La cara oculta del aceite de palma

Las fundadoras de Carro de combate son cuatro periodistas freelance (Nazaret Castro, Laura Villadiego, Aurora Moreno y María Rubiños) que bajo el lema “Consumir es un acto político” realizan investigaciones, análisis e informes de muchísima categoría en la tradición del mejor periodismo libre y crítico. Pero necesitan ayuda. Para la última indagación en la que se han comprometido, sobre el aceite de palma, han abierto una campaña de crowfunding en Goteo. Ayudémoslas por poco que podamos. Sin este periodismo de grand style, estamos perdidos en el mar de la propaganda y la mentira…

Esta breve introducción que reproduzco ahora es de Nazaret Castro y aparece publicada primero en su blog Entre la samba y el tango. También la re-publico en la red Hubzilla  donde comparto habitualmente apuntes y recomendaciones y que, a partir de esta entrada, quiero hermanar más estrechamente con el blog. De tal manera que la mayor parte de mis textos aparezcan en las dos plataformas a la vez, del mismo modo que ya venía ocurriendo con los que ven la primera luz en FronteraD.

Entre la samba y el tango: La cara oculta del aceite de palma

Image/photo

La palma de aceite está de moda. Es el monocultivo que más rápidamente se ha extendido en los últimos años, a costa de intensos procesos de deforestación y pérdida de bosques tropicales, sobre todo en el Sudeste asiático. El motivo es sencillo: el aceite de palma es el más rentable, y tiene la cualidad de conservar sus propiedades a temperaturas elevadas. Esto lo ha convertido en el aceite más utilizado por la industria alimentaria global; pero también es profusamente empleado en cosméticos, jabones, champús y velas. El aceite de palma apenas se ve y apenas se nombra, pero está en la mitad de los productos que encontramos en un supermercado.

Al otro lado de las complejas cadenas de valor globales, están los campesinos de países tropicales en los que se ha impuesto o se está imponiendo la palma a un ritmo acelerado, como Malasia, Indonesia, Colombia, Guatemala, Camerún, Nigeria y la mayor parte de África Occidental. En estos países, el rechazo local al monocultivo de palma es creciente: la experiencia les muestra cómo el discurso oficial de empresas y gobiernos, que promete “empleo, desarrollo y progreso” de la mano de la palma, oculta más de lo que muestra. Invisibiliza que comunidades enteras serán forzadas a desplazarse y abandonar los modos de vida que les daban sustento -la agricultura y ganadería familiar, en muchos casos-. A veces, no sin grandes dosis de violencia y vulneraciones de los derechos humanos, como en el caso de Colombia, donde la palma llegó de la mano del paramilitarismo a territorios ancestrales de comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas.

Como sucede con otros monocultivos, como la soja o las plantaciones de pino y eucalipto, el problema no es el árbol, sino el modelo de desarrollo que trae consigo. Y los monocultivos de palma que crecen acelerada y descontroladamente en el Sur global, acabando a su paso con la biodiversidad biológica y cultural y auspiciados por entidades como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, se insertan en un modelo de agricultura global que no se orienta a la producción de alimento, sino a la generación de lucro monetario.

Ese modelo orientado al lucro requiere de cada vez más hectáreas dedicadas a la palma, para que la abundancia de oferta redunde en precios baratos, y disminuyan de esta manera los costes de producción de las industrias globales de los alimentos ultraprocesados, la cosmética y los agrocombustibles. Así, Indonesia ya se ha convertido en el mayor deforestador del mundo, por delante de Brasil, para satisfacer las necesidades de su industria aceitera. Pero mientras el aceite barato engorda las ganancias de las empresas transnacionales, en las plantaciones de palma se denuncia el uso de mano de obra en condiciones análogas a la esclavitud, incluyendo menores de edad, como en Malasia, y en algunos países, como Colombia, se han denunciado prácticas antisindicales destinadas a precarizar aún más las condiciones de trabajo.

¿Qué modelo de desarrollo hay detrás de eso que se vende como “modernización del campo” e “inserción en las cadenas globales de valor”? La palma se anuncia como la oportunidad para sacar de la pobreza a pueblos que habitan en las zonas tropicales de Asia, África y América Latina y llevar el desarrollo a esos territorios improductivos. Pero, ¿a qué llamamos desarrollo? “La selva ya está desarrollada: la selva es vida”, responde el activista ecuatoriano Franco Viteri, citado por Naomi Klein en su último ensayo, Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (Paidós, 2015).

Klein da en el clavo cuando asegura que la supervivencia de la especie humana, el futuro de nuestros hijos y nietos, depende del éxito de las luchas locales de comunidades indígenas y campesinas en todo el mundo, que luchan por preservar sus formas de vida frente a la destrucción que llevan a sus territorios emprendimientos agrícolas, mineros o energéticos. Incluidas, cada vez más, las resistencias al monocultivo de palma. En Carro de Combate queremos conocer a esos guerreros defensores de los ecosistemas; queremos también analizar en profundidad los impactos sociales y ambientales del monocultivo de palma y las repercusiones de una alimentación cada vez más basada en productos ultraprocesados ricos en aceite de palma. Para ello, necesitamos financiarnos a través del crowdfunding que hemos lanzado en Goteo. ¿Nos ayudas?

Image/photo

Hermano consumidor …

La sustitución de la condición de ciudadano, o trabajador, por la de consumidor o cliente es ya antigua y sucede (es un presente continuo, se quiere decir: no ha dejado de suceder y sigue ocurriendo), al menos desde la ominosa derrota del movimiento obrero occidental que tuvo lugar desde los finales de los años 60 y que no ha terminado aún..CodigoBarrasPrisionero Nos detendremos en ello otro día, porque nos interesan ahora las consecuencias cataclísmicas , el tremendo cambio social, psicológico y económico  que provocó la publicidad desde esos mismos años, gracias a sus lamentables descubrimientos en torno a las debilidades humanas y la implementación de técnicas que se pusieron en práctica para su fácil explotación

Al final del sistema de producción masiva de mercancías (lo que se conoce comofordismo) duraderas y bien hechas, previsibles y mantenidas en su ritmo de confección y consumo, sucedió -apretándolo todo mucho- el diseño personalizado y la obsolescencia programada, a medida que los conocimientos psicológicos de las agencias publicitarias aprendían a crear, en quienes hasta ahora habían sido simples compradores,  la adicción al fetichismo del consumo y la ilusión de ser, como los ángeles, seres únicos con la aureola visible, de naturaleza casi ectoplasmática, de la marca y su efecto de halo.

La terrible efectividad de esa persuasión perversa la pueden observar y estudiar los lectores mismos en la pasión universal por los aparatitos de comunicación móvil y el hipnotismo que sus marcas y habilidades.provocan en sus poseedores. No ha habido desengaño en esto, parece mentira, aunque sí frustración desde que nos metieron en el embolado de falta de trabajo y crédito en que vivimos. No han decaído las ganas de consumir, sólo las posibilidades de hacerlo.

fetichismo Hermano consumidor ...Pero mucho peor, por su calado más hondo, ha sido la consecuencia, también de raíz publicitaria, de que los ciudadanos de Occidente se persuadieran de que la gestión pública o estatal de servicios era peor que la privada: por la razón de que funcionarios indiferentes (y a veces desabridos y antipáticos) proporcionaban ese servicio de forma indiscriminada y universal (y a veces, por tanto, masiva e incómoda). Ese convencimiento se llevó a cabo de la misma manera que el cambio en el consumo: por la ilusión de la personalización que la publicidad lleva a cabo (ahora mismo puede observar el lector cómo proliferan en la tele los anuncios de mutuas médicas privadas que juegan con ese hechizo: la soledad y el silencio de sus clínicas, la sonrisa-profidén de sus enfermeras y médicos, los tratamientos preventivos, el trato humano e individual…)

Ya lo impregna todo. Por ejemplo, en el mundo de la enseñanza, en el que me gano la vida, hace tiempo -pero aún recuerdo el escalofrío al oírlo por primera vez- que se adoptan términos y conceptos de la empresa privada y del comercio, tales como considerar a los alumnos (y a sus padres) como clientes.en los que, como consecuencia hay que medir su grado de satisfacción con el centro o la productividad o rendimiento de sus profesores junto al trato individualizado de los tutores. En ese sentido van las ideas (perversas muy a menudo) del ministro Wert de publicar periódicamente un ranquin de centros de enseñanza públicos. En el mundo de la medicina la cosa es mucho más antigua y de resonancias más amplias (el posible negocio es mayor y de ahí todo ese tristísimo folletín al que estamos asistiendo en España).

La persecución política que sufre FACUA, la rebelde organización de consumidores, nos permite hacernos una idea del cambio brutal, de las penosas renuncias que protagonizamos, de la pérdida del mundo por desposesión, hermano consumidor, hermana cliente… Terminemos  por si aún queda algún lector incrédulo o dubitativo, con el entendimiento clientelar de la política vigente en nuestros días. La desaparecida esfera pública (disputa y debate, razón común) ha sido sustituida por una política publicitaria en la que el ciudadano-cliente es tratado de forma individual para ser convencido de la necesidad de la mercancía que se le vende a cambio del voto. El cliente contemporáneo ya no necesita nada, desea cosas. Este, por su parte, reclama mejoras con las mismas pautas con que se reclama una mercancía averiada o caducada. Al desaparecer las ideas de fondo, los marcos interpretativos desaparecen también. ¿Qué queda, pues, sino reclamar el desperfecto en el producto? Han quitado mi centro de salud, el colegio de mi hijo está lleno de emigrantes, este bache no lo tapan…

Como dice, con tanta razón Wolfgang Streeck: «La incoherencia de la política contemporánea,  sorprendentemente semejante a la aleatoriedad e irresponsabilidad colectiva del consumo privado, tiene como correlato el hecho de que los jóvenes, en particular, se sienten menos inclinados que nunca a incorporarse a un partido político identificándose con todo su programa. (…) La puerta con la señal de salida debe estar siempre visible y abierta. (…) Los compromisos individuales limitados y fáciles de cancelar propios de la política de cuestiones aisladas no son tan distintos -estructuralmente distintos- de la compra de un automóvil o teléfono móvil» (NLR, nº 76). Una suerte de compromiso-basura, tan precario y volátil como los contratos de trabajo actuales. En ese mismo sentido deben entenderse los presupuestos municipales participativos o las figuras de los simpatizantes con que los viejos partidos quieren atraer a los jóvenes.

La esperanza que muchos tenemos en el desestimiento social, el decrecimiento, o como se le quiera llamar (preferiría no comprar, por jugar con la respuesta de Bartleby, el escribiente de Melville) se antojan a veces ilusorias cuando contemplamos las cosas desde esta perspectiva. Igual, para nuestra desdicha, una vez aprendida a palos la lección de la pérdida necesaria de protección social, tal como sostienen los ideólogos del neoliberalismo, se volverán a abrir los bancos con sus increíbles créditos personalizados y, como los Siete Enanitos, volveremos a ir cantando a trabajar y comprar otra vez al súper, al híper, a la sensual página de internet o la mesa electoral, tan felices como solíamos, aio, aio, laralalalalá…