Opinión pública, poder privado

La expresión opinión pública encierra una contradicción insalvable: pretende aunar la opinión, que es el juicio privado que se tiene sobre algo o alguien, con lo público, que es compartido y común. Pero opinión es también la fama o estima en que nos tienen los demás, equivalente, por tanto a locuciones como estar en boca de todos o en opinión de quienes lo conocen. Jugando un poco más al límite con el sintagma, me tienta decir que nos formamos un juicio de la opinión pública demasiado positivo, que goza de excesiva buena fama entre quienes hablan de ella en sus opiniones privadas.

Opinión públicaOrtega y Gasset se preguntó por ella en varias ocasiones: si no es la opinión de todos -razonaba-, tiene que ser la opinión de la mayoría. Si en la promesa de las democracias, esa mayoría tendría que quedar reflejada en la mayoría parlamentaria, ésta debe representar a la opinión pública. Pero sólo hasta ahí se mostraba convencional nuestro pensador. Afirmaba, por ejemplo, de forma muy intencionada, en 19121: «De un lado, va la opinión parlamentaria; de otro, con una reprimida sorna, camina la opinión pública». Aunque luego desbarraba un poco al situarla en una zona entre sumergida y aérea, en un reino ideal de concordancia en que se neutralizaban las opiniones contrarias, el «yo pienso blanco» de las mayorías y el «yo pienso negro» de las minorías. El mejor gobernante, según el filósofo, es aquel capaz de detectar ese fondo común o concordancia secreta más allá de las apariencias, que representaría la verdadera opinión pública.

Esa idea, sin embargo, pero entendida en dirección contraria, sí que nos sirve para comprender las alusiones a la mayoría silenciosa de los gobernantes cuando se ven apurados por la oposición política y callejera, cuando sufren una determinada presión social. Lo hace muy frecuentemente el actual gobierno del PP en España; de forma ejemplar cuando se las ha visto con huelgas duras y duraderas como la muy reciente de los barrenderos de Madrid: la alcaldesa se escudaba en las incomodidades de la mayoría silenciosa para proponer una reforma de la Ley de Huelga. Así que tenemos una opinión pública que está siempre en silencio y que sólo habla con los votos, frente al verdadero intercambio de pareceres -por ejemplo, en una asamblea o corro de café- donde se verbalizan continuamente, en entrecruzamientos siempre creativos y enriquecedores, juicios, análisis, propuestas y sofiones.

Me queda aún por examinar un concepto complementario al de opinión pública: el de estado de opinión. Eso nos va a permitir detenernos en lo siguiente: si la opinión mayoritaria sólo se manifiesta en una elecciones con el lenguaje binario de los votos, ¿quién mueve el estado de opinión mayoritario en favor de un partido político u otro? En el pensamiento social clásico, los encargados de crear o fomentar un estado de opinión eran los grandes medios de comunicación o de educación y persuasión social -para llamarlos de una manera más precisa. Así se entendía el tópico del cuarto poder que se ha venido otorgando hasta hace poco a la prensa. Y aunque ha sido parcialmente verdad en algunos periodos históricos, no lo es hoy en absoluto. Tuvo esa capacidad de crear estado de opinión, por ejemplo, el diario El País en los años de la Restauración monárquica tras la muerte de Franco y ayudó a conseguir, con su defensa a ultranza de la reforma frente a la ruptura y con su apoyo decidido al PSOE (como, por otro lado, el diario El Mundo ayudó a crear un estado de opinión contrario, que inclinó la opinión mayoritaria hacia el voto conservador, andando el tiempo y las corrupciones), que la mayoría silenciosa española hablara con sus votos en favor del partido socialdemócrata.Números que dibujan la realidad

Hoy (más bien ayer, por lo que diré a continuación) se entiende que la opinión pública es la que reflejan las respuestas de los ciudadanos seleccionados por las empresas que se dedican a hacer encuestas a una tanda de preguntas. En un sentido más amplio, ajustado a nuestras sociedades de consumidores, la opinión público es una idea útil tanto para lo político como para lo publicitario; interesa tanto al partido político como a la empresa que quiere promocionar una mercancía o servicio. Ocurre que hoy (hoy de verdad) estas empresas son víctimas de una desconfianza social en aumento hacia la objetividad de sus métodos y lo justo e imparcial de sus intenciones. Esa desconfianza, que se traduce en el aumento progresivo de los «no sabe / no contesta», pero también en el rechazo puro y simple a contestar o en el divertimento de mentir intencionadamente a los encuestadores. La sospecha social es muy justa y va muy lejos; tiene que ver la proliferación de estos estudios u opinómetros en todos los niveles y casi por cualquier motivo. Una sospecha justa sobre la verdadera ecuación (opinión pública, poder privado; opinión privada, poder público) que nos ayuda a entender la verdadera naturaleza de la opinología, que podríamos traducir en el coloquial «¿para qué quieren saber tanto?» Pierre Bordieu nos enseñó ya hace tiempo una visión complementaria: que la opinión pública es, en realidad, la opinión de «los que cuentan» y cómo, por volver a ellas, las empresas de opinión crean con sus estudios problemas sociales donde no existían. Ya hablé, de forma prolija, de ello en la entrada que publiqué en el blog, hace casi medio año, que titulé Cosas que suben y bajan: la creación de la realidad. Allí puede el lector curioso aprender cómo una comisión de sabios, más o menos como la que convocó el gobierno del PP español para el estudio de la viabilidad de las pensiones públicas, escenificaba al mostrar sus resultados un estado de opinión que antes no existía. Desde entonces es opinión pública que no hay dinero suficiente para mantener el sistema público en su estado actual. También se lee en esa entrada de qué manera un estudio de opinión sobre las relaciones entre el consumo de alcohol y los accidentes de tráfico, que antes no se había planteado nunca, cobró carácter de realidad y se incorporó al acerbo de la opinión pública.

El activismo social contemporáneo, en la calle y en internet, el resurgimiento de las asambleas de barrio, o multitudinarias como las de la Puerta del Sol, ha llevado a muchos -quizá movidos más por el deseo que por la realidad- a plantear que la nueva opinión pública está recuperando la democracia deliberativa y participativa (muchos poderes locales, con certero instinto de supervivencia, la potencian con los presupuestos colaborativos, la discusión asamblearia de decisiones administrativas…) y se vuelve a manifestar en una inesperada y nueva esfera pública, que podría salvar la contradicción que señalábamos al principio: que la suma de opiniones privadas coincida con la opinión de los gobernantes y que el juego de las mayorías y minorías no sea más que un guiño de complicidad, una coartada del poder. La contra-democracia (término del historiador político Pierre Rousanvallon), es decir, la lucha por la creación de un espacio político que se sostenga en la democracia directa, y el abandono del viejo territorio -desvirtuado, corrompido- de la democracia formal y representativa, implica, entre otras cosas, que la opinión pública ya no va a ser más la opinión de la mayoría electoral, ni el reino platónico de la concordancia de las mayorías silenciosas, ni tampoco la opinión de los que cuentan. No, sino que, por primera vez en el mundo contemporáneo más cercano, la opinión pública puede llegar a ser, en fin, la verdad de todos, pues entre todos, con la ayuda de la razón común y el intercambio horizontal y continuo de pareceres, la habremos encontrado.

1«La opinión pública», El Imparcial, 19 de septiembre de 1912.

El muro de facebook, el bit y el dazibao

Soy usuario reciente de facebook, de modo que esta es la crónica de mi particular descubrimiento de este sustituto virtual de la desaparecida o secuestrada esfera pública; pero también, y no puede ser de otra manera en la perspectiva social o de filosofía política con que el autor de este blog entiende el mundo, es mi recepción crítica de sus costumbres, tópicos lingüísticos y su naturaleza posible, o malograda, de dazibao de escritura y razón común. Me baso, para predicar con el ejemplo, en unas notas que redacté y publiqué en mi propio muro, que aquí enhebro en un todo coherente para los lectores que se sienten más a gusto en estos claros del bosque.

relojfacebookAlgo tendrá el agua cuando la bendicen, afirma el refrán. Lo  primero que me llamó la atención, y me enterneció mucho, es la constante referencia a la amistad y a los amigos. Dejando a un lado la intención, comercial o de mercadotecnia, de los diseñadores o directores de facebook en relación esa atmósfera semántica de amistad universal, incluso sin echar mucha cuenta a la pregnancia o potencia persuasiva conseguida con la referencia constante a la relación amistosa, lo que sí se me aparece como un hecho cierto es que los usuarios de esta red toman la amistad como señal de identidad de primer orden, en disfavor de otras con las que estamos más acostumbrados a entendérnoslas, también más viscerales, como la nación, la etnia y las creencias religiosas. O, ya en menor grado o en retroceso temporal, como la ideología, la militancia política o hasta la misma clase social.

Algo así como que si al preguntar imaginariamente a un usuario de esta red “¿usted quién es?”,  este nos respondiera algo como “yo soy uno que tiene 2.000 amigos, 20 seguidores y mis familiares, que son también amigos”. Es encantador esto, y yo mismo estoy haciendo nuevas amistades y mantengo hermosas o divertidas conversaciones. Pero sucede que me desasosiega la alusión, también constante, a la cantidad, que tiene incluso su colmo: ocurre, de vez en cuando -sobre todo con los más famosos del lugar- que al solicitar su amistad, los automatismos de facebook nos devuelvan un aviso del tipo “este usuario ha llegado al límite máximo de amigos; sin embargo, puede hacerse su seguidor”… El desasosiego del que hablaba me lo produce el hecho de que los números, como sus prolíficos descendientes, el dinero o las acciones, tienen en su naturaleza o ADN dos genes: el crecimiento continuo y desordenado, cancerìgeno -en un sentido bastante literal- y su transformación en mercancías y en estatus. Y algo de las dos cosas me temo que ocurre, tal si la amistad se transformara en crédito o intercambio. Con los iconitos del ya universal “me gusta” pasa lo mismo. Una página, por ejemplo, debe tener un mínimo de aprobaciones (no recuerdo ahora cuántas exactamente, pero alrededor de treinta)  para que el sistema la introduzca en sus estadísticas, del mismo modo que se establece un mínimo de inversión o acciones para entrar a formar parte de una sociedad anónima. Aun así, hay otro aspecto más preocupante en los “me gusta”, aunque para ello debemos echar mano de la cibernética.

Se trata de que “me gusta / no me gusta” es un bit, la unidad mínima de información medible, como un sí / no. Si es esa, la de pulsar el “me gusta” (¿”liquear” se diría en la neolengua?), junto a la de subir imágenes o vídeos (que, a su vez amontonan enseguida aprobaciones, en una espiral vírica que remite de forma directa a la locura del crecimiento continuo del capitalismo) la actividad más común en esta red, lo que da un poco de escalofrío es la desproporción que existe entre la masa humana de facebook, que parece superar la población total de EE. UU., según he leído, y este paupérrimo contenido informativo, estos millones de bits engarzadas en otra millonada de imágenes. Sería todo demasiado banal. Las teorías cibernéticas dicen que mientras mayor es la complejidad y entropía de una sociedad, es a la vez proporcionalmente mayor la complejidad de los sistemas de la información y la comunicación públicas. Mi perplejidad es que esto -se entenderá tras lo dicho- me parece verlo desmentido en esta red social, aunque no acabo de ver clara la razón: ¿pereza pura y simple?, ¿preferencia, como piensan los gestores de esta empresa, generalizada por las imágenes?, ¿una suerte de afasia verbal, muy de estos tiempos, que sustituye la cadena sintáctica, el enhebramiento de las causas, los efectos y las consecuencias -es decir, la razón discursiva-  por el hipertexto y el microrrelato?

dazibao2Afortunadamente, a la vez que esto ocurre, suceden muchas más cosas y en este nuevo continente, como no podía ser menos, hay también páginas realmente hermosas, debates poderosos, crítica seria, informaciones exclusivas y homenajes sentidos y dignos a multitud de figuras públicas. Y hay también una Atlántida sumergida de mensajes y conversaciones privadas entre usuarios. Pero nos ocupamos aquí sólo de la red visible, de los millones de muros que, en su mismo nombre y concepción, a mí me recuerdan los dazibaos chinos que, en tiempos de Mao, sirvió como medio de comunicación popular, de educación, crítica y autocrítica.

El dazibao era una hoja amplia de papel (a veces auténticos murales) colocados en lugares públicos donde la gente escribía críticas y autocríticas. Mao los potenciaba y el profesor de periodismo chileno Camilo Taufic (Periodismo y lucha de clases) lo reivindicaba como medio de comunicación popular, alternativo a los medios de masas. Este periodista afirmaba que en solo 6 días se llegaron a colgar más de 500.000 dazibaos en los astilleros de Shangai.

El muro  de facebook se puede ver como un dazibao, una enorme hoja (infinita, a efectos prácticos, como cualquier pantalla) en el que amigos, y amigos de amigos, etc., autovaloran sus actos, imágenes, frases y, en justo intercambio, valoran a la vez las cosas de otros. La diferencia es: que el espacio electrónico, emulador del espacio público real, es un espacio solitudinario (multitudes, pero de gente sola, con su realidad anclada en el ámbito doméstico) No es una nueva esfera pública, pero sí su reflejo en ciudades donde la esfera pública ha desaparecido.

dazibaoEl contenido del muro es, a la veces, jeroglífico (en esto se asemeja al dazibao), y en él, con promiscuidad, se mezclan sentimientos, sensaciones, citas, pequeños poemas, frases o mini narraciones ingeniosas (en esto, es distinto al dazibao, donde el chino prepolítico resolvía sus contradicciones, dudas, conductas sociales). Estos contenidos, claro, condicionan los usos lingüísticos, al mismo tiempo que son condicionados por ellos. Se ha generado, para acabar, en estos muros -como ocurrió con los dazibaos y los grafitis callejeros- una verdadera eclosión de lo que podemos llamar literatura abreviada o fragmentaria, del microrrelato al haikú, que convive con manifestaciones vulgares, obscenas y ofensivas. Del mismo modo que pasa con las artes plásticas, amalgamadas en apretada convivencia con timos culturiformes y horteradas o un sinfín interminable de chistes y paridas. En esto, no hay ninguna diferencia con la superpoblada metrópolis universal de este otro lado del espejo.

Entre el “gobierno de los peores” y la antipolítica: el nuevo regeneracionismo

Continuemos, tras el paréntesis de la semana pasada -que dediqué a compartir con los lectores mi descubrimiento de la «paradoja de Abilene»- con el hilo que dejamos suelto al final de la entrada Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis. Terminábamos diciendo allí que la urgencia reformadora, que dejaba traslucir el decálogo arbitrista publicado por el diario El País, era anacrónico y, aun así, de difícil realización práctica, pues llegaba tarde y chocaba con las inercias históricas de la derecha española, sin cuya mayoría parlamentaria aquellas medidas propuestas por el periódico liberal entraban en lo que la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi llamó, si bien en un contexto poético totalmente ajeno a este que nos traemos entre manos, el «Museo de los Esfuerzos Inútiles». antipolíticaLas buenas intenciones de este regeneracionismo o arbitrismo de nuevo cuño siguen impregnando, empero, los medios liberales. El mismo diario El País publicaba ayer, por ejemplo, una colaboración de Luis Moreno, un investigador del CSIC, titulada, de forma muy significativa a este respecto «¿Antipolítica, política negativa o regeneración?» En su artículo, como se advierte ya en el título, se opone la regeneración política a la corrupción dominante -que, a su vez, según el tópico bienpensante, es el factor explicativo de la desafección política de que informan con alarma las encuestas y los trabajos de campo sociológicos- como única solución o recambio para recuperar la cohesión social; no faltan, como es natural, admoniciones de tono apocalíptico, de lo que podría ocurrir, si no. Decía Luis Moreno cosas de este tenor: «No se antoja exagerado certificar que nuestro país necesita cirujanos de hierro, al modo expresado por el regeneracionista Joaquín Costa. (…) Se trataba entonces de un sistema caciquil donde, según el pensador aragonés, predominaba el gobierno de los peores. (…) El fracaso de tales ideas conformó uno de los factores más decisivos en el proceso de desestructuración que culminó en nuestra devastadora Guerra Civil.»

En el lenguaje activado y puesto en circulación por los regeneracionistas contemporáneos se repite con machaconería la idea-baúl de «antipolítica» (o sus variantes «política negativa» y política «antisistema») entendida como el peligro extremo que nos acecha si no atendemos a las medidas reformadoras que se propugnan. No es nada nuevo, por otro lado, pues, aun sin nombrarlo así, como sí lo hacían los medios propagandísticos del franquismo, sufrimos las advertencias sobre las acechanzas de la anti España separatista o el laicismo anticristiano. Veamos algunos ejemplos. El diario Público (en su edición del 19 de febrero) recogía unas declaraciones de Elena Valenciano, la activa política del PSOE, en las que sostenía que su partido, tras una autocrítica de sus propios errores, ha mostrado su disposición «para trabajar por mejorar la democracia, (…) mejorarla, que no acabar con ella, porque los socialistas consideran que es el mejor” sistema que existe, aunque haya que reformarlo. (…) Y eso sólo se puede hacer a través de la política.» Por eso avisa de la deriva en la que se encuentra la representación pública: «Estamos avanzando peligrosamente hacia la antipolítica». Como tantas veces, el centro político -donde aún cree el PSOE que están sus votantes- se busca ubicando previamente dos extremos: la corrupción, que provoca la desafección ciudadana, en uno, y la antipolítica, en el otro. Se quiso ubicar así Fraga Iribarne, en su reencarnación posfranquista; lo consiguió Suárez durante unos años; con esa misma geometría variable de un centro reformista, Felipe González refundó el PSOE en su ciclo triunfante. Lo vuelve a intentar, con dudoso éxito, Rubalcaba y el actual grupo dirigente del declinante partido socialdemócrata español.1348742489 812495 1349018302 Noticia Normal El abuso de la antipolítica no es ajeno, en la neolengua de moda, a los análisis sobre política internacional. En particular, ha proliferado en los comentarios sobre la campaña previa a las elecciones en Italia y a las expectativas que ha despertado allí el Movimiento Cinco Estrellas y su líder Beppe Grillo. Leíamos, por ejemplo, en la crónica de Pablo Ordaz (El País, edición del 22 de febrero): «El líder del movimiento ciudadano [Beppe Grillo] -sus defensores se enfurecen si se les llama antipolítica- tampoco figura en las papeletas, entre otras cosas porque se lo impide una vieja condena por homicidio involuntario tras un accidente de tráfico.» (nótese, de camino, la falacia ad hominem, usada con tal desparpajo por el periodista). En, para acabar con un último ejemplo, algo más exótico, los arrabales geográficos de Europa, volvemos a encontrar la advertencia sobre la dichosa antipolítica en los análisis y crónicas, como la de Silvia Blanco (El País, edición del 21 de febrero) sobre la actual situación política en Bulgaria, tras la dimisión del gobierno de Borisov. Ahí leemos también que los búlgaros «hace ya mucho tiempo que perdieron la fe en los político» y, al paso, se nos advierte del peligro de que caigan en manos de la política negativa o antisistema.

¿En qué consiste, pues, esa antipolítica, que ha caído en anatema en los grandes Medios de Educación de Masas y sobre cuyo peligro se nos está advirtiendo con tal urgencia y machaconería? Una respuesta de cómo se entiende por parte del stablishment actual la podemos encontrar en la interpretación que hacía José Mª Lassalle, en un artículo publicado el 1 de octubre del año pasado en diario de referencia español que estamos tomando como fuente textual. Se afirmaba allí, con mucho cuajo, cosas como esta: «La antipolítica deviene así en una épica de la multitud que agita la normalidad repetitiva de las leyes y la representación para ver qué surge del abismo excepcional, olvidando que siempre la primera víctima de esta peligrosa deriva es la propia libertad».antipolítica2

Así que ya vemos lo que causa tanto miedo en la clase política actual, en el intelectual orgánico liberal o en las miedosas y disminuidas clases medias españolas, y occidentales en general: la multitud y su pretensión de crear su propia épica, de erigirse en legislador universal en asambleas y concentraciones callejeras (tal como el cerco de mareas en torno al Congreso español, ayer mismo, que provocó que un dirigente segundón del PP, dominado por la hibris de la fecha -23 de febrero, aniversario del asalto del coronel Tejero al Parlamento- relacionara a aquellos miles de españoles con un intento de golpe de estado popular) que pretende abrir un nuevo proceso constituyente. Pero son demasiadas las cosas que aún nos quedan por decir sobre esto y no quiero alargar más aún esta entrada. Tiempo, de todas maneras, es lo único que tenemos, quienes queremos prestar voz a los subalternos, para cargarnos de indignación y de razones en esta tarea interminable de, como decía Mao, ir de derrota en derrota hasta la victoria final. Continuaremos, pues, paciente lector, cuando nos resulte hacedero, en la siguiente entrada.

¿De qué se ríen? (La risa de los políticos)

La risa de los políticos, la máscara de su personaje en la representación de la tragedia ridícula, o farsa, de nuestro tiempo, dio pie a Mario Benedetti a la creación del poema que reproduzco al final de esta entrada, que, a su vez, convirtió en una popular canción Quintín Cabrera, el olvidado y excelente cantautor uruguayo.

Risa en la Cumbre Europea La risa del político, en contraste con el drama cotidiano de la gente, con su tristeza o llanto, funciona siempre como un oxímoron hiriente. Benedetti no deja de subrayar ese punto de desesperación que provoca esa risa en el exasperado estribillo, en esa pregunta retórica que el ministro nunca va a responder: ¿de qué se ríe?, ¿de qué se ríe?

¿De qué se ríen los políticos de estas fotos (escogidas al azar de entre cientos disponibles)? ¿De los «sujetos imponentes» -por usar uno de los lúcidos y enfilados juegos lingüísticos de Manuel Alcántara- que cigarrillo a cigarrillo, IVA A IVA, IBI a IBI, IRPF A IRPF, recorte a recorte, asalto a asalto, suicidio a sucidio, vamos pagando las púas bancarias, los tanques obsoletos del ejército, el blanqueo o fuga de los capitales, los onerosos retiros de los especuladores sin alma?

¿De qué se ríen? ¿De la resignación melancólica con que sobrevivimos los europeos a una moneda paradójicamente extranjera y a este régimen de ocupación (económica, política) en que se ha convertido Europa? ¿De su parlamento inútil y suntuario?,  ¿de cómo, por arte de trileros, deciden nuestra infelicidad cotidiana instituciones que nadie ha elegido como el Bancol Central, el Consejo, la Comisión y sus bandas de técnicos y oficinistas? ¿De los consejos cínicos de la OCDE -incendiarios haciendose pasar por bomberos- para que permanezcamos dóciles y sumisos en nuestro ergástulo de deudas, paro e hipotecas?

¿De qué se ríen? ¿Del naufragio infinito de la tasa Tobin? ¿Del ninguneo al 0% de las tasas constitucionales sobre depósitos bancarios con que Andalucía o Extremadura pretendían sacar algún dinerito exrra? ¿De la congelación de las pensiones, de las injustas tasas judiciales? ¿De la entrada a saco del capital en los sistemas educativo y sanitario europeos, la apetecible tarta que les quedaba por comer a los bulímicos «mercados»? ¿De los televisores de plasma que se compran los parados que aún cobran los 400 euros, o el vino en que se los gastan, según es fama?

¿O se reirán tal vez de la ruina de los griegos, de los campamentos de miseria en que duermen al raso los emigrantes («…que otro sabio iba comiendo las hierbas que él arrojó») en las plazas de sus ciudades?

¿De qué se ríen? ¿De qué se ríen?

CONFERENCIA ANUNCIARON REDUCCION SUBSIDIOS SERVICIOS CLAIMA20111203 0081 4

¿De qué se ríe (señor ministro)?

(canción de Quintín Cabrera sobre letra de Mario Benedetti)

En una exacta foto del diario,
señor ministro del imposible,
Vi en plena risa y en plena euforia
y en pleno gozo su rostro simple.
Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

De su ventana se ve la plaza
Villamiseria no está visible.
Tienen sus hijos ojos de mando
pero otros tienen mirada triste.
Aquí en la calle suceden cosas
que ni siquiera pueden decirse
Los estudiantes y los obreros
ponen los puntos sobre las íes
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Usted conoce mejor que nadie
la ley amarga de estos países.
Ustedes, duros con nuestra gente,
por qué con otros son tan serviles.
Cómo traicionan el patrimonio
mientras el gringo nos cobra el triple.
Cómo traicionan, usted y los otros,
los adulones y los serviles.
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Aquí en la calle sus guardias matan
y los que mueren son gente humilde.
Y los que mueren son gente humilde
y los que quedan, llorando rabia,
seguro piensan en el desquite.
Allá en la selva sus hombres hacen
sufrir al hombre y eso no sirve.
Después de todo usted es el palo mayor
de un barco que se va a pique.
Por eso digo, señor ministo,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?

El testigo

Con ser un drama humano -que comparten con los millones de españoles que los acompañan en su penoso mutis por el foro de la vida social activa, en un paro inmerecido e injustificado el hecho de que más de 8000 periodistas hayan sido despedidos en estos años (lo recordaba Juan Luis Cebrián, que va contribuir a la suma con los 200 redactores que El País va a poner en la calle con su anunciado ERE), y no dejando de ser motivo de inquietud el cierre de cabeceras periodísticas, o su venta en almoneda a inversores de ocasión; siendo todo eso verdad, lo es más, o es una verdad de una naturaleza más dramática por sus consecuencias sociales, la desaparición progresiva y masiva, que ese desperdicio y pérdida humana supone, de los testigos que desde el siglo XVII nos venían contando con fidelidad lo que sus ojos veían. Pues esa ha sido la misión fundamental de los periodistas -los buenos periodistas, se entiende: es un pleonasmo-, de carácter tan profundamente moral: la de ser intermediarios sociales, poner los ojos, la inteligencia, la sospecha y las palabras, vigilar y desvelar con la luz pública a los poderosos y gobernantes, ir a los lugares donde pasan las cosas para que podamos ver y entender el mundo quienes nos pasamos la vida yendo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, desentendidos de abusos, mentiras, guerras porque estamos atrapados en las mínimas batallas y escaramuzas de esta otra guerra interminable en que se ha convertido nuestra vida cotidiana…

Es una pérdida terrible. Leer, por ejemplo, en la página de Reporteros sin fronteras, los recuentos y recuerdos de las amenazas, asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones sufridas por periodistas o blogueros en el mundo entero, es un acto que produce una tremenda melancolía. Por eso, quiero dedicar esta entrada a realizar un humilde homenaje al hermoso y arriesgado arte del fotoperiodismo. Aunque haya escogido algunos nombres propios inevitables, con los que me quedo a continuación, no quiero dejar pasar la ocasión de reconocer -yo, que soy tan enemigo del incómodo e impertinente telefonito móvil- la contribución que esos millones de cámaras fotográficas incorporadas al gadget más popular de nuestro tiempo han hecho ya a revelar acciones o rostros que deseaban el anonimato; su involuntario papel de incómodos testigos, su inesperada capacidad para crear arte. En las sucesivas exposiciones de que se hace eco la página de Eyephoneography, verbigracia, se pueden apreciar tan sorprendentes posibilidades (para mí, al menos, tan mal conocedor como soy del lenguaje y la técnica fotográfica, que, sin embargo tanto me fascina), como en esta foto en blanco y negro, tan sugerente, titulada «The Wait», de Annie Mallegol.

Felicia Baños
Annie Mallegol, “The Wait”

Pero la imagen que ha motivado esta entrada es esta que enlazo a continuación, del fotoperiodista afgano de la AFP Massoud Hossaini, que ganó el prestigioso premio Pulitzer y el World Press Photo Award en el 2011. Hossaini fotografió a esta niña el 6 de diciembre del año pasado, cerca de un santuario chiita, donde se produjo una explosión que dejó 80 muertos y 150 heridos. Según el testimonio del autor, que publicaba en su reseña la AFP

«Junto a la calzada, no muy lejos de la mezquita, había un lugar donde mujeres y niños se habían reunido para ver la procesión. Vi muchos niños heridos, que no se movían. Vi una niña de unos doce años, Tarana, totalmente ensangrentada, no sabía qué hacer (…) lloraba mucho.»

La imagen es de las que no se olvidan. El llanto y los gritos de espanto de Tarana rodeada de los inesperados cadáveres, el poderoso simbolismo del color verde y blanco de su ropa teñido de sangre roja son un alegato mudo contra la violencia ciega que permanece en la memoria, junto a los recuerdos personales. Y es así porque el testigo estaba allí:

El diario El País, en abril del 2012, volvía a traer a colación la singular fotografía a propósito del debate ético sobre la conveniencia o inconveniencia de publicar imágenes de una fuerza tan desgarradora como la que nos ocupa. Allí se nos contaba que, si bien The New York Times la publicaba en portada un día después, otros periódicos como The Wall Street Journal The Whasington Post (que la dio a conocer sólo después del Pulitzer y bajo advertencia) lo hicieron con cortapisas y restricciones o moralinas. Lo cierto es que, salvo el fotoperiodista Enrique Meneses -cuyo enfoque es, para nosotros, el más contemporáneo y acertado-, todos los demás, periodistas tan importantes como Gervasio Sánchez, Javier Bauluz (el único español ganador de un pulitzer, fundador de Periodismo Humano), o el mismo Hossaini, mostraban prejuicios «éticos» sobre la necesidad o deber de compartir testimonios como este. Aquí compartimos la perspectiva de Meneses: «La gente está tan sensibilizada que da vergüenza. Estamos haciendo periodismo del miedo, quien no se quiera informar que no se informe. (…) La guerra no se intuye, se vive o no se vive.». Dejo a continuación una fotografía de Tarana en su casa de Kabul, de abril pasado, y un vídeo con una impresionante antología de imágenes sobre Afganistán, proporcionada por la agencia AFP.

Tarana, 2012
Tarana Akbari en su casa de Kabul el pasado 17 de abril. / SHAH MARAI (AFP)

Decía Cartier-Bresson que la fotografía consta de tres elementos esenciales: luz, composición y corazón. Apostillaba  Lino Gonzáles Veiguela (en su blog en fronterad.com), en relación a la imagen de Hossaini, «Actualizando la frase de Bresson se podría decir que, a día de hoy, la fotografía depende de la luz, la composoción, el corazón y, en ¿demasiadas? ocasiones, el photoshop. Cada una de estas variables, si el fotógrafo así lo decide, puede generar graves distorsiones a la hora de reflejar la realidad. No se ha constatado que el fotógrafo afgano que tomó la fotografía premiada con el Pulitzer haya distorsionado ninguno de esos elementos para aumentar el dramatismo ni la violencia de la fotografía: los muertos eran reales, la sangre era real, el grito de la niña -que terminaba de perder a varios familiares- fue real.»

El juego de la verdad y la mentira, cada vez más indistinguibles, por falta de criterios de discernimiento, entre la maleza de datos y el ruido de fondo de internet, por la incapacidad de los políticos contemporáneos para gobernar sino al dictado de encuestas y técnicos en publicidad sociológica, por la indeferencia -también tan contemporánea- acomodaticia de las clases-masa del presente, o, directamente, por su renuncia a buscar la verdad (es cansado), pensarla, enfrentarse a ella, como a la esfinge… Viguela terminaba su texto con una larga cita de un artículo que Joseph Roth, publicó en el diario alemán Neue Berliner Zeitung en 1920. Vale la pena leerla:

Estuve en el hospital viendo a los «lisiados maxilares». ¿Sabéis qué son lisiados maxilares? Son hombres que Dios creó a su imagen y semejanza, y que luego la guerra remodeló a la suya. (…) A los «lisiados maxilares» les está prohibido poseer fotografías de su propia deformación. Está prohibido mostrar al público lesiones maxilares o sus vaciados en yeso que se custodian en el hospital. ¿Por qué? Debieran mostrarse lesiones maxilares en todas las revistas ilustradas del mundo, en todos los museos y columnas de anuncios. Y el ministerio de Cultura debía decretar que, durante medio año, en todos los cines de Alemania, antes de empezar la «Crónica semanal» y al final de la setenta y siete parte del «Vampiro», se mostrara una imagen: el hombre sin labios.

Y, si se imitara ese ejemplo en todo el mundo, pronto se crearía una confederación de pueblos cuyo presidente sería el soldado sin labios. Esa confederación no tendría que dar muchas explicaciones…

Acabo por ahora (volveremos más adelante, tal vez, al apasionante mundo del fotoperiodismo) tal como terminaba una de mis columnas  publicadas en La Opinión de Málaga, que titulé, justamente, con el consejo que daba el filósofo Empédocles para buscar, y encontrar, la verdad: ¡Mirad a los testigos!1

El órgano obstáculo

Cojo para el título de esta entrada la expresión descarnada, pero muy clara, que el politólogo Pierre Manent creó para designar a una institución que fue diseñada en principio para solucionar problemas y que, sin embargo, ha devenido en un impedimento, un obstáculo para esa misma solución, como la clase política, según indican machaconamente, desde hace tiempo, todas los trabajos sociológicos de campo.

El oxímoron
El oxímoron político: los extremos ficticios
La cita la traía a colación Fernando Vallespín, en un artículo, En guerra contra los políticos, que publicaba El País en su edición de ayer, a propósito de la cada vez mayor separación y desamor entre los ciudadanos y la clase política, algo que se ha convertido ya en un lugar común y que, siguiendo el consejo de Unamuno de repensar una y otra vez los lugares comunes, tomo como percha para esta reflexión.

Lo que ocurre ––y no sólo sucede en esta columna, pues no en vano su autor fue presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas durante varios años y eso imprime carácter, sino que es habitual en todos los análisis periodísticos que menudean sobre este tema es que se limitan a constatar el hecho y, en el mejor de los casos, a lamentarlo o a dar una suerte de consejo bienpensante a los políticos para que se enmienden y reduzcan esa distancia o cesura que los separa de sus representados. Todo en la línea de lo que Gustavo Bueno llamó el «pensamiento Alicia» en su conocido enfado con aquella idea de la Alianza de Civilizaciones del ex presidente Zapatero.

Vallespín nos da un ejemplo eximio de este «pensamiento Alicia» en el ramplón y huero final de su artículo, en el que manifiesta un deseo subjetivo, que hace pasar por necesidad compartida por todos, en relación a nuestros políticos: «Y que ahora les necesitamos unidos, eficaces y empáticos con una ciudadanía que oscila entre la rabia y la desolación». La rabia y la desolación tienen aquí un mero carácter retórico, el de servir de segundo término del oxímoron, para marcar un contraste algo más hiriente frente a esa idílica unidad de los políticos deseada por el autor.

El órgano obstáculo
El político intercambiable es el verdadero “órgano obstáculo”

Sobre esa supuesta necesidad de una unión deseable, que se nos presenta como una necesidad histórica, como un dato inmediato de la realidad, hablaré enseguida, criticando la monstruosidad política y moral que representa. Pero antes quiero detenerme en otra de las antítesis tramposas que leemos en este texto. Se trata de oponer extremos para que, entre ellos, reluzca el equilibrio, la luz cenital, el centro 1, la clave de bóveda del razonamiento; en palabras del Vallespín: (se trata de que) «no se desembarque en el populismo fácil de los Mario Conde o Sánchez Gordillo, por ir a los dos extremos».

Sobre el populismo ya hemos hablado largo y tendido en las tres partes de una extensa entrada de este blog (Una, dos y tres) y remito a ellas al lector interesado en saber cómo entendemos la razón última del político y del votante populistas. Me importa ahora subrayar la naturaleza tramposa de la contraposición -e igualdad en último término: los extremos se tocan- que establece el conocido sociólogo entre dos figuras como las de Mario Conde y el alcalde de Marinaleda. Conde, condenado por estafa y apropiación indebida en 2001 y 2002, es un personaje huero, ambiguo y peligroso que no dudó en acudir al chantaje al gobierno y del que el psquiatra Castilla del Pino dijo que «uno de los problemas de Conde es la prisa, el ritmo con que quiere el poder y la obsesión enfermiza por la imagen». Ligado a un partido hecho a su medida (Sociedad Civil y Democracia, qué hartura de palabras vacías) parece que se va presentar a las elecciones gallegas. Sánchez Gordillo es un político revolucionario y apasionado de una coherencia moral e ideológica, de un tesón y eficacia (Marinaleda tiene pleno empleo y sus habitantes forman una comunidad de propietarios de su tierra, aunque siempre se ha negado a tener su titularidad como quiso la Junta, una comunidad social, simbólica, sentimental) que en estos tiempos de plomo debería dar envidia y admiración. Pero ya se ve la arremetida del PP contra él, o el tópico de idealista trasnochado con que lo despachan los medios liberales o los políticos socialdemócratas. Pensándolo bien, lo único que tienen en común los dos extremos imaginados por Vallespín es el hecho de poner en cuestión la propiedad: uno para robar, el otro para devolverla al bien común.

Y ahora, por acabar, digamos algo de esa desdichada idea de la unidad feliz de los políticos. Lo primero, lo que diría Juan Panadero, es que es lo que nos faltaba, verlos a todos juntos pidiéndonos patriotismo en esta farsa y esperpento del «sangre, sudor y lágrimas» en versión hispánica: ¿unidad en torno a qué y para qué? ¿Para hacer lo mismo pero todos juntos? ¡Qué pesadilla! Debe ser una boba inercia de los famosos Pactos de la Moncloa, una más de las que forman el «tapón de la Transición» o la perversa idea, la mala inteligencia de que, una vez muertas las ideologías, qué sentido tiene la discrepancia, el enfrentamiento. Josep Ramoneda es de las pocas voces públicas que, dentro de la monotonía de la ortodoxia neoliberal que copa los Medios, lleva tiempo recordando que es justo al revés lo que necesitamos: ideología, deliberación, lucha, confrontación. Sólo de ahí puede surgir alguna luz y esperanza, un oxímoron verdadero, y no de esta atonía y agonía del juicio y la razón pública, de esta conjuración de almas muertas y silencio o pensamiento malherido.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical (y 2)

«Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es la indagación crítica de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico, no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

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Prisioneros de la escena: la visualización de lo que entendemos por una ética radical.

Pero este examen requiere de dos axiomas: la superioridad de la ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, por usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hace Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacer pasar por tal quienes quieren hacer de la moral egocéntrica el motor del mundo, con mentiras como las del neoliberalismo -el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo- lo confirma. En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparecen como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en un rosario interminable de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos, que ejemplarizan esta moral radical. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en el hecho de que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto primario de la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo, son solo una parte), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano, y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia social. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales, choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hace con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino, a la que yo había llegado por otro lado hace unos años (el lector curioso puede leer a este respecto, por ejemplo, mi penúltimo artículo en La Opinión, en mayo de 2010, «Prisioneros de la escena»). Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionada por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, como hacía yo, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno, tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

Hoy mismo veo confirmada la intuición con que empezaba esta serie de que el crecimiento de artículos en los que predominaba la reflexión ética, en concreto en diario El País, parecía llevarnos a la génesis de un cambio de perspectiva (la incorporación del pensamiento ético a la razón común) con la publicación de dos artículos más, en el mismo diario, en esa línea. Uno es de Reyes Mate, sobre un tema al que ha dedicado mucha atención siempre: la culpa política y la culpa moral, a propósito en esta ocasión de las entrevistas que están teniendo lugar entre victimarios y víctimas de crímenes terroristas de ETA en Manglares de Oca. Reyes Mate tiene una cabeza muy bien ordenada y su exposición es, en consecuencia, clara y pedagógica. Se puede leer con provecho su inquisición sobre la función o utilidad de estas entrevistas, que no es otra que propiciar el nacimiento del ámbito de la culpa individual (el sufrimiento personal consecuente, y el arrepentimiento) y del perdón («el asesino es más que su crimen»). Como conclusión de todo ello, según se nos deja adivinar en el artículo, está la presumible toma de medidas de reinserción de estos presos en un futuro cercano.

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Adelson presentando su proyecto en Madrid

El otro es un texto de Rafael Sánchez Ferlosio (Luz de neón) sobre la azarosa -vergonzante y vergonzosa- ubicación de Eurovegas, actualidad que también era objeto de crítica por parte de Francisco Rubio Llorente hace una semana, según se recordará de la referencia que a él hacíamos en la primera entrega. de esta reflexión. La comparación entre los dos enfoques nos puede servir a nosotros, también, de corolario final. Era la cosa que Rubio Llorente criticaba sobre todo el olvido de los valores morales de los políticos regionales y locales implicados, en situación de gobierno y de oposición en la definitiva ubicación del supercasino, lo que para él, además, era un error político. Ferlosio, sin mencionar en ningún momento términos relacionados con la ética o la moral, adopta, sin embargo, esta perspectiva del escenario, de ética radical que defendemos aquí. El escenario que dibuja es geográfico y político: las Vegas fue construido en un desierto del estado de Nevada, lejos de cualquier población. Una legislación muy restrictiva -en la se incluía un referéndum- obligó a hacerlo así. Nuestro Eurovegas, por el contrario, pretende erigirse a cinco kilómetros de Madrid o Barcelona. El escenario político es, por otro lado, la elección de España por nuestra voluminoso índice de paro, es decir, la escena perfecta de un chantaje. Una joya periodística escrita de forma transparente desde una ética (y estética) radical con cuya evocación acabamos, por ahora, esta serie. Tal vez aún quepa apurarla más adelante, porque, lejos de la especulación más o menos académica a que pueda sonar, como habrá comprobado el lector atento, tiene que ver más bien con nuestra misma vida cotidiana y nuestros actos, nuestros apuros, confusión y agobios.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad, de la pérdida de una ética compatible con la condición humana tal como la entendemos hoy. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del supuesto espíritu de equipo de los futbolistas españoles que acaban de ganar la Copa de Europa, Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría.

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Pangloss adaptando el mundo a su medida: una ética de diseño

Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de un grupo de futbolistas multimillonarios puede ser un ideal colectivo, un modelo ético. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Por no mencionar el grado en que el fatuo mundo del fútbol contribuyó a la burbuja financiera en Europa. Cuánto cinismo; tanto como el que delataban unas cuentas que hizo el diario Público el 8 de diciembre de 2007, que mostraban cómo, de los 133 alcaldes acusados de alguna irregularidad antes de las elecciones municipales de ese año, el 70 por 100 volvió a ser elegido para ocupar el cargo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, una cierta hartura de esta falta de ética y cara dura, aceptada tan resignadamente por todos durante estos años de plomo, empieza a notarse y a trascender, no sólo en los corros incansables del 15M, sino en los medios periodísticos y judiciales. Un leve cambio de perspectiva, si quiere el lector, una ligera brisa de aire de pensamiento fresco en el país más panglosiano de Europa. No me refiero tanto a esos desfiles de imputados en el desfalco de Bankia, que hemos visto hoy en los telediarios con Rato a la cabeza, de entre los que gozan de merecida fama. No: ese desfile acabará pronto, me temo, olvidado o difuminado entre recursos, apelaciones, legajos, polvo, olvido. Los delitos de guante blanco, ya sabemos. No, me causa más sorpresa la coincidencia en estos días de, al menos que yo haya leído, dos artículos publicados en El País que tienen en común una reivindicación del pensamiento ético como condición imprescindible para abordar la cosa. No es nada novedoso, ya lo sé, y quizá únicamente se deben al mes de julio: la canícula es adecuada para la lectura reflexiva (agosto es el mes de los relatos literarios), según reza el tópico de la prensa en verano. O tal vez es sólo la pachorra tonta y blandita que entra con la calor, o las ganas que tiene uno de ver algunas luces donde, a lo peor, sólo están las sombras de siempre.

Pero en fin, sea como sea, vamos al cuento. Uno de los artículos a que me refería es de Adela Cortina, que lo tituló como Ética en tiempos de crisis. En el tono de bonhomía habitual en ella, sintetiza de maravilla la «filosofía» neoliberal y panglosiana con un refrán que yo no conocía: «todo lo que no son cuentas son cuentos», y reivindica el enfoque ético de la economía política con argumentos sensatos pero ingenuos, pues todo queda reducido a la esperable petición de responsabilidades, transparencia y ejemplaridad en la vida pública. Es decir, la perspectiva tradicional que limita la moralidad al comportamiento individual. Más intencionado, pero con las mismas limitaciones en el fondo, es el artículo que el prestigioso constitucionalista Francisco Rubio Llorente dedicó a relacionar el «nuevo modelo productivo» (que de «nuevo», como él mismo dice, no tiene nada) con la mezquina disputa entre las autoridades de Madrid, Barcelona y Valencia -que se sepa- por atraer a sus demarcaciones esas Vegas europeas que Sheldon Adelson, el magnate de la «industria del vicio» de Nevada, está decidido, con empeño sospechoso (sospechoso por el prejuicio fundado que pueda tener respecto a nuestros gobernantes), a instalar en nuestro país.

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I+D+I según Forges

La profunda inmoralidad de esto es, en las claras palabras de Rubio Llorente: la «alborozada disposición» de nuestras autoridades a «darle cuanto pida y aún más. Y según las informaciones de la prensa, lo que pide no es poco: edificabilidad sin restricciones en los terrenos elegidos, vías de acceso, servicios de agua y energía, exención de impuestos y cuotas a la Seguridad Social, supresión de trabas en el mercado de trabajo, en la inmigración y en el mercado de capitales». Y termina con esta contundente afirmación: «Forzados a hacer todos ellos (nuestros gobernantes) la misma política económica y social, habían intentado mantener sus diferencias ideológicas en el campo de los valores morales: por ejemplo, ampliando la libertad de la mujer gestante para abortar o, por el contrario, restringiéndola para protegerla así de la presión social que induce al aborto. Si dejan de lado la moral a la hora de optar por el nuevo modelo productivo, nadie podrá nunca volver a tomarse en serio su preocupación por los valores».

En Rubio Llorente hay una mayor intuición que en Elena Cortina respecto a la correcta perspectiva que debe adoptar la ética si queremos que sea realmente valiosa y útil para ayudarnos a salir del planeta panglosiano. Esa mayor lucidez nos parece verla en que no quiere reducir la ética a las relaciones interpersonales, a un acto de la voluntad, sino imbricarla en el nuevo modelo productivo. Pero, al reducirlo todo al final a un simple error de cálculo político, tampoco aparece en su reflexión la reclamación de lo que Carlos París llama una ética radical, la única que podría salvarnos. Si el paciente lector me acompaña hasta el final en este rosario de razones, en la segunda entrega de esta larga entrada, entenderá por qué.

La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

Pinocho
Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

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Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

Lex Artis: una portada ejemplar de “Nueva España”

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: “Rescate de la banca en España”. Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo (“Rescate a España”). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: “la soledad de los mineros del suroccidente”.

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas “de parasitismo” (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.