o catástrofes. Las pruebas a que se vieron sometidos sus protagonistas tuvieron lugar en espacios aislados y, en ese sentido, los podríamos considerar «viajes estáticos» de los que tenemos constancias escritas. Me interesan especialmente dos: los casos de los niños salvajes y la ficción literaria, de larga trascendencia y vocación «pedagógica», de Robinson Crusoe, cuyo protagonista , frente a los anteriores y en contraste con lo que venimos diciendo, es, sin embargo, un adulto. Una obra que, sintomáticamente, es la primera que J. J. Rousseau hace leer al Emilio en su programa de autoeducación por la lectura.

Fotograma de la película de Truffaut sobre Victor de l' Aveyron
Fotograma de la película de Truffaut sobre Victor de l’ Aveyron

Hay muchos casos documentados de niños abandonados en lugares ariscos, en plena naturaleza, como se dice, que lograron sobrevivir por sus propios medios y, seguramente, con la ayuda de algunos animales y del azar. De forma muy significativa, se concentran entre el siglo XVIII y comienzos del XIX, la época de la Ilustración y la Revolución Francesa. Debemos suponer, pues, una carga ideológica (la renovada fe en la humanidad y los postulados de Rousseau sobre la educación) de la que nos da idea el hecho de que el viejo centro para sordomudos de París alcanzó la categoría de Instituto Nacional en tiempos revolucionarios.

De todos ellos, los más conocidos -seguramente por su adaptación al cine- son los de Victor de l’ Aveyron y el de Gaspar Hauser. Este último posee un interés «narrativo» por los misterios que aún hoy rodean su nacimiento (se especula incluso con que fuera un hijo ilegítimo de Napoleón Bonaparte) y su muerte, posiblemente asesinado, tanto como la «sombra» que lo seguía y espiaba tras su reintegración a la sociedad. En palabras del Wikipedista:

Kaspar Hauser fue un adolescente alemán famoso en Europa por el misterio en torno a su origen y a su muerte. Su carácter era el de un niño salvaje, por lo que se sabe que creció en cautiverio en completo aislamiento. Desde su aparición se especuló sobre su posible pertenencia a una casa real, en particular a la familia gobernante en Baden.

Apareció el 26 de mayo de 1828, en la ciudad de Núremberg (Baviera, Alemania) con 16 años, aspecto descuidado y una carta que llevaba consigo, dirigida a un militar y gracias a la cual conocemos su nombre y fecha de nacimiento. Su estado mental y su falta de lenguaje motivó la curiosidad de juristas, teólogos y pedagogos que le enseñaron a hablar, leer y escribir con cierto éxito. Un éxito que no obtuvo, salvo en la adaptación a las costumbres urbanas y a un grado inicial de socialización, Jean Itard, el mentor ilustrado de Victor de l’Aveyron, el niño encontrado por unos cazadores en los bosques de La Caune, en el Languedoc francés, cerca de los Pirineos.

Jean Itard documentó con detalle y método «científico» el proceso educativo que siguió con el niño, una vez obtenida la custodia que, a tal fin, le concedió el gobierno revolucionario francés. Gracias a su Informe, conocemos el estado en que se le encontró, y los éxitos y fracasos de su reintegración en la sociedad humana. No sabremos nunca, sin embargo (Victor no llegó a hablar) cómo fue su vida en los bosques ni cómo logró sobrevivir sin compañía ni ayuda humana. Tampoco se conocen bien sus últimos años en una residencia para huérfanos, donde fue abandonado tras la euforia inicial y la curiosidad social que despertó la apuesta «pedagógica» de Jean Itard. La causa de su muerte fue, posiblemente, el suicidio.

De modo que las durísimas pruebas que superó en su forzado viaje de iniciación a la vida adulta en los bosques, no le sirvieron de nada en su ingreso en la sociedad «civilizada», en plena euforia de la Ilustración. De la mano de su mentor y maestro tuvo que someterse de nuevo a rituales sin fin en otro proceso torturante de aprendizaje: desde acostumbrarse a andar con zapatos a seguir las tediosas lecciones sobre el francés escrito (uno de los grandes errores de Jean Itard, pues no es posible aprender a hablar a partir de la escritura, según señalaba Rafael Sánchez Ferlosio en sus prolijas anotaciones a la versión en español del Informe que él mismo realizó), cuando lo más probable es que la lengua materna del niño fuera la langue d’ oc y no el francés. O los durísimos ensayos de su maestro para que adquiriera «sensibilidad» en la piel: meterlo y sacarlo sucesivamente de baños de agua helada e hirviente. O la estéril y cruel ocurrencia, sobre la que he escrito en otras ocasiones, de pretender inculcarle la idea de la injusticia / justicia encerrándolo sin venir a cuenta en un «cuarto oscuro», que había dispuesto para los castigos…

De modo que este doble viaje iniciático del niño abandonado, lejos de ser la demostración de la utopía educativa rousoniana, que es como fue recibida en la optimista Francia revolucionaria, se mostró a la postre como la más triste y desesperanzadora distopía…

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Las edades del hombre (1): los viajes iniciáticos

Publicado con modificaciones y el título Ritos iniciáticos en El Salto

La homogeneización de las edades y la estandarización a que ha sido sometido intensivamente nuestro mundo ha arrasado también los ritos iniciáticos, particularmente los viajes, que marcaron durante siglos el abandono de la infancia y el ingreso público en la edad adulta. Esa estandarización tiene causas bien conocidas que se pueden resumir en el afán de constituir una sociedad de consumidores lo más extensa y longeva posible: desde los niños falsos adultos hasta los adultos indefinidamente infantilizados.

Aunque sobreviven remedos de aquellos ritos de iniciación, lo hacen en la forma trivializada y floja propias de estos tiempos bobos. Me refiero a cosas como las fiestas de graduación, viajes de fin de carrera o las estancias internacionales proporcionadas por las becas Erasmus u otras parecidas. Antiguos rituales de la burguesía, como el servicio militar obligatorio para los hombres (cualquier día vuelve) o las fiestas de puesta de largo (no sé si aún se celebran entre las clases ociosas) para las mujeres no son ya sino vagos recuerdos o reproducciones intrascendentes, como las turistificadas peregrinaciones actuales del Camino de Santiago o las múltiples romerías de las primaveras, tan usuales y masivas en países de tradición católica.

Los viajes iniciáticos llevaban implícitas pruebas y dificultades cuya superación suponía un proceso de autoformación con un alto valor pedagógico y su destino eran lugares paradisíacos o espacios alejados, peligrosos y desérticos. Como los viajes de exploración o las colonizaciones ya acabaron, sus sustitutos contemporáneos, las masificadas rutas turísticas, también han perdido ese valor «educativo», de transición al mundo de los mayores, de adquisición de un sentido. La excepción, forzada por circunstancias terribles, son las huidas y migraciones motivadas por la necesidad o las guerras. Pero ese es otro cuento.

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Sentidos (Apuntes, 28)

Si la Historia tiene algún sentido, es el de una imaginaria comunidad humana universal comprometida, sin éxito, en la consecución de la paz perpetua (releer a Kant, releer…). Por ser una empresa tan difícil e infructuosa, la juventud es siempre la protagonista en cada momento histórico, porque los jóvenes son los únicos que pueden (re)construir el mundo, que siempre ha sido devastado por las guerras y rapiñas de los ancianos y ha sido levantado siempre por la siguiente generación…

Disculpen las molestias, hemos sufrido algunas incidencias…

Entre las palabras que detesto, y que procuro no usar nunca, ocupa un lugar de honor «incidencias». Se ha extendido como la mala hierba y ha conseguido servir de comodín para igualar realidades muy distintas: así llaman las compañías eléctricas a un corte de luz y las compañías de teléfono a un corte en una conversación. Se habla de incidencias cuando un grupo de descerebrados aporrea sádicamente a otro grupo del equipo contrario. Se producen incidencias cuando una manifestación corta calles o carreteras, del mismo modo que llamamos así al envenenamiento de los clientes de un restaurante a causa de unos alimentos en mal estado. Incidencias son, en fin, los gritos de los alumnos en las aulas y pasillos de un colegio, los insultos cruzados entre dos diputados o el mal tropezón de un anciano en la calle que da con él en el suelo… ¿Hay derecho? Soy tolerante y casi todo lo perdono; todo menos una cosa: la perversión del gusto público y el destructivo empobrecimiento y uniformación del habla de la gente…

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