Las pasiones tristes

Cuentan que Napoleón dijo una vez que la mano que da está siempre por encima de la mano que recibe. Cuando esa mano deja de dar, o da menos, la mano que recibe reclama la carencia, que siempre provoca melancolía: y es por ello que las “luchas sociales” son siempre melancólicas, victimistas, como se suele decir en la neolengua. El estado sustentado en la ideología liberal, escudándose en la libertad concedida a cada ciudadano, culpabiliza a la mano que recibe con el castigo merecido en nombre de la razón colectiva (la crisis, por ejemplo; o el reparto equitativo, o la recuperación de la economía…). La mano que da siempre se salva e inocula el sentimiento de culpa, como un veneno junto a la dádiva, en la melancólica mano que reclama.

En el plano familiar o privado, se reproduce la situación (los abuelos -la mano que da- que, con su pensión, ayudan a los hijos en paro -las manos recipendarias-, en subcontrata, diríamos, pues los abuelos también reciben su ayuda del Estado que da. Todas las huelgas y luchas obreras (con sus excepciones, naturalmente) representan, por seguir con la metonimia, las manos que reivindican más, colectivamente, a la mano que da, que siempre queda por encima. Da igual que la reclamación se dirija al patrón o al Estado: en la sinécdoque de Napoleón, son lo mismo.

En las democracias representativas (elecciones y farsa electoral: programas, mítines, propaganda…) encontramos de nuevo el mismo paradigma: “te voto a ti, partido X (la mano que da), para que, una vez en el poder, suplas mi carencia, cures mi melancolía y alivies mi culpa por ser la mano que recibe”. Es un mecanismo conductista, perverso en su suposición de que la justicia es “dar a cada uno lo suyo” olvidando lo que de forma tan clara vio ya el Emperador.

Entre la mano que da y la que recibe, surge una tercera: la mano que toma, que decide tomarse la justicia por su mano. Esta es la mano que no se conforma con recibir ni puede dar, porque no tiene, pero aspira a ello. En esta tercera sinécdoque -en la que entraría la toma violenta del poder o la propiedad, que excluimos ahora- aparecen dos impulsos que se desarrollan y normalizan con las sociedades burguesas, con la ideología liberal: la ambición y el deber. Pascal consideraba la ambición como una “pasión de viejos”; el deber, convertido por gracia de la vocación en una pasión subjetiva, es su reverso en el espejo: otra para ser la misma. De ellas, de estas pasiones tristes -reactivadas por las derechas políticas actuales con los eufemismos de “emprendedores”, “empoderamiento” o “hacer lo que sea necesario”- nos ocupamos ahora.

Lo hacemos a partir de dos novelas, Rojo y Negro, de Sthendal (que afirmó que la literatura era un espejo en el camino) y Middlemarch, de George Eliot, con ayuda de dos ensayos estimulantes sobre una y otra obra1 2. Adoptamos un enfoque comparativo, en lo posible y como es nuestra costumbre, con las contemporaneidades, un término que Manuel Azaña opuso al de actualidades y que, como saben los amigos de este blog, nos gusta y adoptamos como nuestro hace tiempo.

La ambición

La ambición era censurada como motivo de vergüenza en el mundo antiguo. Francesco Fiorentino1 recoge la definición del diccionario de Antoine Furetière en 1690, “desmedida pasión por la gloria y la fortuna” y añade que “la ambición era concebida como una forma de concupiscencia, no por los bienes materiales (como la avaricia), ni por los placeres sensuales (como la lujuria) sino por el poder y lo que se habría denominado éxito.” La cuidadosa distinción de la sociedad del Antiguo Régimen entre ambición y codicia, hoy perdida, nos permitiría, sin embargo, entender la desagradable sensación -repugnancia, desasosiego- que nos producen los políticos y empresarios corruptos de la España actual: personajes como Rodrigo Rato, o cualquier otro de cualesquiera de las muchas tramas mafiosas investigadas por los jueces o denunciadas por la prensa libre, son simples codiciosos; no hay en ellos pasión alguna salvo la avaricia, la pasión más triste.

Fausto
Fausto, de Rembrandt.

Sigue Fiorentino explicando que “en el Antiguo Régimen, en el que la identidad estaba determinada por el rango, que a su vez estaba determinado por el nacimiento (…), la ambición era tabú, porque alimentaba un impulso contrario al orden natural y a la voluntad divina. Quienes la deploraban, clérigos o seglares, coincidían en que su principal síntoma era una especie de fiebre ávida, una agitada tensión nerviosa que consumía la vida.” ¿Cómo no recordar el Abel Sánchez de Unamuno, a su Joaquín Monegro sufriendo de una parecida fiebre ávida que lo consumía? El Joaquín Monegro de Abel Sánchez, ya en la sociedad burguesa contemporánea, que acepta y estimula la ambición, sufría de otra concupiscencia del alma, de otra pasión triste, o “sombría” como la llama Miguel de Unamuno: la envidia.

La ambición y la envidia solo se diferencian en el modelo: el ambicioso lo emula; el envidioso lo quiere suplantar y anular. La ambición es una pasión fría en cuyo curso se cruzan le pasado y el futuro, la estrategia, la maquinación y el engaño; la envidia es una pasión destructiva y autodestructiva cuyo modelo y meta son inasequibles salvo en el asesinato o el suicidio. Si Julien Sorel trama de forma calculada y manipuladora su ascenso social, borrando las huellas de su pasado humilde e impostando una nueva identidad social morganática (a través de la seducción de Mathilde, la hija del marqués de La Mole), que le permita ser admitido en el grupo de los privilegiados, Joaquín Monegro sufre su pasión sombría y solitaria, que nace de los celos por el amor entre Helena y Abel, de forma nihilista y destructora. Los síntomas de la enfermedad social las describe Unamuno en términos naturalistas como los que se pueden leer en estas líneas:

Pasé una noche horrible -dejó escrito en su Confesión Joaquín- volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos.
Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca.
En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia.

La ambición no se ennoblece hasta después de la Revolución Francesa, con su santificación del individuo. La distinción del ambicioso frente al simple avaro y sus cálculos cicateros se vuelve ya canónica. Benjamin Constant lo dejaba claro a comienzos del siglo XIX, en sus Principes de politique: “No podemos excluir a los hombres ambiciosos de los cargos públicos, pero mantengamos a distancia a los avariciosos.” Si la clase política española leyera más a los clásicos, nos habríamos ahorrado muchos disgustos… Todo esto es así porque la ambición se contempla ya como compatible con las virtudes positivas: el valor, la honradez, la imparcialidad, la generosidad… Adam Smith hará popular, verdad común, que el egoísmo de unos pocos redunda siempre en el bien de todos. La inercia de los gobiernos actuales que, en nombre de ese mantra, elaboran reformas fiscales y laborales que favorecen siempre a los más ricos, con la justificación de que así se creará más empleo y riqueza para todos, es hija de este ennoblecimiento de la ambición, que ya había entrado tiempo atrás en el Panteón de las virtudes cristianas, de la mano inteligente y terrenal de Santo Tomás.

Fiorentino elige Rojo y Negro como base de su reflexión porque entiende que es la novela inaugural del un ciclo narrativo de onda larga caracterizado por el triunfo de la ambición en el nuevo universo burgués. La ambición, según él, es una pasión “antilírica, que requiere cambios y giros repentinos: produce relatos.” Julien Sorel tiene un modelo, Napoleón, y un plan para emularlo. A pesar de la lejanía del modelo, se siente acuciado por el tiempo: el Emperador, con solo 28 años, ya había llevado a cabo sus más grandes hazañas. Pero la vida de Napoleón está dominada por una pasión heroica y sus hechos trascienden a toda Europa. La ambición de Julien es modesta, aunque le impone durísimas disciplinas, disimulos y manipulaciones: moverse hacia arriba en una sociedad de clases. Su principal obstáculo es su propio pasado. Como afirma Francesco Fiotentino, “el pasado del parvenu debe ser enmascarado o mistificado por constituir una amenaza para el presente.”. El pasado siempre pasa factura al arribista y ese riesgo lo convierte en un ser perdido en un juego de suplantaciones y falsas identidades… Que llega a nuestros días. El tristemente famoso Luis Roldán se autotitulaba como Licenciado en Empresariales e Ingeniero cuando sus estudios no habían superado los deBachillerato. Carmen Chacó se inventó un inexistente doctorado en Derecho. Leyre Pajín, que llegó a inventarse una cargo en una Facultad de la Universidad de Alicante que no existía siquiera. Tomás de Burgos, falso médico. El afamado Alfonso Guerra, perito industrial, que hacía referencias a sus imaginarias licenciaturas en Ingeniería y Filosofía… Pasiones tristes, de pícaros de nuestra época perdidos en esa lucha del ambicioso contra su propios pasado. Su modelo lejano no es Napoleón, sino Lázaro de Tormes quien, al final de su relación autobiográfica, de esta no explícita declaración sobre el caso por el que ha sido citado, presume del éxito social que debe a su ambición: la obtención del oficio real de pregonero (y cornudo consentido, según los rumores) en la ciudad de Toledo:

Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.

Julien Sorel, sin embargo, no llega a la “cumbre de toda buena fortuna”. El “todo está perdido” de la carta de Mathilde, el absurdo intento de acabar con madame de Rênal, su estancia en la cárcel abren una inesperada puerta de salida a la necesidad continua de maquinaciones que le ha impuesto su ambición, lo que Fiorentino llama una “ligereza de corazón”; esa que recupera cuando se libera del peso del futuro y del cálculo y disimulo continuos a que le obligaba la ambición, con su tenso arco hacia la nada…

El deber

El deber es la ambición en el espejo. Donde en los personajes ambiciosos encontramos el deseo de obtener un estatus propio de los privilegiados -desmintiendo el destino previsto en su pasado humilde-, en una sociedad dividida en clases sociales, en el personaje dominado por esta otra pasión fría hallamos, por el contrario, el impulso de entregar sus vidas a un deber, una vocación o una causa. Pero en el siglo XIX, como afirma Enrica Villari2, “La fascinación por el deber no era “un amor a la ley por sí misma, sino una preocupación por la higiene del yo”. Los modernos quieren hacer del deber heroico una pasión personal y subjetiva y es en esa contradicción imposible de salvar donde la entrega a una vocación o causa naufraga. Es lo que les ocurre a los protagonistas principales de Middlemarch.

En una carta de George Eliot a John Brackvood, mientras escribía Middelmarch: su objetivo era mostrar “la acción gradual de las causas ordinarias, no de las excepcionales”. La novelista era consciente de que esas causas ordinarias -las limitaciones que el el pueblo y su presión social tanto como la búsqueda de la felicidad personal imponen- limitan y condenan a la postre el proceso de emulación heroica de los protagonistas. Lydgate, admirador de los grandes médicos de la Antigüedad, que pretendía investigar el tejido humano original hasta encontrar una panacea médica universal, termina escribiendo, como mayor logro, un humilde libro sobre el tratamiento de la gota. Admirado, rico, arruinado, preso en las redes de un amor fou con una mujer frívola y superficial, termina cumpliendo un destino convencional que desmiente escandalosamente su inicial entrega a la causa de la filantropía médica.

Dorothea, por su parte, una “mente teórica” admiradora de Locke y Pascal, decide casarse -como un acto, también, de entrega– con Casaubon, un hombre culto y tolerante mucho mucho mayor que ella. Las “causas ordinarias” acaban convirtiendo ese matrimonio en un fracaso, que, sin embargo, devuelve la humana piedad a la protagonista en su fase final, cuando esta conoce la enfermedad de su marido, y de la empatía del sufrimiento y la pérdida surge el perdón. Son también las causas ordinarias de la pobreza que ve en su viaje nupcial a Roma las que provocan su desprecio por el Arte: “¿son necesarios tantos cuadros?”

La lección de Georges Eliot en Middlemarch es una lección desengañada y venenosa, cuyos ecos resuenan aún en nuestro mundo. En sus palabras: “todos nosotros nacemos en la misma estupidez moral, tomando el mundo como una ubre con que alimentar nuestros yoes supremos.” Queda la sensación de que la raíz de la renuncia a sus privilegios aristocráticos de Lydgate o el matrimonio intelectual de Dorothea es, simplemente, el aburrimiento, el deseo de superar una vida banal y provinciana, prefijada de antemano. Como señala Villari, a Dorothea le mueve, en el plano moral, la misma rebelión contra la aburrida vida burguesa que a Emma Bovary (y añadimos nosotros: a Ana Karenina, a Ana Ozores, a Effi Briest…, otras tantas protagonistas entregadas a pasiones inútiles, de otras tantas novelas decimonónicas) en el ámbito del placer o del amor…

***

La mano que toma, que no se conforma con recibir, se ve abocada siempre a un parecido fracaso -en cierto sentido, son protagonistas de tragedias ridículas-, en las sociedades burguesas de después de la Revolución. Da igual que el impulso original sea la ambición, el deber o una causa. La contradicción imposible que termina transformando en cenizas sus motivaciones primeras es la de la difícil o imposible compatibilidad entre una causa abstracta (vocación, revolución, deber, poder) y la búsqueda, al mismo tiempo, de las dosis de felicidad necesarias para la vida cotidiana. La paradoja de entregarse a una vida heroica o ejemplarizante en un mundo que ya no tiene -ni quiere- héroes. Que aborrece incluso la magnanimidad, en cualquiera de sus manifestaciones, en el afán de uniformidad mesetaria que es el verdadero espíritu de la colmena contemporánea.


  1. Fiorentino, Francesco, “La ambición: Rojo y Negro” ( “L’ambiziones: Il rosso e il nero”, Incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, Enero-Febrero, 2015. 
  2. Villari, Enrica, “El deber: Middelmarch” (“Il dovere: Middelmarch”. Incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, Enero-Febrero, 2015. 

La indiferencia universal

La literatura romántica nos acostumbró a que los paisajes naturales se acompasaran a nuestros sentimientos. Así, el joven Werther, cuando hacia el final de la ficción de Goethe desespera y se rebela ante la idea de no volver a ver a su amada Lotte, sale a dar un paseo y se encuentra con que el valle había sido inundado por una crecida de algunos arroyos cercanos. Es entonces que se coloca en la cima de una roca y mira hacia el abismo, hacia el valle inundado, que parece un mar embravecido y exclama «¡entonces se apoderaba de mí un estremecimiento y un anhelo! ¡Ah!, con los brazos abiertos, erguido ante el abismo, respiraba ¡abajo!, ¡y me perdí en el delicioso sentimiento de arrojar mis torturas en aquel abismo y alejarme rugiendo como las olas!»…

Paisaje rocosoEl héroe romántico, aunque sufría lo que Rafael Argullol llama la cesura trágica entre él y el sentido del mundo, el desgarro del abandono de Dios, nunca está solo: el jardín o el bosque, las montañas o las olas embravecidas del mar sienten junto a su corazón y se transforman al par que sus emociones y angustias… Por eso la cantata a dos voces que es, en tantas ocasiones, el texto romántico es, al mismo tiempo, una metafísica en la que el ser, entendido a la manera renacentista como anima mundi, se une, en un secreto acorde, con el alma del poeta en un hermoso bucle que nuestro mundo ha perdido.

Nuestro tiempo es el de la soledad radical, la que provoca la sospechada indiferencia del universo respecto a nuestro corazón y sus cuitas, en relación al desorden de la injusticia y el crimen que conforman el dintorno de nuestras vidas. La andreia que, en la tradición aristotélica, reivindica el filósofo Víctor Gómez Pin como una actitud humana digna ante esa indiferencia universal que nos afrenta tras la muerte de Dios, lleva implícita la renuncia a la filosofía perenne, la disyunción y divorcio definitivo de la naturaleza que, en un raro azar, se enamoró del alma romántica.

Joseph Roth, el misterioso y enorme escritor austriaco que escribía con tinta de seda, retrató esa indiferencia -en la personal elegía de la decadencia y caída del mundo antiguo que es La marcha Radetzky– de una forma extremadamente sutil en una escena cotidiana que pasa desapercibida pero que evoca con eficacia el abandono universal que sucedió al romanticismo. En ella, el segundo Trotta de la dinastía protagonista -un rutinario funcionario del imperio austro-húngaro- nota, a la hora del desayuno acostumbrado, una falta alarmante: la correspondencia del día, que siempre le deja su fiel y anciano criado sobre la mesa, no está. Jacques está enfermo y se ha quedado en cama presintiendo la muerte: «Se fue a la ventana y se sorprendió en extremo al comprobar que fuera todo seguía igual, sin tener todavía en cuenta los cambios que ocurrían en su casa. Porque hoy no había comido ni leído el correo. Y Jacques estaba en cama con una extraña enfermedad. Y la vida seguía igual.»

indiferenciaEl hiato de la indiferencia universal ha excedido en nuestro tiempo a la naturaleza, abandonada a la suerte de la cosificación nihilista del capitalismo y aherrojado en su solipsismo el hombre actual (literalmente un hombre sin atributos, como lo llamó Robert Musil, otro espléndido escritor austriaco), se ha extendido también al paisaje humano. Es ese carácter tan fiero el que da la clave desesperada de la tragedia contemporánea. Pienso en ello estos días en que, de nuevo, se sueltan los «perros de la guerra» en Siria.

Imagino la soledad radical de cualquiera de esos 15.000 sirios que han huido del horror, abandonando casas, gente, recuerdos, vida: ¿qué desesperación no sentirán al asomarse a la ventana de sus tiendas de acampada, o de la casa donde, con suerte, hayan sido acogidos, ante la indiferencia de la naturaleza y los hombres sin atributos? O, cuando leo que en México un millón de niños trabajan en el campo en condiciones esclavistas, del mismo modo que otros millones más lo hacen en las minas, en este posmoderno descenso a los infiernos, ¿qué soledad helada no sentirán esos niños al mirar por la ventana de Trotta?

El muro de facebook, el bit y el dazibao

Soy usuario reciente de facebook, de modo que esta es la crónica de mi particular descubrimiento de este sustituto virtual de la desaparecida o secuestrada esfera pública; pero también, y no puede ser de otra manera en la perspectiva social o de filosofía política con que el autor de este blog entiende el mundo, es mi recepción crítica de sus costumbres, tópicos lingüísticos y su naturaleza posible, o malograda, de dazibao de escritura y razón común. Me baso, para predicar con el ejemplo, en unas notas que redacté y publiqué en mi propio muro, que aquí enhebro en un todo coherente para los lectores que se sienten más a gusto en estos claros del bosque.

relojfacebookAlgo tendrá el agua cuando la bendicen, afirma el refrán. Lo  primero que me llamó la atención, y me enterneció mucho, es la constante referencia a la amistad y a los amigos. Dejando a un lado la intención, comercial o de mercadotecnia, de los diseñadores o directores de facebook en relación esa atmósfera semántica de amistad universal, incluso sin echar mucha cuenta a la pregnancia o potencia persuasiva conseguida con la referencia constante a la relación amistosa, lo que sí se me aparece como un hecho cierto es que los usuarios de esta red toman la amistad como señal de identidad de primer orden, en disfavor de otras con las que estamos más acostumbrados a entendérnoslas, también más viscerales, como la nación, la etnia y las creencias religiosas. O, ya en menor grado o en retroceso temporal, como la ideología, la militancia política o hasta la misma clase social.

Algo así como que si al preguntar imaginariamente a un usuario de esta red “¿usted quién es?”,  este nos respondiera algo como “yo soy uno que tiene 2.000 amigos, 20 seguidores y mis familiares, que son también amigos”. Es encantador esto, y yo mismo estoy haciendo nuevas amistades y mantengo hermosas o divertidas conversaciones. Pero sucede que me desasosiega la alusión, también constante, a la cantidad, que tiene incluso su colmo: ocurre, de vez en cuando -sobre todo con los más famosos del lugar- que al solicitar su amistad, los automatismos de facebook nos devuelvan un aviso del tipo “este usuario ha llegado al límite máximo de amigos; sin embargo, puede hacerse su seguidor”… El desasosiego del que hablaba me lo produce el hecho de que los números, como sus prolíficos descendientes, el dinero o las acciones, tienen en su naturaleza o ADN dos genes: el crecimiento continuo y desordenado, cancerìgeno -en un sentido bastante literal- y su transformación en mercancías y en estatus. Y algo de las dos cosas me temo que ocurre, tal si la amistad se transformara en crédito o intercambio. Con los iconitos del ya universal “me gusta” pasa lo mismo. Una página, por ejemplo, debe tener un mínimo de aprobaciones (no recuerdo ahora cuántas exactamente, pero alrededor de treinta)  para que el sistema la introduzca en sus estadísticas, del mismo modo que se establece un mínimo de inversión o acciones para entrar a formar parte de una sociedad anónima. Aun así, hay otro aspecto más preocupante en los “me gusta”, aunque para ello debemos echar mano de la cibernética.

Se trata de que “me gusta / no me gusta” es un bit, la unidad mínima de información medible, como un sí / no. Si es esa, la de pulsar el “me gusta” (¿”liquear” se diría en la neolengua?), junto a la de subir imágenes o vídeos (que, a su vez amontonan enseguida aprobaciones, en una espiral vírica que remite de forma directa a la locura del crecimiento continuo del capitalismo) la actividad más común en esta red, lo que da un poco de escalofrío es la desproporción que existe entre la masa humana de facebook, que parece superar la población total de EE. UU., según he leído, y este paupérrimo contenido informativo, estos millones de bits engarzadas en otra millonada de imágenes. Sería todo demasiado banal. Las teorías cibernéticas dicen que mientras mayor es la complejidad y entropía de una sociedad, es a la vez proporcionalmente mayor la complejidad de los sistemas de la información y la comunicación públicas. Mi perplejidad es que esto -se entenderá tras lo dicho- me parece verlo desmentido en esta red social, aunque no acabo de ver clara la razón: ¿pereza pura y simple?, ¿preferencia, como piensan los gestores de esta empresa, generalizada por las imágenes?, ¿una suerte de afasia verbal, muy de estos tiempos, que sustituye la cadena sintáctica, el enhebramiento de las causas, los efectos y las consecuencias -es decir, la razón discursiva-  por el hipertexto y el microrrelato?

dazibao2Afortunadamente, a la vez que esto ocurre, suceden muchas más cosas y en este nuevo continente, como no podía ser menos, hay también páginas realmente hermosas, debates poderosos, crítica seria, informaciones exclusivas y homenajes sentidos y dignos a multitud de figuras públicas. Y hay también una Atlántida sumergida de mensajes y conversaciones privadas entre usuarios. Pero nos ocupamos aquí sólo de la red visible, de los millones de muros que, en su mismo nombre y concepción, a mí me recuerdan los dazibaos chinos que, en tiempos de Mao, sirvió como medio de comunicación popular, de educación, crítica y autocrítica.

El dazibao era una hoja amplia de papel (a veces auténticos murales) colocados en lugares públicos donde la gente escribía críticas y autocríticas. Mao los potenciaba y el profesor de periodismo chileno Camilo Taufic (Periodismo y lucha de clases) lo reivindicaba como medio de comunicación popular, alternativo a los medios de masas. Este periodista afirmaba que en solo 6 días se llegaron a colgar más de 500.000 dazibaos en los astilleros de Shangai.

El muro  de facebook se puede ver como un dazibao, una enorme hoja (infinita, a efectos prácticos, como cualquier pantalla) en el que amigos, y amigos de amigos, etc., autovaloran sus actos, imágenes, frases y, en justo intercambio, valoran a la vez las cosas de otros. La diferencia es: que el espacio electrónico, emulador del espacio público real, es un espacio solitudinario (multitudes, pero de gente sola, con su realidad anclada en el ámbito doméstico) No es una nueva esfera pública, pero sí su reflejo en ciudades donde la esfera pública ha desaparecido.

dazibaoEl contenido del muro es, a la veces, jeroglífico (en esto se asemeja al dazibao), y en él, con promiscuidad, se mezclan sentimientos, sensaciones, citas, pequeños poemas, frases o mini narraciones ingeniosas (en esto, es distinto al dazibao, donde el chino prepolítico resolvía sus contradicciones, dudas, conductas sociales). Estos contenidos, claro, condicionan los usos lingüísticos, al mismo tiempo que son condicionados por ellos. Se ha generado, para acabar, en estos muros -como ocurrió con los dazibaos y los grafitis callejeros- una verdadera eclosión de lo que podemos llamar literatura abreviada o fragmentaria, del microrrelato al haikú, que convive con manifestaciones vulgares, obscenas y ofensivas. Del mismo modo que pasa con las artes plásticas, amalgamadas en apretada convivencia con timos culturiformes y horteradas o un sinfín interminable de chistes y paridas. En esto, no hay ninguna diferencia con la superpoblada metrópolis universal de este otro lado del espejo.

Esclavitud y otras servidumbres, aquí y ahora

Según la convención sobre la esclavitud de la ONU, firmada en Ginebra el 25 de diciembre de 1926 y que entró en vigor el 5 de marzo de 1927, la esclavitud es «el estado o condición de un individuo sobre el cual se ejercitan los atributos del derecho de propiedad o algunos de ellos». En la actualidad, según un informe de la OIT, «cerca de 21 millones de personas son víctimas de trabajo forzoso en todo el mundo, atrapadas en empleos que les han sido impuestos por medio de la coacción o del engaño y que no pueden abandonar». En este mapa de la Organización Internacional del trabajo, se puede ver -entre escalofrío y escalofrío- que sólo Groenlandia se libra de la vieja lacra humana.

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La esclavitud en el mundo actual: Mapa de la Organización Internacional del Trabajo

Las cifras son ignominiosas, desde la perspectiva que sea. Según la organización sindical, 3 de cada mil personas en todo el mundo está en situación de trabajo forzado y «18,7 millones de trabajadores (90 por ciento) son explotados en la economía privada, por individuos o empresas. De este número, 4,5 millones (22 por ciento) son víctimas de explotación con fines sexuales y 14,2 millones (68 por ciento) son víctimas de explotación con fines laborales en actividades económicas como la agricultura, la construcción, el trabajo doméstico o la industria manufacturera». España no se libra: Felipe Blasco, en una entrada de su blog, dedicada a este tenebroso asunto, nos recordaba que hace poco se desmanteló en Andalucía una red que explotaba a 400 prostitutas, como se puede leer en la información del diario La Nueva España en su edición del 5 de marzo. O el descubrimiento, hace unos años, de talleres textiles ilegales en Cataluña (El País, edición del 17 de junio del 2009).

La organización de liberación de esclavos Free the slaves da una cifra aún mayor que la OIT: 27 millones de personas que trabajan sin cobrar, coaccionadas mediante violencia y sin poderse librar de su situación de servidumbre. Según Kevin Bales, cofundador de esta organización de mercedarios del siglo XXI -sigo las citas del blog de Felipe Blasco-, la manumisión de un esclavo cuesta de media 400 dólares, «el coste de emancipar a los 27 millones de esclavos asciendería a 10.800 millones de dólares, cifra unas cuatro veces inferior al beneficio que genera la esclavitud al año, unos 40.000 millones».

Pero al hablar de la esclavitud contemporánea no sólo hablamos del «trabajo forzoso», sino de sus formas más clásicas y crudas. Josep Fontana, en su necesario libro Por el bien del imperio 1 nos informa de que en Mauritania, por ejemplo, hay en la actualidad -según datos de la ONU, 123.000 esclavos al modo tradicional, como propiedad absoluta de sus dueños, que pueden torturarlos y matarlos. En Níger, la cifra sería de 180.000. Dice con contundencia este historiador: «hay en la actualidad más esclavos que en ningún otro momento de la historia, en una nueva servidumbre que no se basa tanto en la propiedad como en el endeudamiento, y que se distingue, por ello, de la antigua por el hecho de que un esclavo cuesta hoy mucho menos que en el pasado». En concreto, según las cuentas que aporta Felipe Blasco en su blog, unos 90 dólares de media.

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No entran aquí las formas de vida paraesclavistas como las que, en nuestras sociedades, suponen en puridad los pagos de préstamos, usuras e hipotecas que condenan a aceptar cualesquiera formas de trabajo y la renuncia a derechos laborales, incluida la sospechosa sindicación, el respeto de convenios colectivos o mejoras en la conciliación de la vida familiar, etcétera. Ni tampoco el trabajo forzado en prisiones.

Es también Josep Fontana quien, en su último libro, 2 nos recuerda que la población reclusa en los EE. UU. suma la cifra agobiante de dos millones trescientos mil presos. «Según Barbara Ehrenreich, se han multiplicado las causas que pueden ser castigadas con multas y cárceles. En Nueva York es delito poner los pies sobre el asiento del Metro, aunque no haya nadie más en el vagón. En South Carolina, una mujer pasó 6 días en la cárcel por no poder pagar una multa de 480 dólares por tener sucio su patio». La privatización de las cárceles se ha convertido, a su vez, en un negocio muy rentable e incluye en su rentabilidad el trabajo esclavo. Según Fontana, la detención de inmigrantes ilegales por compañías privadas (que mantienen un contrato con el Federal Bureau of Prisons por valor de 5.100 millones de dólares) se complementa con el negocio del trabajo forzado de presos a bajo coste (de 1 a 3 dólares diarios) «a empresas como Chevron, Bank of America, AT&T o IBM, que pueden organizar fábricas en las prisiones o alquilar presos para trabajar fuera de la cárcel».

Me sentía obligado a poner ante los ojos del, quizá, desprevenido lector estas cifras de la infamia presente. Porque es que, además, tal como yo mismo denunciaba en un artículo publicado en La Opinión de Málaga (¡un ERE pende sobre 12 de sus trabajadores, que han renunciado, además, al 18% de su sueldo!) en el 2003 3, el mismísimo lenguaje del esclavismo se instaló hace mucho tiempo entre nosotros, con trágica frivolidad, en el mundo del fútbol. A diario, en efecto, oímos o leemos los precios -en esa bolsa infamante de los fichajes- en que los deportistas se venden o compran, incluso las cláusulas económicas de sus manumisiones, y vemos cómo son examinados por peritos médicos que se aseguran, así, del buen estado de la mercancía que compran. La semántica de la lengua, tan dócil a los manejos de los poderosos, nos acomoda mentalmente desde hace tiempo a la renovada esclavitud contemporánea; el paro, las reformas laborales o las usuras hipotecarias nos preparan, por su lado, a conciencia, para el acomodo y resignación de la futura ergástula en que transcurrirán nuestras vidas.

La paradoja de Abilene o el pensamiento gregario

Vamos a demorar la continuación prometida al final de la última entrada, Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis, para compartir, mientras tanto, mi descubrimiento de lo que se conoce como la paradoja de Abilene y la luz que creo que puede arrojar sobre el conformismo o consentimiento social y su entendimiento. Pero también a mí me ha ayudado a comprender mejor lo que José Antonio Marina, el inquieto pensador español, llama la inteligencia social. No nos alejamos, pues, demasiado del hilo que seguíamos, pues el principal obstáculo para un verdadero cambio político (y, por ende, social, económico, cultural) que propugnamos como necesario es esa conformidad desganada, o resignación o desidia, con que aceptamos las decisiones injustas, colaborando con ellos, justificándolas al fin.La paradojade Abilene Nos hemos ocupado de indagar en los mecanismos de ese asentimiento social a la injusticia en varias ocasiones. El lector curioso puede leer la entrada que titulé El consentimiento social.

La paradoja de Abilene 1 que he conocido gracias a mi compañero y amigo Antonio Romero 2 toma su nombre y su potencia explicativa de esta anécdota que reproduce Jerry B. Harvey en su libro, citado en nota al pie, que transcribo del claro resumen que hace de ella Juan Carlos Cougil en español, en su blog, tambien mencionado a pie de la página:

Una calurosa tarde en Coleman, una familia compuesta por suegros y un matrimonio está jugando al dominó cómodamente a la sombra de un pórtico. Cuando el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad situada a 80 km., la mujer dice: «Suena como una gran idea», pese a tener reservas porque el viaje sería caluroso y largo, pensando que sus preferencias no comulgan con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. Sólo espero que tu mamá tenga ganas de ir.» La suegra después dice: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!»

El viaje es caluroso, polvoriento y largo. Cuando llegan a una cafetería, la comida es mala y vuelven agotados después de cuatro horas.

Uno de ellos, con mala intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirlos sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados. El marido dice: «No me sorprende. Sólo fui para satisfacer al resto de ustedes». La mujer dice: «Sólo fui para que estuviesen felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hace». El suegro después refiere que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.

abilenePiense el lector qué preciosa herramiento de análisis nos ofrece el paradójico viaje de la familia de Coleman para comprender, por ejemplo, nuestro comportamiento gregario en plena “fiebre del oro” de la burbuja inmobiliaria. Seguramente nadie quería emprender aquel viaje al fin de la noche de las hipotecas, pero los bancos pensarían quizá (aparte de en ganar más dinero, que es su alma)) que con los créditos baratos estaba fomentando el crecimiento y prosperidad de sus países. Las empresas constructoras (las grandes y multinacionales tanto como las que surgieron como setas, con capital meramente crediticio) justificarían su ambición, tal vez, en que, además de dar el pelotazo, creaban empleo y contribuían al progreso de la nación. Los compradores endeudados, por qué no, se ilusionarían con  que, además de prosperar individualmente, colaboraban así también en la conformación del sueño liberal de John Rawls: formar parte de una democracia de propietarios.

Cuánto mejor se entiende también ahora, con el absurdo viaje a Abilene en la memoria, la conformidad desganada con que pagamos el sobreprecio injusto del IVA, toleramos a regañadientes la quita de pensiones, bajas, sueldos o pagas extraordinarias; con cuánta resignación y estoicismo madrugamos todos los días para ir al trabajo, a la oficina del paro o a la plaza; cómo soportamos, en fin, esta extracción económica que saca dinero de nuestros bolsillos para tapar trapisondas o desfalcos bancarios; para que las multinacionales del automóvil puedan seguir produciendo coches; las eléctricas subiendo el recibo de la luz y jugando a la bolsa; con qué cuajo contemplamos cómo se abre cada vez más el inmenso negocio posible de la Salud y la Educación, de las tierras y los mercados de futuros -hambres futuras-  a esas masas inmensas de excedentes de capital que no pueden detener su crecimiento del 3% anual de tasa de beneficios; todo esta debacle, en fin, de acumulación por desposesión de bienes comunes y personales a que asistimos hechizados a diario. La comprensión de los mecanismos del asentimiento social provoca melancolía porque nos arroja una imagen muy poco piadosa de nosotros mismos en tanto sociedad. Como en el viaje de la familia de Coleman, pensamos en el fondo que es por el bien de otros que aguantamos. Puede que incluso muchos tontos políticos con mando en plaza crean que es por nuestro bien futuro, y porque lo deseamos, que toman tantas medidas desagradables para ellos mismos: ¿No se expresaba así Rajoy al poco de llegar al poder? ¿No pensaron quienes lo votaron que, aunque no les agradaba personalmente, ni ellos a él tampoco, sobre todo si eran ex votantes del PSOE, todo sería por el bien de todos? El caso más extremo de pensamiento gregario es el de las tontas ovejas lanzándose al vacío una tras otra sólo porque lo hizo la primera.

En fin, que es posible, sin embargo, que a estas décadas desdichadas de estupidez y gregarismo en las sociedades occidentales, empiece a suceder un tiempo de inteligencia común que no nos haga viajar de nuevo a Abilene. El hecho de que, pese a todo, el activismo encomiable de los grupos movilizados en toda España contra los desahucios esté conseguiendo detenerlos en la vía judicial y haya logrado abrir una brecha en el poder absoluto de la mayoría de derechas en el Parlamento, con la iniciativa popular, admitida, como hubiera sido normal en primera instancia, a discusión pública, es un motivo de alegría común, como lo fueran las acampadas de la Puerta del Sol. Tiene razón Josep Ramoneda cuando afirma que esa ciudadanía puesta en pie de rebelión está supliendo, con sus acciones y convocatorias, la parálisis y aturdimiento de los partidos políticos. Pero hay que tener cuidado con no convertirlas en un placebo sustitutivo (de una rebelión social mayoritaria, enhermanada en un proyecto de cambio mayor) que nos haga pensar en los mismos términos de la democracia delegada: muy bien por ellos, ya puedo yo dedicarme con más tranquilidad a mis cosas…

Lo importante de estos movimientos  es lo que pueden tener de semillas que hagan nacer de nuevo la inteligencia social, la confluencia de análisis y decisiones acertadas, el inicio de un ciclo virtuoso en el que, necesariamente, tenemos que participar todos. Así nació, como explica José Antonio Marina con singular tino, la II República de España y el milagro de aquella generación que hizo tantas cosas, que propició tantos cambios en tan poco tiempo. Creó tal sensación de peligro y tal reacción violenta en los sectores conservadores de la España profunda que aún vivimos en las ondas sísmicas del terremoto que provocaron, lleno de destrucción, ruido y sangre, para poder detener aquella inteligencia colectiva que se había puesto a trabajar en común en un nuevo país, en un nuevo mundo.

Meditación etimológica sobre la corrupción: la inquietante estirpe del “rumpere” latino

El verbo latino rumpere avisa al oído, en su misma naturaleza onomatopéyica, de su inquieta y perturbadora descendencia lingüística. corrupciónSobre ello escribí, a  finales de la primavera pasada, en el rincón que tengo en la bitácora de mi instituto donde, de tarde en tarde, al azar de los finales de curso, escribo algunas reflexiones sobre educación, alejándome en lo posible de los tópicos y memes pedagógicos y políticos que tienen tan asfixiado y enrarecido el mundo de la enseñanza. Allí tomaba, como cabo del hilo de la meditación, un «club de interrumpidores» que aparece en la última novela de Enrique Vila-Matas y que yo extrapolaba como metáfora al ambiente de las aulas contemporáneas, verdadero tema de aquel texto, que el lector curioso puede leer aquí. La triste actualidad de la corrupción me hace retomar aquel hilo.

Y es que, en efecto, las onomatopeyas de esta inquieta familia de palabras, con su evocación de ruidos de piedras arrastradas por un río, de papeles que se arrugan y titran, de cortes, sesgos, rajas, resquebrajamientos, parece cobrar una especial y enfática vitalidad en estos días. Pronúncielas, si no, el lector, con énfasis consonántico: «irrumpir», «disrrumpir», «interrumpir», «prorrumpir», «corromper»… La hijas del rumpere latino nombran (y crean, al nombrar, como hacen siempre las palabras) la cacofonía y estridencia de nuestro tiempo. Iluminan en sus variantes todas las acciones que destrozan, rompen, hacen pedazos, destruyen, rompen cualquier continuidad. Si nos dejamos llevar por la asociación libre a objetos o rasgos contemporáneos: móvil, coche, gritos, sofiones, bombas, tiros, drones, prisas, disrupciones, interrupciones, irrupciones, corrupciones…

Co (cum, con) rumpere, he ahí el verbo (con sus sustantivos y adjetivos) de actualidad. Romper, destrozar, hacer pedazos, destruir… ¿Qué? El discurso racional, la continuidad psíquica, la coherencia, la honestidad. La catarata por la que se despeña el río. Pero delante de  rumpere aparece con, en compañía: romper, destrozar, destruir con otros, junto a otros, con la complicidad de más. O con la ayuda de cosas, de instrumentos, de ideas, de guiños, de amenazas, de debilidades…

Dis rumpere, he aquí el verbo de moda en las tutorías, en las jefaturas de estudios de los colegios o institutos: el «alumno disruptivo» es el que rompe (destroza, hace pedacitos pequeños, diluye en la cacofonía) la continuidad discursiva de las palabras del profesor, la cadena racional de causas y consecuencias, de los ejemplos y metáforas, de los apólogos o historias, argumentos y contra argumentos. La disrupción 1 rompe la transmisión de saber entre las generaciones, el relevo, la continuidad del proyecto civilizatorio. Pero se aseguran las leyes de la herencia, de la propiedad: patrimonio (las cosas del padre) frente a matrimonio (las palabras de la madre, su manera de amar, de mirar el mundo). Diruptus, el participio pasado, da “derrota” en español.

La co-rrupción (recordemos: unos con otros, entre conmilitones, en pandilla, con ayudas, con instrumentos e ideas; eso significa co-) rompe la continuidad psíquica, la ley moral, la esfera pública; el mundo (en un signficado secundario, mundus: limpio; inmundus: sucio, pútrido) se vuelve inmundo.corrupcion

Su carácter inmundo se acrecienta, además, porque el foco ilumina a una parte de los pandilleros que conforman el co- de la co-rrupción: a los políticos y mandamases. Pero deja en la sombra a los co-rruptores, los que tientan y ofrecen, insinúan, prometen, alivian los pruritos morales, aligeran conciencias, regalan, alaban y engolan la muelle impunidad. Los que se ocultan: los ricachones. Tal como en la historia de Eva y la manzana; Eva, la debilidad, la curiosidad pecadora… ¿Y la serpiente? No se le entiende ni oye: bisbisea, se arrastra, se oculta, desaparece… La aliteración de la s, presente siempre en las palabras que nombran el silencio, la amenaza. Los corruptores sisan, sisean, bisbisean, se arrastran en la sombra: la serpiente

La corrupción irrumpe en la ley moral y disrumpe el cielo estrellado que junto a ella hacía feliz a Kant 2: «Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí.» La corrupción interrumpe la admiración y el respeto de la reflexión de Kant, como la disrupción prorrumpe en gritos o risas en la explicación del profesor.

Más allá de la dimisión de Rajoy y sus secuaces o la investigación necesaria de Mercadona y sus conmilitones empresarios, este -que he intentado iluminar desde otro ángulo con ayuda de las etimologías-, es el verdadero efecto devastador de la irrupción de la corrupción: volver inmundo el mundo, interrumpir, disrumpir la razón, el saber, la ley moral: romper en pedacitos, rajar, crujir, hendir, destrozar, hacer añicos…

El testigo

Con ser un drama humano -que comparten con los millones de españoles que los acompañan en su penoso mutis por el foro de la vida social activa, en un paro inmerecido e injustificado el hecho de que más de 8000 periodistas hayan sido despedidos en estos años (lo recordaba Juan Luis Cebrián, que va contribuir a la suma con los 200 redactores que El País va a poner en la calle con su anunciado ERE), y no dejando de ser motivo de inquietud el cierre de cabeceras periodísticas, o su venta en almoneda a inversores de ocasión; siendo todo eso verdad, lo es más, o es una verdad de una naturaleza más dramática por sus consecuencias sociales, la desaparición progresiva y masiva, que ese desperdicio y pérdida humana supone, de los testigos que desde el siglo XVII nos venían contando con fidelidad lo que sus ojos veían. Pues esa ha sido la misión fundamental de los periodistas -los buenos periodistas, se entiende: es un pleonasmo-, de carácter tan profundamente moral: la de ser intermediarios sociales, poner los ojos, la inteligencia, la sospecha y las palabras, vigilar y desvelar con la luz pública a los poderosos y gobernantes, ir a los lugares donde pasan las cosas para que podamos ver y entender el mundo quienes nos pasamos la vida yendo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, desentendidos de abusos, mentiras, guerras porque estamos atrapados en las mínimas batallas y escaramuzas de esta otra guerra interminable en que se ha convertido nuestra vida cotidiana…

Es una pérdida terrible. Leer, por ejemplo, en la página de Reporteros sin fronteras, los recuentos y recuerdos de las amenazas, asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones sufridas por periodistas o blogueros en el mundo entero, es un acto que produce una tremenda melancolía. Por eso, quiero dedicar esta entrada a realizar un humilde homenaje al hermoso y arriesgado arte del fotoperiodismo. Aunque haya escogido algunos nombres propios inevitables, con los que me quedo a continuación, no quiero dejar pasar la ocasión de reconocer -yo, que soy tan enemigo del incómodo e impertinente telefonito móvil- la contribución que esos millones de cámaras fotográficas incorporadas al gadget más popular de nuestro tiempo han hecho ya a revelar acciones o rostros que deseaban el anonimato; su involuntario papel de incómodos testigos, su inesperada capacidad para crear arte. En las sucesivas exposiciones de que se hace eco la página de Eyephoneography, verbigracia, se pueden apreciar tan sorprendentes posibilidades (para mí, al menos, tan mal conocedor como soy del lenguaje y la técnica fotográfica, que, sin embargo tanto me fascina), como en esta foto en blanco y negro, tan sugerente, titulada «The Wait», de Annie Mallegol.

Felicia Baños
Annie Mallegol, “The Wait”

Pero la imagen que ha motivado esta entrada es esta que enlazo a continuación, del fotoperiodista afgano de la AFP Massoud Hossaini, que ganó el prestigioso premio Pulitzer y el World Press Photo Award en el 2011. Hossaini fotografió a esta niña el 6 de diciembre del año pasado, cerca de un santuario chiita, donde se produjo una explosión que dejó 80 muertos y 150 heridos. Según el testimonio del autor, que publicaba en su reseña la AFP

«Junto a la calzada, no muy lejos de la mezquita, había un lugar donde mujeres y niños se habían reunido para ver la procesión. Vi muchos niños heridos, que no se movían. Vi una niña de unos doce años, Tarana, totalmente ensangrentada, no sabía qué hacer (…) lloraba mucho.»

La imagen es de las que no se olvidan. El llanto y los gritos de espanto de Tarana rodeada de los inesperados cadáveres, el poderoso simbolismo del color verde y blanco de su ropa teñido de sangre roja son un alegato mudo contra la violencia ciega que permanece en la memoria, junto a los recuerdos personales. Y es así porque el testigo estaba allí:

El diario El País, en abril del 2012, volvía a traer a colación la singular fotografía a propósito del debate ético sobre la conveniencia o inconveniencia de publicar imágenes de una fuerza tan desgarradora como la que nos ocupa. Allí se nos contaba que, si bien The New York Times la publicaba en portada un día después, otros periódicos como The Wall Street Journal The Whasington Post (que la dio a conocer sólo después del Pulitzer y bajo advertencia) lo hicieron con cortapisas y restricciones o moralinas. Lo cierto es que, salvo el fotoperiodista Enrique Meneses -cuyo enfoque es, para nosotros, el más contemporáneo y acertado-, todos los demás, periodistas tan importantes como Gervasio Sánchez, Javier Bauluz (el único español ganador de un pulitzer, fundador de Periodismo Humano), o el mismo Hossaini, mostraban prejuicios «éticos» sobre la necesidad o deber de compartir testimonios como este. Aquí compartimos la perspectiva de Meneses: «La gente está tan sensibilizada que da vergüenza. Estamos haciendo periodismo del miedo, quien no se quiera informar que no se informe. (…) La guerra no se intuye, se vive o no se vive.». Dejo a continuación una fotografía de Tarana en su casa de Kabul, de abril pasado, y un vídeo con una impresionante antología de imágenes sobre Afganistán, proporcionada por la agencia AFP.

Tarana, 2012
Tarana Akbari en su casa de Kabul el pasado 17 de abril. / SHAH MARAI (AFP)

Decía Cartier-Bresson que la fotografía consta de tres elementos esenciales: luz, composición y corazón. Apostillaba  Lino Gonzáles Veiguela (en su blog en fronterad.com), en relación a la imagen de Hossaini, «Actualizando la frase de Bresson se podría decir que, a día de hoy, la fotografía depende de la luz, la composoción, el corazón y, en ¿demasiadas? ocasiones, el photoshop. Cada una de estas variables, si el fotógrafo así lo decide, puede generar graves distorsiones a la hora de reflejar la realidad. No se ha constatado que el fotógrafo afgano que tomó la fotografía premiada con el Pulitzer haya distorsionado ninguno de esos elementos para aumentar el dramatismo ni la violencia de la fotografía: los muertos eran reales, la sangre era real, el grito de la niña -que terminaba de perder a varios familiares- fue real.»

El juego de la verdad y la mentira, cada vez más indistinguibles, por falta de criterios de discernimiento, entre la maleza de datos y el ruido de fondo de internet, por la incapacidad de los políticos contemporáneos para gobernar sino al dictado de encuestas y técnicos en publicidad sociológica, por la indeferencia -también tan contemporánea- acomodaticia de las clases-masa del presente, o, directamente, por su renuncia a buscar la verdad (es cansado), pensarla, enfrentarse a ella, como a la esfinge… Viguela terminaba su texto con una larga cita de un artículo que Joseph Roth, publicó en el diario alemán Neue Berliner Zeitung en 1920. Vale la pena leerla:

Estuve en el hospital viendo a los «lisiados maxilares». ¿Sabéis qué son lisiados maxilares? Son hombres que Dios creó a su imagen y semejanza, y que luego la guerra remodeló a la suya. (…) A los «lisiados maxilares» les está prohibido poseer fotografías de su propia deformación. Está prohibido mostrar al público lesiones maxilares o sus vaciados en yeso que se custodian en el hospital. ¿Por qué? Debieran mostrarse lesiones maxilares en todas las revistas ilustradas del mundo, en todos los museos y columnas de anuncios. Y el ministerio de Cultura debía decretar que, durante medio año, en todos los cines de Alemania, antes de empezar la «Crónica semanal» y al final de la setenta y siete parte del «Vampiro», se mostrara una imagen: el hombre sin labios.

Y, si se imitara ese ejemplo en todo el mundo, pronto se crearía una confederación de pueblos cuyo presidente sería el soldado sin labios. Esa confederación no tendría que dar muchas explicaciones…

Acabo por ahora (volveremos más adelante, tal vez, al apasionante mundo del fotoperiodismo) tal como terminaba una de mis columnas  publicadas en La Opinión de Málaga, que titulé, justamente, con el consejo que daba el filósofo Empédocles para buscar, y encontrar, la verdad: ¡Mirad a los testigos!1

El rey y los doce sátrapas

Los lectores recordarán, acaso, el chiste del borracho y la farola que traía a colación en la entrada Democracia y populismo (1) como clave simbólica del populismo, tal como lo hacía Slavoj Žižek, aunque con una intencionalidad diferente, En tal chiste, un borracho que volvía a su casa de noche perdió su reloj y se puso a buscarlo.Mass Media 300x225 Pero, como no veía nada por la oscuridad, se puso a buscarlo bajo una farola, muy lejos del lugar en que lo había perdido. Uno que había presenciado la escena, le preguntó por qué lo buscaba allí y no en el sitio adecuado, a lo cual respondió el borracho que en la farola había luz. La historieta facilita mucho la comprensión de por qué tanta gente prefiere las explicaciones sencillas, en blanco y negro, en términos amigo / enemigo o los míos / los tuyos y da de lado los matices, las razones laboriosas, las sutilezas, los relativismos: están en la zona oscura, aunque sea justamente ahí donde hay que buscar. La anécdota real del rey y los doce sátrapas habla de eso.

Pues bien, el otro día me vi metido en una conversación de bar, de esas que acaban con nuestro castizo «esto lo arreglaba yo…», que me hizo recordar de nuevo el chiste de marras. Decía mi paisano, tras despotricar sobre cómo está la cosa, en su variante exitosa de hay que ver lo que gastan los políticos: «Esto lo arreglaba yo dándole todo el poder al rey, quien, a continuación, nombraría un número limitado de gobernadores regionales o provinciales -esto no lo tenía claro, ni su cantidad, aunque para sus cuentas no pasarían de 12 o 15- y un número limitado de alcaldes para las ciudades más grandes. Las pequeñas se tendrían que federar para tener alcaldías» Y así, a la luz cegadora de la farola de un cómic o de un drama barroco, o de un videojuego -vaya usted a saber- recortó mi amigo de tal manera el gasto político. Si traigo la anécdota aquí como motivo de reflexión no es para quejarme de la incultura política o el desconocimiento histórico de que hacía gala mi interlocutor.Satrapias 273x300

No, sería demasiado fácil. Este régimen de satrapías ucrónicas que mi amigo arbitrista ofrecía como solución política no es tan excepcional ni risible como a primera vista puede parecer. Con las variantes adecuadas, era la solución política ideal para millones de súbditos en las sociedades con regímenes totalitarios, antiguas o modernas. Me parece ver ejemplificada en la anécdota, en primer lugar, la diferencia que estableció Ortega y Gasset entre creencias e ideas. Creencia es aquello con lo que contamos (por ejemplo, que el sol va salir mañana, que hace falta un jefe para que un grupo humano funcione sin matarse) mientras que las ideas resultan de pensar en algo, sobre algo. Mi amigo no pensaba, sino que extrapolaba una consigna gubernamental, un lugar común (los políticos derrochan, así que disminuyamos su cantidad) y recurría a una creencia muy arraigada (mucho poder en pocas manos facilita el gobierno). Las creencias están justo debajo de la farola, las ideas están en la zona en penumbra de la calle.

Mi amigo, además, está solo, como lo estamos todos, desde que desapareció lo que Hannah Arendt llamaba «la esfera pública». Como ella afirma también: «La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que sólo brota en la relación con los otros, con los demás». El totalitarismo quiere organizar a las masas (no a las clases ni a los ciudadanos) y la «masa» está formada por individuos aislados y gregarios, sin capacidad de organizarse en nada que tenga como fin el bien común. Sólo en torno a símbolos y consignas. Una cosa es complementaria de la otra.

No hay esfera pública, ni debate público: hay individuos aislados y gregarios, que se embotan en cuanto pueden en el hedonismo triste y clónico de las masas de nuestro tiempo, que viven encerrados y protegidos en sus creencias y huyen de la oscuridad de las ideas, que sólo les provocan angustia y aturdimiento. A la utopía administrativa del rey y sus doce sátrapas de mi paisano sólo le falta un enemigo identificable y capaz de suscitar odio, de encarnar en si toda la infelicidad, todo el agobio. El mejor candidato hasta ahora ha sido el emigrante. Si cuajara éste o si surgiera otro, estarían dadas las condiciones objetivas para la epifanía de una renovada y pujante era totalitaria.

Los futuros del hambre (y 2)

Sigamos ahora de la mano de Jean Ziegler, veterano relator de la ONU, experto, además en política alimentaria, y fiable pensador y escritor (recomiendo a los amigos del blog su El odio a Occidente, de Ediciones Península, recorrido radical y honesto por los excesos del colonialismo y los olvidos culpables del postcolonialismo y sus consecuencias, por ejemplo en la misma ONU). Cuenta Ziegler en un texto de Le Monde Diplomatique de febrero de este año, traducido al castellano en el blog Noticias de abajo con el título «Especulando con el hambre»:

«Me dirigía hacia el norte, hacia las grandes plantaciones de Senegal, con Adama Faye, un ingeniero agrónomo que asesora en cuestiones de desarrollo a la embajada de Suiza, y con el conductor Ibrahima Sar. Queríamos comprobar el impacto que está produciendo la especulación financiera en torno a los alimentos, aunque ya disponíamos de la última estadística del Banco Africano de Desarrollo. Pero Faye ya sabía que algo muy distinto nos estaba esperando. En el pueblo de Louga, a 100 kilómetros de San Luis, el coche se paró de forma repentina. “Venga a ver a mi hermana pequeña”, dijo Faye, “ ella no necesita su estadística para explicarle lo que está pasando”.
Hambre Mundo
Había algunos puestos al lado de la carretera, un mercado muy escaso: montones de caupí y yuca, unos pocos pollos cacareando en las jaulas, cacahuetes, tomates, patatas y naranjas y mandarinas españolas. No había mangos, aunque Senegal es conocido por ellos. Detrás de un puesto, una mujer joven con un pañuelo amarillo en la cabeza conversaba con sus vecinos. Era la hermana de Faye, Aisha. Estaba dispuesta a responder a nuestras preguntas, pero se enfadó mientras hablaba. En poco tiempo, una ruidosa multitud de niños, jóvenes y ancianas se reunieron a nuestro alrededor.

Un saco de arroz importado de 50 kilos había subido a un precio de 14000 francos ( 27 dólares), por lo que la comida había que hacerla más acuosa, con sólo unos pocos granos de arroz flotando en el plato. Las mujeres compraban arroz en los tenderetes en pequeñas cantidades. El precio de una botella de agua ha subido de 1300 a 1600 francos; un kilo de zanahorias, de 175 a 245 y una barra de pan de 140 a 175, mientras que un cartón con 30 huevos ha aumentado en un año de 1600 a 2500 francos. Igual ocurría con el pescado. Aisha regañaba a sus vecinos por ser demasiado tímidos en sus apreciaciones: “Dile al toubab (hombre blanco) lo que tenemos que pagar por un kilo de arroz. ¡Díselo! No tengas miedo. Los precios están subiendo casi todos los días.”»

MaizCreo que valía la pena la larga cita. Y ahora, de nuevo, los mercados agrícolas. Nos advierte Jean Ziegler de que estos son unos mercados muy especiales porque se consume más de lo que se vende. Es por ello por lo que a comienzos del siglo XX se inventaron en Chicago los derivados, es decir, que el precio «deriva» de otros productos subyacentes como bonos o acciones. Se creía que esto era beneficioso en un principio para los agricultores del Medio Oeste norteamericano: si el precio de las acciones caía en el momento de la cosecha, el agricultor estaba protegido; si subía, ganaba el inversor. Pero, sigue explicando Ziegler:

«En la década de 1990 estos activos comenzaron a utilizarse para especular en lugar de cumplir el objetivo de medida preventiva. Heiner Flassbeck, economista jefe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), estableció que entre 2003 y 2008, la especulación en torno a las materias primas que utilizan los fondos índice (Los fondos índice son fondos de inversión de renta variable que tratan de replicar el comportamiento de un índice bursátil. ), aumentó en un 2300%. Al finalizar este período, el repentino aumento del precio de los alimentos básicos provocó disturbios por los alimentos en 37 países. La televisión mostró imágenes de las mujeres haitianas en los tugurios de Cité-Soleil haciendo tortitas de barro para alimentar a su hijos. Se produjeron disturbios en las ciudades, saqueos y protestas de cientos de miles de personas en la calles del El Cairo, Dakar, Bombay, Puerto Príncipe y en Túnez, pidiendo pan para sobrevivir, algo que acaparó las portadas de los medios de comunicación.»

A mí me parece que esto no ha hecho más que empezar: la especulación con las deudas soberanas ya debe haberles dado suficientes beneficios y es un negocio que puede devenir incierto. Las puertas de la educación y la sanidad, que los capitales pugnaban por abrir desde hace décadas, ya están abiertas a sus «inversiones». Pero la tierra y su propiedad (el tabú más intocable de los estados, de la república contemporánea), la necesidad fundamental del alimento es un negocio tan rotundo que, pese a la conseja popular de que con las cosas de comer no se juega, van (quienes sean, cualesquiera que sean sus rostros y nombres propios, ellos, los mercados como se les llama ahora; los de siempre, ese 1 por ciento que nos ha declarado la lucha de clases unilateral, los amos del mundo) a persistir en esta sucia especulación. Mercados de futuros equivale, pues, a hambres futuras. Espero haber ayudado al lector a comprender la urgencia e importancia de saberlo, de incorporarlo a nuestros centros de atención tan aturdidos en el ruido informativo de este tiempo atroz.

Los futuros del hambre

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ella, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelve sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra, a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso.

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Lourdes Benavides, responsable de Justicia Económica de Intermón Oxfam (Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Según cuentan (por ejemplo, BBC Mundo aquí), la reducción a la mitad el número de personas que pueden acceder a agua corriente tratada es el primer Objetivo del Milenio que se ha conseguido. Un alivio; aunque pasajero: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, con derivados financieros: enseguida intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

El protagonista de esta novela menor de Bellow se llama Wilhelm, es un actor fracasado, divorciado y arruinado que acaba invirtiendo 700 dólares -el único dinero que le queda- en acciones de mantecas de cerdo (y no en cereales, que era su primera intención) por consejo de un lunático psiquiatra, el doctor Tomkin, que presume de la naturaleza científica de la inversión en bolsa. Yo me quedé sorprendido al leer, por ejemplo, la respuesta de Tomkin a la nerviosa petición de Wilhelm de acudir a la bolsa a primeras horas de la mañana: «Pero hombre, si ni siquiera son las nueve (…). En cualquier caso le digo que la manteca va a subir, y subirá. Se lo prometo. He hecho un estudio del ciclo culpabilidad-agresividad que hay detrás de todo esto. (…) Pero entre tanto esta semana nos han dado una buena tunda -observó Wilhelm- ¿Se fía usted completamente de su corazonada?» Y le responde Tomkin: «A mí la tunda me la han dado en pieles y café. Pero tenga confianza. Estoy seguro de que acabaré acertando». En esta novela entendí yo, traducido a un contexto cotidiano, lo que se llamó «capitalismo popular» desde la era Tatcher y que se nos presentaba a los europeos como el nuevo paradigma de la sociedad neoliberal que se inauguraba. Muchos de los lectores recordarán más tarde, en esta España de los frutos tardíos, la invitación que se nos hacía a los españoles, en los años neoliberales de Aznar, a invertir en bolsa nuestros ahorros, sin ningún complejo.

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¿Qué impacto tuvieron los precios globales de los alimentos en la grave crisis en Somalia, Kenia o Etiopía? Decenas de miles de personas han fallecido en Somalia como consecuencia del hambre, cuatro millones están aún en situación de riesgo y necesidad de asistencia a lo largo y ancho de toda la región.(Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Después descubrí que no sólo existe ese mercado de derivados agrícolas en el Chicago de Bellow, sino que, en Europa, hay tres grandes bolsas donde se especula con «futuros» de materias primas cuyas cotizaciones dan lugar a grandes beneficios: las de Londres, París y Fráncfort. Antes de que la financiarización galopante del capitalismo que padecemos lo pervirtiera, los contratos de futuros eran una práctica común y beneficiosa para los agricultores, que podían asegurar de este modo el precio de sus cosechas con antelación, frente a las contrariedades imprevisibles del azar. La especulación con el futuro, por otro lado, es intrínseca a la economía capitalista: recuerde el lector la «t» de las reglas del interés que aprendíamos en el colegio (también los estados, naturalmente, manejan el futuro como un dato inmediato de la realidad que nos construye: hoy mismo se puede leer en la prensa que el Tribunal Supremo ruso ha dictado una sentencia en la que prohíbe las convocatorias del «Día del Orgullo Gay» ¡durante 100 años!)

Como quiera que últimamente aumenta la frecuencia de noticias sobre la subida alarmante de precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales o el mismo maíz norteamericano, hasta el punto de que -aunque discretamente, como siempre- obligó al Grupo de los 20 a convocar un reunión extraordinaria hace poco para examinar la situación, voy a intentar explicarle al lector, en la medida en que pueda saber hacerlo, qué siniestra relación hay entre estas bolsas de futuros, el precio de los alimentos y el hambre creciente en el mundo.

En primer lugar, lo más llamativo y gordo: según el Instituto Internacional de Política Alimentaria, desde 2006 a 2009, entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras agrícolas en los países pobres han sido objeto de transacciones o adquisiciones por países extanjeros (el caso de China ha sido el más citado, pero hay muchos más, entre ellos, países europeos), lo que es equivalente a la quinta parte de todas las actuales tierras agrícolas de la Unión Euorpea. Según Vicente Verdú (La hoguera del capital, p. 129), «esto coincide, de acuerdo con L’Economist (23-5-2009), con el aumento del índice de precios de los alimentos en un 78 por ciento, y con que algunos productos como la soja y el maíz subieran en un 130 por ciento». La relación parece clara.